martes, 18 de septiembre de 2007

La mudanza

Llegó pronto a su casa, ni siquiera podía decir que fuera suya, dado que un mes antes había firmado un contrato de arras con el que iba a ser su nuevo propietario. El camión de la mudanza estaba ya apostado en la puerta esperando su llegada. Alicia se acercó a la ventanilla del conductor.
-¿Lleváis mucho tiempo aquí? Siento haberos hecho esperar.
-No se preocupe, acabamos de llegar.

Del camión salieron dos hombres, uno de complexión delgada aunque musculosa, y el otro, algo mayor, de anchas espaldas. Sus cuerpos torneados se rebelaban contra la estrechez de sus camisetas, parecían estar al límite de su elasticidad. Aquel par de operarios desprendían feromonas masculinas por todos sus poros. Alicia sintió un cosquilleo interior mientras conjeturaba el resto de sus cuerpos desnudos. Abrió la puerta de la casa y la pareja fue cargando los muebles en el camión, trabajaban con rapidez y brío.

El frío de la mañana iba desapareciendo a medida que el sol se hacía dueño en el horizonte, era verano y comenzaba a hacer calor ya desde muy temprano. El esfuerzo de mover los muebles y cargar con las cajas, unido al calor sofocante provocó que ambos transportistas, Aníbal y Roberto, se quitaran sus camisetas, ya empapadas de sudor. Sus torsos desnudos brillaban y Alicia, que paseaba acalorada por la casa espiando sus movimientos, terminó quitándose su vestido y poniéndose un bikini que aún tenía a mano en uno de los armarios que iban a ser vaciados. Salió al jardín y con su manguera mojó su cuerpo ardiente hasta que encontró alivio. Aníbal y Roberto la miraban de reojo mientras seguían incansables con su tarea. El bikini era blanco y el cloro de la piscina lo había degradado hasta hacer que la tela transparentara descaradamente las partes cubiertas por él. Se intuía la raja de su trasero y sus oscuros pezones. Ella se daba perfectamente cuenta de esto último, pero le excitaba ser una provocadora nata, le gustaba saberse mirada y deseada por aquellos dos hombres. Tras ducharse con la manguera, el relieve de su intimidad se hizo más notorio.

La pareja de trabajadores no podía parar de observarla y sentían crecer entre las piernas sus miembros hasta ese instante relajados. Los muebles iban desapareciendo de la casa al mismo tiempo que se iba llenando el camión. Alicia se puso un instante su vestido y se dirigió al bar de la esquina en busca de unas latas frías de cerveza para ofrecer a sus esforzados muchachos.

-¿Os apetece algo frío? –Dijo Alicia nada más entrar en la casa esbozando una pícara sonrisa.
-Muchas gracias -respondió Aníbal- nos vendría muy bien, estamos sudando a chorros.
-Bueno, os puedo ofrecer una ducha rápida con la manguera del jardín, tengo toallas para dejaros.
Alicia miró a ambos insinuante, sus duros pezones bajo la tela eran sólo una pequeña muestra de la excitación que iba arrastrando de toda la mañana, ensoñando escenas morbosas y tórridas con uno y con otro.
-Aceptamos esa manguera, este calor nos está matando y aún tenemos para rato.-contestó Aníbal rápidamente.
Aníbal, el de anchas espaldas, era el más descarado y decidido, el que llevaba la voz cantante. Roberto le iba a la zaga.

Lo que no se esperaba Alicia es que Aníbal comenzara a quitarse los pantalones delante de ella. Mientras lo hacía, le miraba insolentemente a los ojos y a los pechos, alternando su objetivo. Ella se quedó allí, de pie, inmóvil. Pensó que con el tiempo se había convertido en una desvergonzada, pero no podía remediarlo. Le gustaba curiosear, probar nuevas cosas, le encantaba provocar situaciones comprometidas. Y esa precisamente, era una de ellas. Roberto se había ido a otra habitación y Aníbal se quedó semidesnudo delante de Alicia. Se intuía un prominente paquete bajo los calzoncillos blancos “de los de antes”, que sorprendentemente, aumentaban su atractivo.

El ruido del agua saliendo por la manguera comenzó a oírse al otro extremo de la casa, prueba de que ya Roberto se estaba duchando. Mientras, Alicia y Aníbal seguían uno enfrente del otro, mudos y plenos de deseo. Alicia acercó la lata de cerveza a sus labios y pegó un trago sin dejar de mirarle. Sin querer, derramó parte sobre su pecho y el líquido fue resbalando por su piel. Aníbal, impulsado como por un resorte puso un dedo en medio de sus pechos, recogió unas gotas de cerveza y lo chupó golosamente. Alicia, le retó con su mirada a continuar, pero éste únicamente sonrió y se marchó al jardín.

Y allí se quedó ella, caliente, sola, rabiosa y roja de furia por la derrota. Seguía excitada a pesar de su mal humor, pero se abstuvo de seguir pendiente de ninguno de los dos, especialmente de Aníbal, al que intentó evitar el resto de la mañana. Salió de nuevo al jardín y volvió a remojarse con el agua de la manguera, pero esta vez para aplacar su calor interior, casi tan poco soportable como el que había en el exterior. Remojó sus senos, haciendo de inmediato, sus pezones se endurecieran, esta vez por el frescor, dirigió el chorro hacia su pubis y se deleitó con el gozoso cosquilleo que producía la presión del agua en su sexo.

Tras meter la última caja en el camión, Aníbal le extendió un papel y ella lo firmó sin ni siquiera levantar la vista. Se marcharon por fin y Alicia pasó por cada una de las habitaciones, revisando que no hubieran dejado nada por empaquetar. Cual fue su asombro cuando en un rincón de una de las habitaciones, semi cubierta por unos cartones, vio la caja de herramientas que habían traído los muchachos para desmontar los muebles. Intentó avisar al teléfono móvil que ellos le habían dejado, pero daba ocupado. Tendrían que volver antes o después por la caja o incluso pensó en acercarse hasta las oficinas de la empresa. La caja estaba abierta y multitud de herramientas que no había utilizado en su vida se apilaban unas encima de otras. Se permitió imaginar los posibles usos morbosos para algunos de los mangos, su aspecto era muy sugerente, gruesos, contundentes, ideales en su forma. Parecían ser muy manejables. Rivalizaban con alguno de los consoladores que había visto antes en las tiendas. En esos momentos de excitación, todo para ella estaba relacionado con el sexo. No pudo dejar de tocarse entre sus piernas pensando en lo que podía haber pasado con Aníbal si él hubiera querido: esos músculos de pecado, su torso brillante, esa espalda inabarcable, aquel bulto en sus pantalones digno de ser liberado... Se tumbó en las cajas desarmadas que habían sobrado y comenzó a masturbarse acordándose de él. Metió su mano por debajo del bikini y buscó su placer, untó sus dedos con la humedad de su sexo, y los metió y sacó de aquel lugar oscuro mientras amasaba sus pechos, aún mojados por la manguera. Cogió uno de los destornilladores, el más grueso que encontró, y con su mango fue dibujando en su piel la palabra “deseo” que era lo que sentía en toda su plenitud en ese momento, deseo de ser follada, deseo de ser penetrada, deseo de...

En ese momento y sorpresivamente, la vigorosa figura de Aníbal apareció por la puerta pillando a Alicia abierta de piernas, con una mano asiendo el destornillador y con la otra jugando con su sexo. Se acercó bajándose la bragueta y sin dejar que se incorporara, se tumbó sobre ella, agarrando sus brazos desnudos y lamiendo su piel que aún tenía sabor a cerveza. Cogió un pequeño cúter que había en la caja, ésta se asustó al verlo, pero Aníbal no dejó que se moviera, rasgó con él su bikini, dejándola completamente desnuda. Mordió uno de sus pechos y cubrió con su mano grande y llena de callos su sexo, gimiendo ésta con el rudo manoseo. Sacó su pene de los pantalones y la embistió sin más, empujando su verga muy profundamente, sintiendo Alicia un intenso placer al sentir en sus entrañas todo el instrumento carnal.

-¿Así te gusta verdad? Estabas deseándolo ¿no es cierto?
-Y tú también, de eso estoy segura…

Aníbal la embestía con toda su fuerza bruta, apoyando la manos sobre sus brazos adormecidos por la presión. Subió más las piernas de Alicia, sacó su pene y escupió sobre su sexo, extendiendo la saliva por toda la vulva. Cogió su falo con una mano y mientras volvía a escupir sobre su estrecho trasero, con un hábil movimiento atravesó el esfínter de Alicia, que sintió los primeros espasmos ante la nueva incursión. Las acometidas de Aníbal aumentaron, sintiendo la fuerza con la que se abría camino en su culo, destrozado de placer. Alicia se dejaba llevar por una sucesión de orgasmos, mientras oía en la distancia las palabras soeces y sucias que le regalaba ese semental. Los movimientos de Aníbal empezaron a ser discontinuos y sus jadeos aumentaron, estallando en un orgasmo que la inundó de leche mientras gritaba, "PARA TI PUTA..."

Cogió el destornillador que antes había estado en posesión de Alicia, restregó el mango por su coño y antes de guardarlo nuevamente en la caja, lo olió complacido.

Aníbal se levantó, se vistió, cogió la caja y se marchó tirándole un beso al aire, ésta permanecía semi tumbada encima de los cartones, jadeando, tratando de recuperarse de la salvaje experiencia, Pensó, mientras se le escapaba una sonrisa, que quizás no le volvería a ver en la vida, o tal vez sí, dado que aún quedaba la mudanza desde el guardamuebles hasta su nueva casa…