sábado, 26 de enero de 2008

Un viaje en bus


Alicia levantó la vista de su libro y miró el reloj. Aún quedaban dos horas de viaje hasta llegar a la capital. Todavía se sentía furiosa, no podía creerse lo intolerante que se había mostrado su jefe con ella. Ninguna explicación le había parecido plausible para eximirla del viaje y del curso: ni la premura con la que se lo había comunicado, ni la imposibilidad de utilizar su vehículo pendiente de revisión en el taller. Y lo peor es que el destinatario del curso era un compañero suyo que con toda la desfachatez del mundo se había inventado una oportuna gripe al enterarse por terceros de lo que le podía esperar, quedando liberado por sus supuestas dolencias.

Así que el día en que su jefe le comunicó la noticia no había podido hacer nada más que coger el dossier, mirarle sin decir una palabra y darse media vuelta hacia su despacho mientras mil demonios bullían en su interior.

La noche era cerrada y llovía en el exterior. Las gotas resbalaban por el cristal, se unían unas a otras y se dejaban caer hasta el suelo mojado de forma sumisa. Volvió a mirar a su compañero de viaje ubicado a su derecha: semi recostado, con su cazadora vaquera tapando su cuerpo a modo de manta. Seguía profundamente dormido. Había tardado unos cinco minutos tras salir de la estación en caer en brazos de Morfeo y no parecía dispuesto a salir de ese feliz estado hasta llegar al final del trayecto. Su rostro era inquietantemente atractivo, su aspecto plácido contrastaba con dos pequeñas cicatrices paralelas en una de sus mejillas, eran marcas demasiado recientes para tratarse de una antigua pelea de juventud. Quizás su compañero había sido víctima de un atraco o tenía muy mal tino a la hora de afeitarse con el método tradicional. Una mandíbula ancha y una prominente barbilla acogían sus labios, grandes y carnosos. Varios rizos de su cabello castaño caían sobre su frente dándole cierto aspecto heleno. Alicia vio su nuez abultada sobresaliendo descarada de su cuello, tan bronceado como su rostro.

El limpiaparabrisas del autobús apenas daba abasto a limpiar el agua que caía sobre el cristal cada vez con más intensidad. Una ligera niebla entorpecía la ya poca visibilidad de la carretera. Alicia abrió los ojos al oír unos extraños ruidos, unos gemidos ahogados. La pareja sentada delante de ellos, aburrida del largo viaje, había decidido distraerse con demostraciones mutuas de pasión. Entre los asientos, podía observar, no sin cierta dificultad, como se tocaban. Cerró los ojos y dejó que su imaginación se encargara de suplir la falta de visibilidad por la escasa iluminación del interior del vehículo.

Se recostó sobre el lado derecho observando con más detenimiento a su compañero. La cazadora se había desplazado unos centímetros y Alicia pudo comprobar gratamente que tenía dos de los botones de sus pantalones desabrochados, seguramente por motivos de comodidad. Sintió deseos de acercar su mano y meterla juguetonamente en esa puerta que le habían dejado abierta. Cruzó sus piernas y las frotó entre sí suavemente sintiendo un leve cosquilleo en todo su cuerpo. No tenía sueño y aún quedaba mucho viaje por delante. ¿Qué mejor que abandonarse a sus excitantes pensamientos? Se acercó traviesa al asiento de aquel hombre hasta rozar su brazo contra su cuerpo y sus piernas contra las suyas. Por un segundo, su compañero abrió los ojos y la sorprendió mirándole fijamente. Pero los volvió a cerrar mientras se recolocaba en su asiento y continuaba con su siesta. Alicia no se amilanó al ser supuestamente descubierta, quizás no había percibido el deseo reflejado en sus ojos, ni siquiera se molestó en corregir su postura. En ocasiones le gustaba ser provocadora y desafiante, aunque en más de una ocasión se había arrepentido de no parar en el momento adecuado, pero era una rueda y ella no era capaz de detenerla. En ese momento su cerebro hacía cábalas sobre la manera en que podría satisfacer los deseos que su amo, el cuerpo, tenía.

Cuanto más le miraba más le deseaba, sus labios querían rozar aquellos grandes labios, acariciar la piel de su tez afeitada el día anterior. Bajó su mirada y contempló con sorpresa que todos los botones de sus pantalones se hallaban desabrochados, asomando unos calzoncillos de color gris oscuro. La tensión de los mismos evidenciaba un abultamiento que no recordaba de hacía unos momentos, ni siquiera se había dado cuenta del instante en que su compañero se había desabrochado.

Su compañero seguía dormido, o eso es lo que pretendía parecer, así que cuando Alicia sintió que una mano cogía la suya, pegó sin querer un brinco en el asiento. El hombre abrió los ojos y sin decir ni una palabra, la miró trasmitiéndole su deseo de jugar con ella. Alicia dejó que guiara su mano como señal de aceptación definitiva, sabía de sobra cual era su objetivo y codiciaba llegar hasta él. Su compañero depositó la mano de Alicia sobre su paquete incitándola a moverse a sus anchas. Colocó la cazadora por encima de forma que nada pudiera verse y al amparo de la misma, se sintió valiente. Apartó el elástico de los calzoncillos y zambulló su mano dentro, notando al instante su miembro en erección. Corrigió su forzada postura con un ligero movimiento de dedos. Lo rodeó, lo acarició desde su base y consiguió llegar hasta sus testículos para toquetearlos traviesamente buscando su placer.

Su compañero de viaje atacó directamente sus pechos, acariciándolos primero sobre la tela y haciéndolos suyos posteriormente bajo la misma, apartando su sostén sin mucha delicadeza y tocando sus pezones respingones. El primitivo descaro de Alicia se tornó por unos instantes en cierta timidez. Era aquel hombre el que llevaba las riendas del encuentro y no demostraba ningún tipo de pudor en que alguno de los pasajeros contemplara el brusco manoseo que imprimía a sus pechos.

Alicia a pesar de todo estaba muy excitada. Su compañero le comenzó a susurrar sus deseos, que con aquella voz grave y firme parecían más órdenes, ¿o realmente lo eran? Empezó a masturbar a su compañero abiertamente tal y como le pedía, respondiendo éste con un leve gemido de satisfacción y bajando sus manos al sexo de su vecina. Desabrochó sus pantalones y deslizó una mano hasta cobijar en su palma su sexo hinchado de placer.

Alicia sentía el pene entre sus dedos cada vez más inflamado, unas pequeñas gotas premonitorias comenzaron a salir de él, podía seguir al detalle el recorrido de su palpitante vena. Su compañero hundió sin mucha delicadeza sus dedos en su sexo, rozando interiormente en su camino su pequeña protuberancia, su diminuto punto G, que le hacía retorcerse de placer cada vez que lo tocaba. Su vecino de autobús era un hombre hábil, aunque de toscas maneras. Por eso le sorprendió que acariciara su cabello en ese momento. No tardó en comprender que tal gesto era simplemente una maniobra para empujar sutilmente a Alicia hasta sus pantalones abiertos, invitando a que degustara de una forma más íntima su pene. Alicia lamió el miembro de arriba abajo, dejando la estela de su saliva en él, lo agarró firmemente entre sus manos, abrió su boca y fue dejando que ésta se llenara por completo con él. Inició un constante movimiento subiendo y bajando su cabeza, intentando taparse de miradas ajenas con la cazadora. Sentía un calor asfixiante, pero prefería que nadie la descubriera. Intentaba chupetear silenciosa aquel pene, saborearlo cuidadosamente sin desperdiciar ni un milímetro de él. Por un instante levantó la cabeza y observó al hombre, los gestos de su cara le decían que estaba haciendo un buen trabajo.

El autocar seguía su recorrido, la pareja que se ubicaba delante de ellos continuaba con sus juegos. Por un instante creyó ver incluso que la mujer había abandonado su asiento para sentarse a horcajadas sobre su compañero. Menos mal que el resto de los pasajeros dormía plácidamente y nadie se había percatado de que el autobús se había convertido en uno de sus laterales en una especie de lupanar. Alicia, exhausta, se incorporó y siguió masturbando manualmente a su compañero, el cual, presa de la excitación, había olvidado el lugar donde se encontraban y había empezado a chupar los pechos de Alicia sin ningún tipo de reparo, a la par que la masturbaba, ahora a un ritmo más salvaje. Alicia apretaba sus labios intentando no emitir sonido que delatara su calentura al resto de los ocupantes del vehículo, pero al sentir la palpitante oleada de espasmos recorriendo su ser, no pudo evitar un leve quejido de gozo. Mientras degustaba la intensidad del momento, sintió sus dedos repentinamente pringosos, viendo como su compañero se reclinaba sobre el asiento, agotado y complacido.

Estaban a punto de llegar a la estación. Alicia y el hombre, de nombre Jaime, ya se habían recolocado sus prendas y esperaban en silencio el final del trayecto. Por fin el autocar detuvo su marcha, ambos se despidieron con una disimulada indiferencia y bajaron a rescatar sus maletas del inmenso maletero. Alicia cogió la suya y percibió claramente que alguien introducía una mano en uno de sus bolsillos traseros. Se volvió bruscamente y vio alejarse a paso rápido a Jaime tirando de su maleta. Sonrió y en ese momento se alegró de que su jefe le hubiera enviado al curso, estaba claro que Jaime quería quedar con ella en otra ocasión. No le venía mal distraerse tras el curso, no conocía a nadie y no tenía la menor intención de recluirse en el hotel. Metió la mano en su bolsillo y sacó del mismo una colorida tarjeta de visita en la que figuraba un teléfono y el nombre de un local de copas llamado “Pub La Noche Caliente”, en ella había anotada de forma acelerada tan sólo una frase “por si necesitas trabajo”.

Alicia, furiosa, rompió la tarjeta y cogiendo la maleta se alejó del autobús. Se prometió a sí misma olvidar a los hombres durante esos días, daba igual que su profesor pudiera ser un adonis, o que sus compañeros de clase parecieran los hombres más maravillosos del mundo. Dedicaría sus ratos de ocio a otros placeres tan intensos como el sexo: comer chocolate negro e ir de tiendas con su tarjeta de crédito.



domingo, 20 de enero de 2008

Extraños gemidos en la oficina


El terrible dolor de cabeza ya duraba toda la mañana. Las sienes me palpitaban sin tregua alguna y tuve que prescindir excepcionalmente de lo que más me gustaba hacer mientras trabajaba: escuchar música. Guardé los auriculares en el cajón y continué con el dichoso informe, no era capaz de terminarlo debido al malestar.

Fue entonces cuando los oí, nítidamente. Dejé de teclear para intentar concentrarme en esos extraños sonidos supuestamente tan poco usuales en una oficina decente como parecía la nuestra. No podía distinguir claramente de donde procedían, pero no parecían estar muy lejos. Me encontraba perpleja y sorprendida y me preguntaba quienes podrían ser aquellos invisibles protagonistas. Estaba convencida de que eran de una pareja, a pesar de que tan sólo la voz de una mujer llegaba hasta mis oídos. No hablaba, tan sólo gemía y jadeaba de forma entrecortada. Imposible concentrarme en mi trabajo, mi imaginación hacía cábalas intentando averiguar quienes de mis numerosos compañeros podrían ser.

Me levanté y salí del despacho con mi pequeña botella de agua que siempre tenía encima de la mesa para aliviar la sed. Volqué el contenido de la misma en la horrible planta de plástico que algún decorador, en la actualidad con toda probabilidad en el paro, había decidido colocar como ornamento cuando reformaron el edificio. Era una lástima que no hubiera forma humana posible de acabar con tal derroche de mal gusto vegetal para siempre.

Me dirigí al expendedor de agua ubicado al fondo del pasillo. Si habitualmente dicho trayecto lo recorro en cinco segundos, esta vez multipliqué por diez el tiempo que necesité para tan corto paseo. Haciendo ejercicios de visión periférica, descarté todas las puertas abiertas y memoricé mentalmente las cerradas a cal y canto: la del despacho de mi querido jefe, la de mi compañera Claudia, la de Roberto, y la del almacén de material.

Tras llenar mi botella me centré en estos cuatro lugares. Intenté aguzar mi oído pero era incapaz de volver a percibir sonido alguno. Estaba claro que habían parado.

Trascurrida una hora comenzaron de nuevo a escucharse aquellos escandalosos gemidos y jadeos. ¡No podía ser! O se trataba de la misma fogosa pareja que no conocía el significado de la palabra “trabajar” o su integrante femenino, viciosa e insatisfecha, probaba suerte con otro compañero de juegos. Porque los gemidos eran de la misma mujer, de eso no cabía duda. ¿Acaso mi jefe llevaba una doble vida y aparte de su respetable existencia de decente casado se acostaba reiteradamente en horas de oficina con alguien de su personal femenino? ¿O sería Claudia, que había mutado y se había soltado la melena tras 40 años de impecable virginidad? Roberto, pelota incansable y penoso lameculos ¿se habría cansado de hacer reverencias y ahora se dedicaba a hacer otro tipo de ejercicios? ¿Sería el almacén de material un recinto de lujuria y perversión?

Cogí uno de mis expedientes situados sobre la mesa y con la excusa de comentarlo con mi jefe, comencé mis averiguaciones. Me dirigí a su puerta y llamé una vez, abriendo simultáneamente la misma. Ni siquiera pensé en la posibilidad de pillarle en un aprieto, lo único que pretendía era saciar mi hambrienta e inevitable curiosidad, nada que ver con la razón.

Volví a mi despacho y permanecí inmóvil por unos segundos intentando averiguar el correcto origen de los excitantes jadeos. La salida del aire del climatizador se convirtió en mi objetivo y a ella pequé la oreja. Los sonidos manaban de allí sin duda alguna, cualquier despacho podía ser en esos instantes el excitante lugar de procedencia de los mismos. Seguía con la incógnita.

Reflexioné de nuevo y concluí que el lugar más tranquilo para tan ardiente pareja tenía que ser el almacén de material, un perfecto nido para amores fugaces, así que me acerqué a él en busca de folios a modo de excusa. Pero la puerta estaba cerrada a cal y canto.
Busqué a Ricardo, el ordenanza.
-Ricardo, ¿me puedes abrir el almacén? Necesito papel.
-No se preocupe, tengo unos paquetes al lado de la fotocopiadora, ahora le traigo uno.

Quinientos folios de papel más tarde y ya en mi despacho, volví a escuchar aquellos incansables jadeos femeninos de la mujer cuyo nombre aún desconocía, tan sólo sabía de ella que no parecía avergonzarse lo más mínimo en gritar a pleno pulmón su sana excitación. El dolor de cabeza afortunadamente se había atenuado y mi curiosidad se había transformado en una sana envidia por no estar en esos momentos en una situación similar. Me levantaba nerviosa, volvía a sentarme, cruzaba mis piernas, las descruzaba, rozaba mis muslos acariciando levemente mi sexo.
Volví a levantarme, y esta vez, con el pretexto de estirar las piernas, me dirigí al despacho de Roberto. Allí estaba, sentado formalmente intentando hacer nuevos méritos para ganarse aún más la confianza de sus superiores. Le pregunté disimuladamente por nuestro jefe común y ante su desconocimiento me fui al despacho de Claudia en busca de respuestas. Desgraciadamente para ella, no era la protagonista sonora de aquellos gemidos, dado no se había movido en toda la mañana de su sitio.

Tenían que estar en el almacén de material, era la única posibilidad. Aprovechando la pausa que Ricardo hacía a media mañana para comerse el bocadillo, le sisaría la llave que tenía en el cajón de su mesa. En ese momento mi jefe apareció en escena acompañado de dos hombres perfectamente disfrazados de ejecutivos, imposible que ninguno de ellos tuviera la voz femenina que casi me sabía de memoria. ¿Y si procedían de algún despacho que se me había pasado de largo? ¡Quizás eran igual de descarados como fogosos y nada les importaba ser pillados in fraganti!

Ricardo bajó por el ascensor en dirección a la cafetería y yo, cual vulgar ladrona, volé en dirección a su mesa, no me podía quitar de la cabeza el almacén como punto de encuentro. Abrí el cajón y cogí nerviosa el manojo que contenía las llaves de toda la planta.

Miré a izquierda y a derecha y comencé a probar todas y cada una de las llaves. Era increíble que se siguieran oyendo aquellos jadeos sabiendo que alguien intentaba entrar dentro. Si la pareja se hallaba en su interior, o estaba extremadamente concentrada en su labor, cosa que comprendía, o se trataba de discapacitados auditivos.
-¡Hola Alicia! ¿Qué buscas? ¿Te puedo ayudar?
Pegué un brinco. Era José, otro de mis compañeros.
-Yo…nada. Bueno, buscaba papel y Ricardo no estaba…
-Espera mujer, que sé donde hay. Me quedé plantada esperando resignada a que José pusiera en mis manos otros 500 folios, que con los 1000 folios que atesoraba en mi despacho y los otros 500 que me había proporcionado Ricardo, hacían la ingente cifra de 2000, toda una torre de blancos papeles para poder escribir las memorias de mi vida y la de todos mis futuros descendientes.

Los gemidos volvieron a cesar. Me sentía frustrada por mi penosa labor detectivesca y me invadía una extraña sensación, mezcla de nervios, excitación y ansiedad por el fracaso. No era capaz de acabar el informe, así que decidí hacer una visita a mi último proveedor de papel. Quizás él estaba oyendo igualmente aquellos gemidos, aunque me extrañaba que estando su despacho casi al lado del mío no me hubiera comentado nada del asunto. Él siempre dejaba su puerta abierta, accediendo a la misma espontánea información auditiva que yo.

Le pregunté si sabía algo acerca de los gemidos, su pícara mirada y su sorpresivo silencio me hicieron pensar que había encontrado por fin al culpable de mi falta de concentración. Dado que parecía no querer hablar del tema, seguimos charlando un buen rato sobre temas variados. Mientras yo le miraba, sentía una rabiosa excitación y un insano deseo de que mi compañero de trabajo me arrancara unos cuantos jadeos y salvajes gemidos, como a la mujer que hacía unos segundos gozaba a su lado. Podía imaginarme la apasionada escena sin mucha dificultad. La escandalosa mujer, tumbada sobre el duro tablero de conglomerado chapado y José, de pie sobre ella, haciendo que gimiera hasta el desmayo. Mi imaginación comenzaba a avivar la llama de mi deseo.

Sorpresivamente, volvieron a aparecer los jadeos que emitía aquella insaciable mujer, pero esta vez, eran tan claros y fuertes, que pensé que José la escondía bajo la mesa.
-¡Pero qué…!
-¿Te gusta Alicia? Es mi nuevo salvapantallas sonoro. Mira, mira, acércate… He conectado los nuevos altavoces colocándolos bajo la mesa y estoy impresionado del sonido. Es que parece real ¿verdad?
Miré a la curvilínea rubia cuyos pechos ocupaban toda la pantalla, estaba estupefacta. Era una mujer abundante en todos los sentidos: inmenso aunque perfecto trasero, pechos siliconados y algo rígidos, labios exageradamente carnosos y un esbelto e impresionante hombre de color portador de un grueso e interminable aparato poseyéndola por detrás.

Miré de nuevo a la rubia jadeante, le miré a él y me di media vuelta, volviéndome a mi despacho. Era una verdadera lástima que mi compañero no fuera el fogoso protagonista que mi mente se había imaginado, toda una decepción.

Por lo menos había conseguido algo: mi dolor de cabeza había desaparecido por completo.


domingo, 13 de enero de 2008

El túnel de lavado


Estaba de mal humor. ¿Cómo no iba a estarlo? Parecía que su jefe, Javier, sólo contaba con ella para hacer aquellos trabajos que nadie quería, pero a estas alturas del año, estaba atada de pies y manos para negarle nada. A finales de este mes había revisión de salarios y complementos y esperaba que se acordara de ella. Sólo podía asentir a todos y cada uno de los encargos que le encomendaba. Ahora le tocaba hacer de chofer para él. Algún día tendría que pensar seriamente seguir en esa empresa si lo próximo que le pedía era que le llevara a su despacho el café.

Pero Alicia se resignaba y no protestaba, por lo menos a viva voz. Escoltaría a Javier a la reunión aunque no tuviera nada que hacer en ella más que acto de presencia. Le acompañaría en su propio vehículo y de mala gana lo lavaría antes. Eso sí que le había sentado mal, criticar sin piedad el aspecto de su coche. Cierto es que hacía meses que no lo lavaba, pero las últimas lluvias caídas le habían hecho recobrar algo de su brillo original ¿o no? A Alicia esa circunstancia no le molestaba en absoluto y más cuando odiaba las máquinas de lavado automático. No era la primera vez que su coche se atoraba en los carriles de lavado y acababa siendo el centro de todas las resignadas miradas de los que esperaban detrás de ella.

Alicia últimamente lo llevaba siempre al mismo sitio. Su nuevo empleado era tan atractivo como amable. Le ayudaba en todo momento, fundamentalmente a la hora de encarrilar el vehículo dentro del recinto de lavado. Cogió su vehículo y se encaminó en ese mismo instante, así lo tendría listo para el día siguiente. Ya eran las 10, demasiado tarde. Alicia se desesperaba con todos y cada uno de los semáforos que pillaba cerrados. Sabía que el servicio de lavado con encargado no estaba todo el día, coincidía únicamente con el horario del centro comercial en el cual estaba ubicado.

Cuando por fin llegó, se colocó obediente en la fila, tan sólo había dos coches delante de ella, el encargado la miró y se dirigió a ella:
-No creo que le pueda atender, estoy a punto de cerrar.
-Por favor, es que tengo un compromiso para mañana, te doy una propina por las molestias.

Ramón, que así se llamaba el hombre, aceptó sin hacerse de rogar. La verdad es que la idea de la propina no le disgustaba, pero lo que le había decidido era el escote entre sugerente e indecente que Alicia llevaba. Uno de los botones de su blusa se había desabrochado sin querer. Ramón podía contemplar su sujetador negro de encaje asomando juguetón entre la tela. Veía el relieve de sus pechos, y podía imaginarse el resto sin muchas dificultades.

Alicia se reclinó sobre el asiento esperando su turno. Miraba a Ramón ensimismada: su forma de frotar con vehemencia los cristales, la manera en que manejaba con absoluta perfección la manguera. Llevaba un mono azul y a pesar del considerable frío que hacía en el exterior, había bajado ligeramente su cremallera y se vislumbraba una impoluta camiseta blanca en la que se podían intuir sus músculos. Ramón se dedicaba a hacer una primera limpieza a cada coche antes de que éste entrara en el túnel de lavado. Por eso siempre tenía tanta gente. Los vehículos lucían posteriormente con un especial brillo, como si hubieran salido directamente de la fábrica.

Alicia contempló la blonda de encaje de sus medias negras: era inevitable que se vieran cuando permanecía sentada. El hecho de tirar de su falda hacia abajo intentando taparlas se había convertido en una especie de tic que no paraba de repetir delante de sus compañeros de trabajo, excluido su jefe, eso sí. Estaba convencida de que él no perdía detalle de sus piernas, quizás ese y no otro había sido el motivo principal de que la eligiera a ella y no a Eduardo, su compañero, para acompañarle a la reunión. Sabía que no estaba muy bien utilizar su físico para que le aumentaran el sueldo, pero a esas alturas, todo valía. Hacía siglos que no disfrutaba de una digna subida salarial.

Ramón frotaba el cristal del coche situado justo delante de ella. Sentía su miembro bajo la ropa de trabajo. Llevaba notándolo desde que se comió el bocadillo en la pequeña garita del local. No lo podía remediar, le gustaba hojear sus revistas porno favoritas mientras almorzaba. Una rutina o costumbre ya muy enraizada en él. Habitualmente se masturbaba en el servicio antes de comenzar la jornada vespertina, pero hoy había venido el encargado jefe y habían tenido que revisar los libros. Necesitaba irse a casa y descargar su excitación. Imposible dejar de contemplar a esa mujer del vehículo azul. ¿Acaso respondía insinuante a sus miradas? Aceleró sus movimientos e indicó al vehículo que entrara en el túnel. Por fin le tocaba el turno a Alicia.

Ésta bajó la ventanilla pagando el importe correspondiente, Ramón rehusó con una sonrisa la propina que le acompañaba.
-No sé si me podrías limpiar el cristal delantero por dentro. Está hasta arriba de polvo y apenas se ve cuando sale el sol.
- No hay problema, cuando salga del túnel se lo limpio un poco.

Cerró la ventanilla y Ramón comenzó a mojar el coche con la manguera a toda presión. Empezaba a molestarle el bulto bajo sus pantalones así que se lo recolocó sin disimulo alguno con su mano izquierda. Alicia miró el gesto y sintió cierto acaloramiento temporal. Parecía que aquel hombre tenía una talla digna de consideración entre sus pantalones. Alicia abrió sus piernas, acarició el suave nylon de sus medias y subió lentamente sus faldas hasta el extremo de que se podía vislumbrar el triángulo de sus bragas tapando su pubis.

Ramón dejó su manguera y enjabonó el vehículo con tesón. Aquella mujer le miraba fijamente y juraría que estaba intentando provocar, no sería la primera que lo hacía. Perfectamente sabía que atraía a las mujeres y que les resultaba excitantemente morboso verle con su traje de faena mientras trabajaba. Comenzó a enjabonar las ventanillas del vehículo mientras contemplaba las piernas abiertas de aquella mujer que ahora parecía hacerse la distraída. Podía oler a distancia su excitación femenina, aún estando en el interior de su coche. Tenía sus pezones tremendamente duros, ni sostén, ni blusa eran suficientes impedimentos para no verlos con claridad. Ya le empezaba a doler su miembro encerrado en su atuendo de trabajo. Un único pensamiento le sobrevenía una y otra vez y era el de satisfacer sus deseos esa misma noche. Arrancaría a su novia la ropa nada más llegar a su casa, de eso no cabía la menor duda.

Alicia contemplaba hipnotizada el jabón resbalando por sus cristales, cayendo laxos por ellos. A pesar de la espuma que entorpecía su visión, seguía todos y cada uno de los movimientos del encargado: lavaba tan delicadamente su coche y pasaba la esponja con tanto cariño, que parecía que la estaba lavando a ella y no a su vehículo. Exprimía la esponja dejando que chorretones de agua cayeran juguetones, frotaba circularmente los cristales haciendo que la espuma adquiriera formas caprichosas. No podía haber nada más sensual en ese momento, o eso es lo que sentía ella. Cruzó sus piernas y las apretó entre sí, sentía su clítoris inflamado. No deseaba que aquel hombre terminara, quería seguir sintiendo la esponja húmeda resbalando por su piel, se podía imaginar desnuda, de pie, mientras el encargado mimaba cada centímetro de su dermis.

Ramón, lamentablemente, terminó su labor e indicó a Alicia que avanzara con su coche. Pero ésta estaba completamente obtusa en la labor, algo desconcentrada por la excitación y era incapaz de encarrilar sus ruedas correctamente. Una y otra vez lo intentó sin éxito alguno. Ramón se acercó y le indicó que bajara su ventanilla, cogió el volante con su mano derecha y le ayudó a enderezarlo. De paso aprovechó para rozar uno de sus pechos con el codo y mirar más de cerca aquellas largas piernas. Claro que no se había equivocado, llegaba a sus fosas nasales la dulce fragancia del sexo excitado de aquella mujer, tenía que estarlo mucho para percibirlo tan intensamente. Sintió que su miembro se empalmaba por completo, mareó el volante a izquierda y a derecha sin motivo alguno, sólo para seguir sintiendo aquel olor y el calor de los pechos en su brazo.

Ante su roce y cercanía, Alicia sintió que su deseo se hacía más urgente, estaba completamente húmeda, tanto como el exterior de su vehículo. Hubiera deseado coger el brazo del encargado y posarlo entre sus piernas, decirle “es tuyo, dame placer” Fue cuando se dio cuenta de que su blusa estaba desabrochada más de lo debido, pero no le importó, y lo dejó estar.

El vehículo entró en el túnel a paso lento, y las gigantescas escobillas comenzaron a moverse en torno al mismo. El ruido era ensordecedor, nadie podía verla en tal lugar así que, mientras el agua caía a gran presión, comenzó a acariciar su sexo, notaba desagradablemente la humedad de sus bragas. Rebuscó en el bolso nerviosa hasta que consiguió sacar una pequeña bolsa de terciopelo negro, la abrió y extrajo sus bolas chinas de plástico azulado que siempre llevaba a mano. Jugueteó con ellas y acercándolas a su sexo, fue introduciéndoselas lentamente, hasta que tan sólo un pequeño cordón quedó a la vista. Era excitante y morboso introducírselas con la cercana presencia de aquel empleado, imaginando que era él el que suavemente las empujaba hasta desaparecer.

Pero la máquina paró, el tiempo en el interior del túnel había sido demasiado corto. El encargado ya estaba al otro extremo para limpiar el interior, Alicia salió de su vehículo con las bolas aún puestas y dejó que el encargado se sentara en su asiento. Comenzó a limpiar con parsimonia el cristal mientras ella sentía ahora el frío de la calle entre sus piernas humedecidas. Cruzó sus brazos intentando protegerse del viento mientras continuaba mirando al atractivo encargado haciendo su labor.

Ramón salió del coche y se topó frente a frente con Alicia. Se miraron por unos instantes, Ramón se acercó a ella, agarró su cintura y sin decir una palabra comenzaron a besarse con ansiedad. Alicia palpó su cuerpo, tiró de su cabello y le rodeó con sus brazos atrayéndole hacia su pecho. Ramón se apretó contra ella mostrando a Alicia toda su excitación, la arrastró al interior del túnel de lavado, la empujó contra el cristal interior que aún estaba mojado y masajeó lujuriosamente sus pechos hasta que consiguió sacarlos del sostén, los chupó, mordisqueó cada milímetro de ellos mientras subía sus faldas. Alicia tocó el abultamiento que había en sus pantalones y sintió que su deseo aumentaba aún más, bajó la cremallera de su mono, dejó que sus calzoncillos asomaran a la luz, rebuscó con su mano debajo de ellos hasta que consiguió palpar su cálido miembro. Se apropió de él y le imprimió un movimiento de sube y baja, quería reconocerlo por entero, acariciar la fina piel de su glande, sentir entre sus dedos su hinchada vena repleta de sangre.

Ramón bajó las bragas de Alicia pero al notar entre sus dedos el pequeño cordón, paró en seco sus movimientos, mirando a Alicia interrogante. Fue Alicia la que sonriendo tiró de él hasta que sacó las bolas, ante la perpleja mirada del encargado. Alicia acarició su vestimenta sintiendo sus músculos. Miró sus manos, tenía las uñas ennegrecidas por la suciedad de la esponja. Pero Ramón tenía prisa, mucha, necesitaba estar dentro de aquella mujer. Volvió a abrazarla juntándose a ella, subió una de sus piernas y le insertó su tronco carnal, emitiendo ésta un leve gemido de satisfacción.

Gotas de agua caían sobre ellos, sentían en sus brazos los toscos filamentos de una de las escobillas laterales, la gélida humedad del lugar, pero les era indiferente. Alicia ni siquiera sentía el frío, y seguramente había empezado a helar. Su pelo se había calado, tanto como su sexo. Ramón aceleró sus movimientos mientras Alicia se agarraba a él fuertemente, le arañaba su trasero, besaba sus carnosos labios, mordisqueaba su cuello algo salado. Un torbellino de palpitaciones relajó su sexo, erizó su piel e incluso sintió que por unos segundos, su vista parecía nublarse. Ramón continuaba con sus acometidas e intentaba no patinar en el resbaladizo suelo. Sintió que aquella verga se inflamaba en su interior a punto de explosionar, le apartó rápidamente y le acabó de masturbar con su mano hasta que eyaculó sobre ella.

Al volver a su casa, Alicia podía percibir el olor de semen que su ropa desprendía y el aroma de su propio sexo exhausto tras el placer. Se sentía tremendamente relajada y feliz y se prometió a sí misma lavar más a menudo su vehículo, había quedado francamente bien. Aunque tenía la esperanza de que la próxima vez Ramón le dedicara más tiempo y quedara todavía mucho mejor…


miércoles, 9 de enero de 2008

"Querido Pedro" Ganador 5ª edición del concurso de relatos Erotikugao. "Dulce Pecado" ganador del concurso de microrrelatos eróticos Diario de Alcalá

Muchas gracias a todos aquellos que votaron "Querido Pedro", sin vuestros votos no hubiera conseguido el premio!!! Gracias también al jurado por seleccionarlo para la final. Lo mejor de todo es que todos los relatos finalistas serán representados en teatro a cargo de la compañía "Producciones Glu Glu". No me imagino en teatro uno de mis cuentos, eso no me lo voy a perder...
"Dulce pecado" ha ganado el premio de microrrelatos eróticos del Diario de Alcalá. El fallo del jurado salió en la edición impresa del periódico el 18 de diciembre de 2007. ¿No habrá alguién por aquí de Alcalá de Henares que no haya tirado aún al contenedor el periódico de ese día y me pueda mandar a mi mail la página escaneada? Gracias de nuevo y besos a todos!!!

miércoles, 2 de enero de 2008

Las Confesiones Eróticas de Ninetta


Os voy a presentar a Ninetta Pizzo, un nuevo personaje cuyas aventuras y desventuras se desarrollan en un blog que abrí hace poco. La estructura es en forma de diario (que no quiere decir que lo actualice a diario) y el sentido del humor su principal elemento, aunque por supuesto, el sexo lo acompañará siempre. Espero que os guste y disfrutéis con ella. Besos.