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sábado, 25 de abril de 2009

Los deberes de Mario XI: El comienzo

La conocí ya hace dos años, en aquel bar de un amigo mío en el que me encontraba mejor que en mi propia casa. Las caras ya eran conocidas y la música de mi estilo. Me sorprendió que estuviera sola, pero no parecía importarle. En la barra del bar demostraba más seguridad que todos los que se le querían acercar. Ella les apartaba con un giro negativo de cabeza, una media sonrisa o un “no” rotundo si el candidato se ponía muy pesado. Yo la observaba atentamente. Era alta y delgada, tenía el cabello ondulado y de color castaño claro. Me sorprendieron sus grandes ojos verdes, era difícil no quedarse ensimismado mirándolos.

Me acerqué a la barra y pedí una copa, estaba a dos metros de ella y pensaba cómo podría acercarme sin que fuera otro candidato rechazado. Su vestido negro y corto con un generoso escote era toda una invitación a perderse en un mar de sugerentes pensamientos.

Sentía mi propia excitación dentro de los pantalones. Sabía que tenía que ser cauteloso, que no podía abordarla sin más, tenía que encontrar la mejor manera de poder empezar a hablar con ella y no dejarla indiferente. Pero no se me ocurrió nada más que mirarla intensamente. Su instinto advirtió mis ojos y lejos de sentirse abrumada me sostuvo la mirada.

No sé cuánto tiempo pasó, si fueron apenas unos segundos o varios minutos. Pero sentí toda su fuerza sexual en su mirada, quizás incluso sintió la mía. Sus ojos me hablaban de deseo, de imaginación, de curiosidad. Y sin saber muy bien cómo, me acerqué a ella y le pregunté algo que jamás hubiera dicho a otra mujer sin conocer siquiera su nombre. Ella respondió como yo quería: tras unos segundos algo confusa por aquella pregunta tan directa y extraña, me sonrió y obtuve un “sí” por respuesta.

-Por cierto- dijo ella cuando salíamos del bar en dirección a su apartamento- mi nombre es Alice Carroll. ¿El tuyo?
-Puedes llamarme Mario.

Al entrar en su apartamento lo primero que sentí fue el intenso olor a rosas que había en él. Al encender la luz, pude comprobar que varios ramos de rosas multicolores reposaban en jarrones distribuidos por todo el salón.
-¿Todas esas flores son de tus amantes?

Alice se río pero no contestó, se limitó a acercarse a mí y con su voz sensual me retó al juego que yo le había propuesto en el bar.
-¿No ibas a hacerme tu esclava sexual? ¿Cuándo empiezas?

Sus palabras entraron por mi cerebro y alertaron a todo mi cuerpo excitándolo como hacía tiempo no lo estaba. La besé y recorrí aquel cuerpo que hasta ese momento desconocía disfrutando de sus formas curvilíneas, amasé sus pechos hasta forzarlos a salir de su enconsertado cubículo, subí el vestido por detrás hasta hacer mías sus perfectas nalgas. Saber que no llevaba ropa interior me puso aún más caliente. Alice gemía mientras acariciaba mi cuerpo y me iba desnudando lentamente. Yo empecé mi juego, cogí la tela del escote de su vestido con ambas manos y lo rasgué por completo.
-Te compraré unas rosas para compensarte por el vestido -Dije yo irónicamente.

La abracé y nos tiramos en la alfombra. Mordí suavemente su cuello y ella gimió intensamente. Cogió mi miembro con sus manos y con sus húmedas yemas inspeccionó cada milímetro de él. Aparté su mano y agarrando sus brazos con mi mano derecha, zambullí mis dedos de la otra mano en su sexo, acuoso y cálido. Estaba completamente depilado, algo que me encantaba. Alice se retorció de placer cuando los introduje más profundamente hasta encontrar su punto G. Quería desasirse de mí, pero no podía. Mi miembro ya no podía aguantar fuera de tan cálido lugar así que quité mi mano y de un empujón, la poseí. Alice tenía una cara de intenso placer. Rodeó mi cintura con sus piernas y mi miembro penetró más profundamente hasta sentir que hacía tope. Liberé sus brazos y ella me abrazó, arañando suavemente mi espalda. Levanté sus piernas y la embestí repetidas veces.
-¿Vas a ser mi puta? –Dije yo
-Sí, claro que sí-Dijo ella sin apenas dudarlo.

La insté a que se pusiera a cuatro patas y ella obedeció de inmediato ofreciéndome un hermoso culo que yo agarré con mis manos a modo de asideros para penetrarla de nuevo en aquella posición. Veía sus pechos moverse ante mis embestidas en un espejo que tenía en una de las paredes. Estaba más hermosa así incluso que cuando la conocí en el bar. Sus paredes vaginales se comprimían rítmicamente una y otra vez en compulsivos orgasmos. Sujeté su pelo cual si fuera mi montura y cabalgué hasta que sentí que un torrente de semen salía de mí. Me dejé caer sobre ella cuando sentí que mis piernas ya no me sostenían tras gozar.

Después de unos segundos nos sentamos en la alfombra recuperándonos de la intensa sesión de sexo.

-¿Cuándo te volveré a ver? –Dijo Alice intuyendo que yo era el que ponía las normas.
-Yo te llamo, tendrás que hacer deberes para mí, si no los haces no me volverás a ver.-Contesté yo.
-De acuerdo.

Por primera vez, miré su apartamento con una mayor atención. Me sorprendió ver su mesa llena de papeles escritos a mano, algunos arrugados víctimas de un destino peor.
-¿Y todos esos papeles?
Alice sonrió.
-Soy escritora. Escribo relatos eróticos.
-¿Y son producto de tu imaginación o de tus experiencias? –Pregunté yo intrigado.
-Eso no te lo voy a decir. Tendrás que descubrirlo…
-Lo haré- dije yo levantándome del suelo-

Me despedí de ella con un hasta pronto y volví a casa. Estaba convencido de que había encontrado por fin lo que yo había buscado muchas veces en una cama con una mujer.

La había encontrado a ella.



domingo, 1 de marzo de 2009

El uniforme


A pesar de que todas las mañanas seguía la misma rutina aprendida, no dejaba de sobresaltarme el insolente sonido del despertador avisándome de la necesidad de abrir mis ojos. Me gustaba remolonear unos minutos estirando mis piernas y ocupar el sitio que hacía apenas media hora había dejado mi marido. Aún podía sentir su calor bajo las sábanas. Era mi momento de máxima satisfacción, el tiempo suficiente que necesitaba para desperezarme y mentalizarme positivamente para afrontar un nuevo día. Me forzaba a ello tras dejar mi trabajo al tener mi segundo hijo. No me arrepentía de haber renunciado a mi carrera, pero sabía que me faltaba una dosis de novedad que hiciera que los pequeños problemas diarios, que ahora eran mi principal preocupación, se difuminaran como antes, cuando disponía de una vida profesional que me daba algo más de emoción al día a día.

Me di de nuevo la vuelta y tras comprobar que la luz del día comenzaba a colorear las paredes de mi habitación, miré de nuevo el despertador y me levanté. Necesitaba toda una hora para ducharme, preparar desayunos y almuerzos y conseguir que los niños por fin se sentaran en el coche para irnos todos juntos al colegio. Era mi pequeño momento de estrés en el que tenía que luchar con el sueño de mis hijos y su pereza para vestirse y desayunar. Una vez que los tenía montados y cuando por fin podía acariciar el volante con mis dedos comenzaba a relajarme. Conducir para mí era un auténtico placer y nada podía alterarme del estado semi hipnótico en el que entraba: ni los niños gritándose entre ellos, ni los atascos diarios, ni los eternos semáforos en rojo. Mi cuerpo parecía estar más receptivo a cualquier estímulo externo y mi mente se encontraba por fin despejada y en estado de alerta.

Tras dejar a los niños en el colegio y sufrir la marabunta que se formaba de vehículos mal aparcados y madres nerviosas por no querer llegar tarde, solía volver a casa, no sin antes pasar por el supermercado y hacer la compra diaria, excepto los miércoles, que era el día en que quedaba con otras madres no trabajadoras con las que desayunaba. No es que tuviera nada en común con ellas, pero era casi obligatorio asistir a aquellas reuniones para estar en son de paz con el pequeño grupo que solía manejar las reuniones de la asociación de padres. Realmente no me hubiera importado que los desayunos se repitieran más días entre semana, porque precisamente desde la mesa en la que nos sentábamos, podía observarle a él a través del ventanal con toda claridad. No sé si era su altura y su cuerpo bien formado el que me atraía, la sonrisa con la que solía saludar o más bien su uniforme azul marino impolutamente planchado. Lo cierto es que mientras tomaba mi café y asentía los comentarios de las mujeres que me acompañaban intentando disimular que les prestaba la debida atención, yo miraba extasiada a aquel policía de barrio que patrullaba la calle y que sustituía al viejo policía recién jubilado.

A pesar de llevar una vida relativamente feliz al lado de Julio, mi marido, no podía evitar sentir una feroz atracción por aquel hombre de uniforme. No me bastaba que apareciera en mis sueños nocturnos, a veces su imagen se interponía entre mi marido y yo mientras hacíamos el amor. Cerraba mis ojos y podía verle con la cremallera de sus pantalones bajada, su camisa y chaqueta de color azul desabrochadas enseñando su pecho algo velludo. En mis sueños ni siquiera le quitaba su gorra y sus zapatos. Era precisamente la sensación de estar siendo poseída por un uniforme lo que me sacaba de mis casillas. Le veía sobre mí embistiéndome una y otra vez, mientras acariciaba con su porra de trabajo cada palmo de mi piel haciendo que me estremeciera.

Las imágenes se agolpaban en mi cabeza en ese pequeño rato en el que desayunábamos. Al finalizar y despedirnos hasta la siguiente semana, caminaba lentamente hasta mi coche mientras intentaba buscar una excusa para acercarme a él y entablar una conversación. Pero era incapaz de que se me ocurriera nada y al final arrancaba mi vehículo sin poder evitar sentirme algo frustrada por no haberlo intentado.

Tal era mi desesperación por sentir en mi carne el influjo de una tela almidonada, que un buen día decidí comprar en una tienda de disfraces todo un uniforme de policía local con porra incluida que aproveché para regalárselo a Julio el día de su cumpleaños.

-¿Pero que es esto? –Dijo Julio con sorpresa al ver que realmente el regalo no era un traje sino algo un poco más especial.
-Es un disfraz de policía, ya sabes, para divertirnos un poco por las noches.
-No jorobes Marisa. ¿Quieres que me ponga esto para hacerte el amor? ¿Te has cansado ya de mí y quieres que me parezca a otro?
-No seas gilipollas, si no quieres no te lo pongas, qué más da.

Salí del salón bastante cabreada pensando que mi marido era el hombre más aburrido del mundo que no tenía la más mínima capacidad de innovar en sus relaciones sexuales. Lo cierto es que lo mismo podía pensar él de mí tras largos años de matrimonio y sábados de lecho. Me metí en la cama y me tapé rabiosa intentando olvidarme de todo y cual fue mi sorpresa cuando a los pocos minutos, apareció con el disfraz puesto.

-¡Qué guapo estás! –Dije yo sincera.
Julio se dio unas vueltas de forma teatral mostrando su aspecto general. No era como el policía del colegio, pero me bastaba verle vestido de esa manera para comenzar a excitarme como hacía mucho que no lo hacía. Julio se comenzó a quitar los pantalones y yo de inmediato le frené.
-No, no, no te lo quites, quiero que me folles con el uniforme entero.
Julio me miró por unos segundos intentando reconocerme, pero le caía algo grande que la modosa de su mujer, que jamás había mostrado el más mínimo interés en tener la iniciativa en el sexo, ahora fuera tan espontánea de proponer, exigir y mandar. Pese a todo, Julio obedeció mis órdenes e hicimos el amor.
Pero eso no consiguió satisfacer mis deseos totalmente, esos que ni siquiera yo sabía que tenía y que poco a poco parecían destaparse.

Los días trascurrieron sin novedad. Parecía imposible que el policía del colegio me hiciera el más mínimo caso, es más yo creo que ni siquiera sabía que existía, así que, tras unos pequeños acercamientos sin resultado y comprobar que más que un fogoso policía parecía un pequeño cachorro, desistí definitivamente. Yo necesitaba un hombre que dignificara el uniforme que llevara, que lo llenara con sus músculos y que supiera utilizar la porra en mi beneficio.

Así que tras dar muchas vueltas decidí hacer algo que jamás pensé que haría en la vida: contraté los servicios de un stripper. No sabía lo que me estaba pasando, pero dentro de mí se removía algo que no era capaz de parar ¿Serían las clases de Pilates a las que iba desde hace algún tiempo?

Aproveché un día de cumpleaños de un primo de mis hijos en el que no tenía que recoger a los niños hasta avanzada la tarde. Pietro vino puntual a la cita y vestido como yo le había comentado. Estaba nerviosa porque por primera vez en mi vida iba a serle infiel a mi marido, aunque me justificaba pensando que realmente era una forma de conocerme mejor y de evolucionar en mi vida. Algo se había despertado al lado del colegio de mis hijos y necesitaba saber qué era exactamente, así que tras una pequeña conversación con él, enseguida tomó la iniciativa: aireó mis pechos tras desabrocharme la blusa, me lanzó contra el sofá del salón y bajando insinuantemente su bragueta, me ofreció un maravilloso espectáculo. Desabrochó con parsimonia su camisa al ritmo de la música que había traído para la ocasión, cogió mi mano y me forzó a acariciar su miembro mientras él hacía excitantes movimientos pélvicos hacia detrás y hacia delante. Alzó su porra en su mano derecha y provocó que mi piel se estremeciera con su contacto. Pietro me despojó de toda mi ropa, me incitó a abrir las piernas con aquel instrumento largo y grueso y lo presionó contra mi sexo hasta que mi calentura fue dejándole un pequeño paso, su grosor era considerable, pero parecía que mi excitación superaba todos los problemas. Sacó aquel inesperado pero excitante consolador y me penetró mientras agarraba firmemente mis brazos y mi pecho impidiendo que el aire entrara libremente en mis pulmones. Sentía tal excitación con el salvaje encuentro que me deshice en orgasmos. Pietro movía su cuerpo con un ritmo encomiable, digno de atleta. Aproveché unos instantes de tregua para tirar de su pelo moreno y acariciar su cuerpo maravillosamente formado. Me gustaba su rudeza y el dominio que tenía sobre mi cuerpo y mi voluntad. Me dio la vuelta y me colocó a cuatro patas para envestirme también por detrás. La experiencia fue realmente intensa y sublime, el grosor y la largura del miembro de aquel desconocido consiguieron arrancarme otro dulce orgasmo.

Pietro palmeaba mis nalgas hasta dejarlas encarnadas mientras yo me relamía mientras era azotada por un desconocido disfrazado. Tras marcharse de mi casa, me quedé un rato en la cama intentando averiguar qué es lo que me estaba pasando y por qué no podía encadenar de alguna forma aquellos impulsos que afloraran cada vez más insistentemente. Lo cierto es que era como si alguien que no era yo mandara sobre mí. Cada nueva experiencia cumplida requería una nueva por cumplir.

Seguía con la rutina normal, pero mi parcela de vida “anormal” ocupaba ya gran parte de mi vida. Fue tras mi encuentro con Pietro cuando se me ocurrió que realmente yo también deseaba disfrazarme y deambular por las calles en busca de clientes. Una mañana me dirigí a una tienda de productos eróticos y busqué lo más sugerente e indecente que encontré. No quería salir de casa vestida de esa forma para no ser descubierta casualmente por algún vecino, así que me aproximé a la zona donde yo sabía que paseaban las putas de la ciudad fuera la hora que fuera: en el polígono industrial. Dentro del coche, me vestí y pinte como si fuera una fulana y salí a la calle paseando mi figura con mis altos zapatos de tacón y una faldita tableada que dejaba contemplar por detrás mis pálidas nalgas.

Estaba nerviosa pero me sentía segura dentro de mi nuevo atuendo. A lo lejos se podía ver a alguna mujer, que como yo, paseaba la calle en busca de algún trabajador que se tomara una pausa en su jornada de trabajo. Vestida de esa manera me sentía otra persona y me gustaba comprobar que en mí no sólo habitaba la sosa madre de familia con esposo y fregona sino que habitaba un volcán a punto de explosionar que buscaba cada día nuevas emociones.

Una mano agarrando mi brazo izquierdo me sacó de mis ensoñaciones.
-¿Hola guapa? ¿Qué te parece si te vienes a mi despacho un ratito?
-Claro que sí, encantada.-Respondí de inmediato.

Por un instante me sentí confusa y dudé interiormente, pero algo me impelía a seguirle y terminar lo que había empezado, así que, agarrando su brazo y tocando su paquete mientras soltaba una admiración, le seguí hasta el pequeño despacho donde trabajaba. Cerró la puerta y apoyándome sobre su mesa me instó a abrir la cremallera y llevarme su miembro a la boca. Lo cogí entre mis manos y lo engullí hasta que sentí su glande en mi garganta. Se suponía que era una profesional así que tenía que demostrar una práctica encomiable. Cogí un ritmo continuo de entrada y salida, mientras mis labios giraban en torno a él y mi lengua en punta lamía su tronco. De inmediato comenzó a jadear mientras tiraba de mi pelo adornado con purpurina. Noté la dureza de su miembro en mi paladar y sentí deseos de tenerlo dentro de mí, pero no era yo la que decidía así que seguí degustando su pene hasta que por fin pareció satisfecho, me inclinó sobre la mesa apoyando mi cara sobre ella y de pie, tras ponerse un higiénico preservativo, me clavó su miembro en mi sexo y comenzó a empujarlo en mi interior. No podía creerme que no me reconociera lo más mínimo, lo cierto es que, a pesar de ser mi marido, tampoco yo le reconocía, su comportamiento conmigo, con una puta, no tenía nada que ver con la forma de ser que tenía en casa cuando hacíamos el amor. Era morboso y placentero, me resultaba muy excitante saber que mi marido me ponía los cuernos con una fulana que no era otra que yo.

Julio sacó su miembro y me lo volvió a introducir por detrás, la estrechez habitual del agujero forzó un intenso rozamiento que le hizo gemir más intensamente, a la par que yo, que hacía rato me había abandonado al placer más absoluto. Julio acabó por fin y salió de mí, traté de incorporarme, pero sentía que me temblaban las piernas y tuve que sujetarme a él para no caer al suelo.
-¿Cuánto te debo? –Dijo él sorprendiéndome.
La verdad es que hasta ese momento no había caído en la cuenta del tema monetario. Era algo que hacía por placer, nada más, me resultaba algo difícil cobrar precisamente a mi marido, pero al final, todo quedaba en casa, así que le pedí 50€ que él pagó sin rechistar.

Me despedí de él y, ante su insistencia, le prometí volver en otra ocasión. Mientras caminaba lentamente de vuelta a mi coche, a mi casa y a mi vida normal, pensé que podía haber tiempo para todo, para seguir con la rutina de siempre, para continuar experimentando hasta dónde podían llegar mis ansias de conocer nuevos mundos y para seguir siendo la fulana de mi marido cuando yo deseara…


domingo, 11 de enero de 2009

Miradas ocultas

Al abrir la puerta sentí que me rodeaba el olor de la pastosa colonia que solía ponerse mi padre cada mañana tras ducharse. El tiempo había trascurrido pero el recuerdo del aroma seguía indemne en mi memoria. La casa parecía la misma a pesar de los años que habían pasado. Los cuadros de siempre, la silla del recibidor con su perpetua cojera puesta de manifiesto tras posar mi abrigo en ella y el espejo con el marco de bronce cuyo reflejo era una burla de la realidad. Mi padre había muerto dos semanas antes y yo había decidido volver a su casa a intentar ordenar los papeles que guardaba, hacer una pequeña limpieza de sus cosas y poner a la venta la vivienda. Eché un vistazo a la casa: su sobrio salón destinado a las pocas visitas que recibía y sus dos dormitorios, uno de ellos, el único con vida, hacía las veces de sala de estar y el otro, destinado a dormir, compuesto de una cama de matrimonio de metro y pico, una mesilla a cada lado, un armario de nogal de tres puertas en la pared izquierda, un pequeño ventanuco que daba a la calle principal situado la pared derecha y en frente de la cama, una gran fotografía en un marco de plata de mis padres el día de su boda. En aquella casa no quedaban recuerdos de mi infancia, habían desaparecido a la par que mi madre cuando mi padre abandonó la gran casa familiar en la que habíamos morado durante lustros. Sabía que tenía mucho trabajo que hacer y pocas ganas de ejecutarlo. Tres cajones abarrotados de papeles de bancos, seguros y títulos de acciones amenazaban mi próximo futuro. Había decidido no irme a un hotel y vivir durante algunos días en la casa de mi padre para poder dedicarme al cien por cien a la ingrata labor. Deseaba solucionar el tema en tres días como mucho y poder regresar a mi hogar. Dejé la maleta en el dormitorio y busqué en la cocina algo para beber. Olía a rancio, a sucio, los azulejos de la cocina lucían opacos y el frigorífico guardaba los últimos alimentos que mi padre había comprado antes de morir: tres huevos posiblemente podridos, un trozo de queso lleno de moho, leche de vaca, una longaniza y varias manzanas que habían sobrevivido pese al tiempo trascurrido. Cogí un vaso algo roto por un borde y me serví un poco de agua, dirigiéndome de inmediato a la salita de estar donde se hallaban los papeles. Me pasé toda la tarde ordenando aquella marabunta de documentos y la pila no había bajado apenas, ya había anochecido y la escasa luz que suministraba la bombilla de bajo consumo no invitaba nada más que a descansar, así que me di una ducha tibia y me fui a la cama, la misma donde había dormido mi padre los últimos años de su vida. No soy supersticioso y no tenía especial reparo en dormir en aquella cama, lo que más recelo me daba, sin embargo, era la fotografía de mis padres mirando fijamente al lecho y por ende a mí. Era incapaz de conciliar el sueño con ellos contemplándome sin descanso, sus miradas no me parecían precisamente amigables, más bien todo lo contrario, era como si me reprocharan el no haberles hecho demasiado caso a ninguno de los dos en vida. Me tumbé sobre un costado, sobre el otro, boca arriba, pero no podía evitar abrir los ojos y verles en la penumbra. La farola del exterior los iluminaba de forma algo tenebrosa y me sentí de repente como si tuviera 30 años menos. Finalmente me tumbé boca abajo e intente pensar en cualquier otra cosa que no fuera en ellos. En ese momento añoré una impersonal habitación de hotel. Fue al cabo de diez minutos cuando empecé a oír extraños ruidos procedentes del piso de al lado. Eran gemidos de una mujer que parecía estar pasándoselo realmente muy bien, los muelles de la cama se movían con un ritmo marcado por sus jadeos. Me concentré en escucharla con todo detenimiento, desvelándome por completo. Aquella mujer alternaba alocados gemidos con suspiros de alivio, quizás provocados por lo que yo intuía podían ser orgasmos. Los gemidos pararon tras diez minutos, el ruido cesó completamente e intuí que la mujer se había dormido, feliz y sosegada tras la lujuria. Su respiración pausada y serena pero fuerte lo advertía. Yo, sin embargo, me sentía francamente excitado, notaba mi pene pulsátil y duro, mi corazón le bombeaba sangre con fuerza y lo sentía a punto de estallar. Empezaban a encajar las piezas. Ahora comprendía el motivo del fallecimiento de mi padre, había muchas probabilidades de que aquella mujer hubiera cometido un homicidio involuntario sin saberlo, su pasión y las finas paredes del inmueble habían precipitado la muerte de mi padre, algo débil del corazón. Sin embargo me sentía feliz por él, había tenido una muerte dulce y gozosa. No había sido tan divertido no obstante, para la portera del inmueble, descubrir su cadáver cuando abrió su puerta, escamada al no obtener respuesta cuando llamó al timbre para bajarle la basura como hacía a diario. Creo que la opinión que tenía de mi padre de hombre serio y respetable cambió definitivamente para siempre, al verle desnudo, empalmado y agarrando con firmeza su miembro. Para seguir manteniendo la misma imagen de él ante la familia simplemente comenté que el motivo de su muerte había sido un infarto repentino por causas desconocidas, una buena excusa que no comprometía a nadie. Tenía calor, me levanté y me desnudé por completo. De pie, mi miembro no daba tregua alguna, lo acaricié y me tumbé de nuevo, pero me sentía extraño, estaba en la cama de mi padre y encima, aquella foto era como una maldición, un instrumento disuasorio de mi excitación, así que al final me dormí sin más. Al día siguiente por la mañana al despertar sentí nauseas y claustrofobia por estar allí y abrí todas las ventanas de par en par. Había tenido extraños sueños en los que se mezclaban la muerte de mi padre, recuerdos de mi infancia y los gemidos de la vecina de al lado. Tenía el cuerpo empapado en sudor, me di una ducha bien fría y bajé a desayunar al bar de la esquina para intentar olvidar aquellos sueños. El día resultó francamente agotador, me dolían los ojos de forzar la visión con las escrituras antiguas de sus propiedades, aquellos delicados papeles amarillentos me parecían tan complicados como extraños jeroglíficos aún sin resolver. Al acostarme, mullí la almohada y guardé silencio justo a la misma hora en la que la noche anterior había escuchado los gemidos. Sabía que lo más seguro era que la mujer no se dedicara a la misma actividad, sin embargo, no tardaron en escucharse de nuevo extraños ruidos. Me podía imaginar a la mujer que moraba en la casa de al lado, una mujer voluptuosa, de caderas prominentes y grandes pechos, vestida con un largo camisón de seda blanca cuasi transparente. Imaginaba su largo pelo y sus rizos cobrizos, sus labios intensamente pintados de rojo y sus ojos enmarcados con un lápiz negro. Su voz era muy sugerente y estaba convencido de que tenía que ser extremadamente viciosa. Intenté poner una imagen a sus gemidos, unos rítmicos movimientos a sus jadeos. Estaba abierta de piernas, tumbada en la cama pero con su cabeza ligeramente fuera de ella, mostrando su largo cabello que caía hasta el suelo. Una de sus piernas estaba apoyada en el colchón y la otra lucía esplendorosa en toda su largura. Tenía la tez blanca como una preciosa pin up de revista. Sus largos dedos acariciaban todo su cuerpo, sus uñas, pintadas de rojo, despertaban el vello por el que pasaba y su pubis, frondoso y enmarañado, escondía su húmedo secreto entre las piernas. Acariciaba su sexo vehementemente, su cabello se mecía en el aire y yo sentía mi pene de nuevo entre las piernas. Lo agarré con mi mano derecha y comencé a moverla hacia arriba y hacia abajo, pero la foto de mis progenitores me castigaba con su mirada, así que me levanté y con ansiedad descolgué el retrato. Cual fue mi sorpresa cuando descubrí que la foto escondía un cristal que mostraba precisamente la mujer de la que era víctima mi imaginación. Ahora estaba ante mí. Por un instante me quedé parado sin saber qué hacer. La contemplé con calma, no era la pin up que me había imaginado, aunque tenía cierto atractivo. Su pelo era largo, pero era negro y liso, su cuerpo no estaba desbordado en curvas y sus uñas no estaban pintadas, tampoco sus labios, pero su pubis era como el que yo me había imaginado y su postura parecía haberla calcado de mi mente. Miré el cristal, era muy oscuro y comprendí que realmente podía no ser más que un espejo al otro lado de la pared. La mujer no se había inmutado lo más mínimo tras descolgar el cuadro así que seguramente no se había percatado de mi presencia. Mi padre había conseguido hacerse un hueco como voyeur. No le culpo, creo que yo hubiera hecho lo mismo si hubiera tenido una vecina tan fogosa como aquella. Ahora podía contemplar a la mujer desde mi asiento preferente, era sin dudarlo, una habitación con vistas a pesar de todo. Desconocía la razón por la que existía esa comunicación entre los dos pisos, quizás había estado siempre y mi padre lo descubrió tras un cuadro o, a lo mejor era él mismo el que, tras haber estado mucho tiempo deshabitado, había aprovechado la ocasión y, usurpando las llaves de la portera, con la que creo se llevaba muy bien, había hecho una pequeña reforma a su antojo para dar una mayor amplitud a su visión. Las explicaciones que me daba, sin embargo, no me convencían, había sido demasiada suerte intuir la futura llegada de aquella mujer, ¿cómo sabía mi padre que no era un hombre el futuro inquilino? Dejé a un lado las preguntas que se agolpaban en mi mente y me dediqué a contemplar la belleza que se me mostraba tan cercana. La mujer había echado a un lado las sábanas y contemplaba sus movimientos en el espejo por el que yo la miraba. Su mano izquierda acariciaba sus pechos y su mano derecha apenas la podía ver, estaba demasiado escondida entre sus piernas. Comencé a masturbar mi miembro de pie, absorto por la imagen de sexo gratuita e inesperada. La mujer se giró hasta que pude contemplar en toda su plenitud sus labios mayores apuntando hacia mí. Poco a poco fue metiendo los dedos en su sexo, de forma cadenciosa, regalándome de vez en cuando la visión del inicio de su oquedad, ahora rojiza, brillante y muy abierta. Jadeaba y se retorcía, dando vueltas sobre sí misma, cada vez más excitada. Yo estaba igual, mis movimientos subieron de ritmo, acaricié mi glande con mi dedo índice lleno de saliva, cogí mis testículos con la mano izquierda y los mimé, arrastrando mi mano hasta el inicio del ano, al cual rocé levemente. Sentí un escalofrío de placer. Todo mi cuerpo tenía la piel erizada y mi mente, completamente bloqueada en ese momento, sólo pensaba en encontrar algo grande para lanzarlo contra el espejo y destrozarlo para poder respirar el aire que emanaba la mujer. Un espasmo unido a un gemido subido de volumen me anunció que había terminado, lo mismo hice yo, sintiendo una paz infinita cuando vertí mi semen por entre mis dedos. La mujer yacía ahora relajada y sonreía al espejo, yo sonreí igualmente a pesar de saber que no era capaz de verme. Cerró sus ojos y en cuestión de segundos se quedó profundamente dormida. Tras lavarme, volví a la habitación, coloqué el retrato de mis padres en un cajón y tras imaginarme a mi padre en la misma situación en la que había estado yo hacía unos minutos, me dormí. Al día siguiente me levanté temprano. Tenía que volver a mi casa y a pesar de que me hubiera gustado pasar otra noche allí y sobre todo, en la habitación de mi padre, mis obligaciones no me lo permitían, así que me puse pronto a ordenar los papeles y coger los más importantes que necesitaba. Estaba tan ensimismado que me sorprendió el timbre de la puerta. Miré la hora: eran ya las seis de la tarde, no me había dado cuenta siquiera de que no había almorzado. Abrí la puerta y me sorprendió ver precisamente a la vecina de al lado. -Perdona que te moleste, es que he oído ruidos y me ha dicho la portera quien eras. Sólo quería decir que siento lo de tu padre-Dijo ella con una voz dulce y suave.- Tu padre era un buen hombre. -Muchas gracias.-Dije yo algo avergonzado-Te invitaría a tomar un café, pero es que no hay nada en la casa. -Genial, así tengo una buena excusa para invitarte a tomarlo en la mía. Me sorprendió su invitación pero la acepté con alivio, por fin tomaría algo caliente, la verdad es que el día anterior había mal comido en el bar de la esquina y la idea de unas pastas acompañando el café me atraía especialmente. María, que así se llamaba ella, me invitó a sentarme en el sofá, agasajándome con todo tipo de bollería variada que admitió mi estómago con muestras de agradecimiento haciéndose notar por medio de extraños ruidos. Hablamos sobre mi padre principalmente y las veces que la había ayudado con la cosa: a colgar una lámpara, a montar una estantería… Me sorprendió la habilidad de mi padre, nunca la demostró mientras vivía con él. Tras el café llegó el brandy y ambos bebimos con ganas. Una extraña atmósfera pareció envolvernos, quizás era el espíritu de mi padre que había vuelto a su hogar, aunque lo dudaba. Lo cierto es que me sentí muy cercana a María, tanto como parecía estar ella de mí. Mi mano acarició su rostro y ella me dio un tierno beso. La abracé en el sofá e inclinando mi cuerpo sobre el suyo, la besé apasionadamente. Ella se mostró tan apasionada como en las sesiones nocturnas, acarició mi cuerpo y se adueñó de mi miembro tras liberarlo de los pantalones. La ropa era un incordio y tardamos apenas dos segundos en desembarazarnos de ella. Cogí sus pechos y acerqué la boca hasta tocar con mi lengua sus pezones. Abrió sus piernas, apretó mi culo entre sus dedos y ahuecó su pelvis invitándome a hacerla suya. Lo hice de inmediato, mi miembro resbaló dulcemente en su interior y sentí un tope en mi glande. Nos movimos al unísono, buscando el máximo placer. Ella gemía incluso con más intensidad que la noche anterior, me tiraba del pelo forzándome a echar mi cabeza hacia atrás. Posé mis manos sobre sus brazos y la inmovilicé, acometiéndola con más fuerza hasta que sentí que mi pene buceaba ahora por una cavidad más estrecha y ella había conseguido gozar. La estrechez del habitáculo hizo que me dejara llevar yo también por el placer, vertiéndome sobre ella e intentando no caerme del sofá. Tras el goce, ahora todo me incomodaba, la estrechez del asiento, un cojín clavándoseme en un riñón, la luz de la lámpara de pie en mi cabeza. Pero mi incomodidad se debía también a que me quedé mudo, no sabía qué decir, no había nada de lo que quisiera hablar con ella en ese momento, fue María la que me sacó del apuro. -¿Te puedo pedir algo? Como tu padre no está… ¿Me podrías ayudar a cambiar una cómoda de lugar? Es de madera maciza y no consigo moverla ni medio milímetro. -Claro, no hay problema. ¿Dónde la tienes? -En el dormitorio-contestó ella- Nos dirigimos desnudos al dormitorio. Mientras ella me mostraba la cómoda a mover yo no pude dejar de contemplar el misterioso cristal que no espejo que daba al dormitorio de mi padre. La habitación de mi padre asomaba tras él mucho más oscura, pero se podían ver perfectamente todos sus enseres. No quise preguntar a María nada que pudiera desvelarme los secretos de mi padre, prefería que se fueran con él para siempre a la tumba. María sonrió, dándose cuenta de mi descubrimiento. -¿Te veré alguna vez más por aquí? –Dijo ella. -Sí, la casa ahora es de mi propiedad y aún me queda mucho por hacer aquí -Contesté sin poder desviar la mirada del mágico cristal.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Los deberes de Mario X: Cena para tres

Cuando Alicia recibió la llamada de Mario explicándole que esa noche serían tres para cenar y no dos se quedó muy intrigada. Mario jamás le había presentado a ninguno de sus amigos, y le resultaba muy extraño que se arriesgara a dar a conocer la relación que ambos tenían y que intentaban permanecer oculta a toda costa. Mario había sido parco en palabras y no le había dado más explicaciones. Alicia pensó que para una noche que su pareja estaba fuera de la ciudad por motivos de trabajo y podía disfrutar de Mario en su casa con más tranquilidad que en otras ocasiones, no le hacía ninguna gracia tener una cena formal con alguien más. A pesar de todo, Alicia se esmeró en la cena, preparándola con antelación para disponer de más tiempo para prepararse convenientemente. En el baño, depiló su pubis con mimo, dejando tan sólo una estrecha franja de vello que guarecía la entrada a su sexo. Le encantaba sorprender a su amante con nueva lencería y para aquella noche se había comprado un sensual corpiño de delicado encaje color azabache. Observó el curioso remate en forma de espiral que unía las copas del sostén, lo acercó a su rostro y percibió la dulce fragancia que emanaba de él, olía a nuevo y le gustó. Se desnudó, y cogiendo una a una las prendas que esa noche vestiría se las fue poniendo lentamente. Observó en el espejo del dormitorio la diminuta tanga cubriendo con tacañería sus nalgas y la rozó mientras imaginaba el cuerpo de Mario sobre ella. El corpiño fue más costoso de poner, los dichosos corchetes se resistían y tuvo que aguantar la respiración una y otra vez para poder abrocharlos. Era sumamente estrecho y apenas podía respirar sin dificultad, pero su cuerpo lucía más insinuante que nunca. Aquella intensa apretura le excitaba, era el corpiño el que, como por arte de magia, avivaba su libido y le hacía estar preparada para pasar una apasionante noche con su amante. Mientras se daba los últimos retoques con el maquillaje, sonó el timbre y Alicia corrió rauda hacia la puerta de entrada. Al abrir, vio a Mario sonriendo y a su lado, a un hombre algo más bajo que él pero de sorprendente parecido con su amante. No quería descubrir sus cartas y trató a Mario como un amigo más, a pesar de que hubiera deseado darle un largo beso y sentir el calor de su cuerpo junto al suyo. Mario presentó a Jorge y a Alicia y ambos se dieron un cordial beso en la mejilla. Alicia sintió que Jorge demoraba sus labios sobre su piel mientras agarraba su cintura con bastante atrevimiento para no conocerse de nada. Este gesto le puso sobre alerta. Quizás Mario no había traído un amigo sino más bien un compañero de juegos en el lecho. Al pensar en ello sintió que su deseo se removía y que su tanga impoluta era la primera en percibirlo. Al darse la vuelta, Jorge se acercó a ella y le subió la cremallera del vestido que, descuidadamente, había olvidado abrocharse. Jorge se recreó en la grata labor mientras reposaba su mano izquierda sobre las nalgas de Alicia. Se estremeció con el contacto, le gustaba que un completo desconocido se excitara acariciando su cuerpo, ya fuera de forma furtiva en un autobús, o de forma notoria como en ese momento. Miró a Mario interrogante, buscando en su mirada el camino que debía tomar esa noche, pero el rostro de su amante no desvelaba las dudas que tenía sobre Jorge. Jorge y Mario se sentaron en la mesa redonda que Alicia había dispuesto para la ocasión y ésta depositó sobre la mesa los canapés que había preparado esa misma tarde. La conversación no fluía en el trío y Alicia optó por poner una suave música de fondo que llenase el incómodo silencio. Sin embargo, fue el vino el mejor aliado de la noche, el alcohol relajó a los tres, su forma de sentarse en torno a la mesa se suavizó y las risas se mezclaron con la música, ahora apenas audible. A la izquierda de Alicia se hallaba Jorge, que cada vez se manifestaba más cariñoso con el supuesto consentimiento de Mario, fiel observador de las reacciones de ella ante las frecuentes aproximaciones de su amigo. Alicia, no obstante, se sentía algo incómoda, le gustaba saber lo que Mario quería de ella, qué pretendía, aunque al ver que no ponía reparo en ver cómo su amigo se acercaba y le acariciaba el rostro mientras hablaba, optó por tomarse otra copa de vino y dejarse llevar por los efluvios alcohólicos y por el deseo. Sintió en el empeine de su pie derecho, los dedos desnudos del pie de Jorge, que cada vez se le notaba más embriagado. El invitado rozó el muslo izquierdo de Alicia con su pierna y resbaló una mano por debajo del vestido. Al notar cómo se acercaba, intentó apartarle, pero Mario cogió su muñeca adivinando sus intenciones y fue él mismo el que le instó a abrir las piernas, subiendo un poco más su vestido. Jorge no dudó un instante en manosear con descaro el interior de los muslos de su anfitriona, la miró con una media sonrisa y mientras mojaba vivamente su labio inferior con la lengua, introdujo los dedos bajo sus bragas y acarició su vulva. Alicia masticaba un trozo del pastel de carne que había preparado mientras, ensimismada, disfrutaba con el acercamiento de Jorge. Disimuló el gesto de placer aunque intuía que Mario se daba perfecta cuenta de lo que estaba pasando bajo la mesa, la conocía demasiado bien. Jorge hablaba mientras recorría su sexo con las yemas de los dedos, abriéndolo ligeramente para sentir la cálida humedad de su grieta. Notaba como poco a poco su sexo se hinchaba y humedecía su tanga. Jorge mojó los dedos en sus paredes internas, carnosas y prietas. Recorrió milímetro a milímetro su jugosa cavidad hasta que encontró un punto en el que Alicia parecía disfrutar más. Estaba tan concentrada en su placer que había perdido el apetito y deseaba que sus dos acompañantes terminaran de una vez para seguir jugando los tres. Ya no mostró reparo en gemir suavemente para que Mario supiera lo caliente que estaba y lo mucho que necesitaba tener un miembro o dos a su disposición. Sólo pensar que iba a ser poseída por dos hombres aquella noche era suficiente para que se excitara. Por un instante sus ojos se toparon con la foto que descansaba sobre la librería y en la cual abrazaba a su novio en la playa. Esta vez había olvidado quitarla de su vista, mirar a su pareja le hacía sentirse culpable de sus continuas infidelidades, pero era algo que no podía evitar. La pasión que sentía por Mario era algo animal, una salvaje atracción de la que no podía zafarse y en la que la razón tenía la partida perdida. Era de él y, pasase lo que pasase, era para siempre. Una cadena invisible la ataba a Mario y nadie podía remediarlo. Tras el postre, Alicia miró inútilmente a Mario buscando un gesto que diera un inicio oficial a la función. Fue Jorge el que se acercó a Alicia por detrás y, levantando su vestido, achuchó sus nalgas con una mano, usando la otra para atacar su pubis por delante. Volvió a mirar a Mario y le rogó en silencio que se acercara, pero Mario se sentó en el sofá y contempló entre divertido y excitado los movimientos de ambos. Jorge arrebató su tanga con relativa facilidad y la despojó de su vestido. Alicia quedó semi desnuda en medio del salón, su corpiño tras la cena la ceñía aún más y sentía que era esclava de aquella prenda de ropa que le incitaba a mostrarse más ardiente y fogosa que nunca. Jorge apretó la pelvis fuertemente contra sus nalgas y Alicia tuvo que posar sus manos sobre la mesa de centro para mantener el equilibrio, tarea nada fácil, sus altos zapatos de tacón, único complemento que acompañaba el corpiño, se lo ponían bastante difícil. Jorge se desnudó apresuradamente y acercando a Alicia hasta la puerta del salón, la empujó ligeramente contra ella mientras palpaba sus formas, resbalando sus manos desde los pechos hasta sus muslos. Alicia buscó a Mario y vio que éste, sorprendentemente, se había marchado de allí. Pensaba que Mario entraría en el juego antes o después, jamás pensó que simplemente le traía a alguien para pasar un buen rato mientras él se ausentaba. Miró a su alrededor y vio que su abrigo había desaparecido. La decepción y la rabia invadieron su interior y pensó que ya no le parecía tan buena idea follar con aquel desconocido sabiendo que Mario no participaría en los juegos. En ese instante, Jorge empotró su miembro dentro de su sexo y comenzó una serie de intensas sacudidas que hicieron olvidar a Alicia lo que hacía unos segundos pasaba por su cabeza. Era imposible pensar en nada más que en degustar las maravillosas sensaciones que le proporcionaba aquel amante que le había regalado Mario. Jorge alternaba sus incursiones de tal manera que algunas eran suaves y cadenciosas y producían en Alicia una especie de espera angustiosa deseando que pronto volvieran los rotundos embistes con los que se sentía completamente fuera de sí. Su glande rozaba frenéticamente su punto g una y otra vez y Alicia, no pudiendo aguantar más, se dejó llevar por las fuertes pulsiones que paralizaron intensamente su cuerpo. Jorge la cogió en brazos y agarrando sus muslos, le introdujo su carnoso miembro mientras Alicia se aferraba a sus brazos y se balanceaba en torno a su fuente de placer. Al llegar al dormitorio, Jorge se tumbó en la cama y pidió a Alicia que se tumbara sobre él. Alicia comenzó a galopar salvajemente sobre su montura, agitando su cuerpo hacia arriba y hacia abajo mientras movía sus caderas de forma circular para sentir en toda su intensidad el pene de Jorge. Cuando estaba de nuevo a punto de perder el control, el calor de un cuerpo sobre su espalda le alertó de la presencia de Mario, que al contrario de lo que ella había pensado, no se había marchado, tan sólo se había escondido, dejando libertad de movimientos a la pareja. Mario empujó a Alicia contra Jorge y pringando su culo con un oloroso aceite, la penetró lentamente. Alicia sentía que se desgarraba, pero poco a poco notó que ambos penes se amoldaban en su interior e incluso parecían complementarse, llenándola por completo. Era maravilloso sentir las embestidas de Jorge y las sacudidas que Mario le imprimía. Se estaba volviendo loca de placer. Justamente en ese momento, el teléfono sonó una y otra vez. La rítmica melodía, que se mezclaba con los ruidos que hacía el somier al moverse el terceto, no mentía, era su novio el que llamaba. Dudó entre coger el teléfono y no hacerlo, pero escogió lo primero para no levantarle sospechas. -Sí, sí, estoy en la cama ya. ¿Qué tal el viaje? A pesar de que Alicia pidió una tregua a sus compañeros de lecho, no se la otorgaron, al contrario, atacaron a Alicia con más ferocidad, divertidos por el mal rato que estaba pasando intentando disimular el intenso goce. -Yo también te quiero, te echo de menos, un beso. Al colgar, Alicia estalló en un fuerte orgasmo, lo había retenido tanto tiempo, que fue uno de los más intensos que había tenido en su vida. Jorge y Mario continuaron follando a Alicia que, agotada, se dejaba llevar cual marioneta por los movimientos de uno y otro. Jorge aumentó el ritmo de sus empujes, eyaculando en Alicia y produciendo a modo de efecto dominó que Mario terminara también. Alicia apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama y dejó que fuera Mario el que despidiera a Jorge. -Encantada Alicia. Espero que mi hermano me llame pronto de nuevo y podamos reunirnos otra vez. Alicia miró a Mario y pensó que jamás comprendería a su amante. Ofrecerla a su hermano demostraba una generosidad fuera de lo común. Ella jamás hubiera compartido a Mario con nadie, y menos con su hermana…

jueves, 16 de octubre de 2008

Café y matemáticas

Era en los atardeceres cuando yo me despertaba. Hasta esa hora de la tarde, mi vida era una sucesiva letanía de hechos rutinarios hasta el bostezo. Me levantaba, preparaba el desayuno a mi marido mientras se duchaba y le daba un beso de despedida cuando se iba a trabajar. Limpiaba la casa, preparaba la comida, me vestía y quedaba con mis supuestas amigas de la urbanización para tomar un café e ir juntas a clases de Pilates. Regresaba a casa y mientras ponía la mesa, veía las noticias esperando a que Esteban volviera. Nada era sorprendente y nada me motivaba. Pensé que ya a mis 46 años me conformaría con aquella existencia baldía con la que se habían conformado mis amigas a las que he llegado a odiar en ocasiones al verlas felices sin tener ningún motivo para ello. Conocía a sus maridos y por mucho que les mirara con buenos ojos, no me parecían seres capaces de lograr ni siquiera su propia felicidad, evidentemente imposible que lograran la ajena. El destino se encargó de cambiarlo todo una tarde de otoño, cuando las gotas de lluvia que estaban cayendo lánguidamente mancharon los cristales de las ventanas que acababa de limpiar. Mi marido me había comentado algo hacía unos días, pero como en otras ocasiones, ni siquiera le había prestado atención. Fue al sonar el timbre de la puerta cuando lo recordé. -Éste debe ser Oscar-dijo mientras se levantaba a abrirle. Me levanté yo también del sofá y vi pasar por delante del salón a aquel muchacho saludándome con una media sonrisa. Esteban y él se encerraron en el despacho y yo me volví a sentar intentando seguir con la lectura del libro que había cogido de la biblioteca esa misma mañana. No fui capaz de seguir. Mis pensamientos viajaron muy lejos en el tiempo pero me resultaban aún tan cercanos que me dolían. Regresaron al momento en que Esteban y yo queríamos tener hijos y no pudimos, la desesperanza y la frustración de los penosos tratamientos de fertilidad, los malos resultados y la rendición final. Mi hijo podía tener ahora la edad de Oscar. Mi marido era profesor de matemáticas en un instituto. Era buen profesor y un buen hombre, tranquilo, pausado y demasiado lógico para ser espontáneo. Jamás me reí con ninguno de sus chistes. Pero a pesar de todo, nos llevábamos relativamente bien, habíamos pasado demasiado cosas juntos como para no hacerlo. Impartía clases a los chicos de segundo de bachillerato y todos decían que era el mejor profesor de matemáticas que había tenido el centro desde hacía tiempo. Fue al empezar el nuevo curso cuando, ante la insistencia de algunos padres y los mismos alumnos, decidió ayudar con clases particulares a los muchachos que eran brillantes en otras asignaturas pero iban más flojos en la materia y querían sacar un buen expediente para optar por la carrera deseada. Oscar era uno de aquellos chicos. Alto y con paso decidido, vestía como un chico más de su edad, vaqueros de cintura baja, camiseta de deporte y zapatillas de marca. Tenía el pelo negro y lo llevaba cuidadosamente despuntado. Sus ojos grandes y marrones lucían con un brillo especial. Sonó el timbre de la puerta cuando aún faltaban diez minutos para terminar la clase. Abrí y encontré al que parecía ser el segundo alumno de esa tarde. A pesar de tener la misma edad que Oscar, Pedro, que así me dijo que se llamaba, parecía todavía un crío con su cara llena de acné, sus rizos castaños y sus gafas oscuras y redondas. Le invité a sentarse en el sofá mientras mi marido terminaba la clase. Pedro era muy tímido así que proseguí con la lectura no acosándole con preguntas para no intimidarle. Por fin finalizaron la clase y Pedro se encerró con mi marido mientras yo despedía a Oscar en la puerta, pero en el exterior tronaba con fuerza y la lluvia caía a borbotones sobre el asfalto. -¿Por qué no te esperas un poco a que escampe? Te invito a un café si quieres. Oscar dudó, pero respondió con un escueto “vale” que fue suficiente para que entrara de nuevo en casa. En la cocina, Oscar seguía mis movimientos y respondía a mis preguntas. Me admiró su madurez y su seguridad, su voz grave me fue envolviendo poco a poco. Por un instante, me sentí como si fuera su madre, me imaginé la rutina de prepararle la merienda, como estaba haciendo en esos momentos. Sentí deseos de darle un tierno beso en la frente, de invitarle a que se quedara a dormir en el cuarto de invitados, el que hubiera sido el dormitorio de nuestro hijo. Mientras estaba absorta con mis pensamientos, me giré para preguntarle cuántas cucharadas de azúcar quería y le vi ruborizarse al verse sorprendido contemplando fijamente mi trasero. Oscar se tomó el café y se fue. Me senté en la silla de la cocina y me quedé mirando sin pestañear la puerta del frigorífico sin poder pensar absolutamente en nada. Estaba completamente obnubilada y de alguna forma, haber ejercido de madre por unos minutos me había servido para sentirme realmente bien. Además, el pequeño descubrimiento de que resultaba apetecible para un hombre joven atizaba mi coquetería femenina, últimamente adormecida por la rutina. Oscar y Pedro venían a casa un día sí y otro no. Con Pedro poco hablaba, es cierto que al ser más niño podía haber ejercido también como madre con él, pero no me llamaba la atención en absoluto. Era Oscar el que me llenaba, me gustaba su olor varonil, sus brazos torneados, sus labios perfectamente delineados, su nuez abultada en el cuello. El café después de la clase se convirtió en acostumbrado y los ratos en los que estábamos juntos eran cada vez mayores. Comencé a arreglarme más para recibir a aquellas visitas, me gustaba verme guapa aún estando en casa. Intercambiamos sensaciones, inquietudes y deseos. Era una terapia que me resultaba plenamente placentera y a Oscar, que había perdido a su madre al cumplir catorce años, intuía que le pasaba lo mismo. Estábamos muy a gusto el uno con el otro. Lo cierto es que cada vez pensaba más en él. Me sorprendieron los celos que sentí cuando me confesó que había conseguido acostarse con una compañera en una fiesta de sábado y no pude contener mi rabia riñéndole como si realmente fuera su madre, diciéndole que no podía acostarse sin más con la primera que pasara por su vida. No quería reconocerlo, pero Oscar me atraía como hombre más que como hijo. No recuerdo cuando me di cuenta de aquel sutil cambio, quizás fue una noche cuando estando con Esteban haciendo el amor, cerré los ojos y me imaginé a Oscar sobre mí, besándome dulcemente y poseyéndome por primera vez. Por la mañana, sentí remordimientos por aquellos tortuosos pensamientos. Mi deseo por él se avivaba al verle, la necesidad de tocarle se hacía imperativa. ¿Pero no ves cuánto te deseo? Me decía a mí misma en silencio. Nuestros cafés pasaron de la cocina al salón. Oscar y yo nos sentábamos uno al lado del otro y con la tenue luz de la lámpara de pie de la esquina hablábamos hasta que, a falta de cinco minutos para que terminara la clase mi marido, él se iba. Cada vez que cerraba la puerta y le despedía, sentía que me desgarraba por dentro, que una parte de mí se esfumaba y que volvía de nuevo a la más absoluta oscuridad. Aquella tarde cuando Oscar se marchó, me fui al baño y delante del espejo, me desnudé imaginando que al otro lado no estaba mi imagen reflejada en él, sino la de Oscar, contemplando cómo me desposeía de mis prendas y me entregaba a él. Acaricié el espejo y besé aquellos labios que me parecieron demasiado fríos al principio, lamí mi imagen para calentarla y al besarlos de nuevo, por fin conseguí imaginarme que eran los de él. Con la camisa desabrochada cayendo por mi espalda, me deshice del sostén y acaricié mis pechos, grandes y hermosos, los achuché y bajé la mano hasta mis piernas. Sin dejar de mirar mi imagen me desabroché los pantalones e introduje mis manos bajo las bragas, eran las de Oscar, grandes y fuertes las que lo hacían. Eran sus dedos los que curioseaban en mis entrañas y los que penetraban mi sexo. Mientras me masturbaba, pude oír a mi marido despidiendo a Pedro y gritando mi nombre mientras me buscaba por la casa. Un “¡estoy aquí!” salió de mis labios con algo de dificultad. Seguí mimando mi sexo hasta que el vaho del baño emborronó mi visión y la que yo me imaginaba de Oscar. Aunque quizás fue el orgasmo que sentí en ese momento el que hizo disminuir mi percepción visual. Fue algo fantástico, hacía mucho que no me masturbaba y casi ni recordaba la facilidad y la intensidad con que se llegaba a la meta. Al siguiente día que Oscar vino, me encontraba algo apurada a su lado, quería disimular en lo posible lo que sentía por él, pero me parecía que mi torpeza de movimientos al estar tan cerca de él me delataba. Mi piel se erizó por un instante cuando me agarró el brazo para contarme un chiste y mi sexo se volvió más presente que nunca. Demasiado para controlarlo, creo que mi cabeza había dejado de funcionar por completo porque si no, no entiendo cómo tuve el valor de acercarme a él y besar sus labios. Oscar, ante aquel gesto por mi parte no se inmutó. Me miró confuso, pero su inercia tendía hacia mí y al ver que me apartaba mientras musitaba un “no sé qué me ha pasado, lo siento” me abrazó y me besó. Fue un beso largo, ardiente y apasionado, pero tierno. Dulcemente tierno. Sentí su respiración fundida con la mía, toqué sus brazos y me gustó su firmeza, sus músculos aún no estaban formados completamente. Acaricié su pelo, tiré de él, besé su cuello y lamí con devoción los lóbulos de sus orejas. Pero no pasamos de ahí, el reloj acechaba la verticalidad y mi marido estaba a punto de salir con Pedro. Sentía mi corazón a punto de estallar y, aunque vi que Oscar quería seguir, le aparté señalándole la hora. Nos despedimos sin más. Con un adiós y sin darnos siquiera un beso. Creo que ambos estábamos pensando lo mismo. Que no había ocurrido nada o quizás sí, pero ambos teníamos cierto temor a reconocerlo. Esa noche me angustié pensando que Oscar quizás no volvería jamás y que se había arrepentido de lo que había hecho. Afortunadamente me equivoqué porque ese miércoles que tenía clase se presentó como siempre. El tiempo que duró la clase con mi marido se me hizo eterna, no podía parar, me levantaba del sofá, me sentaba, caminaba como un león enjaulado por toda la casa esperando que el tiempo trascurriera más deprisa. Por fin Pedro vino y los minutos volaron al lado de aquel insulso muchacho al que esta vez sí que le torturé con mis preguntas. Oscar apareció en el salón y mi marido volvió con Pedro al despacho. Nos quedamos de pie, mirándonos sin saber qué decir, yo no sabía si pedirle perdón, si decirle que había sido un error, así que dejé que mi corazón decidiera por mí y le abracé. Oscar correspondió a mi abrazo y sentí que estábamos de nuevo unidos. Nos besamos y abrazamos con ansiedad. Rocé con mis dedos sus labios, los chupé con delicadeza y lamí su abultada nuez. Palpé sus formas sobre la ropa, estaba tremendamente excitada. Acaricié su cuerpo y un impulso me hizo desabrochar su camisa. Oscar se dejaba hacer por mí. Besé sus pechos, acaricié el vello de su torso, mordisquee su cintura, desabroché sus pantalones y cogí entre mis manos su miembro, completamente erecto para mi deleite. Él seguía algo despistado, creo que temía por Esteban, que nos pillara in fraganti, pero supe que me deseaba cuando me desabotonó con ansiedad mi blusa, bajó mi sostén y se zambulló en mis pechos hambriento de deseo por ellos. Lamió y mordisqueó mis pezones, los succionó una y otra vez y sentí un placentero cosquilleo en ellos, posó su mano entre mis piernas y bajando la cremallera de mis pantalones, resbaló su mano dentro. Su pericia a pesar de los nervios me sorprendió. Yo le deseaba dentro, así que me desabroché por completo y le supliqué que se pusiera encima. Ante su mirada dubitativa, le tranquilicé, Esteban no iba a salir, todavía faltaba media hora para finalizar la clase. Oscar se puso sobre mí y resbaló su miembro en mi interior. Por un momento creí estar en un sueño y no en mi salón, no podía ser cierto que estuviera haciendo el amor con Oscar, pero su pene dentro de mí era algo demasiado real para suponer que no era cierto. Oscar me embistió con fuerza y yo le ayudé, fue corto pero tan intenso que mis ojos se llenaron de lágrimas que resbalaron por mi piel hasta caer en el sofá. Estaba llorando de puro placer, me volvía a sentir viva, Oscar era un soplo de aire fresco en mi existencia. Reposó jadeando unos momentos dentro de mí hasta que por fin consiguió recuperar el resuello y se apartó. Aquellas sesiones de sexo se hicieron habituales, éramos tan descarados, que a veces dejábamos escapar algún que otro gemido que nos hacía volver a la realidad del salón y de mi marido y Pedro a pocos metros de nosotros. No sé lo que había entre nosotros: pasión, amor, enamoramiento, cariño, ternura... No puedo definir mis propias sensaciones. Sé que Oscar se acostaba con alguna compañera de vez en cuando. Yo ya no le preguntaba por ello, no quería saber nada de su vida, me daba demasiado miedo competir con aquellas jóvenes que compartían su vida más que yo. Sabía que tenía unos momentos en los que era completamente mío, suficiente para ser feliz. Con Esteban me sentía bien, ya no sentía mi vida tan rutinaria, había encontrado algo que me daba luz en todos los sentidos. Había conseguido recuperar la ilusión de la sorpresa. Y eso es lo que me llevé. La mayor sorpresa de mi vida una noche en la que no podía dormir y encontré a Esteban masturbándose compulsivamente en el salón mientras contemplaba extasiado en el ordenador los encuentros que habíamos tenido Oscar y yo aquellas tardes. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que aquel cable que había en la librería no estaba conectado a la televisión ni al video sino al ordenador portátil que él tenía siempre en la mesa del salón y que había estado grabándonos con la pequeña webcam que tenía escondida entre unos libros. Regresé silenciosa a la cama sin que Esteban percibiera mi presencia y dejé que siguiera disfrutando con aquellas imágenes. Decidí al taparme con la sábana que si él no había puesto ninguna pega al enterarse de mi relación con Oscar, yo tampoco tendría inconveniente en que siguiera ejerciendo de voyeur con nosotros. Un secreto por otro secreto, algo completamente justo. En ese momento creo que todos éramos algo más felices que antes.

viernes, 26 de septiembre de 2008

La esclava de mi vida

Desde que la vi anunciada en una revista de contactos no pude quitarme su imagen de la cabeza. Me parecía la mujer más perfecta que hubiera existido nunca: sus delicados rasgos, su cabello liso y rubio, sus sorprendentes e hipnóticos ojos verdes y su voluptuoso cuerpo. Me enamoré de ella nada más verla. Pero sabía que aún no podía pretender poseerla, amarla y hacerla mía para siempre. Mi deseo por ella tendría que esperar algún tiempo, era un caro capricho que mi exiguo presupuesto no podía permitirse. Por aquel entonces yo trabajaba como asalariado en un pequeño almacén y los gastos obligados de cada mes casi se llevaban más de la mitad de mis ingresos y no podía darme ningún lujo por muy placentero que pudiera resultarme. Recorté aquella maravillosa imagen, digno boceto de una altiva reina futura protagonista de mis sueños más ardientes y la pegué con cuidado ritual en la desnuda pared del dormitorio del pequeño apartamento de alquiler en el que yo vivía. Tenerla siempre presente en el cabecero de mi cama me servía de diario estímulo para intentar esforzarme lo posible para ser en fechas no muy tardías su propietario. Por ella trabajé duramente en el almacén quedándome a hacer horas extras hasta el desmayo. Al trabajar más y estar más cansado, salía menos, con lo que eso tenía de bueno para mi economía, ya que apenas gastaba nada que no hubiera antes presupuestado en mi cuadernillo donde lo apuntaba todo. Cada noche rozaba su foto con las yemas de mis dedos, le daba un apasionado beso que abarcaba todo su cuerpo y me acostaba, no sin antes dejar volar mi imaginación a un futuro no muy lejano en el que ambos compartiríamos el mismo techo. Me imaginaba mi vida a su lado, las eternas noches de sexo y goce y la pasión que envolvería mi vida para siempre. Por fin lograría ser feliz. Quería bautizar a mi futura compañera con un nombre digno de ella que la describiera en toda su magnitud y que mostrara a su vez, todo lo que era capaz de inspirarme cuando la miraba, pero ninguno me convencía plenamente. No en vano, era la primera vez en mi vida que iba a comprar una esclava y no quería dejar pasar de largo el más mínimo detalle. No deseaba un nombre corriente, nadie que existiera en el mundo podría llegar a acercarse en belleza y encanto a su persona. Poco a poco mi cuenta fue engordando y por fin conseguí el dinero suficiente para comprarme mi esclava, a la que cariñosamente apodé “sin nombre”. Contacté telefónicamente con el proveedor de aquellas sumisas muchachas que habían nacido para dar placer carnal y quedé en ir a recoger la mía esa misma tarde. Estaba deseoso por ejercer de amo y ese pensamiento es el que me provocaba de continuo recurrentes erecciones que ni siquiera pude evitar mientras conducía mi coche al ir a su encuentro. Estaba nervioso, me sudaban las manos y me sentía igual que un inquieto novio que camina ante el altar. Cuando llegué a la dirección que me habían indicado por teléfono, me sorprendí al ver más esclavas, tan bellas o incluso más que mi futura compañera, pero ninguna de ellas había compartido conmigo las noches pasadas de onanismo compulsivo así que me fui directamente al lugar donde mi bella sumisa de rasgos eslavos ya me esperaba. Pagué al vendedor al contado y la llevé a su nuevo hogar. No me importaba, tal y como me advirtió el vendedor, que fuera completamente muda. No necesitaba hablar con ella, ni quería que me preguntara cada tarde si me había ido bien en el trabajo, ni tampoco que me discutiera ninguno de mis comentarios. Yo era el amo y ella mi esclava sumisa, eso era un hecho indiscutible. La había comprado para follarla hasta la extenuación, hacerla mía y poseerla cuando a mí me apeteciera. No podía existir mayor placer para mí. Sus deseos irían ligados desde ese momento a los míos, su placer sería mi propio placer y mis apetitos carnales, la causa de su existencia. Cuando llegué a casa, la despojé impaciente de la túnica negra que tapaba su cuerpo y sin poder esperar siquiera a desvestirme, la tumbé en la cama, bajé la bragueta de mis pantalones y la desvirgué para siempre sin contemplaciones. El placer de poseer por primera vez a mi esclava fue insuperable, jamás había conseguido encontrar a ninguna mujer que se plegara a mis órdenes como ella lo hacía y sentir que la había encontrado elevó mi ego maltratado tanto por el paso de los años como por aquellas mujeres que había conocido y me habían destrozado psicológicamente. Mi esclava ni se inmutó, había aprendido cómo debía comportarse y se dejó hacer. Me sentí un triunfador por primera vez en mi vida, atractivo, fuerte y poderoso. Estaba pletórico gracias a ella. Mi muda esclava seguía al pie de la letra y con una obediencia encomiable, todos mis mandatos. Su presencia disparaba mi imaginación y cada tarde, cuando llegaba a casa tras una dura jornada de trabajo, solía esperarme desnuda a cuatro patas como una montura fiel sobre la alfombra de rallas azules de mi salón. Ver sus labios mayores, entrever la abertura de mi pozo de los deseos y contemplar sus pechos eran suficientes motivos para no perder ni un solo segundo y poseerla sin dilación. Intentaba controlar mis eyaculaciones para disfrutar lo máximo posible, pero sus apreturas me producían tempranas sacudidas en todo mi ser. A medida que fueron pasando los días me resultó insuficiente disfrutar de ella a escondidas en mi casa, quería presumir de mi esclava y comenzamos a salir de excursión en mi coche, habitualmente elegíamos el bosque como destino. Allí, entre los árboles y con el excitante riesgo de ser descubiertos, hacíamos el amor. Mi esclava a la luz del sol me resultaba todavía más atractiva. Casualmente leyendo una revista que acababa de comprar en el quiosco de la esquina de mi casa, encontré un artículo en el que se hacía referencia precisamente a la historia de un pequeño pueblo de Puerto Rico llamado Vieques, poblado en el siglo XIX por un sinfín de esclavas. En el reportaje se daba el listado de los nombres de aquellas mujeres esclavizadas en esa época, leí la lista de corrido y de inmediato encontré el nombre que estaba buscando: Matumissa. Me parecía exótico, original y estaba dotado de una maravillosa musicalidad, era un nombre digno de mi bella esclava. Matumissa se convirtió en el centro de mi vida. Creo que poco a poco aprendí a amarla. Me gustaba su ausencia de iniciativa, de voz y su total rendición a mis deseos. Cuando llegó el invierno, volvimos a recluirnos en casa y disfrutábamos de las largas noches de invierno abrazados en la cama. Me gustaba sentir sus pechos desnudos en mi torso y rozar sus suaves piernas. Enredaba su pelo entre mis dedos y su relajante olor me adormecía hasta que caía por fin en un profundo sueño. La desbordada imaginación y la inspiración de tenerla hicieron que me convirtiera en un adicto comprador de productos eróticos. Mi arsenal de esposas, látigos y todo tipo de artículos sadomasoquistas era impresionante, tanto, que tuve que hacer limpieza por primera vez en mi casa para hacerles hueco. Me tomaba mi tiempo cada noche en elegir el instrumento que utilizaría con ella. Disfrutaba atando a mi sumisa esclava a la cama, azotarla sin compasión con uno de aquellos coloridos látigos para posteriormente follarla hasta el desmayo. Pero al igual que comencé a amarla también comencé a enfermar de celos. Me volvía loco pensando por las mañanas mientras trabajaba en la posibilidad de que tuviera un amante a escondidas. Al llegar a casa necesitaba demostrar mi pleno dominio sobre ella y la poseía en el suelo, atándola fuertemente con una maroma a una pata de la cama, mientras azotaba sus desnudos glúteos una y otra vez a modo de castigo para ella y de goce para mí. Pasaron los meses y ocurrió algo en mi vida que descabaló mi existencia para siempre: comencé a relacionarme con Nuria, una compañera de trabajo con la que compartía aficiones comunes. A la hora del desayuno nos encontrábamos en los servicios de las oficinas del trabajo para demostrarnos nuestra pasión. Nuria me sorprendió por su capacidad de sumisión y su necesidad de que yo guiara su placer, casi de forma semejante a como yo lo hacía con Matumissa. Nuestros encuentros en los servicios se convirtieron en una de mis mayores fuentes de placer. Tenía una nueva esclava, ahora mi favorita, y lo mejor es que no había pagado absolutamente nada por ella. Pero en casa las cosas ya no fueron igual que siempre. Pude percibir en Matumissa un cambio de actitud. Notaba su mirada fría y rencorosa, tan distante que se me ponían los pelos de punta. Creo que sospechó desde el primer día que le era infiel. Mi capacidad para doblegarla disminuyó de día en día, intuía que la fuerza que yo perdía le daba más vida a ella. Cuando llegaba a casa, sus ojos fijos en mí conseguían acongojarme hasta tal punto, que comencé a temerla. No sólo eso, incluso mis relaciones con mi compañera también se vieron afectadas. Me sentía culpable de estar con otra mujer que no fuera mi esclava, parecía que una invisible cadena había unido nuestras vidas de tal manera que llegué a pensar que posiblemente la muerte fuera la única forma de recuperar mi perdida libertad. Tenía que matar a Matumissa, para sobrevivir yo, acabar con aquellos ojos que me torturaban cada noche, los mismos que antiguamente me habían parecido tan maravillosos. Acabaría con ella para siempre, ya no deseaba ser su amo, porque realmente había dejado de serlo el mismo día que le dejé de ser fiel. Ahora quería romper las cadenas y volver a tener una vida normal. Aquella noche cogí el cuchillo más grande que encontré en el cajón de los cubiertos de la cocina, me dirigí al dormitorio donde ya estaba ella en la cama esperando mi llegada y se lo clavé una y otra vez. Sentí que la debilidad se apoderaba de mis músculos. La miré y pude comprobar que había muerto. Mi muñeca de silicona quedó completamente destrozada, trozos de su cuerpo quedaron esparcidos por toda la estancia y un frío mortal inundó mi ser. En ese instante sentí un infinito vacío y un total arrepentimiento por el daño cometido, jamás volvería a tener en mis brazos a mi dulce esclava siliconada, jamás volvería a hacer el amor con ella, a besarla y a quedarme embelesado con sus ojos. Me di cuenta sin embargo de que ni siquiera su muerte había logrado que yo recuperara mi independencia, que al comprarla había sellado un vínculo eterno del que no me podría zafar jamás. Miré el cuchillo y obedecí aquellas voces interiores que me impelían a seguir con ella, convenciéndome de que era lo mejor para ambos. ¿Qué más daba que nuestra unión fuera en vida o en muerte?