miércoles, 19 de septiembre de 2007

Chocolate negro



Alicia le dio un beso y vio como se alejaba, esta vez para siempre. Su relación con Pablo de un año de duración había sido un sube y baja y de mutuo acuerdo decidieron cortar, justo ese día, sábado, con esa lluvia fina cayendo lánguidamente y con esas nubes negras apostadas sobre sus cabezas. No tenían futuro alguno juntos y Alicia se había convencido de ello repitiéndoselo una y otra vez, de forma machacona y reiterada.

El sábado por la tarde la ciudad es un bullicio, los bares se llenan de gente, todos salen, todos parecen divertirse, todos parecen estar acompañados, pero Alicia se sentía más sola que nunca en ese momento. No quería volver a casa porque la sensación de ausencia y soledad se incrementaría, así que paseó sin rumbo fijo. Sus ojos se iban deteniendo en cada uno de los escaparates sin que ninguno de ellos le llamara especialmente la atención. Súbitamente, sus ojos se clavaron en uno de ellos, aquello que había expuesto en él era una auténtica orgía de chocolate: tabletas, bombones y pasteles del mismo ingrediente, presumían en aquel escaparate iluminado como un día radiante. Alicia era golosa, más que eso, y su pasión por el chocolate tenía algo de enfermizo. Pensó que en esos momentos de tristeza, una taza de chocolate caliente conseguiría levantarle el ánimo recién caído así que entró. El lugar estaba atestado de grupos de mujeres de edad avanzaba que gritaban más que hablaban sin ningún tipo de mesura, no pareciendo avergonzarse por resultar tan escandalosas.

Alicia encontró un rinconcito solitario en el que había una mesa vacía y allí se sentó. Abrió su bolso y se miró la cara: se notaba que había llorado, sus ojos rojos la delataban, así que cogió su barra de labios y se los pintó, era una forma de que el carmín predominara y resaltara sobre su triste rostro. Se acercó a ella el único camarero que había en el lugar, un hombre de unos 45 años, con una incipiente barriga y apenas unos mechones de pelo sobre su cabeza, la zona calva había ganado la batalla y proclamaba su victoria sobre aquellos solitarios cabellos.

-Quiero un chocolate, sin nada de leche, sólo agua, y cuanto más porcentaje de cacao tenga, mejor.
-Tengo hasta del 90%, quizás amargue.
-Dudo que hoy me amargue un chocolate…

El camarero, percibió la tristeza de Alicia y se acercó a la barra a prepararle de inmediato el chocolate. Volvió casi al instante y depositó la taza en la mesa donde Alicia se situaba.
-Las penas de amor se pasan pronto, ya lo verás.
Alicia, sorprendida, levantó su mirada hacia el camarero.
-¿Cómo sabes que es eso lo que me pasa?
-Muchos años observando a la gente… No hay que ser muy perspicaz.
-Es que acabamos de cortar, ahora mismo… hace un rato. -Alicia intentaba sostener sus lágrimas, una vez que empezara a salir una no pararía, siempre le pasaba. Así que cogió su taza de chocolate y sorbió de ella. -¡Está buenísimo!
-Bueno, yo no lo dudaba, jajaja. –Y se marchó al mostrador.

Alicia empezó a hacer visitas a diario a la chocolatería, y poco a poco, empezó a entablar amistad con el camarero, Carlos, era su nombre. Carlos, recién separado, parecía un hombre sensato, seguro de sí mismo, optimista, con un humor peculiar e inteligente y Alicia se sentía a gusto a su lado. La chocolatería cerraba pronto y Alicia iba siempre a última hora para poder conversar con él un rato mientras se tomaba su chocolate.

Lo cierto es que había algo que le excitaba de Carlos, quizás su seguridad, su capacidad para adivinar en todo momento lo que sentía y lo que pasaba por su cabeza, su destreza para hacerle mutar el humor y hacerle sonreír. Fue en una de esas noches de tertulia y chocolate cuando, tras mancharse Alicia su pecho con unas gotas del mismo y acercarse Carlos a limpiarlo con un paño, sus miradas se cruzaron y Carlos se atrevió a besarla. Alicia no le rechazó, al contrario. Volvieron a besarse y como si de una droga se tratara, requirió de nuevo sus labios y su lengua dulzona, así que los besos se repitieron, las lenguas se encontraron a gusto la una junto a la otra y en el local subió la temperatura. No es que estuviera enamorada de él, aún seguía pensando en Pablo, no tenía remedio, pero su beso le supo dulce, y quiso más. La chocolatería ya estaba cerrada y Carlos cogió su mano y la llevó a la cocina del local. Era pequeña, cachivaches y utensilios de cocina se amontonaban por todas partes. Como si de una película se tratara, quitó todo lo que había sobre la mesa, sentó a Alicia en ella y empezó a acariciar su cuerpo. Alicia cerraba los ojos para degustar las caricias que Carlos le proporcionaba y seguir disfrutando de esos besos dulces que cada poco recibía en su boca de él.

Carlos desabrochó la blusa de Alicia y ella poco a poco le fue despojando de su ropa. Quedaron desnudos, el silencio era total y la luz de la bombilla parpadeaba insolente pugnando por morirse en ese instante. Alicia se tumbó sobre la mesa y Carlos siguió recorriendo con sus manos cada centímetro de su piel, cada pliegue, el vello que se iba erizando a su paso.

Cogió una cazuela donde había dentro una cuchara de palo sucia y negra que hacía adivinar su contenido. Removió con la cuchara su interior, cogió un pincel de pastelero y lo untó. Alicia estaba a la expectativa, excitada hasta el extremo e intrigada por los movimientos de Carlos. Con el pincel rebosante de chocolate negro, fue pintando sobre Alicia un cuadro abstracto unicolor. Rozó sus pezones con él y Alicia sintió un cosquilleo en ellos, dibujó un laberinto desde cada uno de sus pezones, cubriendo casi completamente de negro sus pechos. Bajó el pincel por su abdomen, pintó un círculo alrededor de su ombligo y bajo hacia su vientre, cubriendo con chocolate el pubis rasurado de Alicia. Pequeñas gotas de chocolate resbalaban por su piel como lágrimas, extendiendo su dominio a otros lugares. Cada vez que Carlos untaba el pincel y lo depositaba en su piel, Alicia sentía estremecerse, una mezcla de calor y frío invadía su piel y notaba su sexo cada vez más inflamado y preparado para el postre. Carlos atacó su pubis. Abrió sus labios mayores, trabajaba con delicadeza, era exhaustivo, buen artesano y gran artista con el pincel. Pintó de negro su vulva, lentamente, haciendo que Alicia sintiera cada una de las suaves cerdas del pincel. Se atrevió a más, introdujo el pincel en su sexo, depositando una buena cantidad de chocolate dentro de él. El chocolate resbalaba hasta su culo.

Carlos observó su obra y pareció satisfecho. Dejó el pincel, se inclinó sobre Alicia y fue lamiendo cada uno de los pechos de Alicia hasta dejarlos otra vez igual de blancos, chupó su piel, succionó sus pezones, rozó con sus dientes el chocolate que ya se había endurecido. Bajó su lengua degustando el chocolate que había en su abdomen, se recreó con su ombligo, introduciendo su lengua para dejarlo de nuevo completamente limpio. Alicia jadeaba y se dejaba hacer. Carlos por fin llegó a su sexo, y allí se detuvo más tiempo. Su lengua era ávida, parecía no saciarse nunca y Alicia, moría con ella, sentía sus acometidas en su sexo, sus roces en su clítoris, la lengua de Carlos ardía y dejaba igual de ardiente las zonas por donde pasaba.

En ese instante, la bombilla se fundió por fin y quedaron a oscuras, únicamente entraba algo de luz procedente de las lámparas que aún no había apagado del mostrador. La oscuridad no era importante, daba igual, la degustación continuaba y Carlos, tras empacharse de chocolate, se tumbó sobre Alicia, besó sus labios empapados de chocolate y la penetró. Aún quedaba parte de chocolate en sus entrañas y el pene salía cada vez más oscuro en cada una de las acometidas. Alicia estaba pringosa, Carlos tenía restos del dulce elemento por todo su cuerpo, olían a chocolate, el perfume que Alicia solía llevar había dejado de predominar en su piel. Por fin, el chocolate que aún quedaba en el sexo de Alicia cambió su estado y se hizo más blanquecino, Carlos derramó su deseo en su interior, mezclaron sus palpitaciones y descansaron uno encima del otro.

Tras vestirse y mirar su aspecto, Alicia se despidió de Carlos y salió del lugar. Sólo los granos y los kilos conseguirían alejarla de aquella chocolatería y de su dueño…