sábado, 27 de diciembre de 2008


Os deseo que paséis unas felices fiestas llenas de pasión. No importa el frío que haga, el calor brota del interior y el deseo vive en nosotros. No puede haber mejor tiempo que éste para encuentros salvajes tras una larga ausencia, sorpresas inesperadas bajo los abrigos y regalos más que íntimos y sugerentes…

Feliz Navidad!!!

Besos. Alice Carroll

jueves, 11 de diciembre de 2008

Enciéndeme, mi amor

Abrí mis ojos lentamente, me sentía algo aturdida por sentir el calor del sol tan intensamente, cada rayo me penetraba con tanto descaro que mi innata fogosidad crecía en la misma medida que conseguía desperezarme.

Allí estaba él, como cada mañana, sentado frente a mí, ignorando mi presencia pero dependiendo de mí. Era él el que lograba despertar todos mis sentidos. Mi saludo matutino quizás le parecía siempre igual, pero no lo era, mil matices que tan sólo yo era capaz de distinguir, lo diferenciaban del resto de mis otros saludos. Siempre intentaba sacar lo mejor de mí, mi voz profunda y sensual salía lánguidamente al exterior hasta envolverle por completo. Era la manera que yo tenía de abrazarle, de sentir que algo mío se unía a él aunque sólo fuera por unos segundos, instante sublime en el que temblaba de placer pensando que yo misma era la voz que conseguía trémula rozar su piel.

Una barrera entre ambos nos separaba, el caprichoso destino que no había tenido en cuenta que yo deseaba comunicarme de una forma más profunda de lo que la vida me permitía. Necesitaba desahogar mis tortuosos pensamientos, satisfacer mis más ardientes anhelos como cualquier mujer y tener una existencia más digna que la que vivía. Gritaba en silencio su nombre, Álvaro, una y otra vez, desesperándome porque mi ser no respondía a lo que le requería.

Álvaro era toda mi vida, toda mi existencia se reducía a aquellos cortos periodos de tiempo que a diario compartíamos, deseaba verle, pero su presencia me perturbaba de tal forma que suponía un duro tormento. No entendía por qué yo era distinta a las demás, por qué no me satisfacía la vida que habían planeado para mí, una vida marcada por la sumisión más absoluta, carente de deseos, de posibilidad de cambiar el destino ni alterar lo más mínimo aquella existencia. Fue con él cuando entendí mi cruda realidad. Amar sin ser amada, sentir sin que nadie se diera cuenta de ello, desear sin ser deseada.

Cada día me empeñaba en cambiar mi destino, me concentraba en que mi voz resultara sugerente y no suplicante como a veces me parecía, que no fuera simplemente un ruego sino un reto a conocerme algo más. Me quedaba extasiada contemplando su mirada limpia, sus labios carnosos y robustamente definidos, su nariz aguileña que transparentaba una fuerte personalidad. El botón de su camisa desabrochado, su nuez abultada alterando la armonía de su cuello y el olor que desprendía me confundían, ya no era yo, era una mujer normal con apetitos carnales. Le deseaba tanto que cada día que pasaba era un martirio por no estar más tiempo junto a él.

Ante aquella frustración encontré un remedio para aplacar mis instintos. Me concentraba en su figura hasta la extenuación, le daba vueltas y más vueltas a la utópica idea de acostarme con él. Eso provocaba un aumento brutal de mi temperatura, ardía por dentro y aquel calor interno resultaba suficiente para reconfortarme, aliviarme y descansar. Me odiaba a mí misma, odiaba mis formas bruscas y frías. Hubiera hecho cualquier cosa por estar dotada de unas bonitas piernas dignas de ser acariciadas, de tener unos brazos con los que rodear su cuerpo y poseer unas manos con las que definir palmo a palmo su figura.

Yo le aconsejaba a diario de la mejor forma posible pero él permanecía indiferente ante mi mejor baza, mi voz dulce, melodiosa, armónica y perfecta. Sabía que le gustaba porque de hecho, así lo comentaba a sus amigos cada vez que me tenía a su lado. Tenía la voz de la amante ideal, hecha para el sexo y para la sensualidad, para susurrar morbosas palabras y enamorar a través del oído. Álvaro se dejaba guiar por mí incondicionalmente, era la experta en la materia, pero mi ego no se saciaba con ello. Me era indiferente ser la mejor si ello no me valía para nada más que para sentir orgullo por un trabajo bien hecho.

Pero si mi vida me parecía triste y sombría, mucho más me lo pareció el día que ella apareció junto a Álvaro. Era una mujer en toda regla, con un cuerpo voluptuoso, unas piernas largas y satinadas, unos brazos torneados y unas curvas suaves y sugerentes. Sus ojos eran grandes y negros, su boca era sin embargo tan sólo una fina mancha roja adornando su cara. No había comparación, la carrera la había ganado ella y aún no habíamos comenzado a correr, no obstante, fue cuando abrió su boca y comenzó a hablar cuando decidí no rendirme. Tenía la voz más aguda, chillona y carente de gracia que hubiera escuchado jamás. No todo estaba perdido, aún podía fijarse en mí.

Tras el paseo, Álvaro aparcó el coche y se acercó a aquella estridente mujer. Yo era una obligada espectadora, y aunque por una parte rechazaba lo que veían mis ojos, el cuerpo de Álvaro con el cuerpo de una mujer, por otra sentía una insaciable curiosidad. Desconocía por completo los entresijos del sexo, mi eterna virginidad y mis pequeñas pero ardientes masturbaciones eran todo lo que yo había conocido en mi vida.

Álvaro se acercó a ella y besó sus labios. Por un instante noté cierta sequedad y deseé ser la poseedora de aquellos labios que respondían con tanta ansiedad, la misma que empezaba a sentir yo por no poder impedirlo. Desabrochó con una envidiable pericia los botones de su blusa de seda negra y zambulló una mano entre sus pechos, curvas deliciosas y bien formadas por las que hubiera vendido mi alma al diablo. Comencé a sentir calor, la temperatura del vehículo aumentaba al mismo ritmo que la fogosidad de sus ocupantes. Intenté gritar y llamarle, pero tan sólo escuché la voz de mi propio silencio. Álvaro consiguió desprenderse del sostén y cobijó en sus palmas cada una de aquellas sinuosas colinas. Odié una vez más mis rectilíneas formas, el frío eterno de mi ser, la carencia de cálidos detalles que me hicieran deseable. Álvaro se acercó hasta sus pechos y mordisqueó los pezones de la mujer, lamió sus aureolas e intentó meterse uno de sus pechos en la boca, pero tan sólo fue capaz de acomodarlo en su interior tímidamente, lo suficiente para que la mujer gritara de placer con aquella aguda voz. “Fóllame”, repetía una y otra vez.

Yo me encontraba cada vez más nerviosa, el calor era tan intenso que superaba la posibilidad de que se convirtiera en goce. Mi rabia por no poder tener cuerpo de mujer superaba la excitación que me provocaba la visión de un hombre y una mujer haciendo el amor delante de mí. Álvaro se desabrochó sus pantalones con un gesto rápido y decidido mientras la mujer dócilmente se agachaba y, sacando su miembro, lo lamía con absoluta entrega. ¡Cuánto me hubiera gustado tener esa lengua larga y profusamente humedecida para poder degustar su pene! Ojalá el destino me hubiera dotado de labios para poder mimarlo en mi boca, apretarlo para sentir su grosor, dejarlo resbalar para tener conciencia de toda su magnitud.

Álvaro inclinó su asiento mientras la mujer se desprendía de las bragas y se ponía encima de él. Observé sus finas medias de nylon, sus zapatos de estrecho tacón y su corta falda que subió cuando se colocaba encima de mi amado. Tenía un hermoso culo, grande y perfectamente formado, un dulce melocotón recién caído del árbol. Álvaro agarró cada nalga con sus manos y las amasó sin prisa mientras la mujer buscaba la mejor postura para acoplarse a él. Envidié la manera en que aquellas dos masas de carne se dejaban manosear, contemplé exaltada su cambio de color tras recibir en cada una de ellas unos pequeños azotes que sorpresivamente le propinó. Era un mundo nuevo lleno de curvas, piel y sudor que poco tenía que ver con lo que conocía.

Observé como asomaba entre las piernas de ella el miembro de Álvaro, que yo tan bien conocía por su costumbre a recolocarse sus calzoncillos al sentarse en el asiento. La mujer se movía hacia arriba y hacia abajo gritando y gimiendo escandalosamente. Hería auditivamente el aire que había alrededor, cada vez más denso y escaso, ocultando el interior del vehículo con una cortina de vaho.

Estaba realmente furiosa, desesperada y me sentía incapaz de hacer algo para que pararan. Los gritos de la mujer me bloqueaban, tenía que reaccionar buscando mi paz perdida. Lo cierto es que a pesar de mi dolor, lentamente comencé a excitarme con la visión y a pesar de la dificultad en imaginarme encima de él, hice denostados esfuerzos por conseguirlo. Una y otra vez intenté sentirme dentro de la piel de una mujer, olvidándome de mis tristes formas, me imaginé a Álvaro horadándome profundamente a pesar de mi ausencia de todo tipo de cavidad penetrable. Y poco a poco mis geométricas formas parecieron difuminarse, mi frialdad se templó de la misma forma que se templaba con un aliento cálido y mi ausencia de curvas se transformó en un laberinto de sensuales formas. Y por unos segundos logré mi objetivo.

Álvaro y la mujer cabalgaban frenéticamente hasta que sentí cómo ambos se desmayaban en el asiento del vehículo. A pesar del placer conseguido, había sido tal el esfuerzo que me sentía agotada y frustrada. Vuelta a la realidad, a mis tristes rectas y a mi posición de mera espectadora de placeres ajenos. Me encontraba peor que nunca.

La mujer volvió a su asiento y Álvaro se incorporó, arrancó el vehículo y me tocó suavemente para que comenzara a guiarle. Anochecía, el sol se ocultaba en el horizonte iluminando con colores rojizos el mar, manso como nunca. “A doscientos metros gire a la derecha”. Mientras aconsejaba a Álvaro, observaba la bobalicona sonrisa de la mujer que plácidamente descansaba recostada sobre su costado izquierdo acercándose una y otra vez a él. “En la siguiente rotonda salga por la tercera salida”. Álvaro le correspondía con besos al aire mientras acariciaba su pierna derecha cuando tenía su mano libre. “A trescientos metros gire a la izquierda”. A pesar de mi voz sugerente y atractiva, Álvaro ni siquiera me miraba, prefería a aquella mujer con voz chirriante, resultaba algo insoportable. “Ahora coja la primera salida a la derecha”. Álvaro tocó sus pechos mientras giraba el volante con su mano izquierda.

No sé lo que me pasó, quizás fue el sofocante calor que estropeó mis circuitos internos, pero sentí como se reprogramaban todas mis rutas e hipnotizada por aquella sensación, seguí guiando a Álvaro por calles y caminos hasta que intuí que había llegado donde quería, una calle cortada que llevaba a ninguna parte. Álvaro no fue capaz de frenar a tiempo y el vehículo cayó por el precipicio hasta el mar mientras yo, segura de haber cumplido con mi deber, dije con voz altiva mientras caíamos: “Ha llegado a su destino”


miércoles, 26 de noviembre de 2008

Los deberes de Mario X: Cena para tres


Cuando Alicia recibió la llamada de Mario explicándole que esa noche serían tres para cenar y no dos se quedó muy intrigada. Mario jamás le había presentado a ninguno de sus amigos, y le resultaba muy extraño que se arriesgara a dar a conocer la relación que ambos tenían y que intentaban permanecer oculta a toda costa. Mario había sido parco en palabras y no le había dado más explicaciones. Alicia pensó que para una noche que su pareja estaba fuera de la ciudad por motivos de trabajo y podía disfrutar de Mario en su casa con más tranquilidad que en otras ocasiones, no le hacía ninguna gracia tener una cena formal con alguien más.

A pesar de todo, Alicia se esmeró en la cena, preparándola con antelación para disponer de más tiempo para prepararse convenientemente. En el baño, depiló su pubis con mimo, dejando tan sólo una estrecha franja de vello que guarecía la entrada a su sexo. Le encantaba sorprender a su amante con nueva lencería y para aquella noche se había comprado un sensual corpiño de delicado encaje color azabache. Observó el curioso remate en forma de espiral que unía las copas del sostén, lo acercó a su rostro y percibió la dulce fragancia que emanaba de él, olía a nuevo y le gustó. Se desnudó, y cogiendo una a una las prendas que esa noche vestiría se las fue poniendo lentamente. Observó en el espejo del dormitorio la diminuta tanga cubriendo con tacañería sus nalgas y la rozó mientras imaginaba el cuerpo de Mario sobre ella. El corpiño fue más costoso de poner, los dichosos corchetes se resistían y tuvo que aguantar la respiración una y otra vez para poder abrocharlos. Era sumamente estrecho y apenas podía respirar sin dificultad, pero su cuerpo lucía más insinuante que nunca. Aquella intensa apretura le excitaba, era el corpiño el que, como por arte de magia, avivaba su libido y le hacía estar preparada para pasar una apasionante noche con su amante.

Mientras se daba los últimos retoques con el maquillaje, sonó el timbre y Alicia corrió rauda hacia la puerta de entrada. Al abrir, vio a Mario sonriendo y a su lado, a un hombre algo más bajo que él pero de sorprendente parecido con su amante. No quería descubrir sus cartas y trató a Mario como un amigo más, a pesar de que hubiera deseado darle un largo beso y sentir el calor de su cuerpo junto al suyo.

Mario presentó a Jorge y a Alicia y ambos se dieron un cordial beso en la mejilla. Alicia sintió que Jorge demoraba sus labios sobre su piel mientras agarraba su cintura con bastante atrevimiento para no conocerse de nada. Este gesto le puso sobre alerta. Quizás Mario no había traído un amigo sino más bien un compañero de juegos en el lecho. Al pensar en ello sintió que su deseo se removía y que su tanga impoluta era la primera en percibirlo.

Al darse la vuelta, Jorge se acercó a ella y le subió la cremallera del vestido que, descuidadamente, había olvidado abrocharse. Jorge se recreó en la grata labor mientras reposaba su mano izquierda sobre las nalgas de Alicia. Se estremeció con el contacto, le gustaba que un completo desconocido se excitara acariciando su cuerpo, ya fuera de forma furtiva en un autobús, o de forma notoria como en ese momento. Miró a Mario interrogante, buscando en su mirada el camino que debía tomar esa noche, pero el rostro de su amante no desvelaba las dudas que tenía sobre Jorge.

Jorge y Mario se sentaron en la mesa redonda que Alicia había dispuesto para la ocasión y ésta depositó sobre la mesa los canapés que había preparado esa misma tarde. La conversación no fluía en el trío y Alicia optó por poner una suave música de fondo que llenase el incómodo silencio. Sin embargo, fue el vino el mejor aliado de la noche, el alcohol relajó a los tres, su forma de sentarse en torno a la mesa se suavizó y las risas se mezclaron con la música, ahora apenas audible.

A la izquierda de Alicia se hallaba Jorge, que cada vez se manifestaba más cariñoso con el supuesto consentimiento de Mario, fiel observador de las reacciones de ella ante las frecuentes aproximaciones de su amigo. Alicia, no obstante, se sentía algo incómoda, le gustaba saber lo que Mario quería de ella, qué pretendía, aunque al ver que no ponía reparo en ver cómo su amigo se acercaba y le acariciaba el rostro mientras hablaba, optó por tomarse otra copa de vino y dejarse llevar por los efluvios alcohólicos y por el deseo. Sintió en el empeine de su pie derecho, los dedos desnudos del pie de Jorge, que cada vez se le notaba más embriagado. El invitado rozó el muslo izquierdo de Alicia con su pierna y resbaló una mano por debajo del vestido. Al notar cómo se acercaba, intentó apartarle, pero Mario cogió su muñeca adivinando sus intenciones y fue él mismo el que le instó a abrir las piernas, subiendo un poco más su vestido. Jorge no dudó un instante en manosear con descaro el interior de los muslos de su anfitriona, la miró con una media sonrisa y mientras mojaba vivamente su labio inferior con la lengua, introdujo los dedos bajo sus bragas y acarició su vulva. Alicia masticaba un trozo del pastel de carne que había preparado mientras, ensimismada, disfrutaba con el acercamiento de Jorge. Disimuló el gesto de placer aunque intuía que Mario se daba perfecta cuenta de lo que estaba pasando bajo la mesa, la conocía demasiado bien.

Jorge hablaba mientras recorría su sexo con las yemas de los dedos, abriéndolo ligeramente para sentir la cálida humedad de su grieta. Notaba como poco a poco su sexo se hinchaba y humedecía su tanga. Jorge mojó los dedos en sus paredes internas, carnosas y prietas. Recorrió milímetro a milímetro su jugosa cavidad hasta que encontró un punto en el que Alicia parecía disfrutar más. Estaba tan concentrada en su placer que había perdido el apetito y deseaba que sus dos acompañantes terminaran de una vez para seguir jugando los tres. Ya no mostró reparo en gemir suavemente para que Mario supiera lo caliente que estaba y lo mucho que necesitaba tener un miembro o dos a su disposición. Sólo pensar que iba a ser poseída por dos hombres aquella noche era suficiente para que se excitara. Por un instante sus ojos se toparon con la foto que descansaba sobre la librería y en la cual abrazaba a su novio en la playa. Esta vez había olvidado quitarla de su vista, mirar a su pareja le hacía sentirse culpable de sus continuas infidelidades, pero era algo que no podía evitar. La pasión que sentía por Mario era algo animal, una salvaje atracción de la que no podía zafarse y en la que la razón tenía la partida perdida. Era de él y, pasase lo que pasase, era para siempre. Una cadena invisible la ataba a Mario y nadie podía remediarlo.

Tras el postre, Alicia miró inútilmente a Mario buscando un gesto que diera un inicio oficial a la función. Fue Jorge el que se acercó a Alicia por detrás y, levantando su vestido, achuchó sus nalgas con una mano, usando la otra para atacar su pubis por delante. Volvió a mirar a Mario y le rogó en silencio que se acercara, pero Mario se sentó en el sofá y contempló entre divertido y excitado los movimientos de ambos. Jorge arrebató su tanga con relativa facilidad y la despojó de su vestido. Alicia quedó semi desnuda en medio del salón, su corpiño tras la cena la ceñía aún más y sentía que era esclava de aquella prenda de ropa que le incitaba a mostrarse más ardiente y fogosa que nunca. Jorge apretó la pelvis fuertemente contra sus nalgas y Alicia tuvo que posar sus manos sobre la mesa de centro para mantener el equilibrio, tarea nada fácil, sus altos zapatos de tacón, único complemento que acompañaba el corpiño, se lo ponían bastante difícil.

Jorge se desnudó apresuradamente y acercando a Alicia hasta la puerta del salón, la empujó ligeramente contra ella mientras palpaba sus formas, resbalando sus manos desde los pechos hasta sus muslos. Alicia buscó a Mario y vio que éste, sorprendentemente, se había marchado de allí. Pensaba que Mario entraría en el juego antes o después, jamás pensó que simplemente le traía a alguien para pasar un buen rato mientras él se ausentaba. Miró a su alrededor y vio que su abrigo había desaparecido. La decepción y la rabia invadieron su interior y pensó que ya no le parecía tan buena idea follar con aquel desconocido sabiendo que Mario no participaría en los juegos. En ese instante, Jorge empotró su miembro dentro de su sexo y comenzó una serie de intensas sacudidas que hicieron olvidar a Alicia lo que hacía unos segundos pasaba por su cabeza. Era imposible pensar en nada más que en degustar las maravillosas sensaciones que le proporcionaba aquel amante que le había regalado Mario. Jorge alternaba sus incursiones de tal manera que algunas eran suaves y cadenciosas y producían en Alicia una especie de espera angustiosa deseando que pronto volvieran los rotundos embistes con los que se sentía completamente fuera de sí. Su glande rozaba frenéticamente su punto g una y otra vez y Alicia, no pudiendo aguantar más, se dejó llevar por las fuertes pulsiones que paralizaron intensamente su cuerpo.

Jorge la cogió en brazos y agarrando sus muslos, le introdujo su carnoso miembro mientras Alicia se aferraba a sus brazos y se balanceaba en torno a su fuente de placer. Al llegar al dormitorio, Jorge se tumbó en la cama y pidió a Alicia que se tumbara sobre él. Alicia comenzó a galopar salvajemente sobre su montura, agitando su cuerpo hacia arriba y hacia abajo mientras movía sus caderas de forma circular para sentir en toda su intensidad el pene de Jorge.

Cuando estaba de nuevo a punto de perder el control, el calor de un cuerpo sobre su espalda le alertó de la presencia de Mario, que al contrario de lo que ella había pensado, no se había marchado, tan sólo se había escondido, dejando libertad de movimientos a la pareja.

Mario empujó a Alicia contra Jorge y pringando su culo con un oloroso aceite, la penetró lentamente. Alicia sentía que se desgarraba, pero poco a poco notó que ambos penes se amoldaban en su interior e incluso parecían complementarse, llenándola por completo. Era maravilloso sentir las embestidas de Jorge y las sacudidas que Mario le imprimía. Se estaba volviendo loca de placer. Justamente en ese momento, el teléfono sonó una y otra vez. La rítmica melodía, que se mezclaba con los ruidos que hacía el somier al moverse el terceto, no mentía, era su novio el que llamaba. Dudó entre coger el teléfono y no hacerlo, pero escogió lo primero para no levantarle sospechas.
-Sí, sí, estoy en la cama ya. ¿Qué tal el viaje?

A pesar de que Alicia pidió una tregua a sus compañeros de lecho, no se la otorgaron, al contrario, atacaron a Alicia con más ferocidad, divertidos por el mal rato que estaba pasando intentando disimular el intenso goce.
-Yo también te quiero, te echo de menos, un beso.

Al colgar, Alicia estalló en un fuerte orgasmo, lo había retenido tanto tiempo, que fue uno de los más intensos que había tenido en su vida.

Jorge y Mario continuaron follando a Alicia que, agotada, se dejaba llevar cual marioneta por los movimientos de uno y otro. Jorge aumentó el ritmo de sus empujes, eyaculando en Alicia y produciendo a modo de efecto dominó que Mario terminara también.

Alicia apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama y dejó que fuera Mario el que despidiera a Jorge.
-Encantada Alicia. Espero que mi hermano me llame pronto de nuevo y podamos reunirnos otra vez.

Alicia miró a Mario y pensó que jamás comprendería a su amante. Ofrecerla a su hermano demostraba una generosidad fuera de lo común. Ella jamás hubiera compartido a Mario con nadie, y menos con su hermana…

jueves, 6 de noviembre de 2008

Los zapatos de Mambrú

Aún no se lo podía creer. Miró a su alrededor y comprobó que todo estaba en orden, la tienda había sido pulcramente adecentada por la empresa de limpiezas que había contratado, la iluminación era cálida pero potente, por nada del mundo quería que nadie que entrara allí no pudiera contemplar con el máximo detenimiento la belleza de sus productos. La fragancia de rosas de Bulgaria vertido en los tres vaporizadores que había dispuesto en lugares estratégicos había hecho desaparecer por completo el olor a madera serrada y a los plásticos en las que venían envueltas las vitrinas recién montadas.

Por fin lo había conseguido. Muchos años de estudios infructuosos, de penosos trabajos temporales mal pagados y poco realizadores quedaban atrás. Por el camino, mucho esfuerzo, trabas continuas y peleas para conseguir convencer a todos de que él sería el mejor. ¡Cuánto tuvo que luchar con los empleados de banca para convencerles de que el dinero que le prestarían para hacer realidad su sueño era una buena inversión!

Colocó con una precisión digna de relojero suizo cada uno de los artículos, utilizando la manga de su chaqueta para hacer desaparecer las minúsculas motas de polvo que osaban depositarse encima de sus hijos. Porque en realidad, eso es lo que eran, magníficos retoños creados por él. Ahora merecía la pena contemplarlos, brillaban tanto como mil soles, presumían juntos de su esplendor y Mambrú los miraba orgullosos, sabedor de su arte.

Salió de la tienda un instante, aún faltaba media hora para abrir, la espera le estaba resultando exasperante. Contempló el rótulo encarnado ubicado en el centro del escaparate: “Los zapatos de Mambrú”. El nombre resultaba tan concreto como descriptivo, quería que sus clientas divisaran desde el principio de la calle el nombre de la nueva zapatería y que desearan avivar su paso para llegar hasta allí. La puerta siempre permanecería abierta, no le importaba derrochar algo de dinero en calefacción si como resultado las clientas más reticentes superaban el miedo inicial a entrar en una nueva tienda. Mambrú sabía que una zapatería llena de gente era fundamental para atraer a más público, las mujeres llamaban a más mujeres.

¡Cuánto deseaba ver entrar a las primeras! Necesitaba tener sus pies entre sus manos, se excitaba sólo de pensar la cantidad de ellos que disimuladamente acariciaría, tenía la perfecta coartada y el mejor trabajo para hacerlo. Atrás dejaría días de tormento y burlas en aquella ciudad en la que vivió desde que naciera. Atrás quedaban las risas de sus supuestos amigos, cuando frecuentemente le sorprendían agachado en el suelo del parque contemplando los zapatos de las mujeres que hablaban sin parar mientras vigilaban a sus hijos jugando entre ellos. Era un suplicio tenerlos tan cerca y no poder tocarlos, no poder subir la mano desde el tobillo hasta la pantorrilla y percibir la suavidad su piel en verano y el cálido tacto de sus medias de nylon en invierno. Incluso su madre, preocupada por la actitud de su hijo, que veía que no se centraba ni en los estudios ni en conocer a una muchacha como Dios manda, le llevó obligado a la consulta de un psiquiatra, que no le curó nada, al contrario, descubrió en él a un amigo con gustos y obsesiones comunes.

Diez minutos faltaban para colgar el cartel de “Abierto”, apenas era tiempo para un extraño, pero no para él, que sabía que antes de esos diez minutos habían pasado antes muchos otros en los que había deseado una quimera en este caso alcanzada. La tienda lucía llena de colores, pedrerías, drapeados, suaves satenes, plumas combinadas con charol, plata y oro, electrizantes colores que no iban a dejar a nadie indiferente. No era partidario de las modas, odiaba las zapaterías en las que, esclavizadas por sus dictámenes, mostraban la misma gama de color en sus productos, un año negros, otro, marrones. Tristes tiendas que tan sólo se salvaban algo en primavera y verano, gracias a las alegres sandalias multicolores que anunciaban la llegada de las vacaciones.

Sus zapatos eran únicos y exclusivos, era él su diseñador, su fabricante y su vendedor. No le hacía falta nadie más, ningún proveedor que entrara ofreciendo zapatos sería bien recibido en su pequeña zapatería. No existía ninguna como ella en esa ciudad e incluso se podría decir que en todo el país.

Cambió nervioso el cartel de la puerta y tomando aire miró al cielo buscando un halo divino que le protegiera en su nueva andadura. Había llegado el ansiado momento.

Caminó nervioso dentro de la tienda, se frotó las manos intentando serenarse y se atusó su largo bigote negro una y otra vez, pero tras una hora en la que nadie entró, se relajó, sentándose en la silla de cuero blanco que se ubicaba frente al monitor del ordenador. Sacó del cajón unas cuartillas y con un lapicero comenzó a dibujar nuevos diseños. No podía perder el tiempo, aprovecharía los ratos de soledad para sus creaciones y cuando cerrara cada tarde, se dedicaría a hacerlas realidad en el pequeño taller que tenía montado en su casa.

No pudo completar siquiera el esbozo de medio zapato cuando entró una mujer alta y esbelta, morena de pelo y blanca de piel. Saludó cordialmente a Mambrú y comenzó a mirar con pausado respeto cada uno de los exquisitos zapatos de éste. Isabela, que era la mujer del director del banco de la calle principal, ostentaría el honor de ser la primera en inaugurar su tienda. Mambrú la miró pensando que era afortunado por poder contemplar la belleza tan de cerca. Isabela recorrió de nuevo los dos pasillos donde se ubicaban las vitrinas, sintiendo una extraña sensación, una fuerza irresistible le impelía a no salir de aquella zapatería sin adquirir antes un par de zapatos. No había entrado más que a curiosear, pero algo le embriagaba de tal manera que dominaba sus actos, quizás el olor a rosas recién cortadas, quizás la variedad de tonalidades de los zapatos. Le habían embelesado de tal forma que era difícil escapar a sus encantos. Su respiración se agitó y sintió que el deseo por tener un par de aquellos zapatos era superior a todo lo que había conocido hasta entonces. Ni su marido ni los novios que tuvo antes le habían provocado tanto deseo como le estaban provocando en esos momentos aquellos lujosos zapatos. Cogió uno de ellos, tenía unos altos y finos tacones, pedrería púrpura y estrecha puntera. Brillaban tanto como una magnífica joya. Miró a Mambrú y éste de inmediato se acercó a ella para ayudarla a probárselos. Isabela se sentó en el banco de bengué, extendió un pie al zapatero y él se arrodilló ante ella, descalzándola lentamente de los corrientes zapatos que llevaba y vistiéndola con aquella maravillosa obra de arte. Mambrú acarició su piel aterciopelada y sintió un leve escalofrío recorriendo todo su cuerpo, su saliva comenzó a anegar su boca y su miembro se inflamó bajo sus pantalones. Isabela, enfundada en los zapatos, se levantó y dio unos cortos pasos mirándose en los espejos que Mambrú había colocado en la parte inferior de las vitrinas. Se sentía distinta, más mujer, más atractiva y deseable, era imposible ser la misma con algo así adornando sus pies. Miró a Mambrú y por un instante, deseó abrazarle como agradecimiento por tener aquellos maravillosos zapatos con los que parecía estar flotando en el paraíso.
-Me quedo con ellos-dijo casi sin dudarlo-.
-Muy bien señora-dijo Mambrú sin poder evitar una sonrisa de satisfacción.

Mambrú se encontraba pletórico, aún no podía creerse que hubiera hecho realidad su anhelo. Se miró las manos y se estremeció recordando el breve pero intenso momento en que había acariciado el pie de aquella mujer. Con la esencia que quedaba de ella en sus dedos frotó su miembro unos segundos, haciendo más persistente e intensa su erección.

No tardó en propagarse por toda la ciudad la calidad de los zapatos de Mambrú, la perfección de sus remates, su trato cortés y amable, pero principalmente, las maravillosas sensaciones provocadas al calzarse en ellos, el extraño influjo que desencadenaba en el interior del cuerpo y el excitante placer obtenido simplemente por entrar en su zapatería.

La nueva zapatería se convirtió en una de las más visitadas, era difícil que no estuviera completamente abarrotada de mujeres que se disputaban las atenciones de Mambrú, el cual no escatimaba su tiempo en atender a cada una de las mujeres como se merecía. Mimaba cada uno de los pies que tocaba, futuros inquilinos de sus obras y principales protagonistas de su vida. A ellos había encomendado su existencia, era capaz de transformar unos pies faltos de cuidado en unos dignos de una modelo. La magia se había aliado con él.

Mambrú vivía en un estado de constante excitación, en parte por el éxito del negocio y en parte por poder rozar cada día las extremidades inferiores de aquellas mujeres que se entregaban a él con la confianza de saber que los zapatos transformarían su vida. Las furtivas caricias del zapatero eran el complemento perfecto a todo el ritual que le acompañaba de entrar en la tienda, mirar los zapatos con detenimiento y solicitar a Mambrú su ayuda.

La caja registradora de la zapatería lucía plena día tras día, pero poco a poco, el ideal escenario que había creado se fue resquebrajando. La afluencia masiva de clientas era tal, que no tenía siquiera tiempo para preparar nuevos diseños, descartó la idea de contratar a alguien, su zapatería era algo casi tan íntimo como su ropa interior. Al llegar a casa lo único que le apetecía era derrumbarse en el sofá y olvidarse por unos momentos de pies, tacones y punteras mientras veía la televisión.

Y lentamente, la tienda rebosante de zapatos se fue vaciando y los pocos zapatos que quedaban en ella lucían tristes y huérfanos. Paulatinamente las mujeres dejaron de acudir, pero Mambrú, a pesar del mayor tiempo libre del que disfrutaba entre clienta y clienta, había perdido la inspiración. El deseo que había movido su vida había desaparecido, la excitación de sentir los pies de una mujer entre sus manos se había esfumado por completo. Carecía de ideas para seguir. No se deleitaba como antiguamente lo hacía en su fabricación. Era como si todo aquel placer que había sentido y que había depositado en sus obras se hubiera quedado en cada uno de aquellos zapatos y cada mujer al comprarlos, hubiera usurpado un pedazo de él, percibiendo al llevarlos en sus pies, el mismo goce que Mambrú había sentido en su creación. Las mujeres a través de sus zapatos habían vampirizado de alguna forma su capacidad para gozar con lo que hacía.

Y Mambrú tuvo que rendirse a la realidad. Ya no era un mago entre aquellas mujeres, se sentía incapaz de volver a diseñar ni un solo zapato. Los días iban pasando y la tienda, antes cálida y acogedora se fue convirtiendo en una árida estancia en donde nadie entraba.

Hasta que entro ella.

Mambrú se sorprendió de ver a alguien cruzar el umbral de su puerta. Era bella con mayúsculas, de piel casi transparente, pelo brillante y pajizo, ojos verdes y delgada silueta. Sus andares felinos recalcaban sus sinuosas curvas. Mambrú bajó la mirada hasta sus pies, llevaba unos zapatos que eran de su tienda, de eso no cabía la menor duda. No recordaba haberla visto jamás o quizás sí, pero su aspecto había cambiado, su mirada era distinta, sus andares eran completamente provocativos y su boca era una incitación a dejarse llevar por los más primitivos instintos. Sin decir ni una sola la palabra, aquella mujer se sentó delicadamente en el banco y descalzándose pidió a Mambrú con un gesto que se acercara a ella. Cual perro fiel se arrodilló ante ella y adivinando los deseos de aquella mujer comenzó a besar sus pies desnudos, acarició su talón, lamió con sumo cuidado cada uno de sus dedos. Ella comenzó a gemir suavemente echando su cabeza hacia atrás y cerrando sus ojos para sentir más intensamente las sensaciones que le estaba provocando el zapatero. Mambrú estaba tremendamente excitado al ver cómo reaccionaba su clienta incitándole a seguir. Continuó acariciando sus piernas hasta llegar a su pubis rizado, sintió el calor que desprendía y su excitación se avivó. Sin pensarlo más, bajó la cremallera de sus pantalones y masajeó su miembro mientras volvía a la zona que más le gustaba a él: sus pies. Succionó cada uno de sus dedos, jugueteó entre ellos con su lengua y pudo contemplar con agrado que la mujer se había levantado sus faldas y se estaba masturbando mientras gemía cada vez más intensamente hasta que finalmente se relajó complacida mirando a Mambrú cómo terminaba de masturbarse.

La mujer se marchó tal y como había venido, sin cruzar una sola palabra con él. Éste, agotado y exhausto tras el sexo, se sentó en el banco rebobinó toda la escena intentando recordar qué es lo que había pasado exactamente. Ella es la que había llevado las riendas en todo momento y parecía haber entrado de ex profeso en la tienda precisamente para que Mambrú hiciera lo que finalmente hizo.

Lo cierto es que aunque fue la primera mujer en desnudar por entero sus pies ante Mambrú, no fue la última, y el zapatero comenzó a disfrutar a diario de unas maravillosas jornadas de fetichismo y placer. Todas las que solicitaban aquellos nuevos servicios habían adquirido previamente sus zapatos y parecía que de alguna manera, las “vampiras” agradecían lo que Mambrú había provocado en sus vidas.

Y Mambrú recobró la inspiración y el arte de la creación. Las vitrinas se fueron llenando de nuevos diseños y las clientas volvieron a entrar en su tienda. En su afán de atender a todas las mujeres como merecían, decidió incrementar de forma desorbitada los precios de sus zapatos, prefería la calidad a la cantidad.

Aquella noche, al cerrar la zapatería para regresar a su hogar, se sintió simple y llanamente un hombre feliz. Quizás era el momento de ampliar el horario de venta y dejar que alguna de las clientas contemplara sus creaciones en el mismo taller de su casa…


sábado, 1 de noviembre de 2008

Ganadores del concurso de Relatos Eróticos “Karma Sensual” 2008, “Amores que Matan”

Estos han sido los 13 autores y relatos seleccionados para integrar el libro que editará gratuitamente "El Taller del Poeta" para febrero 2009.


El libro este año se titulará: " Karma sensual4: Amores que matan" y se compondrá de los 13 (trece) mejores relatos seleccionados por el jurado de "Karma sensual", junto a datos de los autores.

Nos comunicaremos con los 4 primeros seleccionados para proponerles ser Jurado Ambulativo del concurso "Karma sensual5: Amor y Gula – Para comerte mejor-" 2009.

Saludos.
Marta Roldan
(Organizadora de Karma Sensual)


Enhorabuena a todos los premiados. Haber sido jurado en el premio ha sido una gran experiencia para mí. Tan sólo quiero animar a todos a que participéis el próximo año en este premio del que puedo decir que es uno de los más consolidados y serios que hay en el “apasionante” mundo de los relatos eróticos.

Besos a todos. Alice Carroll

jueves, 16 de octubre de 2008

Café y matemáticas

Era en los atardeceres cuando yo me despertaba. Hasta esa hora de la tarde, mi vida era una sucesiva letanía de hechos rutinarios hasta el bostezo. Me levantaba, preparaba el desayuno a mi marido mientras se duchaba y le daba un beso de despedida cuando se iba a trabajar. Limpiaba la casa, preparaba la comida, me vestía y quedaba con mis supuestas amigas de la urbanización para tomar un café e ir juntas a clases de Pilates. Regresaba a casa y mientras ponía la mesa, veía las noticias esperando a que Esteban volviera. Nada era sorprendente y nada me motivaba. Pensé que ya a mis 46 años me conformaría con aquella existencia baldía con la que se habían conformado mis amigas a las que he llegado a odiar en ocasiones al verlas felices sin tener ningún motivo para ello. Conocía a sus maridos y por mucho que les mirara con buenos ojos, no me parecían seres capaces de lograr ni siquiera su propia felicidad, evidentemente imposible que lograran la ajena.

El destino se encargó de cambiarlo todo una tarde de otoño, cuando las gotas de lluvia que estaban cayendo lánguidamente mancharon los cristales de las ventanas que acababa de limpiar. Mi marido me había comentado algo hacía unos días, pero como en otras ocasiones, ni siquiera le había prestado atención. Fue al sonar el timbre de la puerta cuando lo recordé.
-Éste debe ser Oscar-dijo mientras se levantaba a abrirle.

Me levanté yo también del sofá y vi pasar por delante del salón a aquel muchacho saludándome con una media sonrisa. Esteban y él se encerraron en el despacho y yo me volví a sentar intentando seguir con la lectura del libro que había cogido de la biblioteca esa misma mañana.

No fui capaz de seguir. Mis pensamientos viajaron muy lejos en el tiempo pero me resultaban aún tan cercanos que me dolían. Regresaron al momento en que Esteban y yo queríamos tener hijos y no pudimos, la desesperanza y la frustración de los penosos tratamientos de fertilidad, los malos resultados y la rendición final. Mi hijo podía tener ahora la edad de Oscar.

Mi marido era profesor de matemáticas en un instituto. Era buen profesor y un buen hombre, tranquilo, pausado y demasiado lógico para ser espontáneo. Jamás me reí con ninguno de sus chistes. Pero a pesar de todo, nos llevábamos relativamente bien, habíamos pasado demasiado cosas juntos como para no hacerlo. Impartía clases a los chicos de segundo de bachillerato y todos decían que era el mejor profesor de matemáticas que había tenido el centro desde hacía tiempo. Fue al empezar el nuevo curso cuando, ante la insistencia de algunos padres y los mismos alumnos, decidió ayudar con clases particulares a los muchachos que eran brillantes en otras asignaturas pero iban más flojos en la materia y querían sacar un buen expediente para optar por la carrera deseada.

Oscar era uno de aquellos chicos. Alto y con paso decidido, vestía como un chico más de su edad, vaqueros de cintura baja, camiseta de deporte y zapatillas de marca. Tenía el pelo negro y lo llevaba cuidadosamente despuntado. Sus ojos grandes y marrones lucían con un brillo especial.

Sonó el timbre de la puerta cuando aún faltaban diez minutos para terminar la clase. Abrí y encontré al que parecía ser el segundo alumno de esa tarde. A pesar de tener la misma edad que Oscar, Pedro, que así me dijo que se llamaba, parecía todavía un crío con su cara llena de acné, sus rizos castaños y sus gafas oscuras y redondas.
Le invité a sentarse en el sofá mientras mi marido terminaba la clase. Pedro era muy tímido así que proseguí con la lectura no acosándole con preguntas para no intimidarle.

Por fin finalizaron la clase y Pedro se encerró con mi marido mientras yo despedía a Oscar en la puerta, pero en el exterior tronaba con fuerza y la lluvia caía a borbotones sobre el asfalto.
-¿Por qué no te esperas un poco a que escampe? Te invito a un café si quieres.
Oscar dudó, pero respondió con un escueto “vale” que fue suficiente para que entrara de nuevo en casa.

En la cocina, Oscar seguía mis movimientos y respondía a mis preguntas. Me admiró su madurez y su seguridad, su voz grave me fue envolviendo poco a poco. Por un instante, me sentí como si fuera su madre, me imaginé la rutina de prepararle la merienda, como estaba haciendo en esos momentos. Sentí deseos de darle un tierno beso en la frente, de invitarle a que se quedara a dormir en el cuarto de invitados, el que hubiera sido el dormitorio de nuestro hijo. Mientras estaba absorta con mis pensamientos, me giré para preguntarle cuántas cucharadas de azúcar quería y le vi ruborizarse al verse sorprendido contemplando fijamente mi trasero.

Oscar se tomó el café y se fue. Me senté en la silla de la cocina y me quedé mirando sin pestañear la puerta del frigorífico sin poder pensar absolutamente en nada. Estaba completamente obnubilada y de alguna forma, haber ejercido de madre por unos minutos me había servido para sentirme realmente bien. Además, el pequeño descubrimiento de que resultaba apetecible para un hombre joven atizaba mi coquetería femenina, últimamente adormecida por la rutina.

Oscar y Pedro venían a casa un día sí y otro no. Con Pedro poco hablaba, es cierto que al ser más niño podía haber ejercido también como madre con él, pero no me llamaba la atención en absoluto. Era Oscar el que me llenaba, me gustaba su olor varonil, sus brazos torneados, sus labios perfectamente delineados, su nuez abultada en el cuello. El café después de la clase se convirtió en acostumbrado y los ratos en los que estábamos juntos eran cada vez mayores. Comencé a arreglarme más para recibir a aquellas visitas, me gustaba verme guapa aún estando en casa. Intercambiamos sensaciones, inquietudes y deseos. Era una terapia que me resultaba plenamente placentera y a Oscar, que había perdido a su madre al cumplir catorce años, intuía que le pasaba lo mismo. Estábamos muy a gusto el uno con el otro.

Lo cierto es que cada vez pensaba más en él. Me sorprendieron los celos que sentí cuando me confesó que había conseguido acostarse con una compañera en una fiesta de sábado y no pude contener mi rabia riñéndole como si realmente fuera su madre, diciéndole que no podía acostarse sin más con la primera que pasara por su vida. No quería reconocerlo, pero Oscar me atraía como hombre más que como hijo. No recuerdo cuando me di cuenta de aquel sutil cambio, quizás fue una noche cuando estando con Esteban haciendo el amor, cerré los ojos y me imaginé a Oscar sobre mí, besándome dulcemente y poseyéndome por primera vez.

Por la mañana, sentí remordimientos por aquellos tortuosos pensamientos. Mi deseo por él se avivaba al verle, la necesidad de tocarle se hacía imperativa. ¿Pero no ves cuánto te deseo? Me decía a mí misma en silencio.

Nuestros cafés pasaron de la cocina al salón. Oscar y yo nos sentábamos uno al lado del otro y con la tenue luz de la lámpara de pie de la esquina hablábamos hasta que, a falta de cinco minutos para que terminara la clase mi marido, él se iba. Cada vez que cerraba la puerta y le despedía, sentía que me desgarraba por dentro, que una parte de mí se esfumaba y que volvía de nuevo a la más absoluta oscuridad.

Aquella tarde cuando Oscar se marchó, me fui al baño y delante del espejo, me desnudé imaginando que al otro lado no estaba mi imagen reflejada en él, sino la de Oscar, contemplando cómo me desposeía de mis prendas y me entregaba a él. Acaricié el espejo y besé aquellos labios que me parecieron demasiado fríos al principio, lamí mi imagen para calentarla y al besarlos de nuevo, por fin conseguí imaginarme que eran los de él. Con la camisa desabrochada cayendo por mi espalda, me deshice del sostén y acaricié mis pechos, grandes y hermosos, los achuché y bajé la mano hasta mis piernas. Sin dejar de mirar mi imagen me desabroché los pantalones e introduje mis manos bajo las bragas, eran las de Oscar, grandes y fuertes las que lo hacían. Eran sus dedos los que curioseaban en mis entrañas y los que penetraban mi sexo. Mientras me masturbaba, pude oír a mi marido despidiendo a Pedro y gritando mi nombre mientras me buscaba por la casa. Un “¡estoy aquí!” salió de mis labios con algo de dificultad. Seguí mimando mi sexo hasta que el vaho del baño emborronó mi visión y la que yo me imaginaba de Oscar. Aunque quizás fue el orgasmo que sentí en ese momento el que hizo disminuir mi percepción visual. Fue algo fantástico, hacía mucho que no me masturbaba y casi ni recordaba la facilidad y la intensidad con que se llegaba a la meta.

Al siguiente día que Oscar vino, me encontraba algo apurada a su lado, quería disimular en lo posible lo que sentía por él, pero me parecía que mi torpeza de movimientos al estar tan cerca de él me delataba. Mi piel se erizó por un instante cuando me agarró el brazo para contarme un chiste y mi sexo se volvió más presente que nunca. Demasiado para controlarlo, creo que mi cabeza había dejado de funcionar por completo porque si no, no entiendo cómo tuve el valor de acercarme a él y besar sus labios.

Oscar, ante aquel gesto por mi parte no se inmutó. Me miró confuso, pero su inercia tendía hacia mí y al ver que me apartaba mientras musitaba un “no sé qué me ha pasado, lo siento” me abrazó y me besó. Fue un beso largo, ardiente y apasionado, pero tierno. Dulcemente tierno. Sentí su respiración fundida con la mía, toqué sus brazos y me gustó su firmeza, sus músculos aún no estaban formados completamente. Acaricié su pelo, tiré de él, besé su cuello y lamí con devoción los lóbulos de sus orejas. Pero no pasamos de ahí, el reloj acechaba la verticalidad y mi marido estaba a punto de salir con Pedro. Sentía mi corazón a punto de estallar y, aunque vi que Oscar quería seguir, le aparté señalándole la hora.

Nos despedimos sin más. Con un adiós y sin darnos siquiera un beso. Creo que ambos estábamos pensando lo mismo. Que no había ocurrido nada o quizás sí, pero ambos teníamos cierto temor a reconocerlo.

Esa noche me angustié pensando que Oscar quizás no volvería jamás y que se había arrepentido de lo que había hecho. Afortunadamente me equivoqué porque ese miércoles que tenía clase se presentó como siempre. El tiempo que duró la clase con mi marido se me hizo eterna, no podía parar, me levantaba del sofá, me sentaba, caminaba como un león enjaulado por toda la casa esperando que el tiempo trascurriera más deprisa. Por fin Pedro vino y los minutos volaron al lado de aquel insulso muchacho al que esta vez sí que le torturé con mis preguntas.

Oscar apareció en el salón y mi marido volvió con Pedro al despacho. Nos quedamos de pie, mirándonos sin saber qué decir, yo no sabía si pedirle perdón, si decirle que había sido un error, así que dejé que mi corazón decidiera por mí y le abracé. Oscar correspondió a mi abrazo y sentí que estábamos de nuevo unidos. Nos besamos y abrazamos con ansiedad. Rocé con mis dedos sus labios, los chupé con delicadeza y lamí su abultada nuez. Palpé sus formas sobre la ropa, estaba tremendamente excitada. Acaricié su cuerpo y un impulso me hizo desabrochar su camisa. Oscar se dejaba hacer por mí. Besé sus pechos, acaricié el vello de su torso, mordisquee su cintura, desabroché sus pantalones y cogí entre mis manos su miembro, completamente erecto para mi deleite. Él seguía algo despistado, creo que temía por Esteban, que nos pillara in fraganti, pero supe que me deseaba cuando me desabotonó con ansiedad mi blusa, bajó mi sostén y se zambulló en mis pechos hambriento de deseo por ellos. Lamió y mordisqueó mis pezones, los succionó una y otra vez y sentí un placentero cosquilleo en ellos, posó su mano entre mis piernas y bajando la cremallera de mis pantalones, resbaló su mano dentro. Su pericia a pesar de los nervios me sorprendió. Yo le deseaba dentro, así que me desabroché por completo y le supliqué que se pusiera encima. Ante su mirada dubitativa, le tranquilicé, Esteban no iba a salir, todavía faltaba media hora para finalizar la clase. Oscar se puso sobre mí y resbaló su miembro en mi interior. Por un momento creí estar en un sueño y no en mi salón, no podía ser cierto que estuviera haciendo el amor con Oscar, pero su pene dentro de mí era algo demasiado real para suponer que no era cierto.

Oscar me embistió con fuerza y yo le ayudé, fue corto pero tan intenso que mis ojos se llenaron de lágrimas que resbalaron por mi piel hasta caer en el sofá. Estaba llorando de puro placer, me volvía a sentir viva, Oscar era un soplo de aire fresco en mi existencia. Reposó jadeando unos momentos dentro de mí hasta que por fin consiguió recuperar el resuello y se apartó.

Aquellas sesiones de sexo se hicieron habituales, éramos tan descarados, que a veces dejábamos escapar algún que otro gemido que nos hacía volver a la realidad del salón y de mi marido y Pedro a pocos metros de nosotros.

No sé lo que había entre nosotros: pasión, amor, enamoramiento, cariño, ternura... No puedo definir mis propias sensaciones. Sé que Oscar se acostaba con alguna compañera de vez en cuando. Yo ya no le preguntaba por ello, no quería saber nada de su vida, me daba demasiado miedo competir con aquellas jóvenes que compartían su vida más que yo. Sabía que tenía unos momentos en los que era completamente mío, suficiente para ser feliz. Con Esteban me sentía bien, ya no sentía mi vida tan rutinaria, había encontrado algo que me daba luz en todos los sentidos. Había conseguido recuperar la ilusión de la sorpresa.

Y eso es lo que me llevé. La mayor sorpresa de mi vida una noche en la que no podía dormir y encontré a Esteban masturbándose compulsivamente en el salón mientras contemplaba extasiado en el ordenador los encuentros que habíamos tenido Oscar y yo aquellas tardes. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que aquel cable que había en la librería no estaba conectado a la televisión ni al video sino al ordenador portátil que él tenía siempre en la mesa del salón y que había estado grabándonos con la pequeña webcam que tenía escondida entre unos libros.

Regresé silenciosa a la cama sin que Esteban percibiera mi presencia y dejé que siguiera disfrutando con aquellas imágenes. Decidí al taparme con la sábana que si él no había puesto ninguna pega al enterarse de mi relación con Oscar, yo tampoco tendría inconveniente en que siguiera ejerciendo de voyeur con nosotros. Un secreto por otro secreto, algo completamente justo. En ese momento creo que todos éramos algo más felices que antes.



viernes, 26 de septiembre de 2008

La esclava de mi vida


Desde que la vi anunciada en una revista de contactos no pude quitarme su imagen de la cabeza. Me parecía la mujer más perfecta que hubiera existido nunca: sus delicados rasgos, su cabello liso y rubio, sus sorprendentes e hipnóticos ojos verdes y su voluptuoso cuerpo. Me enamoré de ella nada más verla. Pero sabía que aún no podía pretender poseerla, amarla y hacerla mía para siempre. Mi deseo por ella tendría que esperar algún tiempo, era un caro capricho que mi exiguo presupuesto no podía permitirse. Por aquel entonces yo trabajaba como asalariado en un pequeño almacén y los gastos obligados de cada mes casi se llevaban más de la mitad de mis ingresos y no podía darme ningún lujo por muy placentero que pudiera resultarme.

Recorté aquella maravillosa imagen, digno boceto de una altiva reina futura protagonista de mis sueños más ardientes y la pegué con cuidado ritual en la desnuda pared del dormitorio del pequeño apartamento de alquiler en el que yo vivía. Tenerla siempre presente en el cabecero de mi cama me servía de diario estímulo para intentar esforzarme lo posible para ser en fechas no muy tardías su propietario. Por ella trabajé duramente en el almacén quedándome a hacer horas extras hasta el desmayo. Al trabajar más y estar más cansado, salía menos, con lo que eso tenía de bueno para mi economía, ya que apenas gastaba nada que no hubiera antes presupuestado en mi cuadernillo donde lo apuntaba todo.

Cada noche rozaba su foto con las yemas de mis dedos, le daba un apasionado beso que abarcaba todo su cuerpo y me acostaba, no sin antes dejar volar mi imaginación a un futuro no muy lejano en el que ambos compartiríamos el mismo techo. Me imaginaba mi vida a su lado, las eternas noches de sexo y goce y la pasión que envolvería mi vida para siempre. Por fin lograría ser feliz.

Quería bautizar a mi futura compañera con un nombre digno de ella que la describiera en toda su magnitud y que mostrara a su vez, todo lo que era capaz de inspirarme cuando la miraba, pero ninguno me convencía plenamente. No en vano, era la primera vez en mi vida que iba a comprar una esclava y no quería dejar pasar de largo el más mínimo detalle. No deseaba un nombre corriente, nadie que existiera en el mundo podría llegar a acercarse en belleza y encanto a su persona.

Poco a poco mi cuenta fue engordando y por fin conseguí el dinero suficiente para comprarme mi esclava, a la que cariñosamente apodé “sin nombre”. Contacté telefónicamente con el proveedor de aquellas sumisas muchachas que habían nacido para dar placer carnal y quedé en ir a recoger la mía esa misma tarde. Estaba deseoso por ejercer de amo y ese pensamiento es el que me provocaba de continuo recurrentes erecciones que ni siquiera pude evitar mientras conducía mi coche al ir a su encuentro. Estaba nervioso, me sudaban las manos y me sentía igual que un inquieto novio que camina ante el altar.

Cuando llegué a la dirección que me habían indicado por teléfono, me sorprendí al ver más esclavas, tan bellas o incluso más que mi futura compañera, pero ninguna de ellas había compartido conmigo las noches pasadas de onanismo compulsivo así que me fui directamente al lugar donde mi bella sumisa de rasgos eslavos ya me esperaba. Pagué al vendedor al contado y la llevé a su nuevo hogar.

No me importaba, tal y como me advirtió el vendedor, que fuera completamente muda. No necesitaba hablar con ella, ni quería que me preguntara cada tarde si me había ido bien en el trabajo, ni tampoco que me discutiera ninguno de mis comentarios. Yo era el amo y ella mi esclava sumisa, eso era un hecho indiscutible. La había comprado para follarla hasta la extenuación, hacerla mía y poseerla cuando a mí me apeteciera. No podía existir mayor placer para mí. Sus deseos irían ligados desde ese momento a los míos, su placer sería mi propio placer y mis apetitos carnales, la causa de su existencia.

Cuando llegué a casa, la despojé impaciente de la túnica negra que tapaba su cuerpo y sin poder esperar siquiera a desvestirme, la tumbé en la cama, bajé la bragueta de mis pantalones y la desvirgué para siempre sin contemplaciones. El placer de poseer por primera vez a mi esclava fue insuperable, jamás había conseguido encontrar a ninguna mujer que se plegara a mis órdenes como ella lo hacía y sentir que la había encontrado elevó mi ego maltratado tanto por el paso de los años como por aquellas mujeres que había conocido y me habían destrozado psicológicamente. Mi esclava ni se inmutó, había aprendido cómo debía comportarse y se dejó hacer. Me sentí un triunfador por primera vez en mi vida, atractivo, fuerte y poderoso. Estaba pletórico gracias a ella.

Mi muda esclava seguía al pie de la letra y con una obediencia encomiable, todos mis mandatos. Su presencia disparaba mi imaginación y cada tarde, cuando llegaba a casa tras una dura jornada de trabajo, solía esperarme desnuda a cuatro patas como una montura fiel sobre la alfombra de rallas azules de mi salón. Ver sus labios mayores, entrever la abertura de mi pozo de los deseos y contemplar sus pechos eran suficientes motivos para no perder ni un solo segundo y poseerla sin dilación. Intentaba controlar mis eyaculaciones para disfrutar lo máximo posible, pero sus apreturas me producían tempranas sacudidas en todo mi ser.

A medida que fueron pasando los días me resultó insuficiente disfrutar de ella a escondidas en mi casa, quería presumir de mi esclava y comenzamos a salir de excursión en mi coche, habitualmente elegíamos el bosque como destino. Allí, entre los árboles y con el excitante riesgo de ser descubiertos, hacíamos el amor. Mi esclava a la luz del sol me resultaba todavía más atractiva.

Casualmente leyendo una revista que acababa de comprar en el quiosco de la esquina de mi casa, encontré un artículo en el que se hacía referencia precisamente a la historia de un pequeño pueblo de Puerto Rico llamado Vieques, poblado en el siglo XIX por un sinfín de esclavas. En el reportaje se daba el listado de los nombres de aquellas mujeres esclavizadas en esa época, leí la lista de corrido y de inmediato encontré el nombre que estaba buscando: Matumissa. Me parecía exótico, original y estaba dotado de una maravillosa musicalidad, era un nombre digno de mi bella esclava.

Matumissa se convirtió en el centro de mi vida. Creo que poco a poco aprendí a amarla. Me gustaba su ausencia de iniciativa, de voz y su total rendición a mis deseos. Cuando llegó el invierno, volvimos a recluirnos en casa y disfrutábamos de las largas noches de invierno abrazados en la cama. Me gustaba sentir sus pechos desnudos en mi torso y rozar sus suaves piernas. Enredaba su pelo entre mis dedos y su relajante olor me adormecía hasta que caía por fin en un profundo sueño.

La desbordada imaginación y la inspiración de tenerla hicieron que me convirtiera en un adicto comprador de productos eróticos. Mi arsenal de esposas, látigos y todo tipo de artículos sadomasoquistas era impresionante, tanto, que tuve que hacer limpieza por primera vez en mi casa para hacerles hueco. Me tomaba mi tiempo cada noche en elegir el instrumento que utilizaría con ella. Disfrutaba atando a mi sumisa esclava a la cama, azotarla sin compasión con uno de aquellos coloridos látigos para posteriormente follarla hasta el desmayo. Pero al igual que comencé a amarla también comencé a enfermar de celos. Me volvía loco pensando por las mañanas mientras trabajaba en la posibilidad de que tuviera un amante a escondidas. Al llegar a casa necesitaba demostrar mi pleno dominio sobre ella y la poseía en el suelo, atándola fuertemente con una maroma a una pata de la cama, mientras azotaba sus desnudos glúteos una y otra vez a modo de castigo para ella y de goce para mí.

Pasaron los meses y ocurrió algo en mi vida que descabaló mi existencia para siempre: comencé a relacionarme con Nuria, una compañera de trabajo con la que compartía aficiones comunes. A la hora del desayuno nos encontrábamos en los servicios de las oficinas del trabajo para demostrarnos nuestra pasión. Nuria me sorprendió por su capacidad de sumisión y su necesidad de que yo guiara su placer, casi de forma semejante a como yo lo hacía con Matumissa. Nuestros encuentros en los servicios se convirtieron en una de mis mayores fuentes de placer. Tenía una nueva esclava, ahora mi favorita, y lo mejor es que no había pagado absolutamente nada por ella.

Pero en casa las cosas ya no fueron igual que siempre. Pude percibir en Matumissa un cambio de actitud. Notaba su mirada fría y rencorosa, tan distante que se me ponían los pelos de punta. Creo que sospechó desde el primer día que le era infiel. Mi capacidad para doblegarla disminuyó de día en día, intuía que la fuerza que yo perdía le daba más vida a ella. Cuando llegaba a casa, sus ojos fijos en mí conseguían acongojarme hasta tal punto, que comencé a temerla. No sólo eso, incluso mis relaciones con mi compañera también se vieron afectadas. Me sentía culpable de estar con otra mujer que no fuera mi esclava, parecía que una invisible cadena había unido nuestras vidas de tal manera que llegué a pensar que posiblemente la muerte fuera la única forma de recuperar mi perdida libertad. Tenía que matar a Matumissa, para sobrevivir yo, acabar con aquellos ojos que me torturaban cada noche, los mismos que antiguamente me habían parecido tan maravillosos. Acabaría con ella para siempre, ya no deseaba ser su amo, porque realmente había dejado de serlo el mismo día que le dejé de ser fiel. Ahora quería romper las cadenas y volver a tener una vida normal.

Aquella noche cogí el cuchillo más grande que encontré en el cajón de los cubiertos de la cocina, me dirigí al dormitorio donde ya estaba ella en la cama esperando mi llegada y se lo clavé una y otra vez. Sentí que la debilidad se apoderaba de mis músculos. La miré y pude comprobar que había muerto. Mi muñeca de silicona quedó completamente destrozada, trozos de su cuerpo quedaron esparcidos por toda la estancia y un frío mortal inundó mi ser. En ese instante sentí un infinito vacío y un total arrepentimiento por el daño cometido, jamás volvería a tener en mis brazos a mi dulce esclava siliconada, jamás volvería a hacer el amor con ella, a besarla y a quedarme embelesado con sus ojos. Me di cuenta sin embargo de que ni siquiera su muerte había logrado que yo recuperara mi independencia, que al comprarla había sellado un vínculo eterno del que no me podría zafar jamás. Miré el cuchillo y obedecí aquellas voces interiores que me impelían a seguir con ella, convenciéndome de que era lo mejor para ambos. ¿Qué más daba que nuestra unión fuera en vida o en muerte?

sábado, 13 de septiembre de 2008

Las aspirinas de Matilde


Como cada mañana a las 10 en punto exactamente, Matilde llegó a la farmacia. Con esfuerzo subió la puerta metálica que protegía el escaparate, metió la llave en la cerradura y se hizo el propósito de llamar ese mismo día al cerrajero para que le echara un vistazo y la arreglara de una maldita vez. Encendió las luces del interior y se colocó la bata que dejaba siempre detrás de la puerta del pequeño garito que le servía a su vez de almacén y sala de estar para pasar los ratos de soledad en los que nadie entraba a comprar.

Miró su rostro reflejado en el cristal de la vitrina donde guardaba las cremas de belleza y se notó algo cansada. Había dormido mal y estaba nerviosa, su cabeza no paraba de dar vueltas a las mismas ideas que recurrentes saturaban su cabeza de pensamientos negativos. Su cumpleaños había pasado sin pena ni gloria, otro más, el tiempo iba pasando pero su vida no había cambiado en absoluto. Seguía haciendo las mismas cosas que hacía diez años atrás, cuando su padre le dejó en herencia la farmacia del pueblo en el que había vivido en su infancia. No podía dejar de pensar si la vida que ahora llevaba en aquel pequeño pueblo era simplemente un error, un dejarse llevar por una rutina que a veces le resultaba asfixiante. Después de una corta relación con un chico con el que no llegó a nada, principalmente en el plano sexual, no había conocido a nadie más. ¿A quién iba a conocer en aquel pueblo aislado por aquella complicada carretera de montaña plagada de ciclistas? Más de un dominguero había tenido que atender tras sufrir un colapso de puro agotamiento al llegar hasta la cumbre. ¿Pero acaso no leía ninguno el cartel que anunciaba que se trataba de un puerto de primera categoría? Ojalá se fijara en ella alguno de aquellos aguerridos deportistas, esos que sí conocían el camino y llegaban con sus fuerzas casi intactas.

La puerta se abrió y Matilde saludó al muchacho de la cooperativa de farmacia que de forma puntual le suministraba los pedidos. Era alto y desgarbado, tendría unos cinco años menos que ella o quizás más. Siempre se mostraba atento y servicial pero jamás le miró de la manera que le hubiera gustado a ella, hacía mucho que no sentía que la mirara ningún hombre. Lo cierto es que la rutina le había hecho remolona a la hora de arreglarse, era limpia y aseada pero nada coqueta, ropa amplia y cómoda, demasiado otoñal para su edad. En aquella pequeña prisión de montaña tampoco le hubiera servido de nada. Se recolocó sus gafas de pasta negra mientras despedía al muchacho y le miró sus pantalones vaqueros caídos que dejaban asomar sus calzoncillos rayados. Tenía un buen culo, pensó. Por un instante sintió que una pequeña oleada de calor que subía hasta sus mejillas, puso sus frías palmas sobre ellas y poco a poco su temperatura descendió.

Comenzó a abrir los paquetes de medicamentos y colocó cada medicina en el sitio correspondiente: antiinflamatorios y antitérmicos a la derecha, antibióticos en la vitrina de la izquierda, los productos de parafarmacia en la vitrina central y los preservativos en la mesa acristalada que hacía de mostrador. Ese siempre era el mejor sitio para cuando venía algún mozo que había pillado a alguna muchacha para llevársela al huerto esa noche. Ojalá en vez de venderlos los usara, pensó con resignación. Sólo le quedaba el consuelo diario del onanismo bajo las frías sábanas de su cama. Sabía cual había sido su problema desde que era una chiquilla, su tremenda timidez, su imposibilidad de hablar con los hombres y mostrar cómo era. Odiaba su timidez tanto que se sentía capaz de vender su alma al diablo con tal de que se la quitara.

Aquella fría mañana de otoño parecía que no quería acercarse nadie a comprar. Posiblemente en unos días los fríos provocarían el inicio de los primeros catarros y ella se hartaría de vender antigripales. Miró la calle a través de su escaparate y vio que por fin el local que había estado en obras durante dos meses abría sus puertas. Era una completa insensatez poner un herbolario en aquel pueblo y más cuando iba a tener como vecina y rival una farmacia. Matilde no creía ni en ungüentos ni en magias y menos en aquellos hierbajos que pretendían vender. Miró al hombre que una y otra vez salía de la tienda observando el aspecto de su escaparate. Era alto y delgado, de tez blanca y poco pelo. Tenía unas espectaculares entradas, su inicio era su frente y su fin prácticamente su nuca. Por un instante, el hombre se dio la vuelta y sorprendentemente caminó en dirección a la puerta de su farmacia. Matilde se colocó de inmediato tras el mostrador y simuló actividad.
-¡Buenos días! –Dijo con una inusitada alegría su nuevo vecino- Soy Domingo, el dueño del herbolario. Quería presentarme antes de abrir, hoy es mi primer día.
-¿Qué tal?- dijo Matilde con una media sonrisa intentando concentrarse en no dejar a relucir su timidez. Domingo chocó su mano con la suya y le pareció suave y firme, tenía los dedos largos y cálidos. Un perfume de incienso empapó sus fosas nasales y sintió por un instante un relajante bienestar.

Domingo hablaba sin prisas y miraba sus ojos sin apenas parpadear, le resultaba tremendamente inquietante, era como si quisiera escudriñar cada uno de los recovecos de su alma. Mientras hablaba y preguntaba a Matilde sobre el pueblo, tocaba su brazo de forma algo intimidatoria para lo que ella estaba acostumbrada, mostrándole la seguridad de la que ella carecía. Matilde contestaba con frases cortas y a pesar de que pretendía ser lo más cortés posible, sentía que estaba siendo tan seca como alguno de los habitantes de aquel pueblo cuando no tenían ganas de hablar con nadie. Al final, todo se pega, hasta la forma de ser de todo un pueblo.

Domingo le volvió a dar la mano a modo de despedida y cuando ya estaba a punto de irse, paró y dio media vuelta.
-Se me olvidaba: ¿me puedes dar una caja de aspirinas?
-¿Un hombre dedicado al negocio de las hierbas y usa química para el dolor? Es un poco difícil de entender-dijo ella.
-No, no, son para mis flores, yo no tomo esas cosas-contestó sonriendo él-Dime cuanto es.
-Nada, son un regalo de la casa-dijo Matilde sorprendiéndose a sí misma por su amabilidad.
-Muchas gracias, pero espera un momento... Un regalo se merece otro.

Domingo salió corriendo de la farmacia en dirección a su tienda. Matilde se puso de puntillas intentando ver lo que hacía en el interior y al cabo de dos minutos le vio salir de nuevo. Entró en la farmacia y depositó sobre su mano una pequeña bolsa de plástico transparente con media docena de pastillas de color rojo.
-¿Qué es esto? –Dijo ella extrañada.
-Son completamente inofensivas, tranquila. Tómate una cada vez que dudes de tus decisiones o pretendas conseguir algo-dijo Domingo con cierta dosis de misterio y una pícara sonrisa.

Domingo salió de la farmacia y ella se quedó mirando aquellas extrañas pastillas. Su tamaño era considerable y no tenían brillo. Como ferviente seguidora de la medicina alopática, dudaba de cualquier cosa que no procediera de un laboratorio, las guardó en un cajón y continuó ordenando los medicamentos que aún faltaban por colocar.

No se volvió a acordar de aquellas pastillas, pero sí de su vecino, al que observaba día tras día a través del cristal. Lo cierto es que sus predicciones se habían cumplido y apenas entraba gente a su interior. Le daba algo de lástima que no pudiera ganar lo suficiente para poderse establecer allí y acabara yéndose. Era el primer hombre en mucho tiempo que la había mirado de forma distinta, ella misma se había notado diferente al verse reflejada en las pupilas de Domingo.

Aquella mañana se sentía inquieta, paseaba por la farmacia colocando lo ya colocado y miraba tras el escaparate deseando que Domingo volviera a su farmacia, unas tiritas, algodón, cualquier cosa que pudiera necesitar y que él no tuviera. Dudaba si entrar a su herbolario y preguntarle si necesitaba algo, pero no era capaz de decidirse. Aquella duda y las palabras de Domingo le llevaron a las misteriosas pastillas que le había dejado días atrás. No tenía ni idea de su composición pero una repentina fe ciega en sus palabras hicieron que se tomara una. Necesitó agua para que pasara del todo, era contundentemente grande. No sintió nada, no ocurrieron extraños milagros y todo siguió igual.

No fue hasta que pasaron quince minutos cuando comenzó a sentir una extraña sensación de seguridad. Percibió su cuerpo más sensual que nunca, su rostro más atractivo, y su deseo, más despierto. A pesar de todo, no se sentía con el valor suficiente de ir al herbolario y entablar una conversación con su dueño. Palpó su cuerpo a través de la bata y sintió su calor. Desabrochó su falda y la dejó sobre una silla, notaba cierto alivio, pero no lo suficiente, de espaldas al mostrador se quitó los botones de su bata, la bajó hasta la altura de su cintura atando con las mangas un nudo a su alrededor y se deshizo de su blusa, volviéndose a recolocar la bata sobre su ropa interior. Se sorprendió de la maravillosa sensación que le proporcionaba la frescura de la tela de su bata sobre su piel y decidió que desde ese momento, no llevaría más la ropa de la calle bajo la bata.

Miró de nuevo el herbolario y deseó que en ese momento entrara Domingo y con aquella profunda mirada, se diera cuenta de que tan sólo sus curvas vestían su cuerpo.

Pasados unos días, la necesidad de volver a ver a su vecino se hizo más imperiosa, más de una vez estuvo a punto de salir de la farmacia y olvidar su timidez, pero de nuevo, las dudas sobre sí misma sitiaron sus pretensiones. Esta vez fue directa hacia aquellas misteriosas pastillas, tomó una entre sus dedos y la tragó sin tanta dificultad como la primera. Esperó a que los extraños efectos de las mismas la poseyeran y de nuevo el calor se hizo su amo y señor, envolviéndola de forma más claustrofóbica. Acarició su cuerpo desnudo bajo la bata y sintió que cada caricia apaciguaba poco a poco sus ardores. Resbaló sus dedos por el antebrazo, después bajó hasta sus muslos, dibujó con sus dedos pequeños círculos cada vez más cercanos a su sexo, hasta que se encontró con él bajo sus bragas. Mientras acariciaba trémula sus labios mayores miraba el herbolario suplicando que viniera a verla, que la sentara sobre la mesa y que la estrechara hasta perderse en su cuerpo. Súbitamente, la abuela María entró ruidosamente en la farmacia y tuvo que parar. La atmósfera de sensualidad y necesidad de gozar en la que había caído desapareció en un segundo, lo que tardó aquella anciana mujer a la que todos llamaban cariñosamente “abuela” por ser la más longeva del lugar, en dar los buenos días y pedir algo para el lumbago.

Matilde desconectó unos días de su mundo, del pueblo, de su farmacia y de Domingo y su herbolario. Tanto le había insistido su amiga Mariví, que tenía un pequeño apartamento en la costa de que pasara el largo puente con ella, que al final decidió aceptar. El aire del mar le renovó por dentro y por fuera y volvió con un espíritu nuevo. Le sorprendió la grata sensación de encontrarse de nuevo en el pueblo, ya no le parecía tan inhóspito y cerrado. La primera mañana tras el descanso no dejó de pensar y dudar sobre si ir a verle o no. Necesitaba más valor para perder toda una vida de recatada timidez, su virginidad la ataba a aquellas paredes como un cruel torturador, pero su deseo se iba haciendo más fuerte e intenso cada vez que tomaba aquellas pastillas, así que cogió las cuatro pastillas que quedaban y con un gran vaso de agua se las tragó. Los efectos esta vez no se hicieron esperar, era fuego, necesidad absoluta de sexo, de gozar y de perder por fin aquella virginidad que tanto la ofuscaba. Con tan sólo la bata como vestimenta abrió decidida la puerta de la farmacia y caminó hasta el herbolario. Aún sentía algo de temblor en sus dedos, pero no resultó suficiente para impedirle entrar dentro. Domingo estaba sentado en ese momento leyendo una revista y sonrió cuando vio entrar a su recatada vecina con el pelo suelto, sin gafas, intuía que sin ropa y con una mirada de deseo que reconoció nada más verla.

Matilde estaba desatada, actuaba como si estuviera en un sueño y no pudiera despertar. Se acercó hasta Domingo y como si lo hubiera hecho toda su vida, fue deshojando la margarita que la cubría hasta quedarse desnuda de pétalos, ofreciéndole su piel desnuda. Él se levantó y comenzó a besar su cuerpo desnudo, lamió su cuello y notó en él un cierto olor a botica que le recordó los jarabes de su infancia. Acarició su espalda y notó como Matilde la arqueaba de pura excitación. Cogió sus pechos y los masajeó mientras acercaba su lengua en punta y tamborileaba sobre sus pezones. Matilde estaba en una maravillosa nube de sublime placer, acariciaba los brazos de Domingo y le dejaba hacer completamente agradecida. El olor a incienso del lugar la incitaba a mostrarse más desinhibida, se vio a sí misma desde fuera desabrochando sus pantalones, sacando su miembro y acariciándolo entre sus dedos. Pero no era una imagen, realmente era ella. Era ella la que le estaba pidiendo que la penetrara, que la hiciera suya y la poseyera, la que acercó su boca a aquel grueso pene y lo lamió como si lo hubiera hecho siempre. Domingo agarró una de las piernas de Matilde y empujándola contra la mesa del mostrador la libró para siempre de su virginal estado. Matilde gemía placenteramente y disfrutaba de su cuerpo, que era suyo pero a veces era de otra, de aquel deseo desgarrador que se había apoderado de su interior y de esa súbita espontaneidad que no era típica de ella. Domingo empujaba su cuerpo contra el de la farmacéutica suavemente, sabía que era el primero en hacerlo, lo intuyó desde el principio, su estrechez arropaba cálidamente su miembro. Le perdía la gozosa sensación de abrir nuevas puertas en su camino, de ser el sereno de los cuerpos que habían extraviado las llaves de su placer.

Tras gozar, ambos se dejaron caer al suelo. Matilde simplemente musitó un “gracias por las pastillas, me tienes explicar cuáles son sus ingredientes” y él sonrió sin decirle nada mientras pensaba en los demostrados efectos beneficiosos de los placebos sobre las personas. No se había confundido al observar a Matilde la primera vez que la vio, era tal y como se había imaginado.

Domingo volvió días más tarde por más aspirinas y en compensación por no ser cobrado regaló a su vecina otra bolsa de pastillas, en esta ocasión, de color verde, pero por si acaso tardaba tanto como la primera vez en entrar al herbolario le advirtió que era necesario tomar una cada día si quería notar algún efecto beneficioso.



sábado, 23 de agosto de 2008

El placer en tu piel


Tras dos meses de ausencia vuelvo al blog con una pequeña sorpresa, mi nuevo libro titulado "El placer en tu piel", una recopilación de 32 de mis mejores relatos, que incluyen algunos de los publicados en el blog y unos cuantos nuevos. El trabajo creo que ha merecido la pena, la intimidad de un libro leído en la cama es uno de los mayores placeres que existen, y más si su lectura nos puede traer excitantes sensaciones...
Muchos besos.

viernes, 20 de junio de 2008

Tiempo de verano

El verano me invita a la desidia, me dejo llevar por la maravillosa sensación que provoca en mi piel el calor del sol. Despierta mis sentidos, fluye caliente dentro de mí la sangre que, una y otra vez, recorre mi cuerpo desperezándome del largo invierno. Siento mi sexo más inquieto, más voluptuoso e impertinente, más necesitado si cabe. Demanda caricias, pasión y ardientes besos, igualar la temperatura de mi dermis a la del exterior. Me siento absorbida dentro de un ciclón de fogosidad, me paseo por la calle envuelta en dulces recuerdos de encuentros pasados, deseos de nuevas aventuras. La sensualidad dirige mis pasos, miradas furtivas de anónimos transeúntes revuelven mi pasión. Todo a mi alrededor emana un cálido aire que me confunde. Me acaricio con vehemencia, me lo pide mi piel, subo ligeramente mi vestido y me concentro en el cosquilleo que sienten mis muslos al posar mis dedos en ellos. Cierro los ojos, escondida tras las gafas de sol e inspiro profundamente acaparando en mi interior un pedazo del verano que comienza. Mi deseo se transparenta en mis gestos, coqueteo ajena a cualquier comentario. Nada me importa más en estos momentos que olvidarme del cuerpo abandonándolo en manos de otro cuerpo, el de mi amante. Noto como perfila el verano en mis curvas, su cálido aliento se confunde con el de la leve brisa que despeina mi cabello, sus manos calientes posadas en mi piel son una invitación a olvidarse del tiempo para simplemente gozar, no hay prisa, tan sólo el frenético cabalgar sobre él llegando al orgasmo me hace ansiosa e impaciente. El sol se cuela por los orificios de la persiana, vistiendo extrañamente nuestros cuerpos enlazados tras la pasión. Besos silenciosos, caricias cansinas preliminares del dulce sueño que nos arropa. Es tiempo de verano.

Olvidamos la rutina y damos un descanso veraniego a mis cuentos en el blog. Una pausa para ordenar el caos de papeles, relatos y pasiones que acumulo a estas alturas. Mientras tanto, os dejo en buenas manos, las que podéis encontrar en los enlaces y en especial, y actuando a modo de madrina, las de mi amiga Margarita Ventura y su nuevo blog, envuelto de exquisita sensualidad: Eroti-k-mente

Feliz verano y prometo que mi ausencia se verá salpicada por algún que otro cuento que os sorprenda. Besos a todos.



sábado, 7 de junio de 2008

Los deberes de Mario IX: Juegos de parejas

Sabía que era una mala idea. Su intuición se lo repetía de forma machacona; su corazón, exageradamente fuera de control, parecía ratificarlo y su cabeza no cesaba de dar vueltas a la misma idea. Todo ello contribuía a llenar de dudas a Alicia que, en silencio en el asiento del copiloto, observaba a Mario de reojo, intentando adivinar si sentía lo mismo que ella en esos momentos.

Mario conducía sin prisa, tranquilo. Era de madrugada, las calles estaban inusualmente desiertas a pesar de ser sábado, pero el mal tiempo y las lluvias fuera de lugar habían hecho desistir a gran parte de la población a salir de juerga. El asfalto mojado, brillaba iluminado por los faros del vehículo. En ese momento ya no llovía, pero el olor a humedad era tan intenso, que a veces Alicia sentía cierto ahogo. Aunque ella no lo quisiera reconocer, el nudo que atenazaba su garganta nada tenía que ver con las adversas condiciones climáticas, sino con la proposición que Mario le hiciera una semana atrás y que había aceptado sin pensar demasiado que tras siete días, tendría que cumplir con su palabra.

Pero ahora se arrepentía de haber sido tan solícita ante la pregunta de Mario. Tenía el típico miedo a lo desconocido, a no saber estar a la altura, al momento posterior. Alicia se frotó los dedos entre sí, los notaba algo húmedos, los nervios le estaban jugando una mala pasada. Se ajustó el vestido rojo al cuerpo, intentando apartar el molesto cinturón de seguridad que, alerta ante su brusco movimiento se había bloqueado oprimiéndola hasta casi dejarla sin respiración. Tras una tregua entre el artefacto y ella pudo destensarlo, pudiendo por fin proseguir con la tarea interrumpida. Ajustó sus pechos dentro de la tela de modo que éstos quedaran firmemente encajados en el ceñido escote. Apenas un milímetro más y la sonrosada aureola de aquellos quedaría a la vista. Fue en ese instante cuando aprovechando un semáforo en rojo, Mario la miró y sonriendo, alcanzó con su mano derecha las piernas de Alicia, despreciando su vestido para acariciar directamente su piel. Deslizó las manos hasta sus muslos y ella, como un gesto reflejo, abrió sus piernas, invitando a Mario a que siguiera su camino. Pero inoportunamente el semáforo tornó a verde y el incesante y molesto claxon del vehículo que se ubicaba tras ellos sacó a Mario de su ensimismamiento que, con un claro gesto de fastidio, prosiguió la marcha.

Alicia se podía imaginar con todo tipo de detalles, cómo sería el exterior del local. No tenía que ser muy distinto a la multitud de clubs nocturnos que poblaban las carreteras de salida de la ciudad. Luces de neón aseguradas, una fachada avejentada por la contaminación de los coches que pasaban a su lado, ventanas discretamente cerradas en las que como mucho se podría ver alguna cortina de tonos vivos; entrada pobremente asfaltada, a la que llegaban los vehículos de los clientes tras dejar a su paso una polvorienta estela. Así como iba coloreando el exterior del club al que acudían esa noche, iba apartando de su imaginación cómo podría ser su interior. No quería pensar en ello, era acercarse demasiado, aún le quedaban unos minutos para echarse atrás, decir a Mario que dieran media vuelta y se alejaran de allí. Pero no era capaz de hacerlo, al contrario, parecía que sus labios se hubieran pegado por un extraño maleficio.

Alicia se sorprendió cuando Mario se adentró en uno de los mejores barrios de la ciudad. El paisaje de altos edificios grisáceos había desaparecido para dar paso a lujosas casas rodeadas de tupidos jardines. Mario detuvo su marcha al lado de un inmenso chalet de color amarillo pálido, luces blancas situadas en el suelo apuntaban a lo fachada, haciendo que brillara como si hubiera sido acariciada por los rayos del sol. Nada que ver con lo que ella se había imaginado.

Bajaron del coche y llamaron al videoportero. De inmediato, un hombre vestido de traje oscuro salió de la casa y acercándose a ellos, les pidió que se identificaran. Tras mirar una hoja en la que Alicia pudo ver subrayados algunos nombres, les dejó pasar. Nadie podía entrar sin una previa invitación.

Alicia, al entrar, miró con sorpresa la piscina ovalada que había en medio de lo que podía ser el antiguo salón de la casa. En ella, desnudos, se bañaban cuatro personas. La sala estaba azulejada de color verde y sillones blancos rodeaban el recinto de agua. Una música suave sonaba de fondo y el olor a cloro solapaba el de tabaco.

Hasta ellos se acercó una esbelta mujer de cabello rubio y abundantes pechos que saludó a Mario con cierta familiaridad que a Alicia no le pasó desapercibida. Intentó no pensar con quién podría haber ido Mario a aquel lugar en anteriores ocasiones. La mujer, de nombre Mirela, les invitó a hacer un recorrido por todo el club, mientras comentaba a ambos las reglas por las que se regía el mismo.

Los tres subieron por unas escaleras de mármol a la primera planta. Los halógenos iluminaban los cuadros que había colocados en la pared: acuarelas de dibujos de parejas haciendo el amor y retratos de mujeres en sugerentes posiciones. Esta planta era lo más parecida a un bar que había allí: numerosas mesas redondas de pequeño tamaño y multitud de sofás y sillones negros para proporcionar comodidad a los clientes. Ese era el primer punto para los nuevos visitantes, donde se establecían los contactos y se insinuaban proposiciones. La escasa iluminación de tonos anaranjados le añadía una calidez especial. Alicia miró disimuladamente a su alrededor, había una docena de supuestas parejas que no parecían haberse inmutado ante su llegada.

Siguieron subiendo por la ancha escalera hasta la segunda planta, donde se adivinaba ya el tipo del local del que se trataba: numerosos colchones recubiertos de impecables sábanas blancas cubrían casi todo el suelo. A Alicia le llamó la atención la cantidad de expendedores de pañuelos de papel y toallitas clavados en la pared. En ese momento no había nadie, pero según Mirela y guiñando un ojo, comentó que no tardaría en llenarse. Mirela se despidió de ellos y Mario, agarrando a Alicia del brazo la llevó hasta el ático, del que Mirela parecía haberse olvidado a propósito. Mario demostraba una sospechosa seguridad, la misma de la que carecía Alicia, que notaba como, a medida que iba subiendo los peldaños, iba apareciendo en ella el temor a lo desconocido.

El ático, llamado también “el cuarto oscuro” según rezaba nada más subir a él, carecía de luz, Alicia no era capaz de percibir más que la figura recortada de Mario que, acercándose a ella, comenzó a besarla apasionadamente, mostrando una gran excitación. Amasó los pechos de Alicia que de inmediato despreciaron el lugar donde cuidadosamente los había colocado tan sólo hace unos minutos y asomaron despreocupados por encima de su escote. Resbaló una mano por debajo de su vestido y sobó sus glúteos, pellizcándolos entre sus dedos. Alicia intentó abstraerse del lugar en el que estaban y se centró en su amante, abrazándole, acariciando su torso hasta llegar a tocar el abultamiento que se palpaba por encima de los pantalones. Lentamente, Alicia comenzó a desnudar a su amante, la ausencia de luz más que un obstáculo, suponía un aliciente para avivar su excitación. Botón a botón, fue despojando a Mario de su camisa, besando la piel que iba sintiendo bajo sus dedos. Tras desabrochar sus pantalones y caer al suelo, ayudó a Mario a desprenderse de ellos, inclinando su cuerpo para bajarle, no sin cierta ritualidad, sus calzoncillos. Buscó con la lengua su pene desnudo, lo lamió una y otra vez, se lo metió en la boca de forma repetida hasta que lo humedeció intensamente. Mario agarró a Alicia de los brazos y la ayudó a levantarse. Buscó apresuradamente la cremallera del vestido y la bajó con cierta ansiedad, quedando así Alicia, completamente desnuda.

Mario empujó a su amante, a la par que la iba besando, hasta las camas corridas que había ubicadas al lado de la pared, abrió sus piernas y agachándose sobre ella, le abrió delicadamente sus labios mayores para lamer su vulva, besó con sus carnosos labios su sexo hasta que por fin comenzó a sentir la plena excitación de Alicia en su boca.

Alicia, aferrándose a la sábana para no arrancar la piel a tiras de Mario con sus uñas, gemía sonoramente, olvidando por completo el motivo por el que se encontraban allí. Fue en ese momento de sumo placer cuando se dio cuenta de que no estaba solos. Mario, intuyendo que Alicia se había dado cuenta de ello, cesó sus movimientos y apartándose de ella, dejó que otro hombre que hasta ese momento había permanecido en completo silencio, tomara su lugar. Alicia estaba confusa, pero tan excitada, que sentía verdadera necesidad de tener sexo en ese momento, así que cuando aquel desconocido completamente empalmado, agarró sus brazos contra el colchón y sin más presentaciones, la penetró, ni rechistó, al contrario, sintió tal placer que un gemido desgarrador salió de su garganta. Aquel desconocido tenía un cuerpo atlético, perfecto, intuía sus músculos por sus rotundas e incesantes embestidas. A pesar del infinito goce del momento, pudo percibir a su lado a Mario, que a modo de espejo, follaba con una silenciosa mujer. Intentó que los celos se diluyeran para poder seguir disfrutando del momento. El hombre no tenía compasión por ella, ni un breve descanso que le permitiera cambiar de postura. Sostenía sus piernas en un perfecto ángulo recto y las agarraba tan firmemente, que sentía cierto cosquilleo en los dedos de los pies. Sintió que el miembro de aquel desconocido no estaba desnudo, el intenso roce del preservativo que lo cubría provocaba en su sexo a veces un molesto escozor.

Estaba exhausta, pero alerta a todo lo que pasaba a su alrededor. Allí había más gente, difícilmente podría Mario besar y acariciar su pecho izquierdo cuando precisamente se encontraba a su derecha y con una distancia lo suficientemente grande para que apenas pudiera rozarla. Había entrado en juego otro hombre acompañado de una mujer, y parecía excitarle sumamente tener dos a su alcance, dados sus gemidos tras comenzar a acariciar los pechos de Alicia. La presencia de aquellos dos hombres fue suficiente para que Alicia se precipitara en una amalgama de excitantes convulsiones. El hombre que tenía encima, no obstante, siguió por unos minutos, aplastó los pechos turgentes de Alicia hasta casi dejarla sin aire y tras un sonoro grito, eyaculó. Fue en ese instante cuando sintió que una mano femenina conducía la suya hasta el miembro del segundo hombre, instándole a acariciárselo, mientras la misma mujer se desplazaba justamente hasta donde Mario estaba, pudiendo escuchar cómo le hacía a éste una ruidosa felación. La mujer que hasta ese momento había follado con Mario cambió éste por el hombre al que había dejado la primera, al que se subió y comenzó a cabalgar sobre él tras apartar la mano de Alicia, que obediente seguía masturbando al desconocido. Alicia, ya relajada, quería que todo terminara, no podía soportar ver a Mario follando con otra mujer y deseaba estar a solas con él.

Sus deseos parecían haber sido trasmitidos telepáticamente dado que Mario por fin terminó y tras unos minutos llevó a Alicia a un rincón del ático, dejando a las dos parejas continuar con los juegos. Mario la abrazó mientras intentaba averiguar cómo se encontraba tras la experiencia. Pero Alicia no dijo nada, se sentía muy confusa y algo incómoda por haber tenido que presenciar a su amante al lado de otra mujer. No obstante, la experiencia en aquella sala le había gustado más de lo que hubiera pensado y quién sabe si, ante una nueva propuesta de su amante, volvería a aceptar volver a aquel lugar.

La respuesta que se dio a sí misma al regresar a casa en el coche fue sí.