viernes, 26 de septiembre de 2008

La esclava de mi vida

Desde que la vi anunciada en una revista de contactos no pude quitarme su imagen de la cabeza. Me parecía la mujer más perfecta que hubiera existido nunca: sus delicados rasgos, su cabello liso y rubio, sus sorprendentes e hipnóticos ojos verdes y su voluptuoso cuerpo. Me enamoré de ella nada más verla. Pero sabía que aún no podía pretender poseerla, amarla y hacerla mía para siempre. Mi deseo por ella tendría que esperar algún tiempo, era un caro capricho que mi exiguo presupuesto no podía permitirse. Por aquel entonces yo trabajaba como asalariado en un pequeño almacén y los gastos obligados de cada mes casi se llevaban más de la mitad de mis ingresos y no podía darme ningún lujo por muy placentero que pudiera resultarme. Recorté aquella maravillosa imagen, digno boceto de una altiva reina futura protagonista de mis sueños más ardientes y la pegué con cuidado ritual en la desnuda pared del dormitorio del pequeño apartamento de alquiler en el que yo vivía. Tenerla siempre presente en el cabecero de mi cama me servía de diario estímulo para intentar esforzarme lo posible para ser en fechas no muy tardías su propietario. Por ella trabajé duramente en el almacén quedándome a hacer horas extras hasta el desmayo. Al trabajar más y estar más cansado, salía menos, con lo que eso tenía de bueno para mi economía, ya que apenas gastaba nada que no hubiera antes presupuestado en mi cuadernillo donde lo apuntaba todo. Cada noche rozaba su foto con las yemas de mis dedos, le daba un apasionado beso que abarcaba todo su cuerpo y me acostaba, no sin antes dejar volar mi imaginación a un futuro no muy lejano en el que ambos compartiríamos el mismo techo. Me imaginaba mi vida a su lado, las eternas noches de sexo y goce y la pasión que envolvería mi vida para siempre. Por fin lograría ser feliz. Quería bautizar a mi futura compañera con un nombre digno de ella que la describiera en toda su magnitud y que mostrara a su vez, todo lo que era capaz de inspirarme cuando la miraba, pero ninguno me convencía plenamente. No en vano, era la primera vez en mi vida que iba a comprar una esclava y no quería dejar pasar de largo el más mínimo detalle. No deseaba un nombre corriente, nadie que existiera en el mundo podría llegar a acercarse en belleza y encanto a su persona. Poco a poco mi cuenta fue engordando y por fin conseguí el dinero suficiente para comprarme mi esclava, a la que cariñosamente apodé “sin nombre”. Contacté telefónicamente con el proveedor de aquellas sumisas muchachas que habían nacido para dar placer carnal y quedé en ir a recoger la mía esa misma tarde. Estaba deseoso por ejercer de amo y ese pensamiento es el que me provocaba de continuo recurrentes erecciones que ni siquiera pude evitar mientras conducía mi coche al ir a su encuentro. Estaba nervioso, me sudaban las manos y me sentía igual que un inquieto novio que camina ante el altar. Cuando llegué a la dirección que me habían indicado por teléfono, me sorprendí al ver más esclavas, tan bellas o incluso más que mi futura compañera, pero ninguna de ellas había compartido conmigo las noches pasadas de onanismo compulsivo así que me fui directamente al lugar donde mi bella sumisa de rasgos eslavos ya me esperaba. Pagué al vendedor al contado y la llevé a su nuevo hogar. No me importaba, tal y como me advirtió el vendedor, que fuera completamente muda. No necesitaba hablar con ella, ni quería que me preguntara cada tarde si me había ido bien en el trabajo, ni tampoco que me discutiera ninguno de mis comentarios. Yo era el amo y ella mi esclava sumisa, eso era un hecho indiscutible. La había comprado para follarla hasta la extenuación, hacerla mía y poseerla cuando a mí me apeteciera. No podía existir mayor placer para mí. Sus deseos irían ligados desde ese momento a los míos, su placer sería mi propio placer y mis apetitos carnales, la causa de su existencia. Cuando llegué a casa, la despojé impaciente de la túnica negra que tapaba su cuerpo y sin poder esperar siquiera a desvestirme, la tumbé en la cama, bajé la bragueta de mis pantalones y la desvirgué para siempre sin contemplaciones. El placer de poseer por primera vez a mi esclava fue insuperable, jamás había conseguido encontrar a ninguna mujer que se plegara a mis órdenes como ella lo hacía y sentir que la había encontrado elevó mi ego maltratado tanto por el paso de los años como por aquellas mujeres que había conocido y me habían destrozado psicológicamente. Mi esclava ni se inmutó, había aprendido cómo debía comportarse y se dejó hacer. Me sentí un triunfador por primera vez en mi vida, atractivo, fuerte y poderoso. Estaba pletórico gracias a ella. Mi muda esclava seguía al pie de la letra y con una obediencia encomiable, todos mis mandatos. Su presencia disparaba mi imaginación y cada tarde, cuando llegaba a casa tras una dura jornada de trabajo, solía esperarme desnuda a cuatro patas como una montura fiel sobre la alfombra de rallas azules de mi salón. Ver sus labios mayores, entrever la abertura de mi pozo de los deseos y contemplar sus pechos eran suficientes motivos para no perder ni un solo segundo y poseerla sin dilación. Intentaba controlar mis eyaculaciones para disfrutar lo máximo posible, pero sus apreturas me producían tempranas sacudidas en todo mi ser. A medida que fueron pasando los días me resultó insuficiente disfrutar de ella a escondidas en mi casa, quería presumir de mi esclava y comenzamos a salir de excursión en mi coche, habitualmente elegíamos el bosque como destino. Allí, entre los árboles y con el excitante riesgo de ser descubiertos, hacíamos el amor. Mi esclava a la luz del sol me resultaba todavía más atractiva. Casualmente leyendo una revista que acababa de comprar en el quiosco de la esquina de mi casa, encontré un artículo en el que se hacía referencia precisamente a la historia de un pequeño pueblo de Puerto Rico llamado Vieques, poblado en el siglo XIX por un sinfín de esclavas. En el reportaje se daba el listado de los nombres de aquellas mujeres esclavizadas en esa época, leí la lista de corrido y de inmediato encontré el nombre que estaba buscando: Matumissa. Me parecía exótico, original y estaba dotado de una maravillosa musicalidad, era un nombre digno de mi bella esclava. Matumissa se convirtió en el centro de mi vida. Creo que poco a poco aprendí a amarla. Me gustaba su ausencia de iniciativa, de voz y su total rendición a mis deseos. Cuando llegó el invierno, volvimos a recluirnos en casa y disfrutábamos de las largas noches de invierno abrazados en la cama. Me gustaba sentir sus pechos desnudos en mi torso y rozar sus suaves piernas. Enredaba su pelo entre mis dedos y su relajante olor me adormecía hasta que caía por fin en un profundo sueño. La desbordada imaginación y la inspiración de tenerla hicieron que me convirtiera en un adicto comprador de productos eróticos. Mi arsenal de esposas, látigos y todo tipo de artículos sadomasoquistas era impresionante, tanto, que tuve que hacer limpieza por primera vez en mi casa para hacerles hueco. Me tomaba mi tiempo cada noche en elegir el instrumento que utilizaría con ella. Disfrutaba atando a mi sumisa esclava a la cama, azotarla sin compasión con uno de aquellos coloridos látigos para posteriormente follarla hasta el desmayo. Pero al igual que comencé a amarla también comencé a enfermar de celos. Me volvía loco pensando por las mañanas mientras trabajaba en la posibilidad de que tuviera un amante a escondidas. Al llegar a casa necesitaba demostrar mi pleno dominio sobre ella y la poseía en el suelo, atándola fuertemente con una maroma a una pata de la cama, mientras azotaba sus desnudos glúteos una y otra vez a modo de castigo para ella y de goce para mí. Pasaron los meses y ocurrió algo en mi vida que descabaló mi existencia para siempre: comencé a relacionarme con Nuria, una compañera de trabajo con la que compartía aficiones comunes. A la hora del desayuno nos encontrábamos en los servicios de las oficinas del trabajo para demostrarnos nuestra pasión. Nuria me sorprendió por su capacidad de sumisión y su necesidad de que yo guiara su placer, casi de forma semejante a como yo lo hacía con Matumissa. Nuestros encuentros en los servicios se convirtieron en una de mis mayores fuentes de placer. Tenía una nueva esclava, ahora mi favorita, y lo mejor es que no había pagado absolutamente nada por ella. Pero en casa las cosas ya no fueron igual que siempre. Pude percibir en Matumissa un cambio de actitud. Notaba su mirada fría y rencorosa, tan distante que se me ponían los pelos de punta. Creo que sospechó desde el primer día que le era infiel. Mi capacidad para doblegarla disminuyó de día en día, intuía que la fuerza que yo perdía le daba más vida a ella. Cuando llegaba a casa, sus ojos fijos en mí conseguían acongojarme hasta tal punto, que comencé a temerla. No sólo eso, incluso mis relaciones con mi compañera también se vieron afectadas. Me sentía culpable de estar con otra mujer que no fuera mi esclava, parecía que una invisible cadena había unido nuestras vidas de tal manera que llegué a pensar que posiblemente la muerte fuera la única forma de recuperar mi perdida libertad. Tenía que matar a Matumissa, para sobrevivir yo, acabar con aquellos ojos que me torturaban cada noche, los mismos que antiguamente me habían parecido tan maravillosos. Acabaría con ella para siempre, ya no deseaba ser su amo, porque realmente había dejado de serlo el mismo día que le dejé de ser fiel. Ahora quería romper las cadenas y volver a tener una vida normal. Aquella noche cogí el cuchillo más grande que encontré en el cajón de los cubiertos de la cocina, me dirigí al dormitorio donde ya estaba ella en la cama esperando mi llegada y se lo clavé una y otra vez. Sentí que la debilidad se apoderaba de mis músculos. La miré y pude comprobar que había muerto. Mi muñeca de silicona quedó completamente destrozada, trozos de su cuerpo quedaron esparcidos por toda la estancia y un frío mortal inundó mi ser. En ese instante sentí un infinito vacío y un total arrepentimiento por el daño cometido, jamás volvería a tener en mis brazos a mi dulce esclava siliconada, jamás volvería a hacer el amor con ella, a besarla y a quedarme embelesado con sus ojos. Me di cuenta sin embargo de que ni siquiera su muerte había logrado que yo recuperara mi independencia, que al comprarla había sellado un vínculo eterno del que no me podría zafar jamás. Miré el cuchillo y obedecí aquellas voces interiores que me impelían a seguir con ella, convenciéndome de que era lo mejor para ambos. ¿Qué más daba que nuestra unión fuera en vida o en muerte?

sábado, 13 de septiembre de 2008

Las aspirinas de Matilde


Como cada mañana a las 10 en punto exactamente, Matilde llegó a la farmacia. Con esfuerzo subió la puerta metálica que protegía el escaparate, metió la llave en la cerradura y se hizo el propósito de llamar ese mismo día al cerrajero para que le echara un vistazo y la arreglara de una maldita vez. Encendió las luces del interior y se colocó la bata que dejaba siempre detrás de la puerta del pequeño garito que le servía a su vez de almacén y sala de estar para pasar los ratos de soledad en los que nadie entraba a comprar.

Miró su rostro reflejado en el cristal de la vitrina donde guardaba las cremas de belleza y se notó algo cansada. Había dormido mal y estaba nerviosa, su cabeza no paraba de dar vueltas a las mismas ideas que recurrentes saturaban su cabeza de pensamientos negativos. Su cumpleaños había pasado sin pena ni gloria, otro más, el tiempo iba pasando pero su vida no había cambiado en absoluto. Seguía haciendo las mismas cosas que hacía diez años atrás, cuando su padre le dejó en herencia la farmacia del pueblo en el que había vivido en su infancia. No podía dejar de pensar si la vida que ahora llevaba en aquel pequeño pueblo era simplemente un error, un dejarse llevar por una rutina que a veces le resultaba asfixiante. Después de una corta relación con un chico con el que no llegó a nada, principalmente en el plano sexual, no había conocido a nadie más. ¿A quién iba a conocer en aquel pueblo aislado por aquella complicada carretera de montaña plagada de ciclistas? Más de un dominguero había tenido que atender tras sufrir un colapso de puro agotamiento al llegar hasta la cumbre. ¿Pero acaso no leía ninguno el cartel que anunciaba que se trataba de un puerto de primera categoría? Ojalá se fijara en ella alguno de aquellos aguerridos deportistas, esos que sí conocían el camino y llegaban con sus fuerzas casi intactas.

La puerta se abrió y Matilde saludó al muchacho de la cooperativa de farmacia que de forma puntual le suministraba los pedidos. Era alto y desgarbado, tendría unos cinco años menos que ella o quizás más. Siempre se mostraba atento y servicial pero jamás le miró de la manera que le hubiera gustado a ella, hacía mucho que no sentía que la mirara ningún hombre. Lo cierto es que la rutina le había hecho remolona a la hora de arreglarse, era limpia y aseada pero nada coqueta, ropa amplia y cómoda, demasiado otoñal para su edad. En aquella pequeña prisión de montaña tampoco le hubiera servido de nada. Se recolocó sus gafas de pasta negra mientras despedía al muchacho y le miró sus pantalones vaqueros caídos que dejaban asomar sus calzoncillos rayados. Tenía un buen culo, pensó. Por un instante sintió que una pequeña oleada de calor que subía hasta sus mejillas, puso sus frías palmas sobre ellas y poco a poco su temperatura descendió.

Comenzó a abrir los paquetes de medicamentos y colocó cada medicina en el sitio correspondiente: antiinflamatorios y antitérmicos a la derecha, antibióticos en la vitrina de la izquierda, los productos de parafarmacia en la vitrina central y los preservativos en la mesa acristalada que hacía de mostrador. Ese siempre era el mejor sitio para cuando venía algún mozo que había pillado a alguna muchacha para llevársela al huerto esa noche. Ojalá en vez de venderlos los usara, pensó con resignación. Sólo le quedaba el consuelo diario del onanismo bajo las frías sábanas de su cama. Sabía cual había sido su problema desde que era una chiquilla, su tremenda timidez, su imposibilidad de hablar con los hombres y mostrar cómo era. Odiaba su timidez tanto que se sentía capaz de vender su alma al diablo con tal de que se la quitara.

Aquella fría mañana de otoño parecía que no quería acercarse nadie a comprar. Posiblemente en unos días los fríos provocarían el inicio de los primeros catarros y ella se hartaría de vender antigripales. Miró la calle a través de su escaparate y vio que por fin el local que había estado en obras durante dos meses abría sus puertas. Era una completa insensatez poner un herbolario en aquel pueblo y más cuando iba a tener como vecina y rival una farmacia. Matilde no creía ni en ungüentos ni en magias y menos en aquellos hierbajos que pretendían vender. Miró al hombre que una y otra vez salía de la tienda observando el aspecto de su escaparate. Era alto y delgado, de tez blanca y poco pelo. Tenía unas espectaculares entradas, su inicio era su frente y su fin prácticamente su nuca. Por un instante, el hombre se dio la vuelta y sorprendentemente caminó en dirección a la puerta de su farmacia. Matilde se colocó de inmediato tras el mostrador y simuló actividad.
-¡Buenos días! –Dijo con una inusitada alegría su nuevo vecino- Soy Domingo, el dueño del herbolario. Quería presentarme antes de abrir, hoy es mi primer día.
-¿Qué tal?- dijo Matilde con una media sonrisa intentando concentrarse en no dejar a relucir su timidez. Domingo chocó su mano con la suya y le pareció suave y firme, tenía los dedos largos y cálidos. Un perfume de incienso empapó sus fosas nasales y sintió por un instante un relajante bienestar.

Domingo hablaba sin prisas y miraba sus ojos sin apenas parpadear, le resultaba tremendamente inquietante, era como si quisiera escudriñar cada uno de los recovecos de su alma. Mientras hablaba y preguntaba a Matilde sobre el pueblo, tocaba su brazo de forma algo intimidatoria para lo que ella estaba acostumbrada, mostrándole la seguridad de la que ella carecía. Matilde contestaba con frases cortas y a pesar de que pretendía ser lo más cortés posible, sentía que estaba siendo tan seca como alguno de los habitantes de aquel pueblo cuando no tenían ganas de hablar con nadie. Al final, todo se pega, hasta la forma de ser de todo un pueblo.

Domingo le volvió a dar la mano a modo de despedida y cuando ya estaba a punto de irse, paró y dio media vuelta.
-Se me olvidaba: ¿me puedes dar una caja de aspirinas?
-¿Un hombre dedicado al negocio de las hierbas y usa química para el dolor? Es un poco difícil de entender-dijo ella.
-No, no, son para mis flores, yo no tomo esas cosas-contestó sonriendo él-Dime cuanto es.
-Nada, son un regalo de la casa-dijo Matilde sorprendiéndose a sí misma por su amabilidad.
-Muchas gracias, pero espera un momento... Un regalo se merece otro.

Domingo salió corriendo de la farmacia en dirección a su tienda. Matilde se puso de puntillas intentando ver lo que hacía en el interior y al cabo de dos minutos le vio salir de nuevo. Entró en la farmacia y depositó sobre su mano una pequeña bolsa de plástico transparente con media docena de pastillas de color rojo.
-¿Qué es esto? –Dijo ella extrañada.
-Son completamente inofensivas, tranquila. Tómate una cada vez que dudes de tus decisiones o pretendas conseguir algo-dijo Domingo con cierta dosis de misterio y una pícara sonrisa.

Domingo salió de la farmacia y ella se quedó mirando aquellas extrañas pastillas. Su tamaño era considerable y no tenían brillo. Como ferviente seguidora de la medicina alopática, dudaba de cualquier cosa que no procediera de un laboratorio, las guardó en un cajón y continuó ordenando los medicamentos que aún faltaban por colocar.

No se volvió a acordar de aquellas pastillas, pero sí de su vecino, al que observaba día tras día a través del cristal. Lo cierto es que sus predicciones se habían cumplido y apenas entraba gente a su interior. Le daba algo de lástima que no pudiera ganar lo suficiente para poderse establecer allí y acabara yéndose. Era el primer hombre en mucho tiempo que la había mirado de forma distinta, ella misma se había notado diferente al verse reflejada en las pupilas de Domingo.

Aquella mañana se sentía inquieta, paseaba por la farmacia colocando lo ya colocado y miraba tras el escaparate deseando que Domingo volviera a su farmacia, unas tiritas, algodón, cualquier cosa que pudiera necesitar y que él no tuviera. Dudaba si entrar a su herbolario y preguntarle si necesitaba algo, pero no era capaz de decidirse. Aquella duda y las palabras de Domingo le llevaron a las misteriosas pastillas que le había dejado días atrás. No tenía ni idea de su composición pero una repentina fe ciega en sus palabras hicieron que se tomara una. Necesitó agua para que pasara del todo, era contundentemente grande. No sintió nada, no ocurrieron extraños milagros y todo siguió igual.

No fue hasta que pasaron quince minutos cuando comenzó a sentir una extraña sensación de seguridad. Percibió su cuerpo más sensual que nunca, su rostro más atractivo, y su deseo, más despierto. A pesar de todo, no se sentía con el valor suficiente de ir al herbolario y entablar una conversación con su dueño. Palpó su cuerpo a través de la bata y sintió su calor. Desabrochó su falda y la dejó sobre una silla, notaba cierto alivio, pero no lo suficiente, de espaldas al mostrador se quitó los botones de su bata, la bajó hasta la altura de su cintura atando con las mangas un nudo a su alrededor y se deshizo de su blusa, volviéndose a recolocar la bata sobre su ropa interior. Se sorprendió de la maravillosa sensación que le proporcionaba la frescura de la tela de su bata sobre su piel y decidió que desde ese momento, no llevaría más la ropa de la calle bajo la bata.

Miró de nuevo el herbolario y deseó que en ese momento entrara Domingo y con aquella profunda mirada, se diera cuenta de que tan sólo sus curvas vestían su cuerpo.

Pasados unos días, la necesidad de volver a ver a su vecino se hizo más imperiosa, más de una vez estuvo a punto de salir de la farmacia y olvidar su timidez, pero de nuevo, las dudas sobre sí misma sitiaron sus pretensiones. Esta vez fue directa hacia aquellas misteriosas pastillas, tomó una entre sus dedos y la tragó sin tanta dificultad como la primera. Esperó a que los extraños efectos de las mismas la poseyeran y de nuevo el calor se hizo su amo y señor, envolviéndola de forma más claustrofóbica. Acarició su cuerpo desnudo bajo la bata y sintió que cada caricia apaciguaba poco a poco sus ardores. Resbaló sus dedos por el antebrazo, después bajó hasta sus muslos, dibujó con sus dedos pequeños círculos cada vez más cercanos a su sexo, hasta que se encontró con él bajo sus bragas. Mientras acariciaba trémula sus labios mayores miraba el herbolario suplicando que viniera a verla, que la sentara sobre la mesa y que la estrechara hasta perderse en su cuerpo. Súbitamente, la abuela María entró ruidosamente en la farmacia y tuvo que parar. La atmósfera de sensualidad y necesidad de gozar en la que había caído desapareció en un segundo, lo que tardó aquella anciana mujer a la que todos llamaban cariñosamente “abuela” por ser la más longeva del lugar, en dar los buenos días y pedir algo para el lumbago.

Matilde desconectó unos días de su mundo, del pueblo, de su farmacia y de Domingo y su herbolario. Tanto le había insistido su amiga Mariví, que tenía un pequeño apartamento en la costa de que pasara el largo puente con ella, que al final decidió aceptar. El aire del mar le renovó por dentro y por fuera y volvió con un espíritu nuevo. Le sorprendió la grata sensación de encontrarse de nuevo en el pueblo, ya no le parecía tan inhóspito y cerrado. La primera mañana tras el descanso no dejó de pensar y dudar sobre si ir a verle o no. Necesitaba más valor para perder toda una vida de recatada timidez, su virginidad la ataba a aquellas paredes como un cruel torturador, pero su deseo se iba haciendo más fuerte e intenso cada vez que tomaba aquellas pastillas, así que cogió las cuatro pastillas que quedaban y con un gran vaso de agua se las tragó. Los efectos esta vez no se hicieron esperar, era fuego, necesidad absoluta de sexo, de gozar y de perder por fin aquella virginidad que tanto la ofuscaba. Con tan sólo la bata como vestimenta abrió decidida la puerta de la farmacia y caminó hasta el herbolario. Aún sentía algo de temblor en sus dedos, pero no resultó suficiente para impedirle entrar dentro. Domingo estaba sentado en ese momento leyendo una revista y sonrió cuando vio entrar a su recatada vecina con el pelo suelto, sin gafas, intuía que sin ropa y con una mirada de deseo que reconoció nada más verla.

Matilde estaba desatada, actuaba como si estuviera en un sueño y no pudiera despertar. Se acercó hasta Domingo y como si lo hubiera hecho toda su vida, fue deshojando la margarita que la cubría hasta quedarse desnuda de pétalos, ofreciéndole su piel desnuda. Él se levantó y comenzó a besar su cuerpo desnudo, lamió su cuello y notó en él un cierto olor a botica que le recordó los jarabes de su infancia. Acarició su espalda y notó como Matilde la arqueaba de pura excitación. Cogió sus pechos y los masajeó mientras acercaba su lengua en punta y tamborileaba sobre sus pezones. Matilde estaba en una maravillosa nube de sublime placer, acariciaba los brazos de Domingo y le dejaba hacer completamente agradecida. El olor a incienso del lugar la incitaba a mostrarse más desinhibida, se vio a sí misma desde fuera desabrochando sus pantalones, sacando su miembro y acariciándolo entre sus dedos. Pero no era una imagen, realmente era ella. Era ella la que le estaba pidiendo que la penetrara, que la hiciera suya y la poseyera, la que acercó su boca a aquel grueso pene y lo lamió como si lo hubiera hecho siempre. Domingo agarró una de las piernas de Matilde y empujándola contra la mesa del mostrador la libró para siempre de su virginal estado. Matilde gemía placenteramente y disfrutaba de su cuerpo, que era suyo pero a veces era de otra, de aquel deseo desgarrador que se había apoderado de su interior y de esa súbita espontaneidad que no era típica de ella. Domingo empujaba su cuerpo contra el de la farmacéutica suavemente, sabía que era el primero en hacerlo, lo intuyó desde el principio, su estrechez arropaba cálidamente su miembro. Le perdía la gozosa sensación de abrir nuevas puertas en su camino, de ser el sereno de los cuerpos que habían extraviado las llaves de su placer.

Tras gozar, ambos se dejaron caer al suelo. Matilde simplemente musitó un “gracias por las pastillas, me tienes explicar cuáles son sus ingredientes” y él sonrió sin decirle nada mientras pensaba en los demostrados efectos beneficiosos de los placebos sobre las personas. No se había confundido al observar a Matilde la primera vez que la vio, era tal y como se había imaginado.

Domingo volvió días más tarde por más aspirinas y en compensación por no ser cobrado regaló a su vecina otra bolsa de pastillas, en esta ocasión, de color verde, pero por si acaso tardaba tanto como la primera vez en entrar al herbolario le advirtió que era necesario tomar una cada día si quería notar algún efecto beneficioso.



sábado, 23 de agosto de 2008

El placer en tu piel

Tras dos meses de ausencia vuelvo al blog con una pequeña sorpresa, mi nuevo libro titulado "El placer en tu piel", una recopilación de 32 de mis mejores relatos, que incluyen algunos de los publicados en el blog y unos cuantos nuevos. El trabajo creo que ha merecido la pena, la intimidad de un libro leído en la cama es uno de los mayores placeres que existen, y más si su lectura nos puede traer excitantes sensaciones...
Muchos besos.

viernes, 20 de junio de 2008

Tiempo de verano

El verano me invita a la desidia, me dejo llevar por la maravillosa sensación que provoca en mi piel el calor del sol. Despierta mis sentidos, fluye caliente dentro de mí la sangre que, una y otra vez, recorre mi cuerpo desperezándome del largo invierno. Siento mi sexo más inquieto, más voluptuoso e impertinente, más necesitado si cabe. Demanda caricias, pasión y ardientes besos, igualar la temperatura de mi dermis a la del exterior. Me siento absorbida dentro de un ciclón de fogosidad, me paseo por la calle envuelta en dulces recuerdos de encuentros pasados, deseos de nuevas aventuras. La sensualidad dirige mis pasos, miradas furtivas de anónimos transeúntes revuelven mi pasión. Todo a mi alrededor emana un cálido aire que me confunde. Me acaricio con vehemencia, me lo pide mi piel, subo ligeramente mi vestido y me concentro en el cosquilleo que sienten mis muslos al posar mis dedos en ellos. Cierro los ojos, escondida tras las gafas de sol e inspiro profundamente acaparando en mi interior un pedazo del verano que comienza. Mi deseo se transparenta en mis gestos, coqueteo ajena a cualquier comentario. Nada me importa más en estos momentos que olvidarme del cuerpo abandonándolo en manos de otro cuerpo, el de mi amante. Noto como perfila el verano en mis curvas, su cálido aliento se confunde con el de la leve brisa que despeina mi cabello, sus manos calientes posadas en mi piel son una invitación a olvidarse del tiempo para simplemente gozar, no hay prisa, tan sólo el frenético cabalgar sobre él llegando al orgasmo me hace ansiosa e impaciente. El sol se cuela por los orificios de la persiana, vistiendo extrañamente nuestros cuerpos enlazados tras la pasión. Besos silenciosos, caricias cansinas preliminares del dulce sueño que nos arropa. Es tiempo de verano.

Olvidamos la rutina y damos un descanso veraniego a mis cuentos en el blog. Una pausa para ordenar el caos de papeles, relatos y pasiones que acumulo a estas alturas. Mientras tanto, os dejo en buenas manos, las que podéis encontrar en los enlaces y en especial, y actuando a modo de madrina, las de mi amiga Margarita Ventura y su nuevo blog, envuelto de exquisita sensualidad: Eroti-k-mente

Feliz verano y prometo que mi ausencia se verá salpicada por algún que otro cuento que os sorprenda. Besos a todos.



sábado, 7 de junio de 2008

Los deberes de Mario IX: Juegos de parejas

Sabía que era una mala idea. Su intuición se lo repetía de forma machacona; su corazón, exageradamente fuera de control, parecía ratificarlo y su cabeza no cesaba de dar vueltas a la misma idea. Todo ello contribuía a llenar de dudas a Alicia que, en silencio en el asiento del copiloto, observaba a Mario de reojo, intentando adivinar si sentía lo mismo que ella en esos momentos.

Mario conducía sin prisa, tranquilo. Era de madrugada, las calles estaban inusualmente desiertas a pesar de ser sábado, pero el mal tiempo y las lluvias fuera de lugar habían hecho desistir a gran parte de la población a salir de juerga. El asfalto mojado, brillaba iluminado por los faros del vehículo. En ese momento ya no llovía, pero el olor a humedad era tan intenso, que a veces Alicia sentía cierto ahogo. Aunque ella no lo quisiera reconocer, el nudo que atenazaba su garganta nada tenía que ver con las adversas condiciones climáticas, sino con la proposición que Mario le hiciera una semana atrás y que había aceptado sin pensar demasiado que tras siete días, tendría que cumplir con su palabra.

Pero ahora se arrepentía de haber sido tan solícita ante la pregunta de Mario. Tenía el típico miedo a lo desconocido, a no saber estar a la altura, al momento posterior. Alicia se frotó los dedos entre sí, los notaba algo húmedos, los nervios le estaban jugando una mala pasada. Se ajustó el vestido rojo al cuerpo, intentando apartar el molesto cinturón de seguridad que, alerta ante su brusco movimiento se había bloqueado oprimiéndola hasta casi dejarla sin respiración. Tras una tregua entre el artefacto y ella pudo destensarlo, pudiendo por fin proseguir con la tarea interrumpida. Ajustó sus pechos dentro de la tela de modo que éstos quedaran firmemente encajados en el ceñido escote. Apenas un milímetro más y la sonrosada aureola de aquellos quedaría a la vista. Fue en ese instante cuando aprovechando un semáforo en rojo, Mario la miró y sonriendo, alcanzó con su mano derecha las piernas de Alicia, despreciando su vestido para acariciar directamente su piel. Deslizó las manos hasta sus muslos y ella, como un gesto reflejo, abrió sus piernas, invitando a Mario a que siguiera su camino. Pero inoportunamente el semáforo tornó a verde y el incesante y molesto claxon del vehículo que se ubicaba tras ellos sacó a Mario de su ensimismamiento que, con un claro gesto de fastidio, prosiguió la marcha.

Alicia se podía imaginar con todo tipo de detalles, cómo sería el exterior del local. No tenía que ser muy distinto a la multitud de clubs nocturnos que poblaban las carreteras de salida de la ciudad. Luces de neón aseguradas, una fachada avejentada por la contaminación de los coches que pasaban a su lado, ventanas discretamente cerradas en las que como mucho se podría ver alguna cortina de tonos vivos; entrada pobremente asfaltada, a la que llegaban los vehículos de los clientes tras dejar a su paso una polvorienta estela. Así como iba coloreando el exterior del club al que acudían esa noche, iba apartando de su imaginación cómo podría ser su interior. No quería pensar en ello, era acercarse demasiado, aún le quedaban unos minutos para echarse atrás, decir a Mario que dieran media vuelta y se alejaran de allí. Pero no era capaz de hacerlo, al contrario, parecía que sus labios se hubieran pegado por un extraño maleficio.

Alicia se sorprendió cuando Mario se adentró en uno de los mejores barrios de la ciudad. El paisaje de altos edificios grisáceos había desaparecido para dar paso a lujosas casas rodeadas de tupidos jardines. Mario detuvo su marcha al lado de un inmenso chalet de color amarillo pálido, luces blancas situadas en el suelo apuntaban a lo fachada, haciendo que brillara como si hubiera sido acariciada por los rayos del sol. Nada que ver con lo que ella se había imaginado.

Bajaron del coche y llamaron al videoportero. De inmediato, un hombre vestido de traje oscuro salió de la casa y acercándose a ellos, les pidió que se identificaran. Tras mirar una hoja en la que Alicia pudo ver subrayados algunos nombres, les dejó pasar. Nadie podía entrar sin una previa invitación.

Alicia, al entrar, miró con sorpresa la piscina ovalada que había en medio de lo que podía ser el antiguo salón de la casa. En ella, desnudos, se bañaban cuatro personas. La sala estaba azulejada de color verde y sillones blancos rodeaban el recinto de agua. Una música suave sonaba de fondo y el olor a cloro solapaba el de tabaco.

Hasta ellos se acercó una esbelta mujer de cabello rubio y abundantes pechos que saludó a Mario con cierta familiaridad que a Alicia no le pasó desapercibida. Intentó no pensar con quién podría haber ido Mario a aquel lugar en anteriores ocasiones. La mujer, de nombre Mirela, les invitó a hacer un recorrido por todo el club, mientras comentaba a ambos las reglas por las que se regía el mismo.

Los tres subieron por unas escaleras de mármol a la primera planta. Los halógenos iluminaban los cuadros que había colocados en la pared: acuarelas de dibujos de parejas haciendo el amor y retratos de mujeres en sugerentes posiciones. Esta planta era lo más parecida a un bar que había allí: numerosas mesas redondas de pequeño tamaño y multitud de sofás y sillones negros para proporcionar comodidad a los clientes. Ese era el primer punto para los nuevos visitantes, donde se establecían los contactos y se insinuaban proposiciones. La escasa iluminación de tonos anaranjados le añadía una calidez especial. Alicia miró disimuladamente a su alrededor, había una docena de supuestas parejas que no parecían haberse inmutado ante su llegada.

Siguieron subiendo por la ancha escalera hasta la segunda planta, donde se adivinaba ya el tipo del local del que se trataba: numerosos colchones recubiertos de impecables sábanas blancas cubrían casi todo el suelo. A Alicia le llamó la atención la cantidad de expendedores de pañuelos de papel y toallitas clavados en la pared. En ese momento no había nadie, pero según Mirela y guiñando un ojo, comentó que no tardaría en llenarse. Mirela se despidió de ellos y Mario, agarrando a Alicia del brazo la llevó hasta el ático, del que Mirela parecía haberse olvidado a propósito. Mario demostraba una sospechosa seguridad, la misma de la que carecía Alicia, que notaba como, a medida que iba subiendo los peldaños, iba apareciendo en ella el temor a lo desconocido.

El ático, llamado también “el cuarto oscuro” según rezaba nada más subir a él, carecía de luz, Alicia no era capaz de percibir más que la figura recortada de Mario que, acercándose a ella, comenzó a besarla apasionadamente, mostrando una gran excitación. Amasó los pechos de Alicia que de inmediato despreciaron el lugar donde cuidadosamente los había colocado tan sólo hace unos minutos y asomaron despreocupados por encima de su escote. Resbaló una mano por debajo de su vestido y sobó sus glúteos, pellizcándolos entre sus dedos. Alicia intentó abstraerse del lugar en el que estaban y se centró en su amante, abrazándole, acariciando su torso hasta llegar a tocar el abultamiento que se palpaba por encima de los pantalones. Lentamente, Alicia comenzó a desnudar a su amante, la ausencia de luz más que un obstáculo, suponía un aliciente para avivar su excitación. Botón a botón, fue despojando a Mario de su camisa, besando la piel que iba sintiendo bajo sus dedos. Tras desabrochar sus pantalones y caer al suelo, ayudó a Mario a desprenderse de ellos, inclinando su cuerpo para bajarle, no sin cierta ritualidad, sus calzoncillos. Buscó con la lengua su pene desnudo, lo lamió una y otra vez, se lo metió en la boca de forma repetida hasta que lo humedeció intensamente. Mario agarró a Alicia de los brazos y la ayudó a levantarse. Buscó apresuradamente la cremallera del vestido y la bajó con cierta ansiedad, quedando así Alicia, completamente desnuda.

Mario empujó a su amante, a la par que la iba besando, hasta las camas corridas que había ubicadas al lado de la pared, abrió sus piernas y agachándose sobre ella, le abrió delicadamente sus labios mayores para lamer su vulva, besó con sus carnosos labios su sexo hasta que por fin comenzó a sentir la plena excitación de Alicia en su boca.

Alicia, aferrándose a la sábana para no arrancar la piel a tiras de Mario con sus uñas, gemía sonoramente, olvidando por completo el motivo por el que se encontraban allí. Fue en ese momento de sumo placer cuando se dio cuenta de que no estaba solos. Mario, intuyendo que Alicia se había dado cuenta de ello, cesó sus movimientos y apartándose de ella, dejó que otro hombre que hasta ese momento había permanecido en completo silencio, tomara su lugar. Alicia estaba confusa, pero tan excitada, que sentía verdadera necesidad de tener sexo en ese momento, así que cuando aquel desconocido completamente empalmado, agarró sus brazos contra el colchón y sin más presentaciones, la penetró, ni rechistó, al contrario, sintió tal placer que un gemido desgarrador salió de su garganta. Aquel desconocido tenía un cuerpo atlético, perfecto, intuía sus músculos por sus rotundas e incesantes embestidas. A pesar del infinito goce del momento, pudo percibir a su lado a Mario, que a modo de espejo, follaba con una silenciosa mujer. Intentó que los celos se diluyeran para poder seguir disfrutando del momento. El hombre no tenía compasión por ella, ni un breve descanso que le permitiera cambiar de postura. Sostenía sus piernas en un perfecto ángulo recto y las agarraba tan firmemente, que sentía cierto cosquilleo en los dedos de los pies. Sintió que el miembro de aquel desconocido no estaba desnudo, el intenso roce del preservativo que lo cubría provocaba en su sexo a veces un molesto escozor.

Estaba exhausta, pero alerta a todo lo que pasaba a su alrededor. Allí había más gente, difícilmente podría Mario besar y acariciar su pecho izquierdo cuando precisamente se encontraba a su derecha y con una distancia lo suficientemente grande para que apenas pudiera rozarla. Había entrado en juego otro hombre acompañado de una mujer, y parecía excitarle sumamente tener dos a su alcance, dados sus gemidos tras comenzar a acariciar los pechos de Alicia. La presencia de aquellos dos hombres fue suficiente para que Alicia se precipitara en una amalgama de excitantes convulsiones. El hombre que tenía encima, no obstante, siguió por unos minutos, aplastó los pechos turgentes de Alicia hasta casi dejarla sin aire y tras un sonoro grito, eyaculó. Fue en ese instante cuando sintió que una mano femenina conducía la suya hasta el miembro del segundo hombre, instándole a acariciárselo, mientras la misma mujer se desplazaba justamente hasta donde Mario estaba, pudiendo escuchar cómo le hacía a éste una ruidosa felación. La mujer que hasta ese momento había follado con Mario cambió éste por el hombre al que había dejado la primera, al que se subió y comenzó a cabalgar sobre él tras apartar la mano de Alicia, que obediente seguía masturbando al desconocido. Alicia, ya relajada, quería que todo terminara, no podía soportar ver a Mario follando con otra mujer y deseaba estar a solas con él.

Sus deseos parecían haber sido trasmitidos telepáticamente dado que Mario por fin terminó y tras unos minutos llevó a Alicia a un rincón del ático, dejando a las dos parejas continuar con los juegos. Mario la abrazó mientras intentaba averiguar cómo se encontraba tras la experiencia. Pero Alicia no dijo nada, se sentía muy confusa y algo incómoda por haber tenido que presenciar a su amante al lado de otra mujer. No obstante, la experiencia en aquella sala le había gustado más de lo que hubiera pensado y quién sabe si, ante una nueva propuesta de su amante, volvería a aceptar volver a aquel lugar.

La respuesta que se dio a sí misma al regresar a casa en el coche fue sí.




sábado, 31 de mayo de 2008

La heredera


Jamás pensó que su tía Julia, hermana de su madre, le fuera a dejar algo en herencia y menos sabiendo que su hijo Remi, con el que había jugado en la infancia y en la adolescencia, seguía vivo y podía haberle instituido como único heredero. Por lo que la llamada de Remi avisando del fallecimiento de su madre y comunicándole que ambos iban a ser copropietarios de varias hectáreas de secano al lado del pueblo la dejó estupefacta. De inmediato metió cuatro cosas en una maleta, cogió el coche y se dirigió a aquel lugar que hacía años no pisaba. Habían pasado muchos años desde la última vez que vio a su tía y a su hijo Remi, con el que había tenido sus más y sus menos en cuestiones sexuales en las fiestas del pueblo, a las que antiguamente acudía. Recordaba haberse dado más de un furtivo revolcón sin llegar a más en el pajar de su tía. Remi era grande, de rostro sonrosado y un poco bruto en sus modales, pero siempre le habían atraído de él su sinceridad y sus primitivas maneras de expresarse: nadie como él para levantar a cualquier mujer la moral, sus sencillos piropos y la lasciva mirada de sus ojos elevaron su ánimo en más de una ocasión. Remi no se moderaba lo más mínimo en decirle a las claras lo buena que estaba y las ganas que tenía de meterle mano en todos y cada uno de sus escasos encuentros. Aún sentía escalofríos al recordar los viejos tiempos, podía ver a Remi llevándola a un lugar oscuro, estrechándola contra él, agarrando toscamente su trasero con la mano, besando sus labios como si en ello le fuera la vida. No podía remediar sentir una hipnótica y primitiva atracción hacia su primo. Pero nunca consumaron aquella pasión, los prejuicios de Alicia procedentes de su adolescencia y sellados en su mente por las monjas del colegio en el que se educó, lo impidieron. Tenía la extraña idea de resignada espera hasta conocer un buen día a su hombre ideal. ¡A saber donde se había metido el puñetero! Si lo hubiera sabido, no habría hecho ascos jamás a la polla casera y de pueblo de Remi.

El pueblo era feo, pequeño, de casas viejas, nada atrayente para pasar siquiera medio día en él. De los pocos pueblos de España carente de bar, de tiendas y casi hasta de vida, lo más, alguna urraca, varios grajos negros y unos cuantos gorriones más listos que alguno de sus habitantes. Una gran Iglesia de piedra se erigía como ama del lugar, acogiendo en su seno las diminutas casas rehabilitadas en la época de bonanza y transformando su aspecto, pasando del burdo adobe al ladrillo cara vista.

A Alicia no le gustaban los pueblos, lo suyo era el bullicio, las luces en los escaparates y los desconocidos transeúntes cruzándose con ella por la calle sin ni siquiera mirarla. Por eso hacía mucho que no había vuelto, le daba tristeza, no soportaba que su coche se embarrara por la ausencia de asfalto en las calles y odiaba la falta de anonimato del lugar, donde todos seguían recordándola a pesar de los años que habían pasado. Besos y más besos, preguntas indiscretas ¿No te has casado aún? ¿Y tienes novio? ¡Ya estás en edad, mujer, que se te pasa el arroz! Detesto el arroz, respondía siempre. Intentaba poner buena cara en esos momentos, pero lo único que deseaba realmente era perderse de nuevo en la gran ciudad, más acogedora y amable que aquel recóndito lugar de la España profunda.

Cuando llegó al pueblo, sintió una inquietante sensación de permanencia, allí nada había cambiado: ninguna casa nueva, lo más, algo tejado arreglado, ninguna piedra fuera de su sitio… Era difícil perderse en un pueblo donde los habitantes no llegaban a cincuenta, así que dirigió su coche hacia la casa de su tía fallecida. La puerta estaba abierta, la cortina que la cubría y protegía de la entrada de las moscas del ganado lucía acartonada por el paso de los años en que había cumplido su función. La casa de la tía Julia se asemejaba a una casita de muñecas, diminutas habitaciones y techos tan bajos que se podían tocar con las manos. Adornos variados, flores de plástico en un jarrón y ganchillo en cada uno de los sillones, nada había cambiado allí tampoco. Un murmullo de voces rezando provenientes del dormitorio principal le alertó de la presencia de gente y encaminó sus pasos hacia él. Postrada en su lecho, blanca como el marfil, yacía su tía y a su alrededor, casi una docena de mujeres de negro riguroso y rosario en mano rezando sin parar, sentadas en unas vetustas sillas haciendo corro alrededor del cadáver. “¿Pero es que no van a trasladar a esta mujer a un tanatorio de una vez?” “Sí, sí, ahora viene el de la funeraria”. Lo que menos se esperaba era encontrar el fiambre aún reciente en la casa, le imponía cierto temor y respeto. Prácticamente todas las mujeres se levantaron al unísono al verla, reconociéndola de inmediato. Los besos de unas y otras se sucedieron. Eran unos besos espesos, húmedos y demasiado intimidantes, así que tras una pequeña conversación con aquellas mujeres, se excusó y fue al lavabo a lavarse la cara.

Abrió la puerta del baño y dio un respingo al ver que no estaba vacío. Era Remi su ocupante que, con su nabo en ristre, se estaba dedicando en cuerpo y alma a sacarle brillo con una mano.

-Perdón -dijo Alicia, sintiendo al instante el rubor inundando sus mejillas.

Remi la miró y tras hacer una especie de mueca con sus labios a modo de sonrisa comenzó a llorar desconsoladamente. Dudó si marcharse de allí y dejarle a solas con su dolor y su miembro, pero sus lágrimas le enternecieron y decidió entrar, cerrando la puerta tras de sí. Acarició su cara suavemente intentando tranquilizarle como si de un niño se tratara. Remi la abrazó con su único brazo libre, su mano agarraba aún su aguerrido miembro sin intención alguna de soltarlo. Alicia, algo confusa por la situación, le correspondió. Quizás la masturbación era su vía de escape para superar el dolor de perder a su madre, tampoco tenía nada de malo. Alicia le dijo unas breves palabras de consuelo conmovida al ver a un chico tan grande llorar como una plañidera más.

Pero el nabo de Remi seguía alegre y contento, e incluso Alicia comenzaba a sentirlo más notoriamente. ¡Cómo no había de sentirlo, si era lo más grande que había visto en su vida! ¿Sería la falta de contaminación la que hacía crecer esos instrumentos colosales? ¿El chorizo de pueblo y la leche de vaca recién ordeñada podían obrar maravillas en el crecimiento del pene? Porque en la adolescencia, más de una vez quiso mostrárselo y ella siempre le respondía con un ¡no! rotundo. ¡Tonta! Lo cierto es que allí seguían ambos, Remi, empalmado y llorando entre sus brazos como un bebé y ella, que empezaba a estar más salida que el pico de una mesa, sintiendo el rabo entre sus piernas y despertando sus ganas de disfrutarlo más íntimamente.

Remi, que seguía sollozando, resbaló la mano por la espalda de su prima hasta llegar a su trasero, apretándolo, estrujándolo, hasta que Alicia sintió una galopante y repentina inflamación de su clítoris. Su pecho subía y bajaba con un frenético ritmo, presa de la agitada respiración sobrevenida por el deseo, pelvis contra pelvis, torso contra torso, imposible no percibir la calentura y el gigantesco pene de su primo. Remi cesó por fin su llanto y con la cálida mano que antes aferrara su pene, sobó sus pechos como si estuviera amasando pan con ellos. Alicia agarró aquel huérfano falo, moría por tenerlo dentro, aunque dudaba que le cupiera siquiera la mitad. No acababa de gustarle la idea de follar con Remi en esa situación, con la tía Julia de cuerpo presente, sentía que le estaba faltando el respeto y así se lo hizo saber a su primo. Remi ni le dejó terminar, unió su boca a la suya en un apasionado beso y no pudo articular ni una sola palabra más. Manoseó y besó sus pechos, reconoció su cuerpo rápidamente con ambas manos, saboreó el cuello de su prima y ambos se fundieron en una confusa y salvaje danza de manos, piernas, brazos y sexos, en la cual tenía un principal protagonismo aquella torre viril. Remi giró a su prima intentando buscar una buena postura de ataque, ante lo cual, para intentar mantener el equilibrio, ésta se inclinó en un lateral de la bañera, agarrándose a uno de los grifos mientras él comenzaba a levantarle las faldas, bajarle sus bragas y preparar la pista de lanzamiento hasta que por fin ensartó apresuradamente aquel tronco carnal. Alicia sintió cómo se abría su sexo igual que una flor en primavera, haciéndose a la nueva sensación de plenitud e inmensidad en su interior. El pene de Remi invadía por entero su sexo, peleaba para hacerse mayor sitio en cada embestida, luchando como un jabato por entrar plenamente. En cada empujón iba conquistando más y más terreno ante la sorpresa de su prima, que hacía unos segundos creía que jamás podría tener algo de semejantes dimensiones en sus entrañas. Alicia se aferraba con firmeza a los grifos de la bañera, su primo era un hombre enérgico y musculoso, demasiada fuerza y muy poco cerebro para controlarla. Remi continuó clavando el colosal instrumento una y otra vez hasta arrancar más de un que otro gemido a su prima, ora por placer ora por dolor en una explosiva y apasionante mezcla de sensaciones. El miembro de Remi, ganador victorioso de la batalla, salía en cada acometida más húmedo, más brillante, ¿cómo no iba a estarlo si un pequeño arroyuelo parecía fluir justamente de aquella derrotada fortaleza?

En ese álgido instante, la puerta del baño se abrió y una de las vecinas del pueblo, la Sole, que debía de tener ganas de evacuar, se encontró con la escena a cuatro patas que se estaba desarrollando en aquel lugar. Medio segundo duró su mirada, pero bastó para que fuera tan fulminante como un rayo. Cerró de malas maneras mientras farfullada algo en bajo y se santiguaba una y otra vez. Alicia, inundada por cierto sentimiento de culpa quiso incorporarse, sobre todo al escuchar a través de la puerta las palabras de aquella mujer malhumorada que les había pillado in fraganti: “¡menuda falta de respeto para el muerto!” A Remi el incidente ni le inmutó y sin mediar una palabra con su prima, impidió que ésta se levantara reanudando sus campestres embistes. Y uno tras otro diluyeron la imagen de Sole de la cabeza de Alicia hasta que desapareció, rindiéndose otra vez a su masculino mozo, momento en el cual fluyó la sangre en su cuerpo más apresuradamente hasta que inundó su sexo, dejándose ir a un universo de infinito placer. Fue tal la amalgama de sensaciones gozosas que se agolparon en su cuerpo que sin querer, olvidó lo que agarraba y salió de la alcachofa de la ducha un chorro a toda presión de agua que regó a ambos en el mismo instante en que Remi se vaciaba, llenando el sexo de su prima por completo de leche, muy buena leche, eso sí. Menos mal que aún seguía tomando la píldora, pensó Alicia, el optimismo no lo había perdido a pesar de la larga sequía que arrastraba.

Se recompusieron sus mojadas vestimentas y con cierta vergüenza, sobre todo por parte de Alicia, entraron en la habitación donde incesantes, seguían rezando aquellas enlutadas mujeres. Sole la miró como si hubiera entrado el mismísimo diablo, se levantó y acercándose a ella, le susurró al oído:

-Ya te puedes confesar antes de enterrar a tu tía, o todas las iras del infierno caerán sobre ti, ¡te lo juro por mis muertos!

Sole se marchó por fin al baño y Alicia no pudo evitar pensar en la maldición que le acababan de echar. No creía en el infierno ni en nada parecido, pero era extremadamente supersticiosa, así que no podía dejar de darle vueltas a lo que le había dicho aquella vieja bruja. Pasado un buen rato se levantó y se dirigió a la cocina para saciar su sed y aliviar el sofoco por el ejercicio realizado y cual fue su asombro cuando sorprendió en el salón a una de las plañideras metiéndose bajo el refajo, un jarrón de plata de su tía. Hizo como si no hubiera visto nada y se sirvió un poco de agua en un vaso de cristal traslúcido. Sólo al beber y ver que desaparecía aquella cuasi opacidad percibió que realmente aquel vaso era de fino cristal y que era el agua que corría por aquellas zonas la que resultaba peligrosamente turbia. Dejó el vaso con asco encima de la repisa preguntándose si aquel brebaje era realmente potable.

Por fin vino la empresa funeraria a recoger a la tía y Alicia aprovechó ese instante para dar un paseo por el pueblo. Dio unas cuantas vueltas, tanto al pueblo como a su cabeza. Dudaba si debía ir al confesionario y quitarse el peso de la maldición de una vez por todas, igual que hacía cuando reenviaba aquellos estúpidos correos electrónicos a decenas de personas para seguir las odiosas cadenas. Tras meditarlo unos minutos encaminó sus pasos a la Iglesia y entró en ella, estaba oscura y fría. Se acercó al único confesionario que había en el lugar pero allí no parecía haber nadie. Miró hacia el altar y vislumbró un hombrecillo con sotana colocando unas flores en un tarro de cristal. Caminó despacio hacia él, intentando no hacer demasiado ruido al pisar las viejas tablillas de madera de la tarima. Al ver al hombrecillo de cerca, se dio cuenta de que se trataba del padre Rodolfo, eterno párroco del lugar, casi con tantos años como la Iglesia donde daba sus misas. Le saludó y se presentó, refrescando su memoria ante la mirada de dudas del buen hombre. Por fin el padre Rodolfo recordó quien era, sonriendo complacido. De nuevo se vio envuelta en el mismo ritual: besos espesos y húmedos, preguntas indiscretas. ¿Cómo le iba a contar al padre Rodolfo lo que acababa de acontecer en casa de la fallecida? Hizo tiempo hablando con él de cosas intrascendentes hasta que por fin superó sus reparos y le comentó dicha posibilidad. El padre Rodolfo no le puso pega alguna, al contrario, estaba orgulloso y contento de que Alicia siguiera siendo una buena cristiana, así que se metieron ambos en el confesionario, estupidez supina, dado que allí no había ningún tipo de anonimato.

-Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida.

-Cuéntame hija.

-En fin, es que no sé como explicarle…

-Cuéntamelo todo, sentirás alivio.

-Bueno, pues… he llegado a casa de la tía Julia, he ido al baño y me encontrado a Remi llorando.

-Sigue hija.

-Bueno, que nos hemos dado una alegría, ya sabe.

-Normal, hace mucho tiempo que no le veías, es normal que sintáis alegría al veros de nuevo.

-No, no, algo más de alegría, ¿me entiende?

-Explícate hija.

-En fin, bueno, que nos hemos dado un revolcón…, en fin, que hemos hecho el amor…- añadió por fin. El volumen de sus palabras descendió hasta casi hacerlas inaudibles. El silencio del padre Rodolfo le hizo dudar sobre si le había escuchado realmente o no- ¿Padre?

-No tienes vergüenza alguna, hija mía. Tendrás que rezar mucho para eximir tus pecados y ya puedes ir pensando en formalizar tu relación con Remi. Es un buen chico aunque un poco bruto, estaría muy bien al lado de una mujer ahora que su madre ha fallecido. Y a ti te vendría muy bien sentar la cabeza, que a tu edad ya deberías procrear. ¡Madre mía, qué juventud ésta! De todas formas, cuéntame lo que ha pasado con todo detalle.

-Nos hemos abrazado, él lloraba, le he consolado, pero sentirle cerca ha sido demasiado, he caído a la tentación de la carne… (Y menudo trozo de carne pensó en silencio)

Alicia se explayó narrando el encuentro con su primo, estaba absorta en sus explicaciones, ensimismada describiendo todo tipo de detalles, pero su intuición le hizo aproximarse y curiosear a través de los pequeños agujeros del pequeño recinto que conformaba el confesionario: el padre Rodolfo tenía algo en la mano y no era precisamente un crucifijo. Intentó acercarse un poco más y creyó ver una pequeña colina en la sotana, ¿las palabras entrecortadas que animaban a seguir con su explicación eran fruto del cansancio típico de su vejez o al presunto calentón que le estaba provocando con su relato? Tenía que ser un espejismo provocado por el pestilente olor a boñiga que había en el pueblo y que se había apoderado de sus fosas nasales provocándole mareos repetidos. Las imágenes que le trasmitía su retina parecían difíciles de creer, pero…al fin y al cabo el padre Rodolfo era un hombre y ella había sido demasiado exhaustiva en sus descripciones.

Parecía la protagonista de una película surrealista. Se vio de lejos y no se reconoció: estaba de rodillas en un confesionario, sentía el semen bajando por sus piernas y realmente no se arrepentía de nada, es más, deseaba volver a tener sexo salvaje con su primo en una próxima ocasión. Todo esto mientras escuchaba sinsentidos de un cura de pueblo que encima parecía estar bastante más excitado que ella hace un rato. Y por fin, vio la luz…

-Gracias padre, lo tendré en cuenta, voy a volver a casa de la tía, a ver si puedo ayudar en algo. Reflexionaré sobre lo que me ha dicho.

Y allí dejó al padre Rodolfo, con la palabra en la boca y plantado mientras le daba apresuradamente la bendición. Alicia salió lo más aprisa que pudo de allí, miró su reloj y comprobó que quedaba poco para la hora del entierro.

Por fin enterraron a su tía, gracias a Dios, eso sí, y pudo despedirse de todos, esta vez desde lejos para evitar de nuevo aquellos terribles besos. Cogió su coche y salió como una exhalación de allí, no sin antes dejar claro a su primo que estaba a su disposición para lo que quisiera, aunque prefería como lugar de encuentro su anónima ciudad…