sábado, 22 de diciembre de 2007

La cena de Navidad

Hacía frío, tenía los pies doloridos y ya empezaba a estar cansada de buscar infructuosamente. La ocurrencia de su jefe no podía haber sido más peregrina: celebrar la ya tradicional cena de Navidad de la empresa de todos los años disfrazados de gatas y perros. De buena gana le hubiera dicho que le parecía una idea estúpida, como casi todas las que procedían de él, pero aún no las tenía todas consigo a la hora de que le renovaran el contrato. Lo único positivo de esa cena era que Arturo, del departamento de publicidad, acudiría también y tenía bastantes posibilidades de acabar en la cama con él. Ya habían tenido algún que otro escarceo en los servicios y en el almacén del material, pero la mala suerte y la casualidad habían evitado que aquellos encuentros no fueran más que una mera aproximación, unos fugaces roces robados al tiempo, demasiado poco para tanta pasión... Esa podría ser la noche perfecta para desquitarse y satisfacer al fin sus deseos. Arturo, como todos los integrantes de su empresa, acudiría sin su pareja, no había que desaprovechar la ocasión.

Pero no iba a ser tan fácil encontrar un disfraz de gata. En estas épocas y a pocos días de la Navidad, las tiendas de disfraces estaban saturadas de vestidos de Papá Noel, Reyes Magos y alguna que otra Virgen despistada. Ni rastro de animales provistos de cola. Después de visitar cuatro tiendas, comprobó que había llegado demasiado tarde a todas ellas y que sus compañeros de trabajo habían arrasado con las existencias. Se había descuidado un poco, la fiesta se celebraba a la noche siguiente, necesitaba encontrar de inmediato algo que le valiera. Al pasar por delante de una sex shop detuvo sus pasos y tras dudar unos segundos, decidió entrar. Preguntó al encargado y ante sus secas indicaciones se dirigió a la zona donde se exponían las prendas de ropa y lencería.

Allí había de todo, pero pocos disfraces: corpiños dorados, vestidos transparentes, livianas tangas, antifaces, disfraces de criada, vampiresa y enfermera... Toda una variedad de prendas para incentivar la imaginación calenturienta de más de uno. Alicia deslizó sus manos por todas las prendas, reconociendo los distintos tejidos, sintió la fría seda resbalando entre sus dedos, el sugerente brillo del látex, los excitantes vestidos de cuero. Sus manos tocaron algo largo, negro y peludo. Cruzó los dedos y sacó la prenda de la percha: nada menos que un disfraz de sugerente felina con todos sus complementos; body negro, enorme cola y medias de rejilla. Unas orejas que bien podrían pertenecer a alguna conejita de playboy completaban el conjunto. Alicia lo miró una y otra vez, le dio la vuelta e intentó imaginarse mentalmente como le quedaría. El encargado le advirtió que iba a cerrar una hora para irse a cenar, ese día no tenía sustituto. Alicia sospechó que en esos instantes, no había nadie en las cabinas del local y sólo estaba ella. No se había dado cuenta de lo tarde que era. La talla parecía la suya, así que, al ver la impaciente mirada del encargado, optó por llevárselo sin probar. Por fin tenía su disfraz para la fiesta.

Al llegar a casa, comprobó con agrado que Arturo le había dejado un mensaje: ya tenía su disfraz de perro bulldog dispuesto a enfundarse en él y atacar con su robusta mandíbula a una gata indefensa como ella. La fiesta prometía. Cenó y se acostó pronto, quería estar radiante para al día siguiente.

El día trascurrió a un ritmo vertiginoso, la jornada de trabajo discurrió sin apenas darse cuenta y por fin llegó la noche. Alicia llegó a casa, se duchó y comenzó a ponerse el disfraz. Las medias de rejilla hacían sus piernas largas y atractivas. El body de satén negro era visualmente provocador, tanto por su generoso escote como por su descarado remate trasero que dejaba sus nalgas completamente al aire, imposible llevar ropa interior debajo sin que se viera. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de un pequeño detalle: no sólo quedaban a la vista sus nalgas, la estrechez de la tela en la entrepierna era tal que se observaban con toda facilidad sus labios mayores a poco que se agachara. El disfraz que había comprado era de gata, pero de gata callejera. Tendría que mantenerse en posición erguida durante toda la celebración a no ser que quisiera conocer profundamente a todos los compañeros masculinos de la plantilla.

Se colocó las orejas de peluche y el antifaz, comprobando que tenía visión suficiente como para caminar sin darse contra ninguna pared. Se le echaba el tiempo encima así que pintó con rapidez unos largos bigotes en su cara, cogió el abrigo y salió velozmente de casa.

Al llegar al restaurante comprobó el sorprendente impacto de su vestimenta: ni un solo perro que pasaba a su lado quedaba indiferente. Sólo confiaba en no tener que recoger nada del suelo para no ser la gata más conocida de su empresa.

El pastor alemán que charlaba con una jocosa siamesa tenía que ser el jefe de ventas, le delataba su oronda barriga. El caniche que llevaba gafas encima del antifaz era el contable, no cabía la menor duda. La gata persa tenía que ser Lucía, la secretaria del señor gerente, su disfraz parecía haber hecho incrementar por dos su ya enorme trasero. El dálmata apostado con una copa de vino en la mano que no paraba de tocarse la cola era Felipe, el encargado del almacén y asiduo lector de revistas porno.

Su jefe, disfrazado de doberman, hablaba con una escuálida siamesa, Alicia sospechaba que se trataba de María, su secretaria de dirección, y según rumores, con la que parecía que había tenido alguna aventura en horas de trabajo.

Alicia miraba a uno y otro lado pero no veía a Arturo por ninguna parte, ningún bulldog a la vista o nadie que se le pareciera, así que optó por sentarse entre dos perros a los cuales no fue capaz de poner nombre, ni siquiera respondían a sus preguntas. Quizás tenían un grave problema de audición o formaban parte del departamento de recursos humanos, que inmutables al pie del cañón hacían oídos sordos a todas las quejas de sus empleados.

Cuando ya se hallaban sentados en su mayoría todos los asistentes, apareció el bulldog que esperaba. Se colocó en una de las mesas que aún tenía sitios libres. Alicia le hizo un pequeño gesto para que supiera donde estaba, pero ni siquiera se fijó en ella, parecía muy apurado por haber llegado tarde.

La cena trascurrió entre chistes, maullidos y algún que otro ladrido subido de tono. Los camareros miraban al grupo entre risas y realmente debían de pensar que la cena no la había contratado una empresa, sino un grupo de chalados recién salidos del manicomio que celebraban de esa forma su liberación de la camisa de fuerza.

Tras la cena vino el baile. Dos camareros dirigieron a la comitiva a una de las salas donde un pinchadiscos comenzaba a poner música discotequera. Alicia no tuvo más remedio que bailar con más de un insistente compañero, pero seguía con la mirada a su bulldog, que ahora charlaba amigablemente con otra felina negra. Sintió celos y algo de mal humor por no haber tenido siquiera el detalle de saludarla, así que ni se dignó en acercarse. No iba a ser ella la que fuera en su busca.

La bebida caía y todos tenían cada vez más dificultades para mantenerse en pie. Gatos y perros se habían dispersado y ya se había formado más de una extraña pareja que intentaba esconderse de miradas ajenas. Alicia empezaba a ver borroso, había bebido demasiado, pero a pesar de todo se dio cuenta de que al lado de los servicios, dos gatas se lamían y acariciaban sin ninguna mesura. Intentó observar disimuladamente sus movimientos y descubrir quienes eran, pero no fue capaz. Una de ellas acorralaba a la otra, descubría sus pechos con el tacto de sus manos, rozaba con una de sus piernas los muslos de su compañera y Alicia incluso se imaginaba como ronronearían. Era excitante y morboso contemplar a ambas. Dio media vuelta intentando evitar ser indiscreta, pero sus ojos esta vez se quedaron fijos en un sorprendente hecho: una de las mesas en la que se habían colocado las bandejas de canapés tenía vida propia, los cubiertos depositados encima brincaban y el mantel parecía estar sometido a una corriente de aire. Alicia se agachó todo lo que pudo y pudo comprobar que debajo, un perro salvaje parecía estar entreteniéndose con una gata blanca. El hermoso culo y los sonrosados labios mayores de Alicia pudieron verse en ese momento con toda nitidez por todos los allí presentes. Alicia no se dio cuenta de que era el centro de atención. Ni siquiera el largo rabo negro que llevaba le cubría lo más mínimo. Seguía agachada, bebiendo su copa y pensando que la cena de empresa se empezaba a convertir en una orgiástica celebración. El tono de la fiesta había subido de nivel y también el de su excitación. Alicia se había dejado contagiar por la alegría del momento y ante la llegada de unos cuantos perros atraídos por la visión con la que les había deleitado, no dudó en echarse a los brazos de uno de ellos y juntar sus labios a los de él.

Por fin el bulldog se acercó a ambos, Alicia se olvidó del perro al que espontáneamente acababa de besar, de los demás canes que pululaban a su alrededor y se llevó a su posible compañía de cama de esa noche a una de las pocas esquinas discretas que aún quedaban libres. El ruido era ensordecedor y era inevitable gritar para ser oídos.
-Tenía ganas de estar contigo.
-Eres una gata realmente sexy. Me gusta como vas.

El bulldog reconoció la suavidad del satén con sus dedos y se paró en sus pechos, los acogió en sus manos y sintió una erección al sentirlos libres de ataduras. Acercó sus manos a sus nalgas y atrajo el cuerpo de Alicia hasta sentir todo el calor que manaba de ella. El disfraz tenía la holgura suficiente como para impedir que su miembro no siguiera una trayectoria ascendente. Se acercó aún más, hasta sentir su pene latiendo entre las piernas de Alicia.
-¿Te vienes a mi casa? –Dijo Alicia entre jadeos.
-No, mejor aquí, puede ser divertido…

Alicia miró a su alrededor y observó que la fiesta había degenerado en un gran bacanal. Sólo los más viejos del lugar se habían retirado hacía tiempo. Observó a su jefe besando sin control a su secretaria, al señor contable, que observaba con todo detenimiento los juegos sexuales de una pareja vencida por el alcohol, a Felipe, que, como en una de sus revistas, se masturbaba compulsivamente al ritmo de la música. Ella misma se había olvidado de todos sus prejuicios y ahora dejaba que Arturo se la comiera a mordiscos como si de un sabroso hueso se tratara. Éste había conseguido encontrar un hueco entre el pelaje para sacar su miembro y ahora luchaba por insertárselo a Alicia, que a pesar del alcohol aún sentía ciertos recelos en continuar. Sus pechos, fuera del body, vibraban cual gelatina con cada uno de los magníficos empujones con que Arturo la comenzó a torturar. Alicia cerraba los ojos, dejándose envolver por el goce de tener aquel miembro en su interior resbalando por su gruta oscura y húmeda, y los volvía a abrir al instante para volver a la realidad. Fue en ese momento de apertura visual cuando vio que en el otro extremo de la sala había otro bulldog, distinto al que gozosamente le atacaba. Quitó el antifaz del que la poseía y descubrió con horror que no era Arturo. Su compañero de juegos hizo lo mismo, quedando igual de confuso y sorprendido que ella. Ni siquiera sabía su nombre, debía de ser Iván, uno de los nuevos técnicos recién llegados de la empresa matriz. Pero el desconcierto duró tan sólo unos segundos, ni Alicia ni Iván, parecían estar dispuestos a quedarse en mitad de la función. Tan sólo unos empujones por parte de éste bastaron para que la excitación supliera sus prejuicios. Iván lo estaba haciendo muy bien, demasiado bien como para parar…

Alicia sentía estar en el momento cumbre de su excitación, miraba a su alrededor y flotaba como en sus sueños nocturnos. A su alrededor, el sexo era la palabra principal, el motor de la fiesta y el que seguía provocando peculiares parejas unidas por la lujuria. Al día siguiente nada se recordaría, nadie haría la más mínima referencia a lo vivido y más de uno se abochornaría sólo de pensar lo que había hecho por culpa del alcohol y de los extraños efluvios hipnóticos que parecían manar en aquel local.

En ese momento, Arturo, que había observado a Alicia de lejos, se acercó sin ánimo de interrumpir a la pareja sino más bien de unirse a ellos, comenzó a acariciar los brillantes y acalorados pechos de Alicia, a palpar sus nalgas, besar y mordisquear sus labios. Alicia se sentía en otro mundo, estaba con dos hombres a la vez, uno de sus anhelados sueños, la sensación de varias manos masculinas en su cuerpo fue superior a lo que ya podía aguantar. Sintió una explosión de palpitaciones que recorrió su cuerpo, mientras Iván, excitado por la presencia de Arturo, sacó su miembro y masturbándose, eyaculó sobre su disfraz.

Arturo sustituyó a Iván como pareja de Alicia. Ésta comenzaba a sentirse algo mareada tras el orgasmo, pero no por ello iba a descartar a su nuevo acompañante. Arturo era más suave en sus movimientos, menos rudo en sus empujones y su miembro era algo más grueso. Alicia sentía aquel tronco entrando y saliendo de su sexo mientras Iván, apoyado en la pared, observaba con detenimiento a los dos.

Un ruido ensordecedor proveniente de los altavoces hizo parar a la pareja por un instante, el pitido era tremendamente agudo y los tres tuvieron que tapar sus oídos. Era cada vez más fuerte y desagradable. Parecía que el pinchadiscos tenía un grave problema de acople.

Alicia abrió los ojos y paró el despertador con furia: eran las seis de la mañana y tenía que ir a trabajar. Vio su disfraz de gata en la silla, sintió la humedad entre sus piernas, el sofoco en su rostro y sonrió. Había tenido uno de los sueños más excitantes de toda su vida. ¿Acaso se convertiría en realidad esa misma noche?




2 comentarios:

Lydia dijo...

Mira que hay formas de plantear como sucedería un rollete de empresa, de esos que siempre están ahí, facilones, naturales, en cambio el tuyo supera con creces cualquiera de los imaginados,porque le has añadido toda la sal y la gracia. Convertir a perritos y gatitos esos encuentros y hacerlo con ese arte tuyo, es sublime y supremo a la vez.

Pav- dijo...

el arte tiene mucho

sex shop