sábado, 15 de marzo de 2008

Confesiones


Aquella mujer parecía no tener ninguna prisa en salir. Llevaba con él aproximadamente unos 15 minutos, o más quizás, había perdido la cuenta. Se estaba empezando a cansar de dar pequeños paseos a izquierda y derecha intentando que el ejercicio hiciera el efecto mágico de acelerar el trascurso del tiempo. Siempre que iba a verle tenía la misma sensación de nervios, malestar y sensación de culpa por su debilidad. Se había prometido a sí misma ser más fuerte, pero mes tras mes volvía a caer.

Por fin la mujer salió, mirando a Ruth con cierta rivalidad y algo de injustificado desprecio. Ruth no le dio importancia, “otra pecadora como yo” pensó.

José María le saludó cordial y afectuoso, como siempre, y le invitó a sentarse junto a él en el sofá de color castaño en el que tanto le gustaba recibir a la gente. Nada de barreras que pudieran impedir una conversación abierta y sincera, era su particular método, el que había utilizado desde siempre.
-Buenos días Ruth, no te esperaba tan pronto de nuevo.
-Lo sé... Esta semana no me he portado demasiado bien, la verdad.
-¿Has pecado?
-Sí, he pecado.
-¿Pecados veniales o mortales?
-Si he de ser sincera: todos mortales... -Ruth agachó la cabeza y bajó el volumen de sus palabras, no podía dejar de sentir cierta vergüenza por sus repetidas debilidades.
-¿Y lo que me prometiste?
-No pude, la tentación fue demasiado fuerte. Soy una mujer débil y con necesidades.

José Mª miró a la mujer y por un momento, dejó volar su imaginación. Sabía que no debía, no estaba bien perderse en aquellas morbosas y oscuras imágenes que asaltaban su cabeza cuando alguna mujer como ella le confesaba sus tropiezos. Se imaginó a Ruth desnuda, con su pelo liso y dorado recogido en una coleta y maniatada por detrás. Podía visualizarla perfectamente. Ruth venía cada vez más a menudo a verle y tenía sellada en su memoria cada poro de su piel, sus insinuantes pechos, sus dulces y sinuosas curvas. Vetó aquellas ideas que salían de su morbosos cerebro, últimamente eran demasiado recurrentes. Tantos años haciendo lo mismo y ahora su mente calenturienta dominaba su voluntad.

-Cuéntamelo todo, con detalle... -Soltó por fin.

Ruth hizo una extensa exposición de todos los pecados que le habían llevado a visitarle tan pronto, de la angustia que le provocaba el caer una y otra vez arrastrada por el deseo y de lo mal que se sentía en ese momento viendo su pasado comportamiento.

-Voy a necesitar que me castigues. –Sonrió tímidamente al percatarse del doble sentido de sus palabras. No podía disimular la atracción que sentía por aquel sobrio hombre que no perdía en ningún momento el control.

Aquella frase hizo mella igualmente en la imaginación de José María. La palabra “castigo” le excitaba sexualmente desde su adolescencia. Imposible olvidar los castigos que su profesora de matemáticas le imponía al pillarle cada dos por tres hablando con su compañero Roberto. Eran otros tiempos, el castigo físico era una forma más de educar y a él le parecían tan excitantes... Marisol era la profesora más bella y sensual que hubiera pasado jamás por su colegio. Su bata blanca abotonada vislumbraba un cuerpo de pecado que lamentablemente jamás conoció. Todavía podía recordar las sedosas manos de Marisol asiendo las suyas y dándole en sus palmas sonoramente con la regla. No le dolía, al contrario, la cercana presencia de su profesora provocaba en él una rápida erección que su bata de rayas rojas y blancas cubría perfectamente.

Y ahora veía a Ruth, sentada tan cerca de él y con un cuerpo prácticamente idéntico al de su profesora del colegio. Deseaba tocar su cuerpo y saborear en su boca aquellos voluptuosos pechos. Mientras Ruth seguía hablando, él la volvió a desnudar en su imaginación, la levantó de su asiento y rozó la maroma que ataba sus manos y le hacía estar a sus expensas. Palpó sus nalgas con cuidado, manjares prohibidos, deslizó sus manos hasta encontrar aquel frondoso valle y degustó la sensación de humedad del rocío que lo cubría. Su miembro comenzó a molestarle, estaba teniendo una incómoda erección. No podía permitírselo, precisamente él, no.

Pero el diablo jugaba con él de nuevo y le hacía caer en la tentación de la lujuria. Volvía a la escena de antes, Ruth desnuda, en actitud sumisa esperando su castigo y él deslizando sus manos por su cuerpo tomando posesión del mismo. Podía percibir en sus dedos su piel erizada y el ligero temblor que se había adueñado de ella. Quería sentir el calor que emanaba de la piel de sus nalgas tras los azotes que le aplicaría. Aquellos pecaminosos pensamientos le torturaban, le hacían sentirse miserable. No veía la manera de liberarse de sus propios pecados.

Las palabras salieron de su boca sin poder controlarlas, quizás el perfume de aquella mujer había debilitado su voluntad, aunque no era más que una excusa buscada para no sentirse tan mal.
-Desnúdate... –dijo algo dubitativo.

Ruth le miró con desconcierto. En otras ocasiones tan sólo le había hecho quitarse los zapatos o desabrocharse ligeramente la blusa, nada más. Se fue desvistiendo obedientemente mientras José María disimulaba mareando unos papeles que tenía a su lado. Ruth estaba nerviosa y algo excitada también, el comportamiento de José María no era el mismo de siempre y esa misma sorpresa por su atrevimiento avivaba su deseo por él. Tal vez era una forma de aplicarle el castigo que supuestamente merecía por haber pecado repetidamente...

José María contempló su tentador cuerpo desnudo y sintió deseos de echarse a ella de inmediato, pero no lo hizo. Una voz en su conciencia de nuevo se lo impidió, sintiendo remordimientos por haberle obligado a desnudarse por completo.
-A ver cuánto has engordado esta semana...
Ruth se subió a la báscula y no quiso mirar la consecuencia de sus pecados culinarios: las celebraciones por las fiestas y las repetidas cenas de restaurante habían hecho mella en su voluntad, olvidándose del régimen que le había puesto José María hacía ya medio año, su atractivo médico nutricionista que le había recomendado una amiga.

-Sólo has engordado un kilo mujer, no es para tanto. Pero te voy a tener que quitar el pan por completo.
-¡Oh Dios...! ¿El pan?
-Lo siento. –Se disculpó izando sus cejas.
-Será duro... No sé si podré. ¿No hay más remedio?
-No lo hay. Piensa en el verano. Tienes que bajar esos kilos de una vez, podrías tener un cuerpo escultural si lo hicieras.

Miró a Ruth y deseó de nuevo abrazarla, pero se contuvo. Quizás en la próxima visita... Tenía el pleno convencimiento de que ella se sentía igualmente atraída por él.

Ruth se vistió y salió de allí resignada a cumplir con el castigo. Tenía muchas dudas sobre si lograría llevar a rajatabla el régimen, y como consecuencia tendría que volver pronto a ver a su maravilloso médico. Pero intuía que sus próximas visitas podrían depararle gratas sorpresas.

¿Se atrevería su médico la próxima vez a algo más?




4 comentarios:

Lydia dijo...

Siempre tan naturales tus confesiones, que haces que una se sienta muy identificada con ellas.

Liliana C. dijo...

Crai... que buen relato! Felicidades, cuesta tanto encontrar un relato erótico de calidad...

Ruth dijo...

Hola!

Estaba buscando por internet mi nombre por curiosidad y he llegado a tu web y me veo envuelta en un relato erotico, que cosas, jajaja, además más gracia me ha hecho aun porque yo tengo un blog (www.elblogderuth.com) con relatos eroticos tambien.

Pues nada, encantada de conocer esta web y ser protagonista de un relato erotico aunque solo sea por tener el mismo nombre jaja

Pav- dijo...

me a gustado, gracias


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