lunes, 1 de agosto de 2011

Él último cliente

Eran las 8 menos cinco y Alice abrió la caja para hacer el balance diario. No había sido un día demasiado bueno, se notaba que el calor del mes de julio había hecho mella en las ganas de comprar de los viandantes, aunque no se podía engañar, la crisis económica había hecho descender sus ventas drásticamente. Menos mal que aún quedaba más de un caprichoso que no tenía problema en adquirir el último modelo del mercado. Si no hubiera sido por ellos, Alice tendría que haber cerrado su tienda hacía ya unos meses. Mesó su pelo rubio y respiró profundamente. Acababa de apagar el aire acondicionado y había dejado de sentir la caricia del aire fresco artificial en su rostro. Estaba realmente cansada, había dormido mal la noche anterior y lo único que deseaba era tumbarse para recuperar fuerzas. Había aprovechado el cierre de la tienda a las horas del mediodía para hacer la habitual compra semanal y no había podido descansar siquiera unos instantes, como hacía habitualmente tras el almuerzo. Cogió las llaves y se dirigió a la puerta para cerrar el local, sin embargo, un último cliente le sorprendió en su camino a la puerta. Guardó sus llaves en el bolsillo derecho de su minifalda turquesa y ella misma le abrió. -Estaba a punto de cerrar. –Sentenció Alice. -¿Puedo pasar? –Afirmó aquel hombre sin esperar respuesta, entrando directamente a la tienda. Para evitar que entraran nuevos e inesperados clientes, cerró la puerta del local, bajó la persiana veneciana hasta la mitad y volvió el cartel mostrando al exterior que la tienda ya estaba cerrada. Alice volvió al mostrador y el cliente comenzó a mirar detenidamente cada una de las vitrinas con los artículos que allí había expuestos. No estaba mal, pensó Alice, quizás se equivocaba, pero parecía tener más de cuarenta años, quizás incluso había alcanzado la cincuentena, pero su porte era atlético, tremendamente musculoso, pensó Alice. Se intuían sus pectorales bajo su camiseta azul oscura, su culo era estrecho y sus hombros anchos, su pelo era oscuro, casi negro y corto, apenas lucía un mechón canoso en la parte delantera de su cabeza. Sus labios eran prominentes y bien perfilados. Alice movió la cabeza para obligar a su mente a centrarse en su tarea. No le gustaba mezclar el trabajo con el placer, pero le comenzaba a resultar difícil, parecía que los últimos meses de sequía habían acentuado su libido. El onanismo reiterado no era la solución perfecta pese a todo, pensó por un instante. -¿Estaba buscando algo en concreto?- Preguntó Alice. -No, bueno, quería comprar algo tipo blackberry o un iphone.-Respondió el cliente. -Tenemos muchos modelos actualmente, la verdad es que ese tipo de teléfonos ahora lo lleva mucho la gente. Se han puesto de moda. Le mostraré algunos. Alice sacó sus llaves del bolsillo y abrió una de las vitrinas centrales. El hombre se aproximó y ella pudo apreciar su aroma. Llevaba un perfume caro, no tenía la menor duda. Podía notar el olor a almizcle, algo de sándalo y un pequeño toque de cítricos. Era excitante y lo agradeció. Estaba cansada de aquellos clientes que expedían mal olor, quizás a alguno de ellos le hubiera podido podía por el bochornoso calor imperante en la ciudad, pero otros hubieran debido ser quemados en la hoguera por falta de higiene. Cogió el móvil y Alice le fue mostrando a su cliente todas las propiedades con un entusiasmo estudiado. Conocía cada detalle de todos y cada uno de los aparatos que vendía. Era primordial familiarizarse con el producto antes de ofrecerlo en la tienda dado que muchos clientes venían con las lecciones aprendidas de Internet y pedían características muy determinadas. Alice sinceramente pensaba que jamás utilizarían la mitad de los recursos que sus aparatos ofrecían, pero eso daba igual, había que satisfacer a los clientes y lograr la venta. Había aprendido a ser coqueta y algo insinuante con los hombres maduros, a pecar de ingenuidad y dejar que las clientes femeninas pensaran que sabían más que ella, a ponerse del lado de los adolescentes y hablarles con su lenguaje. Hacía mucho tiempo que conocía y practicaba todos los trucos. Por eso se inclinó ligeramente sobre el mostrador mientras enseñaba el móvil a su cliente, para que su generoso escote de estilo francés mostrara su abundancia carnal, sus pechos lucían apretados uno contra otro sin que hubiera espacio siquiera para meter un bolígrafo. Ella también olía a perfume, pero no le gustaba abusar de él y embriagar a su clientela. Un ligero toque rosal era suficiente para que toda la tienda oliera suavemente a ella. Sintió la mirada del cliente enfocada en sus pechos y se sintió poderosa. El cliente le pidió que le enseñara otro de sus teléfonos, esta vez era uno de los más antiguos, ni siquiera tenía la pantalla táctil y se sorprendió por ello, no obstante, cuando se puso de puntillas para acceder a él comprendió que su cliente posiblemente quería observar sus largas piernas, podía sentir cómo contemplaba con detalle sus muslos torneados e incluso adivinó que incluso su escuálida tanga de encaje negro que tapaba tímidamente la línea que dividía sus muslos era objetivo de su mirada. Le explicó parcamente las características del teléfono y miró el reloj, eran las 8 y cinco. Comenzó a pensar que aquel hombre no le iba a comprar nada y simplemente venía a echar un vistazo. No obstante, su presencia le gustaba, sus miradas se cruzaron por un instante y Alice sintió inesperadamente un ligero estremecimiento entre sus piernas. Ya no sólo se mostraba insinuante, había pasado a coquetear descaradamente con él. Realmente hacía mucho que no sentía un hombre encima de su cuerpo. Parecía que su cliente estuviera sintiendo lo mismo que ella, no sólo su pícara mirada, sus acercamientos al mostrador hasta casi rozar sus cuerpos, su respiración algo agitada. ¿Se estaría equivocando? ¿Y si realmente era un ladrón que lo único que quería era robar la recaudación de su caja y unos cuantos teléfonos? ¿Y si lo que quería era arrancarla la blusa y forzarla? Sintió cierto calor entre sus piernas pensando en cada una de las posibilidades, y se sorprendió porque alguna de ellas no le molestaba en absoluto. Mientras le seguía mostrando más teléfonos se imaginaba a sí misma semi desnuda, en el suelo y atada mientras era poseída por su último cliente del día. Retiró las imágenes calenturientas de su mente para poder centrarse en su trabajo. Si hubiera sido otro quizás le hubiera mandado a paseo, era de los típicos clientes que no dejan de preguntar por uno y otro producto y no se deciden por nada. Pero éste…ese perfume la estaba semihipnotizando cual mago. El calor del local era ya notorio, Alice lo sintió como una bofetada en su nuca, su larga cabellera era en esos instantes un incordio así que cogió su cabello con una mano haciéndose con ella una coleta y lo movió para refrescarse. Decidió que debía ir guardando los teléfonos descartados y no alargar más su jornada de trabajo. Cogió tres de los teléfonos para guardarlos en la parte superior de la vitrina central y el hombre se acercó estrechamente a ella por detrás. Alice se quedó inmóvil esperando sus movimientos. Era el momento en que le sacaría un cuchillo o quizás una pistola. No quería morir tan joven, sin embargo, aquel hombre lo único que hizo fue cogerle los teléfonos para depositarlos él mismo en la vitrina. Su respiración se agitó y sintió cómo su pecho subía y bajaba con más celeridad, en parte por el miedo que había invadido su mente y en parte porque la cercanía le había excitado. Sin embargo sus pensamientos no estaban tan equivocados. El hombre apartó el pelo de Alice con sus dedos y rozó sus labios contra su cuello por un breve segundo, apartándose de inmediato, quizás esperando una respuesta negativa de ella. Pero Alice tan sólo emitió un breve gemido, permaneciendo en el sitio, deseando algo más que un leve roce. Hacía calor, demasiado calor, pero esa misma temperatura parecía subir la que surgía de su interior, de su deseo hace tiempo no saciado y de su hambre en mayúsculas de un hombre. El cliente acarició sus brazos y avanzó tímidamente hasta alcanzar sus pechos. El canal que los unía ahora estaba ligeramente sudoroso. Abarcó ambos pechos y apretó su pelvis contra las nalgas de Alice, ella se irguió, dejando que sus nalgas se mostraran ahora más protuberantes. Alice le apartó para sorpresa de él, sorpresa que fue aún mayor cuando vio que Alice se sentaba insinuante en el mostrador abriendo sus piernas. El hombre se acercó sin premura, reconoció todo el cuerpo de Alice sintiendo cómo se estremecía y sin más preámbulos le quitó sus bragas, guardándoselas en el bolsillo de sus pantalones. Alice observó con asombro ese pequeño detalle, no obstante, ahora lo único que le importaba era que se acercara más a ella. Necesitaba un contacto carnal sin demora o se moriría de deseo. No tuvo que decirle nada. El hombre bajó la cremallera de sus pantalones y dejó asomar su miembro viril completamente erecto, aliviado por ser liberado. Alice se dejó abrazar por aquel desconocido y ella misma se quitó la blusa con premura, estaba tremendamente sofocada. El cliente completó la tarea desprendiéndola del sostén y dejando a su libre albedrío aquellos grandes pechos. No tardó en sobarlos y hacer que sus pezones consiguieran ser tan puntiagudos como lanzas recién afiladas. Él cogió los pechos entre sus manos, hundió su cara en ellos, los mordió y besó reiteradamente haciendo que Alice sintiera un indescriptible placer. Su sexo estaba henchido y el cliente, adivinado la necesidad imperiosa de ella lo acarició con sus dedos, recorriendo su vulva y abriendo sus labios hasta internarse en su acalorada cavidad de carne. Alice apoyando sus manos en el mostrador, abrió sus piernas más aún y se deshizo de sus sandalias de estrecho tacón para poder agarrar entre sus piernas a su cliente. Cerró los ojos para disfrutar de las sensaciones, sin embargo, de repente notó algo templado y duro entre sus piernas, abrió sus ojos intentando adivinar lo que su cliente tenía entre manos, pero no lo fue capaz. Sin embargo el ruido y la vibración que sintió en su sexo le hizo por fin darse cuenta de lo que se trataba. El propio teléfono de aquel hombre se había convertido por arte de magia en un hábil consolador vibratorio. Sintió el cuerpo extraño rozando su culo, adentrándose entre sus nalgas, haciendo pequeños círculos en la abertura de su sexo que ahora se mostraba totalmente entregada. El hombre sabía lo que se hacía, masturbó a Alice de forma tal eficaz que le arrancó un orgasmo, haciendo que se mostrara aún más receptiva. La cogió de un brazo y la llevó hasta la parte de atrás del mostrador. Alice aún sentía los temblores de placer en su sexo, y aún no se sentía saciada. No habían más que comenzado. El cliente instó a Alice a agacharse invitando a Alice a comerse su verga. Ella accedió sin reparos y cogiendo el miembro del cliente entre sus manos lo engulló, lamiendo con su lengua la parte posterior y dejando que sus dientes se apoyaran ligera e intermitentemente en su parte anterior . Mientras la boca de Alice saboreaba rítmicamente el pene de su cliente, acarició sus testículos, achuchándolos de forma frecuente hasta hacerle gemir de placer. La temperatura del local era ya insoportable, no sólo en parte a la falta de aire acondicionado, sino también al terrible calor que ambos cuerpos desprendían. Alice se levantó, orgullosa, y sentándose de nuevo en el mostrador, abrió sus piernas impaciente de ser penetrada. El hombre, agarrando sus brazos se acercó a ella y con una embestida lenta y continua, la llenó por completo, soltando en ese instado un leve quejido de satisfacción. Alice sintió el miembro llenando su cuerpo por entero, echó su cabeza hacia atrás y cerró sus ojos mientras él, de pie, inclinado sobre ella, empujaba su cuerpo contra su sexo una y otra vez mientras mesaba sus húmedos pechos, rebosantes de diminutas gotas de sudor. El ritmo alternaba, a veces cansino y eterno y a veces alocado y frenético, volviendo completamente loca a Alice, que entregada al desconocido, sentía ya cómo le dolía su clítoris de excitación culminada. El hombre la embistió por última vez, sacó su miembro y arrodillándose sobre el mostrador, se derramó sobre los pechos de Alice, que, exhausta, aceptó aquella ducha inesperada. El cliente se recolocó las prendas y tras unos breves segundos, Alice intentó hacer lo mismo con las suyas, no obstante, recordó que le faltaban sus bragas. Le haría falta pasar por el servicio para poder salir de allí. Estaba pringosa y sudaba profusamente. -Realmente no me decido por ningún móvil.-Comentó él. -No importa-Contestó Alice-Puede venir otro día. -Lo haré.-Afirmó el cliente con una sonrisa en sus labios mientras Alice abría la puerta y dejaba que su último cliente se marchara. Alice volvió a cerrar la puerta y se dirigió al baño. Ahora si que necesitaba descansar. El día había sido realmente fructífero, aunque no lo hubiera sido monetariamente hablando…

jueves, 14 de julio de 2011

CONCURSO DE RELATOS EROTICOS “Karma sensual 7: Pasiones prohibidas ”(2011)

Como todos los años, Marta Roldán vuelve a convocar el ya conocido y consolidado concurso "Karma sensual". El concurso partió de una idea de Sonia Aldama en el año 2005, ¿qué mejor que escribir sobre los siete pecados capitales, y en concreto sobre uno de los más divertidos: la lujuria?


Este año el tema es "Pasiones prohibidas". Os animo a escribir sobre todo aquello que hubierais deseado hacer y que no hicisteis precisamente por el calificativo de prohibido, o que sí realizasteis, cumpliendo vuestros deseos más oscuros. El tema da mucho juego: dos matrimonios que se conocen desde hace años, que siempre han deseado a las respectivas parejas y que un buen día con ayuda de un poco de alcohol acaban mezclando sus salivas, o el ardiente deseo de una mujer por tener varios hombres mimando sus ansias de sexo, o la imperiosa necesidad de un adolescente por masturbar su miembro aún virginal mientras contempla extasiado a su profesora de literatura. Cerrad los ojos y pensad en más historias, os sorprenderéis por la cantidad de pasiones prohibidas que surgen de vosotros...

Alice Carroll

Bases del concurso:


Literatura erótica no es la mera descripción del acto sexual, es contar una historia de amor y deseo con ribetes sensuales.

1) Pueden participar solamente personas mayores de 18 años de edad, residentes en cualquier país del mundo. Prohibida la participación a los miembros del Jurado. Pueden participar (siempre de forma anónima encubierta con seudónimo diverso) los ganadores incluidos en antologías “Karma sensual” de años anteriores a esta edición.

2) Los relatos deberán estar escritos en español global, sin modismos territoriales, cumpliendo con un discreto y adecuado nivel erótico literario, no se aceptarán vulgaridades. No a la apología de la violencia sexual, no a la pornografía, no a la pedofilia ni a la prostitución.

3) Se puede presentar una obra por persona, inédita, que no esté participando ni haya obtenido premios en otros concursos. El jurado de “Karma sensual” lleva adelante este concurso de buena fe, esperamos que los participantes cumplan con las bases o de lo contrario se hagan responsables de sus actos y las consecuencias de sus actos. Los derechos quedan en posesión del autor.

Tema: el erotismo. Subtema: Pasiones prohibidas.

Participación gratuita.

4) Extensión máxima de 1200 palabras, a doble espacio, fuente: Arial 12. Firmar con seudónimo.

5) Enviar solamente por e-mail a: karmasensual7@gmail.com . Presentar el texto en el cuerpo del mensaje, firmado con seudónimo y, en archivo adjunto de Word, detallar los datos personales: nombre y apellido, dirección, país de procedencia y de residencia, número de teléfono, dirección de correo electrónico alternativo, página web personal o weblog y breve curriculum literario (no más de 5 líneas; indispensable para integrar el libro en caso de ser seleccionado); agregando indefectiblemente una copia del Documento de Identidad.

Asunto obligatorio del e-mail: Concurso Karma sensual7 + nombre del relato. (por ejemplo, si mi relato se llamara “El vecino de al lado”, el asunto debe ser: Concurso Karma sensual7 “El vecino de al lado”

6) Premio:

- Publicación de una antología con los 12 mejores relatos por Ediciones Literarte de Graciela Pucci.

- Diploma.

- Participación opcional como Jurado Ambulativo del concurso “Karma Sensual8 2012” para los tres primeros clasificados.

7) Fecha límite de cierre del concurso y recepción de trabajos: 15 de septiembre de 2011.

8) Fecha para hacer público el fallo del jurado e informar personalmente a los ganadores: 30 de noviembre de 2011.

El resultado del concurso será publicado en las siguientes páginas web:

www.friulinelweb.it/crearparaleer

http://concursokarmase.bitacoras.com/ Los seleccionados serán notificados por e-mail.

9)Los textos no incluidos en la antología serán eliminados de nuestros archivos.

10) Condiciones para que se edite el libro: la editorial “Ediciones Literarte” se compromete a publicar el libro “Karma sensual: Pasiones prohibidas” si los autores integrantes del libro o todo aquel interesado en adquirirlo asegura la cantidad de libros que cada uno comprará; de esta forma, cubiertos los gastos de edición, se publicará el libro anual de Karma sensual 2011. Hacer y confirmar los pedidos directamente a la editora Graciela Pucci a la siguiente dirección de e-mail: gdpucci06@gmail.com

11)Será competencia de cada autor integrante de la antología el hecho de organizar, si es su deseo, armar y llevar a cabo la presentación del libro donde, cuando y como quiera.

12) El libro será publicado en febrero de 2012, luego de las correcciones pertinentes al caso y con la autorización de los autores seleccionados.

Madrina: Sonia Aldama(España)

Organizadora general: Marta Roldan (Italia)

Jurado Estable: Israel Benavidez (Alemania), Pilar Pedraza (Bolivia), Graciela Pucci (Argentina).
Jurado Ambulativo (cambiará cada año): Carolina Pastor Jordá – España; Marina López Martínez – España; Enrique Luque de Gregorio – España.

Pueden obtener datos sobre los integrantes del Jurado Estable:

De Marta Roldan: www.friulinelweb.it/crearparaleer

Noticias literarias: http://noticiasliterarias.bitacoras.com
De Israel Benavidez: http://eltrotamundos.blogspot.com

De Graciela Pucci: http://librocuartodeespejos.blogspot.com

REVISTA LITERARTE: www.revistaliterartedigital.blogspot.com

EDICIONES LITERARTE: www.edicionesliterarte.blogspot.com

Los tres primeros seleccionados de cada año participarán como Jurado Ambulativo del año siguiente, por lo cual, este Jurado Ambulativo cambiará en cada edición del concurso.

14) Los autores ganadores, ya por el hecho de participar en el concurso, ceden el derecho de publicar su obra, en caso de resultar seleccionada, en el libro “Karma sensual: Pasiones prohibidas” sin requerir remuneración alguna por tal publicación. De todas maneras los derechos quedan siempre en posesión del autor, indiscutiblemente.

15)La participación en este concurso presupone la aceptación de sus bases. Seguramente habrá cosas que no he dejado en claro, pueden comunicarse conmigo ante cualquier duda, especificando el asunto, a: roldan.marta@gmail.com

Sitio: www.friulinelweb.it/crearparaleer

E-mail: fama@friulinelweb.it

Noticias literarias: http://noticiasliterarias.bitacoras.com

Información sobre el Jurado Ambulativo:


Carolina Pastor Jordá – España: Hace unos tres años participó en “El Reto”, un concurso que se realiza sin periodicidad fija en el foro de Asshai.com, y a partir de ahí se centró en escribir relatos de fantasía no épica y terror, así como otros de temática realista.

Ha publicado un relato en la web www.tauradk.com

Marina López Martínez – España: Profesora de lengua y literatura francesas en la Universidad Jaume I de Castellón. Su principal línea de investigación es la escritura contemporánea en femenino y principalmente la novela negra escrita por mujeres francófonas como recoge su tesis Le polar au féminin. Tiene varias publicaciones académicas como por ejemplo: (2010) “Representación insolente de La justicia en La novela negra femenina” en Ficción criminal “Justicia y Castigo”/ “Law & Punishment in Crime Fiction”. Ed. Universidad de León.

Enrique Luque de Gregorio: Redactor de la página web Ociojoven.com y Ojgames.com.Colaborador de la revista Cibergamers. Redactor de la página web Mundogamers.com. Colaborador de la revista Nintendo Acción.Colaborador de la revista Guías y Trucos de Hobby Consolas.Colaborador en la revista literaria Biblioteca Fosca. Redactor de la revista Teammanía. Redactor jefe de la revista Gamers Magazine.

Colaborador en las revistas FNAC Gamers y Save the Gam

miércoles, 12 de agosto de 2009

Las Confesiones de Ninetta

Tras un largo camino, la novela "Las Confesiones de Ninetta" está ya finalizada y en formato libro. Ninetta es una joven divorciada con la que muchas mujeres se sentirán identificadas, al ser un personaje cercano lleno de dudas, deseos y ganas de pasarlo bien. Tras su divorcio con Manolo, hombre bueno pero soso con el que jamás conoció lo que era un orgasmo en compañía, se adentra en un mundo nuevo plagado de emociones, hombres, sexo y amor. Una novela llena de humor, ironía y diversión para pasar un buen rato este verano.
¡Espero que os guste! Besos, Alice Carroll

domingo, 2 de agosto de 2009

Mi hermosa lavandería

Llevaba ya dos años en aquella lluviosa ciudad. Miraba atrás en el tiempo y me sorprendía la capacidad que había demostrado para adaptarme a ella y no sucumbir a la nostalgia de mi soleada tierra del sur. Había viajado a Londres no sólo para aprender inglés y completar mis estudios universitarios como le había dicho a mi familia, sino también para huir de una relación con un hombre que me había dejado más tocada de lo que yo creía. Era necesario no sólo poner tiempo para superarlo sino también una larga distancia que me impidiera cualquier acercamiento en caso de debilidad por mi parte a aquel hombre que me había herido. Necesitaba una especie de parón en mi vida, un replantearme lo que yo realmente quería hacer, lo que yo buscaba en la vida profesionalmente hablando y por qué no, reflexionar sobre mis relaciones con los hombres, siempre plagadas de problemas. Pero no fue fácil en los primeros momentos. Encontrar trabajo resultó una ardua tarea, buscar un sitio donde vivir tampoco y adaptarme a la diferente forma de ser y actuar de los ingleses tampoco. Todo era distinto a lo que había vivido antes, además de la dificultad añadida de no tener a nadie al que contar las penas para poder desahogarme. Lo cierto es que lentamente todo fue encajando en el puzzle: encontré trabajo en una hamburguesería, que no es que fuese el trabajo de mi vida, pero me daba margen suficiente para tener dinero para vivir y plantearme buscar otro trabajo como profesora de español, que era de lo que yo pretendía ejercer. También encontré, a través de un compañero de trabajo, un pequeño estudio que bien podía haber sido en otra vida una caja de zapatos de segunda mano, dado su reducido tamaño y el olor a sucio de la moqueta ennegrecida que había en el suelo y que fui incapaz de quitar, ni siquiera suplicando a la dueña e intentar convencerla a través de un estudio sobre ácaros, moquetas y alfombras que había encontrado en Internet. Aquella mini morada se componía de lo imprescindible para poder vivir sin más alharacas: una zona de salón-comedor-dormitorio donde se ubicaba una cama de 80 que hacía las veces de sofá y asiento cuando comía, la zona propiamente de la cocina que tan sólo la separaba del salón una estrecha barra que hacía también de aparador, una estantería, un armario diminuto al que jamás pude ver ordenado dada la diferencia entre lo que podía contener y lo que yo quería que contuviera, una mesa baja con la que más de un día me tropecé y un pequeño aseo independiente al que habían tenido el detalle de ponerle una ducha que seguramente la habían robado de una clínica para anoréxicas que jamás se hubieran mirado en el roñoso espejo que había en el baño dado que distaba mucho de irradiar felicidad ajena. Pero en mi pequeño espacio para vivir faltaba algo que jamás hubiera pensado que se obviaría en ningún hogar, y era una lavadora. Fue al buscar piso cuando me di cuenta de ese pequeño detalle: prácticamente en todos los lugares que visitaba brillaba por su ausencia. Al principio rechacé todas las ofertas de alquiler que no dispusieran de aquel útil complemento, pero tras desesperarme completamente por lo que iban viendo mis ojos, me rendí y decidí que, dada la abundancia de lavanderías que había en las calles de Londres, alquilaría un piso algo más decente y llevaría mi ropa a lavar a un sitio público, igual que mi bisabuela había lavado su ropa al lado del río cuando vivía en el pueblo. El pequeño estudio que había alquilado se encontraba en una de las zonas de Londres que eran territorio de los “paquis”, habían pasado ya años desde que los primeros poblaran Londres y lo que allí había era ya una segunda e incluso una tercera generación de los mismos. Siempre me atrajeron los hombres de rostro algo oscuro, mas no negro, y los hindúes y paquis que pasaban a mi lado por las calles de Londres me provocaban un revuelo de emociones en todo mi ser. No me importaba su pequeño tamaño, eran sus ojos de mirada profunda, su cara redondeada y su piel morena los que me revolvían. Mi trabajo terminaba cada día a las 12 de la noche, pero era difícil que jamás saliera antes de la una de madrugada, todo tenía que estar pulcramente recogido y ordenado para la mañana siguiente y nadie podía escaparse hasta que la jefa no nos diera su bendición. Al salir, me encontraba extenuada y el simple aroma a carne, independientemente del animal de que se tratara, me provocaba más de un vómito que tenía que aplacar con unas inspiraciones profundas intentando relajarme. Evidentemente no tardé ni dos meses en cambiar mi dieta carnívora de toda la vida por una dieta vegetariana ausente de todo recuerdo del lugar donde trabajaba. Al llegar a mi casa y hacer una liviana cena apenas me quedaba tiempo siquiera para pensar en mí misma. Poco le podía dedicar a la limpieza de mi hogar pero se hacía inexcusable llevar una vez por semana la ropa a la lavandería de la calle donde yo vivía así que cogía una bolsa grande de basura negra, metía todo lo que debía lavarse y con el hatillo al hombro salía a la calle de madrugada. A pesar de los horarios de los habitantes de la city, la ciudad tenía vida, aunque fuera más sútil. El hecho de que la lavandería estuviera abierta a esas horas era prueba evidente de ello. Cuando llegaba, me embargaba la soledad de las máquinas esperando ser utilizadas. Solía ponerme siempre en la que había al fondo, justo al lado del banco que utilizaba para esperar que el proceso de lavado y secado finalizara. Pero no tardé en disfrutar de compañía al cambiar mi día de visita y coincidir con un hombre atizonado de mirada penetrante y pelo sombrío. Ni siquiera saludó al entrar y verme ya sentada en mi banco de siempre con un libro en la mano. Depositó sus prendas en una lavadora cercana a la mía y sin más, se sentó a mi lado a esperar. Estando acostumbrada a vivir en una tierra sociable donde la gente no sólo se saludaba sino que además, hasta conversaba aunque fuera de temas banales, me sentía algo incómoda con la escena de mutismo absoluto a pesar de la corta distancia que nos separaba. Lo cierto es que me resultaba atractivo, mucho, pero era en esos casos cuando mis feronomas bloqueaban completamente mi cerebro y a pesar de mis ganas de hablar, permanecí en completo silencio como él hasta que mi lavadora finalizó, recogí mi ropa y salí del lugar con un tímido “bye”. Mi encuentro fue suficiente para que mi poderosa imaginación elucubrara mil encuentros con él, cómo empezaríamos a conversar, la primera cita en un café y los besos posteriores. Era fácil, sólo era cuestión de trasvasar la barrera que le imponía el mundo virtual para hacerlo real. Pero nada de eso sucedió. Ni en el segundo encuentro, ni en el tercero. Seguíamos siendo dos completos desconocidos a pesar de conocer al dedillo la ropa interior que cada uno usaba. Fue en una noche excepcional de cielo estrellado cuando todo cambió. Cuando llegué, ya estaba sentado esperando en el banco. Me dirigí a mi lavadora y fui metiendo toda mi ropa poco a poco. A pesar del ruido de su lavadora funcionando oí su respiración tan cerca de mí, que no pude sino volverme. Y ahí estaba él, el hombre sin nombre, a menos de veinte centímetros de distancia de mí. Por un instante sentí miedo y me imaginé que realmente era un ladrón de lavanderías que acechaba a las trabajadoras de las hamburgueserías en un cuidado ritual de cuatro encuentros o un asesino en serie que esa noche tenía que cumplir con su necesidad de matar. Creo que toda mi vida pasó por delante hasta que sentí sus manos en su cadera y sus labios en mi cuello. Me estremecí pero aún fui capaz de dar al botón de “start” y que mi ropa comenzara su lavado. Ni me moví, ni siquiera volví la cabeza para preguntarle qué hacía. De sobra lo sabía, tanto, como que hasta lo había soñado en más de una ocasión en mi pequeño cuarto. Aquel moreno de ojos penetrantes inspeccionó mi cuerpo hasta que fue encontrando sus rincones favoritos: rodeó mis pechos alertas con sus pequeñas manos y las bajó por mi blusa hasta llegar a mi falda. Mi corta falda entre sus manos parecía ser incluso más escasa, pues no tardó en adivinar por su tacto el aspecto de mi sexo. Sentía sus dedos bajó mis bragas y comencé a gemir con algo de timidez. La distancia que nos separaba había desaparecido y podía sentir su miembro erecto frotándose entre mis nalgas. En un instante sentí su calor, mi compañero de lavandería me había bajado mis bragas hasta la rodilla, había subido mi falda por detrás y ahora palpaba a sus anchas los melocotones que se le ponían tan a la vista. Sus caricias me enloquecían de placer, y más cuando sentí que deslizaba su mano desde atrás hacia delante, acariciando toda mi intimidad, ahora a la vista. Me empujó suavemente contra mi lavadora y aclimató su miembro al calor de mi sexo, penetrándome firmemente hasta que me sentí completamente llena. Aquel moreno comenzó un ritmo de empujes constantes, quizás muy parecidos al que marcaba el electrodoméstico, mientras yo, inclinada levemente sobre la lavadora, sentía en toda su plenitud ambas cadencias. Me gustaba sentir bajo mi cuerpo aquellas vibraciones que emitía la lavadora, aumentaban el placer que me proporcionaba mi amigo nocturno. A medida que me embestía, yo dejaba caer mi cuerpo sobre la lavadora, hasta sentir mis pechos sobre ella. Era entonces cuando él me ayudaba a levantarme para poder amasar mis pechos con sus manos. Lo cierto es que mi amigo se tomaba el ataque con calma, quizás quería degustar todo lo que en otros encuentros no habíamos hecho. Nada nos preocupaba que entrara alguien y pudiera vernos. ¿Quién se acuerda de esos pequeños detalles cuando se ha ascendido al Paraíso por unos instantes? Mi compañero sin nombre agarró mis nalgas cual jinete y aceleró sus embestidas mientras yo, apenas recordaba si ya había disfrutado de dos o tres orgasmos. Quizás fueron cuatro. Su montura estaba a su disposición para seguir cuanto quisiera. En esos momentos, mi lavadora había iniciado su proceso de centrifugado y mi amigo, contagiado por el frenético ritmo que le imponían, se dejó llevar hasta que un leve gemido y su calor invadiendo mis entrañas, me anunció que había terminado. También mi ropa estaba lista para ser sacada de allí. Mi compañero en un curioso gesto con su dedo haciéndome una especie de garabatos en mi espalda se apartó de mí y como si nada hubiera pasado, se fue hasta su lavadora a recoger la ropa que hacía unos minutos había finalizado. Me recompuse mis prendas y metí en la bolsa toda la ropa lavada y ya seca aunque arrugada. Me volví para verle pero sorprendentemente se había marchado. Se había ido sin decirme siquiera adiós. Caminé a mi casa pensando en lo raros que eran los insulares, pero con una sensación de bienestar que hacía mucho no tenía. Esa noche dormiría de un tirón a pesar de los ruidos que a veces tenían las cañerías de mi hogar, si se le podía llamar así al lugar donde habitaba. Al llegar a mi casa me desvestí para entrar en la ducha y al mirarme en el espejo pude ver que en mi espalda había escrito a rotulador dos palabras en inglés “See you”. Estaba claro que no sería la última vez que aquel desconocido y yo lavaríamos juntos la ropa…

sábado, 25 de abril de 2009

Dos años de blog

Muchas gracias por estar al otro lado de la red y por leerme. Tan sólo deseo que disfrutéis de mis relatos y que sean capaces de llenaros de deseo.
Besos

Alice Carroll

Los deberes de Mario XI: El comienzo

La conocí ya hace dos años, en aquel bar de un amigo mío en el que me encontraba mejor que en mi propia casa. Las caras ya eran conocidas y la música de mi estilo. Me sorprendió que estuviera sola, pero no parecía importarle. En la barra del bar demostraba más seguridad que todos los que se le querían acercar. Ella les apartaba con un giro negativo de cabeza, una media sonrisa o un “no” rotundo si el candidato se ponía muy pesado. Yo la observaba atentamente. Era alta y delgada, tenía el cabello ondulado y de color castaño claro. Me sorprendieron sus grandes ojos verdes, era difícil no quedarse ensimismado mirándolos.

Me acerqué a la barra y pedí una copa, estaba a dos metros de ella y pensaba cómo podría acercarme sin que fuera otro candidato rechazado. Su vestido negro y corto con un generoso escote era toda una invitación a perderse en un mar de sugerentes pensamientos.

Sentía mi propia excitación dentro de los pantalones. Sabía que tenía que ser cauteloso, que no podía abordarla sin más, tenía que encontrar la mejor manera de poder empezar a hablar con ella y no dejarla indiferente. Pero no se me ocurrió nada más que mirarla intensamente. Su instinto advirtió mis ojos y lejos de sentirse abrumada me sostuvo la mirada.

No sé cuánto tiempo pasó, si fueron apenas unos segundos o varios minutos. Pero sentí toda su fuerza sexual en su mirada, quizás incluso sintió la mía. Sus ojos me hablaban de deseo, de imaginación, de curiosidad. Y sin saber muy bien cómo, me acerqué a ella y le pregunté algo que jamás hubiera dicho a otra mujer sin conocer siquiera su nombre. Ella respondió como yo quería: tras unos segundos algo confusa por aquella pregunta tan directa y extraña, me sonrió y obtuve un “sí” por respuesta.

-Por cierto- dijo ella cuando salíamos del bar en dirección a su apartamento- mi nombre es Alice Carroll. ¿El tuyo?
-Puedes llamarme Mario.

Al entrar en su apartamento lo primero que sentí fue el intenso olor a rosas que había en él. Al encender la luz, pude comprobar que varios ramos de rosas multicolores reposaban en jarrones distribuidos por todo el salón.
-¿Todas esas flores son de tus amantes?

Alice se río pero no contestó, se limitó a acercarse a mí y con su voz sensual me retó al juego que yo le había propuesto en el bar.
-¿No ibas a hacerme tu esclava sexual? ¿Cuándo empiezas?

Sus palabras entraron por mi cerebro y alertaron a todo mi cuerpo excitándolo como hacía tiempo no lo estaba. La besé y recorrí aquel cuerpo que hasta ese momento desconocía disfrutando de sus formas curvilíneas, amasé sus pechos hasta forzarlos a salir de su enconsertado cubículo, subí el vestido por detrás hasta hacer mías sus perfectas nalgas. Saber que no llevaba ropa interior me puso aún más caliente. Alice gemía mientras acariciaba mi cuerpo y me iba desnudando lentamente. Yo empecé mi juego, cogí la tela del escote de su vestido con ambas manos y lo rasgué por completo.
-Te compraré unas rosas para compensarte por el vestido -Dije yo irónicamente.

La abracé y nos tiramos en la alfombra. Mordí suavemente su cuello y ella gimió intensamente. Cogió mi miembro con sus manos y con sus húmedas yemas inspeccionó cada milímetro de él. Aparté su mano y agarrando sus brazos con mi mano derecha, zambullí mis dedos de la otra mano en su sexo, acuoso y cálido. Estaba completamente depilado, algo que me encantaba. Alice se retorció de placer cuando los introduje más profundamente hasta encontrar su punto G. Quería desasirse de mí, pero no podía. Mi miembro ya no podía aguantar fuera de tan cálido lugar así que quité mi mano y de un empujón, la poseí. Alice tenía una cara de intenso placer. Rodeó mi cintura con sus piernas y mi miembro penetró más profundamente hasta sentir que hacía tope. Liberé sus brazos y ella me abrazó, arañando suavemente mi espalda. Levanté sus piernas y la embestí repetidas veces.
-¿Vas a ser mi puta? –Dije yo
-Sí, claro que sí-Dijo ella sin apenas dudarlo.

La insté a que se pusiera a cuatro patas y ella obedeció de inmediato ofreciéndome un hermoso culo que yo agarré con mis manos a modo de asideros para penetrarla de nuevo en aquella posición. Veía sus pechos moverse ante mis embestidas en un espejo que tenía en una de las paredes. Estaba más hermosa así incluso que cuando la conocí en el bar. Sus paredes vaginales se comprimían rítmicamente una y otra vez en compulsivos orgasmos. Sujeté su pelo cual si fuera mi montura y cabalgué hasta que sentí que un torrente de semen salía de mí. Me dejé caer sobre ella cuando sentí que mis piernas ya no me sostenían tras gozar.

Después de unos segundos nos sentamos en la alfombra recuperándonos de la intensa sesión de sexo.

-¿Cuándo te volveré a ver? –Dijo Alice intuyendo que yo era el que ponía las normas.
-Yo te llamo, tendrás que hacer deberes para mí, si no los haces no me volverás a ver.-Contesté yo.
-De acuerdo.

Por primera vez, miré su apartamento con una mayor atención. Me sorprendió ver su mesa llena de papeles escritos a mano, algunos arrugados víctimas de un destino peor.
-¿Y todos esos papeles?
Alice sonrió.
-Soy escritora. Escribo relatos eróticos.
-¿Y son producto de tu imaginación o de tus experiencias? –Pregunté yo intrigado.
-Eso no te lo voy a decir. Tendrás que descubrirlo…
-Lo haré- dije yo levantándome del suelo-

Me despedí de ella con un hasta pronto y volví a casa. Estaba convencido de que había encontrado por fin lo que yo había buscado muchas veces en una cama con una mujer.

La había encontrado a ella.



domingo, 1 de marzo de 2009

El uniforme


A pesar de que todas las mañanas seguía la misma rutina aprendida, no dejaba de sobresaltarme el insolente sonido del despertador avisándome de la necesidad de abrir mis ojos. Me gustaba remolonear unos minutos estirando mis piernas y ocupar el sitio que hacía apenas media hora había dejado mi marido. Aún podía sentir su calor bajo las sábanas. Era mi momento de máxima satisfacción, el tiempo suficiente que necesitaba para desperezarme y mentalizarme positivamente para afrontar un nuevo día. Me forzaba a ello tras dejar mi trabajo al tener mi segundo hijo. No me arrepentía de haber renunciado a mi carrera, pero sabía que me faltaba una dosis de novedad que hiciera que los pequeños problemas diarios, que ahora eran mi principal preocupación, se difuminaran como antes, cuando disponía de una vida profesional que me daba algo más de emoción al día a día.

Me di de nuevo la vuelta y tras comprobar que la luz del día comenzaba a colorear las paredes de mi habitación, miré de nuevo el despertador y me levanté. Necesitaba toda una hora para ducharme, preparar desayunos y almuerzos y conseguir que los niños por fin se sentaran en el coche para irnos todos juntos al colegio. Era mi pequeño momento de estrés en el que tenía que luchar con el sueño de mis hijos y su pereza para vestirse y desayunar. Una vez que los tenía montados y cuando por fin podía acariciar el volante con mis dedos comenzaba a relajarme. Conducir para mí era un auténtico placer y nada podía alterarme del estado semi hipnótico en el que entraba: ni los niños gritándose entre ellos, ni los atascos diarios, ni los eternos semáforos en rojo. Mi cuerpo parecía estar más receptivo a cualquier estímulo externo y mi mente se encontraba por fin despejada y en estado de alerta.

Tras dejar a los niños en el colegio y sufrir la marabunta que se formaba de vehículos mal aparcados y madres nerviosas por no querer llegar tarde, solía volver a casa, no sin antes pasar por el supermercado y hacer la compra diaria, excepto los miércoles, que era el día en que quedaba con otras madres no trabajadoras con las que desayunaba. No es que tuviera nada en común con ellas, pero era casi obligatorio asistir a aquellas reuniones para estar en son de paz con el pequeño grupo que solía manejar las reuniones de la asociación de padres. Realmente no me hubiera importado que los desayunos se repitieran más días entre semana, porque precisamente desde la mesa en la que nos sentábamos, podía observarle a él a través del ventanal con toda claridad. No sé si era su altura y su cuerpo bien formado el que me atraía, la sonrisa con la que solía saludar o más bien su uniforme azul marino impolutamente planchado. Lo cierto es que mientras tomaba mi café y asentía los comentarios de las mujeres que me acompañaban intentando disimular que les prestaba la debida atención, yo miraba extasiada a aquel policía de barrio que patrullaba la calle y que sustituía al viejo policía recién jubilado.

A pesar de llevar una vida relativamente feliz al lado de Julio, mi marido, no podía evitar sentir una feroz atracción por aquel hombre de uniforme. No me bastaba que apareciera en mis sueños nocturnos, a veces su imagen se interponía entre mi marido y yo mientras hacíamos el amor. Cerraba mis ojos y podía verle con la cremallera de sus pantalones bajada, su camisa y chaqueta de color azul desabrochadas enseñando su pecho algo velludo. En mis sueños ni siquiera le quitaba su gorra y sus zapatos. Era precisamente la sensación de estar siendo poseída por un uniforme lo que me sacaba de mis casillas. Le veía sobre mí embistiéndome una y otra vez, mientras acariciaba con su porra de trabajo cada palmo de mi piel haciendo que me estremeciera.

Las imágenes se agolpaban en mi cabeza en ese pequeño rato en el que desayunábamos. Al finalizar y despedirnos hasta la siguiente semana, caminaba lentamente hasta mi coche mientras intentaba buscar una excusa para acercarme a él y entablar una conversación. Pero era incapaz de que se me ocurriera nada y al final arrancaba mi vehículo sin poder evitar sentirme algo frustrada por no haberlo intentado.

Tal era mi desesperación por sentir en mi carne el influjo de una tela almidonada, que un buen día decidí comprar en una tienda de disfraces todo un uniforme de policía local con porra incluida que aproveché para regalárselo a Julio el día de su cumpleaños.

-¿Pero que es esto? –Dijo Julio con sorpresa al ver que realmente el regalo no era un traje sino algo un poco más especial.
-Es un disfraz de policía, ya sabes, para divertirnos un poco por las noches.
-No jorobes Marisa. ¿Quieres que me ponga esto para hacerte el amor? ¿Te has cansado ya de mí y quieres que me parezca a otro?
-No seas gilipollas, si no quieres no te lo pongas, qué más da.

Salí del salón bastante cabreada pensando que mi marido era el hombre más aburrido del mundo que no tenía la más mínima capacidad de innovar en sus relaciones sexuales. Lo cierto es que lo mismo podía pensar él de mí tras largos años de matrimonio y sábados de lecho. Me metí en la cama y me tapé rabiosa intentando olvidarme de todo y cual fue mi sorpresa cuando a los pocos minutos, apareció con el disfraz puesto.

-¡Qué guapo estás! –Dije yo sincera.
Julio se dio unas vueltas de forma teatral mostrando su aspecto general. No era como el policía del colegio, pero me bastaba verle vestido de esa manera para comenzar a excitarme como hacía mucho que no lo hacía. Julio se comenzó a quitar los pantalones y yo de inmediato le frené.
-No, no, no te lo quites, quiero que me folles con el uniforme entero.
Julio me miró por unos segundos intentando reconocerme, pero le caía algo grande que la modosa de su mujer, que jamás había mostrado el más mínimo interés en tener la iniciativa en el sexo, ahora fuera tan espontánea de proponer, exigir y mandar. Pese a todo, Julio obedeció mis órdenes e hicimos el amor.
Pero eso no consiguió satisfacer mis deseos totalmente, esos que ni siquiera yo sabía que tenía y que poco a poco parecían destaparse.

Los días trascurrieron sin novedad. Parecía imposible que el policía del colegio me hiciera el más mínimo caso, es más yo creo que ni siquiera sabía que existía, así que, tras unos pequeños acercamientos sin resultado y comprobar que más que un fogoso policía parecía un pequeño cachorro, desistí definitivamente. Yo necesitaba un hombre que dignificara el uniforme que llevara, que lo llenara con sus músculos y que supiera utilizar la porra en mi beneficio.

Así que tras dar muchas vueltas decidí hacer algo que jamás pensé que haría en la vida: contraté los servicios de un stripper. No sabía lo que me estaba pasando, pero dentro de mí se removía algo que no era capaz de parar ¿Serían las clases de Pilates a las que iba desde hace algún tiempo?

Aproveché un día de cumpleaños de un primo de mis hijos en el que no tenía que recoger a los niños hasta avanzada la tarde. Pietro vino puntual a la cita y vestido como yo le había comentado. Estaba nerviosa porque por primera vez en mi vida iba a serle infiel a mi marido, aunque me justificaba pensando que realmente era una forma de conocerme mejor y de evolucionar en mi vida. Algo se había despertado al lado del colegio de mis hijos y necesitaba saber qué era exactamente, así que tras una pequeña conversación con él, enseguida tomó la iniciativa: aireó mis pechos tras desabrocharme la blusa, me lanzó contra el sofá del salón y bajando insinuantemente su bragueta, me ofreció un maravilloso espectáculo. Desabrochó con parsimonia su camisa al ritmo de la música que había traído para la ocasión, cogió mi mano y me forzó a acariciar su miembro mientras él hacía excitantes movimientos pélvicos hacia detrás y hacia delante. Alzó su porra en su mano derecha y provocó que mi piel se estremeciera con su contacto. Pietro me despojó de toda mi ropa, me incitó a abrir las piernas con aquel instrumento largo y grueso y lo presionó contra mi sexo hasta que mi calentura fue dejándole un pequeño paso, su grosor era considerable, pero parecía que mi excitación superaba todos los problemas. Sacó aquel inesperado pero excitante consolador y me penetró mientras agarraba firmemente mis brazos y mi pecho impidiendo que el aire entrara libremente en mis pulmones. Sentía tal excitación con el salvaje encuentro que me deshice en orgasmos. Pietro movía su cuerpo con un ritmo encomiable, digno de atleta. Aproveché unos instantes de tregua para tirar de su pelo moreno y acariciar su cuerpo maravillosamente formado. Me gustaba su rudeza y el dominio que tenía sobre mi cuerpo y mi voluntad. Me dio la vuelta y me colocó a cuatro patas para envestirme también por detrás. La experiencia fue realmente intensa y sublime, el grosor y la largura del miembro de aquel desconocido consiguieron arrancarme otro dulce orgasmo.

Pietro palmeaba mis nalgas hasta dejarlas encarnadas mientras yo me relamía mientras era azotada por un desconocido disfrazado. Tras marcharse de mi casa, me quedé un rato en la cama intentando averiguar qué es lo que me estaba pasando y por qué no podía encadenar de alguna forma aquellos impulsos que afloraran cada vez más insistentemente. Lo cierto es que era como si alguien que no era yo mandara sobre mí. Cada nueva experiencia cumplida requería una nueva por cumplir.

Seguía con la rutina normal, pero mi parcela de vida “anormal” ocupaba ya gran parte de mi vida. Fue tras mi encuentro con Pietro cuando se me ocurrió que realmente yo también deseaba disfrazarme y deambular por las calles en busca de clientes. Una mañana me dirigí a una tienda de productos eróticos y busqué lo más sugerente e indecente que encontré. No quería salir de casa vestida de esa forma para no ser descubierta casualmente por algún vecino, así que me aproximé a la zona donde yo sabía que paseaban las putas de la ciudad fuera la hora que fuera: en el polígono industrial. Dentro del coche, me vestí y pinte como si fuera una fulana y salí a la calle paseando mi figura con mis altos zapatos de tacón y una faldita tableada que dejaba contemplar por detrás mis pálidas nalgas.

Estaba nerviosa pero me sentía segura dentro de mi nuevo atuendo. A lo lejos se podía ver a alguna mujer, que como yo, paseaba la calle en busca de algún trabajador que se tomara una pausa en su jornada de trabajo. Vestida de esa manera me sentía otra persona y me gustaba comprobar que en mí no sólo habitaba la sosa madre de familia con esposo y fregona sino que habitaba un volcán a punto de explosionar que buscaba cada día nuevas emociones.

Una mano agarrando mi brazo izquierdo me sacó de mis ensoñaciones.
-¿Hola guapa? ¿Qué te parece si te vienes a mi despacho un ratito?
-Claro que sí, encantada.-Respondí de inmediato.

Por un instante me sentí confusa y dudé interiormente, pero algo me impelía a seguirle y terminar lo que había empezado, así que, agarrando su brazo y tocando su paquete mientras soltaba una admiración, le seguí hasta el pequeño despacho donde trabajaba. Cerró la puerta y apoyándome sobre su mesa me instó a abrir la cremallera y llevarme su miembro a la boca. Lo cogí entre mis manos y lo engullí hasta que sentí su glande en mi garganta. Se suponía que era una profesional así que tenía que demostrar una práctica encomiable. Cogí un ritmo continuo de entrada y salida, mientras mis labios giraban en torno a él y mi lengua en punta lamía su tronco. De inmediato comenzó a jadear mientras tiraba de mi pelo adornado con purpurina. Noté la dureza de su miembro en mi paladar y sentí deseos de tenerlo dentro de mí, pero no era yo la que decidía así que seguí degustando su pene hasta que por fin pareció satisfecho, me inclinó sobre la mesa apoyando mi cara sobre ella y de pie, tras ponerse un higiénico preservativo, me clavó su miembro en mi sexo y comenzó a empujarlo en mi interior. No podía creerme que no me reconociera lo más mínimo, lo cierto es que, a pesar de ser mi marido, tampoco yo le reconocía, su comportamiento conmigo, con una puta, no tenía nada que ver con la forma de ser que tenía en casa cuando hacíamos el amor. Era morboso y placentero, me resultaba muy excitante saber que mi marido me ponía los cuernos con una fulana que no era otra que yo.

Julio sacó su miembro y me lo volvió a introducir por detrás, la estrechez habitual del agujero forzó un intenso rozamiento que le hizo gemir más intensamente, a la par que yo, que hacía rato me había abandonado al placer más absoluto. Julio acabó por fin y salió de mí, traté de incorporarme, pero sentía que me temblaban las piernas y tuve que sujetarme a él para no caer al suelo.
-¿Cuánto te debo? –Dijo él sorprendiéndome.
La verdad es que hasta ese momento no había caído en la cuenta del tema monetario. Era algo que hacía por placer, nada más, me resultaba algo difícil cobrar precisamente a mi marido, pero al final, todo quedaba en casa, así que le pedí 50€ que él pagó sin rechistar.

Me despedí de él y, ante su insistencia, le prometí volver en otra ocasión. Mientras caminaba lentamente de vuelta a mi coche, a mi casa y a mi vida normal, pensé que podía haber tiempo para todo, para seguir con la rutina de siempre, para continuar experimentando hasta dónde podían llegar mis ansias de conocer nuevos mundos y para seguir siendo la fulana de mi marido cuando yo deseara…