miércoles, 19 de septiembre de 2007

Graciela (ganador del primer concurso de Relatos Eróticos Universidad Jaume I de Castellón)

"Pasión" Ilustración: Rafael Robas
Puedes escuchar la versión teatralizada del relato a cargo de Vox Uji Radio



Graciela tenía un encanto especial, los que la tenían cerca lo sentían, lo percibían. Su visión era inspiradora, hipnótica. Sus bellas formas redondeadas, su rubio pelo recogido descuidadamente en una coleta, sus grandes y azules ojos que incitaban a descubrir sus secretos, sus enormes y voluptuosos pechos que, agobiados por la tela que les encorsetaba, suplicaban por un respiro. A su lado olía a flores, a trigo mojado por la lluvia de primavera, a césped recién segado.

Graciela llegaba cada día a la oficina alegre y cantando siempre la misma melodía, saludaba a mi compañero Antonio y me saludaba a mí. Siempre pensé que a mí también me sonreía, llegaba a percibir algo más que un saludo, o quizás era mi imaginación la que se convencía de ello. Antonio y yo nos quedábamos hasta tarde en el banco, siempre había tarea por hacer, papeles que preparar para el día siguiente. Nuestras jornadas eran agotadoras, extenuantes, pero era nuestro trabajo, no había escapatoria posible. Yo llevaba ya diez años en la misma sucursal, y de día en día, mi aburrimiento era mayor, la rutina me superaba, el hastío de ver cada día las mismas caras tan cansadas como la mía trabajando a mi lado crecía de día en día. La sucursal estaba en un pueblo, ni muy grande ni muy pequeño, extremadamente rico, eso sí, gracias a sus viñedos y sus vinos. Un pueblo al fin y al cabo a pesar de todo, allí vivía yo, o mejor dicho, malvivía. Pero todo cambió cuando ella llegó, apenas unos meses antes. No podía haber nada mejor en esta vida, ver a Graciela cada tarde cuando llegaba, con su bata blanca, sus curvas generosas, su sonrisa en la boca y una melodía que me envolvía.

Era bella, hermosa, no cabían menores adjetivos para ella. Iluminaba la oficina al entrar, yo seguía sus movimientos, sensuales, turbadores de mi conciencia. Todo lo relacionado con ella me llamaba la atención, su forma de cantar, de coger la escoba, de barrer moviendo sus caderas. Esas caderas me estaban llevando a la locura, mi concentración al verla cambiaba de objetivo, ella era mi fin, mi meta. Me hipnotizaba, era mi dueña en esos momentos, el traje me molestaba, la corbata era un suplicio y los números a los que me enfrentaba carecían de sentido. En esos instantes, los únicos números que me importaban eran los pasos que ella daba, las maravillosas veces en que se agachaba, las veces en que parecía que me miraba de soslayo. Sé que me miraba, en cada una de las ocasiones, mi corazón se agitaba, mi deseo por ella se despertaba. La deseaba más que a nada en el mundo.

Era insinuante y muy coqueta. Nadie podría haber llevado más dignamente aquella bata blanca, corta, muy corta. El día que entre los botones que comprimían su pecho vislumbré su desnudez, me mareé, Graciela no llevaba nada bajo la bata, sólo su cuerpo, sus volúmenes exquisitos. La bata era justa, demasiado para permanecer impasible a su lado, para no rendirse a sus encantos.

Era concienzuda en su trabajo. No dejaba ningún rincón por limpiar con su paño blanco, no dejaba ninguna esquina por repasar, ningún papel por levantar que estuviera sobre las mesas para limpiar por debajo. Al fregar el suelo, se movía como si fuera una bailarina, en vez de zapatillas rojas, zuecos blancos, en vez de tutú, una bata. Danzaba al son de su melodía, esa que no cesaba de tararear mientras permanecía allí. Las veces en que se agachaba, arrodillándose para luchar contra una mancha rebelde, yo moría. Su culo redondeado tensando la bata me dejaba sin saliva, sentía un nudo que atenazaba mi garganta. Ella frotaba el suelo una y otra vez, de rodillas, afanosamente, con tesón y ahínco. Mis ojos querían ver más de lo que intuían. De rodillas, su bata parecía encogerse, se atascaba en sus caderas, dejaba sus piernas a la luz, y, de vez en cuando, sus más secretos encantos eran víctimas de la indiscreción de la tela.

Mi compañero se iba antes que yo, él tenía una familia que le esperaba, yo no. No tenía prisa por irme, no en esos momentos mágicos con Graciela a mi lado. Mis pantalones, holgados, se llenaban con mi deseo, la quería entre mis brazos, quería conocer el sabor de su piel, descubrir la calidez de sus entrañas.

Cada noche en mi lecho me acordaba de ella. No había día sin que mi imaginación volara hacia su lado, sin que mi objeto de deseo, de culto, fuera ella. Soñaba con Graciela, me había embrujado, hechizado. Sus ojos y su cuerpo tenían poder sobre mí y sobre mi conciencia. No salía de mi cabeza, Graciela vivía en ella, allí era mía.

Los días pasaban y mi deseo por ella crecía, ansiaba su presencia, mis instintos se rebelaban contra mi paciencia. Enterré mi timidez enfermiza, empecé a mirarla, a sonreírla, me atreví a hablar con ella, del tiempo, del calor, sé que no era original, pero mi cabeza no daba para más. Era un comienzo.

De alguna forma, sentí que me tenía cada vez más en cuenta, su mirada parecía haber cambiado, su sonrisa parecía más íntima, sus movimientos más provocativos... Yo era un volcán a punto de erupcionar, una bomba que podría estallar en cualquier momento.

Poco a poco, fue cogiendo confianza conmigo y yo con ella. Se acercaba a mí cuando ya Antonio se había marchado, me preguntaba por mi vida, por mi trabajo, por mis amores pasados. Ella me escuchaba con gran atención, siempre con una sonrisa, con sus ojos bien abiertos. Me empezó a relatar su vida, sus fracasos sentimentales y su optimismo constante en todos los malos momentos por los que había pasado. Su economía marchaba mal, se había pluriempleado como limpiadora en numerosas oficinas, pero no tenía suficiente para vivir dignamente. Quise contratarla para que me limpiara mi apartamento, pero rehusó la oferta. Tras insistirle en repetidas ocasiones, aceptó ir un día por semana. Saber que Graciela iba a entrar en mi casa, que iba a dejar su halo y su olor me producían una inmensa excitación.

Y me enamoré de ella, perdidamente, aunque quizás, desde el primer día que entró por la puerta sentí esa sensación, esa desazón al ausentarse, esa angustia por no tenerla, esa felicidad al compartir el mismo aire. Así que la invité a salir, quería pasar más tiempo con ella, agarrarla de la mano y pasear por el pueblo a la luz de la luna. Fue el día en que me besó, fue un beso tierno, dulce, pegó sus labios a los míos y yo me emborraché con su roce. Despegó sus labios a mi pesar y me contestó con un “no, no puedo salir contigo”. Creí morir, pregunté si yo no le gustaba, si no quería ser mi amiga, mi amante, mi amor, pero ella sólo sonreía, me acarició la cara y acercó de nuevo sus labios a los míos.

Ese día no pude dormir, ni al siguiente, ni al otro tampoco. Yo la quería, la necesitaba, seguía insistiéndole cada tarde, pero ella volvía a reiterarme su respuesta. Yo sé que me quería, sus caricias en mi rostro, sus tiernos besos en mi mejilla con los que me obsequiaba alguna vez, tenían que significar algo. Percibía su deseo, que era a su vez, el mío.

Un día no pude más y mientras Graciela fregaba el suelo, me levanté, me fui hacia ella, la agarré por la cintura y la besé con ansiedad, con codicia de su lengua, de sus labios y de todo su cuerpo. Mi cuerpo se estremeció al sentir el suyo, mi miembro empezó a cobrar vida, la saliva empezó a invadir mi boca. Recorrí su cuerpo con mis manos, palpé sus pechos, sentí la anchura de sus caderas. Ella me abrazó, jadeó ante mis avances, me atreví a más, a quitarle uno de sus botones, a liberar sutilmente aquellos pechos que me trastornaban. Bajé mi boca y los besé, los mordí, los poseí. Ella se dejó, me reconoció con sus manos, apretó su pelvis contra la mía, respiraba agitadamente, yo más, aproximé mi mano a su sexo, quise colarme entre sus botones, pero me rechazó suavemente, “no puedo, hoy no…”. Se alejó de mí, se apartó unos pasos y cogió de nuevo la fregona. Intenté acercarme a ella, pero con una leve sonrisa, me rogó que no podía, ese día no, otro día…

Y me fui a mi casa, ardiendo en deseo por ella, pero esperanzado por su promesa. Olí mis dedos, olía a ella, a flores, a trigo mojado por la lluvia de primavera, a césped recién segado. Esa noche me masturbé recordando cada segundo a su lado, paladeando el sabor de sus pechos, de su boca. Soñé con ella toda la noche.

No sabía cuando llegaría el ansiado momento en que nuestros cuerpos se unirían, se fundirían, y mi tortura por la espera se aplacaría. Su negativa me confundía, sabía que me deseaba, lo sentí al estrecharla entre mis brazos. Busqué entre mis pertenencias aquella caja de preservativos que compré cuando salí con Mara, mi última amante, sabía que estaría casi entera dado que me plantó después de salir conmigo una semana para volver de nuevo con su novio tras llorarme su amor y confesarme su error por acostarse conmigo. Jamás olvidaré a ninguna de mis amantes, muy escasas para mi gusto, conservo un grato recuerdo de cada una de ellas en mi mente.

Encontré la caja y con pesar, vi que estaba caducada. No me había dado cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo desde la última vez que los usé, nunca fueron necesarios en mis reiteradas sesiones onanistas.

Al día siguiente me aproximé a la farmacia que había a cincuenta kilómetros de mi pueblo, no quería comprarlos en la farmacia del mío, todos me conocían, me saludaban y sabían que hacía mucho tiempo mis novias brillaban por su ausencia. Me sentí tranquilo en la farmacia de aquel desconocido, tardé un rato en decidir qué condones compraría, la variedad era infinita. Cogí los de fresa, los frutos me recordaban a ella. Eran como sus pezones, como su piel al erizarse ante mis caricias y como sus mejillas al sonrojarse de deseo. Los metí en mi maletín y volví al trabajo.

Pero Graciela parecía que quería guardar las distancias, ya no se acercaba a mí cuando Antonio se marchaba, sus respuestas ante mis preguntas eran parcas, su sonrisa parecía haber volado y su melodía no fluía de sus cuerdas vocales. Mis intentos por aproximarme a ella caían en saco roto, sentía mi corazón oprimido, no comprendía su actitud.

Los días iban pasando, caían uno sobre otro como losas, sentía que Graciela cada vez estaba más lejos de mí, la miraba y lloraba internamente mi amargura.

Aquella semana, el trabajo me desbordaba, Antonio había caído enfermo y los papeles me inundaban. Otro día trabajando hasta la noche, como siempre. Era final de mes y último día para pagar los impuestos. La gente aprovechaba justo ese día para cumplir con sus obligaciones. Yo tenía que revisar los impresos, repasarlos concienzudamente antes de enviarlos, eran cientos de ellos. Estaba cansado, agotado, ni siquiera me fijaba en Graciela, que seguía limpiando la oficina. Miraba la hora y maldecía a la empresa de seguridad, se retrasaba demasiado, no podía irme sin que se hubieran llevado antes el dinero de caja, como cada día.

Levanté mi mirada hacia Graciela y mis ojos se encontraron con los suyos, su mirada era distinta, dejó su fregona en el cubo y se acercó a mí, lentamente, desprendiéndose de la goma que sujetaba su coleta. Sonreía dulcemente. Yo me levanté como un resorte, alelado con sus movimientos. Me abrazó fuerte, apasionadamente, me perdí en su abrazo, nos besamos, me ofreció su boca abierta, yo la tomé con la mía, con mis labios y mi lengua. Graciela temblaba, su vello se erizaba ante el leve contacto de mis dedos. Poseí su largo cuello con pequeños mordiscos, comencé a desabrocharle su bata, cada botón que yo quitaba sentía el Paraíso cada vez más cerca. La bata cayó al suelo y ella me mostró por fin toda su desnudez. Quería que fuera mía, sabía que el vigilante estaba al caer, nos podría pillar, pero mi cerebro ya no funcionaba, era todo deseo y ansiedad por ella. Nos apoyamos en la mesa, nuestras caricias pasaron de suaves a nerviosas, yo necesitaba su cuerpo, ella, el mío. Bajé mis pantalones con su ayuda, por un instante, el sentido común me avisó y me acordé de los preservativos con olor a fresa, los busqué en mi cartera, le extendí uno, lo abrió y me lo puso con cuidado, recreándose con mi miembro, resbalando sus dedos hasta que lo dejó perfectamente colocado. Amasé sus pechos con mis manos y la hice mía, por completo, por fin. Nuestros gemidos resonaban en la oficina, intentaba rechazar de mi mente el peligro de ser descubiertos por el vigilante. El placer de sentirme en su interior superó mis miedos, nuestros movimientos seguían el mismo ritmo, cada vez más acelerado, más intenso, sabía que llegaba el desenlace, empecé a sentir sus espasmos aprisionando mi miembro, me abandoné por completo, sentía que me iba, que me corría, que perdía el sentido… y lo perdí.

No sé cuantas veces recordé aquella escena, cuántas veces la tuve que repetir bajo el flexo de aquella comisaría oscura y fría, cuantas veces intenté recordar por qué me desmayé, cuantas veces juré que yo no había tenido nada que ver con el atraco cometido esa noche en el banco. Yo no comprendía nada, no entendía por qué, las sacas utilizadas para meter el dinero del atraco estaban en mi casa, por qué ciertas pruebas, incomprensiblemente me delataban, por qué mis huellas aparecían en los sitios más insospechados. Lo cierto es que fui juzgado y condenado injustamente, mi nombre cayó en desgracia y yo, desde la celda de mi prisión, aún me acuerdo de ella, de Graciela, de mi amor, que desapareció sin dejar rastro para siempre. No la puedo olvidar, ya no la odio a pesar de que, tras lo ocurrido, la desprecié con toda mi alma. Todas las noches me acuerdo de las últimas palabras que me susurró al oído “te amo, perdóname”. Sé que no las he soñado, que fueron ciertas, que me lo dijo en ese mismo instante en que yo desfallecía. Graciela me amaba…

Cada noche cierro mis ojos y la veo venir, veo sus bellas formas redondeadas, su rubio pelo recogido descuidadamente en una coleta, sus grandes y azules ojos que incitaban a descubrir sus secretos, sus enormes y voluptuosos pechos que, agobiados por la tela que les encorsetaba, suplicaban por un respiro. Aún siento su olor, huelo a flores, a trigo mojado por la lluvia de primavera, a césped recién segado…