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sábado, 2 de mayo de 2015

Entre espumas


Después de haberse depilado concienzudamente se preparó un buen baño de espuma, se lo merecía. Esa tarde tenía que estar realmente espectacular, iría de tiendas con su madre y buscaría su vestido de novia, faltaban sólo cuatro meses para su boda. Mientras se acariciaba pensando en la tela que besaría su piel, su móvil emitió un leve aunque familiar sonido: su whatsapp reclamaba su atención. Lo abrió y vio que era de un número desconocido que enviaba una imagen. Esperó hasta que por fin se abrió. La contempló sorprendida, mientras le llegaba otro mensaje. “Estreno mi nuevo teléfono y número contigo, ¿me mandas una foto tuya amor?” La imagen no era perfecta. Aunque algo borrosa y carente de luminosidad, sí se distinguía perfectamente de qué se trataba, un torso desnudo y un miembro erecto en toda su plenitud. No cabía duda alguna de que era de su prometido. 

Su corazón comenzó a latir rápidamente. Jamás hubiera pensado que Javier se atrevería a mandar imágenes tan explícitas. Era un buen hombre, trabajador, cariñoso, pero a veces mostraba ser algo tranquilo a la hora de querer tener relaciones con ella. Cuando vivieran juntos todo cambiaría, pensaba ella cuando le entraban dudas. Antes de que ella comenzara a enviar un mensaje, volvió a recibir otro: “Mastúrbate y envíame las fotos de tu placer…” Arancha sonrió, quitó el tapón del desagüe hasta que tan sólo quedó la espuma en su cuerpo, mandó un mensaje rápido a su contrincante “espera, que te las mando ahora” y se dispuso a hacerse las fotos. Abrió sus piernas empapadas y contempló su vulva a través de la pantalla del móvil, era espectacular con la espuma jugando con sus pliegues. Se las mandaría todas juntas, como si se tratara de los fotogramas de una película de cine mudo. 

Posó su mano sobre su clítoris y lo rozó una y otra vez con su mano izquierda mientras que con su mano derecha iba haciéndose más fotos. Era realmente excitante mandar fotos a su novio, era la primera vez que lo hacían pero no sería la última vez. Sólo pensar que sus fotos llegarían hasta él la excitaba aún más. Acarició su cuerpo y se humedeció ligeramente sus labios con la lengua. La espuma resbalaba mimosa por su cuerpo, su pelo castaño mojado cosquilleaba sus hombros y se sintió terriblemente sexy. Contempló las cremas que tenía a mano y cogió un tubo de crema nutritiva que le pareció muy adecuado para sus juegos. Impregnó su sexo con la crema blanca, lo extendió sin prisa gozando con cada caricia y jugó con el bote rozando su entrada y haciéndose otra foto. Se sintió osada y lo se lo introdujo lentamente en su interior. Sintió un escalofrío mientras se hacía otra foto. Sentía algo de frío en su cuerpo, estaba extendida a lo largo de la bañera y aún mojada. La espuma languidecía en su piel. Sus piernas abiertas y el improvisado juguete entrando y saliendo con firmeza de su sexo formaban una excitante imagen. Dejó a bien recaudo en su oquedad su juguete erótico para acariciar sus pechos, los amasó, tocó con sus yemas los pezones hasta que se pusieron firmes y los contempló en su teléfono, eran grandes y turgentes. Volvió a su sexo y a su voluntarioso ayudante improvisado, sus movimientos se hicieron rítmicos y más acelerados, sus piernas se abrían y cerraban para sentir aún más el contacto con aquel miembro de plástico, hasta que por fin explotó en un intenso orgasmo que fotografió sin dudarlo, así como su rostro, extenuado por el placer. 

Cogió su teléfono mientras aún respiraba agitadamente y adjuntó todas las imágenes a la vez. Mientras iban subiendo, Arancha recibió otro mensaje: “Esta tarde mi novia va con su madre a comprar el vestido para la boda así que tenemos toda la tarde para nosotros dos, estoy deseando sentir tu miembro dentro de mí Roberto…”

Las imágenes de Arancha estaban siendo abiertas en ese mismo instante por Javier, esta vez le palpitaba el corazón, pero no era de placer, el orgasmo se había quedado ya muy lejano y su cabeza le daba vueltas hasta sentir incluso mareo. Tan sólo fue capaz de enviar un mensaje antes de tirar su móvil encima de la toalla: “Cabrón”.  Su teléfono empezó a sonar insistentemente mientras ella se envolvió en una toalla y caminó hasta el dormitorio con rabia. Empezó a buscar los regalos que le había hecho su novio ya convertido en ex y desfogándose con ellos, pensó que su vida no había hecho más que empezar.

viernes, 1 de junio de 2012

Concurso de Relatos Eróticos KARMA SENSUAL 8 " Me desordenas, amor"

Os animo a todos a que os dejéis llevar por la imaginación y participéis en el Concurso de Relatos Eróticos KARMA SENSUAL, uno de los concursos más valorados, serios y con gran calidad literaria  que se celebran sobre este apasionante tema. ¿Qué os sugiere el título? Os invito a que me dejéis comentarios sobre ello. Os dejo las bases del concurso. Besos. Alice Carroll.

Este concurso fue creado hace 8 años por la escritora italo-argentina Marta Roldán. A partir de este año 2012 la organización del mismo estará a cargo de las escritoras argentinas Graciela Pucci y Cecilia Ortiz y auspiciado por Ediciones Literarte.


BASES

1- Podrán participar autores argentinos y extranjeros de habla hispana, mayores de 18 años, radicados en cualquier lugar del mundo, excepto los miembros del jurado. Pueden participar los ganadores incluidos en antologías “Karma sensual” de años anteriores a esta edición siempre que usen un seudónimo diferente al usado con anterioridad.

2- Los relatos deberán estar escritos en español global, sin modismos territoriales, cumpliendo con un discreto y adecuado nivel erótico literario, no se aceptarán vulgaridades. Quedarán automáticamente descalificadas las obras con  apología de violencia sexual, pornografía, pedofilia o prostitución. Los textos deberán ser originales e inéditos, no haber sido premiados ni estar pendientes de resolución en otros certámenes. El tema de este concurso es “Me desordenas, amor”
3- Cada autor podrá participar con un relato cuya extensión máxima deberá ser de 1200 palabras, a doble espacio, fuente: Arial 12, firmada con seudónimo.
4-  La participación es libre y gratuita.
5- La obra y datos del participante deberán ser enviados por correo electrónico a karmasensual8@gmail.com  de la siguiente manera:
    a) El relato  a concursar, firmado con seudónimo, diagramado en papel A4, con tipografía Arial, tamaño 12, a doble espacio, en un archivo word al que se le pondrá como título OBRA. 
    b) En otro archivo word al que se titulará AUTOR, los datos personales completos del participante: Apellido y nombre, edad, documento de identidad (copia en jpeg), domicilio completo, teléfono (fijo y celular), correo electrónico, título de la obra, seudónimo y breve curriculum literario (no más de 5 líneas; indispensable para integrar el libro en caso de ser seleccionado)
6- No se tendrán en cuenta las obras que no cumplan con los requisitos especificados en los puntos anteriores
7- Asunto obligatorio del e-mail: Concurso Karma sensual8 + nombre del relato+seudónimo. (por ejemplo, si mi relato se llamara “Me desordenas, amor”, el asunto debe ser: Concurso Karma sensual8 “El vecino de al lado” + el seudónimo)
8- Se establecen los siguientes premios:
            # Publicación de una antología con los 12 relatos ganadores, a cargo  de Ediciones Literarte (la edición será por demanda)
            # Diploma acreditando el premio recibido
            # Participación (opcional) como Jurado Ambulatorio en el concurso Karma Sensual 9 del año 2013, para los tres primeros calificados
            9- El plazo de inscripción cerrará el 30 de Septiembre de 2012
10- El jurado, estará integrado por escritores del ámbito local e internacional, y su fallo será inapelable. El material presentado incorrectamente será descalificado del concurso.
11- El concurso no podrá ser declarado desierto
12- Los resultados se darán a conocer en el mes de Diciembre de 2012.
13- Por el sólo hecho de participar, los concursantes reconocen y declaran que las obras son de su autoría, tomando conocimiento y aceptando las bases y el reglamento del certamen, y el incumplimiento de cualquiera de dichos requisitos invalida su participación.
13- Para consultas: karmasensual8@gmail.com

domingo, 2 de agosto de 2009

Mi hermosa lavandería

Llevaba ya dos años en aquella lluviosa ciudad. Miraba atrás en el tiempo y me sorprendía la capacidad que había demostrado para adaptarme a ella y no sucumbir a la nostalgia de mi soleada tierra del sur. Había viajado a Londres no sólo para aprender inglés y completar mis estudios universitarios como le había dicho a mi familia, sino también para huir de una relación con un hombre que me había dejado más tocada de lo que yo creía. Era necesario no sólo poner tiempo para superarlo sino también una larga distancia que me impidiera cualquier acercamiento en caso de debilidad por mi parte a aquel hombre que me había herido. Necesitaba una especie de parón en mi vida, un replantearme lo que yo realmente quería hacer, lo que yo buscaba en la vida profesionalmente hablando y por qué no, reflexionar sobre mis relaciones con los hombres, siempre plagadas de problemas. Pero no fue fácil en los primeros momentos. Encontrar trabajo resultó una ardua tarea, buscar un sitio donde vivir tampoco y adaptarme a la diferente forma de ser y actuar de los ingleses tampoco. Todo era distinto a lo que había vivido antes, además de la dificultad añadida de no tener a nadie al que contar las penas para poder desahogarme. Lo cierto es que lentamente todo fue encajando en el puzzle: encontré trabajo en una hamburguesería, que no es que fuese el trabajo de mi vida, pero me daba margen suficiente para tener dinero para vivir y plantearme buscar otro trabajo como profesora de español, que era de lo que yo pretendía ejercer. También encontré, a través de un compañero de trabajo, un pequeño estudio que bien podía haber sido en otra vida una caja de zapatos de segunda mano, dado su reducido tamaño y el olor a sucio de la moqueta ennegrecida que había en el suelo y que fui incapaz de quitar, ni siquiera suplicando a la dueña e intentar convencerla a través de un estudio sobre ácaros, moquetas y alfombras que había encontrado en Internet. Aquella mini morada se componía de lo imprescindible para poder vivir sin más alharacas: una zona de salón-comedor-dormitorio donde se ubicaba una cama de 80 que hacía las veces de sofá y asiento cuando comía, la zona propiamente de la cocina que tan sólo la separaba del salón una estrecha barra que hacía también de aparador, una estantería, un armario diminuto al que jamás pude ver ordenado dada la diferencia entre lo que podía contener y lo que yo quería que contuviera, una mesa baja con la que más de un día me tropecé y un pequeño aseo independiente al que habían tenido el detalle de ponerle una ducha que seguramente la habían robado de una clínica para anoréxicas que jamás se hubieran mirado en el roñoso espejo que había en el baño dado que distaba mucho de irradiar felicidad ajena. Pero en mi pequeño espacio para vivir faltaba algo que jamás hubiera pensado que se obviaría en ningún hogar, y era una lavadora. Fue al buscar piso cuando me di cuenta de ese pequeño detalle: prácticamente en todos los lugares que visitaba brillaba por su ausencia. Al principio rechacé todas las ofertas de alquiler que no dispusieran de aquel útil complemento, pero tras desesperarme completamente por lo que iban viendo mis ojos, me rendí y decidí que, dada la abundancia de lavanderías que había en las calles de Londres, alquilaría un piso algo más decente y llevaría mi ropa a lavar a un sitio público, igual que mi bisabuela había lavado su ropa al lado del río cuando vivía en el pueblo. El pequeño estudio que había alquilado se encontraba en una de las zonas de Londres que eran territorio de los “paquis”, habían pasado ya años desde que los primeros poblaran Londres y lo que allí había era ya una segunda e incluso una tercera generación de los mismos. Siempre me atrajeron los hombres de rostro algo oscuro, mas no negro, y los hindúes y paquis que pasaban a mi lado por las calles de Londres me provocaban un revuelo de emociones en todo mi ser. No me importaba su pequeño tamaño, eran sus ojos de mirada profunda, su cara redondeada y su piel morena los que me revolvían. Mi trabajo terminaba cada día a las 12 de la noche, pero era difícil que jamás saliera antes de la una de madrugada, todo tenía que estar pulcramente recogido y ordenado para la mañana siguiente y nadie podía escaparse hasta que la jefa no nos diera su bendición. Al salir, me encontraba extenuada y el simple aroma a carne, independientemente del animal de que se tratara, me provocaba más de un vómito que tenía que aplacar con unas inspiraciones profundas intentando relajarme. Evidentemente no tardé ni dos meses en cambiar mi dieta carnívora de toda la vida por una dieta vegetariana ausente de todo recuerdo del lugar donde trabajaba. Al llegar a mi casa y hacer una liviana cena apenas me quedaba tiempo siquiera para pensar en mí misma. Poco le podía dedicar a la limpieza de mi hogar pero se hacía inexcusable llevar una vez por semana la ropa a la lavandería de la calle donde yo vivía así que cogía una bolsa grande de basura negra, metía todo lo que debía lavarse y con el hatillo al hombro salía a la calle de madrugada. A pesar de los horarios de los habitantes de la city, la ciudad tenía vida, aunque fuera más sútil. El hecho de que la lavandería estuviera abierta a esas horas era prueba evidente de ello. Cuando llegaba, me embargaba la soledad de las máquinas esperando ser utilizadas. Solía ponerme siempre en la que había al fondo, justo al lado del banco que utilizaba para esperar que el proceso de lavado y secado finalizara. Pero no tardé en disfrutar de compañía al cambiar mi día de visita y coincidir con un hombre atizonado de mirada penetrante y pelo sombrío. Ni siquiera saludó al entrar y verme ya sentada en mi banco de siempre con un libro en la mano. Depositó sus prendas en una lavadora cercana a la mía y sin más, se sentó a mi lado a esperar. Estando acostumbrada a vivir en una tierra sociable donde la gente no sólo se saludaba sino que además, hasta conversaba aunque fuera de temas banales, me sentía algo incómoda con la escena de mutismo absoluto a pesar de la corta distancia que nos separaba. Lo cierto es que me resultaba atractivo, mucho, pero era en esos casos cuando mis feronomas bloqueaban completamente mi cerebro y a pesar de mis ganas de hablar, permanecí en completo silencio como él hasta que mi lavadora finalizó, recogí mi ropa y salí del lugar con un tímido “bye”. Mi encuentro fue suficiente para que mi poderosa imaginación elucubrara mil encuentros con él, cómo empezaríamos a conversar, la primera cita en un café y los besos posteriores. Era fácil, sólo era cuestión de trasvasar la barrera que le imponía el mundo virtual para hacerlo real. Pero nada de eso sucedió. Ni en el segundo encuentro, ni en el tercero. Seguíamos siendo dos completos desconocidos a pesar de conocer al dedillo la ropa interior que cada uno usaba. Fue en una noche excepcional de cielo estrellado cuando todo cambió. Cuando llegué, ya estaba sentado esperando en el banco. Me dirigí a mi lavadora y fui metiendo toda mi ropa poco a poco. A pesar del ruido de su lavadora funcionando oí su respiración tan cerca de mí, que no pude sino volverme. Y ahí estaba él, el hombre sin nombre, a menos de veinte centímetros de distancia de mí. Por un instante sentí miedo y me imaginé que realmente era un ladrón de lavanderías que acechaba a las trabajadoras de las hamburgueserías en un cuidado ritual de cuatro encuentros o un asesino en serie que esa noche tenía que cumplir con su necesidad de matar. Creo que toda mi vida pasó por delante hasta que sentí sus manos en su cadera y sus labios en mi cuello. Me estremecí pero aún fui capaz de dar al botón de “start” y que mi ropa comenzara su lavado. Ni me moví, ni siquiera volví la cabeza para preguntarle qué hacía. De sobra lo sabía, tanto, como que hasta lo había soñado en más de una ocasión en mi pequeño cuarto. Aquel moreno de ojos penetrantes inspeccionó mi cuerpo hasta que fue encontrando sus rincones favoritos: rodeó mis pechos alertas con sus pequeñas manos y las bajó por mi blusa hasta llegar a mi falda. Mi corta falda entre sus manos parecía ser incluso más escasa, pues no tardó en adivinar por su tacto el aspecto de mi sexo. Sentía sus dedos bajó mis bragas y comencé a gemir con algo de timidez. La distancia que nos separaba había desaparecido y podía sentir su miembro erecto frotándose entre mis nalgas. En un instante sentí su calor, mi compañero de lavandería me había bajado mis bragas hasta la rodilla, había subido mi falda por detrás y ahora palpaba a sus anchas los melocotones que se le ponían tan a la vista. Sus caricias me enloquecían de placer, y más cuando sentí que deslizaba su mano desde atrás hacia delante, acariciando toda mi intimidad, ahora a la vista. Me empujó suavemente contra mi lavadora y aclimató su miembro al calor de mi sexo, penetrándome firmemente hasta que me sentí completamente llena. Aquel moreno comenzó un ritmo de empujes constantes, quizás muy parecidos al que marcaba el electrodoméstico, mientras yo, inclinada levemente sobre la lavadora, sentía en toda su plenitud ambas cadencias. Me gustaba sentir bajo mi cuerpo aquellas vibraciones que emitía la lavadora, aumentaban el placer que me proporcionaba mi amigo nocturno. A medida que me embestía, yo dejaba caer mi cuerpo sobre la lavadora, hasta sentir mis pechos sobre ella. Era entonces cuando él me ayudaba a levantarme para poder amasar mis pechos con sus manos. Lo cierto es que mi amigo se tomaba el ataque con calma, quizás quería degustar todo lo que en otros encuentros no habíamos hecho. Nada nos preocupaba que entrara alguien y pudiera vernos. ¿Quién se acuerda de esos pequeños detalles cuando se ha ascendido al Paraíso por unos instantes? Mi compañero sin nombre agarró mis nalgas cual jinete y aceleró sus embestidas mientras yo, apenas recordaba si ya había disfrutado de dos o tres orgasmos. Quizás fueron cuatro. Su montura estaba a su disposición para seguir cuanto quisiera. En esos momentos, mi lavadora había iniciado su proceso de centrifugado y mi amigo, contagiado por el frenético ritmo que le imponían, se dejó llevar hasta que un leve gemido y su calor invadiendo mis entrañas, me anunció que había terminado. También mi ropa estaba lista para ser sacada de allí. Mi compañero en un curioso gesto con su dedo haciéndome una especie de garabatos en mi espalda se apartó de mí y como si nada hubiera pasado, se fue hasta su lavadora a recoger la ropa que hacía unos minutos había finalizado. Me recompuse mis prendas y metí en la bolsa toda la ropa lavada y ya seca aunque arrugada. Me volví para verle pero sorprendentemente se había marchado. Se había ido sin decirme siquiera adiós. Caminé a mi casa pensando en lo raros que eran los insulares, pero con una sensación de bienestar que hacía mucho no tenía. Esa noche dormiría de un tirón a pesar de los ruidos que a veces tenían las cañerías de mi hogar, si se le podía llamar así al lugar donde habitaba. Al llegar a mi casa me desvestí para entrar en la ducha y al mirarme en el espejo pude ver que en mi espalda había escrito a rotulador dos palabras en inglés “See you”. Estaba claro que no sería la última vez que aquel desconocido y yo lavaríamos juntos la ropa…

domingo, 11 de enero de 2009

Miradas ocultas

Al abrir la puerta sentí que me rodeaba el olor de la pastosa colonia que solía ponerse mi padre cada mañana tras ducharse. El tiempo había trascurrido pero el recuerdo del aroma seguía indemne en mi memoria. La casa parecía la misma a pesar de los años que habían pasado. Los cuadros de siempre, la silla del recibidor con su perpetua cojera puesta de manifiesto tras posar mi abrigo en ella y el espejo con el marco de bronce cuyo reflejo era una burla de la realidad. Mi padre había muerto dos semanas antes y yo había decidido volver a su casa a intentar ordenar los papeles que guardaba, hacer una pequeña limpieza de sus cosas y poner a la venta la vivienda. Eché un vistazo a la casa: su sobrio salón destinado a las pocas visitas que recibía y sus dos dormitorios, uno de ellos, el único con vida, hacía las veces de sala de estar y el otro, destinado a dormir, compuesto de una cama de matrimonio de metro y pico, una mesilla a cada lado, un armario de nogal de tres puertas en la pared izquierda, un pequeño ventanuco que daba a la calle principal situado la pared derecha y en frente de la cama, una gran fotografía en un marco de plata de mis padres el día de su boda. En aquella casa no quedaban recuerdos de mi infancia, habían desaparecido a la par que mi madre cuando mi padre abandonó la gran casa familiar en la que habíamos morado durante lustros. Sabía que tenía mucho trabajo que hacer y pocas ganas de ejecutarlo. Tres cajones abarrotados de papeles de bancos, seguros y títulos de acciones amenazaban mi próximo futuro. Había decidido no irme a un hotel y vivir durante algunos días en la casa de mi padre para poder dedicarme al cien por cien a la ingrata labor. Deseaba solucionar el tema en tres días como mucho y poder regresar a mi hogar. Dejé la maleta en el dormitorio y busqué en la cocina algo para beber. Olía a rancio, a sucio, los azulejos de la cocina lucían opacos y el frigorífico guardaba los últimos alimentos que mi padre había comprado antes de morir: tres huevos posiblemente podridos, un trozo de queso lleno de moho, leche de vaca, una longaniza y varias manzanas que habían sobrevivido pese al tiempo trascurrido. Cogí un vaso algo roto por un borde y me serví un poco de agua, dirigiéndome de inmediato a la salita de estar donde se hallaban los papeles. Me pasé toda la tarde ordenando aquella marabunta de documentos y la pila no había bajado apenas, ya había anochecido y la escasa luz que suministraba la bombilla de bajo consumo no invitaba nada más que a descansar, así que me di una ducha tibia y me fui a la cama, la misma donde había dormido mi padre los últimos años de su vida. No soy supersticioso y no tenía especial reparo en dormir en aquella cama, lo que más recelo me daba, sin embargo, era la fotografía de mis padres mirando fijamente al lecho y por ende a mí. Era incapaz de conciliar el sueño con ellos contemplándome sin descanso, sus miradas no me parecían precisamente amigables, más bien todo lo contrario, era como si me reprocharan el no haberles hecho demasiado caso a ninguno de los dos en vida. Me tumbé sobre un costado, sobre el otro, boca arriba, pero no podía evitar abrir los ojos y verles en la penumbra. La farola del exterior los iluminaba de forma algo tenebrosa y me sentí de repente como si tuviera 30 años menos. Finalmente me tumbé boca abajo e intente pensar en cualquier otra cosa que no fuera en ellos. En ese momento añoré una impersonal habitación de hotel. Fue al cabo de diez minutos cuando empecé a oír extraños ruidos procedentes del piso de al lado. Eran gemidos de una mujer que parecía estar pasándoselo realmente muy bien, los muelles de la cama se movían con un ritmo marcado por sus jadeos. Me concentré en escucharla con todo detenimiento, desvelándome por completo. Aquella mujer alternaba alocados gemidos con suspiros de alivio, quizás provocados por lo que yo intuía podían ser orgasmos. Los gemidos pararon tras diez minutos, el ruido cesó completamente e intuí que la mujer se había dormido, feliz y sosegada tras la lujuria. Su respiración pausada y serena pero fuerte lo advertía. Yo, sin embargo, me sentía francamente excitado, notaba mi pene pulsátil y duro, mi corazón le bombeaba sangre con fuerza y lo sentía a punto de estallar. Empezaban a encajar las piezas. Ahora comprendía el motivo del fallecimiento de mi padre, había muchas probabilidades de que aquella mujer hubiera cometido un homicidio involuntario sin saberlo, su pasión y las finas paredes del inmueble habían precipitado la muerte de mi padre, algo débil del corazón. Sin embargo me sentía feliz por él, había tenido una muerte dulce y gozosa. No había sido tan divertido no obstante, para la portera del inmueble, descubrir su cadáver cuando abrió su puerta, escamada al no obtener respuesta cuando llamó al timbre para bajarle la basura como hacía a diario. Creo que la opinión que tenía de mi padre de hombre serio y respetable cambió definitivamente para siempre, al verle desnudo, empalmado y agarrando con firmeza su miembro. Para seguir manteniendo la misma imagen de él ante la familia simplemente comenté que el motivo de su muerte había sido un infarto repentino por causas desconocidas, una buena excusa que no comprometía a nadie. Tenía calor, me levanté y me desnudé por completo. De pie, mi miembro no daba tregua alguna, lo acaricié y me tumbé de nuevo, pero me sentía extraño, estaba en la cama de mi padre y encima, aquella foto era como una maldición, un instrumento disuasorio de mi excitación, así que al final me dormí sin más. Al día siguiente por la mañana al despertar sentí nauseas y claustrofobia por estar allí y abrí todas las ventanas de par en par. Había tenido extraños sueños en los que se mezclaban la muerte de mi padre, recuerdos de mi infancia y los gemidos de la vecina de al lado. Tenía el cuerpo empapado en sudor, me di una ducha bien fría y bajé a desayunar al bar de la esquina para intentar olvidar aquellos sueños. El día resultó francamente agotador, me dolían los ojos de forzar la visión con las escrituras antiguas de sus propiedades, aquellos delicados papeles amarillentos me parecían tan complicados como extraños jeroglíficos aún sin resolver. Al acostarme, mullí la almohada y guardé silencio justo a la misma hora en la que la noche anterior había escuchado los gemidos. Sabía que lo más seguro era que la mujer no se dedicara a la misma actividad, sin embargo, no tardaron en escucharse de nuevo extraños ruidos. Me podía imaginar a la mujer que moraba en la casa de al lado, una mujer voluptuosa, de caderas prominentes y grandes pechos, vestida con un largo camisón de seda blanca cuasi transparente. Imaginaba su largo pelo y sus rizos cobrizos, sus labios intensamente pintados de rojo y sus ojos enmarcados con un lápiz negro. Su voz era muy sugerente y estaba convencido de que tenía que ser extremadamente viciosa. Intenté poner una imagen a sus gemidos, unos rítmicos movimientos a sus jadeos. Estaba abierta de piernas, tumbada en la cama pero con su cabeza ligeramente fuera de ella, mostrando su largo cabello que caía hasta el suelo. Una de sus piernas estaba apoyada en el colchón y la otra lucía esplendorosa en toda su largura. Tenía la tez blanca como una preciosa pin up de revista. Sus largos dedos acariciaban todo su cuerpo, sus uñas, pintadas de rojo, despertaban el vello por el que pasaba y su pubis, frondoso y enmarañado, escondía su húmedo secreto entre las piernas. Acariciaba su sexo vehementemente, su cabello se mecía en el aire y yo sentía mi pene de nuevo entre las piernas. Lo agarré con mi mano derecha y comencé a moverla hacia arriba y hacia abajo, pero la foto de mis progenitores me castigaba con su mirada, así que me levanté y con ansiedad descolgué el retrato. Cual fue mi sorpresa cuando descubrí que la foto escondía un cristal que mostraba precisamente la mujer de la que era víctima mi imaginación. Ahora estaba ante mí. Por un instante me quedé parado sin saber qué hacer. La contemplé con calma, no era la pin up que me había imaginado, aunque tenía cierto atractivo. Su pelo era largo, pero era negro y liso, su cuerpo no estaba desbordado en curvas y sus uñas no estaban pintadas, tampoco sus labios, pero su pubis era como el que yo me había imaginado y su postura parecía haberla calcado de mi mente. Miré el cristal, era muy oscuro y comprendí que realmente podía no ser más que un espejo al otro lado de la pared. La mujer no se había inmutado lo más mínimo tras descolgar el cuadro así que seguramente no se había percatado de mi presencia. Mi padre había conseguido hacerse un hueco como voyeur. No le culpo, creo que yo hubiera hecho lo mismo si hubiera tenido una vecina tan fogosa como aquella. Ahora podía contemplar a la mujer desde mi asiento preferente, era sin dudarlo, una habitación con vistas a pesar de todo. Desconocía la razón por la que existía esa comunicación entre los dos pisos, quizás había estado siempre y mi padre lo descubrió tras un cuadro o, a lo mejor era él mismo el que, tras haber estado mucho tiempo deshabitado, había aprovechado la ocasión y, usurpando las llaves de la portera, con la que creo se llevaba muy bien, había hecho una pequeña reforma a su antojo para dar una mayor amplitud a su visión. Las explicaciones que me daba, sin embargo, no me convencían, había sido demasiada suerte intuir la futura llegada de aquella mujer, ¿cómo sabía mi padre que no era un hombre el futuro inquilino? Dejé a un lado las preguntas que se agolpaban en mi mente y me dediqué a contemplar la belleza que se me mostraba tan cercana. La mujer había echado a un lado las sábanas y contemplaba sus movimientos en el espejo por el que yo la miraba. Su mano izquierda acariciaba sus pechos y su mano derecha apenas la podía ver, estaba demasiado escondida entre sus piernas. Comencé a masturbar mi miembro de pie, absorto por la imagen de sexo gratuita e inesperada. La mujer se giró hasta que pude contemplar en toda su plenitud sus labios mayores apuntando hacia mí. Poco a poco fue metiendo los dedos en su sexo, de forma cadenciosa, regalándome de vez en cuando la visión del inicio de su oquedad, ahora rojiza, brillante y muy abierta. Jadeaba y se retorcía, dando vueltas sobre sí misma, cada vez más excitada. Yo estaba igual, mis movimientos subieron de ritmo, acaricié mi glande con mi dedo índice lleno de saliva, cogí mis testículos con la mano izquierda y los mimé, arrastrando mi mano hasta el inicio del ano, al cual rocé levemente. Sentí un escalofrío de placer. Todo mi cuerpo tenía la piel erizada y mi mente, completamente bloqueada en ese momento, sólo pensaba en encontrar algo grande para lanzarlo contra el espejo y destrozarlo para poder respirar el aire que emanaba la mujer. Un espasmo unido a un gemido subido de volumen me anunció que había terminado, lo mismo hice yo, sintiendo una paz infinita cuando vertí mi semen por entre mis dedos. La mujer yacía ahora relajada y sonreía al espejo, yo sonreí igualmente a pesar de saber que no era capaz de verme. Cerró sus ojos y en cuestión de segundos se quedó profundamente dormida. Tras lavarme, volví a la habitación, coloqué el retrato de mis padres en un cajón y tras imaginarme a mi padre en la misma situación en la que había estado yo hacía unos minutos, me dormí. Al día siguiente me levanté temprano. Tenía que volver a mi casa y a pesar de que me hubiera gustado pasar otra noche allí y sobre todo, en la habitación de mi padre, mis obligaciones no me lo permitían, así que me puse pronto a ordenar los papeles y coger los más importantes que necesitaba. Estaba tan ensimismado que me sorprendió el timbre de la puerta. Miré la hora: eran ya las seis de la tarde, no me había dado cuenta siquiera de que no había almorzado. Abrí la puerta y me sorprendió ver precisamente a la vecina de al lado. -Perdona que te moleste, es que he oído ruidos y me ha dicho la portera quien eras. Sólo quería decir que siento lo de tu padre-Dijo ella con una voz dulce y suave.- Tu padre era un buen hombre. -Muchas gracias.-Dije yo algo avergonzado-Te invitaría a tomar un café, pero es que no hay nada en la casa. -Genial, así tengo una buena excusa para invitarte a tomarlo en la mía. Me sorprendió su invitación pero la acepté con alivio, por fin tomaría algo caliente, la verdad es que el día anterior había mal comido en el bar de la esquina y la idea de unas pastas acompañando el café me atraía especialmente. María, que así se llamaba ella, me invitó a sentarme en el sofá, agasajándome con todo tipo de bollería variada que admitió mi estómago con muestras de agradecimiento haciéndose notar por medio de extraños ruidos. Hablamos sobre mi padre principalmente y las veces que la había ayudado con la cosa: a colgar una lámpara, a montar una estantería… Me sorprendió la habilidad de mi padre, nunca la demostró mientras vivía con él. Tras el café llegó el brandy y ambos bebimos con ganas. Una extraña atmósfera pareció envolvernos, quizás era el espíritu de mi padre que había vuelto a su hogar, aunque lo dudaba. Lo cierto es que me sentí muy cercana a María, tanto como parecía estar ella de mí. Mi mano acarició su rostro y ella me dio un tierno beso. La abracé en el sofá e inclinando mi cuerpo sobre el suyo, la besé apasionadamente. Ella se mostró tan apasionada como en las sesiones nocturnas, acarició mi cuerpo y se adueñó de mi miembro tras liberarlo de los pantalones. La ropa era un incordio y tardamos apenas dos segundos en desembarazarnos de ella. Cogí sus pechos y acerqué la boca hasta tocar con mi lengua sus pezones. Abrió sus piernas, apretó mi culo entre sus dedos y ahuecó su pelvis invitándome a hacerla suya. Lo hice de inmediato, mi miembro resbaló dulcemente en su interior y sentí un tope en mi glande. Nos movimos al unísono, buscando el máximo placer. Ella gemía incluso con más intensidad que la noche anterior, me tiraba del pelo forzándome a echar mi cabeza hacia atrás. Posé mis manos sobre sus brazos y la inmovilicé, acometiéndola con más fuerza hasta que sentí que mi pene buceaba ahora por una cavidad más estrecha y ella había conseguido gozar. La estrechez del habitáculo hizo que me dejara llevar yo también por el placer, vertiéndome sobre ella e intentando no caerme del sofá. Tras el goce, ahora todo me incomodaba, la estrechez del asiento, un cojín clavándoseme en un riñón, la luz de la lámpara de pie en mi cabeza. Pero mi incomodidad se debía también a que me quedé mudo, no sabía qué decir, no había nada de lo que quisiera hablar con ella en ese momento, fue María la que me sacó del apuro. -¿Te puedo pedir algo? Como tu padre no está… ¿Me podrías ayudar a cambiar una cómoda de lugar? Es de madera maciza y no consigo moverla ni medio milímetro. -Claro, no hay problema. ¿Dónde la tienes? -En el dormitorio-contestó ella- Nos dirigimos desnudos al dormitorio. Mientras ella me mostraba la cómoda a mover yo no pude dejar de contemplar el misterioso cristal que no espejo que daba al dormitorio de mi padre. La habitación de mi padre asomaba tras él mucho más oscura, pero se podían ver perfectamente todos sus enseres. No quise preguntar a María nada que pudiera desvelarme los secretos de mi padre, prefería que se fueran con él para siempre a la tumba. María sonrió, dándose cuenta de mi descubrimiento. -¿Te veré alguna vez más por aquí? –Dijo ella. -Sí, la casa ahora es de mi propiedad y aún me queda mucho por hacer aquí -Contesté sin poder desviar la mirada del mágico cristal.

sábado, 12 de abril de 2008

Los deberes de Mario VIII: Una noche de luna nueva

Alicia se encontraba profundamente dormida cuando bruscamente, un silbido entrecortado la despertó. Tardó unos segundos en darse cuenta de que no era un sonido producto de su imaginación y del dulce sueño en el que se encontraba y que ni siquiera era el impertinente despertador anunciando un nuevo día. Fue la luz encendida de su teléfono móvil la que le hizo percatarse de que se trataba de un mensaje. Miró el reloj y vio que eran las dos de la mañana. Al ver su procedencia sonrió, no podía ser de nadie más que de Mario, con frecuentes problemas de sueño. Su mensaje era tan escueto como concreto: “te paso a buscar en 15 minutos, sólo puedes entrar en mi coche con una prenda de ropa, nada más”. Leyó de nuevo aquel imperativo encargo, ¡menudas horas! Lo cierto es que a pesar de todo, jamás rechazaba una invitación de su amante. Las oportunidades no se podían desaprovechar, así que tras desperezarse, se levantó. Intentó adivinar lo que Mario tendría preparado para ella, ya estaba acostumbrada a su desbordada imaginación, quizás la misma que la suya. Siempre intentaban sorprenderse el uno al otro con nuevos juegos, cuanto más morbosos y originales, mejor.

Abrió su armario y echó un vistazo a su ropa. El invierno estaba siendo excepcionalmente cálido y la primavera estaba al caer. Nada de manga larga, al lado de Mario jamás sentía frío, por lo que escogió un vestido negro que se abrochaba al cuello, sin mangas y que mostraba buena parte de su espalda así como sus hombros. Imposible que Mario se mostrara indiferente al verlo. Ya se había despertado por completo y la cercanía de su amante avivaba la llama de su deseo. Tras unos cuantos intentos infructuosos consiguió por fin subirse la cremallera del vestido y se miró en el espejo. Cualquiera pensaría que estaba chiflada, pero ella tenía otro punto de vista, la vida era demasiado larga para hacer en todo momento lo supuestamente correcto. Mientras bajaba las escaleras de su casa recibió un nuevo mensaje: “mete tu vibrador en el bolso”. Así que era una noche para jugar… Pues jugarían, eso por descontado.

Sentía en sus piernas cierta debilidad, causada quizás por la falta de sueño, en su sexo, una incipiente humedad motivada por el deseo y en su pecho, la agitada respiración de la incertidumbre. Pasados cinco minutos oyó el ruido de un motor, se trataba del coche de Mario aparcando al lado de su casa. Salió de inmediato y se introdujo en él. Mario la miró de arriba abajo y sonrió. Efectivamente, el vestido le había gustado. Besó a su amante y partieron sin intercambiarse una sola palabra. Alicia al principio pensó que el camino que tomaban era el de su apartamento, pero al ver que dejaban de largo las últimas urbanizaciones de la ciudad, dudó sobre el destino de su viaje. Al llegar al bosque de coníferas que se encontraba a pocos kilómetros de la ciudad, Mario tomó un desvío, adentrándose por un camino de tierra, el coche daba tumbos y dejaba una larga estela de polvo a su paso. Por fin detuvo el vehículo en una zona despejada y ambos salieron. Esa noche había luna nueva y la visibilidad era prácticamente nula.

El bosque a esas horas, tan solitario y tan oscuro, realmente impresionaba. Alicia comenzó a temblar, había subestimado el frío que pasaría con tan liviano vestido, incluso su sexo, relativamente húmedo, pedía a gritos una tela donde guarecerse. Se sentía completamente desnuda. Mario sacó una linterna de una pequeña mochila que llevaba al hombro y con ella iluminaron sus pasos. Estuvieron caminando un buen rato. A su alrededor, cientos de árboles se alzaban imponentes como gigantes, las sombras que provocaba la linterna sobre ellos provocaba cierta inquietud. El silencio de la noche tan sólo era quebrado por las pisadas de ambos sobre las acículas caídas. Por fin, Mario, complacido por el lugar al que habían llegado, detuvo la marcha, abrió su mochila y sacó una manta de viaje que extendió encima del suelo. Abrazó a Alicia y la besó. Ella sintió la calidez de su abrazo y agradeció el contacto con su cuerpo caliente. Sus labios torturaron su cuello, calentó cada centímetro del mismo con la lengua, se detuvo a jugar con sus carnosos y excitables lóbulos. Ella se dejaba mimar. Mario comenzó a mordisquear la piel blanca y fina que dejaba transparentar su yugular, mientras sus manos subieron ligeramente su vestido dejando prácticamente todo su cuerpo a merced de la noche. Agarró sus nalgas con ambas manos, acercando a Alicia hacia sí. El bulto de sus pantalones se le hizo patente. Mario comprobó la excitación de su amante entre sus dedos, sintiéndolos humedecidos al rozar su sexo inflamado y descubriendo cuan fácilmente se deslizaban a su interior. Era excitante y morboso estar a esas horas en aquel lugar. Ya no sentía tanto frío. Mario tumbó a Alicia sobre la manta, separó sus piernas y abriendo su sexo lo degustó. Ella comenzó a perder el control, imposible no hacerlo cuando la lengua de su amante parecía una pequeña culebra retozando con su sexo. Las sensaciones se hicieron más intensas cuando Mario volvió a sus juegos de manos, introduciendo sus dedos en su sexo y haciendo pequeños guiños a su trasero. Alicia por fin notó como su cuerpo se deshacía en palpitaciones. Por un instante mientras gozaba creyó oír un ruido procedente de los árboles. ¿Le habría preparado Mario como sorpresa la aparición de una tercera persona? Tenía serías dudas sobre ello, pero no lo descartaba. Era difícil descubrir lo que su amante tenía en la cabeza.

-Quiero que me chupes la polla.-dijo en ese instante Mario.

Alicia aún sentía los espasmos del placer en su cuerpo, pero ahora le tocaba ser a ella la protagonista. Mario se sentó en la manta y Alicia le ayudó a desvestirse. Sin demora comenzó a saborear su miembro, sin dejar de mirar en ningún momento a su amante, sabía cuanto le excitaba que clavara sus ojos en él mientras disfrutaba de su boca. Se chupó ruidosamente un dedo y comenzó a hacer pequeños círculos alrededor de su recto, acariciándolo con gran suavidad y notando como su amante incrementaba su excitación. De nuevo volvió a percibir unos ruidos, incluso creyó oír una especie de extraños gemidos. Mario pareció igualmente percatarse de ello dado su gesto de alerta. ¿Y si fuera un voyeur grabando su encuentro?

Tras un buen rato de adoración bucal la erección alcanzó su máxima intensidad, Mario agarró a Alicia y la tumbó sobre la manta. Deseaba ser ya penetrada, pero a pesar de ruegos y súplicas, Mario no perdió el mando de la situación, esperar traería aún mayor placer. Acercaba su miembro hasta que el glande rozaba ligeramente el sexo de Alicia, para separarlo cuando la veía luchar enérgicamente para que su miembro resbalara dentro de ella. El juego se repitió hasta que Alicia se vio gratamente sorprendida por una brusca embestida que la llenó completamente. El calor de sus cuerpos contrastaba con el frío de la noche, el olor del bosque se mezclaba con el del sexo, el silencio del entorno chocaba con sus jadeos cada vez más intensos y resonantes en forma de eco. Alicia se había olvidado ya del frío y los ruidos sospechosos parecían haber desparecido. Comenzó a agobiarse por el calor que desprendía su vestido cuando de nuevo sintió su sexo pulsátil. Mientras degustaba aquellas gozosas sensaciones, Mario le dio media vuelta y montó sobre ella a horcajadas. Cabalgó sobre ella agarrando sus pechos a modo de bridas. Alicia se dejaba hacer gustosa, la postura le encantaba, el pene de Mario friccionaba su punto g y su placer se multiplicó hasta el infinito. En ese momento, Mario cogió el pequeño vibrador de Alicia y encontró el lugar donde hacerlo desaparecer, no sin cierta dificultad. Alicia ahora se notaba placenteramente plena.

-Acaríciate, quiero ver cómo te masturbas. –dijo Mario entre jadeos.

No dudó Alicia en hacer lo que le pedía, a pesar de que se sentía desfallecer así que friccionó su sexo mientras su amante seguía penetrándola y jugaba con el pequeño vibrador en su trasero. La suma de todo provocó en ella otro orgasmo. Mario comenzó a respirar más ruidosamente y cerrando los ojos, eyaculó en su interior. Se tumbó a su lado y se abrazaron. La noche era estrellada, la luna ausente, ambos, relajados y satisfechos, descansaron un rato hasta que de nuevo, los ruidos volvieron a hacer su aparición, esta vez más intensamente. Se incorporaron con precaución. Mario cogió su mochila a modo de arma esperando utilizarla. Estaba claro que allí había alguien. Se levantó y se encaminó hacia el lugar de donde procedían, rápidamente salió de su escondite un pequeño zorrillo asustado por la invasión de su lugar habitual de sueño. Respiraron aliviados, por lo menos por esta vez no se harían famosos en la red por sus escenas de sexo a media noche.

Mario ayudó a Alicia a levantarse. Era hora de regresar a casa.



lunes, 4 de febrero de 2008

Los deberes de Mario VII: Recuerdos de juventud


“Mi querida Alicia,
Leo y releo una y otra vez los dos correos que me enviaste hace tiempo relatando tu vida: “Recuerdos de la Niñez” y “Recuerdos adolescentes”. Me he masturbado con su lectura en repetidas ocasiones. Ahora te pido más, deseo que continúes, que me expliques con detalle y exhaustivamente la continuación de tu biografía. Quiero que seas sincera conmigo y no dejes ni un detalle sin narrar. Espero tu pronta respuesta.

Tu amante, Mario”



Mi querido Mario,
En tu correo, te delata la impaciencia porque siga con mis historias. Quieres que me desnude por completo para ti, no te conformas con mi desnudez física. No te lo voy a contar todo. Hay ciertas partes de mi azarosa existencia que son inconfesables, y que jamás saldrán de mi boca. Me quedo con ellas para siempre.

Felipe fue mi primer novio, digamos formal. Después de mi tormentosa adolescencia, me replanteé mi vida, recapacité y me propuse actuar como una mujer normal: echarme un novio y casarme como Dios manda. ¡Cuán equivocada estaba yo! El destino jugaba conmigo, o quizás era mi lado oscuro el que intentaba zafarse de las cuerdas que le imponía mi otro yo.

No sé como pude aguantar cuatro años con Felipe. Intenté comportarme como una mujer decente e ir poco a poco en mi relación con él. Pero era superior a mis fuerzas. Estábamos a mil años luz el uno del otro. Él se conformaba con un casto beso y yo necesitaba que alguien me arrancara la ropa violentamente y sentir así la pasión que fluía en mi interior como un volcán en erupción. Fue él el privilegiado de romper mi himen, pero eso ya no era suficiente para mí. Su amor era tranquilo, pacífico y aburrido.

Fue en un viaje nocturno en tren a Almería con motivo de la visita a una amiga que vivía allí cuando pensé seriamente que mi relación con él no iba a ninguna parte más que al matrimonio. Pero el hecho sólo de pensarlo me entristecía. El azar juguetón hizo que mi acompañante de compartimento fuera un hombre sumamente atractivo, alto, pelo negro y tez morena, unos 10 años mayor que yo. Santy, se llamaba. Hablaba sin tapujos y preguntaba todo lo que jamás se había atrevido nadie a preguntarme. El viaje duraba toda la noche y yo no tenía sueño. Comencé a narrar mi vida y mis aventuras a mi compañero de viaje y él me escuchaba de forma apasionada, sin perder ni un detalle de lo que le contaba. El habitáculo era reducido: cuatro camastros y un mínimo baño con ducha. Nadie montó con nosotros. El tiempo transcurrió rápidamente y con la misma velocidad pasamos de estar uno frente al otro, a estar uno encima del otro. Su mirada me descomponía y su voz, profunda y rotunda, más. Mientras besaba mi boca y yo sentía el aroma del perfume que impregnaba su cuello, me iba narrando con detalle todo lo que se disponía a hacer conmigo. Igual que un locutor radiofónico retransmitiendo un partido de fútbol: “Te voy a quitar la ropa y vas a pasar desnuda el resto del viaje... Voy a poseerte salvajemente y destrozarte de placer.”

La película que me contaba justo antes de visionarla era la que yo había querido ver toda mi vida. Por fin tenía entradas de primera fila y las había obtenido de la manera más casual.

Comenzamos haciendo el amor encima de una de las camas. Santy se tomaba su tiempo, era un gourmet del sexo, lo degustaba y paladeaba a cámara lenta. La forma de desnudarme lo decía todo de él. Me miraba a los ojos fijamente mientras yo iba perdiendo con su ayuda mis prendas. Su lengua me vistió con su saliva y mi sexo clamaba a gritos sus atenciones, rogándole que me penetrara. Pero no lo hizo y desconcertada observé que se levantaba e iba al baño sin decir una palabra. Fue un instante en el que mi mente se quedó en blanco sin saber qué pensar. Al poco salió con un bote y una maquinilla de afeitar. Santy me extendió la espuma por mi sexo, frondoso y oscuro, y pasó con delicadeza la cuchilla, arrastrando con ella matorrales blanquecinos. Cerré los ojos para no verlo, me aterraba sentir la cuchilla tan cerca de mis labios mayores. Por fin terminó. Ahora sí que estaba desnuda por completo, mi sexo estaba imberbe, apetecible y comestible. Santy limpió los restos de espuma con una toalla sintiéndose satisfecha con su trabajo.

Siguió narrando la película de nuestra noche, sus palabras ejercían un cierto efecto hipnótico en mí. Necesitaba sentir en mi carne todo lo que me decía. Mi sexo inflamado, rosado y a punto de estallar, fue pronto presa de su boca. Se recreó en él, me lamió como si de un sabroso helado se tratara y me corrí al instante. Fue en ese momento cuando Santy acercó sus labios a mis orejas y las tomó. Eran simples roces, suficientes para hacerme saltar. En ese instante me penetró por fin, larga y profundamente. El ritmo, de cadencioso paso a ligero y de ahí a frenético. Santy era dueño de mi conciencia. Sus palabras me habían desarmado y su miembro me había derrotado en el placer infinito que sentí con él.

El viaje se hizo corto. Nos despedimos y jamás volvimos a saber nada el uno del otro. Ese mismo día llamé a Felipe y corté con él. El camino podría ser largo, pero ya sabía cual era mi meta. Santy ha vagado en mi memoria como una maldición a lo largo de los años. Sólo tú has conseguido que me olvide de mis fantasmas, al conocerte supe que mi largo camino había merecido la pena.

Tras la ruptura con Felipe, descarte mi idea de ser una mujer integrada y normal y me dediqué a aceptar lo que el destino me procuraba, al principio con reparos y posteriormente sin tapujos.

Conocí a Jorge a través de unos amigos, era el típico ligón de bar de medianoche que había tenido mil aventuras y se empeñó en que yo fuera la mil y una. Yo sabía lo que pretendía de mí, pero mis pensamientos eran contradictorios. Por una parte, no era mi tipo de hombre, pero por otra, me fascinaba el lado oscuro que sabía que atesoraba. Y caí en él... Empezamos a salir juntos, realmente no se puede decir que fuéramos novios, quizás amantes ocasionales. A Jorge le excitaban las situaciones de riesgo. Quería follar conmigo, pero siempre en lugares insospechados o con gente alrededor que de improviso pudiera sorprendernos. Al principio el juego no iba conmigo y no lo pasaba bien, pero más tarde fui cogiéndole gusto y acabé enganchándome. Pasado un tiempo, era yo la que proponía los lugares donde encontrarnos.

Mi amor platónico de Universidad era Chema, mi profesor de historia. Chema era alto, pelo castaño, bigote y con un cierto aire a Omar Sharif. Yo le miraba embobada, lánguida, con la boca semiabierta cual colegiala. Me encandilaba su voz sensual y sus grandes ojos. Siempre me situaba en primera fila y procuraba ponerme minifaldas para que mis largas piernas quedaran a su vista. Sabía que estaba casado, pero me daba igual, no era, ni soy, celosa. Chema parecía no darse cuenta de mi existencia hasta el día en que quedé con Jorge para follar con él en el seminario de historia, precisamente al que pertenecía. Era el lugar ideal, a última hora de la tarde, los profesores desaparecían y el despacho se quedaba vacío. Teníamos una hora para jugar: de 9 de la noche a 10, que era cuando llegaba la señora de la limpieza. Saber que me podía pillar mi profesor de historia me producía un gran morbo.

Jorge y yo accedimos al seminario, cerramos la puerta y nos pusimos manos a la obra. Él permanecía de pie, clavando su miembro tras unos breves preliminares mientras reposaba sus manos en mis pechos. Yo apoyaba mi torso semidesnudo en la mesa de Chema. Quería que se impregnara de mi olor, que la humedad de mi sexo tomara posición en la madera y que, por algún extraño mecanismo, se sintiera atraído hacia mí.

Jorge me embestía fuertemente, no era muy dado a exhibiciones de ternura, tampoco yo las necesitaba. Jorge iba al grano y al hoyo sin más pretensiones. Su vocabulario era parco, no pasaba de puta, zorra, ramera y poco más. Con eso me conformaba. Yo permanecía con los ojos semicerrados para disfrutar al máximo de sus movimientos dentro de mí. Por alguna extraña razón los abrí un instante y me fijé en la pantalla del ordenador que había encima de nuestra mesa. Estaba apagada y se veía perfectamente en ella el reflejo de una figura humana que nos miraba sin perder detalle. No paré y nada dije a Jorge, y más, cuando pude distinguir que el que miraba era Chema, que observaba tras el cristal que separaba un despacho con otro. Mi profesor permanecía quieto y mudo ante nuestro espectáculo.

Yo estaba morbosamente excitada y me atreví a más. Giré mi cabeza hasta que pude mirarle directamente, sin reflejo alguno. Mi mirada era desafiante y retadora. Al verle, supe que mi deseo era correspondido. Tal vez me había deseado mucho antes de lo que yo creía. Grité, gemí y pedí a Jorge que me dijera lo más obsceno que se le ocurriera mientras Chema seguía clavado en su sitio sin parar de mirarme. No tardé en perder el control, teniendo uno de los orgasmos más intensos de mi vida. Volví mis ojos hacia Chema tras la función, pero éste ya se había ido.

Al día siguiente, noté su clara indiferencia al explicar el tema. Ese día se abstuvo siquiera de mirarme, como siempre hacía cuando daba clase. Llevaba una minifalda muy corta, un escote para marear y unos tacones de aguja con los que difícilmente se podía mantener el equilibrio, no podía creerme que no se sintiera atraído por mí. Terminó la clase y al ir a levantarme, me llamó:
-Quiero darte unos apuntes que te van a venir bien para el trabajo del mes que viene ¿Puedes pasarte por el seminario a eso de las 8?
-Si, claro, después me paso.
Salí de allí imaginándome todo tipo de escenas de sexo con él y no pude concentrarme en el resto de las clases. Mi intuición me decía que Chema quería darme algo más que unos tristes papeles.

Subí al seminario a la hora acordada, no sin antes quitarme las bragas y meterlas en mi bolso, me gusta sorprender a mis amantes. Cuando llegué, Chema estaba sentado en su silla delante de su ordenador. Me extendió unos folios escritos y me explicó en qué consistía el trabajo que habría de hacer. Yo quería una señal, pero Chema no parecía mostrarla. Tendría que atacar con mis armas. Me agaché sobre la mesa coquetamente para leer con más detenimiento lo que me había dejado y me cercioré de que tuviera una visión bien nítida de mi sexo depilado y de mi trasero, que ciertamente se tenían que ver, dada la pobreza de tela que me cubría. Apenas había medio metro entre mis nalgas y su cabeza. Pero mi profesor no parecía alterarse lo más mínimo ante mis encantos. Estaba perdiendo la paciencia. Me di la vuelta y le miré de la forma desafiante con que lo había hecho el día anterior. Ni una palabra. La tensión entre los dos era evidente. O movía alguien la pieza del tablero o el juego se desbarataría para siempre.
En ese momento, fue mi otro yo el que tomó la voz cantante:
-Ayer, mientras me follaban en esta mesa, te miraba, deseando que fueras tú y no aquel hombre el que me poseyera en ese momento...

No hizo falta más. Fue el pistoletazo que Chema necesitaba para abalanzarse sobre mí. El permiso que quería para no ser tachado de acosador. E hicimos el amor en el mismo sitio en que me poseyó Jorge. Chema tenía una verga de dimensiones espectaculares y su edad y experiencia eran un aliciente añadido. Sus movimientos distaban poco de la perfección absoluta.

Los escarceos y encuentros furtivos entre nosotros se sucedieron. Jorge se enteró de la existencia de mi nuevo compañero de juegos y lo llevó extremadamente mal. Le daba largas, ya no quería quedar con él, en ese momento tenía a Chema. Jorge me suplicó, sólo quería un último encuentro, me prometió que sería memorable y sublime. Al final de mala gana accedí. Pero Jorge tenía preparada una sorpresa que al final superó mis expectativas...

Jorge realmente lo que pretendía en dicho encuentro era vengarse de mí por haber tenido la desfachatez de abandonarle. Su gran ego le impedía aceptar que nadie le pisoteara sin recibir su merecido castigo.

Llegué a casa de Jorge por última vez. Sacó unas copas y unas patatas fritas y puso en el DVD una película porno en la que la protagonista se encargaba de dar placer a cuatro hombres. En ese momento, sentí en mi sexo el cosquilleo del recuerdo de mi adolescencia, cuando me masturbé delante de cuatro amigos sin ningún tipo de pudor o reparo. Comía patatas sin perder detalle y bebía sin parar. La película me estaba recalentando y el recuerdo, del que Jorge nada sabía, más.

Jorge empezó a aproximarse y metió su mano por debajo de mi vestido. Yo me dejé hacer, el deseo podía conmigo.
-Tengo una sorpresa para ti. Han venido mis amigos.

Me di la vuelta y vi a tres amigos de Jorge, a los cuales ya conocía, que habían permanecido ocultos en una habitación hasta ese momento.
-¿Sabes Alicia? Nuestra última sesión de sexo será memorable e inolvidable. Vas a tener en tu boca, semen de cuatro hombres distintos. No es fácil que una mujer logre tanto en tan corto periodo de tiempo.
-No pienso hacer nada con ninguno.

Yo negaba con la palabra, pero mi interior era un hervidero de pasión y lujuria. Deseaba estar en el juego, pero sabía que mi negativa les produciría más morbo a los cuatro. Mi otro yo ya había tomado posiciones y era dueño de mis actos.

Entre todos me desnudaron. Me resistía, pero era simplemente una actuación, pretendía mostrarles que en ese momento me sentía como una pobre chica que sabía que iba a ser castigada por su amante vengativo. Jorge quería darme su merecido, pero yo intuía que iba a recibir uno de los mejores regalos que me hubieran hecho nunca.

Quedé desnuda encima del sofá. Jorge sujetaba mis brazos y uno de sus amigos mantenía mis piernas abiertas. No hubiera hecho falta sujetarme. Notaba mi sexo palpitante por lo que se me avecinaba. Los otros dos amigos, ya desnudos, se pusieron manos a la obra. Mientras uno me follaba, el otro introducía su miembro dentro de mi boca para mi deleite. Intentaba con esfuerzo disimular mi goce. Sabía que si Jorge se daba cuenta de lo mucho que me estaba gustando el juego, pararía de inmediato. Seguía concentrada en mi papel de víctima ultrajada: suplicaba, rogaba que me dejaran, me revolvía mientras hacía denostados esfuerzos porque no se dieran cuenta de la excitación que me embargaba.

Uno a uno se turnó con mis labios y mi sexo. Todos sin excepción terminaron eyaculando en mi boca. Yo tragaba todo lo que me echaban, el semen resbalaba de mis comisuras y yo me sentía agotada de la ingente cantidad de orgasmos que había disfrutado. Por unos instantes ni me moví, descansando desfallecida.

Por fin recuperé el resuello, me vestí a la vista de todo el grupo que en ese momento estaba acomodándose para disfrutar de la película. Besé a Jorge dulcemente y en silencio le di las gracias. Fue mi último encuentro con él y uno de los episodios de mi vida que jamás olvidaré.

Chema, mi profesor, requería de continuo mis atenciones. Estaba encantada de que mi amor platónico por él se hubiera convertido en una relación sexual y acudía solícita a satisfacer sus deseos, que eran también los míos. No estaba enamorada de él o eso me repetía a mí misma. No quería permitirme el lujo de sufrir por alguien casado y con pareja estable. Pero realmente le amaba. El día que se tuvo que trasladar a otra Universidad de forma forzosa, lo supe. Me di cuenta de que le quería con locura y tardé en recuperar los trozos de mi corazón.

El jefe de estudios, tras pillarnos en un aciago día, inició un expediente contra ambos. Le supliqué que no hiciera nada contra él, yo era mayor de edad y había sido la provocadora. Llegamos a un acuerdo: Chema pediría el traslado y yo seguiría en la Universidad ¿Qué me pidió a cambio? Lo que ya me suponía tras ver su libidinosa mirada: mis favores sexuales. El trato fue estar a su entera disposición durante un mes. No me parecía tanto. Todas las noches me acercaba a su despacho, le hacía una felación y dejaba que me poseyera. El mes se me hizo eterno. Añoraba a Chema y me sentía atrapada en algo que jamás había sentido hasta ese momento con nadie más: mi cuerpo había experimentado la unión del sexo y el amor y no podía vivir con el tormento de ese sublime recuerdo.

El mes pasó, pero el jefe de estudios se había acostumbrado a mi diaria presencia y no quería prescindir de mis servicios. Me rogó y amenazó y al final me suplicó que aceptara a cambio de pagarme una cantidad de dinero. A mí me pareció desmesurada la cantidad que me ofrecía. Eso, por otra parte, era convertirse en una puta y no entraba en principio dentro de mis planes. Pero fue mi otro yo, el que, ávido de situaciones comprometidas, aceptó el trato. Y de esa forma me convertí durante casi medio año, en la puta del jefe de estudios.

Ni una de las veces que follé con él tuve un orgasmo. Quizás era un castigo que me auto imponía mi yo normal, o simplemente era que mi mente no podía alejar la maldición del recuerdo de Chema. Así que todas las noches, al llegar a casa, lo primero que hacía era ducharme y seguidamente me masturbaba pensando en él. Mis deseos de ser penetrada eran enormes en esas sesiones. Buscaba siempre nuevos instrumentos que saciaran mi ansia. Aún no conocía los consoladores.

Encontré en el frigorífico de mis padres, una fuente inagotable de placer. Sisaba entre otros, plátanos, zanahorias y pepinos. Todo tenía su preparación. Llenaba el lavabo de agua ardiente mientras me duchaba y allí dejaba en remojo mis manjares hasta que alcanzaban una cálida temperatura. Empecé con pequeñas zanahorias y escuálidos calabacines, pero mi afición era cada vez mayor, igual que las hortalizas que me iba introduciendo. Me miraba en el espejo de mi habitación y me observaba mientras me introducía aquellos naturales instrumentos que me provocaban orgasmos sin fin.

Mientras escribo estas palabras, tumbada sobre mi lecho, cruzo las piernas, mi sexo se derrite ante el placer del roce de la tela, como cuando era una chiquilla. Pero ahora ya no me conformo simplemente con ese frote inocente. Meto mi mano en mi sexo y me abandono a las sensaciones placenteras...


sábado, 26 de enero de 2008

Un viaje en bus


Alicia levantó la vista de su libro y miró el reloj. Aún quedaban dos horas de viaje hasta llegar a la capital. Todavía se sentía furiosa, no podía creerse lo intolerante que se había mostrado su jefe con ella. Ninguna explicación le había parecido plausible para eximirla del viaje y del curso: ni la premura con la que se lo había comunicado, ni la imposibilidad de utilizar su vehículo pendiente de revisión en el taller. Y lo peor es que el destinatario del curso era un compañero suyo que con toda la desfachatez del mundo se había inventado una oportuna gripe al enterarse por terceros de lo que le podía esperar, quedando liberado por sus supuestas dolencias.

Así que el día en que su jefe le comunicó la noticia no había podido hacer nada más que coger el dossier, mirarle sin decir una palabra y darse media vuelta hacia su despacho mientras mil demonios bullían en su interior.

La noche era cerrada y llovía en el exterior. Las gotas resbalaban por el cristal, se unían unas a otras y se dejaban caer hasta el suelo mojado de forma sumisa. Volvió a mirar a su compañero de viaje ubicado a su derecha: semi recostado, con su cazadora vaquera tapando su cuerpo a modo de manta. Seguía profundamente dormido. Había tardado unos cinco minutos tras salir de la estación en caer en brazos de Morfeo y no parecía dispuesto a salir de ese feliz estado hasta llegar al final del trayecto. Su rostro era inquietantemente atractivo, su aspecto plácido contrastaba con dos pequeñas cicatrices paralelas en una de sus mejillas, eran marcas demasiado recientes para tratarse de una antigua pelea de juventud. Quizás su compañero había sido víctima de un atraco o tenía muy mal tino a la hora de afeitarse con el método tradicional. Una mandíbula ancha y una prominente barbilla acogían sus labios, grandes y carnosos. Varios rizos de su cabello castaño caían sobre su frente dándole cierto aspecto heleno. Alicia vio su nuez abultada sobresaliendo descarada de su cuello, tan bronceado como su rostro.

El limpiaparabrisas del autobús apenas daba abasto a limpiar el agua que caía sobre el cristal cada vez con más intensidad. Una ligera niebla entorpecía la ya poca visibilidad de la carretera. Alicia abrió los ojos al oír unos extraños ruidos, unos gemidos ahogados. La pareja sentada delante de ellos, aburrida del largo viaje, había decidido distraerse con demostraciones mutuas de pasión. Entre los asientos, podía observar, no sin cierta dificultad, como se tocaban. Cerró los ojos y dejó que su imaginación se encargara de suplir la falta de visibilidad por la escasa iluminación del interior del vehículo.

Se recostó sobre el lado derecho observando con más detenimiento a su compañero. La cazadora se había desplazado unos centímetros y Alicia pudo comprobar gratamente que tenía dos de los botones de sus pantalones desabrochados, seguramente por motivos de comodidad. Sintió deseos de acercar su mano y meterla juguetonamente en esa puerta que le habían dejado abierta. Cruzó sus piernas y las frotó entre sí suavemente sintiendo un leve cosquilleo en todo su cuerpo. No tenía sueño y aún quedaba mucho viaje por delante. ¿Qué mejor que abandonarse a sus excitantes pensamientos? Se acercó traviesa al asiento de aquel hombre hasta rozar su brazo contra su cuerpo y sus piernas contra las suyas. Por un segundo, su compañero abrió los ojos y la sorprendió mirándole fijamente. Pero los volvió a cerrar mientras se recolocaba en su asiento y continuaba con su siesta. Alicia no se amilanó al ser supuestamente descubierta, quizás no había percibido el deseo reflejado en sus ojos, ni siquiera se molestó en corregir su postura. En ocasiones le gustaba ser provocadora y desafiante, aunque en más de una ocasión se había arrepentido de no parar en el momento adecuado, pero era una rueda y ella no era capaz de detenerla. En ese momento su cerebro hacía cábalas sobre la manera en que podría satisfacer los deseos que su amo, el cuerpo, tenía.

Cuanto más le miraba más le deseaba, sus labios querían rozar aquellos grandes labios, acariciar la piel de su tez afeitada el día anterior. Bajó su mirada y contempló con sorpresa que todos los botones de sus pantalones se hallaban desabrochados, asomando unos calzoncillos de color gris oscuro. La tensión de los mismos evidenciaba un abultamiento que no recordaba de hacía unos momentos, ni siquiera se había dado cuenta del instante en que su compañero se había desabrochado.

Su compañero seguía dormido, o eso es lo que pretendía parecer, así que cuando Alicia sintió que una mano cogía la suya, pegó sin querer un brinco en el asiento. El hombre abrió los ojos y sin decir ni una palabra, la miró trasmitiéndole su deseo de jugar con ella. Alicia dejó que guiara su mano como señal de aceptación definitiva, sabía de sobra cual era su objetivo y codiciaba llegar hasta él. Su compañero depositó la mano de Alicia sobre su paquete incitándola a moverse a sus anchas. Colocó la cazadora por encima de forma que nada pudiera verse y al amparo de la misma, se sintió valiente. Apartó el elástico de los calzoncillos y zambulló su mano dentro, notando al instante su miembro en erección. Corrigió su forzada postura con un ligero movimiento de dedos. Lo rodeó, lo acarició desde su base y consiguió llegar hasta sus testículos para toquetearlos traviesamente buscando su placer.

Su compañero de viaje atacó directamente sus pechos, acariciándolos primero sobre la tela y haciéndolos suyos posteriormente bajo la misma, apartando su sostén sin mucha delicadeza y tocando sus pezones respingones. El primitivo descaro de Alicia se tornó por unos instantes en cierta timidez. Era aquel hombre el que llevaba las riendas del encuentro y no demostraba ningún tipo de pudor en que alguno de los pasajeros contemplara el brusco manoseo que imprimía a sus pechos.

Alicia a pesar de todo estaba muy excitada. Su compañero le comenzó a susurrar sus deseos, que con aquella voz grave y firme parecían más órdenes, ¿o realmente lo eran? Empezó a masturbar a su compañero abiertamente tal y como le pedía, respondiendo éste con un leve gemido de satisfacción y bajando sus manos al sexo de su vecina. Desabrochó sus pantalones y deslizó una mano hasta cobijar en su palma su sexo hinchado de placer.

Alicia sentía el pene entre sus dedos cada vez más inflamado, unas pequeñas gotas premonitorias comenzaron a salir de él, podía seguir al detalle el recorrido de su palpitante vena. Su compañero hundió sin mucha delicadeza sus dedos en su sexo, rozando interiormente en su camino su pequeña protuberancia, su diminuto punto G, que le hacía retorcerse de placer cada vez que lo tocaba. Su vecino de autobús era un hombre hábil, aunque de toscas maneras. Por eso le sorprendió que acariciara su cabello en ese momento. No tardó en comprender que tal gesto era simplemente una maniobra para empujar sutilmente a Alicia hasta sus pantalones abiertos, invitando a que degustara de una forma más íntima su pene. Alicia lamió el miembro de arriba abajo, dejando la estela de su saliva en él, lo agarró firmemente entre sus manos, abrió su boca y fue dejando que ésta se llenara por completo con él. Inició un constante movimiento subiendo y bajando su cabeza, intentando taparse de miradas ajenas con la cazadora. Sentía un calor asfixiante, pero prefería que nadie la descubriera. Intentaba chupetear silenciosa aquel pene, saborearlo cuidadosamente sin desperdiciar ni un milímetro de él. Por un instante levantó la cabeza y observó al hombre, los gestos de su cara le decían que estaba haciendo un buen trabajo.

El autocar seguía su recorrido, la pareja que se ubicaba delante de ellos continuaba con sus juegos. Por un instante creyó ver incluso que la mujer había abandonado su asiento para sentarse a horcajadas sobre su compañero. Menos mal que el resto de los pasajeros dormía plácidamente y nadie se había percatado de que el autobús se había convertido en uno de sus laterales en una especie de lupanar. Alicia, exhausta, se incorporó y siguió masturbando manualmente a su compañero, el cual, presa de la excitación, había olvidado el lugar donde se encontraban y había empezado a chupar los pechos de Alicia sin ningún tipo de reparo, a la par que la masturbaba, ahora a un ritmo más salvaje. Alicia apretaba sus labios intentando no emitir sonido que delatara su calentura al resto de los ocupantes del vehículo, pero al sentir la palpitante oleada de espasmos recorriendo su ser, no pudo evitar un leve quejido de gozo. Mientras degustaba la intensidad del momento, sintió sus dedos repentinamente pringosos, viendo como su compañero se reclinaba sobre el asiento, agotado y complacido.

Estaban a punto de llegar a la estación. Alicia y el hombre, de nombre Jaime, ya se habían recolocado sus prendas y esperaban en silencio el final del trayecto. Por fin el autocar detuvo su marcha, ambos se despidieron con una disimulada indiferencia y bajaron a rescatar sus maletas del inmenso maletero. Alicia cogió la suya y percibió claramente que alguien introducía una mano en uno de sus bolsillos traseros. Se volvió bruscamente y vio alejarse a paso rápido a Jaime tirando de su maleta. Sonrió y en ese momento se alegró de que su jefe le hubiera enviado al curso, estaba claro que Jaime quería quedar con ella en otra ocasión. No le venía mal distraerse tras el curso, no conocía a nadie y no tenía la menor intención de recluirse en el hotel. Metió la mano en su bolsillo y sacó del mismo una colorida tarjeta de visita en la que figuraba un teléfono y el nombre de un local de copas llamado “Pub La Noche Caliente”, en ella había anotada de forma acelerada tan sólo una frase “por si necesitas trabajo”.

Alicia, furiosa, rompió la tarjeta y cogiendo la maleta se alejó del autobús. Se prometió a sí misma olvidar a los hombres durante esos días, daba igual que su profesor pudiera ser un adonis, o que sus compañeros de clase parecieran los hombres más maravillosos del mundo. Dedicaría sus ratos de ocio a otros placeres tan intensos como el sexo: comer chocolate negro e ir de tiendas con su tarjeta de crédito.



domingo, 13 de enero de 2008

El túnel de lavado


Estaba de mal humor. ¿Cómo no iba a estarlo? Parecía que su jefe, Javier, sólo contaba con ella para hacer aquellos trabajos que nadie quería, pero a estas alturas del año, estaba atada de pies y manos para negarle nada. A finales de este mes había revisión de salarios y complementos y esperaba que se acordara de ella. Sólo podía asentir a todos y cada uno de los encargos que le encomendaba. Ahora le tocaba hacer de chofer para él. Algún día tendría que pensar seriamente seguir en esa empresa si lo próximo que le pedía era que le llevara a su despacho el café.

Pero Alicia se resignaba y no protestaba, por lo menos a viva voz. Escoltaría a Javier a la reunión aunque no tuviera nada que hacer en ella más que acto de presencia. Le acompañaría en su propio vehículo y de mala gana lo lavaría antes. Eso sí que le había sentado mal, criticar sin piedad el aspecto de su coche. Cierto es que hacía meses que no lo lavaba, pero las últimas lluvias caídas le habían hecho recobrar algo de su brillo original ¿o no? A Alicia esa circunstancia no le molestaba en absoluto y más cuando odiaba las máquinas de lavado automático. No era la primera vez que su coche se atoraba en los carriles de lavado y acababa siendo el centro de todas las resignadas miradas de los que esperaban detrás de ella.

Alicia últimamente lo llevaba siempre al mismo sitio. Su nuevo empleado era tan atractivo como amable. Le ayudaba en todo momento, fundamentalmente a la hora de encarrilar el vehículo dentro del recinto de lavado. Cogió su vehículo y se encaminó en ese mismo instante, así lo tendría listo para el día siguiente. Ya eran las 10, demasiado tarde. Alicia se desesperaba con todos y cada uno de los semáforos que pillaba cerrados. Sabía que el servicio de lavado con encargado no estaba todo el día, coincidía únicamente con el horario del centro comercial en el cual estaba ubicado.

Cuando por fin llegó, se colocó obediente en la fila, tan sólo había dos coches delante de ella, el encargado la miró y se dirigió a ella:
-No creo que le pueda atender, estoy a punto de cerrar.
-Por favor, es que tengo un compromiso para mañana, te doy una propina por las molestias.

Ramón, que así se llamaba el hombre, aceptó sin hacerse de rogar. La verdad es que la idea de la propina no le disgustaba, pero lo que le había decidido era el escote entre sugerente e indecente que Alicia llevaba. Uno de los botones de su blusa se había desabrochado sin querer. Ramón podía contemplar su sujetador negro de encaje asomando juguetón entre la tela. Veía el relieve de sus pechos, y podía imaginarse el resto sin muchas dificultades.

Alicia se reclinó sobre el asiento esperando su turno. Miraba a Ramón ensimismada: su forma de frotar con vehemencia los cristales, la manera en que manejaba con absoluta perfección la manguera. Llevaba un mono azul y a pesar del considerable frío que hacía en el exterior, había bajado ligeramente su cremallera y se vislumbraba una impoluta camiseta blanca en la que se podían intuir sus músculos. Ramón se dedicaba a hacer una primera limpieza a cada coche antes de que éste entrara en el túnel de lavado. Por eso siempre tenía tanta gente. Los vehículos lucían posteriormente con un especial brillo, como si hubieran salido directamente de la fábrica.

Alicia contempló la blonda de encaje de sus medias negras: era inevitable que se vieran cuando permanecía sentada. El hecho de tirar de su falda hacia abajo intentando taparlas se había convertido en una especie de tic que no paraba de repetir delante de sus compañeros de trabajo, excluido su jefe, eso sí. Estaba convencida de que él no perdía detalle de sus piernas, quizás ese y no otro había sido el motivo principal de que la eligiera a ella y no a Eduardo, su compañero, para acompañarle a la reunión. Sabía que no estaba muy bien utilizar su físico para que le aumentaran el sueldo, pero a esas alturas, todo valía. Hacía siglos que no disfrutaba de una digna subida salarial.

Ramón frotaba el cristal del coche situado justo delante de ella. Sentía su miembro bajo la ropa de trabajo. Llevaba notándolo desde que se comió el bocadillo en la pequeña garita del local. No lo podía remediar, le gustaba hojear sus revistas porno favoritas mientras almorzaba. Una rutina o costumbre ya muy enraizada en él. Habitualmente se masturbaba en el servicio antes de comenzar la jornada vespertina, pero hoy había venido el encargado jefe y habían tenido que revisar los libros. Necesitaba irse a casa y descargar su excitación. Imposible dejar de contemplar a esa mujer del vehículo azul. ¿Acaso respondía insinuante a sus miradas? Aceleró sus movimientos e indicó al vehículo que entrara en el túnel. Por fin le tocaba el turno a Alicia.

Ésta bajó la ventanilla pagando el importe correspondiente, Ramón rehusó con una sonrisa la propina que le acompañaba.
-No sé si me podrías limpiar el cristal delantero por dentro. Está hasta arriba de polvo y apenas se ve cuando sale el sol.
- No hay problema, cuando salga del túnel se lo limpio un poco.

Cerró la ventanilla y Ramón comenzó a mojar el coche con la manguera a toda presión. Empezaba a molestarle el bulto bajo sus pantalones así que se lo recolocó sin disimulo alguno con su mano izquierda. Alicia miró el gesto y sintió cierto acaloramiento temporal. Parecía que aquel hombre tenía una talla digna de consideración entre sus pantalones. Alicia abrió sus piernas, acarició el suave nylon de sus medias y subió lentamente sus faldas hasta el extremo de que se podía vislumbrar el triángulo de sus bragas tapando su pubis.

Ramón dejó su manguera y enjabonó el vehículo con tesón. Aquella mujer le miraba fijamente y juraría que estaba intentando provocar, no sería la primera que lo hacía. Perfectamente sabía que atraía a las mujeres y que les resultaba excitantemente morboso verle con su traje de faena mientras trabajaba. Comenzó a enjabonar las ventanillas del vehículo mientras contemplaba las piernas abiertas de aquella mujer que ahora parecía hacerse la distraída. Podía oler a distancia su excitación femenina, aún estando en el interior de su coche. Tenía sus pezones tremendamente duros, ni sostén, ni blusa eran suficientes impedimentos para no verlos con claridad. Ya le empezaba a doler su miembro encerrado en su atuendo de trabajo. Un único pensamiento le sobrevenía una y otra vez y era el de satisfacer sus deseos esa misma noche. Arrancaría a su novia la ropa nada más llegar a su casa, de eso no cabía la menor duda.

Alicia contemplaba hipnotizada el jabón resbalando por sus cristales, cayendo laxos por ellos. A pesar de la espuma que entorpecía su visión, seguía todos y cada uno de los movimientos del encargado: lavaba tan delicadamente su coche y pasaba la esponja con tanto cariño, que parecía que la estaba lavando a ella y no a su vehículo. Exprimía la esponja dejando que chorretones de agua cayeran juguetones, frotaba circularmente los cristales haciendo que la espuma adquiriera formas caprichosas. No podía haber nada más sensual en ese momento, o eso es lo que sentía ella. Cruzó sus piernas y las apretó entre sí, sentía su clítoris inflamado. No deseaba que aquel hombre terminara, quería seguir sintiendo la esponja húmeda resbalando por su piel, se podía imaginar desnuda, de pie, mientras el encargado mimaba cada centímetro de su dermis.

Ramón, lamentablemente, terminó su labor e indicó a Alicia que avanzara con su coche. Pero ésta estaba completamente obtusa en la labor, algo desconcentrada por la excitación y era incapaz de encarrilar sus ruedas correctamente. Una y otra vez lo intentó sin éxito alguno. Ramón se acercó y le indicó que bajara su ventanilla, cogió el volante con su mano derecha y le ayudó a enderezarlo. De paso aprovechó para rozar uno de sus pechos con el codo y mirar más de cerca aquellas largas piernas. Claro que no se había equivocado, llegaba a sus fosas nasales la dulce fragancia del sexo excitado de aquella mujer, tenía que estarlo mucho para percibirlo tan intensamente. Sintió que su miembro se empalmaba por completo, mareó el volante a izquierda y a derecha sin motivo alguno, sólo para seguir sintiendo aquel olor y el calor de los pechos en su brazo.

Ante su roce y cercanía, Alicia sintió que su deseo se hacía más urgente, estaba completamente húmeda, tanto como el exterior de su vehículo. Hubiera deseado coger el brazo del encargado y posarlo entre sus piernas, decirle “es tuyo, dame placer” Fue cuando se dio cuenta de que su blusa estaba desabrochada más de lo debido, pero no le importó, y lo dejó estar.

El vehículo entró en el túnel a paso lento, y las gigantescas escobillas comenzaron a moverse en torno al mismo. El ruido era ensordecedor, nadie podía verla en tal lugar así que, mientras el agua caía a gran presión, comenzó a acariciar su sexo, notaba desagradablemente la humedad de sus bragas. Rebuscó en el bolso nerviosa hasta que consiguió sacar una pequeña bolsa de terciopelo negro, la abrió y extrajo sus bolas chinas de plástico azulado que siempre llevaba a mano. Jugueteó con ellas y acercándolas a su sexo, fue introduciéndoselas lentamente, hasta que tan sólo un pequeño cordón quedó a la vista. Era excitante y morboso introducírselas con la cercana presencia de aquel empleado, imaginando que era él el que suavemente las empujaba hasta desaparecer.

Pero la máquina paró, el tiempo en el interior del túnel había sido demasiado corto. El encargado ya estaba al otro extremo para limpiar el interior, Alicia salió de su vehículo con las bolas aún puestas y dejó que el encargado se sentara en su asiento. Comenzó a limpiar con parsimonia el cristal mientras ella sentía ahora el frío de la calle entre sus piernas humedecidas. Cruzó sus brazos intentando protegerse del viento mientras continuaba mirando al atractivo encargado haciendo su labor.

Ramón salió del coche y se topó frente a frente con Alicia. Se miraron por unos instantes, Ramón se acercó a ella, agarró su cintura y sin decir una palabra comenzaron a besarse con ansiedad. Alicia palpó su cuerpo, tiró de su cabello y le rodeó con sus brazos atrayéndole hacia su pecho. Ramón se apretó contra ella mostrando a Alicia toda su excitación, la arrastró al interior del túnel de lavado, la empujó contra el cristal interior que aún estaba mojado y masajeó lujuriosamente sus pechos hasta que consiguió sacarlos del sostén, los chupó, mordisqueó cada milímetro de ellos mientras subía sus faldas. Alicia tocó el abultamiento que había en sus pantalones y sintió que su deseo aumentaba aún más, bajó la cremallera de su mono, dejó que sus calzoncillos asomaran a la luz, rebuscó con su mano debajo de ellos hasta que consiguió palpar su cálido miembro. Se apropió de él y le imprimió un movimiento de sube y baja, quería reconocerlo por entero, acariciar la fina piel de su glande, sentir entre sus dedos su hinchada vena repleta de sangre.

Ramón bajó las bragas de Alicia pero al notar entre sus dedos el pequeño cordón, paró en seco sus movimientos, mirando a Alicia interrogante. Fue Alicia la que sonriendo tiró de él hasta que sacó las bolas, ante la perpleja mirada del encargado. Alicia acarició su vestimenta sintiendo sus músculos. Miró sus manos, tenía las uñas ennegrecidas por la suciedad de la esponja. Pero Ramón tenía prisa, mucha, necesitaba estar dentro de aquella mujer. Volvió a abrazarla juntándose a ella, subió una de sus piernas y le insertó su tronco carnal, emitiendo ésta un leve gemido de satisfacción.

Gotas de agua caían sobre ellos, sentían en sus brazos los toscos filamentos de una de las escobillas laterales, la gélida humedad del lugar, pero les era indiferente. Alicia ni siquiera sentía el frío, y seguramente había empezado a helar. Su pelo se había calado, tanto como su sexo. Ramón aceleró sus movimientos mientras Alicia se agarraba a él fuertemente, le arañaba su trasero, besaba sus carnosos labios, mordisqueaba su cuello algo salado. Un torbellino de palpitaciones relajó su sexo, erizó su piel e incluso sintió que por unos segundos, su vista parecía nublarse. Ramón continuaba con sus acometidas e intentaba no patinar en el resbaladizo suelo. Sintió que aquella verga se inflamaba en su interior a punto de explosionar, le apartó rápidamente y le acabó de masturbar con su mano hasta que eyaculó sobre ella.

Al volver a su casa, Alicia podía percibir el olor de semen que su ropa desprendía y el aroma de su propio sexo exhausto tras el placer. Se sentía tremendamente relajada y feliz y se prometió a sí misma lavar más a menudo su vehículo, había quedado francamente bien. Aunque tenía la esperanza de que la próxima vez Ramón le dedicara más tiempo y quedara todavía mucho mejor…