sábado, 24 de mayo de 2008

La nueva asistenta


Lamentaba profundamente que mi mujer quisiera despedir a Ángela, la asistenta que había llevado nuestra casa durante casi un lustro. Dolores se empecinó en echarla a pesar de que a mí no me parecía muy buena idea, estaba acostumbrado a verla por casa y la consideraba ya casi como de la familia, pero ella, cada vez más insatisfecha con su trabajo, arreciaba sus ataques contra ella y más de una vez asistí como espectador silencioso a las críticas y reproches que le lanzaba. Los años estaban cayendo sobre Ángela al mismo tiempo que su pereza aumentaba y la limpieza de la casa dejaba mucho que desear, según palabras textuales de mi mujer. Dolores me repetía la misma cantinela día tras día. El tema de la limpieza me dejaba indiferente, soy un hombre poco exigente y me conformo con unos mínimos estándar, pero sí me que me daba algo de pena que dejáramos sin más a aquella pobre mujer en la calle.

Mi mujer, alegre por haberse librado de Ángela, se encargó de inmediato de la selección de la nueva asistenta. Era ella la que había tenido la peregrina idea de echarla, así que no cabía duda de que era ella la que tendría que buscar una nueva que mereciera la pena.

Y la encontró antes de lo que yo creía. Aquel día yo llegaba relativamente pronto de trabajar, abrí la puerta de nuestra casa, saludé a gritos a mi mujer que se la oía de lejos en la planta de arriba charlando por teléfono con alguna de sus amigas y me precipité al sofá en busca de descanso. Agarré mi mando de la tele y busqué el programa más anodino que ponían en ese momento para no tener que utilizar ni una sola de mis agotadas neuronas.
-¿Desea usted algo, señor? –dijo bruscamente detrás de mí una envolvente y desconocida voz para mí.
Me di la vuelta sin decir una palabra y allí estaba: una despampanante mulata, plagada de hermosas curvas, volúmenes de pecado, ojos negros y suculentos labios teñidos de rojo tan carnosos estos, que dudaba que fueran reales.
-Soy la nueva asistenta, señor –aclaró ella antes de que me diera tiempo a preguntarle nada- Me llamo Roraima.
-Encantado Roraima-dije yo un poco contrariado-espero que estés a gusto en nuestra casa.

Una cosa estaba clara: o mi mujer se había vuelto completamente loca o quería probarme como marido fiel o simplemente yo era víctima de alucinaciones por culpa del estrés.

-¿Necesita algo, señor?- preguntó sonriendo.
Lo que más necesitaba en ese momento era aliviar el sofoco que tenía dentro de los pantalones, así que me conformé con una cerveza fría, no podía aspirar a nada de lo que mi lúbrica mente no paraba de imaginarse, y más cuando mi mujer bajaba en ese momento las escaleras en dirección al salón. Los tacones de Dolores sobre la escalera de mármol me avisaban de que debía volver irremediablemente a la realidad.

Mientras Roraima se dirigía a la cocina, mi mujer se sentó a mi lado y agarrando mi brazo a modo de confidente me preguntó en un susurro mi opinión sobre la nueva chica.
-Ni idea, aún no la he visto trabajar. Le daremos un voto de confianza.
-Me la ha recomendado mi amiga Milagros, dice que tiene experiencia y que es muy hacendosa. ¿Es muy mona, verdad? –preguntó mirándome de reojo.
-No sé, ni me había fijado-mentí yo-
No quise decir nada más, me sorprendía que mi mujer hubiera elegido como asistenta a una mujer que podría haber sido una brillante protagonista de una película porno y a la par me escamaba su decisión, no tengo ninguna duda de la inteligencia de Dolores, así que posiblemente quería cerciorarse de que la falta de apetito sexual que sufría yo por aquel entonces era algo generalizado y no se debía simplemente a una falta de pasión por ella.

Los días fueron pasando y yo no acababa de acostumbrarme a la presencia de Roraima. Mis momentos de paz y sosiego tras el duro trabajo terminaron con su llegada. Era incapaz de concentrarme en nada que no fuera ella, ni la televisión, ni la lectura del periódico, ni mis ratos de navegación por la red resultaban suficientes para sacarme de su embrujo.

Roraima era una provocación en estado puro. Aprovechaba justamente mi presencia en el salón para adecentarlo, pasar el polvo a los muebles, cepillar la tapicería del sofá, ordenar los libros de la librería. Ninguno de sus movimientos me parecían inocentes, más bien al contrario: eran coquetos e insinuantes. Se paseaba con el plumero moviendo sus caderas rítmicamente, se agachaba frente a mí simulando encontrar una pelusa y en más de una ocasión se olvidaba de abrochar alguno de los botones de las estrechas blusas que llevaba. Mi mujer, por otra parte, había acertado de pleno: era trabajadora e incansable. La casa jamás había tenido el aspecto impecable que ahora mostraba. Dolores además, había encontrado en Roraima más que una asistenta, una amiga. Conversaban animadamente entre ellas, se reían y yo creo que hasta se confesaban más de un secreto. Me asombraba que mi mujer intimara con una asistenta, siempre había mantenido una actitud fría y distante con todas ellas.

Lo mejor de todo es que la escasa vida sexual que tenía con mi esposa se activó. Yo estaba como un miura desatado que necesitaba descargar toda su fuerza sexual sobre una buena vaca en celo. Así que tras pasarme las tardes empalmado contemplando los quehaceres de Roraima, esperaba con ansiedad la noche para arrastrar a mi mujer a la cama y follarla salvajemente mientras mi imaginación volaba hacia el culo de Roraima. Dolores se sorprendió gratamente de esta nueva faceta mía, era raro el día que no le proponía tener sexo en los lugares más insospechados, algo inusual desde hacía mucho tiempo, pero me gustaba pensar que Roraima podía llegar a vernos, a la par que me excitaba que Dolores tuviera ciertos reparos en ser descubierta.

Roraima dormía al lado de la bodega, en un pequeño cuarto con aseo iluminado tenuemente por una estrecha ventana alargada situada en la parte superior de la pared frente a su cama, que yo había ordenado abrir cuando Ángela se vino a vivir con nosotros. A veces salía por la noche a pasear al perro por el jardín y disimuladamente me acercaba hasta su ventana, siempre cerrada por el miedo exacerbado que Roraima procesaba a los ratones. Desde que ella entró en la casa, aquella ventana, antes deslucida y opaca, lucía más transparente que nunca. El miedo a los ratones era uno de tantos miedos que ella tenía, como el miedo a dormir a oscuras. Dormía siempre con una pequeña lamparita que tenía en la mesilla que dejaba encendida toda la noche. Esa luz es la que me permitía ver su sueño nocturno. A veces adivinaba tras el cristal su cuerpo envuelto en la sábana. La tela se amoldaba a él como una segunda piel, se adentraba entre sus glúteos y su perfecta simetría me provocaba de inmediato una intensa erección.

Pasado un mes y superada la fase de prueba, mi mujer volvió a sorprenderme gratamente poniendo uniforme a Roraima. Nunca lo vistió ninguna de nuestras asistentas y a pesar de que sentía que mi mujer se estaba aburguesando demasiado por la época boyante que afortunadamente vivíamos, no le puse pega alguna, al contrario. No obstante, seguía pensando que mi mujer estaba perdiendo el juicio, el modelito que había elegido para vestirla era digno de una revista de lencería erótica o de cualquier cabaretera de los años 50. Un minifaldero vestido negro mostraba sus prietos muslos, su escote martilleaba en mi cabeza hasta casi volverme loco y aquel delantal blanco de encaje no era sino una muestra de lo que posiblemente llevaba como ropa interior.

Era tal la obsesión que comenzaba a tener por ella que me era imposible pensar en otra cosa que no fuera su cuerpo. Necesitaba pasar a la acción, no podía seguir en ese continuo estado de nervios sin probar el dulce sabor de su piel morena, morder aquellos tumultuosos labios y dejar que mis sueños más húmedos se convirtieran en realidad.

Dejé de mostrarme indiferente ante su presencia y me aproximé a ella en todos los sentidos: hablando más con ella, poniéndole mi mano en su hombro para alabar su trabajo, cogiendo su cintura para explicarle alguna ocurrencia mientras caminábamos. No parecía que se sintiera en modo alguno presionada por mí, ni siquiera la notaba incómoda, así que continué mi particular ataque tocando de vez en cuando su culo simulando colocarle la falda, palpando su pecho para quitarle una mota de polvo... Descubrí que mi trabajo me había hecho ser un hombre de enormes recursos, y que podía aprovecharlos para mi vida personal.

Fue una noche mientras mi mujer disfrutaba de un baño de sales cuando aproveché para bajar a la bodega y entré sin llamar a su cuarto. Roraima estaba desnudándose. Mi mirada de incontenible lujuria se cruzó un segundo con sus ojos de sorpresa, cogió su delantal de la cama y tapó de inmediato sus pechos desnudos.
-¡Disculpa, creí que no estabas!-mentí mientras memorizaba su cuerpo semi desnudo y me relamía con su piel morena.
-No se preocupe, no pasa nada señor... -dijo ella algo dudosa.
-Venía a arreglarte la lámpara del techo, me ha dicho mi mujer que parpadea la luz, ¿verdad?
-Sí señor. Últimamente falla cada vez más.

Entré en su habitación intentando que mi rostro mostrara la mayor cara de inocencia que podía simular, aparté la cama y me subí a la escalera ante su atenta mirada. Tras unos segundos se quitó, para mi sorpresa, el delantal que cubría sus pechos, dándome la espalda muy a mi pesar. La erección se hizo plena en ese momento, me apretaban los pantalones y la sangre de mi cuerpo bombeaba tan aprisa que la calentura tornaba hasta convertirse en verdadero mareo. Roraima de nuevo se dio la vuelta para contemplar mis torpes maniobras, jamás he sido un hacha del bricolaje, al contrario, no hay tarea que odie más. Roraima se comportaba como si no hubiera nadie más que ella en la habitación, bajándose lentamente sus bragas hasta que cayeron al suelo. Los cables se me estaban resistiendo y mis manos temblorosas por la excitación no atinaban a introducirlos en el casquillo. Pude ver de reojo su pubis, negro como el azabache, deseaba perderme en la noche que mostraba. Mientras seguía con el arreglo, Roraima caminó desnuda hasta la ducha, dejando la puerta del aseo abierta. Abrió el grifo y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo, humedeciendo su pelo largo y rizado. El pequeño espejo del baño era mi confidente, mostrándome todos los movimientos de aquella bella mujer. Me sentía hipnotizado por su piel mojada. Vertió una pequeña dosis de gel en la palma de su mano derecha e impregnó con mimo su cuerpo con él, frotando su piel enérgicamente mientras el agua se teñía de espuma. Veía como resbalaba por sus pechos, quedando en sus pezones pequeñas manchas blancas que yo imaginaba que podría ser mi semen. Hubiera querido ser en ese momento yo la espuma y seguir el insinuante recorrido que hacía por su cuerpo, depositándose finalmente en su vello atizonado, cuya espesura ejercía de muro de contención. Veía mi semen haciéndose uno con su pubis, tiñendo de blanco aquella mata, refugio de mi fuente de placer. Mientras se enjuagaba, bajé de la escalera, pero no por miedo a caerme, sino por puro deseo y me acerqué hasta la ducha en su busca. Descorrí las puertas que la separaban de mí y agarrando su brazo la arrastré hasta su cama, haciendo caso omiso a sus súplicas.
-Pero señor... ¿Qué hace?

Yo estaba fuera de mí, no podía pensar, no me daba cuenta de lo que estaba haciendo, era mi ansiedad carnal la que decidía mis acciones. Abrí sus piernas, lamí el agua que cubría su piel hasta secarla con mi deseo, amasé sus pechos y me llevé ambos a la boca, era tal mi hambre que no me conformaba con uno. Roraima no daba muestras de rechazarme, tan sólo unos pequeños forcejeos que a mí me parecían algo teatrales. Empapé mi mano con su vello mojado y resbalé mis dedos por los confines del fin del mundo, que en este caso eran míos. Bajé la cremallera de mis pantalones y mi pene salió aliviado de su pequeño espacio. Estaba poseído por aquella mujer, mordí su cuello hasta conseguir retener en mis papilas su olor, estrujé sus glúteos con mis manos hasta que los sentí completamente míos, lamí sus negros pezones completamente endurecidos y la penetré sin poder aguantar ni un minuto más fuera de aquel paraíso de carne prieta y mojada. La embestí rápidamente, con fuerza e intensidad, pensando que quizás era la última ocasión de poder hacerlo, que de seguro le contaría todo a mi mujer y que la despediría, o peor aún, dado que cabía la posibilidad de que quien se marchara a la calle fuera yo. Pero en ese momento, todo eso quedaba muy lejos, mi única meta era poseerla, hacerla mi esclava, mi prisionera sexual, mi dulce criada sumisa, completamente mía. Empujé como si me fuera en ello la vida, con rapidez, sin tener en cuenta nada más que mi propia necesidad. Mis poros comenzaron a rezumar, mi respiración se hizo más agitada, comencé a sentir que mi miembro era comprimido rítmicamente y Roraima, para mi sorpresa, se desparramó en la cama exhausta cesando su tímida lucha contra mí, mientras yo sacaba y metía mi miembro en su sexo indiferente a sus cansinos ruegos, derramando inconteniblemente mi semen sobre su cuerpo moreno. Me deleité por unos segundos contemplando su pelvis teñida de blanco gracias a mí y me levanté.

Salí de inmediato de su habitación no sin antes haberme pegado una pequeña ducha para no ser descubierto por el sensible olfato de mi mujer. Ahora es cuando empezaba a tener remordimientos por el mal cometido. Roraima no me dijo ni una sola palabra tras el sexo, quedó tendida sobre su lecho con las piernas abiertas sin ni siquiera mirarme. No podía saber lo que estaba pensando, pero no tenía que ser nada bueno.

Pero por fortuna mi mujer no llegó a sospechar nada y Roraima, quizás por miedo a ser despedida, no había comentado nada del asunto, así que yo, tranquilo sabiendo que estaba a salvo, me convertí a partir de ese día en mis horas libres en un acosador casero.
-Pero que culito tan rico tienes-le decía mientras metía mi mano por debajo de sus bragas y le achuchaba su trasero empujando su cuerpo contra la encimera de la cocina.
-¡Señor, por favor!- Decía ella algo contrariada.

Aprovechaba cualquier ocasión para meterle mano en el sentido más amplio de la palabra: si ella estaba pasando el polvo a la barandilla, yo me acercaba por detrás y bajando sus bragas, me apretaba a ella para que sintiera mi miembro erecto entre sus nalgas. Si se encontraba en el suelo dando blanco a las hiendas de las losetas, agarraba sus pechos y hacía que se levantara hasta poder lamer su cuello dorado. A pesar de que mi intención era ir más allá, ella no me daba ninguna ocasión para hacerlo: cerraba su cuarto a cal y canto y evitaba las ocasiones en las que mi mujer estaba fuera de casa para acercarse a mí. Así que mi calentura aumentó tanto, que mis sesiones de sexo con mi mujer experimentaron un nuevo renacer para alegría de ésta, que siempre ha sido una mujer fogosa y nunca ha llevado bien mi recurrente falta de deseo.

Lo cierto es que Roraima se iba alejando de mí al mismo tiempo que se acercaba a mi esposa. La relación amigable que mantenían se estaba convirtiendo en algo más íntimo, aumentaron los cuchicheos entre ellas y el tiempo que pasaban juntas. Sentí que era el tema de algunas de sus conversaciones e incluso en más de una ocasión, creí ver como mi mujer se acercaba a ella de la misma manera que lo hacía yo. ¿Mi mujer se sentía atraída sexualmente por el sexo femenino? ¿Sería acaso bisexual y yo no me había dado cuenta nunca de ello?

La relación entre ambas despertó en mí un nuevo sentimiento: el de los celos. Sentía envidia de su intimidad, de no ser el confidente de Roraima, de que no se probara ante mí los vestidos que mi mujer le regalaba. Era una obsesión, un temor a ser el tercero en discordia y a que mi bella mulata no me tuviera en cuenta para nada.

Si bien es cierto que no me podía quejar de no ser atendido por ella, me resultaban ciertamente escasos aquellos momentos y por ende, el tiempo que pasaba junto a mi mujer se me hacía excesivamente pesado y largo. Me frustraba no saber qué hacían en el dormitorio de mi mujer, siempre con la puerta cerrada a cal y canto. Eran momentos de intensa desesperación que conseguí aliviar con un nuevo entretenimiento: el espionaje.

Fue así como un día escuché entre mi mujer y Roraima una extraña conversación que me dejó algo confuso y preocupado.
-¿Qué tal va todo Roraima? ¿Lo ha vuelto a hacer?
-No señora, aunque lo intenta.
-Ya sabes lo que tienes que hacer, del resto ya me encargo yo.
-Claro que sí, señora, no dudé que lo haré...

Reflexioné sobre la misteriosa conversación de las mujeres que habitaban mi casa. No sabía a qué atenerme. O era víctima de un complot entre ambas para eliminarme y quedarse a solas o, pensando desde un punto de vista más positivo, mi mujer la había contratado no sólo para tareas domésticas, sino también para darme una alegría y de paso aumentar mi lastimada libido. La primera posibilidad, aparte de ponerme los pelos de punta, me llenaba de congoja. Confiaba en mi mujer y creía conocerla bien como para considerarla capaz de cometer un asesinato. Prefería pensar que la segunda posibilidad era la acertada.

La respuesta a mis dudas e interrogantes llegó una tarde al volver del trabajo a una hora más bien temprana. Subí las escaleras un poco escamado al no ver a Roraima en el piso de abajo haciendo sus labores. El silencio absoluto que había en la casa era algo escamante. La puerta del dormitorio de mi mujer estaba cerrada y un extraño sentimiento de que algo ocurría me invadió. Abrí la puerta con cuidado intentando hacer el mínimo ruido posible y la escena que contemplé no podía decir que me sorprendiera, me resultaba, a la par que chocante, tremendamente morbosa y excitante.
-¿Quieres que te hagamos un hueco?-dijo Dolores entre jadeos.

Tiré la chaqueta del traje al suelo, me aflojé la corbata y me dispuse a vivir lo que parecía ser una nueva y maravillosa etapa de mi vida…


6 comentarios:

El Mostro dijo...

Hola.

Me gustaron tus relatos, están divertidos y padres, yo acabo de iniciar algo similar.

Saludos.

http://escritoseroticos.blogspot.com/

Lydia dijo...

Genial, como siempre Alicia, por la forma de adentrarte en cada una de tus historias, pero además con guinda al final...

Besitos.

JORGE SOLANA AGUIRRE dijo...

Interesante tu espacio.

www.jorgesolana.blogspot.com

Yedra y Yago dijo...

Jajajaja, me ha encantado el fianl. Espero leerte más a menudo, me ha gustado encontrarte.
Un besito, y pasate por nuestro blog, anda.
Yedra

Félix dijo...

Tengo que dejarte un comentario porque me parece la mejor historia que he leído aquí (también reñirte porque tu otro blog va un poco lento).

Me encanta la persecución previa al primer polvo. El prota es muy creíble y la chica casi se dibuja en tu mente cuando lo lees. Lo de la mujer es menos explicable pero también menos previsible y eso dice mucho de ti como narradora.

Muy cachondo. Felicidades.

J.C. WENDIGO. dijo...

Saludos desde lo mas profundo de la oscuridad del seol de losp ensamientos y de los sueños de la locura me ha encantado este relato Alice, despierta la imaginacion de uno y pues que mas que felicitarte.