martes, 18 de septiembre de 2007

Ensalada de placer


No puedo dormir. Doy vueltas una y otra vez, a la derecha, a la izquierda. Imposible, no encuentro la postura. Acabo de leer uno de los relatos que me escribió Mario, el que fue mi amante, ¡quién sabe si volverá a serlo algún otro día!, con esa esperanza vivo. La vida da muchas vueltas, como una borrasca que gira sin cesar hasta que se debilita. El destino es juguetón, a veces se burla de nosotros, a veces se conmueve, concede o no nuestros deseos a su antojo. Nos tortura y odiamos nuestra mala suerte, que puede que en un futuro se transforme en una nueva oportunidad.

He de confesar que me encanta leer relatos eróticos, especifico, me apasionan los relatos pornográficos, me gustan las cosas claras, lo concreto, lo directo y lo explícito, sin tapujos ni tabúes. Si folla, folla, si se corre, se corre y si le dan por culo… que lo hagan bien, ¡por Dios! Mario, mi ex amante, lo sabía, sus relatos son así. Me cerca con sus palabras, no escapo a la excitación que hábilmente me provoca en cada línea. Sabe donde atacarme, cómo hacer que yo me sienta protagonista de la historia y cómo excitarme hasta el punto de que quiero liquidar el relato con prisas para masturbarme y conseguir relajar la cima de tensión que él me ha provocado.

Acabo de releer uno de sus relatos y pensé que sería capaz de dormir tranquila. Por una vez quería pensar que controlaría mis emociones, quería probarme a mí misma que Mario no tenía tanto dominio sobre mis instintos. No puedo. Me conoce demasiado bien. En cada vuelta que doy en la cama, siento las sábanas de raso, que me envuelven, que acarician mi piel, que se meten juguetonas entre mis piernas. Mis pensamientos me subyugan, se repiten, veo a Mario, le puedo sentir, tocar, oler, oigo su voz. Y empiezo mis devaneos conmigo misma. La profusión de mis espasmos en cada una de mis sesiones puede resultar envidiable. No opino lo mismo. Me gusta recrearme en el juego, alargarlo y que el placer no se evapore tan rápidamente. No es fácil. La contención es algo que ha de decidir mi cerebro, y en ese momento está bloqueado, ausente, derrotado por el desenfreno, que puede conmigo.

Puede que alguna mujer me desprecie por mis palabras, me es indiferente. Yo disfruto, quizás ella no, por prejuicios arrastrados desde la infancia o por lo que sea. Intuyo que hay otro tipo de mujeres que estarían conmigo, sé que cada vez somos más. Lo intuyo, porque en mi vida una mujer me ha hablado sin tapujos de la masturbación.

Sé que de nuevo, Mario ha conseguido lo que quería, me desprendo del camisón, me molesta, retiro las sábanas y enciendo la luz de mi dormitorio… No necesito oscuridad, me gusta la luz iluminando suavemente la habitación y verme en el espejo de mi dormitorio, desnuda, tocando mi cuerpo hasta sucumbir de placer. Contemplo mis pechos, ni grandes ni pequeños, me gustan. Mi pubis rasurado, con un mínimo triángulo de vello cual señal de peligro indicando mi manantial de placer. Me pongo de rodillas sobre mi cama, con las piernas abiertas y me empiezo a tocar, me gusta sentir el roce de mi piel. En ese momento daría cualquier cosa por tener a Mario, sola no es lo mismo, es un alivio para el cuerpo, pero las sensaciones no son comparables a pesar de tener un mismo fin. Me veo en el espejo y comienzo mi película, íntima y privada. Yo soy la protagonista y Mario el personaje invisible que la completa. Empiezo poco a poco, quiero aguantar, apurar hasta la última gota de placer que me agasajo.

Mis manos se desenvuelven a la perfección. Es su terreno, conocen la orografía de mi cuerpo, demasiado bien. Me tumbo boca abajo, me encanta poder subir mi pelvis para acompasar mis movimientos. El simple roce de la mano en mi sexo es suficiente para que éste se convierta en un manantial. Lo invado con mis dedos, pero me parece poco, son finos y largos. Quiero más. Me hastío del consolador, demasiado pequeño, demasiado flemático. Mi morbo me guía hasta la cocina, cojo un plátano, verde y engreído, recién comprado en el mercado. Está un poco frío, lo meto en el microondas. Veo como gira dentro de él. Lo saco, está caliente y me gusta tocarlo. Vuelvo al dormitorio y con mi fortuna en la mano, me vuelvo a tumbar. Esta vez boca arriba. Abro mis piernas, las subo y veo mi reflejo en el espejo. Con el plátano en la mano parezco una ramera viciosa, eso hace que me anime a continuar, que mi calentura vaya “increscendo”. Lo pelo, sólo un poco. La simple visión del plátano ya es morbosa, pero más cuando veo en el espejo como entra dentro de mí. Me gusta. Lo saco, lo meto, cada vez con más viveza. Me contengo. Es aún muy pronto para terminar de gozar. El plátano abre mis labios mayores, como una flor, resbala hacia mi interior. Lo siento muy dentro, lo aprieto con mis músculos para sentirlo más aún. Lo dejo salir. Mientras me veo en el espejo, pienso que es la mano de Mario la que me ayuda a meterlo dentro de mí. Puedo ver su cara mientras se afana en darme placer con el cálido instrumento frutal. Me lo empotra y lo saca, mientras me habla, me llama puta… Quiero culminar, no, aún es pronto. Retiro las imágenes de mi cabeza, demasiado rotundas para aguantar.

Me pongo a cuatro patas, veo mis nalgas subiendo y bajando, mientras el plátano se calienta más en mi interior, pierde consistencia. Lo descarto. Quiero más. Vuelvo a la cocina, busco, y enseguida encuentro lo que quería: un altivo calabacín, estoy inmersa en una orgía de frutas y hortalizas, me siento soberbia. Tras calentarlo vuelvo a la cama. Estoy consiguiendo lo que quería, alargar el proceso, disfrutar con calma del dulce momento.

Me siento en la cama, con las piernas encima de ella. El calabacín es enorme. Me sobo mis pechos, los amaso, siento que es Mario el que los toca. Me los agarra con fuerza, apoya sus manos en ellos cargando su peso, me corta la respiración… pero disfruto. En ese momento, el calabacín no encuentra impedimento alguno, la miel que fluye de mi interior asoma de entre mis piernas. Moja mi cama. El calabacín, entra, poco a poco, entero. Gimo de placer. No podré aguantar mucho. Me dejo llevar. Lo muevo frenéticamente. La imagen que se refleja es morbosa, sugerente, impresionante. Estallo en palpitaciones. En cada una de ellas, siento cómo atrapo el calabacín en mis entrañas. Restriego mi clítoris mientras sigo jugando con tan infinito elemento. Me vuelvo a ir, una y otra vez.

Me miro en el espejo, agotada, follada por mi imaginación. Mis ojos se cierran, aún tengo dentro mi instrumento de placer, me duermo sin remedio, desnuda y exhausta…