sábado, 26 de abril de 2008

La academia de peluquería


Mi vida cambió cuando mi madre decidió no volver nunca más a la peluquería de Josechu, situada justo en la misma calle donde vivíamos. Puedo decir sin temor a equivocarme que la razón que la llevó a tomar tal decisión, tenía que ver fundamentalmente con los coqueteos que Josechu se comenzó a traer con Rosa, nuestra vecina de enfrente. Mi madre había sido destronada precisamente por la vecina con la que peor se llevaba, era algo difícil de asimilar. Ella no se acuerda, pero hubo antes otra reina venida a menos por culpa de la aparición de mi madre. Nuestro peluquero era todo un Don Juan de las tijeras. La rabia se apoderó de mi madre al comprobar que los juegos entre él y Rosa comenzaban a ser reiterados y para no tener que presenciar nunca más como espectadora aquellos flirteos, decidió prescindir definitivamente de sus servicios.

Yo sin embargo, no me enteré de su decisión hasta el mismo día en que me advirtió que tocaba corte de pelo. Me sorprendí cuando dejamos de lado la peluquería. Muy digna y altiva, pasó de largo por el ancho escaparate de nuestro hasta ahora peluquero. Ni siquiera miró de reojo dentro del local, siempre parapetado por los botes de champú y suavizante que se apiñaban en una estantería de metal lacado tapando ligeramente la visión del interior. Incluso sentí como aceleraba su paso mientras yo, ajeno a las silenciosas disputas entre las rivales, me preguntaba adonde nos dirigíamos.
-Hoy vamos a ir a la Academia de peluquería –dijo ella nerviosa adivinando mis dudas.

El cambio de peluquería no me hizo mucha gracia en ese momento. Me gustaba la vieja peluquería de Josechu: por una parte, el trato fraternal y de hombre a hombre, y por otra, su cercanía, que me dejaba el tiempo suficiente para no perder la jornada en algo que me parecía una tarea inútil como era la del corte de pelo. Prefería disfrutar de la compañía de mis amigos, como cada tarde.

Caminaba indolente con las manos en los bolsillos, arrastrando el paso, sin muchas ganas de ir a la par de mi madre como un buen hijo. Ya era mayor para andarme con tonterías.

Tras quince minutos de interminable caminata llegamos por fin a nuestro destino. A pesar del frío que hacía en la calle, la puerta del local permanecía abierta de par en par, invitando a entrar a los transeúntes necesitados de un nuevo peinado. Un cartel encima del mostrador anunciaba los precios de los servicios ofertados. Por lo que pagaba mi madre a Josechu, me parecieron realmente irrisorios. Y comprendí que mi madre había cambiado la pericia y el buen hacer de Josechu por unas baratas aspirantes a peluqueras y posibles aficionadas al arte del trasquile. Dudé sobre si rebelarme o no y marcharme de allí. No era mi intención ser el hazmerreír entre mis amigos. Truculentas imágenes con mi pelo como protagonista se agolpaban en mi cabeza. Aparecía completamente rapada, o peor, mechones de distinta longitud luchaban por destacar para mi vergüenza. Iba a ser una pobre víctima de aquellas necesitadas peluqueras de cabezas ajenas, ansiosas por utilizar sus tijeras con los pobres incautos que querían ahorrarse unos pocos euros en el corte de sus melenas. Mi madre debió de observar mi reticencia y aferro mi brazo firmemente como si yo fuera un vulgar ladrón con intención de fugarme de las garras de la autoridad.

La señorita del mostrador nos indicó la puerta del salón donde se ubicaba la peluquería propiamente dicha. Nada más entrar, mis dudas y mis temores se disiparon. Sentí que había llegado al Paraíso y sorprendentemente no era porque me hubiera muerto. Aquel lugar estaba atestado de mujeres vestidas con unas batas blancas minifalderas y zuecos blancos. No eran mucho mayores que yo. Cada una de ellas se movía como una bailarina en torno a su cliente, cortando y peinando su pelo con gran delicadeza, ante la atenta mirada de la única mujer mayor que había en el lugar, Anastasia se llamaba, que daba todo tipo de indicaciones a diestro y siniestro a sus pupilas. Supuse que era la dueña de la academia. Fue ella precisamente la que me indicó un lugar donde sentarme y esperar a que una de sus alumnas quedara libre para poder atenderme.

Mi madre se precipitó agotada en el sofá dispuesto a la entrada para los acompañantes y de inmediato se enfrascó en la lectura de la prensa del corazón de esa misma semana. En la peluquería de Josechu tan sólo se podía leer el diario “Marca” que es el que él compraba todos los días para ver los resultados de los partidos.

Yo me sentía algo nervioso. El lugar era nuevo para mí, era el único hombre que había allí en ese momento y no había pasado por alto las miradas que todas las muchachas me echaban disimuladamente entre risas. Creo que incluso intuía sus comentarios jocosos. Presentí que era por ir acompañado de mi madre y me juré a mí mismo volver solo la próxima vez y así demostrar a aquellas chicas que ya no era un crío.

Una de las chicas cogió mi mano para llevarme hasta la zona donde se ubicaban los lavabos. Mis nervios aumentaron, pero no ya por creer que podría ser víctima de la poca profesionalidad de las peluqueras, sino por la necesidad de disimular la incipiente erección que comencé a sentir dentro de mis pantalones. Estoy en una edad sensible y cualquier motivo es suficiente para despertar en mí todo tipo de calenturientos pensamientos.

La aspirante a peluquera que me había tocado era bajita, morena, de piel clara y pelo rizado. Lydia se llamaba. Me colocó una toalla alrededor de mi cuello y me ayudó a colocarme en el incómodo hueco donde debía alojarlo. De inmediato, una tibia ducha comenzó a caer sobre mi cabeza. La mano de Lydia revolviendo mi pelo me provocó escalofríos por todo mi cuerpo. A pesar de la incómoda y hasta dolorosa postura, era mayor el placer de sentir sus manos en mis sienes. Pero si el agua cayendo por mi pelo me pareció algo maravilloso, el instante en que me roció con una buena dosis de champú y comenzó a masajear mi cabeza me pareció sublime. Sus manos eran firmes pero acariciadoras, me electrizaban a su paso. Mantenían en constante estado de erección mi necesitado miembro a la par que me producían un extraordinario relajo en la musculatura de mis piernas. Lydia movía sus manos afanosamente por mi cabeza, la rascaba ligeramente con sus yemas, todo un inesperado placer. ¡Ojalá mi madre hubiera mandado antes a paseo a Josechu!

Desafortunadamente, Lydia terminó de enjabonarme y tras un corto aclarado, me colocó otra toalla encima de mi mojada cabeza y me condujo de nuevo al asiento vacío que había ocupado en un principio. Lydia rebuscó en una pequeña cajonera con ruedas donde guardaban todos sus utensilios, sacando unas largas tijeras y un peine.

Las placenteras sensaciones desaparecieron, el contacto con las tijeras era frío, pero a medida que iba cortando mi pelo, sus manos, en un afán de perfección comenzaron a tocarme, recolocando mi pelo ayudándose del peine. De nuevo volví a sentir sus manos en mi cabeza, eran cálidas y suaves. Cogí valor y miré al espejo, viendo mi aspecto y aprovechando a verla a ella. En ese instante me dedicó una franca sonrisa que me hizo ruborizarme sin poder evitarlo. Soy un desastre con las mujeres, supongo que será mi falta de experiencia.

El proceso me resultó tan corto, que casi pegué un brinco cuando me advirtió que había finalizado su tarea. Me encontraba maravillosamente bien entre aquellas manos, y sentía la futura añoranza de no tenerlas cerca. Una nueva experiencia tras haber pasado por las manos de mi antiguo peluquero.

Mi madre al verme levantado, dejó las revistas sin muchas ganas y observó la obra de la peluquera. Por su cara me pareció que no había quedado muy conforme a pesar del precio que iba a pagar por el servicio. ¡Si a mí me parecía que está perfecto!

Aquella noche, mis sueños inundaron las sábanas de mi cama recordando las caricias de Lydia mimando mi pelo.

Lo cierto es que yo deseaba que mi pelo creciera más deprisa para volver prontamente a la Academia. Me parecía que mi cabello no crecía al ritmo que yo creía que debía hacerlo. Pasaban los días y yo me desesperaba al no notar que mi pelo seguía sin progresar, así que comencé a investigar sobre los alimentos y complementos vitamínicos que podían darle la fuerza y el vigor suficiente para crecer más apresuradamente. Evité la carne ante la sorpresa de mi madre, que perfectamente conocía mis gustos carnívoros, pero no comentó mi repentina decisión, supongo que siempre se responde a sí misma diciendo que estoy en una edad difícil. Me atiborré de verduras, lechugas y zanahorias. Incorporé a mi dieta todo tipo de alimentos ricos en selenio, como los ajos, provocándome una perenne halitosis digna de machacar a cualquier vampiro. Rogué a mi madre que trajera apio y espárragos, acompañando así mi halitosis de un nauseabundo olor cada vez que orinaba. Alegré la vida de mi madre comiendo sin rechistar todo tipo de legumbres, sintiendo como mi abdomen adquiría en repetidas ocasiones un considerable volumen que yo intentaba rebajarlo cuando pensaba que nadie me veía. Afortunadamente, el resto de alimentos que necesitaba para completar mi dieta eran apetitosos, y el saber que mi cabello crecería más rápidamente me daba fuerzas para seguir con mi régimen.

Tras leer en una revista que hacer ejercicios con la cabeza boca abajo era bueno para favorecer la circulación sanguínea, comencé a practicar yoga en mi dormitorio cada noche. De esta forma mataba dos pájaros de un tiro, de sobra sabía yo a esas alturas lo malo que era el estrés para la salud de mi cabello.

Dejé de fumar y con el dinero que me gastaba en el tabaco, me atiborraba de complementos vitamínicos que adquiría en el herbolario de mi barrio. Todo un arsenal de brillantes cápsulas que tomaba cuando mi madre no estaba cerca. Estoy convencida de que hubiera pensado que tenía algún tipo de adicción.

Ella tampoco sospechó que la razón de que desapareciera el laurel que guardaba en un tarro de cristal, se debiera a mis hurtos. Yo sí, ya que cada dos por tres cogía un puñado para hacer decocciones con él y aplicármelo sobre mi cabeza. Me había convertido en un experto en cuestiones de cuero cabelludo.

Trascurrieron dos meses y ya podía presumir de tener un pelo cuidado, brillante y realmente perfecto. Es cierto que había crecido, pero no podía comprobar científicamente la eficacia de mi auto tratamiento, a pesar de que a simple vista me parecía más largo que nunca.

Insinué a mi madre la necesidad de acudir a la peluquería, y tras echarme una mirada de reojo, hizo un gesto afirmativo.
-Pero esta vez vamos a cambiar de peluquería. La otra vez te dejaron el pelo hecho un desastre. Me han recomendado una nueva. Venga, me visto y te acompaño.

La sola idea de no volver a la Academia de peluquería me volvía loco. ¿Quién deseaba ir a otra peluquería? Nadie me podía asegurar que tuviera muchachas tan maravillosas como las que había en la academia. Ni hablar, pensé.
-No hace falta que vengas, quiero ir yo solo.

Mi madre aceptó sin discutirme siquiera esa nueva dosis de autonomía en mi persona, me dio unos billetes y me indicó el lugar donde se ubicaba la peluquería que le habían recomendado y a la que por supuesto yo no iba a ir.

Salí de casa tranquilamente, pero al llegar a la calle, corrí veloz hacia la Academia. Deseaba que fuera de nuevo Lydia la que me cortara el pelo, pero tampoco me importaba sentir otras manos femeninas que no fueran las suyas.

Esta vez la puerta estaba cerrada, entré saludando tímidamente a la empleada del mostrador y me dirigí a la sala. De nuevo, Anastasia me colocó en una silla vacía, pero esta vez, no había demasiada gente y enseguida se acercó otra de las muchachas. ¡Dios mío! Si Lydia me había parecido maravillosa ésta era fascinante. Más alta que Lydia, algo más ancha de cuerpo y con un pecho en el que no me importaría perder mi boca. Era pelirroja, de pelo liso y brillante, pecosa y de mirada algo pícara. Mi pene comenzó a revolverse dentro de su estrecha ubicación cuando Violeta, que así se llamaba, se acercó a mí y me colocó la toalla, no sin antes acercar su escote tanto a mis ojos, que casi me mareo y me caigo justo entre aquellas gigantescas peras frescas y lozanas. Miré a Lydia, que se encontraba peinando a otro cliente, intentando desviar mi atención, mis ojos se habían clavado justo en el escote de mi nueva peluquera. Lydia me sonrió al ver que la miraba.

No sé cual era la intención de Violeta aparte de lavarme el pelo. No sé si era necesario que acercara tanto sus labios cerca de mi rostro cuando comenzó a enjabonarme. Percibí algo de revuelo en la sala, quizás debido a que Anastasia había tenido que ausentarse, y todas las alumnas pululaban relajadas sin ningún mando que las contuviera. Podía oler su aliento. Sentía el calor de sus labios tan cerca de mí que creí que se me iba la cabeza. A lo mejor era debido a la incómoda postura en el momento del lavado, Violeta se estaba demorando en su tarea más de lo que había necesitado Lydia la otra vez. Lo cierto es que a pesar del ligero mareo, sus manos eran un pecado en mi cabeza. Mi erección se mantenía y yo trataba de ocultarla depositando mis manos entre las piernas.

Por fin terminó de lavarme el pelo y volví a mi asiento. Violeta mariposeaba en torno a mí, aprovechaba la mínima oportunidad para poner su mano en mis hombros, rozar mi cara quitando supuestamente algún pelillo que se había quedado pegado, acariciar mi pelo para peinarlo. Creo que aparte de algunos mínimos encuentros que había tenido con Susana, mi compañera de clase, en el cine, jamás me había tocado con tanto descaro ninguna mujer.

Un ruido sordo, parecido al de una explosión, sonó de repente en el exterior de la academia, haciendo que temblara todo el edificio. Clientes y peluqueras salieron precipitadamente fuera de la sala intentando averiguar la causa del estruendo. Yo intenté igualmente levantarme, pero Violeta me agarró del brazo, forzándome a sentarme de nuevo. Era increíble la sangre fría que demostraba, pero obedecí silencioso y me quedé quieto en mi asiento. Violeta, sin perder de vista la puerta de entrada, acarició mi pecho y rozó mis piernas, atreviéndose a depositar su mano sobre mi inflamado miembro. Lo acarició una y otra vez, recolocándolo en su cubículo y masajeándolo para mi deleite. En el exterior comenzó a oírse el sonido de varias sirenas rivalizando en volumen. Tenía que haber pasado algo grave, pero por mí, se podía caer el mundo, no me importaba nada más en ese momento que los toqueteos de aquella generosa muchacha. Bajó la cremallera de mis pantalones y, apartando mis calzoncillos, alcanzó mi miembro desnudo. El placer que sentí en ese instante fue suficiente para que tuviera que concentrarme y evitar así eyacular entre sus dedos. Violeta depositó en su mano crema de un bote cilíndrico que había en el mostrador y lo extendió sobre mi miembro a modo de lubricante. Gracias a la crema, sus movimientos se tornaron más fáciles y rápidos. Con su mano izquierda se desabrochó dos botones de su bata mostrándome un precioso sostén marfileño lleno de encajes y transparencias y la generosa carne no cubierta por él. Quería tocarlos, cogerlos en mis manos y saborearlos, pero mis fuerzas flaqueaban para emprender aquella misión. Todo mi cuerpo parecía estar poseído de un inoportuno temblor virginal. Sabía que no nos quedaba mucho para seguir con nuestros juegos, o más bien dicho, el suyo, porque estaba claro quien hacía de juguete.

Violeta me masturbaba con gran habilidad y con la experiencia de haber tenido seguramente muchas más contactos con el sexo opuesto que los que había tenido yo hasta entonces. Apretaba desde la base mi pene, aferraba con fuerza toda la pieza y le imprimía un maravilloso y constante movimiento hacia arriba y hacia abajo, girando su muñeca mientras la rodeaba al mismo tiempo. Yo gemía en silencio, mantenía los ojos extasiados en su escote, hincaba las uñas en los reposabrazos hasta sentir que me dolían los dedos. Violeta me miraba de reojo, divertida ante mi nerviosismo y mi falta de iniciativa. Acercó sus labios a mi glande y lo lamió. En ese momento sentí un ligero vahído y la debilidad de mis piernas aumentó sin poder ya disimular su temblor. Sentí tal necesidad de besar sus pechos que incluso por un instante pensé en rogarle que me los acercara, pero al abrir la boca para decírselo, parecía que mis cuerdas vocales se habían puesto en huelga y no fui capaz de articular más sonido que una especie de gruñido. El calor de su lengua y su mano moviéndose fueron demasiado para mí y fue incapaz de retenerme ni un segundo más. Eyaculé copiosamente entre sus dedos y suspiré aliviado.

Fue justamente en ese momento cuando las voces nos alertaron del regreso de las peluqueras y de los clientes. Violeta subió rápidamente mi cremallera, se abrochó la bata y se limpió la mano con un papel.

De inmediato preguntó la razón del estruendo.
-¡Ni te imaginas la que se ha montado! –Dijo una de las peluqueras- Han chocado dos vehículos y sus ocupantes se han liado a tortas.
-Si es que la gente cada vez está más loca –dijo una de las clientas a las que le estaban tiñendo el pelo con un pincel.
-Sí que es verdad, sí-dijo Lydia-

Violeta no dijo nada. Me miró cómplice a través del espejo y sonrió. Yo no pude más que bajar la mirada algo avergonzado.

Salí de la peluquería completamente relajado y feliz. Confiaba que mi madre no se percatara de lo mal que me había cortado el pelo mi benefactora. Esta vez, hasta yo me había dado cuenta del desastre. Había dejado las patillas a distinto nivel, había zonas de mi cabeza casi mutiladas y otras en cambio eran una poblada selva. Si hubiera estado Anastasia lo hubiera evitado, no obstante, a mí no me importó tanto como yo creía. Había sido la ausencia de la dueña y el oportuno choque lo que había permitido que Violeta me masturbara.

Mi madre adivinó al instante que no había acudido a la peluquería que me había recomendado y me echó una buena bronca sospechando que había ido a la Academia para aprovechar a quedarme con el resto del dinero. En ese momento me sentí con fuerzas para decirle que ya tenía suficiente edad para decidir donde quería cortarme el pelo. Fluyeron mis palabras con facilidad pasmosa, tanto que mi madre se sorprendió de mi extraña locuacidad y aceptó mi protesta sin rechistar.

Pasó de nuevo el tiempo. En aquellos dos meses de espera y crecepelos naturales no pude dejar de pensar ni un solo día y ni una sola noche en Violeta. Me recreaba en mi habitación con las imágenes de la peluquería y de ella inclinada sobre mí acariciando mi miembro.

El día que muy ufano me dirigí a la Academia de nuevo, ya me había imaginado mil escenas diferentes relativas a mi encuentro con Violeta, ¿se acordaría de mí? ¿Estaría tan deseosa de verme como yo lo estaba por verla a ella?

Al entrar en la Sala mis ojos giraron nerviosos a izquierda y derecha intentando buscarla, pero no la encontré. Violeta no estaba y sentí que mi mundo se derrumbaba. ¿Qué habría pasado con ella?

Anastasia se dirigió hacia mí y como siempre, me hizo sentarme.
-Hoy te peino yo –dijo ante mi sorpresa- Ha llamado tu madre quejándose de lo mal que te habían dejado la vez pasada.
Yo no dije nada, permanecí callado mientras ella seguía hablando.
-De todas formas, la muchacha que te atendió era una calamidad. La he convencido para que deje la Academia y se dedique a otras cosas. Para peluquera está claro que no sirve.

Mientras aquella mujer cortaba con presteza mi pelo, no pude evitar acordarme de nuevo de Violeta y el saber que no volvería a verla de nuevo fue suficiente motivo para que mis ojos se empañaran a pesar de mis esfuerzos por evitarlo. Tampoco pude impedir que mis labios susurraran su nombre mientras cerraba mis ojos.
-Violeta…




5 comentarios:

mauricio dijo...

Siempre he sospechado que no hay trabajo más erótico que ser peluquero

Nicholas O'Halloran dijo...

Debo reconocer que, sin ser un fanático de ese tipo de establecimientos, su relato, Mrs. Carroll, me ha hecho mirarlos con ojos renovados.

Igual aprovechando que llega la canícula busco a alguna Violeta por el mundo.

Fantástico como todo lo suyo. Mis enhorabuenas.

Serena Freya dijo...

Eres una inspiración y un ejemplo para los que amamos este arte. Gracias por tu pluma, Alice.

RAYITO DE TERNURA dijo...

EXELENTE TU TEXTO Y SUBLIME RELATO

NUESTROS BLOG SE ASEMEJAN

EN MI BLOG HAY UNA POESIA Y UN RELATO NUEVO PASATE Y CONTAME QUE TE PARECIO

GRACIAS

YERMAN

Pav- dijo...

como es la peluquera, he

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