domingo, 20 de enero de 2008

Extraños gemidos en la oficina


El terrible dolor de cabeza ya duraba toda la mañana. Las sienes me palpitaban sin tregua alguna y tuve que prescindir excepcionalmente de lo que más me gustaba hacer mientras trabajaba: escuchar música. Guardé los auriculares en el cajón y continué con el dichoso informe, no era capaz de terminarlo debido al malestar.

Fue entonces cuando los oí, nítidamente. Dejé de teclear para intentar concentrarme en esos extraños sonidos supuestamente tan poco usuales en una oficina decente como parecía la nuestra. No podía distinguir claramente de donde procedían, pero no parecían estar muy lejos. Me encontraba perpleja y sorprendida y me preguntaba quienes podrían ser aquellos invisibles protagonistas. Estaba convencida de que eran de una pareja, a pesar de que tan sólo la voz de una mujer llegaba hasta mis oídos. No hablaba, tan sólo gemía y jadeaba de forma entrecortada. Imposible concentrarme en mi trabajo, mi imaginación hacía cábalas intentando averiguar quienes de mis numerosos compañeros podrían ser.

Me levanté y salí del despacho con mi pequeña botella de agua que siempre tenía encima de la mesa para aliviar la sed. Volqué el contenido de la misma en la horrible planta de plástico que algún decorador, en la actualidad con toda probabilidad en el paro, había decidido colocar como ornamento cuando reformaron el edificio. Era una lástima que no hubiera forma humana posible de acabar con tal derroche de mal gusto vegetal para siempre.

Me dirigí al expendedor de agua ubicado al fondo del pasillo. Si habitualmente dicho trayecto lo recorro en cinco segundos, esta vez multipliqué por diez el tiempo que necesité para tan corto paseo. Haciendo ejercicios de visión periférica, descarté todas las puertas abiertas y memoricé mentalmente las cerradas a cal y canto: la del despacho de mi querido jefe, la de mi compañera Claudia, la de Roberto, y la del almacén de material.

Tras llenar mi botella me centré en estos cuatro lugares. Intenté aguzar mi oído pero era incapaz de volver a percibir sonido alguno. Estaba claro que habían parado.

Trascurrida una hora comenzaron de nuevo a escucharse aquellos escandalosos gemidos y jadeos. ¡No podía ser! O se trataba de la misma fogosa pareja que no conocía el significado de la palabra “trabajar” o su integrante femenino, viciosa e insatisfecha, probaba suerte con otro compañero de juegos. Porque los gemidos eran de la misma mujer, de eso no cabía duda. ¿Acaso mi jefe llevaba una doble vida y aparte de su respetable existencia de decente casado se acostaba reiteradamente en horas de oficina con alguien de su personal femenino? ¿O sería Claudia, que había mutado y se había soltado la melena tras 40 años de impecable virginidad? Roberto, pelota incansable y penoso lameculos ¿se habría cansado de hacer reverencias y ahora se dedicaba a hacer otro tipo de ejercicios? ¿Sería el almacén de material un recinto de lujuria y perversión?

Cogí uno de mis expedientes situados sobre la mesa y con la excusa de comentarlo con mi jefe, comencé mis averiguaciones. Me dirigí a su puerta y llamé una vez, abriendo simultáneamente la misma. Ni siquiera pensé en la posibilidad de pillarle en un aprieto, lo único que pretendía era saciar mi hambrienta e inevitable curiosidad, nada que ver con la razón.

Volví a mi despacho y permanecí inmóvil por unos segundos intentando averiguar el correcto origen de los excitantes jadeos. La salida del aire del climatizador se convirtió en mi objetivo y a ella pequé la oreja. Los sonidos manaban de allí sin duda alguna, cualquier despacho podía ser en esos instantes el excitante lugar de procedencia de los mismos. Seguía con la incógnita.

Reflexioné de nuevo y concluí que el lugar más tranquilo para tan ardiente pareja tenía que ser el almacén de material, un perfecto nido para amores fugaces, así que me acerqué a él en busca de folios a modo de excusa. Pero la puerta estaba cerrada a cal y canto.
Busqué a Ricardo, el ordenanza.
-Ricardo, ¿me puedes abrir el almacén? Necesito papel.
-No se preocupe, tengo unos paquetes al lado de la fotocopiadora, ahora le traigo uno.

Quinientos folios de papel más tarde y ya en mi despacho, volví a escuchar aquellos incansables jadeos femeninos de la mujer cuyo nombre aún desconocía, tan sólo sabía de ella que no parecía avergonzarse lo más mínimo en gritar a pleno pulmón su sana excitación. El dolor de cabeza afortunadamente se había atenuado y mi curiosidad se había transformado en una sana envidia por no estar en esos momentos en una situación similar. Me levantaba nerviosa, volvía a sentarme, cruzaba mis piernas, las descruzaba, rozaba mis muslos acariciando levemente mi sexo.
Volví a levantarme, y esta vez, con el pretexto de estirar las piernas, me dirigí al despacho de Roberto. Allí estaba, sentado formalmente intentando hacer nuevos méritos para ganarse aún más la confianza de sus superiores. Le pregunté disimuladamente por nuestro jefe común y ante su desconocimiento me fui al despacho de Claudia en busca de respuestas. Desgraciadamente para ella, no era la protagonista sonora de aquellos gemidos, dado no se había movido en toda la mañana de su sitio.

Tenían que estar en el almacén de material, era la única posibilidad. Aprovechando la pausa que Ricardo hacía a media mañana para comerse el bocadillo, le sisaría la llave que tenía en el cajón de su mesa. En ese momento mi jefe apareció en escena acompañado de dos hombres perfectamente disfrazados de ejecutivos, imposible que ninguno de ellos tuviera la voz femenina que casi me sabía de memoria. ¿Y si procedían de algún despacho que se me había pasado de largo? ¡Quizás eran igual de descarados como fogosos y nada les importaba ser pillados in fraganti!

Ricardo bajó por el ascensor en dirección a la cafetería y yo, cual vulgar ladrona, volé en dirección a su mesa, no me podía quitar de la cabeza el almacén como punto de encuentro. Abrí el cajón y cogí nerviosa el manojo que contenía las llaves de toda la planta.

Miré a izquierda y a derecha y comencé a probar todas y cada una de las llaves. Era increíble que se siguieran oyendo aquellos jadeos sabiendo que alguien intentaba entrar dentro. Si la pareja se hallaba en su interior, o estaba extremadamente concentrada en su labor, cosa que comprendía, o se trataba de discapacitados auditivos.
-¡Hola Alicia! ¿Qué buscas? ¿Te puedo ayudar?
Pegué un brinco. Era José, otro de mis compañeros.
-Yo…nada. Bueno, buscaba papel y Ricardo no estaba…
-Espera mujer, que sé donde hay. Me quedé plantada esperando resignada a que José pusiera en mis manos otros 500 folios, que con los 1000 folios que atesoraba en mi despacho y los otros 500 que me había proporcionado Ricardo, hacían la ingente cifra de 2000, toda una torre de blancos papeles para poder escribir las memorias de mi vida y la de todos mis futuros descendientes.

Los gemidos volvieron a cesar. Me sentía frustrada por mi penosa labor detectivesca y me invadía una extraña sensación, mezcla de nervios, excitación y ansiedad por el fracaso. No era capaz de acabar el informe, así que decidí hacer una visita a mi último proveedor de papel. Quizás él estaba oyendo igualmente aquellos gemidos, aunque me extrañaba que estando su despacho casi al lado del mío no me hubiera comentado nada del asunto. Él siempre dejaba su puerta abierta, accediendo a la misma espontánea información auditiva que yo.

Le pregunté si sabía algo acerca de los gemidos, su pícara mirada y su sorpresivo silencio me hicieron pensar que había encontrado por fin al culpable de mi falta de concentración. Dado que parecía no querer hablar del tema, seguimos charlando un buen rato sobre temas variados. Mientras yo le miraba, sentía una rabiosa excitación y un insano deseo de que mi compañero de trabajo me arrancara unos cuantos jadeos y salvajes gemidos, como a la mujer que hacía unos segundos gozaba a su lado. Podía imaginarme la apasionada escena sin mucha dificultad. La escandalosa mujer, tumbada sobre el duro tablero de conglomerado chapado y José, de pie sobre ella, haciendo que gimiera hasta el desmayo. Mi imaginación comenzaba a avivar la llama de mi deseo.

Sorpresivamente, volvieron a aparecer los jadeos que emitía aquella insaciable mujer, pero esta vez, eran tan claros y fuertes, que pensé que José la escondía bajo la mesa.
-¡Pero qué…!
-¿Te gusta Alicia? Es mi nuevo salvapantallas sonoro. Mira, mira, acércate… He conectado los nuevos altavoces colocándolos bajo la mesa y estoy impresionado del sonido. Es que parece real ¿verdad?
Miré a la curvilínea rubia cuyos pechos ocupaban toda la pantalla, estaba estupefacta. Era una mujer abundante en todos los sentidos: inmenso aunque perfecto trasero, pechos siliconados y algo rígidos, labios exageradamente carnosos y un esbelto e impresionante hombre de color portador de un grueso e interminable aparato poseyéndola por detrás.

Miré de nuevo a la rubia jadeante, le miré a él y me di media vuelta, volviéndome a mi despacho. Era una verdadera lástima que mi compañero no fuera el fogoso protagonista que mi mente se había imaginado, toda una decepción.

Por lo menos había conseguido algo: mi dolor de cabeza había desaparecido por completo.


5 comentarios:

el puma dijo...

Este parece algo distinto.

Cyclope Brontes dijo...

muy original y lleno de humor, eres una crack alice, me ha encantado.

blogeteando dijo...

Buen relato. Alice por lo que se ve es una viciosa de mucho cuidao jajaja. Hasta se mete en las relaciones de los demás. Menos mal que resulta ser otra cosa...

Oye Alice, tú sabes si van a echar 28 meses después?

Lydia dijo...

Que divertida historia contando las aventuras buscando el origen de los gemidos y que original ese final... Eres tremenda, Alicia.

Pav- dijo...

bueno articulo. me gusta

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