viernes, 7 de marzo de 2008

Fiebre de viernes en la noche (Por Margarita Ventura)


Nuevo relato de mi amiga Margarita Ventura, esta vez con una historia plagada de descripciones explícitas, visuales y muy excitantes. Mi enhorabuena para ella. Espero que os resulte placentera su lectura...



La otra noche lo oí llegar muy tarde. No me moví de la cama, no quería que supiera que estaba despierta, aunque no entiendo cómo no captó que fingía dormir: con el alboroto que hizo hasta una piedra hubiera despertado.

Abrió y cerró la puerta del dormitorio sin ningún sigilo. Sus botas taconeaban fuerte el piso de madera flotante, haciéndolo crujir. Se quitó el reloj y el anillo y lo estrelló desde lejos en la mesita de noche.

Caminó hasta el cuarto de baño, encendió la luz que me hizo fruncir el ceño y apretar los párpados. Sin cerrar la puerta abrió la ducha y se dio un baño corto. Se lavó los dientes, se peinó el cabello con los dedos y vino a acostarse.

Yo estaba molesta, como todos los viernes. Harta de sus salidas “sólo para hombres” que, según me juraba, eran sólo para jugar póquer o ver algún partido en el plasma de sesenta pulgadas de su amigo Alex.

Eso de los viernes para él y los jueves para mí –“Ladies Night”- había sido un acuerdo pactado incluso antes de decidir vivir juntos. Pero… ¿cómo hacía cuando las ganas de hacer el amor venían justamente el viernes por la noche?

Los últimos meses se había convertido en un hábito, casi un ritual. El se iba directo del trabajo y yo aprovechaba la soledad del departamento para “consentirme”. Abría una botella de Cava, tomaba una lata de almendras, aceitunas o lo que tuviera a mano y me llevaba mis provisiones hasta la bañera. Encendía velas aromáticas, ponía música “chill out” y me entregaba a las caricias del agua tibia y jabonosa abrazándome la piel.

Las burbujas de jabón hacían sobre mi piel el mismo efecto que las del vino en mi cabeza. Me encendían, me excitaban, y sin darme cuenta cómo ni cuando, me encontraba a la vuelta de una media hora, acariciando mi pubis y recorriendo con mis manos mis pezones duros y flotantes.

Mi piel se tornaba tan sensible que podía sentir el recorrido de cada burbuja buscando la superficie, rozando intermitentemente mis nalgas, la cara interna de mis muslos o mi cintura.

El agua bien caliente y la reacción de mis músculos contraídos provocaba un ligero sudor que me perlaba el rostro. Se me antojaba verme como una virgen de cera, iluminada por las velas en un altar pagano.

Mis fantasías eran de lo más variadas. Comenzaban siendo inocentes, pero el ritmo frenético de mi mano en el clítoris subía también la clasificación de mis pensamientos, para luego de muchos orgasmos, terminar indefectiblemente pensando en Tom, necesitándolo, ansiando urgentemente la penetración de su inmenso miembro, sacando el resto de mi lujuria para diluirla en el agua hasta soltar el tapón y dejarla correr en centrífuga fuga.

En mi imaginación habían duetos, tríos, orgías descomunales, mujeres, negros esclavos, animales con rostros humanos y una variedad infinita de juguetes, algunos de los cuales, ni siquiera creo haber visto alguna vez. Pero siempre… SIEMPRE necesitaba a Tom y sus demoníacas embestidas, llevándome al inicio de los tiempos, al comienzo de la vida, donde todo era uno y nada era pecado.

Horas después lograba calmarme, reunir fuerzas para salir de la tina sin tropezones mortales, colocarme la bata de paño y caminar a tientas hasta la cama. La botella de Cava que llevaba entre cabeza y pelvis, hacía su trabajo, abandonándome en un sueño profundo y aletargado que sólo era interrumpido con la llegada de Tom, muy tarde en la noche.

Era difícil despabilarme después de tamaña batalla. Por eso me hacía la dormida y Tom creía que realmente me despertaba cuando, después de una dedicada sesión de besos en el cuello y la oreja y caricias magistrales en mi entrepierna, encontraba, como quien no está buscando, mi clítoris. Yo me retorcía y me daba vuelta entre las sábanas para recibir lo que durante horas había estado esperando.

Llegaba así el momento de la verdadera culminación, el acto último de mi ópera. Tom, recostado detrás de mí, hurgaba con su lengua el lóbulo de mi oreja izquierda mientras me masturbaba suave y rítmicamente. El sonido de su respiración tan cerca y el chasquido de su lengua ensalivada me producía un cosquilleo eléctrico a lo largo de la espina dorsal, convirtiéndome en una aprendiz de contorsionista. Su dedo medio frotaba mi clítoris, al tiempo que el pulgar masajeaba mi ano, distendiéndolo. Poco después, su dedo medio penetraba en mi vagina, empapada y lista para recibirlo, y su pulgar entraba y salía acompasadamente de mi culo, haciendo un ruido similar al de las botellas de refresco cuando se le hace lo mismo que me hacía Tom a mí.

Tom podía hacer eso por horas, y cuando ya estaba al borde, me daba vuelta para encontrar su portentoso falo que nunca dejaba de impresionarme. Su aliento mentolado, su olor a jabón de avena, sus mechones de pelo goteando sobre mi cara, cada detalle era para mí una razón más para excitarme hasta el límite.

Cuando finalmente Tom decidía penetrarme, tanto él como yo estábamos exhaustos, de a toque, listos para entregar en un gemido largo y profundo el más intenso de los orgasmos.

Su semen y el mío le daban la bienvenida al amanecer. ¡Menos mal que es sábado! Tom me ovaciona con un largo beso y un “te amo” sin aliento. Yo me doy la vuelta y le respondo: “Odio tus viernes por la noche…”

Margarita Ventura


2 comentarios:

CresceNet dijo...

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Lydia dijo...

Siempre interesantes tus palabras y todo lo que envuelven, desde la sensación de la soledad, las fantasías envueltas en cava y el placer al que no se puede renunciar.