Acaba de publicarse el libro de Karma sensual III, este año con el título de "Amor y Humor". Se trata de una antología de 10 relatos eróticos, los ganadores del premio del año pasado, en el cual yo participo con uno titulado "Calor sofocante". La publicación ha corrido a cargo de El taller del Poeta, único sitio disponible de momento para adquirirlo. Si alguien se anima a comprarlo espero que le guste!! sábado, 22 de marzo de 2008
Karma sensual: Amor y Humor
Acaba de publicarse el libro de Karma sensual III, este año con el título de "Amor y Humor". Se trata de una antología de 10 relatos eróticos, los ganadores del premio del año pasado, en el cual yo participo con uno titulado "Calor sofocante". La publicación ha corrido a cargo de El taller del Poeta, único sitio disponible de momento para adquirirlo. Si alguien se anima a comprarlo espero que le guste!! miércoles, 20 de febrero de 2008
Un día de suerte

Se miró en el espejo dorado que había heredado de su tía Paqui y colocara en lugar preferente obligada por su madre, y pensó que ella no estaba tan mal después de todo. Tenía 45 años, pero aparentaba menos, no había cogido peso, no sin esfuerzo y sin muchos sacrificios y su rostro tenía tan solo unas pequeñas arrugas alrededor de los ojos. Es verdad que su pelo era cano desde hacía mucho tiempo, pero ya se encargaba de arreglarlo semanalmente su querida Juli, la peluquera de su barrio.
En la pantalla de televisión una rubia gemía de forma estruendosa mientras un hombre con sus ojos escondidos tras un antifaz la sodomizaba salvajemente a la par que amasaba sus grandes pechos rígidos y siliconados. Era increíble que Mauro se durmiera en esos momentos, ni siquiera las morbosas imágenes de la pantalla eran capaces de despertar su aletargada libido. En parte a ella le pasaba lo mismo, tampoco podía decir que el problema único y exclusivo se debiera a Mauro y a su penoso aspecto, su imaginación y sus ganas de sexo se habían ido diluyendo por la monotonía. La rubia de la pantalla seguía gimiendo como un mal tenor recurriendo al falsete por no conseguir llegar a la nota. Marieli pensó que no tenían nada de real aquellos gemidos de pacotilla, ella hubiera sido capaz de hacerlo mejor, y más si tenía al lado el cuerpo del hombre del antifaz, tan perfecto y rebosante de fibras y músculos. Era imposible permanecer impasible ante aquella visión. Marieli apretó sus piernas y sintió que su clítoris parecía querer despertar. Dejó que su imaginación volara hasta sentirse la protagonista de la película: era ella la rubia a la que sodomizaban, ¿por qué no? Sin moverse del asiento se deshizo de su deslavado camisón, sintiendo que la piel de sus pechos se erizaba por la menor temperatura, deslizó una mano bajo sus bragas y frotó su sexo buscando un rápido placer. Miró a Mauro y deseó que se despertara. No era la primera vez que cerraba sus ojos cuando hacía el amor con él y fantaseaba con un nuevo amante en su cama: los compañeros de oficina de su marido resultaban ser una buena opción. Tampoco es que ninguno de ellos fuera algo parecido al hombre perfecto, pero el simple hecho de que no fuera su marido aumentaba su excitación y hacía que saliera por unos instantes de aquella penosa rutina. En esa ocasión, era fácil dejar volar la imaginación, aquel hombre del antifaz estaba sobre ella, poseyéndola brutalmente hasta arrancarle un orgasmo tras otro. Subió bruscamente el volumen y Mauro por fin, despertó del estado de ensoñación profunda en el que había sucumbido.
-¡Qué haces mujer!
-¿A ti que te parece? Limpiando el polvo, pareces tonto.
-Anda, vamos a la cama que estoy muerto.
-Ya me había dado cuenta, me avisas cuando resucites.
-Era broma...
-Podíamos hacer el amor...
-Hoy estoy agotado, me he pasado todo el día de aquí para allá, mañana mejor.
Mauro se levantó dando un cándido beso a Marieli, quedándose ésta furiosa en el sofá. Se había olvidado del hombre del antifaz, de las tetas de la rubia y de todo. La rabia le invadía. ¿Cómo era posible que su marido se hubiera vuelto tan manso y tranquilo con el paso del tiempo? Ser rechazada le hacía sentir poco atractiva, y era esa la idea que de nuevo le daba vueltas en la cabeza en esos momentos. Había aprendido a descartar aquellos pensamientos gracias a los consejos de la psicóloga a la que acudió dos años atrás, cuando cayó en una tristeza que, según su marido, no tenía justificación alguna.
En el intermedio, el programa anunció un concurso en el que enviando tan sólo un mensaje de texto se tenía derecho a participar en un sorteo en el cual el premio eran 6.000€. No les vendrían mal unas vacaciones, hacía siglos que no salían de casa, echaba de menos la arena de la playa entre sus dedos y el sabor del agua salada en sus labios. Cogió el teléfono y sin pensarlo más, envió el mensaje, jamás le había tocado nada en su vida excepto un bingo en el que participó en la boda de una de sus primas y que malgastó de inmediato el mismo día intentando repetir suerte.
Tras las reiteradas llamadas de su marido desde el dormitorio, apagó la televisión y se dirigió a la cama. Se echó con desgana. Mauro al instante se arrimó a ella quedándose plácidamente dormido trascurridos unos segundos. Era envidiable la facilidad que tenía para conciliar el sueño, ¡con la cantidad de vueltas que daba ella cada noche! Cerró sus ojos e intentó dormir, pero no era capaz, Mauro había comenzado su serenata nocturna, así que hizo denostados esfuerzos por concentrarse en el hombre del antifaz y en la imagen de la despampanante rubia hasta que por fin, logró sentir al musculoso hombre encima de ella y se masturbó habilidosamente, consiguiendo la paz necesaria para conseguir dormir de una vez.
El lunes por la mañana, mientras Mauro estaba en la oficina, recibió una llamada de un número oculto a su móvil. Una amable señorita le informaba que había sido ella la concursante agraciada con el premio de “Sexo y más”: 6.000 euros y una noche con Rouco.
-¿Cómo me dices?
-¡Es usted la ganadora de esta semana!
-Repíteme el premio porque hay algo que no he entendido bien.
-Le han tocado a usted 6.000 euros y toda una noche en la que Rouco se pondrá a su disposición, ¿no se acuerda del programa? Lo repetimos con insistencia el otro día.
-Sólo presté atención al dinero. ¿Y qué voy a hacer yo con ese Rouco? ¡Estoy casada!
-Usted verá, pero yo no dejaría perder la oportunidad...
Tras dar los datos de su cuenta bancaria para hacer efectivo el ingreso del premio, llamó a su marido para contarle su buena suerte. Nada dijo del premio en especie, no lo creía necesario. No es que tuviera ninguna intención de pasar una noche a solas con un desconocido, pero... La señorita del teléfono le había comentado que tenía un mes para fijar la cita, que era ella la que elegía noche y lugar y que tan sólo debía comunicárselo con tres días de antelación. Era una completa locura, ¡nada menos que le había tocado en suerte un hombre!
Los días iban pasando y Marieli no podía quitarse de la cabeza al tal Rouco, imaginándose una y otra vez cómo podría ser. Miraba a su marido y por una parte, sentía que debía serle igual de fiel que lo había sido él con ella todos los años que habían pasado juntos, pero otra parte de ella, la morbosa y la que no se rendía tan fácilmente al hastío, le incitaba a hacerlo. El diablo rondaba su vida, dado que precisamente su marido tendría que ausentarse próximamente por motivos de trabajo de la ciudad dos días, toda una tentación para no ser “buena”.
Sólo tardó tres días más hasta decidirse por fin: conocería a Rouco, sería su regalo de cumpleaños, aunque faltaran todavía tres meses para la fecha. Era un premio que le había tocado a ella, nada más, ni siquiera podría considerarse una infidelidad, tenía que ver más con una necesidad. No quiso darle más vueltas, así que llamó al teléfono que le habían dejado y concertó la cita para el martes por la tarde, el mismo día que su marido salía de viaje. Por la tarde, Mauro ya estaría a cientos de kilómetros de allí.
El martes por la mañana, tras despedir efusivamente a su marido, se marchó a la peluquería y allí pasó la mañana entera: cabello, manicura y maquillaje. Tenía que estar presentable para la recepción del “premio”. Por el nombre, tenía toda la pinta de ser un actor porno o algo parecido, sólo pensar en el posible tamaño de su verga le sacaba de sus casillas.
Comió frugalmente y sin apetito, los nervios podían con ella. No sabía cómo reaccionaría cuando llegara Rouco, pero tenía miedo de que su timidez pudiera con ella y acabara mandándole a su casa sin más. Era lo más posible, jamás se había acostado con nadie más desde que conoció a Mauro. Realmente no había conocido ningún otro varón en toda su vida.
A las 5 de la tarde y un minuto llamaron al timbre y Marieli se atusó en el espejo antes de abrir la puerta. Sus ojos tuvieron que bajar unos centímetros hasta que por fin se toparon con la cabeza de aquel hombre, parco en estatura y tacaño en atractivo, tan sólo le salvaba la musculatura de sus brazos.
-Buenas tardes señora: vengo por el encargo.
-Lo sé, te esperaba. Pasa.
Marieli se abalanzó sobre aquel hombre, desabrochando con nerviosismo su camisa mientras se subía las faldas de su vestido y buscaba bajarle la bragueta de sus pantalones.
-No sabes cuanto deseaba que llegara este momento. ¡Fóllame! ¡¡¡¡Lo deseo tanto!!!!
-Yo...
Marieli no le dejó articular palabra, le tiró al suelo, se puso a horcajadas encima de él y con gran prisa, sacó su pene y lo devoró dentro de su boca. El pene de Rouco era más largo y ancho que el de Mauro y reaccionó como un resorte ante la cálida saliva de Marieli. Tenía un hambre voraz de sexo, había perdido el dominio sobre sí misma. Se quitó el vestido hasta quedarse únicamente con la ropa interior de color negro que se había comprado para las ocasiones especiales: realmente ésta era una ocasión especial.
-Venga, soy tuya, fóllame, necesito tu pene dentro de mí.
Rouco, con la polla tiesa, se desprendió de su camisa, se puso sobre ella y ensartó su miembro en el orificio profusamente húmedo de aquella mujer. Ésta, en el suelo del pasillo gemía y gritaba como la rubia de bote de la película, pero sus gemidos eran reales, nada fingidos, las embestidas de Rouco no eran fruto de su imaginación y el placer que estaba sintiendo en nada era comparable a lo que había sentido con Mauro últimamente.
-Tienes el coño caliente y húmedo, ¡qué placer!
-Venga, dame más fuerte Rouco.
-¡Me voy a correr!
-¡Y yo! No puedo más...
Rouco respiró agotado sobre Marieli, eyaculando profusamente fuera de ella mientras Marieli había disfrutado de uno de los orgasmos más intensos que podía recordar.
-Esto no me lo esperaba...
-Me ha encantado Rouco.
-En mi vida me he llamado así.
-¿¿¿¿Quéeee????
-Me llamo Mariano, desde que nací.
-¿Pero no venías por lo del premio?
-No sé de que premio me hablas, yo he venido a revisar la caldera, había quedado en venir hoy, creo que hablé contigo, ¿no lo recuerdas?
-Se me había olvidado por completo...
En ese instante, sonó el timbre de la puerta. Marieli escondió a Mariano en la cocina y se puso de nuevo el vestido.
-¡Hola cariño! Soy Rouco, tu amorcito, el que te va a dar gustito esta tarde.
Un hombre alto, moreno, musculoso y con acento cubano asomó por la puerta. Marieli le contempló, anonadada aún por su error.
-Pasa, por favor... llegas con retraso.
Marieli condujo al dormitorio a su adonis y se escapó de nuevo a la cocina.
-Mira, que casi te puedes ir ya ¿vale? –dijo nerviosa.
-No he revisado la caldera aún, ¿no quieres que lo haga ahora?
-No, no, acaba de venir mi primo y estaré ocupada, ven mañana mejor.
-Encantado, cuando quieres zorrita...
-Vete a la mierda tío, y no se te ocurra volver a llamarme así.
Dio un portazo y volvió al dormitorio. El cubano le esperaba desnudo tumbado en la cama, sobaba su inmenso miembro preparándose para darle el regalo a la afortunada Marieli. Ésta se quitó el vestido y desconectó el móvil.
Esa tarde no la olvidaría en su vida...
domingo, 20 de enero de 2008
Extraños gemidos en la oficina
El terrible dolor de cabeza ya duraba toda la mañana. Las sienes me palpitaban sin tregua alguna y tuve que prescindir excepcionalmente de lo que más me gustaba hacer mientras trabajaba: escuchar música. Guardé los auriculares en el cajón y continué con el dichoso informe, no era capaz de terminarlo debido al malestar.
Fue entonces cuando los oí, nítidamente. Dejé de teclear para intentar concentrarme en esos extraños sonidos supuestamente tan poco usuales en una oficina decente como parecía la nuestra. No podía distinguir claramente de donde procedían, pero no parecían estar muy lejos. Me encontraba perpleja y sorprendida y me preguntaba quienes podrían ser aquellos invisibles protagonistas. Estaba convencida de que eran de una pareja, a pesar de que tan sólo la voz de una mujer llegaba hasta mis oídos. No hablaba, tan sólo gemía y jadeaba de forma entrecortada. Imposible concentrarme en mi trabajo, mi imaginación hacía cábalas intentando averiguar quienes de mis numerosos compañeros podrían ser.
Me levanté y salí del despacho con mi pequeña botella de agua que siempre tenía encima de la mesa para aliviar la sed. Volqué el contenido de la misma en la horrible planta de plástico que algún decorador, en la actualidad con toda probabilidad en el paro, había decidido colocar como ornamento cuando reformaron el edificio. Era una lástima que no hubiera forma humana posible de acabar con tal derroche de mal gusto vegetal para siempre.
Me dirigí al expendedor de agua ubicado al fondo del pasillo. Si habitualmente dicho trayecto lo recorro en cinco segundos, esta vez multipliqué por diez el tiempo que necesité para tan corto paseo. Haciendo ejercicios de visión periférica, descarté todas las puertas abiertas y memoricé mentalmente las cerradas a cal y canto: la del despacho de mi querido jefe, la de mi compañera Claudia, la de Roberto, y la del almacén de material.
Tras llenar mi botella me centré en estos cuatro lugares. Intenté aguzar mi oído pero era incapaz de volver a percibir sonido alguno. Estaba claro que habían parado.
Trascurrida una hora comenzaron de nuevo a escucharse aquellos escandalosos gemidos y jadeos. ¡No podía ser! O se trataba de la misma fogosa pareja que no conocía el significado de la palabra “trabajar” o su integrante femenino, viciosa e insatisfecha, probaba suerte con otro compañero de juegos. Porque los gemidos eran de la misma mujer, de eso no cabía duda. ¿Acaso mi jefe llevaba una doble vida y aparte de su respetable existencia de decente casado se acostaba reiteradamente en horas de oficina con alguien de su personal femenino? ¿O sería Claudia, que había mutado y se había soltado la melena tras 40 años de impecable virginidad? Roberto, pelota incansable y penoso lameculos ¿se habría cansado de hacer reverencias y ahora se dedicaba a hacer otro tipo de ejercicios? ¿Sería el almacén de material un recinto de lujuria y perversión?
Cogí uno de mis expedientes situados sobre la mesa y con la excusa de comentarlo con mi jefe, comencé mis averiguaciones. Me dirigí a su puerta y llamé una vez, abriendo simultáneamente la misma. Ni siquiera pensé en la posibilidad de pillarle en un aprieto, lo único que pretendía era saciar mi hambrienta e inevitable curiosidad, nada que ver con la razón.
Volví a mi despacho y permanecí inmóvil por unos segundos intentando averiguar el correcto origen de los excitantes jadeos. La salida del aire del climatizador se convirtió en mi objetivo y a ella pequé la oreja. Los sonidos manaban de allí sin duda alguna, cualquier despacho podía ser en esos instantes el excitante lugar de procedencia de los mismos. Seguía con la incógnita.
Reflexioné de nuevo y concluí que el lugar más tranquilo para tan ardiente pareja tenía que ser el almacén de material, un perfecto nido para amores fugaces, así que me acerqué a él en busca de folios a modo de excusa. Pero la puerta estaba cerrada a cal y canto.
Busqué a Ricardo, el ordenanza.
-Ricardo, ¿me puedes abrir el almacén? Necesito papel.
-No se preocupe, tengo unos paquetes al lado de la fotocopiadora, ahora le traigo uno.
Quinientos folios de papel más tarde y ya en mi despacho, volví a escuchar aquellos incansables jadeos femeninos de la mujer cuyo nombre aún desconocía, tan sólo sabía de ella que no parecía avergonzarse lo más mínimo en gritar a pleno pulmón su sana excitación. El dolor de cabeza afortunadamente se había atenuado y mi curiosidad se había transformado en una sana envidia por no estar en esos momentos en una situación similar. Me levantaba nerviosa, volvía a sentarme, cruzaba mis piernas, las descruzaba, rozaba mis muslos acariciando levemente mi sexo.
Volví a levantarme, y esta vez, con el pretexto de estirar las piernas, me dirigí al despacho de Roberto. Allí estaba, sentado formalmente intentando hacer nuevos méritos para ganarse aún más la confianza de sus superiores. Le pregunté disimuladamente por nuestro jefe común y ante su desconocimiento me fui al despacho de Claudia en busca de respuestas. Desgraciadamente para ella, no era la protagonista sonora de aquellos gemidos, dado no se había movido en toda la mañana de su sitio.
Tenían que estar en el almacén de material, era la única posibilidad. Aprovechando la pausa que Ricardo hacía a media mañana para comerse el bocadillo, le sisaría la llave que tenía en el cajón de su mesa. En ese momento mi jefe apareció en escena acompañado de dos hombres perfectamente disfrazados de ejecutivos, imposible que ninguno de ellos tuviera la voz femenina que casi me sabía de memoria. ¿Y si procedían de algún despacho que se me había pasado de largo? ¡Quizás eran igual de descarados como fogosos y nada les importaba ser pillados in fraganti!
Ricardo bajó por el ascensor en dirección a la cafetería y yo, cual vulgar ladrona, volé en dirección a su mesa, no me podía quitar de la cabeza el almacén como punto de encuentro. Abrí el cajón y cogí nerviosa el manojo que contenía las llaves de toda la planta.
Miré a izquierda y a derecha y comencé a probar todas y cada una de las llaves. Era increíble que se siguieran oyendo aquellos jadeos sabiendo que alguien intentaba entrar dentro. Si la pareja se hallaba en su interior, o estaba extremadamente concentrada en su labor, cosa que comprendía, o se trataba de discapacitados auditivos.
-¡Hola Alicia! ¿Qué buscas? ¿Te puedo ayudar?
Pegué un brinco. Era José, otro de mis compañeros.
-Yo…nada. Bueno, buscaba papel y Ricardo no estaba…
-Espera mujer, que sé donde hay. –Me quedé plantada esperando resignada a que José pusiera en mis manos otros 500 folios, que con los 1000 folios que atesoraba en mi despacho y los otros 500 que me había proporcionado Ricardo, hacían la ingente cifra de 2000, toda una torre de blancos papeles para poder escribir las memorias de mi vida y la de todos mis futuros descendientes.
Los gemidos volvieron a cesar. Me sentía frustrada por mi penosa labor detectivesca y me invadía una extraña sensación, mezcla de nervios, excitación y ansiedad por el fracaso. No era capaz de acabar el informe, así que decidí hacer una visita a mi último proveedor de papel. Quizás él estaba oyendo igualmente aquellos gemidos, aunque me extrañaba que estando su despacho casi al lado del mío no me hubiera comentado nada del asunto. Él siempre dejaba su puerta abierta, accediendo a la misma espontánea información auditiva que yo.
Le pregunté si sabía algo acerca de los gemidos, su pícara mirada y su sorpresivo silencio me hicieron pensar que había encontrado por fin al culpable de mi falta de concentración. Dado que parecía no querer hablar del tema, seguimos charlando un buen rato sobre temas variados. Mientras yo le miraba, sentía una rabiosa excitación y un insano deseo de que mi compañero de trabajo me arrancara unos cuantos jadeos y salvajes gemidos, como a la mujer que hacía unos segundos gozaba a su lado. Podía imaginarme la apasionada escena sin mucha dificultad. La escandalosa mujer, tumbada sobre el duro tablero de conglomerado chapado y José, de pie sobre ella, haciendo que gimiera hasta el desmayo. Mi imaginación comenzaba a avivar la llama de mi deseo.
Sorpresivamente, volvieron a aparecer los jadeos que emitía aquella insaciable mujer, pero esta vez, eran tan claros y fuertes, que pensé que José la escondía bajo la mesa.
-¡Pero qué…!
-¿Te gusta Alicia? Es mi nuevo salvapantallas sonoro. Mira, mira, acércate… He conectado los nuevos altavoces colocándolos bajo la mesa y estoy impresionado del sonido. Es que parece real ¿verdad?
Miré a la curvilínea rubia cuyos pechos ocupaban toda la pantalla, estaba estupefacta. Era una mujer abundante en todos los sentidos: inmenso aunque perfecto trasero, pechos siliconados y algo rígidos, labios exageradamente carnosos y un esbelto e impresionante hombre de color portador de un grueso e interminable aparato poseyéndola por detrás.
Miré de nuevo a la rubia jadeante, le miré a él y me di media vuelta, volviéndome a mi despacho. Era una verdadera lástima que mi compañero no fuera el fogoso protagonista que mi mente se había imaginado, toda una decepción.
Por lo menos había conseguido algo: mi dolor de cabeza había desaparecido por completo.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Mobbing
Ya se estaba empezando a hartar de Gloria. La persecución psicológica a que la estaba sometiendo era cada vez más insoportable. Y el caso es que, desgraciadamente, comenzaban a hacerle mella sus comentarios. De alguna forma se notaba más cansada, dormía peor, su estado de ánimo había caído y se sentía más insegura que nunca. Recordó el momento en el que Gloria llegó a su departamento, sustituyendo a Roberto tras un lustro en el cargo. Parecía una mujer abierta de miras, muy competente y bastante cercana en el trato. Y así resultó al principio. Alicia conectó con Gloria desde el primer momento e incluso en más de una ocasión, quedaban fuera de las horas de trabajo para ir de compras o tomar juntas una caña. Pero la relación de amistad duró no más de cuatro meses. El carácter de Gloria fue tornándose más arisco coincidiendo con un accidente que tuvo al caerse por las escaleras de su casa, increpaba a todos los trabajadores y el ambiente de trabajo se fue enrareciendo. Alicia percibió más que nadie el cambio, dado que, la amistad con Gloria se evaporó rápidamente e incluso sintió que la mayoría de sus protestas y de sus broncas iban dirigidas fundamentalmente contra ella.
Gloria comenzó a hacerle la vida imposible. Los proyectos que presentaba le parecían deficientes, a todo le sacaba pegas y se había hecho rutinario el hecho de que Gloria alzara su voz delante de todos para decirle lo inútil que era y lo mal que hacía su trabajo.
A Alicia le costaba cada vez más madrugar cada mañana para ir al trabajo. Era sonar el despertador y la angustia se apoderaba de ella, sintiendo que la desgana se hacía dueña de su cuerpo. Su apetito también había disminuido radicalmente. Malcomía al mediodía en el chiringuito de enfrente de su trabajo: un sándwich vegetal y una manzana componían su menú habitual. La ropa comenzaba a quedarle demasiado holgada. No podía abandonarse de esa manera.
Y para colmo, acababa de romper con Gabriel, su tabla de salvación en los malos ratos. No es que fuera el amor de su vida, ni siquiera tenía una gran conversación y un humor delirante, pero tenía una gran virtud: follaba de maravilla. Era en la cama el lugar donde Alicia olvidaba sus problemas laborales y sus roces con la jefa. Ahora estaba sola y sentía una gran necesidad de contacto físico, de alguien que la abrazara y le convenciera de que pronto, todo cambiaria.
Paco era el jefe de de los electricistas de la empresa. Llevaba trabajando dos años en la misma y dependía directamente de Gloria. La relación entre ambos era mala, peor incluso que la que tenía Gloria con Alicia, a Paco, directamente le ignoraba y no se molestaba siquiera en saludarle al cruzarse con él en el pasillo. No eran infrecuentes los rumores que achacaban esta indiferencia a una ruptura entre ambos tras una esporádica relación sexual en la que Paco tuvo el osado atrevimiento de dejarla por otra mujer, y encima compañera.
Porque Paco solía zascandilear con todas las mujeres del lugar, no en vano podía presumir de musculatura, ojos verdes y buen tipo rematado con un culo duro, pequeño y perfecto. Su baja estatura no mermaba en nada su atractivo. Paco hablaba frecuentemente con Alicia, le comentaba su descontento, lo harto que estaba de trabajar allí, de la agraviante política de reparto de productividad que nada tenía que ver con los objetivos conseguidos sino con preferencias personales y de amistad y más de una vez criticaba a Gloria abiertamente. Eso era de las cosas que más les unía.
Alicia siempre había evitado a Paco mientras mantuvo su relación con Gabriel, no le gustaba mezclar las relaciones personales con el trabajo, pero no podía evitar sentir cierto morbo por él. Más de una chismosa compañera le había narrado con todo detalle las hazañas sexuales de aquel hombre en la cama. Por lo que escuchaba, Paco era un experto en provocar más de un excitante cortocircuito…
Paco hacía tiempo que había dicho a las claras a Alicia que deseaba acostarse con ella. Seguramente se lo había pedido ya a todo el personal femenino del lugar, de eso no cabía la menor duda. Alicia rehusaba una y otra vez, siempre con una sonrisa en su boca.
Pero ahora todo era distinto: Gabriel había desaparecido de su vida, su moral estaba por los suelos y hacía siglos que no tenía sexo compartido: necesitaba a Paco. Así que se dejó “querer” por él y pensó que tampoco le vendría mal ahorrarse el tratamiento psicológico por el acoso laboral al que la estaba sometiendo aquella bruja y pegarse un sano y reparador revolcón con Paquito.
Lo primero que hizo fue comprar un programador para la calefacción. Aún tenía un mando manual y jamás se había molestado en cambiarlo. Ahora resultaba una excusa perfecta. Invitó a Paco a comer ese viernes, dado que era el único día que ambos libraban por la tarde, a cambio de que se lo instalara. Paco aceptó gustoso la invitación y más sabiendo que acababa de cortar por fin con su novio.
El viernes por la mañana, Paco se acercó a la mesa de Alicia.
-Tengo mis herramientas preparadas para instalarte el aparato.-Alicia no pudo evitar soltar una carcajada.
-Vale, espero que no me cobres por los servicios prestados.
-Esta vez no, pero cuando compruebes mi profesionalidad no querrás contratar a nadie más.
-Habrá que verlo…
-Te haré unos empalmes perfectos, mi técnica es la mejor.
-Eres un presumido...
-Presumo con razón, sino no lo haría.
La mañana transcurrió entre risas y frases con dobles sentidos. Paco iba calentando el ambiente y ninguno dudaba ya a esas alturas que esa tarde acabarían acostándose juntos. Por primera vez desde hacía tiempo, Alicia trabajó con ilusión y haciendo oídos sordos a las reiteradas críticas de Gloria, que no parecía ver con muy buenos ojos los devaneos entre ambos.
Terminaron la jornada y se encaminaron juntos al metro, atestado a esas horas de gente. Paco tomó posiciones detrás de Alicia y pegó la pelvis contra su culo de forma no muy disimulada. Alicia se reía por su absoluto descaro, mas comenzó a sentir que volvía a estar viva de nuevo, sobretodo entre sus piernas. Se apretó más a ella rodeando su cintura con un brazo. Podía sentir el aliento de su compañero en su nuca y su vello comenzó a erizarse en cada expiración. Paco se aferró a ella haciendo que su mano culebreara hasta tocar su suave piel bajo la blusa. La deslizó por debajo de su ombligo y, esquivando las apreturas de sus pantalones vaqueros, consiguió llegar hasta el monte de Venus sintiendo en su tacto el minúsculo triángulo de vello perfectamente recortado. Alicia situó su bolso delante, ahora agradecía haber comprado el más grande de la tienda, muy útil para no ser el blanco de indiscretas miradas en esos momentos. Paco acarició la suave pelusa de su pelvis mientras Alicia intentaba concentrarse en que su excitación no se viera reflejada en su cara. Alicia intuía la dureza y el calor del pene justo en medio de su culo. Cerró los ojos para concentrarse en las manualidades que Paco urdía en su vulva. El vaivén del vagón ayudaba a aumentar la temperatura de su deseo. Alicia presentía que su sexo se desharía en breve en espasmos, pero abrió los ojos y la decepción se apoderó de ella: habían llegado lamentablemente a su destino. Bajaron del vagón y en las escaleras mecánicas, Paco la besó, la estrechó entre sus brazos y aprovechó el momento para sobar sus pechos sobre la tela.
Llegaron a la casa de Alicia y nada más abrir la puerta, Paco se echó sobre ella, desabrochándose su camisa y bajando sus pantalones. Alicia quiso llevarle a su dormitorio, pero Paco, fogoso y salvaje, la empujó contra la mesa de estudio que Alicia tenía en un lateral del salón y sin más, la subió encima. Desvistió a Alicia con prisas, dejando sus bragas a mitad de sus muslos. Alicia intentó agarrarse al endeble tablero de conglomerado sobre el que estaba. Paco asomó su instrumento de electricista, se calzó en un instante un condón aislante y se lo enchufó de inmediato, provocando en ella ardientes chispazos. Se tumbó sobre Alicia, los caballetes que sostenían el tablero chirriaban peligrosamente en cada uno de los empujones que Paco propinaba a su compañera. Alicia confiaba en que tuviera la resistencia suficiente para aguantar a los dos, el tablero se abombaba en cada acometida de Paco como si de una hoja de cartón se tratara. Éste chupaba sus pechos y sacudía su instrumento haciéndolo vibrar en sus entrañas. Ella seguía con su cuerpo los movimientos de Paco y se acoplaba a él, haciendo rozar su clítoris contra su piel. Se sentía morir en esos instantes, estaba a punto de abandonarse cuando, súbitamente, la tabla sobre la que estaban se quebró en dos, cayendo ambos estrepitosamente. El instinto de supervivencia de Alicia hizo que pudiera apoyar sus manos en el suelo y no darse un golpe en la cabeza. Pero se había lastimado una muñeca, en la espalda tenía una herida y su culo estaba completamente dolorido y le ardía, al contrario que Paco, que había salido del percance completamente ileso gracias al mullido cuerpo de Alicia.
Alicia explicó en urgencias que se había caído por las escaleras, no quería ser la protagonista de los futuros chistes que de seguro, los médicos hubieran hecho a su costa.
Pasó dos semanas de baja, malamente sentada en un cojín y sin poder plantearse ningún tipo de deporte incluido el sexual en una buena temporada. Compró una sólida mesa para sustituir a la vieja y volvió al trabajo. Quizás ella era demasiado susceptible, pero tuvo la impresión de que a su regreso, sus compañeros la miraban muy a menudo y con una socarrona sonrisa en su boca. Mataría a Paquito por tener la lengua tan suelta… De seguro que había explicado con detalle la historia a todo el mundo, incluida Gloria, que parecía que era la que más se divertía con lo que le hubiera contado su antiguo electricista…
Pasado un mes, Alicia volvió a invitar a Paquito a su casa, entraba el otoño y ella aún tenía su programador sin instalar. ¿Qué le depararía su nuevo encuentro con él?
sábado, 3 de noviembre de 2007
III Concurso de relatos eróticos: Karma Sensual III
Los títulos y autores de los 10 relatos seleccionados por el Jurado que integraran el libro se pueden ver en este enlace: Crear para leer







