miércoles, 12 de agosto de 2009

Las Confesiones de Ninetta


Tras un largo camino, la novela "Las Confesiones de Ninetta" está ya finalizada y en formato libro. Ninetta es una joven divorciada con la que muchas mujeres se sentirán identificadas, al ser un personaje cercano lleno de dudas, deseos y ganas de pasarlo bien. Tras su divorcio con Manolo, hombre bueno pero soso con el que jamás conoció lo que era un orgasmo en compañía, se adentra en un mundo nuevo plagado de emociones, hombres, sexo y amor. Una novela llena de humor, ironía y diversión para pasar un buen rato este verano.

¡Espero que os guste! Besos,


Alice Carroll

domingo, 2 de agosto de 2009

Mi hermosa lavandería



Llevaba ya dos años en aquella lluviosa ciudad. Miraba atrás en el tiempo y me sorprendía la capacidad que había demostrado para adaptarme a ella y no sucumbir a la nostalgia de mi soleada tierra del sur. Había viajado a Londres no sólo para aprender inglés y completar mis estudios universitarios como le había dicho a mi familia, sino también para huir de una relación con un hombre que me había dejado más tocada de lo que yo creía. Era necesario no sólo poner tiempo para superarlo sino también una larga distancia que me impidiera cualquier acercamiento en caso de debilidad por mi parte a aquel hombre que me había herido. Necesitaba una especie de parón en mi vida, un replantearme lo que yo realmente quería hacer, lo que yo buscaba en la vida profesionalmente hablando y por qué no, reflexionar sobre mis relaciones con los hombres, siempre plagadas de problemas.

Pero no fue fácil en los primeros momentos. Encontrar trabajo resultó una ardua tarea, buscar un sitio donde vivir tampoco y adaptarme a la diferente forma de ser y actuar de los ingleses tampoco. Todo era distinto a lo que había vivido antes, además de la dificultad añadida de no tener a nadie al que contar las penas para poder desahogarme.

Lo cierto es que lentamente todo fue encajando en el puzzle: encontré trabajo en una hamburguesería, que no es que fuese el trabajo de mi vida, pero me daba margen suficiente para tener dinero para vivir y plantearme buscar otro trabajo como profesora de español, que era de lo que yo pretendía ejercer. También encontré, a través de un compañero de trabajo, un pequeño estudio que bien podía haber sido en otra vida una caja de zapatos de segunda mano, dado su reducido tamaño y el olor a sucio de la moqueta ennegrecida que había en el suelo y que fui incapaz de quitar, ni siquiera suplicando a la dueña e intentar convencerla a través de un estudio sobre ácaros, moquetas y alfombras que había encontrado en Internet.

Aquella mini morada se componía de lo imprescindible para poder vivir sin más alharacas: una zona de salón-comedor-dormitorio donde se ubicaba una cama de 80 que hacía las veces de sofá y asiento cuando comía, la zona propiamente de la cocina que tan sólo la separaba del salón una estrecha barra que hacía también de aparador, una estantería, un armario diminuto al que jamás pude ver ordenado dada la diferencia entre lo que podía contener y lo que yo quería que contuviera, una mesa baja con la que más de un día me tropecé y un pequeño aseo independiente al que habían tenido el detalle de ponerle una ducha que seguramente la habían robado de una clínica para anoréxicas que jamás se hubieran mirado en el roñoso espejo que había en el baño dado que distaba mucho de irradiar felicidad ajena.

Pero en mi pequeño espacio para vivir faltaba algo que jamás hubiera pensado que se obviaría en ningún hogar, y era una lavadora. Fue al buscar piso cuando me di cuenta de ese pequeño detalle: prácticamente en todos los lugares que visitaba brillaba por su ausencia. Al principio rechacé todas las ofertas de alquiler que no dispusieran de aquel útil complemento, pero tras desesperarme completamente por lo que iban viendo mis ojos, me rendí y decidí que, dada la abundancia de lavanderías que había en las calles de Londres, alquilaría un piso algo más decente y llevaría mi ropa a lavar a un sitio público, igual que mi bisabuela había lavado su ropa al lado del río cuando vivía en el pueblo.

El pequeño estudio que había alquilado se encontraba en una de las zonas de Londres que eran territorio de los “paquis”, habían pasado ya años desde que los primeros poblaran Londres y lo que allí había era ya una segunda e incluso una tercera generación de los mismos. Siempre me atrajeron los hombres de rostro algo oscuro, mas no negro, y los hindúes y paquis que pasaban a mi lado por las calles de Londres me provocaban un revuelo de emociones en todo mi ser. No me importaba su pequeño tamaño, eran sus ojos de mirada profunda, su cara redondeada y su piel morena los que me revolvían.

Mi trabajo terminaba cada día a las 12 de la noche, pero era difícil que jamás saliera antes de la una de madrugada, todo tenía que estar pulcramente recogido y ordenado para la mañana siguiente y nadie podía escaparse hasta que la jefa no nos diera su bendición. Al salir, me encontraba extenuada y el simple aroma a carne, independientemente del animal de que se tratara, me provocaba más de un vómito que tenía que aplacar con unas inspiraciones profundas intentando relajarme. Evidentemente no tardé ni dos meses en cambiar mi dieta carnívora de toda la vida por una dieta vegetariana ausente de todo recuerdo del lugar donde trabajaba.

Al llegar a mi casa y hacer una liviana cena apenas me quedaba tiempo siquiera para pensar en mí misma. Poco le podía dedicar a la limpieza de mi hogar pero se hacía inexcusable llevar una vez por semana la ropa a la lavandería de la calle donde yo vivía así que cogía una bolsa grande de basura negra, metía todo lo que debía lavarse y con el hatillo al hombro salía a la calle de madrugada. A pesar de los horarios de los habitantes de la city, la ciudad tenía vida, aunque fuera más sútil. El hecho de que la lavandería estuviera abierta a esas horas era prueba evidente de ello.

Cuando llegaba, me embargaba la soledad de las máquinas esperando ser utilizadas. Solía ponerme siempre en la que había al fondo, justo al lado del banco que utilizaba para esperar que el proceso de lavado y secado finalizara.

Pero no tardé en disfrutar de compañía al cambiar mi día de visita y coincidir con un hombre atizonado de mirada penetrante y pelo sombrío. Ni siquiera saludó al entrar y verme ya sentada en mi banco de siempre con un libro en la mano. Depositó sus prendas en una lavadora cercana a la mía y sin más, se sentó a mi lado a esperar. Estando acostumbrada a vivir en una tierra sociable donde la gente no sólo se saludaba sino que además, hasta conversaba aunque fuera de temas banales, me sentía algo incómoda con la escena de mutismo absoluto a pesar de la corta distancia que nos separaba.

Lo cierto es que me resultaba atractivo, mucho, pero era en esos casos cuando mis feronomas bloqueaban completamente mi cerebro y a pesar de mis ganas de hablar, permanecí en completo silencio como él hasta que mi lavadora finalizó, recogí mi ropa y salí del lugar con un tímido “bye”.

Mi encuentro fue suficiente para que mi poderosa imaginación elucubrara mil encuentros con él, cómo empezaríamos a conversar, la primera cita en un café y los besos posteriores. Era fácil, sólo era cuestión de trasvasar la barrera que le imponía el mundo virtual para hacerlo real.

Pero nada de eso sucedió. Ni en el segundo encuentro, ni en el tercero. Seguíamos siendo dos completos desconocidos a pesar de conocer al dedillo la ropa interior que cada uno usaba.

Fue en una noche excepcional de cielo estrellado cuando todo cambió. Cuando llegué, ya estaba sentado esperando en el banco. Me dirigí a mi lavadora y fui metiendo toda mi ropa poco a poco. A pesar del ruido de su lavadora funcionando oí su respiración tan cerca de mí, que no pude sino volverme. Y ahí estaba él, el hombre sin nombre, a menos de veinte centímetros de distancia de mí. Por un instante sentí miedo y me imaginé que realmente era un ladrón de lavanderías que acechaba a las trabajadoras de las hamburgueserías en un cuidado ritual de cuatro encuentros o un asesino en serie que esa noche tenía que cumplir con su necesidad de matar. Creo que toda mi vida pasó por delante hasta que sentí sus manos en su cadera y sus labios en mi cuello. Me estremecí pero aún fui capaz de dar al botón de “start” y que mi ropa comenzara su lavado. Ni me moví, ni siquiera volví la cabeza para preguntarle qué hacía. De sobra lo sabía, tanto, como que hasta lo había soñado en más de una ocasión en mi pequeño cuarto.

Aquel moreno de ojos penetrantes inspeccionó mi cuerpo hasta que fue encontrando sus rincones favoritos: rodeó mis pechos alertas con sus pequeñas manos y las bajó por mi blusa hasta llegar a mi falda. Mi corta falda entre sus manos parecía ser incluso más escasa, pues no tardó en adivinar por su tacto el aspecto de mi sexo. Sentía sus dedos bajó mis bragas y comencé a gemir con algo de timidez. La distancia que nos separaba había desaparecido y podía sentir su miembro erecto frotándose entre mis nalgas. En un instante sentí su calor, mi compañero de lavandería me había bajado mis bragas hasta la rodilla, había subido mi falda por detrás y ahora palpaba a sus anchas los melocotones que se le ponían tan a la vista. Sus caricias me enloquecían de placer, y más cuando sentí que deslizaba su mano desde atrás hacia delante, acariciando toda mi intimidad, ahora a la vista.

Me empujó suavemente contra mi lavadora y aclimató su miembro al calor de mi sexo, penetrándome firmemente hasta que me sentí completamente llena. Aquel moreno comenzó un ritmo de empujes constantes, quizás muy parecidos al que marcaba el electrodoméstico, mientras yo, inclinada levemente sobre la lavadora, sentía en toda su plenitud ambas cadencias. Me gustaba sentir bajo mi cuerpo aquellas vibraciones que emitía la lavadora, aumentaban el placer que me proporcionaba mi amigo nocturno.

A medida que me embestía, yo dejaba caer mi cuerpo sobre la lavadora, hasta sentir mis pechos sobre ella. Era entonces cuando él me ayudaba a levantarme para poder amasar mis pechos con sus manos. Lo cierto es que mi amigo se tomaba el ataque con calma, quizás quería degustar todo lo que en otros encuentros no habíamos hecho. Nada nos preocupaba que entrara alguien y pudiera vernos. ¿Quién se acuerda de esos pequeños detalles cuando se ha ascendido al Paraíso por unos instantes? Mi compañero sin nombre agarró mis nalgas cual jinete y aceleró sus embestidas mientras yo, apenas recordaba si ya había disfrutado de dos o tres orgasmos. Quizás fueron cuatro. Su montura estaba a su disposición para seguir cuanto quisiera.

En esos momentos, mi lavadora había iniciado su proceso de centrifugado y mi amigo, contagiado por el frenético ritmo que le imponían, se dejó llevar hasta que un leve gemido y su calor invadiendo mis entrañas, me anunció que había terminado. También mi ropa estaba lista para ser sacada de allí. Mi compañero en un curioso gesto con su dedo haciéndome una especie de garabatos en mi espalda se apartó de mí y como si nada hubiera pasado, se fue hasta su lavadora a recoger la ropa que hacía unos minutos había finalizado.

Me recompuse mis prendas y metí en la bolsa toda la ropa lavada y ya seca aunque arrugada. Me volví para verle pero sorprendentemente se había marchado. Se había ido sin decirme siquiera adiós.

Caminé a mi casa pensando en lo raros que eran los insulares, pero con una sensación de bienestar que hacía mucho no tenía. Esa noche dormiría de un tirón a pesar de los ruidos que a veces tenían las cañerías de mi hogar, si se le podía llamar así al lugar donde habitaba.

Al llegar a mi casa me desvestí para entrar en la ducha y al mirarme en el espejo pude ver que en mi espalda había escrito a rotulador dos palabras en inglés “See you”. Estaba claro que no sería la última vez que aquel desconocido y yo lavaríamos juntos la ropa…

sábado, 25 de abril de 2009

Dos años de blog

Muchas gracias por estar al otro lado de la red y por leerme. Tan sólo deseo que disfrutéis de mis relatos y que sean capaces de llenaros de deseo.
Besos

Alice Carroll

Los deberes de Mario XI: El comienzo

La conocí ya hace dos años, en aquel bar de un amigo mío en el que me encontraba mejor que en mi propia casa. Las caras ya eran conocidas y la música de mi estilo. Me sorprendió que estuviera sola, pero no parecía importarle. En la barra del bar demostraba más seguridad que todos los que se le querían acercar. Ella les apartaba con un giro negativo de cabeza, una media sonrisa o un “no” rotundo si el candidato se ponía muy pesado. Yo la observaba atentamente. Era alta y delgada, tenía el cabello ondulado y de color castaño claro. Me sorprendieron sus grandes ojos verdes, era difícil no quedarse ensimismado mirándolos.

Me acerqué a la barra y pedí una copa, estaba a dos metros de ella y pensaba cómo podría acercarme sin que fuera otro candidato rechazado. Su vestido negro y corto con un generoso escote era toda una invitación a perderse en un mar de sugerentes pensamientos.

Sentía mi propia excitación dentro de los pantalones. Sabía que tenía que ser cauteloso, que no podía abordarla sin más, tenía que encontrar la mejor manera de poder empezar a hablar con ella y no dejarla indiferente. Pero no se me ocurrió nada más que mirarla intensamente. Su instinto advirtió mis ojos y lejos de sentirse abrumada me sostuvo la mirada.

No sé cuánto tiempo pasó, si fueron apenas unos segundos o varios minutos. Pero sentí toda su fuerza sexual en su mirada, quizás incluso sintió la mía. Sus ojos me hablaban de deseo, de imaginación, de curiosidad. Y sin saber muy bien cómo, me acerqué a ella y le pregunté algo que jamás hubiera dicho a otra mujer sin conocer siquiera su nombre. Ella respondió como yo quería: tras unos segundos algo confusa por aquella pregunta tan directa y extraña, me sonrió y obtuve un “sí” por respuesta.

-Por cierto- dijo ella cuando salíamos del bar en dirección a su apartamento- mi nombre es Alice Carroll. ¿El tuyo?
-Puedes llamarme Mario.

Al entrar en su apartamento lo primero que sentí fue el intenso olor a rosas que había en él. Al encender la luz, pude comprobar que varios ramos de rosas multicolores reposaban en jarrones distribuidos por todo el salón.
-¿Todas esas flores son de tus amantes?

Alice se río pero no contestó, se limitó a acercarse a mí y con su voz sensual me retó al juego que yo le había propuesto en el bar.
-¿No ibas a hacerme tu esclava sexual? ¿Cuándo empiezas?

Sus palabras entraron por mi cerebro y alertaron a todo mi cuerpo excitándolo como hacía tiempo no lo estaba. La besé y recorrí aquel cuerpo que hasta ese momento desconocía disfrutando de sus formas curvilíneas, amasé sus pechos hasta forzarlos a salir de su enconsertado cubículo, subí el vestido por detrás hasta hacer mías sus perfectas nalgas. Saber que no llevaba ropa interior me puso aún más caliente. Alice gemía mientras acariciaba mi cuerpo y me iba desnudando lentamente. Yo empecé mi juego, cogí la tela del escote de su vestido con ambas manos y lo rasgué por completo.
-Te compraré unas rosas para compensarte por el vestido -Dije yo irónicamente.

La abracé y nos tiramos en la alfombra. Mordí suavemente su cuello y ella gimió intensamente. Cogió mi miembro con sus manos y con sus húmedas yemas inspeccionó cada milímetro de él. Aparté su mano y agarrando sus brazos con mi mano derecha, zambullí mis dedos de la otra mano en su sexo, acuoso y cálido. Estaba completamente depilado, algo que me encantaba. Alice se retorció de placer cuando los introduje más profundamente hasta encontrar su punto G. Quería desasirse de mí, pero no podía. Mi miembro ya no podía aguantar fuera de tan cálido lugar así que quité mi mano y de un empujón, la poseí. Alice tenía una cara de intenso placer. Rodeó mi cintura con sus piernas y mi miembro penetró más profundamente hasta sentir que hacía tope. Liberé sus brazos y ella me abrazó, arañando suavemente mi espalda. Levanté sus piernas y la embestí repetidas veces.
-¿Vas a ser mi puta? –Dije yo
-Sí, claro que sí-Dijo ella sin apenas dudarlo.

La insté a que se pusiera a cuatro patas y ella obedeció de inmediato ofreciéndome un hermoso culo que yo agarré con mis manos a modo de asideros para penetrarla de nuevo en aquella posición. Veía sus pechos moverse ante mis embestidas en un espejo que tenía en una de las paredes. Estaba más hermosa así incluso que cuando la conocí en el bar. Sus paredes vaginales se comprimían rítmicamente una y otra vez en compulsivos orgasmos. Sujeté su pelo cual si fuera mi montura y cabalgué hasta que sentí que un torrente de semen salía de mí. Me dejé caer sobre ella cuando sentí que mis piernas ya no me sostenían tras gozar.

Después de unos segundos nos sentamos en la alfombra recuperándonos de la intensa sesión de sexo.

-¿Cuándo te volveré a ver? –Dijo Alice intuyendo que yo era el que ponía las normas.
-Yo te llamo, tendrás que hacer deberes para mí, si no los haces no me volverás a ver.-Contesté yo.
-De acuerdo.

Por primera vez, miré su apartamento con una mayor atención. Me sorprendió ver su mesa llena de papeles escritos a mano, algunos arrugados víctimas de un destino peor.
-¿Y todos esos papeles?
Alice sonrió.
-Soy escritora. Escribo relatos eróticos.
-¿Y son producto de tu imaginación o de tus experiencias? –Pregunté yo intrigado.
-Eso no te lo voy a decir. Tendrás que descubrirlo…
-Lo haré- dije yo levantándome del suelo-

Me despedí de ella con un hasta pronto y volví a casa. Estaba convencido de que había encontrado por fin lo que yo había buscado muchas veces en una cama con una mujer.

La había encontrado a ella.



domingo, 1 de marzo de 2009

El uniforme


A pesar de que todas las mañanas seguía la misma rutina aprendida, no dejaba de sobresaltarme el insolente sonido del despertador avisándome de la necesidad de abrir mis ojos. Me gustaba remolonear unos minutos estirando mis piernas y ocupar el sitio que hacía apenas media hora había dejado mi marido. Aún podía sentir su calor bajo las sábanas. Era mi momento de máxima satisfacción, el tiempo suficiente que necesitaba para desperezarme y mentalizarme positivamente para afrontar un nuevo día. Me forzaba a ello tras dejar mi trabajo al tener mi segundo hijo. No me arrepentía de haber renunciado a mi carrera, pero sabía que me faltaba una dosis de novedad que hiciera que los pequeños problemas diarios, que ahora eran mi principal preocupación, se difuminaran como antes, cuando disponía de una vida profesional que me daba algo más de emoción al día a día.

Me di de nuevo la vuelta y tras comprobar que la luz del día comenzaba a colorear las paredes de mi habitación, miré de nuevo el despertador y me levanté. Necesitaba toda una hora para ducharme, preparar desayunos y almuerzos y conseguir que los niños por fin se sentaran en el coche para irnos todos juntos al colegio. Era mi pequeño momento de estrés en el que tenía que luchar con el sueño de mis hijos y su pereza para vestirse y desayunar. Una vez que los tenía montados y cuando por fin podía acariciar el volante con mis dedos comenzaba a relajarme. Conducir para mí era un auténtico placer y nada podía alterarme del estado semi hipnótico en el que entraba: ni los niños gritándose entre ellos, ni los atascos diarios, ni los eternos semáforos en rojo. Mi cuerpo parecía estar más receptivo a cualquier estímulo externo y mi mente se encontraba por fin despejada y en estado de alerta.

Tras dejar a los niños en el colegio y sufrir la marabunta que se formaba de vehículos mal aparcados y madres nerviosas por no querer llegar tarde, solía volver a casa, no sin antes pasar por el supermercado y hacer la compra diaria, excepto los miércoles, que era el día en que quedaba con otras madres no trabajadoras con las que desayunaba. No es que tuviera nada en común con ellas, pero era casi obligatorio asistir a aquellas reuniones para estar en son de paz con el pequeño grupo que solía manejar las reuniones de la asociación de padres. Realmente no me hubiera importado que los desayunos se repitieran más días entre semana, porque precisamente desde la mesa en la que nos sentábamos, podía observarle a él a través del ventanal con toda claridad. No sé si era su altura y su cuerpo bien formado el que me atraía, la sonrisa con la que solía saludar o más bien su uniforme azul marino impolutamente planchado. Lo cierto es que mientras tomaba mi café y asentía los comentarios de las mujeres que me acompañaban intentando disimular que les prestaba la debida atención, yo miraba extasiada a aquel policía de barrio que patrullaba la calle y que sustituía al viejo policía recién jubilado.

A pesar de llevar una vida relativamente feliz al lado de Julio, mi marido, no podía evitar sentir una feroz atracción por aquel hombre de uniforme. No me bastaba que apareciera en mis sueños nocturnos, a veces su imagen se interponía entre mi marido y yo mientras hacíamos el amor. Cerraba mis ojos y podía verle con la cremallera de sus pantalones bajada, su camisa y chaqueta de color azul desabrochadas enseñando su pecho algo velludo. En mis sueños ni siquiera le quitaba su gorra y sus zapatos. Era precisamente la sensación de estar siendo poseída por un uniforme lo que me sacaba de mis casillas. Le veía sobre mí embistiéndome una y otra vez, mientras acariciaba con su porra de trabajo cada palmo de mi piel haciendo que me estremeciera.

Las imágenes se agolpaban en mi cabeza en ese pequeño rato en el que desayunábamos. Al finalizar y despedirnos hasta la siguiente semana, caminaba lentamente hasta mi coche mientras intentaba buscar una excusa para acercarme a él y entablar una conversación. Pero era incapaz de que se me ocurriera nada y al final arrancaba mi vehículo sin poder evitar sentirme algo frustrada por no haberlo intentado.

Tal era mi desesperación por sentir en mi carne el influjo de una tela almidonada, que un buen día decidí comprar en una tienda de disfraces todo un uniforme de policía local con porra incluida que aproveché para regalárselo a Julio el día de su cumpleaños.

-¿Pero que es esto? –Dijo Julio con sorpresa al ver que realmente el regalo no era un traje sino algo un poco más especial.
-Es un disfraz de policía, ya sabes, para divertirnos un poco por las noches.
-No jorobes Marisa. ¿Quieres que me ponga esto para hacerte el amor? ¿Te has cansado ya de mí y quieres que me parezca a otro?
-No seas gilipollas, si no quieres no te lo pongas, qué más da.

Salí del salón bastante cabreada pensando que mi marido era el hombre más aburrido del mundo que no tenía la más mínima capacidad de innovar en sus relaciones sexuales. Lo cierto es que lo mismo podía pensar él de mí tras largos años de matrimonio y sábados de lecho. Me metí en la cama y me tapé rabiosa intentando olvidarme de todo y cual fue mi sorpresa cuando a los pocos minutos, apareció con el disfraz puesto.

-¡Qué guapo estás! –Dije yo sincera.
Julio se dio unas vueltas de forma teatral mostrando su aspecto general. No era como el policía del colegio, pero me bastaba verle vestido de esa manera para comenzar a excitarme como hacía mucho que no lo hacía. Julio se comenzó a quitar los pantalones y yo de inmediato le frené.
-No, no, no te lo quites, quiero que me folles con el uniforme entero.
Julio me miró por unos segundos intentando reconocerme, pero le caía algo grande que la modosa de su mujer, que jamás había mostrado el más mínimo interés en tener la iniciativa en el sexo, ahora fuera tan espontánea de proponer, exigir y mandar. Pese a todo, Julio obedeció mis órdenes e hicimos el amor.
Pero eso no consiguió satisfacer mis deseos totalmente, esos que ni siquiera yo sabía que tenía y que poco a poco parecían destaparse.

Los días trascurrieron sin novedad. Parecía imposible que el policía del colegio me hiciera el más mínimo caso, es más yo creo que ni siquiera sabía que existía, así que, tras unos pequeños acercamientos sin resultado y comprobar que más que un fogoso policía parecía un pequeño cachorro, desistí definitivamente. Yo necesitaba un hombre que dignificara el uniforme que llevara, que lo llenara con sus músculos y que supiera utilizar la porra en mi beneficio.

Así que tras dar muchas vueltas decidí hacer algo que jamás pensé que haría en la vida: contraté los servicios de un stripper. No sabía lo que me estaba pasando, pero dentro de mí se removía algo que no era capaz de parar ¿Serían las clases de Pilates a las que iba desde hace algún tiempo?

Aproveché un día de cumpleaños de un primo de mis hijos en el que no tenía que recoger a los niños hasta avanzada la tarde. Pietro vino puntual a la cita y vestido como yo le había comentado. Estaba nerviosa porque por primera vez en mi vida iba a serle infiel a mi marido, aunque me justificaba pensando que realmente era una forma de conocerme mejor y de evolucionar en mi vida. Algo se había despertado al lado del colegio de mis hijos y necesitaba saber qué era exactamente, así que tras una pequeña conversación con él, enseguida tomó la iniciativa: aireó mis pechos tras desabrocharme la blusa, me lanzó contra el sofá del salón y bajando insinuantemente su bragueta, me ofreció un maravilloso espectáculo. Desabrochó con parsimonia su camisa al ritmo de la música que había traído para la ocasión, cogió mi mano y me forzó a acariciar su miembro mientras él hacía excitantes movimientos pélvicos hacia detrás y hacia delante. Alzó su porra en su mano derecha y provocó que mi piel se estremeciera con su contacto. Pietro me despojó de toda mi ropa, me incitó a abrir las piernas con aquel instrumento largo y grueso y lo presionó contra mi sexo hasta que mi calentura fue dejándole un pequeño paso, su grosor era considerable, pero parecía que mi excitación superaba todos los problemas. Sacó aquel inesperado pero excitante consolador y me penetró mientras agarraba firmemente mis brazos y mi pecho impidiendo que el aire entrara libremente en mis pulmones. Sentía tal excitación con el salvaje encuentro que me deshice en orgasmos. Pietro movía su cuerpo con un ritmo encomiable, digno de atleta. Aproveché unos instantes de tregua para tirar de su pelo moreno y acariciar su cuerpo maravillosamente formado. Me gustaba su rudeza y el dominio que tenía sobre mi cuerpo y mi voluntad. Me dio la vuelta y me colocó a cuatro patas para envestirme también por detrás. La experiencia fue realmente intensa y sublime, el grosor y la largura del miembro de aquel desconocido consiguieron arrancarme otro dulce orgasmo.

Pietro palmeaba mis nalgas hasta dejarlas encarnadas mientras yo me relamía mientras era azotada por un desconocido disfrazado. Tras marcharse de mi casa, me quedé un rato en la cama intentando averiguar qué es lo que me estaba pasando y por qué no podía encadenar de alguna forma aquellos impulsos que afloraran cada vez más insistentemente. Lo cierto es que era como si alguien que no era yo mandara sobre mí. Cada nueva experiencia cumplida requería una nueva por cumplir.

Seguía con la rutina normal, pero mi parcela de vida “anormal” ocupaba ya gran parte de mi vida. Fue tras mi encuentro con Pietro cuando se me ocurrió que realmente yo también deseaba disfrazarme y deambular por las calles en busca de clientes. Una mañana me dirigí a una tienda de productos eróticos y busqué lo más sugerente e indecente que encontré. No quería salir de casa vestida de esa forma para no ser descubierta casualmente por algún vecino, así que me aproximé a la zona donde yo sabía que paseaban las putas de la ciudad fuera la hora que fuera: en el polígono industrial. Dentro del coche, me vestí y pinte como si fuera una fulana y salí a la calle paseando mi figura con mis altos zapatos de tacón y una faldita tableada que dejaba contemplar por detrás mis pálidas nalgas.

Estaba nerviosa pero me sentía segura dentro de mi nuevo atuendo. A lo lejos se podía ver a alguna mujer, que como yo, paseaba la calle en busca de algún trabajador que se tomara una pausa en su jornada de trabajo. Vestida de esa manera me sentía otra persona y me gustaba comprobar que en mí no sólo habitaba la sosa madre de familia con esposo y fregona sino que habitaba un volcán a punto de explosionar que buscaba cada día nuevas emociones.

Una mano agarrando mi brazo izquierdo me sacó de mis ensoñaciones.
-¿Hola guapa? ¿Qué te parece si te vienes a mi despacho un ratito?
-Claro que sí, encantada.-Respondí de inmediato.

Por un instante me sentí confusa y dudé interiormente, pero algo me impelía a seguirle y terminar lo que había empezado, así que, agarrando su brazo y tocando su paquete mientras soltaba una admiración, le seguí hasta el pequeño despacho donde trabajaba. Cerró la puerta y apoyándome sobre su mesa me instó a abrir la cremallera y llevarme su miembro a la boca. Lo cogí entre mis manos y lo engullí hasta que sentí su glande en mi garganta. Se suponía que era una profesional así que tenía que demostrar una práctica encomiable. Cogí un ritmo continuo de entrada y salida, mientras mis labios giraban en torno a él y mi lengua en punta lamía su tronco. De inmediato comenzó a jadear mientras tiraba de mi pelo adornado con purpurina. Noté la dureza de su miembro en mi paladar y sentí deseos de tenerlo dentro de mí, pero no era yo la que decidía así que seguí degustando su pene hasta que por fin pareció satisfecho, me inclinó sobre la mesa apoyando mi cara sobre ella y de pie, tras ponerse un higiénico preservativo, me clavó su miembro en mi sexo y comenzó a empujarlo en mi interior. No podía creerme que no me reconociera lo más mínimo, lo cierto es que, a pesar de ser mi marido, tampoco yo le reconocía, su comportamiento conmigo, con una puta, no tenía nada que ver con la forma de ser que tenía en casa cuando hacíamos el amor. Era morboso y placentero, me resultaba muy excitante saber que mi marido me ponía los cuernos con una fulana que no era otra que yo.

Julio sacó su miembro y me lo volvió a introducir por detrás, la estrechez habitual del agujero forzó un intenso rozamiento que le hizo gemir más intensamente, a la par que yo, que hacía rato me había abandonado al placer más absoluto. Julio acabó por fin y salió de mí, traté de incorporarme, pero sentía que me temblaban las piernas y tuve que sujetarme a él para no caer al suelo.
-¿Cuánto te debo? –Dijo él sorprendiéndome.
La verdad es que hasta ese momento no había caído en la cuenta del tema monetario. Era algo que hacía por placer, nada más, me resultaba algo difícil cobrar precisamente a mi marido, pero al final, todo quedaba en casa, así que le pedí 50€ que él pagó sin rechistar.

Me despedí de él y, ante su insistencia, le prometí volver en otra ocasión. Mientras caminaba lentamente de vuelta a mi coche, a mi casa y a mi vida normal, pensé que podía haber tiempo para todo, para seguir con la rutina de siempre, para continuar experimentando hasta dónde podían llegar mis ansias de conocer nuevos mundos y para seguir siendo la fulana de mi marido cuando yo deseara…


viernes, 30 de enero de 2009

La chica de la azada

Cuando levanté la vista de los folios y miré por la ventana, busqué su silueta recortada entre los arbustos que ornamentaban el jardín de la urbanización. Solía venir siempre a la misma hora, vestida con unos shorts vaqueros gastados de fábrica, una camiseta blanca y unas zapatillas de deporte. Era el capricho del nuevo presidente de nuestra comunidad, jubilado anticipadamente pero con demasiada energía y fogosidad como para quedarse en casa viendo pasar la vida que le restaba por disfrutar. Volví la vista de nuevo a la mesa y al tedioso tema que me tocaba aprender ese día. Los artículos me bailaban en mi cabeza y los confundía por mucho que intentara domarlos con tesón y paciencia. Ese día estaba cansado, había dormido mal y me costaba concentrarme. La noche anterior había tenido una pelea con mi novia, que como yo, arrastraba el mismo cansancio y estado de nervios típico de los aspirantes a notarios. Miraba hacia atrás y me entraba vértigo pensar que nada menos cinco años de mi vida los había pasado recluido entre códigos y temarios. No quería reconocerlo, pero de alguna manera, me había dejado arrastrar por las circunstancias. Primero por mi padre, que por arte de magia logró hacerme creer que mi verdadera vocación era el derecho, luego por mi madre, que no podía dejar de repetir lo buen notario que sería, como mi padre, posteriormente por la misma oposición, que fue acaparando cada vez más parcelas de mi vida hasta que ya no cupo siquiera la novia que había tenido durante toda la carrera y a la que aún, pese a todo, seguía queriendo. Ahora tenía una novia de conveniencia, otra opositora como yo que había conocido en la academia donde preparaba las oposiciones a notarías. Era una relación donde el objetivo a seguir por ambos superaba todo lo demás: nuestra pasión, las ganas de salir con los amigos, de ver una película en el cine. Todo giraba en torno a las oposiciones, el resto era secundario. No podía permitirme otro tipo de relación, ninguna mujer hubiera aguantado la desatención que yo le proporcionaba a Verónica, la misma con la que ella me obsequiaba. Pero no había malas palabras, ni malentendidos, sabíamos que primero había que nutrir a aquella bestia que cada vez pedía más.

Miré de nuevo con cierta frustración por la ventana mientras mesaba mis cabellos haciendo relucir mi estado de ánimo. Mi corazón pegó un vuelco cuando la vi aparecer. Jamás pensé que las jardineras pudieran llegar a ser tan hermosas. Su ineficiencia para cuidar el jardín se veía recompensada con creces por el cariño que mostraba a la naturaleza que le rodeaba. Era alta y curvilínea, de altivos pechos y nalgas prominentes. Su pelo era dorado, no en vano el largo tiempo que pasaba al sol debía de habérselo aclarado. Lo llevaba recogido con una coleta baja, su cabello cimbreaba de un lado a otro de los hombros, juguetón y remolón a quedarse quieto en mitad de la espalda. Su mirada era limpia, sus ojos, de color miel y su boca larga y fina.

Hoy no ha aparecido el pesado de Antonio, sabía que le debía un favor por haberme contratado y a veces hasta le dejaba que se acercara a mí para que siguiera requiriendo mis servicios, pero no le soportaba, era de ese tipo de hombres que constantemente chupaban sus labios, dejándolos siempre húmedos. He descubierto gracias a él, sin embargo, una faceta oculta en mí, el placer de trabajar al aire libre. Espero seguir pensando lo mismo cuando llegue el invierno.

Sentía envidia de Ruth, que así dijo que se llamaba un día cuando saludó a mi padre mientras se encontraba en una de las tumbonas leyendo en nuestro jardín. Fue en su primer día de trabajo cuando ofreció a mi padre ocuparse de nuestro jardín privado una vez hubiera terminado su jornada en el de la comunidad. Lamentablemente, mi padre rehusó de inmediato la propuesta. Era el típico manitas que le gustaba ocuparse de todo y que además disfrutaba y se relajaba cuidando del jardín.

Desde que ella apareció, sentí un resurgir en mi monótona vida sexual, mis erecciones se volvieron constantes, y eso hacía siglos que no me pasaba. El caso es que estaba convencido de que sus movimientos no eran inocentes, la había pillado ya varias veces mirándome y mi pene había reaccionado de inmediato. Me gustaba retarla cuando no estaba mi mujer y manoseaba mi miembro para que se diera cuenta de lo mucho que me excitaba. Volvía a sentirme un adolescente.

Ruth llevaba siempre en sus manos unas tijeras de podar y una azada para quitar las malas hierbas, eran sus armas de destrucción masiva con las que arrasaba no sólo la grama y el trébol, sino también los bulbos guardados con mimo bajo tierra meses antes y alguna que otra flor que sin querer, acababa desfalleciendo entre sus manos. Porque es cierto que tenía algo de patosa, pero era tremendamente dulce y cariñosa con lo que mataba. Creo que Verónica jamás me trató de la forma en que ella trataba a las plantas que atacaba, bien es cierto que de vegetal tenía poco, por lo menos la sangre seguía fluyendo por mi cuerpo a pesar de la terrible vida que llevaba. La apodé cariñosamente la chica de la azada.

Sabía que me observaba, me seguía constantemente con sus ojos tras las gafas, simulando estudiar. Era atractivo aunque sentía cierta lástima por su eterno enclaustramiento. No era como su padre, que a pesar de haber rehusado mi oferta no me quitaba ojo, y lo hacía además con descaro, intentando provocarme posando la mano sobre la entrepierna. Me excitaba saberme deseada, deseada por ambos. Me gustaba el juego y yo misma lo seguía, mi cuerpo era todo deseo, hacía tanto que no hacía el amor tras la ruptura con Pedro, que dudaba si se me habría olvidado ya practicar sexo.

La chica de la azada comenzaba a despistarme cada vez más frecuentemente de mis estudios. Sus movimientos me parecían todos tremendamente sexuales. Su forma de abrir las piernas sobre el suelo manteniendo el equilibrio mientras trabajaba con la azada, su manera de ponerse de rodillas sobre el césped cuando plantaba alguna nueva flor. Me gustaba verla empapada por completo en sudor, mojando su camiseta hasta que su sostén se podía claramente percibir bajo la tela. Ruth alzaba su brazo sobre la frente y con el antebrazo se quitaba el sudor que le corría por el rostro. Era morboso y excitante, tanto, que mi erección en esos momentos era tan fulminante, que de inmediato me iba al baño y calmaba mis ansias de tenerla entre mis brazos.

Mi mujer había decidido acudir a clases de tai chi, cualquier cosa era buena siempre que me dejara solo. Me fastidiaba no haberla podido contratar para tenerla más cerca, las mujeres tienen un molesto sexto sentido para estas cosas. Daba igual. Iba a aprovechar las clases de mi mujer para relajarme. Era evidente que ella me deseaba.

Mi necesidad de sexo la aplacaba con mi novia de conveniencia, aprovechábamos los fines de semana para hacerlo, cuando mis padres me dejaban solo para irse a cenar fuera. Verónica no era nada apasionada, los estudios habían hecho el mismo efecto en ella que hacía el bromuro. A pesar de todo, habíamos cogido una rutina en hacerlo, igual que si se tratara de otra tarea más en nuestro largo camino hacia el aprobado.

Poco a poco mi concentración se debilitó y el tiempo que pasaba contemplando a la chica de la azada por la ventana superaba el que pasaba leyendo y releyendo mis manoseados apuntes. Por una parte la deseaba con todo mi ser, pero por otra, también la envidiaba, al poder estar bajo el sol sin más preocupaciones que la de ejercer un trabajo físico que en ese momento anhelaba mi cansado cerebro.

Hoy Javier me ha acorralado en el cuartucho donde guardo las herramientas. Apenas nos hemos mirado y hemos sabido que nos deseábamos intensamente. No han hecho falta siquiera palabras, Javier ha bajado sus pantalones y yo he hecho lo mismo con mis shorts de trabajo. Hacía mucho que no follaba de pie, pero ha sido tremendamente morboso y placentero. Cuando he tenido que seguir con mi trabajo, he sentido como resbalaba el semen de mi sexo mojando ligeramente mis shorts. Estoy acalorada y mis poros rezuman sudor por todo mi cuerpo. Me siento tremendamente relajada.

No sabía qué extraña relación mantenía con el presidente de la comunidad, pero mis largas estancias frente a la ventana me permitieron contemplar algún que otro acercamiento por parte de éste a mi jardinera. Odiaba que la tocara, pero ella se dejaba hacer sin detenerle. Yo quería pensar que simplemente sentía lástima por el hombre que la había contratado pese a su inexperiencia. Cuando más se acercaba a ella, más ganas tenía yo de apartarle y hacer lo mismo que él.

De nuevo he discutido con mi mujer, Por más que le he jurado que no miraba a la jardinera, no me ha creído. Si supiera que encima follo con ella mientras está fuera creo que me mataría. La he invitado a irnos solos de vacaciones para que se relaje. Dejaremos a Santiago solo y estudiando, dudo que apruebe jamás, esa novia suya que tiene le distrae demasiado.

La fortuna sin embargo se hizo mi aliada el día que mis padres decidieron irse de vacaciones dejándome a mí en casa. Para que no me preocupara lo más mínimo por los quehaceres del hogar, decidió contratar a Ruth para que se ocupara del jardín y de paso, echar un vistazo a la casa para que yo no tuviera que dejar de estudiar. No podía haberme hecho mayor favor dado que en esos momentos, y de manera inusual, el jardín estaba bastante descuidado, las malas hierbas campaban a sus anchas y el seto que dividía nuestro jardín del de la comunidad amenazaba con su inmensidad.

Y Ruth pasó al otro lado, al mío. En aquel tiempo, el calor comenzaba a ser sofocante y con esa excusa, trasladé mis bártulos desde el dormitorio de la planta primera al jardín. Tenía un motivo creíble para estar a pocos pasos de ella y poder percibirla con todos los sentidos. Aquel primer plano que me dispensé fue suficiente para que mis folios se adormecieran aburridos entre mis dedos, por más que intentara leer un párrafo una y otra vez, un aire gélido lo empujaba fuera de mi cerebro para dar paso a otro más dulce y suave que acariciaba mis sentidos. Ruth trabajaba incansable, agasajándome con unas posturas que me ponían cada vez más y más nervioso. Veía su culo perfecto a pocos pasos de mi alcance y sentía mis dedos temblorosos ansiosos por tocarlo, en esos momentos agarraba con fuerza los folios en un intento de sosegarme pero tan sólo conseguía emborronar la tinta azul con mi propio sudor hasta hacer ilegible su lectura.

Me sorprendía lo diferente que era Santiago de su padre, la contención frente a la libertad, la frialdad frente a la fogosidad. Por más que me insinuaba, coqueteaba y dejaba que la camiseta se subiera hasta poder enseñarle algo más de mí, él se mantenía impasible. De todas formas, era ya un triunfo que se hubiera trasladado al jardín y ahora pudiera contemplarme con más detenimiento.

Evidentemente mis masturbaciones eran la manera más sencilla de calmarme y no tirarme sobre ella cual si fuera una presa y yo un ave rapaz con hambre de varios días. Las llamadas de Verónica al teléfono preguntándome dudas sobre los temas me importunaban hasta tal punto, que en más de una ocasión sentí que el amor que sentía con ella a veces se mezclaba con cierto desprecio por su insistencia. Yo le decía siempre lo mismo, que me desconcentraba del tema, burda mentira para cualquiera que me viera en esos momentos en los que era todo deseo por la chica de la azada.

Ruth venía todas las tardes tras su trabajo en el jardín comunitario y pasaba en mi casa una hora, demasiado corto periodo para lo mucho que la deseaba. Mi falta de concentración en los estudios era suplida por una desbordante imaginación acerca de cómo la abordaría, cómo se echaría en mis brazos y cómo follaríamos salvajemente una y otra vez.

Contaba los días para volver a casa y sobre todo al lado de Ruth, cada vez que hacía el amor con mi mujer, me concentraba en verla a ella en su lugar e imaginarme su cuerpo junto al mío en el cuarto de las herramientas que se había convertido en mi rincón favorito.

Los días pasaban y yo era ya fuego desbordado, echaba de menos mis encuentros con Javier y se había convertido en todo un reto en conseguir que su hijo se acostara conmigo. No obstante, parecía haber discutido con su novia y eso me llenaba de alegría. El calor me hacía más fogosa, más desprendida con todo mi ser, más necesitada de ser penetrada. Todo lo que había a mi alrededor me excitaba: caminar descalza sobre el césped sintiendo en las plantas de mis pies el frío húmedo de la hierba recién cortada, suave como el terciopelo. Me arrodillaba frente a Santiago mostrándole mis nalgas y rogaba que perdiera la razón y se echara sobre mí. Una y otra vez me imaginaba que dejaba a un lado la azada y me desnudaba para él.

Un día, mientras Ruth estaba cuidando del jardín, sentí un intenso mareo, mi cerebro me daba un serio aviso, todo me daba vueltas. Miré con asco los folios que quemaban entre mis dedos y los tiré al suelo, me levanté y me acerqué a ella, caía la noche y la urbanización estaba completamente en silencio. Nada me preocupaba, era mi otro yo, el que había estado tanto tiempo aprisionado en una vida que no quería, el que estaba actuando. Y le dejé hacer. Agarré la cintura de Ruth y la besé, sorprendiéndome gratamente cuando comprobé que mis besos no eran rechazados, al contrario, Ruth me besó intensamente, palpó mi cuerpo entre gemidos y yo, ardiendo en deseos por hacerla de una vez mía, me tiré sobre ella en el césped recién segado. Estaba completamente mojada tras el trabajo y me encantaba. Me gustaba sentir mis dedos humedeciéndose al tocar su piel. Agarré fuertemente su camiseta con ambas manos y tiré de ella hasta desgarrarla, liberando por fin sus lozanos pechos. Le desabroché el sostén y le bajé sus pantalones. No llevaba bragas y su pubis estaba minuciosamente recortado cual si fuera un boj. Mis dedos encauzaron pronto su camino, buscando conocer otra humedad distinta, más calida y espesa. Sentí tal placer al palpar con mis yemas las paredes internas de su cuerpo, que tuve que darme prisa y desprenderme de mis pantalones, sacando mi tronco viril y haciendo un trueque entre mis dedos y él. Ruth era salvaje y arañaba tan fuertemente mi espalda, que estaba convencido de que en esos momentos alguna gota de sangre resbalaba por mi cuerpo, o quizás era sudor, el mío o incluso el suyo que se había fundido con el mío en la misma danza. La embestí como si me fuera en ello la vida, y de alguna forma así era, dado que la vida que había llevado hasta ese momento se alejaba como por arte de magia, como si cada vez que la embistiera, apartara más y más la vida que me habían impuesto y que por mi culpa no había sabido rechazar. Me sentía yo mismo por primera vez, vivo, consciente de lo que tenía que hacer en esos momentos, todo pasaba fugaz por mi mente: dejar a Verónica, mandar a la mierda las oposiciones, buscar un trabajo que me sacara de esa casa y de ese enclaustramiento...

Jamás me había sentido tan llena de placer y tan intensamente, siento que me estoy dejando seducir a una nueva droga y que no va a ser fácil desengancharse de ella. Miré hacia la casa y por un instante creí ver la figura recortada de Javier, no me preocupaba lo más mínimo.

Y eyaculé como nunca lo había hecho, sabiendo que echaba con ello todo lo malo que me había apartado de ser yo mismo, sabiendo que no había vuelta atrás y que empezaba una nueva etapa de mi vida.

Sabía que mis encuentros con Ruth habían terminado, mi mujer y su maldita intuición habían adelantado nuestro regreso. Por unos instantes, odié a mi propio hijo y odié a Ruth por estar con él. Corrí las cortinas y simulé no haberles visto, me fui al dormitorio y como si nada pasara en el exterior, hicimos el amor. Todo iba a ser distinto a partir de esa noche, o quizás no, realmente todo iba a ser igual que antes, antes de que ella llegara.


domingo, 11 de enero de 2009

Miradas ocultas

Al abrir la puerta sentí que me rodeaba el olor de la pastosa colonia que solía ponerse mi padre cada mañana tras ducharse. El tiempo había trascurrido pero el recuerdo del aroma seguía indemne en mi memoria. La casa parecía la misma a pesar de los años que habían pasado. Los cuadros de siempre, la silla del recibidor con su perpetua cojera puesta de manifiesto tras posar mi abrigo en ella y el espejo con el marco de bronce cuyo reflejo era una burla de la realidad.

Mi padre había muerto dos semanas antes y yo había decidido volver a su casa a intentar ordenar los papeles que guardaba, hacer una pequeña limpieza de sus cosas y poner a la venta la vivienda. Eché un vistazo a la casa: su sobrio salón destinado a las pocas visitas que recibía y sus dos dormitorios, uno de ellos, el único con vida, hacía las veces de sala de estar y el otro, destinado a dormir, compuesto de una cama de matrimonio de metro y pico, una mesilla a cada lado, un armario de nogal de tres puertas en la pared izquierda, un pequeño ventanuco que daba a la calle principal situado la pared derecha y en frente de la cama, una gran fotografía en un marco de plata de mis padres el día de su boda. En aquella casa no quedaban recuerdos de mi infancia, habían desaparecido a la par que mi madre cuando mi padre abandonó la gran casa familiar en la que habíamos morado durante lustros.

Sabía que tenía mucho trabajo que hacer y pocas ganas de ejecutarlo. Tres cajones abarrotados de papeles de bancos, seguros y títulos de acciones amenazaban mi próximo futuro. Había decidido no irme a un hotel y vivir durante algunos días en la casa de mi padre para poder dedicarme al cien por cien a la ingrata labor. Deseaba solucionar el tema en tres días como mucho y poder regresar a mi hogar.

Dejé la maleta en el dormitorio y busqué en la cocina algo para beber. Olía a rancio, a sucio, los azulejos de la cocina lucían opacos y el frigorífico guardaba los últimos alimentos que mi padre había comprado antes de morir: tres huevos posiblemente podridos, un trozo de queso lleno de moho, leche de vaca, una longaniza y varias manzanas que habían sobrevivido pese al tiempo trascurrido. Cogí un vaso algo roto por un borde y me serví un poco de agua, dirigiéndome de inmediato a la salita de estar donde se hallaban los papeles.

Me pasé toda la tarde ordenando aquella marabunta de documentos y la pila no había bajado apenas, ya había anochecido y la escasa luz que suministraba la bombilla de bajo consumo no invitaba nada más que a descansar, así que me di una ducha tibia y me fui a la cama, la misma donde había dormido mi padre los últimos años de su vida. No soy supersticioso y no tenía especial reparo en dormir en aquella cama, lo que más recelo me daba, sin embargo, era la fotografía de mis padres mirando fijamente al lecho y por ende a mí. Era incapaz de conciliar el sueño con ellos contemplándome sin descanso, sus miradas no me parecían precisamente amigables, más bien todo lo contrario, era como si me reprocharan el no haberles hecho demasiado caso a ninguno de los dos en vida. Me tumbé sobre un costado, sobre el otro, boca arriba, pero no podía evitar abrir los ojos y verles en la penumbra. La farola del exterior los iluminaba de forma algo tenebrosa y me sentí de repente como si tuviera 30 años menos. Finalmente me tumbé boca abajo e intente pensar en cualquier otra cosa que no fuera en ellos. En ese momento añoré una impersonal habitación de hotel.

Fue al cabo de diez minutos cuando empecé a oír extraños ruidos procedentes del piso de al lado. Eran gemidos de una mujer que parecía estar pasándoselo realmente muy bien, los muelles de la cama se movían con un ritmo marcado por sus jadeos. Me concentré en escucharla con todo detenimiento, desvelándome por completo. Aquella mujer alternaba alocados gemidos con suspiros de alivio, quizás provocados por lo que yo intuía podían ser orgasmos. Los gemidos pararon tras diez minutos, el ruido cesó completamente e intuí que la mujer se había dormido, feliz y sosegada tras la lujuria. Su respiración pausada y serena pero fuerte lo advertía. Yo, sin embargo, me sentía francamente excitado, notaba mi pene pulsátil y duro, mi corazón le bombeaba sangre con fuerza y lo sentía a punto de estallar.

Empezaban a encajar las piezas. Ahora comprendía el motivo del fallecimiento de mi padre, había muchas probabilidades de que aquella mujer hubiera cometido un homicidio involuntario sin saberlo, su pasión y las finas paredes del inmueble habían precipitado la muerte de mi padre, algo débil del corazón. Sin embargo me sentía feliz por él, había tenido una muerte dulce y gozosa. No había sido tan divertido no obstante, para la portera del inmueble, descubrir su cadáver cuando abrió su puerta, escamada al no obtener respuesta cuando llamó al timbre para bajarle la basura como hacía a diario. Creo que la opinión que tenía de mi padre de hombre serio y respetable cambió definitivamente para siempre, al verle desnudo, empalmado y agarrando con firmeza su miembro. Para seguir manteniendo la misma imagen de él ante la familia simplemente comenté que el motivo de su muerte había sido un infarto repentino por causas desconocidas, una buena excusa que no comprometía a nadie.

Tenía calor, me levanté y me desnudé por completo. De pie, mi miembro no daba tregua alguna, lo acaricié y me tumbé de nuevo, pero me sentía extraño, estaba en la cama de mi padre y encima, aquella foto era como una maldición, un instrumento disuasorio de mi excitación, así que al final me dormí sin más.

Al día siguiente por la mañana al despertar sentí nauseas y claustrofobia por estar allí y abrí todas las ventanas de par en par. Había tenido extraños sueños en los que se mezclaban la muerte de mi padre, recuerdos de mi infancia y los gemidos de la vecina de al lado. Tenía el cuerpo empapado en sudor, me di una ducha bien fría y bajé a desayunar al bar de la esquina para intentar olvidar aquellos sueños.

El día resultó francamente agotador, me dolían los ojos de forzar la visión con las escrituras antiguas de sus propiedades, aquellos delicados papeles amarillentos me parecían tan complicados como extraños jeroglíficos aún sin resolver.

Al acostarme, mullí la almohada y guardé silencio justo a la misma hora en la que la noche anterior había escuchado los gemidos. Sabía que lo más seguro era que la mujer no se dedicara a la misma actividad, sin embargo, no tardaron en escucharse de nuevo extraños ruidos. Me podía imaginar a la mujer que moraba en la casa de al lado, una mujer voluptuosa, de caderas prominentes y grandes pechos, vestida con un largo camisón de seda blanca cuasi transparente. Imaginaba su largo pelo y sus rizos cobrizos, sus labios intensamente pintados de rojo y sus ojos enmarcados con un lápiz negro. Su voz era muy sugerente y estaba convencido de que tenía que ser extremadamente viciosa. Intenté poner una imagen a sus gemidos, unos rítmicos movimientos a sus jadeos. Estaba abierta de piernas, tumbada en la cama pero con su cabeza ligeramente fuera de ella, mostrando su largo cabello que caía hasta el suelo. Una de sus piernas estaba apoyada en el colchón y la otra lucía esplendorosa en toda su largura. Tenía la tez blanca como una preciosa pin up de revista. Sus largos dedos acariciaban todo su cuerpo, sus uñas, pintadas de rojo, despertaban el vello por el que pasaba y su pubis, frondoso y enmarañado, escondía su húmedo secreto entre las piernas. Acariciaba su sexo vehementemente, su cabello se mecía en el aire y yo sentía mi pene de nuevo entre las piernas. Lo agarré con mi mano derecha y comencé a moverla hacia arriba y hacia abajo, pero la foto de mis progenitores me castigaba con su mirada, así que me levanté y con ansiedad descolgué el retrato. Cual fue mi sorpresa cuando descubrí que la foto escondía un cristal que mostraba precisamente la mujer de la que era víctima mi imaginación. Ahora estaba ante mí. Por un instante me quedé parado sin saber qué hacer. La contemplé con calma, no era la pin up que me había imaginado, aunque tenía cierto atractivo. Su pelo era largo, pero era negro y liso, su cuerpo no estaba desbordado en curvas y sus uñas no estaban pintadas, tampoco sus labios, pero su pubis era como el que yo me había imaginado y su postura parecía haberla calcado de mi mente. Miré el cristal, era muy oscuro y comprendí que realmente podía no ser más que un espejo al otro lado de la pared. La mujer no se había inmutado lo más mínimo tras descolgar el cuadro así que seguramente no se había percatado de mi presencia. Mi padre había conseguido hacerse un hueco como voyeur. No le culpo, creo que yo hubiera hecho lo mismo si hubiera tenido una vecina tan fogosa como aquella.

Ahora podía contemplar a la mujer desde mi asiento preferente, era sin dudarlo, una habitación con vistas a pesar de todo. Desconocía la razón por la que existía esa comunicación entre los dos pisos, quizás había estado siempre y mi padre lo descubrió tras un cuadro o, a lo mejor era él mismo el que, tras haber estado mucho tiempo deshabitado, había aprovechado la ocasión y, usurpando las llaves de la portera, con la que creo se llevaba muy bien, había hecho una pequeña reforma a su antojo para dar una mayor amplitud a su visión. Las explicaciones que me daba, sin embargo, no me convencían, había sido demasiada suerte intuir la futura llegada de aquella mujer, ¿cómo sabía mi padre que no era un hombre el futuro inquilino?

Dejé a un lado las preguntas que se agolpaban en mi mente y me dediqué a contemplar la belleza que se me mostraba tan cercana. La mujer había echado a un lado las sábanas y contemplaba sus movimientos en el espejo por el que yo la miraba. Su mano izquierda acariciaba sus pechos y su mano derecha apenas la podía ver, estaba demasiado escondida entre sus piernas. Comencé a masturbar mi miembro de pie, absorto por la imagen de sexo gratuita e inesperada. La mujer se giró hasta que pude contemplar en toda su plenitud sus labios mayores apuntando hacia mí. Poco a poco fue metiendo los dedos en su sexo, de forma cadenciosa, regalándome de vez en cuando la visión del inicio de su oquedad, ahora rojiza, brillante y muy abierta. Jadeaba y se retorcía, dando vueltas sobre sí misma, cada vez más excitada. Yo estaba igual, mis movimientos subieron de ritmo, acaricié mi glande con mi dedo índice lleno de saliva, cogí mis testículos con la mano izquierda y los mimé, arrastrando mi mano hasta el inicio del ano, al cual rocé levemente. Sentí un escalofrío de placer. Todo mi cuerpo tenía la piel erizada y mi mente, completamente bloqueada en ese momento, sólo pensaba en encontrar algo grande para lanzarlo contra el espejo y destrozarlo para poder respirar el aire que emanaba la mujer.

Un espasmo unido a un gemido subido de volumen me anunció que había terminado, lo mismo hice yo, sintiendo una paz infinita cuando vertí mi semen por entre mis dedos. La mujer yacía ahora relajada y sonreía al espejo, yo sonreí igualmente a pesar de saber que no era capaz de verme. Cerró sus ojos y en cuestión de segundos se quedó profundamente dormida.

Tras lavarme, volví a la habitación, coloqué el retrato de mis padres en un cajón y tras imaginarme a mi padre en la misma situación en la que había estado yo hacía unos minutos, me dormí.

Al día siguiente me levanté temprano. Tenía que volver a mi casa y a pesar de que me hubiera gustado pasar otra noche allí y sobre todo, en la habitación de mi padre, mis obligaciones no me lo permitían, así que me puse pronto a ordenar los papeles y coger los más importantes que necesitaba. Estaba tan ensimismado que me sorprendió el timbre de la puerta. Miré la hora: eran ya las seis de la tarde, no me había dado cuenta siquiera de que no había almorzado. Abrí la puerta y me sorprendió ver precisamente a la vecina de al lado.
-Perdona que te moleste, es que he oído ruidos y me ha dicho la portera quien eras. Sólo quería decir que siento lo de tu padre-Dijo ella con una voz dulce y suave.- Tu padre era un buen hombre.
-Muchas gracias.-Dije yo algo avergonzado-Te invitaría a tomar un café, pero es que no hay nada en la casa.
-Genial, así tengo una buena excusa para invitarte a tomarlo en la mía.

Me sorprendió su invitación pero la acepté con alivio, por fin tomaría algo caliente, la verdad es que el día anterior había mal comido en el bar de la esquina y la idea de unas pastas acompañando el café me atraía especialmente.

María, que así se llamaba ella, me invitó a sentarme en el sofá, agasajándome con todo tipo de bollería variada que admitió mi estómago con muestras de agradecimiento haciéndose notar por medio de extraños ruidos. Hablamos sobre mi padre principalmente y las veces que la había ayudado con la cosa: a colgar una lámpara, a montar una estantería… Me sorprendió la habilidad de mi padre, nunca la demostró mientras vivía con él.

Tras el café llegó el brandy y ambos bebimos con ganas. Una extraña atmósfera pareció envolvernos, quizás era el espíritu de mi padre que había vuelto a su hogar, aunque lo dudaba. Lo cierto es que me sentí muy cercana a María, tanto como parecía estar ella de mí. Mi mano acarició su rostro y ella me dio un tierno beso. La abracé en el sofá e inclinando mi cuerpo sobre el suyo, la besé apasionadamente. Ella se mostró tan apasionada como en las sesiones nocturnas, acarició mi cuerpo y se adueñó de mi miembro tras liberarlo de los pantalones. La ropa era un incordio y tardamos apenas dos segundos en desembarazarnos de ella. Cogí sus pechos y acerqué la boca hasta tocar con mi lengua sus pezones. Abrió sus piernas, apretó mi culo entre sus dedos y ahuecó su pelvis invitándome a hacerla suya. Lo hice de inmediato, mi miembro resbaló dulcemente en su interior y sentí un tope en mi glande. Nos movimos al unísono, buscando el máximo placer. Ella gemía incluso con más intensidad que la noche anterior, me tiraba del pelo forzándome a echar mi cabeza hacia atrás. Posé mis manos sobre sus brazos y la inmovilicé, acometiéndola con más fuerza hasta que sentí que mi pene buceaba ahora por una cavidad más estrecha y ella había conseguido gozar. La estrechez del habitáculo hizo que me dejara llevar yo también por el placer, vertiéndome sobre ella e intentando no caerme del sofá. Tras el goce, ahora todo me incomodaba, la estrechez del asiento, un cojín clavándoseme en un riñón, la luz de la lámpara de pie en mi cabeza.

Pero mi incomodidad se debía también a que me quedé mudo, no sabía qué decir, no había nada de lo que quisiera hablar con ella en ese momento, fue María la que me sacó del apuro.
-¿Te puedo pedir algo? Como tu padre no está… ¿Me podrías ayudar a cambiar una cómoda de lugar? Es de madera maciza y no consigo moverla ni medio milímetro.
-Claro, no hay problema. ¿Dónde la tienes?
-En el dormitorio-contestó ella-

Nos dirigimos desnudos al dormitorio. Mientras ella me mostraba la cómoda a mover yo no pude dejar de contemplar el misterioso cristal que no espejo que daba al dormitorio de mi padre. La habitación de mi padre asomaba tras él mucho más oscura, pero se podían ver perfectamente todos sus enseres. No quise preguntar a María nada que pudiera desvelarme los secretos de mi padre, prefería que se fueran con él para siempre a la tumba.

María sonrió, dándose cuenta de mi descubrimiento.
-¿Te veré alguna vez más por aquí? –Dijo ella.
-Sí, la casa ahora es de mi propiedad y aún me queda mucho por hacer aquí -Contesté sin poder desviar la mirada del mágico cristal.