miércoles, 19 de septiembre de 2007

Una extraña frecuencia

"Natalie. Desnudo1" Ilustración: Rafael Robas


Por fin llegó el verano y, como todos los años por esas fechas, Alicia se dedicaba unos días a la ingrata tarea de limpiar a fondo su apartamento y ordenar sus armarios. Era una pesada labor pero extremadamente necesaria dado el reducido tamaño de su habitáculo. Año tras año, los trastos y enseres inútiles tomaban posesión de cajones y armarios y se hacía imprescindible tomar una decisión sobre su destino final: cubo de la basura o indulto anual.

Fue en uno de aquellos cajones donde encontró su radio de Onda corta. Hacía siglos que no la usaba, su vieja afición a la audición de programas extranjeros había desaparecido por completo. La vetusta radio se salvaba gracias a los sucesivos indultos que Alicia le concedía de forma graciable, pero ese año, por fin había decidido sacrificarla.

Antes de la despedida y como un último homenaje, decidió enchufarla de nuevo. Tantos años olvidada y quizás ni siquiera tenía vida. Encendió el aparato y movió la pequeña rueda en busca de otros mundos. Varias emisoras en inglés, en francés, en algún que otro idioma desconocido y voces distorsionadas procedentes de conversaciones entre radioaficionados. Nada interesante en principio. Continuó la búsqueda de emisoras cuando encontró una en especial que hizo que sus dedos se detuvieran. La frecuencia emitía en castellano, la calidad del sonido era espectacular, aunque el contenido de lo que en ese momento se estaba retransmitiendo le sorprendió.
-Te repito que el viernes no puedo quedar contigo, no seas pesada. Te veo el sábado ¿Ok?
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-Pues claro que me gustas, pero el viernes ya había quedado.
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-Que sí, ya lo sabes.
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-Vaale, podemos ir al cine.
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Alicia escuchaba atentamente. La voz que se oía era de un hombre joven, parecía estar manteniendo una conversación con alguien al que no se podía oír en su radio. ¿Acaso se trataba de un serial radiofónico?
-Bueno, adiós que tengo prisa, ya te llamo yo, un beso corazón.

La emisora por un instante pareció haber desaparecido, pero, tras unos segundos, volvieron a escucharse en ella nuevos sonidos, esta vez, parecía que marcaban un teléfono y el tono de espera se escuchó con toda claridad. De nuevo, la voz del hombre misterioso apareció, iniciando una nueva conversación.
-Hola cariño, ya lo he solucionado.
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-Sí, sí, ningún problema.
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-El viernes es todo nuestro.
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-¿Te parece bien en mi casa, como siempre?
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-Tengo ganas de follar contigo…
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-Hummm, ya se me está poniendo dura.
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-¿Te parece bien a las 12?
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-Y yo a ti, no te puedes imaginar hasta qué punto…

Alicia cayó en la cuenta de que lo que ella estaba escuchando era una conversación telefónica, posiblemente con alguien de su entorno vecinal que tenía un teléfono inalámbrico de los antiguos que carecía de protección de frecuencias, captando su radio de forma casual la frecuencia en la que emitía.

Aquel sujeto parecía tener una vida francamente interesante. Alicia sospechó de su doble vida: con una novia formal, por un lado y una amante a la que veía furtivamente, por otro.

Alicia se abstuvo de mandar a la basura el aparato, al contrario, se convirtió en una de sus principales fuentes de entretenimiento. Lo primero que hacía al llegar a casa era encender la radio y lo último que hacía al acostarse era apagarla. Empezó a conocer al dedillo la vida de aquel hombre, no sabía siquiera como se llamaba el ocasional locutor, sólo contaba con la parte de conversación que podía escuchar gracias a él: su azarosa relación con ambas mujeres, su trabajo, sus dudas…

No se hacía a la idea de cual de sus vecinos podría ser el tal sujeto. Por otra parte, el edificio estaba compuesto de un centenar de pequeños apartamentos, cualquiera que se cruzara con ella en el ascensor podría ser. ¿Lo reconocería por la voz?

Aquel hombre era un pendón en toda regla. A dos meses de casarse con una tal Luisa, su novia formal, compaginaba a la perfección esta relación con un rollo continuado llamado Amanda. Con Amanda quedaba a altas horas de la noche y casi siempre en el apartamento de éste, dado que Amanda arrastraba a sus espaldas lo que parecía ser otra relación seria y formal con un novio de toda la vida.

Alicia se lo pasaba en grande como oyente, era mejor que ver la televisión. El argumento del culebrón radiofónico había enganchado a Alicia que, pegada a la radio, pasaba largas horas ejerciendo como “écouter”.

Su locutor era un asiduo al sexo telefónico con su amante y Alicia escuchaba con toda atención aquellas mutiladas conversaciones que se sucedían noche tras noche. Al principio, con curiosidad, pero poco a poco, se fue introduciendo en la historia y no pudo evitar participar en ella por culpa de la excitación que le causaba. El audioerotismo se convirtió en su principal afición y vicio. Las conversaciones siempre comenzaban de la misma forma, Él, no era precisamente un tipo imaginativo, pensó Alicia.
-¿Qué llevas puesto hoy?
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-Levántatelas. Quiero que tus manos rocen tu tanga.

Alicia, sentada en su butaca, se imaginaba que era él el que le estaba hablando y la excitación comenzó a recorrer todo su cuerpo. Por inercia, subió su camisón y dejó que sus manos se acercaran a sus muslos.
-Me acabo de bajar la cremallera de mis pantalones. Mi polla está dura, dispuesta a que me la comas. Tengo mis huevos a punto de reventar, estoy jugando con ellos, agarro con fuerza mi verga. Bájate la tanga, tócate para mí, piensa que mi lengua está entre tus piernas y mi saliva recorre tu vulva.

Alicia, obedientemente se despojó de sus bragas y su mano comenzó a recorrer el corto camino que ya sabía de memoria. Su sexo sin vello comenzaba a dar señales de vida, la inflamación de su clítoris gobernó sus movimientos y sus dedos, habilidosos y maestros onanistas, abrieron sus labios mayores y lentamente penetraron su sexo acuoso y lábil. Mientras, seguía escuchándole.
-Venga, desnúdate del todo………. más fuerte…..quiero oír tus gemidos. ¿Escuchas como muevo mi mano pajeándome? Es por el aceite.

Alicia seguía interpretando a la perfección el papel de apuntador, oculta tras las bambalinas. Se desprendió fogosamente y con prisas de su camisón y sus pechos pasaron a ser el objetivo de sus manos. Alicia quedó desnuda y sentada con las piernas abiertas, sobre los brazos de la butaca.
-Sigue….Quiero oír como te masturbas, sóbate las tetas, imagina que son mis manos las que las magrean. Pellízcate los pezones, con fuerza.

Alicia se adelantaba a las órdenes que su esporádico “amante” les daba. Continuó con sus toqueteos, cada vez más frenéticos, ya no era ella. Su sexo, rebosante de humedad, rogaba de más atenciones, ya no le importaba que aquel hombre jugara con ellas, que solamente fueran sus amantes, era su goce su principal objetivo. La tarea se acumulaba, sus pechos querían ser acariciados, su sexo, necesitaba de un ritmo continuo, su culo comenzó a abrirse haciéndose notar y Alicia, gemía mientras seguía escuchando aquella relación en la que estaba suplantando a la protagonista muda.
-Tengo la polla a punto de reventar, venga, quiero que tu sexo se la trague, mi pene desgarra tus entrañas con fuerza, así, sigue…

Alicia sobaba su cuerpo, su sexo era una terma y sus dedos, los mecanismos de la espita por donde destilaban sus flujos. Tan sólo bastaron unas acompasadas y vigorosas entradas y salidas en su coño para que Alicia estallara en palpitaciones mientras “su amante”, machacaba a través de las ondas su pene con fruición.

Tras la tormenta, la calma. Alicia volvió a su realidad, apagó el aparato después del nuevo capítulo radiofónico que acababa de escuchar y se fue a la ducha. Su cuerpo transpiraba con profusión el resultado de la batalla y sentía un ligero mareo debido al calor y al hechizo en el que se había zambullido.

Mientras el agua fría purificaba su cuerpo, decidió que su vieja radio de onda corta se había merecido el indulto eterno…