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sábado, 2 de mayo de 2015

Entre espumas


Después de haberse depilado concienzudamente se preparó un buen baño de espuma, se lo merecía. Esa tarde tenía que estar realmente espectacular, iría de tiendas con su madre y buscaría su vestido de novia, faltaban sólo cuatro meses para su boda. Mientras se acariciaba pensando en la tela que besaría su piel, su móvil emitió un leve aunque familiar sonido: su whatsapp reclamaba su atención. Lo abrió y vio que era de un número desconocido que enviaba una imagen. Esperó hasta que por fin se abrió. La contempló sorprendida, mientras le llegaba otro mensaje. “Estreno mi nuevo teléfono y número contigo, ¿me mandas una foto tuya amor?” La imagen no era perfecta. Aunque algo borrosa y carente de luminosidad, sí se distinguía perfectamente de qué se trataba, un torso desnudo y un miembro erecto en toda su plenitud. No cabía duda alguna de que era de su prometido. 

Su corazón comenzó a latir rápidamente. Jamás hubiera pensado que Javier se atrevería a mandar imágenes tan explícitas. Era un buen hombre, trabajador, cariñoso, pero a veces mostraba ser algo tranquilo a la hora de querer tener relaciones con ella. Cuando vivieran juntos todo cambiaría, pensaba ella cuando le entraban dudas. Antes de que ella comenzara a enviar un mensaje, volvió a recibir otro: “Mastúrbate y envíame las fotos de tu placer…” Arancha sonrió, quitó el tapón del desagüe hasta que tan sólo quedó la espuma en su cuerpo, mandó un mensaje rápido a su contrincante “espera, que te las mando ahora” y se dispuso a hacerse las fotos. Abrió sus piernas empapadas y contempló su vulva a través de la pantalla del móvil, era espectacular con la espuma jugando con sus pliegues. Se las mandaría todas juntas, como si se tratara de los fotogramas de una película de cine mudo. 

Posó su mano sobre su clítoris y lo rozó una y otra vez con su mano izquierda mientras que con su mano derecha iba haciéndose más fotos. Era realmente excitante mandar fotos a su novio, era la primera vez que lo hacían pero no sería la última vez. Sólo pensar que sus fotos llegarían hasta él la excitaba aún más. Acarició su cuerpo y se humedeció ligeramente sus labios con la lengua. La espuma resbalaba mimosa por su cuerpo, su pelo castaño mojado cosquilleaba sus hombros y se sintió terriblemente sexy. Contempló las cremas que tenía a mano y cogió un tubo de crema nutritiva que le pareció muy adecuado para sus juegos. Impregnó su sexo con la crema blanca, lo extendió sin prisa gozando con cada caricia y jugó con el bote rozando su entrada y haciéndose otra foto. Se sintió osada y lo se lo introdujo lentamente en su interior. Sintió un escalofrío mientras se hacía otra foto. Sentía algo de frío en su cuerpo, estaba extendida a lo largo de la bañera y aún mojada. La espuma languidecía en su piel. Sus piernas abiertas y el improvisado juguete entrando y saliendo con firmeza de su sexo formaban una excitante imagen. Dejó a bien recaudo en su oquedad su juguete erótico para acariciar sus pechos, los amasó, tocó con sus yemas los pezones hasta que se pusieron firmes y los contempló en su teléfono, eran grandes y turgentes. Volvió a su sexo y a su voluntarioso ayudante improvisado, sus movimientos se hicieron rítmicos y más acelerados, sus piernas se abrían y cerraban para sentir aún más el contacto con aquel miembro de plástico, hasta que por fin explotó en un intenso orgasmo que fotografió sin dudarlo, así como su rostro, extenuado por el placer. 

Cogió su teléfono mientras aún respiraba agitadamente y adjuntó todas las imágenes a la vez. Mientras iban subiendo, Arancha recibió otro mensaje: “Esta tarde mi novia va con su madre a comprar el vestido para la boda así que tenemos toda la tarde para nosotros dos, estoy deseando sentir tu miembro dentro de mí Roberto…”

Las imágenes de Arancha estaban siendo abiertas en ese mismo instante por Javier, esta vez le palpitaba el corazón, pero no era de placer, el orgasmo se había quedado ya muy lejano y su cabeza le daba vueltas hasta sentir incluso mareo. Tan sólo fue capaz de enviar un mensaje antes de tirar su móvil encima de la toalla: “Cabrón”.  Su teléfono empezó a sonar insistentemente mientras ella se envolvió en una toalla y caminó hasta el dormitorio con rabia. Empezó a buscar los regalos que le había hecho su novio ya convertido en ex y desfogándose con ellos, pensó que su vida no había hecho más que empezar.

viernes, 7 de marzo de 2008

Fiebre de viernes en la noche (Por Margarita Ventura)


Nuevo relato de mi amiga Margarita Ventura, esta vez con una historia plagada de descripciones explícitas, visuales y muy excitantes. Mi enhorabuena para ella. Espero que os resulte placentera su lectura...



La otra noche lo oí llegar muy tarde. No me moví de la cama, no quería que supiera que estaba despierta, aunque no entiendo cómo no captó que fingía dormir: con el alboroto que hizo hasta una piedra hubiera despertado.

Abrió y cerró la puerta del dormitorio sin ningún sigilo. Sus botas taconeaban fuerte el piso de madera flotante, haciéndolo crujir. Se quitó el reloj y el anillo y lo estrelló desde lejos en la mesita de noche.

Caminó hasta el cuarto de baño, encendió la luz que me hizo fruncir el ceño y apretar los párpados. Sin cerrar la puerta abrió la ducha y se dio un baño corto. Se lavó los dientes, se peinó el cabello con los dedos y vino a acostarse.

Yo estaba molesta, como todos los viernes. Harta de sus salidas “sólo para hombres” que, según me juraba, eran sólo para jugar póquer o ver algún partido en el plasma de sesenta pulgadas de su amigo Alex.

Eso de los viernes para él y los jueves para mí –“Ladies Night”- había sido un acuerdo pactado incluso antes de decidir vivir juntos. Pero… ¿cómo hacía cuando las ganas de hacer el amor venían justamente el viernes por la noche?

Los últimos meses se había convertido en un hábito, casi un ritual. El se iba directo del trabajo y yo aprovechaba la soledad del departamento para “consentirme”. Abría una botella de Cava, tomaba una lata de almendras, aceitunas o lo que tuviera a mano y me llevaba mis provisiones hasta la bañera. Encendía velas aromáticas, ponía música “chill out” y me entregaba a las caricias del agua tibia y jabonosa abrazándome la piel.

Las burbujas de jabón hacían sobre mi piel el mismo efecto que las del vino en mi cabeza. Me encendían, me excitaban, y sin darme cuenta cómo ni cuando, me encontraba a la vuelta de una media hora, acariciando mi pubis y recorriendo con mis manos mis pezones duros y flotantes.

Mi piel se tornaba tan sensible que podía sentir el recorrido de cada burbuja buscando la superficie, rozando intermitentemente mis nalgas, la cara interna de mis muslos o mi cintura.

El agua bien caliente y la reacción de mis músculos contraídos provocaba un ligero sudor que me perlaba el rostro. Se me antojaba verme como una virgen de cera, iluminada por las velas en un altar pagano.

Mis fantasías eran de lo más variadas. Comenzaban siendo inocentes, pero el ritmo frenético de mi mano en el clítoris subía también la clasificación de mis pensamientos, para luego de muchos orgasmos, terminar indefectiblemente pensando en Tom, necesitándolo, ansiando urgentemente la penetración de su inmenso miembro, sacando el resto de mi lujuria para diluirla en el agua hasta soltar el tapón y dejarla correr en centrífuga fuga.

En mi imaginación habían duetos, tríos, orgías descomunales, mujeres, negros esclavos, animales con rostros humanos y una variedad infinita de juguetes, algunos de los cuales, ni siquiera creo haber visto alguna vez. Pero siempre… SIEMPRE necesitaba a Tom y sus demoníacas embestidas, llevándome al inicio de los tiempos, al comienzo de la vida, donde todo era uno y nada era pecado.

Horas después lograba calmarme, reunir fuerzas para salir de la tina sin tropezones mortales, colocarme la bata de paño y caminar a tientas hasta la cama. La botella de Cava que llevaba entre cabeza y pelvis, hacía su trabajo, abandonándome en un sueño profundo y aletargado que sólo era interrumpido con la llegada de Tom, muy tarde en la noche.

Era difícil despabilarme después de tamaña batalla. Por eso me hacía la dormida y Tom creía que realmente me despertaba cuando, después de una dedicada sesión de besos en el cuello y la oreja y caricias magistrales en mi entrepierna, encontraba, como quien no está buscando, mi clítoris. Yo me retorcía y me daba vuelta entre las sábanas para recibir lo que durante horas había estado esperando.

Llegaba así el momento de la verdadera culminación, el acto último de mi ópera. Tom, recostado detrás de mí, hurgaba con su lengua el lóbulo de mi oreja izquierda mientras me masturbaba suave y rítmicamente. El sonido de su respiración tan cerca y el chasquido de su lengua ensalivada me producía un cosquilleo eléctrico a lo largo de la espina dorsal, convirtiéndome en una aprendiz de contorsionista. Su dedo medio frotaba mi clítoris, al tiempo que el pulgar masajeaba mi ano, distendiéndolo. Poco después, su dedo medio penetraba en mi vagina, empapada y lista para recibirlo, y su pulgar entraba y salía acompasadamente de mi culo, haciendo un ruido similar al de las botellas de refresco cuando se le hace lo mismo que me hacía Tom a mí.

Tom podía hacer eso por horas, y cuando ya estaba al borde, me daba vuelta para encontrar su portentoso falo que nunca dejaba de impresionarme. Su aliento mentolado, su olor a jabón de avena, sus mechones de pelo goteando sobre mi cara, cada detalle era para mí una razón más para excitarme hasta el límite.

Cuando finalmente Tom decidía penetrarme, tanto él como yo estábamos exhaustos, de a toque, listos para entregar en un gemido largo y profundo el más intenso de los orgasmos.

Su semen y el mío le daban la bienvenida al amanecer. ¡Menos mal que es sábado! Tom me ovaciona con un largo beso y un “te amo” sin aliento. Yo me doy la vuelta y le respondo: “Odio tus viernes por la noche…”

Margarita Ventura


miércoles, 19 de septiembre de 2007

Obsesión morbosa (Por Mario)


Mario abrió el correo y vio que se trataba de uno de sus relatos, sabía que no debía, no era para él, pero por algún error, ese email estaba en la bandeja de entrada de su correo. Sabía que si lo leía despertaría sus instintos más primitivos, y supuestamente había puesto punto y final a esa historia, pero aún así, el asunto del mensaje era demasiado tentador para dejarlo de lado: “Obsesión morbosa”. No podía ser de otra manera, ella era tremendamente sexual, una mezcla de niña dulce y puta viciosa, una combinación explosiva, y él la había descubierto hacía seis meses en sus ojos en aquel bar. Pensó que podía ser el último relato suyo que tendría en sus manos, así que, sin embargo, lo leyó, sin preguntarse quien era realmente el destinatario. ¡Para qué agobiarse con estúpidos celos! Disfrutaría de esa oportunidad que le ofrecía el destino.

Mientras lo leía, se imaginaba cada pasaje del mismo: a Alicia yendo a la sex shop en busca de un modelo sugerente. Sentía su imagen muy real, podía percibir a distancia la excitación de Alicia ante el difícil proceso de elección entre todos los que allí había expuestos. Ella elegiría el más morboso, el que más pudiera provocar a Mario al verlo posteriormente en el video que, según se relataba en la narración, ella debía grabar. Era curioso que Alicia hubiera utilizado su nombre en el relato…, era difícil no sentirse el co-protagonista de la historia. Alicia compraría una buena polla de silicona modelo Rocco, nada de pequeños vibradores, ella era lo suficiente morbosa como para necesitar una herramienta de ese calibre, incluso mas grande que la que él le había introducido en todos sus agujeros, tantas veces, y se la imaginó húmeda mientras lo hacia. La visualizó en su mente pagando y poniendo cara de despreocupada, podía percibir el cosquilleo que le recorría el cuerpo bajando hasta su sexo. Vio como se pintaba como una verdadera puta, de rojo pasión sus labios, de negro intenso y exagerado sus ojos. Se la imaginaba con sus bragas empapadas.

Asistió con su imaginación a la escena que en ese momento se relataba. Alicia encendía el video y se ponía frente a él, comenzando una danza sinuosa con su cuerpo electrizado por la excitación y los estímulos provocados por sus hábiles manos. La vio primero introduciéndose los dedos en su sexo, sin reparo, mirando a la cámara desafiante y lánguida, luego, amarrando con fuerza la polla de silicona e insertándosela en su vagina, cada vez más abierta y brillante por la humedad que la recorría. En ese momento de la lectura, Mario no pudo evitar comenzar a manosearse su miembro, que desde hacía rato advertía hinchado y duro. Inició una lenta maniobra de vaivén ayudado por la crema con la que había embadurnado su glande y continuó leyendo, ávido de nuevas escenas.

Alicia seguía gimiendo, con su sexo siempre a la vista, depilado, limpio, y cada vez mas hinchado y rojo, Mario cerró los ojos y materializó en su mente la visión del primer plano del coño de Alicia, ese coño en el que tantas veces había estado clavado, ese coño que había lamido hasta el paroxismo de ella, ese coño que había embestido salvajemente mientras tiraba de su larga melena.

Podía verlo todo entre las líneas del relato y comenzaba a sentir como, una corriente arrancaba a fluir desde sus huevos buscando una salida de escape. Con su experta mano apretó la base del pene fuertemente para retardar lo inevitable, aún no había acabado el relato, aún no había “visto” todo el video.

Ella se corrió con el falo de silicona entre sus piernas y se incorporó, Mario pensó que para detener el video, pero, al seguir leyendo, se dio cuenta de su errónea percepción. Alicia dio la espalda a la cámara y continuó con su juego. Mario se sentía a un lado de la escena viendo como ella se volvía a recostar boca abajo sobre la cama y licenciosamente, empezaba a manipular su ano, empujando el juguete, con perversión medida, dejando que se mezclaran dolor y placer en una misma acometida.

Mario seguía masturbándose, transportado a la habitación de Ella, deleitándose en la visión de los dedos entrando en la vagina. Primero dos, luego tres, y cuatro al final, que son los que finalmente provocaron en ella un orgasmo salvaje. Mario podía ver su cara frente a la cámara, mirando fijamente el objetivo, con esa cara crispada tras la que escondía el tremendo placer que sentía en esos momentos. Mario vuelve a apretar con fuerza su polla para evitar estallar en un orgasmo entremezclado de fantasía.

Cuando Mario leyó el último pasaje del relato, ya se dejó ir, el desconocido y él se corrieron a la vez en la boca de Alicia e, impregnado en semen, leyó cómo él mismo la poseía en un callejón.

Sonriendo por la calenturienta imaginación de Alice, mientras se recomponía, deseó ser el destinatario…


martes, 18 de septiembre de 2007

Hasta nunca


Mi querido amante,

He decidido prescindir de tus servicios para siempre. No quiero nada más de ti, ni tus besos, ni tus abrazos, ni tu sexo junto al mío. Me he cansado de esperar tus llamadas, de quedarme dormida deseando cada noche que vinieras a mi lecho. Se acabó, hemos terminado, para siempre. Mi mente y mi corazón van a hacer un vacío en el hueco que tú ocupabas. He de ser sincera contigo: he encontrado a otro…

Fue de casualidad, de manera fortuita, pero la conexión entre ambos se estableció desde el primer momento y el entendimiento fue total y absoluto. Desde el primer instante supo lo que yo quería, lo que yo deseaba, no le hacía falta ninguna explicación por mi parte, demostraba una habilidad fuera de lo común y yo me rendí a su pericia. ¿Cómo no iba a hacerlo? Soy una mujer débil.

Cada día, su recuerdo me nubla la razón, ansío la llegada de la noche para encontrarme con mi experto amante. Es verle y mis instintos pueden conmigo, mis piernas se abren ante él como impulsadas por un resorte y es en ese momento cuando él inicia su placentera danza ritual, yo le sigo en todo momento, me muevo con él, pero es él el que me domina. Yo únicamente me dejo llevar, rendida al goce que me proporciona. Experimentamos cada noche nuevas posturas, él incentiva mi imaginación: yo sentada, él encima de mí, yo encima de él, de pie... Esta última postura la practicamos de forma reiterada. Nos ponemos enfrente del espejo de mi dormitorio, subo una pierna encima de mi cama y él ataca mi sexo hasta que mis piernas temblorosas no pueden sostener mi cuerpo y éste cae de rodillas al suelo. Allí, él sigue follándome, una y otra vez, con mi culo en pompa para ayudar a que me penetre más profundamente. Lo quiero hasta el fondo, necesito sentir su punta en mi interior hasta sentir que puede ser capaz de desgarrarme y llevarme al goce total y absoluto. Y me lleva.

Es generoso hasta el extremo, me folla hasta que caigo extenuada, él nunca busca su placer, sólo quiere el mío, verme gemir, gritar, muero con él. Es incansable, inagotable en recursos, abre mi sexo y se introduce en mí sin contemplaciones hasta arrancarme reiterados orgasmos, mis palpitaciones se propagan por todo mi cuerpo y yo le agradezco cada uno de sus movimientos, a veces suaves y cansinos, a veces, salvajes y contundentes. Me rompe con sus ataques, mi sexo rebosa humedad de tanta excitación.

Yo estoy encantada con él ¿Cómo no iba a estarlo? Siempre viene a la hora, nunca me falla, siempre responde a mis requerimientos…

Por eso he decidido iniciar una relación estable con él, es bueno conmigo, yo diría que maravilloso. Sé que no voy a encontrar nada mejor que él, así que renuncio a ti, renuncio a sufrir otra vez por amor, sé que él va a estar conmigo siempre que yo lo desee. Es fiel e incondicional, quizás es un poco callado, pero es de las pocas pegas que le puedo poner. Me gusta y lo quiero para mí, no pienso compartirlo con nadie ahora que lo he descubierto, será mi secreto.

Te dejo, hasta nunca, vuelvo con él, siento que necesita pilas nuevas para estar de nuevo pletórico, quiero volver a sentir sus vibraciones en mi interior, sólo de pensarlo me excito, me humedezco y me rindo otra vez a mi nuevo vibrador…


Tú serás mi puta



Hacía mucho tiempo que Alice no se metía en los chats. Hubo un tiempo en que frecuentaba alguna sala en la que se hablaba sobre todo de temas de cine, que era su pasión, pero se acabó aburriendo del poco nivel que había y la falta de gente interesante que pululaba por ahí. Tenía ganas de investigar, sentir cosas nuevas, experimentar y decidió probar en un chat de sexo. No tenía ni idea del tipo de gente que podía haber ahí, pero sentía curiosidad y quería probarlo. Así que se puso un nick: Alice69 y se metió. No tardaron en lloverle mensajes privados para contactar con ella, estaba claro que el masculino era el color dominante de la sala, mucho mejor, así podría escoger.
De entre todos los privados que le salieron, escogió uno, el que le sugería más perversiones: "tú serás mi puta"

-Hola Alice, ¿estás ahí?
-Hola, aquí estoy. ¿Cómo te llamas?
-Veo que eres una tía valiente y sabes lo que quieres ¿verdad? Me puedes llamar Malcom.
-Bueno...el nick es sugerente e incitante.
-Pues no hace falta que te diga nada más entonces. Vas a ser mi puta, mi esclava sexual y vas a hacer lo que yo te vaya diciendo. Te doy mi correo y nos vemos en el messenger.
-Ok.
Ambos se conectaron al messenger, era mucho más íntimo que el chat, y la pantalla se veía mejor.
-Ser una puta significa muchas cosas, quiero saber si te gusta ser una puta, follar como una guarra, si gozas haciendo tu trabajo...
-Me encanta...
-Conecta la webcam, quiero verte, disfrutar de la imagen de tu cuerpo.
-Lo siento, pero no tengo.
-Ese va a ser un problema... Bueno, como veo que eres una putita hambrienta, lo intentaremos con un micrófono...Seguro que tienes uno ¿no?
-Si, eso sí, espera que lo conecto...
-Quiero oír tu voz.
-Hola, ¿se oye bien…? Yo no te oigo a ti.
-Ni me oirás. Me gusta tu voz, es muy sensual, me sugiere muchas cosas y todas del mismo tipo. ¿Te intimida que te oiga?
-Reconozco que sí, un poco.
-Quiero que estés algo intimidada, se trata de eso. Vas a decir solo unas frases, yo te iré guiando por donde yo quiero que vayas, estás aquí sólo para eso, para darme placer, para despertar mi imaginación. ¿Te atreves?
-No lo sé…
-Inténtalo....ser una putita exige arriesgarse. Te gustará. Tanto, que querrás repetir, lo sé.
-Vale, de acuerdo.
-Dime tu edad.
Alice se acercó al micro para ir respondiendo las preguntas de Malcom.
-29 años.
-Bien, dime: ¿para qué estás aquí?
-No lo sé, para probar, quizás, por curiosidad, por morbo... -la voz de Alice era temblorosa.
-Así que estás cortada…
-Un poco.
-Bien, me gusta…Dime que estás aquí porque eres una puta. Quiero que me lo digas alto y fuerte.
-Estoy aquí porque soy una puta.
-Bien… ¿Cómo te has sentido al decirlo?
-Un poco nerviosa.
-Lo sé, pero también sé que te excita. Lo noto en tu voz, es temblorosa, pero no hay sólo miedo en ella, hay deseo por seguir, porque yo te vaya guiando por el lado oscuro. ¿Es cierto lo que digo?
-Sí…
-Dime ¿cómo están tus bragas en este momento?
-Están húmedas, mucho.
-Así me gusta… Ahora te vas a ir desnudando, ¿qué llevas puesto?
-Un camisón negro y unas bragas del mismo color.
-Muy bien...quítate las dos cosas, tíralas al suelo fuertemente, para que yo lo oiga.
Alice hizo lo que le pedía, cogió las prendas y las tiró al suelo.
-Así, estupendo… Quieres que te use ¿verdad, ZORRA?
-Sí…
-Bien, muy bien. Quiero que me digas otra vez que quieres ser mi puta.
-Quiero ser tu puta.
-La zorra de Malcom…
-Quiero ser tu zorra, Malcom.
-Mete tus dedos en el coño, quiero que los mojes bien con tus fluidos, quiero oírte gemir.

Alice se estaba poniendo como una moto, desnuda, sentada en su silla frente al ordenador, se metió los dedos en el sexo y se empezó a dar placer, estaba húmeda y chorreaba, su respiración era agitada, y sus gemidos eran completamente espontáneos. Su mano, que conocía el terreno a la perfección, se movía hábilmente, frotó su clítoris, metió sus dedos, y se dejó llevar por la excitación del momento.

-Qué guarra eres Alice...Ahora quiero que te metas un dedo en la boca y lo chupes ruidosamente como si estuvieras chupando mi polla, quiero oírte tragar.
Alice subió el tono de sus gemidos, metió su dedo en la boca y lo chupó voluptuosamente, con ganas, mientras, su otra mano empezó a amasar sus pechos, sus pezones estaban duros y prominentes, notaba su clítoris hinchado, extremadamente inflamado.
-Así…bien. Yo te follaría la boca bien fuerte. Me imagino metiendo mi polla en tu boca hasta que mis huevos rozan tus labios
Alice seguía chupando el dedo con ganas. Saber que Malcom al otro lado del ordenador se estaba masturbando mientras ella hacía lo mismo subió su grado de excitación.
-Estás caliente como una puta ¿verdad?
-Sí, lo estoy…
-Dime lo caliente que estás.
-Estoy muy excitada y extremadamente caliente…
-Quiero que uses ese dedo mojado. Esparce las babas en tu coño, quiero oírlo.
Alice, sentada en la silla y con sus piernas completamente abiertas, obedecía lo que le iba diciendo Malcom.
-Quiero que te des palmadas en el coño.
Alice jamás pensó que se excitaría de tal forma con un desconocido en un chat. Se pegó unas palmadas sonoras en su sexo, la humedad empezaba a invadir la parte alta de sus muslos.
-Eso es, putita. Eres toda una zorra. Quiero que te masturbes para mí. Hazlo, fóllate.
Alice empezó a tocarse vehementemente, pero estaba incómoda en la silla y se fue al suelo, puso el micro cerca y comenzó a moverse arrastrada por su propio vicio. Dos manos le parecían demasiado poco en ese momento, metió una mano en su coño, que se encontraba abierto y anhelante de placer, no podía parar, sus movimientos eran rápidos, sus ganas de llegar hasta el orgasmo superaba la incomodidad del lugar.
-Vamos, fóllate ese coño. Quiero que te corras, fóllate fuerte. Mi polla está dura como una piedra, me duele, te la voy a clavar, una y otra vez, imagínatelo, quiero que llegues a sentir con tu mente lo que te digo.
Su culo subía y bajaba al ritmo de su mano, estaba a cuatro patas, en el suelo, sus pechos colgaban y temblaban al son de sus movimientos, se imaginaba a Malcom sobre ella, embistiéndola una y otra vez, sobando sus pechos, agarrando sus caderas y cabalgando frenéticamente sobre ella.

-Menuda cerda…Sigue, hasta que acabes. Lo estás haciendo muy bien. Voy a destrozarte con mi verga, la introduzco en tu coño hasta el fondo, una y otra vez, cada vez más fuerte.
Sus gemidos, exagerados, terminaron en un orgasmo bestial, sonoro. Sintió una sucesión de espasmos que recorrieron todo su cuerpo y que la dejaron completamente en paz y tranquila.
-Buena chica, Alice. Cierra el micro. ¿Cómo te sientes ahora?
-Relajada...
-Te lo has pasado bien ¿eh?
-Si...dijo con apenas un hilo de voz.
-Este correo lo tengo para putas baratas como tú. Siempre que te quiera usar me conectaré a ver si estás. Eso sí, la próxima vez, quiero que tengas ya la webcam instalada o pasaré de ti. Adiós.

Y se desconectó. Alice se puso el camisón y las bragas y cerró el messenger. Todavía estaba exhausta y su respiración era agitada. Dudaba que volviera a conectarse jamás con ese desconocido... pero, ¿quién lo sabía?


Ensalada de placer


No puedo dormir. Doy vueltas una y otra vez, a la derecha, a la izquierda. Imposible, no encuentro la postura. Acabo de leer uno de los relatos que me escribió Mario, el que fue mi amante, ¡quién sabe si volverá a serlo algún otro día!, con esa esperanza vivo. La vida da muchas vueltas, como una borrasca que gira sin cesar hasta que se debilita. El destino es juguetón, a veces se burla de nosotros, a veces se conmueve, concede o no nuestros deseos a su antojo. Nos tortura y odiamos nuestra mala suerte, que puede que en un futuro se transforme en una nueva oportunidad.

He de confesar que me encanta leer relatos eróticos, especifico, me apasionan los relatos pornográficos, me gustan las cosas claras, lo concreto, lo directo y lo explícito, sin tapujos ni tabúes. Si folla, folla, si se corre, se corre y si le dan por culo… que lo hagan bien, ¡por Dios! Mario, mi ex amante, lo sabía, sus relatos son así. Me cerca con sus palabras, no escapo a la excitación que hábilmente me provoca en cada línea. Sabe donde atacarme, cómo hacer que yo me sienta protagonista de la historia y cómo excitarme hasta el punto de que quiero liquidar el relato con prisas para masturbarme y conseguir relajar la cima de tensión que él me ha provocado.

Acabo de releer uno de sus relatos y pensé que sería capaz de dormir tranquila. Por una vez quería pensar que controlaría mis emociones, quería probarme a mí misma que Mario no tenía tanto dominio sobre mis instintos. No puedo. Me conoce demasiado bien. En cada vuelta que doy en la cama, siento las sábanas de raso, que me envuelven, que acarician mi piel, que se meten juguetonas entre mis piernas. Mis pensamientos me subyugan, se repiten, veo a Mario, le puedo sentir, tocar, oler, oigo su voz. Y empiezo mis devaneos conmigo misma. La profusión de mis espasmos en cada una de mis sesiones puede resultar envidiable. No opino lo mismo. Me gusta recrearme en el juego, alargarlo y que el placer no se evapore tan rápidamente. No es fácil. La contención es algo que ha de decidir mi cerebro, y en ese momento está bloqueado, ausente, derrotado por el desenfreno, que puede conmigo.

Puede que alguna mujer me desprecie por mis palabras, me es indiferente. Yo disfruto, quizás ella no, por prejuicios arrastrados desde la infancia o por lo que sea. Intuyo que hay otro tipo de mujeres que estarían conmigo, sé que cada vez somos más. Lo intuyo, porque en mi vida una mujer me ha hablado sin tapujos de la masturbación.

Sé que de nuevo, Mario ha conseguido lo que quería, me desprendo del camisón, me molesta, retiro las sábanas y enciendo la luz de mi dormitorio… No necesito oscuridad, me gusta la luz iluminando suavemente la habitación y verme en el espejo de mi dormitorio, desnuda, tocando mi cuerpo hasta sucumbir de placer. Contemplo mis pechos, ni grandes ni pequeños, me gustan. Mi pubis rasurado, con un mínimo triángulo de vello cual señal de peligro indicando mi manantial de placer. Me pongo de rodillas sobre mi cama, con las piernas abiertas y me empiezo a tocar, me gusta sentir el roce de mi piel. En ese momento daría cualquier cosa por tener a Mario, sola no es lo mismo, es un alivio para el cuerpo, pero las sensaciones no son comparables a pesar de tener un mismo fin. Me veo en el espejo y comienzo mi película, íntima y privada. Yo soy la protagonista y Mario el personaje invisible que la completa. Empiezo poco a poco, quiero aguantar, apurar hasta la última gota de placer que me agasajo.

Mis manos se desenvuelven a la perfección. Es su terreno, conocen la orografía de mi cuerpo, demasiado bien. Me tumbo boca abajo, me encanta poder subir mi pelvis para acompasar mis movimientos. El simple roce de la mano en mi sexo es suficiente para que éste se convierta en un manantial. Lo invado con mis dedos, pero me parece poco, son finos y largos. Quiero más. Me hastío del consolador, demasiado pequeño, demasiado flemático. Mi morbo me guía hasta la cocina, cojo un plátano, verde y engreído, recién comprado en el mercado. Está un poco frío, lo meto en el microondas. Veo como gira dentro de él. Lo saco, está caliente y me gusta tocarlo. Vuelvo al dormitorio y con mi fortuna en la mano, me vuelvo a tumbar. Esta vez boca arriba. Abro mis piernas, las subo y veo mi reflejo en el espejo. Con el plátano en la mano parezco una ramera viciosa, eso hace que me anime a continuar, que mi calentura vaya “increscendo”. Lo pelo, sólo un poco. La simple visión del plátano ya es morbosa, pero más cuando veo en el espejo como entra dentro de mí. Me gusta. Lo saco, lo meto, cada vez con más viveza. Me contengo. Es aún muy pronto para terminar de gozar. El plátano abre mis labios mayores, como una flor, resbala hacia mi interior. Lo siento muy dentro, lo aprieto con mis músculos para sentirlo más aún. Lo dejo salir. Mientras me veo en el espejo, pienso que es la mano de Mario la que me ayuda a meterlo dentro de mí. Puedo ver su cara mientras se afana en darme placer con el cálido instrumento frutal. Me lo empotra y lo saca, mientras me habla, me llama puta… Quiero culminar, no, aún es pronto. Retiro las imágenes de mi cabeza, demasiado rotundas para aguantar.

Me pongo a cuatro patas, veo mis nalgas subiendo y bajando, mientras el plátano se calienta más en mi interior, pierde consistencia. Lo descarto. Quiero más. Vuelvo a la cocina, busco, y enseguida encuentro lo que quería: un altivo calabacín, estoy inmersa en una orgía de frutas y hortalizas, me siento soberbia. Tras calentarlo vuelvo a la cama. Estoy consiguiendo lo que quería, alargar el proceso, disfrutar con calma del dulce momento.

Me siento en la cama, con las piernas encima de ella. El calabacín es enorme. Me sobo mis pechos, los amaso, siento que es Mario el que los toca. Me los agarra con fuerza, apoya sus manos en ellos cargando su peso, me corta la respiración… pero disfruto. En ese momento, el calabacín no encuentra impedimento alguno, la miel que fluye de mi interior asoma de entre mis piernas. Moja mi cama. El calabacín, entra, poco a poco, entero. Gimo de placer. No podré aguantar mucho. Me dejo llevar. Lo muevo frenéticamente. La imagen que se refleja es morbosa, sugerente, impresionante. Estallo en palpitaciones. En cada una de ellas, siento cómo atrapo el calabacín en mis entrañas. Restriego mi clítoris mientras sigo jugando con tan infinito elemento. Me vuelvo a ir, una y otra vez.

Me miro en el espejo, agotada, follada por mi imaginación. Mis ojos se cierran, aún tengo dentro mi instrumento de placer, me duermo sin remedio, desnuda y exhausta…