jueves, 15 de mayo de 2008

Mi dulce panadera


Cada mañana, antes de que el sol se pusiera en el horizonte, yo me acercaba a comprar hasta allí. Me gustaba saborear en mi boca de camino al trabajo un trozo de aquel pan recién hecho, escuchar el crujiente sonido que hacía al cortarlo con mis dedos, sentir como se derretía gracias a mi saliva. Era mi “buenos días” particular, la forma perfecta de comenzar una nueva jornada y saber que el rutinario devenir de los días me hacía simplemente feliz. De alguna manera, comer su pan era como abrazarla a ella, me excitaba la idea de pensar que antes había trabajado con sus finas manos la masa, que con mimo había moldeado su forma y que tras el horneado, lo había depositado con sumo cuidado en las gigantes cestas de mimbre donde los apilaba verticalmente.

El olor de su pan se olía en la distancia, emanaba una cálida fragancia del pequeño local que inundaba toda la calle desde su comienzo. Adoraba percibir desde lejos aquel maravilloso aroma. A medida que me aproximaba, sentía mi corazón bombear con más fuerza, advirtiendo que de nuevo volvería a estar a su lado a menos de un metro y mis pulmones se embriagarían con su esencia.

Me gustaba verla sonreír al entrar en su tienda. El horno encendido provocaba en la panadería una elevada temperatura, la misma que comenzaba a sentir yo nada más oír su voz, dulce, melodiosa y envolvente. Todo de ella me atraía, no era en absoluto una mujer de curvas pronunciadas, ni siquiera sus pechos eran grandes y carnosos, sus caderas eran tan sólo una leve curva en su camino y sus pechos, un recuerdo adolescente. Siempre llevaba un vestido azul claro de algodón, de manga corta, muy permisivo en cuanto a la visión que regalaba de sus piernas. Me gustaban, tenían el color de la corteza de su pan pero seguramente, la suavidad de su miga.

Nada más entrar y verla, notaba cómo me excitaba sin que nada pudiera impedirlo. Quería tocarla, sentir su piel, rozar sus labios con los míos y que fuera mía, aunque tan sólo fuera por unos instantes. La deseaba ardientemente. Me intrigaba su forma de mirarme, yo diría que pecaba de íntima y provocadora, o quizás ese era mi deseo.

Cuando salía de allí y los primeros rayos de sol comenzaban a acariciar la fachada de los edificios, me sentía feliz por haberla visto de nuevo. Era entonces cuando saboreaba su recuerdo con el pan que acababa de comprarle. Era un ritual. Mis dedos cogían un pequeño trozo de pan y mi boca, rezumante de flujos salivares, esperaba con impaciencia a tenerlo en su interior. Lo saboreaba con lentitud, le daba vueltas con mi lengua intentando imaginarme que era ella a la que degustaba. Su imagen aparecía en la calle, como incitándome a llegar hasta ella, despojarle con suma suavidad de su vestido y ver su pálida desnudez. Sus puntiagudos pezones eran prueba evidente de que no llevaba sostén, quizás nunca, dado su pequeño tamaño. A mí me daba igual, incluso mejor, me imaginaba disfrutando de uno de sus pechos dentro de mi boca, me veía succionando sus pezones, cosquilleando su piel hasta hacer que se derritiera por fin entre mis brazos. Lucía, que así se llamaba ella, permanecía en mi pensamiento el resto de la jornada y entre mis sábanas volvía a sentir la ansiedad por no tenerla a mi lado. Me acariciaba pensando que era ella la que lo hacía, me daba placer, imaginándome a ella haciéndolo. Quizás era una obsesión imposible de convertir en realidad, pero era mi dulce obsesión y con ella me gustaba vivir.

Era peor cuando su marido la acompañaba por las mañanas. Su sonrisa era más forzada, sus movimientos algo más bruscos y nerviosos. No me gustaba aquel hombre de gesto duro, barriga pronunciada y repugnante olor. La panadería sufría una transformación, parecía haber perdido la magia e incluso el pan sufría una triste mutación, lo sentía más gomoso y falto de sabor. No sé porque estaba con él, nada tenían que ver el uno con el otro. De acuerdo, los celos podían conmigo, no era mía sino suya.

Aquella mañana cuando entré en la panadería me encontré con que ambos estaban en medio de una discusión. Él gritaba con fuerza y justo en ese instante, la zarandeaba ante los ruegos de ella, que quería que la dejara en paz. Al verme llegar, me miró con desprecio, cogió su chaqueta y marchó del lugar dando un terrible portazo. Lucía me miró, tenía los ojos brillantes y sentí que me pedía a gritos que me acercara a ella a consolarla. Y lo hice. Me puse al otro lado del mostrador y mirándola con ternura, la abracé. Era un sueño hecho realidad, o quizás eran alucinaciones de mi imaginación. Acaricié sus brazos, le di un beso en su mejilla, y la estreché fuertemente. Ella no se apartó de mí, al contrario, sentí sus manos recorriendo mi cuerpo con curiosidad aunque con inquietud, nuestros cuerpos pegados compartiendo un mismo calor provocaron mi excitación y su respiración entrecortada, era muestra de que también la suya. Me atreví a acariciar sus muslos, a elevar ligeramente su vestido y tocar sus nalgas. Tenía razón, no llevaba ropa interior. Me gustó descubrir la forma de sus glúteos, como dos hogazas horneadas para ser degustadas hasta la plenitud. Descubrí la raja que dividía aquellos dos panes y me aventuré a pasear mi dedo por ella. Sus jadeos se hicieron más continuos. Sé que tenía miedo por lo que estaba haciendo, que era la primera vez, pero por otra parte, intuía que confiaba en mí. Seguí lentamente abriendo aquel regalo matutino. Mi mano continuó su viaje hasta su pubis, lo cubría una fina pelusilla. Lo mimé, lo rocé ligeramente mientras miraba sus ojos, los había cerrado y estaba más bella que nunca. Abrió sus piernas para mostrarme el camino, mi mano lo recorrió con cierto temblor, era una delicada joya entre mis dedos. Abrí sus puertas y me adentré en su interior. Oprimió mis dedos mientras elevaba el tono de sus gemidos. Comencé a mover mi mano rítmicamente, haciendo que mis dedos salieran rozando su clítoris, lo sentí inflamado y ardiente. Ella seguía de cerca mis pasos, aprendiendo a despojarse de sus ataduras. Nos quitamos la ropa mientras seguíamos conociéndonos. Era fácil hacerlo tras haber descubierto que teníamos los mismos deseos. Hice que se sentara en el mostrador, me arrodillé en el suelo y dejé que mi boca degustara lo que tanto necesitaba. Lamí su vulva, metí mi lengua en punta en su sexo, jugueteé con mis labios, mordisqueé con dulzura su clítoris. Sabía a su pan, a la levadura que echaba para que éste fermentara. Ella ya no gemía, gritaba de placer, tensaba mis cabellos y yo de rodillas, saciaba mi apetito. Sus rítmicos espasmos se sellaron en mi boca. Me levanté, su rostro reflejaba incredulidad por su atrevimiento, pero a la par sus ojos me decían que se sentía bien. También sus manos se expresaron, parecía sentirse cada vez más libre para moverse. Acarició mis brazos, beso mis pechos, lamió mi ombligo y se acercó hasta mi sexo, húmedo y suplicante de alivio. Acercó su mano y con algo de timidez, lo rozó, acarició mi vello, frotó ligeramente mis labios mayores y metió sus dedos en mi interior. Cogió uno de mis pechos con su mano, mientras masturbaba mi sexo hasta conducirme directamente al paraíso.

Ambas descansamos abrazadas y desnudas sobre el mostrador. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que no habíamos cerrado la puerta y cualquiera que hubiera venido nos habría visto. Para mí en esos instantes el resto del mundo carecía de importancia.

Salí de allí con mi barra de pan, como cada día. Mordisqueé un pequeño trozo y sonreí. El sabor del pan se había mezclado con el aroma que aún conservaba de su sexo y me pareció la mezcla más maravillosa del mundo. Caminé apresuradamente al trabajo, era tarde, pero nada me importaba más que volver de nuevo al día siguiente al lado de Lucía.

En ese momento me sentía la mujer más feliz del mundo.


9 comentarios:

__MARÍA__ dijo...

¡Hola!
He hecho referencia de tu blog en el mío si quieres te pasas a verlo.
Gracias
Un saludo

Lydia dijo...

De qué manera me adentré en al panadería, notando el calor, el aroma y las sensaciones que como siempre sabes describir como nadie...

Besito.

Carlos Martinez dijo...

Gracias Maria por mostrarme este blog. CReo que vendré mas a por el pan. Es que soy muy panero.

http://mishuevos.blogia.com/

arnand dijo...

Interesantísimo descubrirte... y excitante!

punksunidos dijo...

muy bueno el relat, me encantó. buena litaratura... cuéntame como un lector más...saludos!

Juan Carlos. dijo...

El pan con sabor a sexo. Sordido y exitante a la vez.

lightsky dijo...

Muy buenos tus relatos, atrapan

lightsky dijo...

Muy buenos relatos. Continúa escribiendo.

J.C. WENDIGO. dijo...

saludos. jajaja pe meti tanto y a la vez me perdi que nunca me percate de que era ella jajaja de los mejores que aunque pocos he leido en tu blogg, te felicito esta genial el unico detalle es que ya no puedo ir a comprar el pan sin ver a la chica que los bende sin recordarme de este ralato. felicidades.