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jueves, 6 de noviembre de 2008

Los zapatos de Mambrú

Aún no se lo podía creer. Miró a su alrededor y comprobó que todo estaba en orden, la tienda había sido pulcramente adecentada por la empresa de limpiezas que había contratado, la iluminación era cálida pero potente, por nada del mundo quería que nadie que entrara allí no pudiera contemplar con el máximo detenimiento la belleza de sus productos. La fragancia de rosas de Bulgaria vertido en los tres vaporizadores que había dispuesto en lugares estratégicos había hecho desaparecer por completo el olor a madera serrada y a los plásticos en las que venían envueltas las vitrinas recién montadas.

Por fin lo había conseguido. Muchos años de estudios infructuosos, de penosos trabajos temporales mal pagados y poco realizadores quedaban atrás. Por el camino, mucho esfuerzo, trabas continuas y peleas para conseguir convencer a todos de que él sería el mejor. ¡Cuánto tuvo que luchar con los empleados de banca para convencerles de que el dinero que le prestarían para hacer realidad su sueño era una buena inversión!

Colocó con una precisión digna de relojero suizo cada uno de los artículos, utilizando la manga de su chaqueta para hacer desaparecer las minúsculas motas de polvo que osaban depositarse encima de sus hijos. Porque en realidad, eso es lo que eran, magníficos retoños creados por él. Ahora merecía la pena contemplarlos, brillaban tanto como mil soles, presumían juntos de su esplendor y Mambrú los miraba orgullosos, sabedor de su arte.

Salió de la tienda un instante, aún faltaba media hora para abrir, la espera le estaba resultando exasperante. Contempló el rótulo encarnado ubicado en el centro del escaparate: “Los zapatos de Mambrú”. El nombre resultaba tan concreto como descriptivo, quería que sus clientas divisaran desde el principio de la calle el nombre de la nueva zapatería y que desearan avivar su paso para llegar hasta allí. La puerta siempre permanecería abierta, no le importaba derrochar algo de dinero en calefacción si como resultado las clientas más reticentes superaban el miedo inicial a entrar en una nueva tienda. Mambrú sabía que una zapatería llena de gente era fundamental para atraer a más público, las mujeres llamaban a más mujeres.

¡Cuánto deseaba ver entrar a las primeras! Necesitaba tener sus pies entre sus manos, se excitaba sólo de pensar la cantidad de ellos que disimuladamente acariciaría, tenía la perfecta coartada y el mejor trabajo para hacerlo. Atrás dejaría días de tormento y burlas en aquella ciudad en la que vivió desde que naciera. Atrás quedaban las risas de sus supuestos amigos, cuando frecuentemente le sorprendían agachado en el suelo del parque contemplando los zapatos de las mujeres que hablaban sin parar mientras vigilaban a sus hijos jugando entre ellos. Era un suplicio tenerlos tan cerca y no poder tocarlos, no poder subir la mano desde el tobillo hasta la pantorrilla y percibir la suavidad su piel en verano y el cálido tacto de sus medias de nylon en invierno. Incluso su madre, preocupada por la actitud de su hijo, que veía que no se centraba ni en los estudios ni en conocer a una muchacha como Dios manda, le llevó obligado a la consulta de un psiquiatra, que no le curó nada, al contrario, descubrió en él a un amigo con gustos y obsesiones comunes.

Diez minutos faltaban para colgar el cartel de “Abierto”, apenas era tiempo para un extraño, pero no para él, que sabía que antes de esos diez minutos habían pasado antes muchos otros en los que había deseado una quimera en este caso alcanzada. La tienda lucía llena de colores, pedrerías, drapeados, suaves satenes, plumas combinadas con charol, plata y oro, electrizantes colores que no iban a dejar a nadie indiferente. No era partidario de las modas, odiaba las zapaterías en las que, esclavizadas por sus dictámenes, mostraban la misma gama de color en sus productos, un año negros, otro, marrones. Tristes tiendas que tan sólo se salvaban algo en primavera y verano, gracias a las alegres sandalias multicolores que anunciaban la llegada de las vacaciones.

Sus zapatos eran únicos y exclusivos, era él su diseñador, su fabricante y su vendedor. No le hacía falta nadie más, ningún proveedor que entrara ofreciendo zapatos sería bien recibido en su pequeña zapatería. No existía ninguna como ella en esa ciudad e incluso se podría decir que en todo el país.

Cambió nervioso el cartel de la puerta y tomando aire miró al cielo buscando un halo divino que le protegiera en su nueva andadura. Había llegado el ansiado momento.

Caminó nervioso dentro de la tienda, se frotó las manos intentando serenarse y se atusó su largo bigote negro una y otra vez, pero tras una hora en la que nadie entró, se relajó, sentándose en la silla de cuero blanco que se ubicaba frente al monitor del ordenador. Sacó del cajón unas cuartillas y con un lapicero comenzó a dibujar nuevos diseños. No podía perder el tiempo, aprovecharía los ratos de soledad para sus creaciones y cuando cerrara cada tarde, se dedicaría a hacerlas realidad en el pequeño taller que tenía montado en su casa.

No pudo completar siquiera el esbozo de medio zapato cuando entró una mujer alta y esbelta, morena de pelo y blanca de piel. Saludó cordialmente a Mambrú y comenzó a mirar con pausado respeto cada uno de los exquisitos zapatos de éste. Isabela, que era la mujer del director del banco de la calle principal, ostentaría el honor de ser la primera en inaugurar su tienda. Mambrú la miró pensando que era afortunado por poder contemplar la belleza tan de cerca. Isabela recorrió de nuevo los dos pasillos donde se ubicaban las vitrinas, sintiendo una extraña sensación, una fuerza irresistible le impelía a no salir de aquella zapatería sin adquirir antes un par de zapatos. No había entrado más que a curiosear, pero algo le embriagaba de tal manera que dominaba sus actos, quizás el olor a rosas recién cortadas, quizás la variedad de tonalidades de los zapatos. Le habían embelesado de tal forma que era difícil escapar a sus encantos. Su respiración se agitó y sintió que el deseo por tener un par de aquellos zapatos era superior a todo lo que había conocido hasta entonces. Ni su marido ni los novios que tuvo antes le habían provocado tanto deseo como le estaban provocando en esos momentos aquellos lujosos zapatos. Cogió uno de ellos, tenía unos altos y finos tacones, pedrería púrpura y estrecha puntera. Brillaban tanto como una magnífica joya. Miró a Mambrú y éste de inmediato se acercó a ella para ayudarla a probárselos. Isabela se sentó en el banco de bengué, extendió un pie al zapatero y él se arrodilló ante ella, descalzándola lentamente de los corrientes zapatos que llevaba y vistiéndola con aquella maravillosa obra de arte. Mambrú acarició su piel aterciopelada y sintió un leve escalofrío recorriendo todo su cuerpo, su saliva comenzó a anegar su boca y su miembro se inflamó bajo sus pantalones. Isabela, enfundada en los zapatos, se levantó y dio unos cortos pasos mirándose en los espejos que Mambrú había colocado en la parte inferior de las vitrinas. Se sentía distinta, más mujer, más atractiva y deseable, era imposible ser la misma con algo así adornando sus pies. Miró a Mambrú y por un instante, deseó abrazarle como agradecimiento por tener aquellos maravillosos zapatos con los que parecía estar flotando en el paraíso.
-Me quedo con ellos-dijo casi sin dudarlo-.
-Muy bien señora-dijo Mambrú sin poder evitar una sonrisa de satisfacción.

Mambrú se encontraba pletórico, aún no podía creerse que hubiera hecho realidad su anhelo. Se miró las manos y se estremeció recordando el breve pero intenso momento en que había acariciado el pie de aquella mujer. Con la esencia que quedaba de ella en sus dedos frotó su miembro unos segundos, haciendo más persistente e intensa su erección.

No tardó en propagarse por toda la ciudad la calidad de los zapatos de Mambrú, la perfección de sus remates, su trato cortés y amable, pero principalmente, las maravillosas sensaciones provocadas al calzarse en ellos, el extraño influjo que desencadenaba en el interior del cuerpo y el excitante placer obtenido simplemente por entrar en su zapatería.

La nueva zapatería se convirtió en una de las más visitadas, era difícil que no estuviera completamente abarrotada de mujeres que se disputaban las atenciones de Mambrú, el cual no escatimaba su tiempo en atender a cada una de las mujeres como se merecía. Mimaba cada uno de los pies que tocaba, futuros inquilinos de sus obras y principales protagonistas de su vida. A ellos había encomendado su existencia, era capaz de transformar unos pies faltos de cuidado en unos dignos de una modelo. La magia se había aliado con él.

Mambrú vivía en un estado de constante excitación, en parte por el éxito del negocio y en parte por poder rozar cada día las extremidades inferiores de aquellas mujeres que se entregaban a él con la confianza de saber que los zapatos transformarían su vida. Las furtivas caricias del zapatero eran el complemento perfecto a todo el ritual que le acompañaba de entrar en la tienda, mirar los zapatos con detenimiento y solicitar a Mambrú su ayuda.

La caja registradora de la zapatería lucía plena día tras día, pero poco a poco, el ideal escenario que había creado se fue resquebrajando. La afluencia masiva de clientas era tal, que no tenía siquiera tiempo para preparar nuevos diseños, descartó la idea de contratar a alguien, su zapatería era algo casi tan íntimo como su ropa interior. Al llegar a casa lo único que le apetecía era derrumbarse en el sofá y olvidarse por unos momentos de pies, tacones y punteras mientras veía la televisión.

Y lentamente, la tienda rebosante de zapatos se fue vaciando y los pocos zapatos que quedaban en ella lucían tristes y huérfanos. Paulatinamente las mujeres dejaron de acudir, pero Mambrú, a pesar del mayor tiempo libre del que disfrutaba entre clienta y clienta, había perdido la inspiración. El deseo que había movido su vida había desaparecido, la excitación de sentir los pies de una mujer entre sus manos se había esfumado por completo. Carecía de ideas para seguir. No se deleitaba como antiguamente lo hacía en su fabricación. Era como si todo aquel placer que había sentido y que había depositado en sus obras se hubiera quedado en cada uno de aquellos zapatos y cada mujer al comprarlos, hubiera usurpado un pedazo de él, percibiendo al llevarlos en sus pies, el mismo goce que Mambrú había sentido en su creación. Las mujeres a través de sus zapatos habían vampirizado de alguna forma su capacidad para gozar con lo que hacía.

Y Mambrú tuvo que rendirse a la realidad. Ya no era un mago entre aquellas mujeres, se sentía incapaz de volver a diseñar ni un solo zapato. Los días iban pasando y la tienda, antes cálida y acogedora se fue convirtiendo en una árida estancia en donde nadie entraba.

Hasta que entro ella.

Mambrú se sorprendió de ver a alguien cruzar el umbral de su puerta. Era bella con mayúsculas, de piel casi transparente, pelo brillante y pajizo, ojos verdes y delgada silueta. Sus andares felinos recalcaban sus sinuosas curvas. Mambrú bajó la mirada hasta sus pies, llevaba unos zapatos que eran de su tienda, de eso no cabía la menor duda. No recordaba haberla visto jamás o quizás sí, pero su aspecto había cambiado, su mirada era distinta, sus andares eran completamente provocativos y su boca era una incitación a dejarse llevar por los más primitivos instintos. Sin decir ni una sola la palabra, aquella mujer se sentó delicadamente en el banco y descalzándose pidió a Mambrú con un gesto que se acercara a ella. Cual perro fiel se arrodilló ante ella y adivinando los deseos de aquella mujer comenzó a besar sus pies desnudos, acarició su talón, lamió con sumo cuidado cada uno de sus dedos. Ella comenzó a gemir suavemente echando su cabeza hacia atrás y cerrando sus ojos para sentir más intensamente las sensaciones que le estaba provocando el zapatero. Mambrú estaba tremendamente excitado al ver cómo reaccionaba su clienta incitándole a seguir. Continuó acariciando sus piernas hasta llegar a su pubis rizado, sintió el calor que desprendía y su excitación se avivó. Sin pensarlo más, bajó la cremallera de sus pantalones y masajeó su miembro mientras volvía a la zona que más le gustaba a él: sus pies. Succionó cada uno de sus dedos, jugueteó entre ellos con su lengua y pudo contemplar con agrado que la mujer se había levantado sus faldas y se estaba masturbando mientras gemía cada vez más intensamente hasta que finalmente se relajó complacida mirando a Mambrú cómo terminaba de masturbarse.

La mujer se marchó tal y como había venido, sin cruzar una sola palabra con él. Éste, agotado y exhausto tras el sexo, se sentó en el banco rebobinó toda la escena intentando recordar qué es lo que había pasado exactamente. Ella es la que había llevado las riendas en todo momento y parecía haber entrado de ex profeso en la tienda precisamente para que Mambrú hiciera lo que finalmente hizo.

Lo cierto es que aunque fue la primera mujer en desnudar por entero sus pies ante Mambrú, no fue la última, y el zapatero comenzó a disfrutar a diario de unas maravillosas jornadas de fetichismo y placer. Todas las que solicitaban aquellos nuevos servicios habían adquirido previamente sus zapatos y parecía que de alguna manera, las “vampiras” agradecían lo que Mambrú había provocado en sus vidas.

Y Mambrú recobró la inspiración y el arte de la creación. Las vitrinas se fueron llenando de nuevos diseños y las clientas volvieron a entrar en su tienda. En su afán de atender a todas las mujeres como merecían, decidió incrementar de forma desorbitada los precios de sus zapatos, prefería la calidad a la cantidad.

Aquella noche, al cerrar la zapatería para regresar a su hogar, se sintió simple y llanamente un hombre feliz. Quizás era el momento de ampliar el horario de venta y dejar que alguna de las clientas contemplara sus creaciones en el mismo taller de su casa…


viernes, 20 de junio de 2008

Tiempo de verano

El verano me invita a la desidia, me dejo llevar por la maravillosa sensación que provoca en mi piel el calor del sol. Despierta mis sentidos, fluye caliente dentro de mí la sangre que, una y otra vez, recorre mi cuerpo desperezándome del largo invierno. Siento mi sexo más inquieto, más voluptuoso e impertinente, más necesitado si cabe. Demanda caricias, pasión y ardientes besos, igualar la temperatura de mi dermis a la del exterior. Me siento absorbida dentro de un ciclón de fogosidad, me paseo por la calle envuelta en dulces recuerdos de encuentros pasados, deseos de nuevas aventuras. La sensualidad dirige mis pasos, miradas furtivas de anónimos transeúntes revuelven mi pasión. Todo a mi alrededor emana un cálido aire que me confunde. Me acaricio con vehemencia, me lo pide mi piel, subo ligeramente mi vestido y me concentro en el cosquilleo que sienten mis muslos al posar mis dedos en ellos. Cierro los ojos, escondida tras las gafas de sol e inspiro profundamente acaparando en mi interior un pedazo del verano que comienza. Mi deseo se transparenta en mis gestos, coqueteo ajena a cualquier comentario. Nada me importa más en estos momentos que olvidarme del cuerpo abandonándolo en manos de otro cuerpo, el de mi amante. Noto como perfila el verano en mis curvas, su cálido aliento se confunde con el de la leve brisa que despeina mi cabello, sus manos calientes posadas en mi piel son una invitación a olvidarse del tiempo para simplemente gozar, no hay prisa, tan sólo el frenético cabalgar sobre él llegando al orgasmo me hace ansiosa e impaciente. El sol se cuela por los orificios de la persiana, vistiendo extrañamente nuestros cuerpos enlazados tras la pasión. Besos silenciosos, caricias cansinas preliminares del dulce sueño que nos arropa. Es tiempo de verano.

Olvidamos la rutina y damos un descanso veraniego a mis cuentos en el blog. Una pausa para ordenar el caos de papeles, relatos y pasiones que acumulo a estas alturas. Mientras tanto, os dejo en buenas manos, las que podéis encontrar en los enlaces y en especial, y actuando a modo de madrina, las de mi amiga Margarita Ventura y su nuevo blog, envuelto de exquisita sensualidad: Eroti-k-mente

Feliz verano y prometo que mi ausencia se verá salpicada por algún que otro cuento que os sorprenda. Besos a todos.



viernes, 18 de abril de 2008

La gran aventura de Silvia

De nuevo, María y Manuel habían tenido una discusión. Esta vez, parecía que iba a ser la última y definitiva. El motivo de aquellos altercados entre ellos siempre era el mismo: María era una persona tranquila, sosegada, meditaba todas sus decisiones antes de actuar y esta forma de ser se reflejaba también en su vida sexual. Manuel, al contrario, era ardiente, inquieto, un buscador incesante de nuevas emociones y sus ardores encontraban el perfecto lugar donde elevarse a la enésima potencia: en la cama. Y precisamente era éste el foco de todos sus conflictos: Manuel deseaba que María fuera más ardorosa, que no se relajara tras su primer y único orgasmo y que las noches de lujuria y pasión enlazaran con el rocío de la mañana. Esta cuestión se la echaba en cara insistentemente cada noche. Pero María, tranquila y calmada tras gozar y hacer gozar a su amado, lo único que deseaba era abrazarle y dormir unida a él.

La ruptura parecía inevitable y Manuel cortó con María ante la sorpresa de ésta, que, a pesar de la escasa compenetración que tenía con su amante en el plano sexual, le amaba y deseaba seguir a su lado. Manuel, tras una semana de intensa sequía sólo aderezada con unos solitarios orgasmos proporcionados por su generosa mano, se lanzó a la calle en busca de consuelo y calor humano, femenino, evidentemente.

Fue en un bullicioso y nebuloso bar con aroma a nicotina donde la encontró. Estaba acompañada por dos amigas. Era alta, esbelta, delgada, rubia como la cerveza que estaba degustando en ese momento y con unos brillantes ojos verdes. Reía sin parar, sonreía y bailaba, era imposible permanecer impasible ante ella.

A Manuel le pareció maravillosa. Quizás en su apreciación tuviera parte de culpa el alcohol que inundaba sus venas o las luces de neón que impedían una adecuada visión de lo que había a su alrededor. Pero esos eran mínimos detalles que carecían de importancia, así que comenzó su ataque, que en primer término fue visual: miradas furtivas al principio, para hacerlas más sostenidas posteriormente. Cuando comprobó que la atacada respondía favorablemente a sus indirectas, dejó que en sus ojos se trasparentara el deseo que sentía por ella.

Silvia, que así se llamaba, no tardó en percatarse de la presencia de Manuel. Era imposible no darse cuenta de su existencia, dado el poco disimulo con el que actuaba. Lo cierto es que aunque en un primer momento no parecía gran cosa con sus gafas, su pelo cano, sus ojos azules y su cara de buen chico, no le pasó desapercibido sin embargo el grueso paquete que parecía atesorar dentro de sus pantalones. Ella había ido a divertirse y precisamente el sexo era uno de los mejores entretenimientos que conocía. Por lo que cuando vio que por fin se decidía a acercarse a ella, pidió a sus dos amigas que les dejaran solos.

Manuel se presentó y tras dos besos comenzaron a bailar. Resultaba misión imposible entablar una conversación mínimamente audible entre ambos, la música resultaba ensordecedora, así que optaron por utilizar simplemente gestos y miradas para darse a conocer. Eso fue suficiente para darse cuenta de la salvaje atracción que les impulsaba el uno hacia el otro.

Sin más preámbulos comenzaron a besarse, unieron sus cuerpos, probaron la piel del otro, dulce y algo empalagosa la de ella, ciertamente salada la de él. Se degustaron con mimo y paciencia. Paulatinamente Manuel, al ver la positiva reacción que mostraba Silvia ante sus avances, comenzó a ser más atrevido. Resbaló una mano por debajo de su vestido, notó agradablemente el calor que sus nalgas desprendían, se aventuró a rozar sus pechos e incluso su pubis, pobremente tapado por una fina tanga.

Pero necesitaban un terreno más tranquilo para seguir. La discoteca en ese momento no resultaba ser un agradable lugar y Manuel invitó a Silvia a seguir sus juegos en su pequeño apartamento.

Nada más abrir la puerta, Silvia comenzó un firme ataque, desnudándose con parsimonia y ofreciendo a Manuel su cuerpo. Él degustó en primer lugar sus pechos mientras ella comenzaba a desnudarle. Caminaron completamente desnudos al dormitorio, se tumbaron, y comenzaron los juegos. Pero el comportamiento de Silvia súbitamente mutó: se volvió salvaje, desenfrenada, su frenético ritmo era imposible de seguir, cambiaba de posiciones a gran velocidad. Parecía un militar en maniobras. Él intentaba seguir sus pasos, su ritmo y sus subidas y bajadas. Silvia no gemía, gritaba, chillaba de goce, tiraba del pelo de su amante, dejaba las uñas en su espalda. Y Manuel se dejó ir de inmediato nada más percibir las primeras palpitaciones de su amante exprimiendo su miembro y provocándole inevitablemente una intensa erupción de blanquecina lava.

Descansaron unos segundos, pero Silvia, al contrario de lo que pensaba Manuel, no había terminado, su deseo aún se mantenía a flor de piel. Volvió a besar a su amante, acogió en la boca su miembro flácido y éste forzosamente cobró vida con aquellos mimos. Y de nuevo volvieron a amarse y a disfrutar el uno con el otro. A él le resultó más costoso esta segunda vez ponerse a tono, pero ya se encargaba Silvia a la mínima muestra de relajación o debilidad, de llevar reiteradamente su miembro a la boca y hacerle una terapéutica felación que le devolviera la vida. Silvia tuvo un orgasmo tras otro, Manuel había perdido ya la cuenta. Era increíblemente multiorgásmica, la primera vez en su vida que se acostaba con una mujer de esas características.

Al día siguiente, tras compartir la cama que no el sueño, se despidieron, no sin antes tener una buena dosis de sexo matutino.

Las noches de sexo continuado se repitieron día tras día. Silvia no tenía pereza, era imposible visionar media película sentados en el sofá sin que ella no acabara arrodillándose y lamiendo su pene en busca de un nuevo encuentro. No parecía viable disfrutar de una conversación con ella cuya duración superara los dos minutos, que era lo que tardaba en desnudarse y llevarle al lecho. Manuel al principio estaba encantado, jamás había disfrutado tanto y tan seguido, pero poco a poco el encanto se transformó. Sentía el cuerpo machacado, escozor en todo su miembro y hasta cojeaba en ocasiones de pura debilidad. Su falta de sueño atacó sus nervios, imposible concentrarse en el trabajo. Cada vez que se enfrentaba a los expedientes sentía sus ojos emborronarse, e incluso le invadía un deseo irremediable de acostarse encima de aquellos tristes papeles. Fue en uno de esos momentos de paz y sueño reconfortante cuando su jefe le sorprendió, y cansado por haberle descubierto en reiteradas ocasiones de la misma forma, le echó de inmediato del trabajo.

Tras el despido, otra desgracia le esperaba en su casa. Los vecinos se habían quejado, todos sin excepción. Los gritos que Silvia emitía mientras gozaba eran demasiado elevados, las palabras subidas de tono que salían de su boca escandalizaban a los moradores del inmueble, que temían por la buena educación de sus pequeños retoños. Así que su casero sin dudarlo le puso de patitas en la calle.

Llamó a Silvia y le contó lo que le había acontecido ese aciago día. Ésta, de inmediato le invitó a vivir con ella, por lo menos hasta que encontrara un nuevo trabajo y una nueva casa. Manuel cogió sus maletas y se fue sin pensarlo, no le quedaba otra opción.

Pero Silvia no paraba. Su deseo por él no había disminuido ni un ápice a pesar de verle más tiempo y más continuado. Manuel no podía con su alma, deseaba que Silvia no fuera tan fogosa, quería poder pasar con ella algún tiempo como una pareja normal, o como él recordaba que era una pareja normal. Echaba de menos a María, a la que, a pesar de todo, aún no había olvidado. Se acordó de su forma de ser, de sus noches de sexo más tranquilas pero intensas, de las tardes de sofá viendo una película abrazados tiernamente. Silvia era un torbellino de pasión, pero él no. Amaba a María, a pesar de su tranquilidad, o quizás por esa misma razón, la amaba a pesar de sus discusiones. Tenía muchas más cosas en común que las que compartía con Silvia, así que habló con su fogosa amante, cogió sus maletas y se fue de allí, dejándola llorando desconsoladamente.

Al llegar a la calle, sacó su móvil y marcó el número de María, que tras unos segundos de nervios e intriga por la tardanza, acabó respondiendo su llamada:
-Te echo mucho de menos. María, te amo…Quiero volver a tu lado.
Pero había llegado demasiado tarde y la respuesta fue negativa: había conocido a otro hombre.

Manuel dejó la maleta en una consigna y vagó sin rumbo sin saber muy bien qué hacer, hasta que por fin decidió que la solución era volver con Silvia. Tampoco le quedaba otra posibilidad, no tenía casa ni trabajo, y la opción de dormir debajo del puente no le atraía en absoluto.

Ella le acogió sin reproche alguno y tras unos besos y abrazos de perdón comenzaron a excitarse, principalmente Silvia, que volvió salvajemente a la carga sobre él. No obstante, Manuel la detuvo en seco.
-Hay algo…Algo que llevo tiempo pensando que me gustaría hacer y que nunca te he comentado.
-¿De qué se trata? Sabes que tus deseos son los míos- dijo ella sin parar de besarle-
Se acercó suavemente y le susurró unas palabras al oído. Ella, tras escucharle, le miró algo confusa, pero tras unos segundos de dudas aceptó su proposición.

Manuel sin demora llamó a su amigo Jorge, antiguo compañero de escapadas nocturnas y de seguro buen complemento para montar un trío estable y duradero. Quizás con su ayuda podría por fin agotar a la insaciable de Silvia y al mismo tiempo, la falta de conversación de su amante podría compensarse con creces con la amigable conversación de Jorge, fundamentalmente los sábados por la noche, mientras ambos veían el fútbol.

Todo iba a ser perfecto por fin.