sábado 24 de mayo de 2008

La nueva asistenta


Lamentaba profundamente que mi mujer quisiera despedir a Ángela, la asistenta que había llevado nuestra casa durante casi un lustro. Dolores se empecinó en echarla a pesar de que a mí no me parecía muy buena idea, estaba acostumbrado a verla por casa y la consideraba ya casi como de la familia, pero ella, cada vez más insatisfecha con su trabajo, arreciaba sus ataques contra ella y más de una vez asistí como espectador silencioso a las críticas y reproches que le lanzaba. Los años estaban cayendo sobre Ángela al mismo tiempo que su pereza aumentaba y la limpieza de la casa dejaba mucho que desear, según palabras textuales de mi mujer. Dolores me repetía la misma cantinela día tras día. El tema de la limpieza me dejaba indiferente, soy un hombre poco exigente y me conformo con unos mínimos estándar, pero sí me que me daba algo de pena que dejáramos sin más a aquella pobre mujer en la calle.

Mi mujer, alegre por haberse librado de Ángela, se encargó de inmediato de la selección de la nueva asistenta. Era ella la que había tenido la peregrina idea de echarla, así que no cabía duda de que era ella la que tendría que buscar una nueva que mereciera la pena.

Y la encontró antes de lo que yo creía. Aquel día yo llegaba relativamente pronto de trabajar, abrí la puerta de nuestra casa, saludé a gritos a mi mujer que se la oía de lejos en la planta de arriba charlando por teléfono con alguna de sus amigas y me precipité al sofá en busca de descanso. Agarré mi mando de la tele y busqué el programa más anodino que ponían en ese momento para no tener que utilizar ni una sola de mis agotadas neuronas.
-¿Desea usted algo, señor? –dijo bruscamente detrás de mí una envolvente y desconocida voz para mí.
Me di la vuelta sin decir una palabra y allí estaba: una despampanante mulata, plagada de hermosas curvas, volúmenes de pecado, ojos negros y suculentos labios teñidos de rojo tan carnosos estos, que dudaba que fueran reales.
-Soy la nueva asistenta, señor –aclaró ella antes de que me diera tiempo a preguntarle nada- Me llamo Roraima.
-Encantado Roraima-dije yo un poco contrariado-espero que estés a gusto en nuestra casa.

Una cosa estaba clara: o mi mujer se había vuelto completamente loca o quería probarme como marido fiel o simplemente yo era víctima de alucinaciones por culpa del estrés.

-¿Necesita algo, señor?- preguntó sonriendo.
Lo que más necesitaba en ese momento era aliviar el sofoco que tenía dentro de los pantalones, así que me conformé con una cerveza fría, no podía aspirar a nada de lo que mi lúbrica mente no paraba de imaginarse, y más cuando mi mujer bajaba en ese momento las escaleras en dirección al salón. Los tacones de Dolores sobre la escalera de mármol me avisaban de que debía volver irremediablemente a la realidad.

Mientras Roraima se dirigía a la cocina, mi mujer se sentó a mi lado y agarrando mi brazo a modo de confidente me preguntó en un susurro mi opinión sobre la nueva chica.
-Ni idea, aún no la he visto trabajar. Le daremos un voto de confianza.
-Me la ha recomendado mi amiga Milagros, dice que tiene experiencia y que es muy hacendosa. ¿Es muy mona, verdad? –preguntó mirándome de reojo.
-No sé, ni me había fijado-mentí yo-
No quise decir nada más, me sorprendía que mi mujer hubiera elegido como asistenta a una mujer que podría haber sido una brillante protagonista de una película porno y a la par me escamaba su decisión, no tengo ninguna duda de la inteligencia de Dolores, así que posiblemente quería cerciorarse de que la falta de apetito sexual que sufría yo por aquel entonces era algo generalizado y no se debía simplemente a una falta de pasión por ella.

Los días fueron pasando y yo no acababa de acostumbrarme a la presencia de Roraima. Mis momentos de paz y sosiego tras el duro trabajo terminaron con su llegada. Era incapaz de concentrarme en nada que no fuera ella, ni la televisión, ni la lectura del periódico, ni mis ratos de navegación por la red resultaban suficientes para sacarme de su embrujo.

Roraima era una provocación en estado puro. Aprovechaba justamente mi presencia en el salón para adecentarlo, pasar el polvo a los muebles, cepillar la tapicería del sofá, ordenar los libros de la librería. Ninguno de sus movimientos me parecían inocentes, más bien al contrario: eran coquetos e insinuantes. Se paseaba con el plumero moviendo sus caderas rítmicamente, se agachaba frente a mí simulando encontrar una pelusa y en más de una ocasión se olvidaba de abrochar alguno de los botones de las estrechas blusas que llevaba. Mi mujer, por otra parte, había acertado de pleno: era trabajadora e incansable. La casa jamás había tenido el aspecto impecable que ahora mostraba. Dolores además, había encontrado en Roraima más que una asistenta, una amiga. Conversaban animadamente entre ellas, se reían y yo creo que hasta se confesaban más de un secreto. Me asombraba que mi mujer intimara con una asistenta, siempre había mantenido una actitud fría y distante con todas ellas.

Lo mejor de todo es que la escasa vida sexual que tenía con mi esposa se activó. Yo estaba como un miura desatado que necesitaba descargar toda su fuerza sexual sobre una buena vaca en celo. Así que tras pasarme las tardes empalmado contemplando los quehaceres de Roraima, esperaba con ansiedad la noche para arrastrar a mi mujer a la cama y follarla salvajemente mientras mi imaginación volaba hacia el culo de Roraima. Dolores se sorprendió gratamente de esta nueva faceta mía, era raro el día que no le proponía tener sexo en los lugares más insospechados, algo inusual desde hacía mucho tiempo, pero me gustaba pensar que Roraima podía llegar a vernos, a la par que me excitaba que Dolores tuviera ciertos reparos en ser descubierta.

Roraima dormía al lado de la bodega, en un pequeño cuarto con aseo iluminado tenuemente por una estrecha ventana alargada situada en la parte superior de la pared frente a su cama, que yo había ordenado abrir cuando Ángela se vino a vivir con nosotros. A veces salía por la noche a pasear al perro por el jardín y disimuladamente me acercaba hasta su ventana, siempre cerrada por el miedo exacerbado que Roraima procesaba a los ratones. Desde que ella entró en la casa, aquella ventana, antes deslucida y opaca, lucía más transparente que nunca. El miedo a los ratones era uno de tantos miedos que ella tenía, como el miedo a dormir a oscuras. Dormía siempre con una pequeña lamparita que tenía en la mesilla que dejaba encendida toda la noche. Esa luz es la que me permitía ver su sueño nocturno. A veces adivinaba tras el cristal su cuerpo envuelto en la sábana. La tela se amoldaba a él como una segunda piel, se adentraba entre sus glúteos y su perfecta simetría me provocaba de inmediato una intensa erección.

Pasado un mes y superada la fase de prueba, mi mujer volvió a sorprenderme gratamente poniendo uniforme a Roraima. Nunca lo vistió ninguna de nuestras asistentas y a pesar de que sentía que mi mujer se estaba aburguesando demasiado por la época boyante que afortunadamente vivíamos, no le puse pega alguna, al contrario. No obstante, seguía pensando que mi mujer estaba perdiendo el juicio, el modelito que había elegido para vestirla era digno de una revista de lencería erótica o de cualquier cabaretera de los años 50. Un minifaldero vestido negro mostraba sus prietos muslos, su escote martilleaba en mi cabeza hasta casi volverme loco y aquel delantal blanco de encaje no era sino una muestra de lo que posiblemente llevaba como ropa interior.

Era tal la obsesión que comenzaba a tener por ella que me era imposible pensar en otra cosa que no fuera su cuerpo. Necesitaba pasar a la acción, no podía seguir en ese continuo estado de nervios sin probar el dulce sabor de su piel morena, morder aquellos tumultuosos labios y dejar que mis sueños más húmedos se convirtieran en realidad.

Dejé de mostrarme indiferente ante su presencia y me aproximé a ella en todos los sentidos: hablando más con ella, poniéndole mi mano en su hombro para alabar su trabajo, cogiendo su cintura para explicarle alguna ocurrencia mientras caminábamos. No parecía que se sintiera en modo alguno presionada por mí, ni siquiera la notaba incómoda, así que continué mi particular ataque tocando de vez en cuando su culo simulando colocarle la falda, palpando su pecho para quitarle una mota de polvo... Descubrí que mi trabajo me había hecho ser un hombre de enormes recursos, y que podía aprovecharlos para mi vida personal.

Fue una noche mientras mi mujer disfrutaba de un baño de sales cuando aproveché para bajar a la bodega y entré sin llamar a su cuarto. Roraima estaba desnudándose. Mi mirada de incontenible lujuria se cruzó un segundo con sus ojos de sorpresa, cogió su delantal de la cama y tapó de inmediato sus pechos desnudos.
-¡Disculpa, creí que no estabas!-mentí mientras memorizaba su cuerpo semi desnudo y me relamía con su piel morena.
-No se preocupe, no pasa nada señor... -dijo ella algo dudosa.
-Venía a arreglarte la lámpara del techo, me ha dicho mi mujer que parpadea la luz, ¿verdad?
-Sí señor. Últimamente falla cada vez más.

Entré en su habitación intentando que mi rostro mostrara la mayor cara de inocencia que podía simular, aparté la cama y me subí a la escalera ante su atenta mirada. Tras unos segundos se quitó, para mi sorpresa, el delantal que cubría sus pechos, dándome la espalda muy a mi pesar. La erección se hizo plena en ese momento, me apretaban los pantalones y la sangre de mi cuerpo bombeaba tan aprisa que la calentura tornaba hasta convertirse en verdadero mareo. Roraima de nuevo se dio la vuelta para contemplar mis torpes maniobras, jamás he sido un hacha del bricolaje, al contrario, no hay tarea que odie más. Roraima se comportaba como si no hubiera nadie más que ella en la habitación, bajándose lentamente sus bragas hasta que cayeron al suelo. Los cables se me estaban resistiendo y mis manos temblorosas por la excitación no atinaban a introducirlos en el casquillo. Pude ver de reojo su pubis, negro como el azabache, deseaba perderme en la noche que mostraba. Mientras seguía con el arreglo, Roraima caminó desnuda hasta la ducha, dejando la puerta del aseo abierta. Abrió el grifo y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo, humedeciendo su pelo largo y rizado. El pequeño espejo del baño era mi confidente, mostrándome todos los movimientos de aquella bella mujer. Me sentía hipnotizado por su piel mojada. Vertió una pequeña dosis de gel en la palma de su mano derecha e impregnó con mimo su cuerpo con él, frotando su piel enérgicamente mientras el agua se teñía de espuma. Veía como resbalaba por sus pechos, quedando en sus pezones pequeñas manchas blancas que yo imaginaba que podría ser mi semen. Hubiera querido ser en ese momento yo la espuma y seguir el insinuante recorrido que hacía por su cuerpo, depositándose finalmente en su vello atizonado, cuya espesura ejercía de muro de contención. Veía mi semen haciéndose uno con su pubis, tiñendo de blanco aquella mata, refugio de mi fuente de placer. Mientras se enjuagaba, bajé de la escalera, pero no por miedo a caerme, sino por puro deseo y me acerqué hasta la ducha en su busca. Descorrí las puertas que la separaban de mí y agarrando su brazo la arrastré hasta su cama, haciendo caso omiso a sus súplicas.
-Pero señor... ¿Qué hace?

Yo estaba fuera de mí, no podía pensar, no me daba cuenta de lo que estaba haciendo, era mi ansiedad carnal la que decidía mis acciones. Abrí sus piernas, lamí el agua que cubría su piel hasta secarla con mi deseo, amasé sus pechos y me llevé ambos a la boca, era tal mi hambre que no me conformaba con uno. Roraima no daba muestras de rechazarme, tan sólo unos pequeños forcejeos que a mí me parecían algo teatrales. Empapé mi mano con su vello mojado y resbalé mis dedos por los confines del fin del mundo, que en este caso eran míos. Bajé la cremallera de mis pantalones y mi pene salió aliviado de su pequeño espacio. Estaba poseído por aquella mujer, mordí su cuello hasta conseguir retener en mis papilas su olor, estrujé sus glúteos con mis manos hasta que los sentí completamente míos, lamí sus negros pezones completamente endurecidos y la penetré sin poder aguantar ni un minuto más fuera de aquel paraíso de carne prieta y mojada. La embestí rápidamente, con fuerza e intensidad, pensando que quizás era la última ocasión de poder hacerlo, que de seguro le contaría todo a mi mujer y que la despediría, o peor aún, dado que cabía la posibilidad de que quien se marchara a la calle fuera yo. Pero en ese momento, todo eso quedaba muy lejos, mi única meta era poseerla, hacerla mi esclava, mi prisionera sexual, mi dulce criada sumisa, completamente mía. Empujé como si me fuera en ello la vida, con rapidez, sin tener en cuenta nada más que mi propia necesidad. Mis poros comenzaron a rezumar, mi respiración se hizo más agitada, comencé a sentir que mi miembro era comprimido rítmicamente y Roraima, para mi sorpresa, se desparramó en la cama exhausta cesando su tímida lucha contra mí, mientras yo sacaba y metía mi miembro en su sexo indiferente a sus cansinos ruegos, derramando inconteniblemente mi semen sobre su cuerpo moreno. Me deleité por unos segundos contemplando su pelvis teñida de blanco gracias a mí y me levanté.

Salí de inmediato de su habitación no sin antes haberme pegado una pequeña ducha para no ser descubierto por el sensible olfato de mi mujer. Ahora es cuando empezaba a tener remordimientos por el mal cometido. Roraima no me dijo ni una sola palabra tras el sexo, quedó tendida sobre su lecho con las piernas abiertas sin ni siquiera mirarme. No podía saber lo que estaba pensando, pero no tenía que ser nada bueno.

Pero por fortuna mi mujer no llegó a sospechar nada y Roraima, quizás por miedo a ser despedida, no había comentado nada del asunto, así que yo, tranquilo sabiendo que estaba a salvo, me convertí a partir de ese día en mis horas libres en un acosador casero.
-Pero que culito tan rico tienes-le decía mientras metía mi mano por debajo de sus bragas y le achuchaba su trasero empujando su cuerpo contra la encimera de la cocina.
-¡Señor, por favor!- Decía ella algo contrariada.

Aprovechaba cualquier ocasión para meterle mano en el sentido más amplio de la palabra: si ella estaba pasando el polvo a la barandilla, yo me acercaba por detrás y bajando sus bragas, me apretaba a ella para que sintiera mi miembro erecto entre sus nalgas. Si se encontraba en el suelo dando blanco a las hiendas de las losetas, agarraba sus pechos y hacía que se levantara hasta poder lamer su cuello dorado. A pesar de que mi intención era ir más allá, ella no me daba ninguna ocasión para hacerlo: cerraba su cuarto a cal y canto y evitaba las ocasiones en las que mi mujer estaba fuera de casa para acercarse a mí. Así que mi calentura aumentó tanto, que mis sesiones de sexo con mi mujer experimentaron un nuevo renacer para alegría de ésta, que siempre ha sido una mujer fogosa y nunca ha llevado bien mi recurrente falta de deseo.

Lo cierto es que Roraima se iba alejando de mí al mismo tiempo que se acercaba a mi esposa. La relación amigable que mantenían se estaba convirtiendo en algo más íntimo, aumentaron los cuchicheos entre ellas y el tiempo que pasaban juntas. Sentí que era el tema de algunas de sus conversaciones e incluso en más de una ocasión, creí ver como mi mujer se acercaba a ella de la misma manera que lo hacía yo. ¿Mi mujer se sentía atraída sexualmente por el sexo femenino? ¿Sería acaso bisexual y yo no me había dado cuenta nunca de ello?

La relación entre ambas despertó en mí un nuevo sentimiento: el de los celos. Sentía envidia de su intimidad, de no ser el confidente de Roraima, de que no se probara ante mí los vestidos que mi mujer le regalaba. Era una obsesión, un temor a ser el tercero en discordia y a que mi bella mulata no me tuviera en cuenta para nada.

Si bien es cierto que no me podía quejar de no ser atendido por ella, me resultaban ciertamente escasos aquellos momentos y por ende, el tiempo que pasaba junto a mi mujer se me hacía excesivamente pesado y largo. Me frustraba no saber qué hacían en el dormitorio de mi mujer, siempre con la puerta cerrada a cal y canto. Eran momentos de intensa desesperación que conseguí aliviar con un nuevo entretenimiento: el espionaje.

Fue así como un día escuché entre mi mujer y Roraima una extraña conversación que me dejó algo confuso y preocupado.
-¿Qué tal va todo Roraima? ¿Lo ha vuelto a hacer?
-No señora, aunque lo intenta.
-Ya sabes lo que tienes que hacer, del resto ya me encargo yo.
-Claro que sí, señora, no dudé que lo haré...

Reflexioné sobre la misteriosa conversación de las mujeres que habitaban mi casa. No sabía a qué atenerme. O era víctima de un complot entre ambas para eliminarme y quedarse a solas o, pensando desde un punto de vista más positivo, mi mujer la había contratado no sólo para tareas domésticas, sino también para darme una alegría y de paso aumentar mi lastimada libido. La primera posibilidad, aparte de ponerme los pelos de punta, me llenaba de congoja. Confiaba en mi mujer y creía conocerla bien como para considerarla capaz de cometer un asesinato. Prefería pensar que la segunda posibilidad era la acertada.

La respuesta a mis dudas e interrogantes llegó una tarde al volver del trabajo a una hora más bien temprana. Subí las escaleras un poco escamado al no ver a Roraima en el piso de abajo haciendo sus labores. El silencio absoluto que había en la casa era algo escamante. La puerta del dormitorio de mi mujer estaba cerrada y un extraño sentimiento de que algo ocurría me invadió. Abrí la puerta con cuidado intentando hacer el mínimo ruido posible y la escena que contemplé no podía decir que me sorprendiera, me resultaba, a la par que chocante, tremendamente morbosa y excitante.
-¿Quieres que te hagamos un hueco?-dijo Dolores entre jadeos.

Tiré la chaqueta del traje al suelo, me aflojé la corbata y me dispuse a vivir lo que parecía ser una nueva y maravillosa etapa de mi vida…


jueves 15 de mayo de 2008

Mi dulce panadera


Cada mañana, antes de que el sol se pusiera en el horizonte, yo me acercaba a comprar hasta allí. Me gustaba saborear en mi boca de camino al trabajo un trozo de aquel pan recién hecho, escuchar el crujiente sonido que hacía al cortarlo con mis dedos, sentir como se derretía gracias a mi saliva. Era mi “buenos días” particular, la forma perfecta de comenzar una nueva jornada y saber que el rutinario devenir de los días me hacía simplemente feliz. De alguna manera, comer su pan era como abrazarla a ella, me excitaba la idea de pensar que antes había trabajado con sus finas manos la masa, que con mimo había moldeado su forma y que tras el horneado, lo había depositado con sumo cuidado en las gigantes cestas de mimbre donde los apilaba verticalmente.

El olor de su pan se olía en la distancia, emanaba una cálida fragancia del pequeño local que inundaba toda la calle desde su comienzo. Adoraba percibir desde lejos aquel maravilloso aroma. A medida que me aproximaba, sentía mi corazón bombear con más fuerza, advirtiendo que de nuevo volvería a estar a su lado a menos de un metro y mis pulmones se embriagarían con su esencia.

Me gustaba verla sonreír al entrar en su tienda. El horno encendido provocaba en la panadería una elevada temperatura, la misma que comenzaba a sentir yo nada más oír su voz, dulce, melodiosa y envolvente. Todo de ella me atraía, no era en absoluto una mujer de curvas pronunciadas, ni siquiera sus pechos eran grandes y carnosos, sus caderas eran tan sólo una leve curva en su camino y sus pechos, un recuerdo adolescente. Siempre llevaba un vestido azul claro de algodón, de manga corta, muy permisivo en cuanto a la visión que regalaba de sus piernas. Me gustaban, tenían el color de la corteza de su pan pero seguramente, la suavidad de su miga.

Nada más entrar y verla, notaba cómo me excitaba sin que nada pudiera impedirlo. Quería tocarla, sentir su piel, rozar sus labios con los míos y que fuera mía, aunque tan sólo fuera por unos instantes. La deseaba ardientemente. Me intrigaba su forma de mirarme, yo diría que pecaba de íntima y provocadora, o quizás ese era mi deseo.

Cuando salía de allí y los primeros rayos de sol comenzaban a acariciar la fachada de los edificios, me sentía feliz por haberla visto de nuevo. Era entonces cuando saboreaba su recuerdo con el pan que acababa de comprarle. Era un ritual. Mis dedos cogían un pequeño trozo de pan y mi boca, rezumante de flujos salivares, esperaba con impaciencia a tenerlo en su interior. Lo saboreaba con lentitud, le daba vueltas con mi lengua intentando imaginarme que era ella a la que degustaba. Su imagen aparecía en la calle, como incitándome a llegar hasta ella, despojarle con suma suavidad de su vestido y ver su pálida desnudez. Sus puntiagudos pezones eran prueba evidente de que no llevaba sostén, quizás nunca, dado su pequeño tamaño. A mí me daba igual, incluso mejor, me imaginaba disfrutando de uno de sus pechos dentro de mi boca, me veía succionando sus pezones, cosquilleando su piel hasta hacer que se derritiera por fin entre mis brazos. Lucía, que así se llamaba ella, permanecía en mi pensamiento el resto de la jornada y entre mis sábanas volvía a sentir la ansiedad por no tenerla a mi lado. Me acariciaba pensando que era ella la que lo hacía, me daba placer, imaginándome a ella haciéndolo. Quizás era una obsesión imposible de convertir en realidad, pero era mi dulce obsesión y con ella me gustaba vivir.

Era peor cuando su marido la acompañaba por las mañanas. Su sonrisa era más forzada, sus movimientos algo más bruscos y nerviosos. No me gustaba aquel hombre de gesto duro, barriga pronunciada y repugnante olor. La panadería sufría una transformación, parecía haber perdido la magia e incluso el pan sufría una triste mutación, lo sentía más gomoso y falto de sabor. No sé porque estaba con él, nada tenían que ver el uno con el otro. De acuerdo, los celos podían conmigo, no era mía sino suya.

Aquella mañana cuando entré en la panadería me encontré con que ambos estaban en medio de una discusión. Él gritaba con fuerza y justo en ese instante, la zarandeaba ante los ruegos de ella, que quería que la dejara en paz. Al verme llegar, me miró con desprecio, cogió su chaqueta y marchó del lugar dando un terrible portazo. Lucía me miró, tenía los ojos brillantes y sentí que me pedía a gritos que me acercara a ella a consolarla. Y lo hice. Me puse al otro lado del mostrador y mirándola con ternura, la abracé. Era un sueño hecho realidad, o quizás eran alucinaciones de mi imaginación. Acaricié sus brazos, le di un beso en su mejilla, y la estreché fuertemente. Ella no se apartó de mí, al contrario, sentí sus manos recorriendo mi cuerpo con curiosidad aunque con inquietud, nuestros cuerpos pegados compartiendo un mismo calor provocaron mi excitación y su respiración entrecortada, era muestra de que también la suya. Me atreví a acariciar sus muslos, a elevar ligeramente su vestido y tocar sus nalgas. Tenía razón, no llevaba ropa interior. Me gustó descubrir la forma de sus glúteos, como dos hogazas horneadas para ser degustadas hasta la plenitud. Descubrí la raja que dividía aquellos dos panes y me aventuré a pasear mi dedo por ella. Sus jadeos se hicieron más continuos. Sé que tenía miedo por lo que estaba haciendo, que era la primera vez, pero por otra parte, intuía que confiaba en mí. Seguí lentamente abriendo aquel regalo matutino. Mi mano continuó su viaje hasta su pubis, lo cubría una fina pelusilla. Lo mimé, lo rocé ligeramente mientras miraba sus ojos, los había cerrado y estaba más bella que nunca. Abrió sus piernas para mostrarme el camino, mi mano lo recorrió con cierto temblor, era una delicada joya entre mis dedos. Abrí sus puertas y me adentré en su interior. Oprimió mis dedos mientras elevaba el tono de sus gemidos. Comencé a mover mi mano rítmicamente, haciendo que mis dedos salieran rozando su clítoris, lo sentí inflamado y ardiente. Ella seguía de cerca mis pasos, aprendiendo a despojarse de sus ataduras. Nos quitamos la ropa mientras seguíamos conociéndonos. Era fácil hacerlo tras haber descubierto que teníamos los mismos deseos. Hice que se sentara en el mostrador, me arrodillé en el suelo y dejé que mi boca degustara lo que tanto necesitaba. Lamí su vulva, metí mi lengua en punta en su sexo, jugueteé con mis labios, mordisqueé con dulzura su clítoris. Sabía a su pan, a la levadura que echaba para que éste fermentara. Ella ya no gemía, gritaba de placer, tensaba mis cabellos y yo de rodillas, saciaba mi apetito. Sus rítmicos espasmos se sellaron en mi boca. Me levanté, su rostro reflejaba incredulidad por su atrevimiento, pero a la par sus ojos me decían que se sentía bien. También sus manos se expresaron, parecía sentirse cada vez más libre para moverse. Acarició mis brazos, beso mis pechos, lamió mi ombligo y se acercó hasta mi sexo, húmedo y suplicante de alivio. Acercó su mano y con algo de timidez, lo rozó, acarició mi vello, frotó ligeramente mis labios mayores y metió sus dedos en mi interior. Cogió uno de mis pechos con su mano, mientras masturbaba mi sexo hasta conducirme directamente al paraíso.

Ambas descansamos abrazadas y desnudas sobre el mostrador. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que no habíamos cerrado la puerta y cualquiera que hubiera venido nos habría visto. Para mí en esos instantes el resto del mundo carecía de importancia.

Salí de allí con mi barra de pan, como cada día. Mordisqueé un pequeño trozo y sonreí. El sabor del pan se había mezclado con el aroma que aún conservaba de su sexo y me pareció la mezcla más maravillosa del mundo. Caminé apresuradamente al trabajo, era tarde, pero nada me importaba más que volver de nuevo al día siguiente al lado de Lucía.

En ese momento me sentía la mujer más feliz del mundo.


sábado 3 de mayo de 2008

Tisana Voyeur (Por Margarita Ventura)

De nuevo Margarita Ventura nos trae un sugerente relato. No podreis permanecer ajenos a la amalgama de sensaciones, colores y sabores que tan perfectamente describe en la historia que nos propone. "Tisana Voyeur" ha sido además ganador del 2º premio del conocido concurso "Sexo para leer" organizado por la revista Urbe Biquini. Enhorabuena Margarita!
A los que aún no conocéis los relatos de Margarita os invito a que leáis el resto de los publicados en el blog y que podréis encontrar en una de las secciones de la parte lateral de la página. Besos.


Las empleadas de la Frutería La Tisana se divertían fantaseando sobre la vida de sus clientes, según cómo lucían o el tipo de mercancía que compraban.

De la señora Gordons, por ejemplo –la bautizaron así porque pesaba como 150 kilos- suponían que era una estreñida, pues siempre compraba lechosas, tamarindos y uvas pasas. Don Paquito –mote dado por el “paquete” que se insinuaba a través de sus pantalones- iba por pepinos, plátanos y berenjenas. Lo imaginaban entonces como un multifacético amante homosexual.

La Tisana estaba llena de historias y fantasías sobre gente común. Una de ellas fue protagonizada por la hermosa Manuela, encargada de acomodar las frutas en los anaqueles y ayudar a los clientes con sus compras. El dueño la contrató por su trato amable y su rostro como iluminado desde adentro.

Hace algunas semanas comenzó a ir a La Tisana un cliente al que apodaron Mister Mistery. Alto y atlético, llegaba cada jueves por la mañana, ataviado de negro y con unos lentes oscurísimos que no se quitaba jamás, lo que ponía a las chicas muy nerviosas, pues nunca sabían cuándo las estaba mirando.

Con el paso de las semanas Manuela llegaba cada jueves más arreglada de lo usual, con el cabello recién lavado y recogido en una horquilla de carey, rubor en las mejillas y ropa dominguera que, aún semi tapada por el delantal de trabajo, se notaba recién planchada y especialmente combinada.

Mistery la saludaba con un “buenos días” largo y pegajoso, y Manuela le contestaba con uno corto y ahogado en su propia respiración. Esos buenos días le decían cosas prohibidas, a juzgar por los colores que se le subían al rostro y la hiperventilación que le producía la proximidad de aquel cuerpo magro y varonil.

Aunque su trabajo era atender a los clientes, intentaba evitar a Mistery manteniendo una prudente distancia. Él pasaba horas escogiendo meticulosamente la mercancía. Sus manos fuertes acariciaban de manera particular cada fruta antes de decidir meterla en el canasto. Sopesaba los melones, uno en cada mano, y a Manuela se le antojaba imaginarlo haciendo lo mismo con sus pechos. Olfateaba los nísperos y a Manuela se le erizaba la piel detrás del cuello imaginando ser uno de ellos, absorbida entera por la pituitaria de aquel extraño comprador. Agitaba un coco para verificar si tenía agua dentro, mientras las entrañas de Manuela se sofocaban, haciéndose ella agua para calmar su íntimo ardor.

Aunque Mistery sonreía a ratos, seguía siendo un hombre oscuro y enigmático. Se sabía poco de él, pero mucho menos al no conocer su mirada. ¡Si tan sólo hubieran podido quitarle alguna vez aquellos lentes oscuros! Ver si sus ojos eran negros, verdes o azules, si tenían muestras de haberle sonreído a la vida, o si por el contrario le circundaban aros violáceos, producto de insomnios y atormentados pensamientos.

El jueves antepasado, a la misma hora y con el mismo atuendo, comenzó el paseíllo de Mistery y la contradanza de Manuela buscando distancia. Pero como en un juego de ajedrez, esta vez el cliente movió magistralmente las piezas, para acorralar a Manuela contra la puerta batiente del almacén. Irremediablemente tuvo que empujarla y entrar.

Mistery la siguió con pasos lentos y relajados; la sonrisa volvía a aparecer en el rostro de aquel atractivísimo hombre. La respiración de Manuela se hacía ridículamente fuerte; del escote de su vestido de tirantes, se asomaban intermitentes sus pechos como un par de granadas a punto de estallar.

Mistery encontró unas uvas rojas importadas de Chile, inmensas y jugosas. Arrancó una del racimo a su alcance y la colocó entre las dos filas de blancos dientes de la chica. “Muérdela para mí”, le dijo, al tiempo que Manuela se sobresaltaba por escuchar tan cerca la voz de aquel hombre. Era una voz honda, empalagosa, tal como la había imaginado tantos jueves en la noche al llegar a su casa y masturbarse pensando en él.

-Muérdela para mí –repitió- y Manuela obedeció jadeando, partiendo por la mitad aquella fruta viva y entregándosela en su boca tibia y mentolada. Mistery masticó el manjar ofrendado y escupió sobre ella las semillas, como diminutos balines vegetales que la herían de puro placer.

Inmediatamente encontró un manojo de albahaca, que trituró sin compasión, llenando el recinto del aroma conocido de los guisos de la abuela. Las diminutas hojas machacadas rodaron por los hombros y brazos de Manuela, también por su escote entreabierto, colándose algunas entre el nacimiento de sus redondos pechos.

Mistery se acercó al cuello de Manuela para percibir el aroma limpio de su cabello y aspirar profundamente su olor almizclado de mujer en celo, de cervatillo asustado, pero sobre todo, excitado.

Mientras se alimentaba con su aroma, como un macho en su ritual de apareamiento, Manuela buscaba el equilibrio ante el mareo colosal que le producía aquel hombre. Se sostuvo como pudo de una caja de ciruelas que segundos más tarde aplastaba con sus brazos, sus codos, su espalda, cediendo ante el empuje de Mistery sobre ella, que la olfateaba y la lamía ya por todas partes. El delantal había desaparecido y los tirantes del vestido ahora colgaban inertes más abajo de sus pechos, que se mostraban francos, rotundos y firmes como melones chinos. Los pezones rugosos y purpúreos, semejaban un par de frambuesas que Mistery degustaba con la punta de la lengua, tanteando sus múltiples drupas.

Pronto se encontró Manuela totalmente desnuda sobre el frío acero de la mesa de trabajo. Al suelo habían ido a parar cajas con kiwis, mandarinas y fresas. Mistery, aún total e impecablemente vestido, recorría ese cuerpo tan femenino, palpando sin apuros sus prominencias y depresiones, adentrándose de a poco en su intrincado vello púbico, mientras Manuela se retorcía de placer.

Mientras una mano acariciaba el pubis de Manuela, la otra buscaba en el suelo alguna fruta. Encontró una mandarina, la peló con los dientes, separó los muslos de Manuela y tocó por primera vez su rojo y henchido clítoris, para luego exprimir de un sólo apretón el cítrico jugo que se derramó por entre los labios latentes de su sexo. Manuela no sabía si le incomodaba o le gustaba aquél ardor, pero definitivamente quería más.

Buscó entre las repisas algo más con qué jugar y encontró un pepino grueso y rugoso. Lo acercó a la boca de Manuela, para que ella misma lo lubricara con su escasa y espesa saliva; recorrió con él su vientre liso para finalmente penetrarla bruscamente, sin avisos, y sin piedad. El orgasmo de Manuela se evidenció en el arqueo poseso de su espalda, una mueca de sonrisa y una mirada blanca maravillada por lo que sus ojos veían dentro de si misma.

Bajando apenas del cielo, avanzaron por del estropicio de frutas derramadas hasta el inmenso frigorífico donde se guardan las “joyas de la corona”. Manzanas, peras y melocotones, reposaban sobre cajas de cartón armado y papel de seda, semejando rubíes, esmeraldas y topacios en la bóveda de una joyería.

Mistery entronizó a Manuela inclinándola sobre aquellas gemas para penetrarla hasta el alma con su falo paciente y experimentado. Manuela tenía la piel erizada y podía ver el humo blanco que salía de su boca con cada exhalación. Temblaba por el frío, pero también por un placer infinito que convertía aquel frigorífico en un palacio real.

Otro orgasmo de ella sirvió de acompañante para la vaciada de él sobre sus nalgas tensas y sus piernas aún tiritando. Como leche de coco, Mistery le entregó su esperma con un corto y gutural gemido que marcó el final de la faena.

Recuperado a medias el aliento y con los labios morados como ciruelas, Manuela dijo entre dientes: “Antes de irte quiero ver tus ojos”. Mistery sonrió de nuevo y negó con la cabeza. Manuela se acercó pisando algunos mangos. “Por favor... por favor”, suplicó, mientras con sus propias manos temblorosas tomó los lentes oscuros y los retiró lentamente del rostro de su amante.

Se encontró con unos lagos negrísimos y muertos; opacos, sin pupilas, ni luz, que miraban todo y al mismo tiempo nada. No la miraban a ella, que buscaba sin éxito el fuego helado que minutos antes habían compartido.

- Soy ciego de nacimiento, dijo tranquilamente Mistery. Pero te he visto mucho más adentro, más profundo y más completo que todas las personas que has conocido en tu vida. He sentido tu aroma mezclado entre las frutas, he intuido tu deseo y he vislumbrado tus fantasías conmigo. Supe quién eras desde el primer momento y vine cada jueves por ti. Espero no haberte defraudado, agregó luego de una pausa infinita.

Manuela no pudo articular ni una sola palabra. Se quedó atónita mirando cómo aquel hombre que la había cautivado sin verla, daba media vuelta y salía del almacén para no volver jamás. Permaneció quieta por horas, pasando el vaporón de semejante escena y preguntándose al tiempo, quién de los dos había visto más...

Yo también lo vi desde mi oficina, a través del circuito cerrado del local...

Por Margarita Ventura.





sábado 26 de abril de 2008

La academia de peluquería


Mi vida cambió cuando mi madre decidió no volver nunca más a la peluquería de Josechu, situada justo en la misma calle donde vivíamos. Puedo decir sin temor a equivocarme que la razón que la llevó a tomar tal decisión, tenía que ver fundamentalmente con los coqueteos que Josechu se comenzó a traer con Rosa, nuestra vecina de enfrente. Mi madre había sido destronada precisamente por la vecina con la que peor se llevaba, era algo difícil de asimilar. Ella no se acuerda, pero hubo antes otra reina venida a menos por culpa de la aparición de mi madre. Nuestro peluquero era todo un Don Juan de las tijeras. La rabia se apoderó de mi madre al comprobar que los juegos entre él y Rosa comenzaban a ser reiterados y para no tener que presenciar nunca más como espectadora aquellos flirteos, decidió prescindir definitivamente de sus servicios.

Yo sin embargo, no me enteré de su decisión hasta el mismo día en que me advirtió que tocaba corte de pelo. Me sorprendí cuando dejamos de lado la peluquería. Muy digna y altiva, pasó de largo por el ancho escaparate de nuestro hasta ahora peluquero. Ni siquiera miró de reojo dentro del local, siempre parapetado por los botes de champú y suavizante que se apiñaban en una estantería de metal lacado tapando ligeramente la visión del interior. Incluso sentí como aceleraba su paso mientras yo, ajeno a las silenciosas disputas entre las rivales, me preguntaba adonde nos dirigíamos.
-Hoy vamos a ir a la Academia de peluquería –dijo ella nerviosa adivinando mis dudas.

El cambio de peluquería no me hizo mucha gracia en ese momento. Me gustaba la vieja peluquería de Josechu: por una parte, el trato fraternal y de hombre a hombre, y por otra, su cercanía, que me dejaba el tiempo suficiente para no perder la jornada en algo que me parecía una tarea inútil como era la del corte de pelo. Prefería disfrutar de la compañía de mis amigos, como cada tarde.

Caminaba indolente con las manos en los bolsillos, arrastrando el paso, sin muchas ganas de ir a la par de mi madre como un buen hijo. Ya era mayor para andarme con tonterías.

Tras quince minutos de interminable caminata llegamos por fin a nuestro destino. A pesar del frío que hacía en la calle, la puerta del local permanecía abierta de par en par, invitando a entrar a los transeúntes necesitados de un nuevo peinado. Un cartel encima del mostrador anunciaba los precios de los servicios ofertados. Por lo que pagaba mi madre a Josechu, me parecieron realmente irrisorios. Y comprendí que mi madre había cambiado la pericia y el buen hacer de Josechu por unas baratas aspirantes a peluqueras y posibles aficionadas al arte del trasquile. Dudé sobre si rebelarme o no y marcharme de allí. No era mi intención ser el hazmerreír entre mis amigos. Truculentas imágenes con mi pelo como protagonista se agolpaban en mi cabeza. Aparecía completamente rapada, o peor, mechones de distinta longitud luchaban por destacar para mi vergüenza. Iba a ser una pobre víctima de aquellas necesitadas peluqueras de cabezas ajenas, ansiosas por utilizar sus tijeras con los pobres incautos que querían ahorrarse unos pocos euros en el corte de sus melenas. Mi madre debió de observar mi reticencia y aferro mi brazo firmemente como si yo fuera un vulgar ladrón con intención de fugarme de las garras de la autoridad.

La señorita del mostrador nos indicó la puerta del salón donde se ubicaba la peluquería propiamente dicha. Nada más entrar, mis dudas y mis temores se disiparon. Sentí que había llegado al Paraíso y sorprendentemente no era porque me hubiera muerto. Aquel lugar estaba atestado de mujeres vestidas con unas batas blancas minifalderas y zuecos blancos. No eran mucho mayores que yo. Cada una de ellas se movía como una bailarina en torno a su cliente, cortando y peinando su pelo con gran delicadeza, ante la atenta mirada de la única mujer mayor que había en el lugar, Anastasia se llamaba, que daba todo tipo de indicaciones a diestro y siniestro a sus pupilas. Supuse que era la dueña de la academia. Fue ella precisamente la que me indicó un lugar donde sentarme y esperar a que una de sus alumnas quedara libre para poder atenderme.

Mi madre se precipitó agotada en el sofá dispuesto a la entrada para los acompañantes y de inmediato se enfrascó en la lectura de la prensa del corazón de esa misma semana. En la peluquería de Josechu tan sólo se podía leer el diario “Marca” que es el que él compraba todos los días para ver los resultados de los partidos.

Yo me sentía algo nervioso. El lugar era nuevo para mí, era el único hombre que había allí en ese momento y no había pasado por alto las miradas que todas las muchachas me echaban disimuladamente entre risas. Creo que incluso intuía sus comentarios jocosos. Presentí que era por ir acompañado de mi madre y me juré a mí mismo volver solo la próxima vez y así demostrar a aquellas chicas que ya no era un crío.

Una de las chicas cogió mi mano para llevarme hasta la zona donde se ubicaban los lavabos. Mis nervios aumentaron, pero no ya por creer que podría ser víctima de la poca profesionalidad de las peluqueras, sino por la necesidad de disimular la incipiente erección que comencé a sentir dentro de mis pantalones. Estoy en una edad sensible y cualquier motivo es suficiente para despertar en mí todo tipo de calenturientos pensamientos.

La aspirante a peluquera que me había tocado era bajita, morena, de piel clara y pelo rizado. Lydia se llamaba. Me colocó una toalla alrededor de mi cuello y me ayudó a colocarme en el incómodo hueco donde debía alojarlo. De inmediato, una tibia ducha comenzó a caer sobre mi cabeza. La mano de Lydia revolviendo mi pelo me provocó escalofríos por todo mi cuerpo. A pesar de la incómoda y hasta dolorosa postura, era mayor el placer de sentir sus manos en mis sienes. Pero si el agua cayendo por mi pelo me pareció algo maravilloso, el instante en que me roció con una buena dosis de champú y comenzó a masajear mi cabeza me pareció sublime. Sus manos eran firmes pero acariciadoras, me electrizaban a su paso. Mantenían en constante estado de erección mi necesitado miembro a la par que me producían un extraordinario relajo en la musculatura de mis piernas. Lydia movía sus manos afanosamente por mi cabeza, la rascaba ligeramente con sus yemas, todo un inesperado placer. ¡Ojalá mi madre hubiera mandado antes a paseo a Josechu!

Desafortunadamente, Lydia terminó de enjabonarme y tras un corto aclarado, me colocó otra toalla encima de mi mojada cabeza y me condujo de nuevo al asiento vacío que había ocupado en un principio. Lydia rebuscó en una pequeña cajonera con ruedas donde guardaban todos sus utensilios, sacando unas largas tijeras y un peine.

Las placenteras sensaciones desaparecieron, el contacto con las tijeras era frío, pero a medida que iba cortando mi pelo, sus manos, en un afán de perfección comenzaron a tocarme, recolocando mi pelo ayudándose del peine. De nuevo volví a sentir sus manos en mi cabeza, eran cálidas y suaves. Cogí valor y miré al espejo, viendo mi aspecto y aprovechando a verla a ella. En ese instante me dedicó una franca sonrisa que me hizo ruborizarme sin poder evitarlo. Soy un desastre con las mujeres, supongo que será mi falta de experiencia.

El proceso me resultó tan corto, que casi pegué un brinco cuando me advirtió que había finalizado su tarea. Me encontraba maravillosamente bien entre aquellas manos, y sentía la futura añoranza de no tenerlas cerca. Una nueva experiencia tras haber pasado por las manos de mi antiguo peluquero.

Mi madre al verme levantado, dejó las revistas sin muchas ganas y observó la obra de la peluquera. Por su cara me pareció que no había quedado muy conforme a pesar del precio que iba a pagar por el servicio. ¡Si a mí me parecía que está perfecto!

Aquella noche, mis sueños inundaron las sábanas de mi cama recordando las caricias de Lydia mimando mi pelo.

Lo cierto es que yo deseaba que mi pelo creciera más deprisa para volver prontamente a la Academia. Me parecía que mi cabello no crecía al ritmo que yo creía que debía hacerlo. Pasaban los días y yo me desesperaba al no notar que mi pelo seguía sin progresar, así que comencé a investigar sobre los alimentos y complementos vitamínicos que podían darle la fuerza y el vigor suficiente para crecer más apresuradamente. Evité la carne ante la sorpresa de mi madre, que perfectamente conocía mis gustos carnívoros, pero no comentó mi repentina decisión, supongo que siempre se responde a sí misma diciendo que estoy en una edad difícil. Me atiborré de verduras, lechugas y zanahorias. Incorporé a mi dieta todo tipo de alimentos ricos en selenio, como los ajos, provocándome una perenne halitosis digna de machacar a cualquier vampiro. Rogué a mi madre que trajera apio y espárragos, acompañando así mi halitosis de un nauseabundo olor cada vez que orinaba. Alegré la vida de mi madre comiendo sin rechistar todo tipo de legumbres, sintiendo como mi abdomen adquiría en repetidas ocasiones un considerable volumen que yo intentaba rebajarlo cuando pensaba que nadie me veía. Afortunadamente, el resto de alimentos que necesitaba para completar mi dieta eran apetitosos, y el saber que mi cabello crecería más rápidamente me daba fuerzas para seguir con mi régimen.

Tras leer en una revista que hacer ejercicios con la cabeza boca abajo era bueno para favorecer la circulación sanguínea, comencé a practicar yoga en mi dormitorio cada noche. De esta forma mataba dos pájaros de un tiro, de sobra sabía yo a esas alturas lo malo que era el estrés para la salud de mi cabello.

Dejé de fumar y con el dinero que me gastaba en el tabaco, me atiborraba de complementos vitamínicos que adquiría en el herbolario de mi barrio. Todo un arsenal de brillantes cápsulas que tomaba cuando mi madre no estaba cerca. Estoy convencida de que hubiera pensado que tenía algún tipo de adicción.

Ella tampoco sospechó que la razón de que desapareciera el laurel que guardaba en un tarro de cristal, se debiera a mis hurtos. Yo sí, ya que cada dos por tres cogía un puñado para hacer decocciones con él y aplicármelo sobre mi cabeza. Me había convertido en un experto en cuestiones de cuero cabelludo.

Trascurrieron dos meses y ya podía presumir de tener un pelo cuidado, brillante y realmente perfecto. Es cierto que había crecido, pero no podía comprobar científicamente la eficacia de mi auto tratamiento, a pesar de que a simple vista me parecía más largo que nunca.

Insinué a mi madre la necesidad de acudir a la peluquería, y tras echarme una mirada de reojo, hizo un gesto afirmativo.
-Pero esta vez vamos a cambiar de peluquería. La otra vez te dejaron el pelo hecho un desastre. Me han recomendado una nueva. Venga, me visto y te acompaño.

La sola idea de no volver a la Academia de peluquería me volvía loco. ¿Quién deseaba ir a otra peluquería? Nadie me podía asegurar que tuviera muchachas tan maravillosas como las que había en la academia. Ni hablar, pensé.
-No hace falta que vengas, quiero ir yo solo.

Mi madre aceptó sin discutirme siquiera esa nueva dosis de autonomía en mi persona, me dio unos billetes y me indicó el lugar donde se ubicaba la peluquería que le habían recomendado y a la que por supuesto yo no iba a ir.

Salí de casa tranquilamente, pero al llegar a la calle, corrí veloz hacia la Academia. Deseaba que fuera de nuevo Lydia la que me cortara el pelo, pero tampoco me importaba sentir otras manos femeninas que no fueran las suyas.

Esta vez la puerta estaba cerrada, entré saludando tímidamente a la empleada del mostrador y me dirigí a la sala. De nuevo, Anastasia me colocó en una silla vacía, pero esta vez, no había demasiada gente y enseguida se acercó otra de las muchachas. ¡Dios mío! Si Lydia me había parecido maravillosa ésta era fascinante. Más alta que Lydia, algo más ancha de cuerpo y con un pecho en el que no me importaría perder mi boca. Era pelirroja, de pelo liso y brillante, pecosa y de mirada algo pícara. Mi pene comenzó a revolverse dentro de su estrecha ubicación cuando Violeta, que así se llamaba, se acercó a mí y me colocó la toalla, no sin antes acercar su escote tanto a mis ojos, que casi me mareo y me caigo justo entre aquellas gigantescas peras frescas y lozanas. Miré a Lydia, que se encontraba peinando a otro cliente, intentando desviar mi atención, mis ojos se habían clavado justo en el escote de mi nueva peluquera. Lydia me sonrió al ver que la miraba.

No sé cual era la intención de Violeta aparte de lavarme el pelo. No sé si era necesario que acercara tanto sus labios cerca de mi rostro cuando comenzó a enjabonarme. Percibí algo de revuelo en la sala, quizás debido a que Anastasia había tenido que ausentarse, y todas las alumnas pululaban relajadas sin ningún mando que las contuviera. Podía oler su aliento. Sentía el calor de sus labios tan cerca de mí que creí que se me iba la cabeza. A lo mejor era debido a la incómoda postura en el momento del lavado, Violeta se estaba demorando en su tarea más de lo que había necesitado Lydia la otra vez. Lo cierto es que a pesar del ligero mareo, sus manos eran un pecado en mi cabeza. Mi erección se mantenía y yo trataba de ocultarla depositando mis manos entre las piernas.

Por fin terminó de lavarme el pelo y volví a mi asiento. Violeta mariposeaba en torno a mí, aprovechaba la mínima oportunidad para poner su mano en mis hombros, rozar mi cara quitando supuestamente algún pelillo que se había quedado pegado, acariciar mi pelo para peinarlo. Creo que aparte de algunos mínimos encuentros que había tenido con Susana, mi compañera de clase, en el cine, jamás me había tocado con tanto descaro ninguna mujer.

Un ruido sordo, parecido al de una explosión, sonó de repente en el exterior de la academia, haciendo que temblara todo el edificio. Clientes y peluqueras salieron precipitadamente fuera de la sala intentando averiguar la causa del estruendo. Yo intenté igualmente levantarme, pero Violeta me agarró del brazo, forzándome a sentarme de nuevo. Era increíble la sangre fría que demostraba, pero obedecí silencioso y me quedé quieto en mi asiento. Violeta, sin perder de vista la puerta de entrada, acarició mi pecho y rozó mis piernas, atreviéndose a depositar su mano sobre mi inflamado miembro. Lo acarició una y otra vez, recolocándolo en su cubículo y masajeándolo para mi deleite. En el exterior comenzó a oírse el sonido de varias sirenas rivalizando en volumen. Tenía que haber pasado algo grave, pero por mí, se podía caer el mundo, no me importaba nada más en ese momento que los toqueteos de aquella generosa muchacha. Bajó la cremallera de mis pantalones y, apartando mis calzoncillos, alcanzó mi miembro desnudo. El placer que sentí en ese instante fue suficiente para que tuviera que concentrarme y evitar así eyacular entre sus dedos. Violeta depositó en su mano crema de un bote cilíndrico que había en el mostrador y lo extendió sobre mi miembro a modo de lubricante. Gracias a la crema, sus movimientos se tornaron más fáciles y rápidos. Con su mano izquierda se desabrochó dos botones de su bata mostrándome un precioso sostén marfileño lleno de encajes y transparencias y la generosa carne no cubierta por él. Quería tocarlos, cogerlos en mis manos y saborearlos, pero mis fuerzas flaqueaban para emprender aquella misión. Todo mi cuerpo parecía estar poseído de un inoportuno temblor virginal. Sabía que no nos quedaba mucho para seguir con nuestros juegos, o más bien dicho, el suyo, porque estaba claro quien hacía de juguete.

Violeta me masturbaba con gran habilidad y con la experiencia de haber tenido seguramente muchas más contactos con el sexo opuesto que los que había tenido yo hasta entonces. Apretaba desde la base mi pene, aferraba con fuerza toda la pieza y le imprimía un maravilloso y constante movimiento hacia arriba y hacia abajo, girando su muñeca mientras la rodeaba al mismo tiempo. Yo gemía en silencio, mantenía los ojos extasiados en su escote, hincaba las uñas en los reposabrazos hasta sentir que me dolían los dedos. Violeta me miraba de reojo, divertida ante mi nerviosismo y mi falta de iniciativa. Acercó sus labios a mi glande y lo lamió. En ese momento sentí un ligero vahído y la debilidad de mis piernas aumentó sin poder ya disimular su temblor. Sentí tal necesidad de besar sus pechos que incluso por un instante pensé en rogarle que me los acercara, pero al abrir la boca para decírselo, parecía que mis cuerdas vocales se habían puesto en huelga y no fui capaz de articular más sonido que una especie de gruñido. El calor de su lengua y su mano moviéndose fueron demasiado para mí y fue incapaz de retenerme ni un segundo más. Eyaculé copiosamente entre sus dedos y suspiré aliviado.

Fue justamente en ese momento cuando las voces nos alertaron del regreso de las peluqueras y de los clientes. Violeta subió rápidamente mi cremallera, se abrochó la bata y se limpió la mano con un papel.

De inmediato preguntó la razón del estruendo.
-¡Ni te imaginas la que se ha montado! –Dijo una de las peluqueras- Han chocado dos vehículos y sus ocupantes se han liado a tortas.
-Si es que la gente cada vez está más loca –dijo una de las clientas a las que le estaban tiñendo el pelo con un pincel.
-Sí que es verdad, sí-dijo Lydia-

Violeta no dijo nada. Me miró cómplice a través del espejo y sonrió. Yo no pude más que bajar la mirada algo avergonzado.

Salí de la peluquería completamente relajado y feliz. Confiaba que mi madre no se percatara de lo mal que me había cortado el pelo mi benefactora. Esta vez, hasta yo me había dado cuenta del desastre. Había dejado las patillas a distinto nivel, había zonas de mi cabeza casi mutiladas y otras en cambio eran una poblada selva. Si hubiera estado Anastasia lo hubiera evitado, no obstante, a mí no me importó tanto como yo creía. Había sido la ausencia de la dueña y el oportuno choque lo que había permitido que Violeta me masturbara.

Mi madre adivinó al instante que no había acudido a la peluquería que me había recomendado y me echó una buena bronca sospechando que había ido a la Academia para aprovechar a quedarme con el resto del dinero. En ese momento me sentí con fuerzas para decirle que ya tenía suficiente edad para decidir donde quería cortarme el pelo. Fluyeron mis palabras con facilidad pasmosa, tanto que mi madre se sorprendió de mi extraña locuacidad y aceptó mi protesta sin rechistar.

Pasó de nuevo el tiempo. En aquellos dos meses de espera y crecepelos naturales no pude dejar de pensar ni un solo día y ni una sola noche en Violeta. Me recreaba en mi habitación con las imágenes de la peluquería y de ella inclinada sobre mí acariciando mi miembro.

El día que muy ufano me dirigí a la Academia de nuevo, ya me había imaginado mil escenas diferentes relativas a mi encuentro con Violeta, ¿se acordaría de mí? ¿Estaría tan deseosa de verme como yo lo estaba por verla a ella?

Al entrar en la Sala mis ojos giraron nerviosos a izquierda y derecha intentando buscarla, pero no la encontré. Violeta no estaba y sentí que mi mundo se derrumbaba. ¿Qué habría pasado con ella?

Anastasia se dirigió hacia mí y como siempre, me hizo sentarme.
-Hoy te peino yo –dijo ante mi sorpresa- Ha llamado tu madre quejándose de lo mal que te habían dejado la vez pasada.
Yo no dije nada, permanecí callado mientras ella seguía hablando.
-De todas formas, la muchacha que te atendió era una calamidad. La he convencido para que deje la Academia y se dedique a otras cosas. Para peluquera está claro que no sirve.

Mientras aquella mujer cortaba con presteza mi pelo, no pude evitar acordarme de nuevo de Violeta y el saber que no volvería a verla de nuevo fue suficiente motivo para que mis ojos se empañaran a pesar de mis esfuerzos por evitarlo. Tampoco pude impedir que mis labios susurraran su nombre mientras cerraba mis ojos.
-Violeta…




viernes 18 de abril de 2008

La gran aventura de Silvia

De nuevo, María y Manuel habían tenido una discusión. Esta vez, parecía que iba a ser la última y definitiva. El motivo de aquellos altercados entre ellos siempre era el mismo: María era una persona tranquila, sosegada, meditaba todas sus decisiones antes de actuar y esta forma de ser se reflejaba también en su vida sexual. Manuel, al contrario, era ardiente, inquieto, un buscador incesante de nuevas emociones y sus ardores encontraban el perfecto lugar donde elevarse a la enésima potencia: en la cama. Y precisamente era éste el foco de todos sus conflictos: Manuel deseaba que María fuera más ardorosa, que no se relajara tras su primer y único orgasmo y que las noches de lujuria y pasión enlazaran con el rocío de la mañana. Esta cuestión se la echaba en cara insistentemente cada noche. Pero María, tranquila y calmada tras gozar y hacer gozar a su amado, lo único que deseaba era abrazarle y dormir unida a él.

La ruptura parecía inevitable y Manuel cortó con María ante la sorpresa de ésta, que, a pesar de la escasa compenetración que tenía con su amante en el plano sexual, le amaba y deseaba seguir a su lado. Manuel, tras una semana de intensa sequía sólo aderezada con unos solitarios orgasmos proporcionados por su generosa mano, se lanzó a la calle en busca de consuelo y calor humano, femenino, evidentemente.

Fue en un bullicioso y nebuloso bar con aroma a nicotina donde la encontró. Estaba acompañada por dos amigas. Era alta, esbelta, delgada, rubia como la cerveza que estaba degustando en ese momento y con unos brillantes ojos verdes. Reía sin parar, sonreía y bailaba, era imposible permanecer impasible ante ella.

A Manuel le pareció maravillosa. Quizás en su apreciación tuviera parte de culpa el alcohol que inundaba sus venas o las luces de neón que impedían una adecuada visión de lo que había a su alrededor. Pero esos eran mínimos detalles que carecían de importancia, así que comenzó su ataque, que en primer término fue visual: miradas furtivas al principio, para hacerlas más sostenidas posteriormente. Cuando comprobó que la atacada respondía favorablemente a sus indirectas, dejó que en sus ojos se trasparentara el deseo que sentía por ella.

Silvia, que así se llamaba, no tardó en percatarse de la presencia de Manuel. Era imposible no darse cuenta de su existencia, dado el poco disimulo con el que actuaba. Lo cierto es que aunque en un primer momento no parecía gran cosa con sus gafas, su pelo cano, sus ojos azules y su cara de buen chico, no le pasó desapercibido sin embargo el grueso paquete que parecía atesorar dentro de sus pantalones. Ella había ido a divertirse y precisamente el sexo era uno de los mejores entretenimientos que conocía. Por lo que cuando vio que por fin se decidía a acercarse a ella, pidió a sus dos amigas que les dejaran solos.

Manuel se presentó y tras dos besos comenzaron a bailar. Resultaba misión imposible entablar una conversación mínimamente audible entre ambos, la música resultaba ensordecedora, así que optaron por utilizar simplemente gestos y miradas para darse a conocer. Eso fue suficiente para darse cuenta de la salvaje atracción que les impulsaba el uno hacia el otro.

Sin más preámbulos comenzaron a besarse, unieron sus cuerpos, probaron la piel del otro, dulce y algo empalagosa la de ella, ciertamente salada la de él. Se degustaron con mimo y paciencia. Paulatinamente Manuel, al ver la positiva reacción que mostraba Silvia ante sus avances, comenzó a ser más atrevido. Resbaló una mano por debajo de su vestido, notó agradablemente el calor que sus nalgas desprendían, se aventuró a rozar sus pechos e incluso su pubis, pobremente tapado por una fina tanga.

Pero necesitaban un terreno más tranquilo para seguir. La discoteca en ese momento no resultaba ser un agradable lugar y Manuel invitó a Silvia a seguir sus juegos en su pequeño apartamento.

Nada más abrir la puerta, Silvia comenzó un firme ataque, desnudándose con parsimonia y ofreciendo a Manuel su cuerpo. Él degustó en primer lugar sus pechos mientras ella comenzaba a desnudarle. Caminaron completamente desnudos al dormitorio, se tumbaron, y comenzaron los juegos. Pero el comportamiento de Silvia súbitamente mutó: se volvió salvaje, desenfrenada, su frenético ritmo era imposible de seguir, cambiaba de posiciones a gran velocidad. Parecía un militar en maniobras. Él intentaba seguir sus pasos, su ritmo y sus subidas y bajadas. Silvia no gemía, gritaba, chillaba de goce, tiraba del pelo de su amante, dejaba las uñas en su espalda. Y Manuel se dejó ir de inmediato nada más percibir las primeras palpitaciones de su amante exprimiendo su miembro y provocándole inevitablemente una intensa erupción de blanquecina lava.

Descansaron unos segundos, pero Silvia, al contrario de lo que pensaba Manuel, no había terminado, su deseo aún se mantenía a flor de piel. Volvió a besar a su amante, acogió en la boca su miembro flácido y éste forzosamente cobró vida con aquellos mimos. Y de nuevo volvieron a amarse y a disfrutar el uno con el otro. A él le resultó más costoso esta segunda vez ponerse a tono, pero ya se encargaba Silvia a la mínima muestra de relajación o debilidad, de llevar reiteradamente su miembro a la boca y hacerle una terapéutica felación que le devolviera la vida. Silvia tuvo un orgasmo tras otro, Manuel había perdido ya la cuenta. Era increíblemente multiorgásmica, la primera vez en su vida que se acostaba con una mujer de esas características.

Al día siguiente, tras compartir la cama que no el sueño, se despidieron, no sin antes tener una buena dosis de sexo matutino.

Las noches de sexo continuado se repitieron día tras día. Silvia no tenía pereza, era imposible visionar media película sentados en el sofá sin que ella no acabara arrodillándose y lamiendo su pene en busca de un nuevo encuentro. No parecía viable disfrutar de una conversación con ella cuya duración superara los dos minutos, que era lo que tardaba en desnudarse y llevarle al lecho. Manuel al principio estaba encantado, jamás había disfrutado tanto y tan seguido, pero poco a poco el encanto se transformó. Sentía el cuerpo machacado, escozor en todo su miembro y hasta cojeaba en ocasiones de pura debilidad. Su falta de sueño atacó sus nervios, imposible concentrarse en el trabajo. Cada vez que se enfrentaba a los expedientes sentía sus ojos emborronarse, e incluso le invadía un deseo irremediable de acostarse encima de aquellos tristes papeles. Fue en uno de esos momentos de paz y sueño reconfortante cuando su jefe le sorprendió, y cansado por haberle descubierto en reiteradas ocasiones de la misma forma, le echó de inmediato del trabajo.

Tras el despido, otra desgracia le esperaba en su casa. Los vecinos se habían quejado, todos sin excepción. Los gritos que Silvia emitía mientras gozaba eran demasiado elevados, las palabras subidas de tono que salían de su boca escandalizaban a los moradores del inmueble, que temían por la buena educación de sus pequeños retoños. Así que su casero sin dudarlo le puso de patitas en la calle.

Llamó a Silvia y le contó lo que le había acontecido ese aciago día. Ésta, de inmediato le invitó a vivir con ella, por lo menos hasta que encontrara un nuevo trabajo y una nueva casa. Manuel cogió sus maletas y se fue sin pensarlo, no le quedaba otra opción.

Pero Silvia no paraba. Su deseo por él no había disminuido ni un ápice a pesar de verle más tiempo y más continuado. Manuel no podía con su alma, deseaba que Silvia no fuera tan fogosa, quería poder pasar con ella algún tiempo como una pareja normal, o como él recordaba que era una pareja normal. Echaba de menos a María, a la que, a pesar de todo, aún no había olvidado. Se acordó de su forma de ser, de sus noches de sexo más tranquilas pero intensas, de las tardes de sofá viendo una película abrazados tiernamente. Silvia era un torbellino de pasión, pero él no. Amaba a María, a pesar de su tranquilidad, o quizás por esa misma razón, la amaba a pesar de sus discusiones. Tenía muchas más cosas en común que las que compartía con Silvia, así que habló con su fogosa amante, cogió sus maletas y se fue de allí, dejándola llorando desconsoladamente.

Al llegar a la calle, sacó su móvil y marcó el número de María, que tras unos segundos de nervios e intriga por la tardanza, acabó respondiendo su llamada:
-Te echo mucho de menos. María, te amo…Quiero volver a tu lado.
Pero había llegado demasiado tarde y la respuesta fue negativa: había conocido a otro hombre.

Manuel dejó la maleta en una consigna y vagó sin rumbo sin saber muy bien qué hacer, hasta que por fin decidió que la solución era volver con Silvia. Tampoco le quedaba otra posibilidad, no tenía casa ni trabajo, y la opción de dormir debajo del puente no le atraía en absoluto.

Ella le acogió sin reproche alguno y tras unos besos y abrazos de perdón comenzaron a excitarse, principalmente Silvia, que volvió salvajemente a la carga sobre él. No obstante, Manuel la detuvo en seco.
-Hay algo…Algo que llevo tiempo pensando que me gustaría hacer y que nunca te he comentado.
-¿De qué se trata? Sabes que tus deseos son los míos- dijo ella sin parar de besarle-
Se acercó suavemente y le susurró unas palabras al oído. Ella, tras escucharle, le miró algo confusa, pero tras unos segundos de dudas aceptó su proposición.

Manuel sin demora llamó a su amigo Jorge, antiguo compañero de escapadas nocturnas y de seguro buen complemento para montar un trío estable y duradero. Quizás con su ayuda podría por fin agotar a la insaciable de Silvia y al mismo tiempo, la falta de conversación de su amante podría compensarse con creces con la amigable conversación de Jorge, fundamentalmente los sábados por la noche, mientras ambos veían el fútbol.

Todo iba a ser perfecto por fin.


sábado 12 de abril de 2008

Los deberes de Mario VIII: Una noche de luna nueva

Alicia se encontraba profundamente dormida cuando bruscamente, un silbido entrecortado la despertó. Tardó unos segundos en darse cuenta de que no era un sonido producto de su imaginación y del dulce sueño en el que se encontraba y que ni siquiera era el impertinente despertador anunciando un nuevo día. Fue la luz encendida de su teléfono móvil la que le hizo percatarse de que se trataba de un mensaje. Miró el reloj y vio que eran las dos de la mañana. Al ver su procedencia sonrió, no podía ser de nadie más que de Mario, con frecuentes problemas de sueño. Su mensaje era tan escueto como concreto: “te paso a buscar en 15 minutos, sólo puedes entrar en mi coche con una prenda de ropa, nada más”. Leyó de nuevo aquel imperativo encargo, ¡menudas horas! Lo cierto es que a pesar de todo, jamás rechazaba una invitación de su amante. Las oportunidades no se podían desaprovechar, así que tras desperezarse, se levantó. Intentó adivinar lo que Mario tendría preparado para ella, ya estaba acostumbrada a su desbordada imaginación, quizás la misma que la suya. Siempre intentaban sorprenderse el uno al otro con nuevos juegos, cuanto más morbosos y originales, mejor.

Abrió su armario y echó un vistazo a su ropa. El invierno estaba siendo excepcionalmente cálido y la primavera estaba al caer. Nada de manga larga, al lado de Mario jamás sentía frío, por lo que escogió un vestido negro que se abrochaba al cuello, sin mangas y que mostraba buena parte de su espalda así como sus hombros. Imposible que Mario se mostrara indiferente al verlo. Ya se había despertado por completo y la cercanía de su amante avivaba la llama de su deseo. Tras unos cuantos intentos infructuosos consiguió por fin subirse la cremallera del vestido y se miró en el espejo. Cualquiera pensaría que estaba chiflada, pero ella tenía otro punto de vista, la vida era demasiado larga para hacer en todo momento lo supuestamente correcto. Mientras bajaba las escaleras de su casa recibió un nuevo mensaje: “mete tu vibrador en el bolso”. Así que era una noche para jugar… Pues jugarían, eso por descontado.

Sentía en sus piernas cierta debilidad, causada quizás por la falta de sueño, en su sexo, una incipiente humedad motivada por el deseo y en su pecho, la agitada respiración de la incertidumbre. Pasados cinco minutos oyó el ruido de un motor, se trataba del coche de Mario aparcando al lado de su casa. Salió de inmediato y se introdujo en él. Mario la miró de arriba abajo y sonrió. Efectivamente, el vestido le había gustado. Besó a su amante y partieron sin intercambiarse una sola palabra. Alicia al principio pensó que el camino que tomaban era el de su apartamento, pero al ver que dejaban de largo las últimas urbanizaciones de la ciudad, dudó sobre el destino de su viaje. Al llegar al bosque de coníferas que se encontraba a pocos kilómetros de la ciudad, Mario tomó un desvío, adentrándose por un camino de tierra, el coche daba tumbos y dejaba una larga estela de polvo a su paso. Por fin detuvo el vehículo en una zona despejada y ambos salieron. Esa noche había luna nueva y la visibilidad era prácticamente nula.

El bosque a esas horas, tan solitario y tan oscuro, realmente impresionaba. Alicia comenzó a temblar, había subestimado el frío que pasaría con tan liviano vestido, incluso su sexo, relativamente húmedo, pedía a gritos una tela donde guarecerse. Se sentía completamente desnuda. Mario sacó una linterna de una pequeña mochila que llevaba al hombro y con ella iluminaron sus pasos. Estuvieron caminando un buen rato. A su alrededor, cientos de árboles se alzaban imponentes como gigantes, las sombras que provocaba la linterna sobre ellos provocaba cierta inquietud. El silencio de la noche tan sólo era quebrado por las pisadas de ambos sobre las acículas caídas. Por fin, Mario, complacido por el lugar al que habían llegado, detuvo la marcha, abrió su mochila y sacó una manta de viaje que extendió encima del suelo. Abrazó a Alicia y la besó. Ella sintió la calidez de su abrazo y agradeció el contacto con su cuerpo caliente. Sus labios torturaron su cuello, calentó cada centímetro del mismo con la lengua, se detuvo a jugar con sus carnosos y excitables lóbulos. Ella se dejaba mimar. Mario comenzó a mordisquear la piel blanca y fina que dejaba transparentar su yugular, mientras sus manos subieron ligeramente su vestido dejando prácticamente todo su cuerpo a merced de la noche. Agarró sus nalgas con ambas manos, acercando a Alicia hacia sí. El bulto de sus pantalones se le hizo patente. Mario comprobó la excitación de su amante entre sus dedos, sintiéndolos humedecidos al rozar su sexo inflamado y descubriendo cuan fácilmente se deslizaban a su interior. Era excitante y morboso estar a esas horas en aquel lugar. Ya no sentía tanto frío. Mario tumbó a Alicia sobre la manta, separó sus piernas y abriendo su sexo lo degustó. Ella comenzó a perder el control, imposible no hacerlo cuando la lengua de su amante parecía una pequeña culebra retozando con su sexo. Las sensaciones se hicieron más intensas cuando Mario volvió a sus juegos de manos, introduciendo sus dedos en su sexo y haciendo pequeños guiños a su trasero. Alicia por fin notó como su cuerpo se deshacía en palpitaciones. Por un instante mientras gozaba creyó oír un ruido procedente de los árboles. ¿Le habría preparado Mario como sorpresa la aparición de una tercera persona? Tenía serías dudas sobre ello, pero no lo descartaba. Era difícil descubrir lo que su amante tenía en la cabeza.

-Quiero que me chupes la polla.-dijo en ese instante Mario.

Alicia aún sentía los espasmos del placer en su cuerpo, pero ahora le tocaba ser a ella la protagonista. Mario se sentó en la manta y Alicia le ayudó a desvestirse. Sin demora comenzó a saborear su miembro, sin dejar de mirar en ningún momento a su amante, sabía cuanto le excitaba que clavara sus ojos en él mientras disfrutaba de su boca. Se chupó ruidosamente un dedo y comenzó a hacer pequeños círculos alrededor de su recto, acariciándolo con gran suavidad y notando como su amante incrementaba su excitación. De nuevo volvió a percibir unos ruidos, incluso creyó oír una especie de extraños gemidos. Mario pareció igualmente percatarse de ello dado su gesto de alerta. ¿Y si fuera un voyeur grabando su encuentro?

Tras un buen rato de adoración bucal la erección alcanzó su máxima intensidad, Mario agarró a Alicia y la tumbó sobre la manta. Deseaba ser ya penetrada, pero a pesar de ruegos y súplicas, Mario no perdió el mando de la situación, esperar traería aún mayor placer. Acercaba su miembro hasta que el glande rozaba ligeramente el sexo de Alicia, para separarlo cuando la veía luchar enérgicamente para que su miembro resbalara dentro de ella. El juego se repitió hasta que Alicia se vio gratamente sorprendida por una brusca embestida que la llenó completamente. El calor de sus cuerpos contrastaba con el frío de la noche, el olor del bosque se mezclaba con el del sexo, el silencio del entorno chocaba con sus jadeos cada vez más intensos y resonantes en forma de eco. Alicia se había olvidado ya del frío y los ruidos sospechosos parecían haber desparecido. Comenzó a agobiarse por el calor que desprendía su vestido cuando de nuevo sintió su sexo pulsátil. Mientras degustaba aquellas gozosas sensaciones, Mario le dio media vuelta y montó sobre ella a horcajadas. Cabalgó sobre ella agarrando sus pechos a modo de bridas. Alicia se dejaba hacer gustosa, la postura le encantaba, el pene de Mario friccionaba su punto g y su placer se multiplicó hasta el infinito. En ese momento, Mario cogió el pequeño vibrador de Alicia y encontró el lugar donde hacerlo desaparecer, no sin cierta dificultad. Alicia ahora se notaba placenteramente plena.

-Acaríciate, quiero ver cómo te masturbas. –dijo Mario entre jadeos.

No dudó Alicia en hacer lo que le pedía, a pesar de que se sentía desfallecer así que friccionó su sexo mientras su amante seguía penetrándola y jugaba con el pequeño vibrador en su trasero. La suma de todo provocó en ella otro orgasmo. Mario comenzó a respirar más ruidosamente y cerrando los ojos, eyaculó en su interior. Se tumbó a su lado y se abrazaron. La noche era estrellada, la luna ausente, ambos, relajados y satisfechos, descansaron un rato hasta que de nuevo, los ruidos volvieron a hacer su aparición, esta vez más intensamente. Se incorporaron con precaución. Mario cogió su mochila a modo de arma esperando utilizarla. Estaba claro que allí había alguien. Se levantó y se encaminó hacia el lugar de donde procedían, rápidamente salió de su escondite un pequeño zorrillo asustado por la invasión de su lugar habitual de sueño. Respiraron aliviados, por lo menos por esta vez no se harían famosos en la red por sus escenas de sexo a media noche.

Mario ayudó a Alicia a levantarse. Era hora de regresar a casa.



martes 8 de abril de 2008

Días de rebajas

Cada mañana a las once me encamino al centro comercial que se encuentra situado enfrente de mi lugar de trabajo. Prefiero acudir a él en vez ir a las cafeterías que profusamente adornan la calle a las que van el resto de mis compañeros. Puedo abstenerme del café diario, del pincho de tortilla de patatas o del croissant a la plancha, pero siento debilidad por los centros comerciales y las grandes superficies, principalmente en época de rebajas.

Es en los meses de enero y julio cuando disfruto con más intensidad de mis visitas. Me gusta mezclarme entre la marabunta de gente que acude a esas horas en que ponen sugerentes descuentos especiales. Mi intención sin embargo, no es el consumo compulsivo, soy parco en gastos y tampoco me he enamorado de ninguna de las bellas dependientas que trabajan en el lugar. Al contrario, siento debilidad por lo desconocido, por el peligro de ser descubierto, por la posibilidad de que puedan sospechar de mis acciones.

Mi sentido más desarrollado es el tacto, quizás debido a la miopía que he sufrido desde niño y por las veces que he tenido que valerme de mis manos en las reiteradas ocasiones en las que fastidiosamente se me rompían mis gruesas gafas. Tengo una sensibilidad especial en mis dedos, son ellos los que me trasmiten intensamente todo tipo de emociones y pasiones.

Soy un hombre curioso y no puedo conformarme tan sólo con lo que tengo: quiero a mi pareja, no lo niego, pero es ya un amor templado por el paso de los 8 años que llevamos juntos, la pasión por ella se ha convertido en calmado deseo. He de decir a nuestro favor que nos unen demasiadas cosas como para pensar en una posible ruptura; entre ellas, la hipoteca de 300.000€ a 30 años que recae sobre la casa que compramos juntos ya hace dos años.

No me considero un hombre infiel, los escarceos sexuales que he tenido han sido demasiado escasos para calificarlos de relevantes. A ella jamás se lo contaría, dudo que lo entendiera como lo entiendo yo. Tampoco le he hablado de esta pequeña afición mía que ha nacido hace muy poco. Es una buena forma de liberarme de la rutina y de tentar al destino.

Mi atuendo de hombre de negocios con traje y corbata me hace pasar desapercibido entre toda la multitud. Es cierto que a veces algunas mujeres me miran con sorpresa cuando observan curiosas como me acerco a los puestos donde se amontona la ropa rebajada. Mi objetivo principal son los puestos de lencería femenina.

A ellos me acerco en principio cauteloso, me uno al grupo de mujeres simulando ser el perfecto marido que busca ilusionado un nuevo conjunto de ropa interior para su esposa. Alguna de ellas no puede reprimir cierta mirada de envidia, quisieran que fuera su propio marido el que estuviera allí en ese momento. Pero se equivoca, no me considero perfecto.

Es justamente entre aquellas desconocidas mujeres donde me dedico a mi particular debilidad. Me aprieto a ellas y trato de percibir entre mis dedos la suavidad de su piel. Precisamente por ello, mi mes favorito es julio, cuando las mujeres muestran parcialmente su piel desnuda. Es en ese mes cuando disfruto más intensamente: acerco mi cuerpo a ellas, percibo su calor, toco con disimulo sus brazos, como si realmente mi pretensión fuera hacerme un hueco entre ellas para buscar más fácilmente entre todas las prendas. Me gusta provocar, empujar levemente con mi rodilla sus pantorrillas, usar mi codo a modo de escudo rozando al mismo tiempo sus pechos. Tampoco es algo malo...

Sus reacciones son dispares: algunas vuelven su cabeza bruscamente con cierto enfado, mas al verme, cambian su mirada e incluso me sonríen. Me considero un tipo atractivo, tengo 35 años y mi atuendo me dota de cierta respetabilidad. Sé que les queda la duda, la intriga de pensar si mis movimientos son provocados por mí o por la casualidad y el gentío.

Mi sentido del tacto se encarga de encenderme. Cada uno de los furtivos roces en aquellas desconocidas me excita al máximo. Siempre intento llegar a más, acercarme todo lo posible a mis “víctimas” y ver hasta dónde puedo llegar sin ser descubierto. No quiero que por un descuido, se descubran mis juegos y no pueda volver de incógnito en más ocasiones al centro comercial.

Hoy lunes hay más gente que nunca. El sol del verano hace mella en el termómetro e incita a la gente a protegerse del calor en los centros comerciales, su aire acondicionado es un paraíso en medio del desierto. Además la suerte me acompaña, observo que hay un 50% de descuento en la lencería de marca, no puedo pedir más.

Me acerco por detrás a una mujer de aproximadamente 30 años. El olor dulzón de su perfume me obnubila al principio, hasta que por fin consigo acostumbrarme a él. Lleva un vestido de tirantes, mis dedos lo examinan de inmediato: se trata de un vestido de seda. El color no me importa, aunque en este caso es rojo. El tacto de la seda enciende mis alarmas. Me aproximo más aún. Ni siquiera se ha percatado de mi presencia. En su mano derecha sostiene dos tangas de color negro y un sostén de encaje color Burdeos. Me atrevo a rozar su brazo, mis dedos resbalan por su piel, casi tan suave como la tela de su vestido. Comienzo a sentir el miembro entre mis piernas, éste me incita a que prosiga. Me aprieto contra ella, siento el calor de sus nalgas en mi pelvis, es un culo perfecto, redondo y duro. Aprovecho el gentío para tocarlo con una mano. No necesito más que un segundo para darme cuenta de que bajo la seda no hay nada más que su piel. Quizás llevé tanga pero mi calenturienta imaginación me invita a pensar que no lleva ropa interior. Ella sigue concentrada en la búsqueda de sus prendas y yo sigo investigando su cuerpo. Ahora toco su espalda, no me he equivocado. El vestido es la única prenda que lleva puesta. Mi excitación se aviva, siento la sangre agolparse en mi sexo y el corazón retumbar en mi sien. Estoy completamente empalmado y no tengo nada a mano para tapar mi vergüenza. Miro y remiro y por fin encuentro mi escudo en una revista de ofertas del centro que alguna clienta ha dejado caer descuidadamente al suelo. Sigo a lo mío, a mi trofeo de seda y blanca palidez. Ella parece no darse cuenta de nada, creo que su excitación por encontrar la lencería rebajada es casi tan grande como la mía al tocarla.

Mi objetivo ahora es su cintura, arrimo mi mano con precaución, pero mi teléfono móvil me hace abandonar bruscamente la posición tomada. Me alejo de las trincheras, pero siento prisa por volver de inmediato al reconocer el número de teléfono, se trata de un inoportuno amigo que parece no tener nada que hacer esa mañana. Contesto con monosílabos y por fin le cuelgo. Vuelvo a mi puesto de lencería y me llevo una desagradable sorpresa: ya no está la mujer del vestido de seda. Me enfurezco por ello pero intento buscar una nueva víctima, oteo a mi alrededor hasta que encuentro la presa: me dirijo ahora hacia una gruesa morena de pantalones piratas y blusa de manga corta. No es lo mismo, pero en esos momentos puede servirme.

Sus anchas caderas duplican las mías, desprende aún mayor calor que mi primera víctima, palpo su trasero y lo siento mullido, quizás en exceso, toco el algodón de la tela de su blusa, añoro la seda, rozo su muslo ligeramente. Llego hasta sus brazos, pero su piel cubierta de vello me desagrada por mi anterior recuerdo y decido buscar una nueva desconocida, no consigo alcanzar el grado de excitación que necesito con ésta. Hoy el sexo femenino no escasea y encuentro con prontitud una nueva mujer, alta y esbelta, quizás más joven que las anteriores, soy torpe a la hora de adivinar la edad. Vuelvo a mis andanzas, suelo seguir el mism