Mostrando entradas con la etiqueta trío. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta trío. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Los deberes de Mario X: Cena para tres

Cuando Alicia recibió la llamada de Mario explicándole que esa noche serían tres para cenar y no dos se quedó muy intrigada. Mario jamás le había presentado a ninguno de sus amigos, y le resultaba muy extraño que se arriesgara a dar a conocer la relación que ambos tenían y que intentaban permanecer oculta a toda costa. Mario había sido parco en palabras y no le había dado más explicaciones. Alicia pensó que para una noche que su pareja estaba fuera de la ciudad por motivos de trabajo y podía disfrutar de Mario en su casa con más tranquilidad que en otras ocasiones, no le hacía ninguna gracia tener una cena formal con alguien más. A pesar de todo, Alicia se esmeró en la cena, preparándola con antelación para disponer de más tiempo para prepararse convenientemente. En el baño, depiló su pubis con mimo, dejando tan sólo una estrecha franja de vello que guarecía la entrada a su sexo. Le encantaba sorprender a su amante con nueva lencería y para aquella noche se había comprado un sensual corpiño de delicado encaje color azabache. Observó el curioso remate en forma de espiral que unía las copas del sostén, lo acercó a su rostro y percibió la dulce fragancia que emanaba de él, olía a nuevo y le gustó. Se desnudó, y cogiendo una a una las prendas que esa noche vestiría se las fue poniendo lentamente. Observó en el espejo del dormitorio la diminuta tanga cubriendo con tacañería sus nalgas y la rozó mientras imaginaba el cuerpo de Mario sobre ella. El corpiño fue más costoso de poner, los dichosos corchetes se resistían y tuvo que aguantar la respiración una y otra vez para poder abrocharlos. Era sumamente estrecho y apenas podía respirar sin dificultad, pero su cuerpo lucía más insinuante que nunca. Aquella intensa apretura le excitaba, era el corpiño el que, como por arte de magia, avivaba su libido y le hacía estar preparada para pasar una apasionante noche con su amante. Mientras se daba los últimos retoques con el maquillaje, sonó el timbre y Alicia corrió rauda hacia la puerta de entrada. Al abrir, vio a Mario sonriendo y a su lado, a un hombre algo más bajo que él pero de sorprendente parecido con su amante. No quería descubrir sus cartas y trató a Mario como un amigo más, a pesar de que hubiera deseado darle un largo beso y sentir el calor de su cuerpo junto al suyo. Mario presentó a Jorge y a Alicia y ambos se dieron un cordial beso en la mejilla. Alicia sintió que Jorge demoraba sus labios sobre su piel mientras agarraba su cintura con bastante atrevimiento para no conocerse de nada. Este gesto le puso sobre alerta. Quizás Mario no había traído un amigo sino más bien un compañero de juegos en el lecho. Al pensar en ello sintió que su deseo se removía y que su tanga impoluta era la primera en percibirlo. Al darse la vuelta, Jorge se acercó a ella y le subió la cremallera del vestido que, descuidadamente, había olvidado abrocharse. Jorge se recreó en la grata labor mientras reposaba su mano izquierda sobre las nalgas de Alicia. Se estremeció con el contacto, le gustaba que un completo desconocido se excitara acariciando su cuerpo, ya fuera de forma furtiva en un autobús, o de forma notoria como en ese momento. Miró a Mario interrogante, buscando en su mirada el camino que debía tomar esa noche, pero el rostro de su amante no desvelaba las dudas que tenía sobre Jorge. Jorge y Mario se sentaron en la mesa redonda que Alicia había dispuesto para la ocasión y ésta depositó sobre la mesa los canapés que había preparado esa misma tarde. La conversación no fluía en el trío y Alicia optó por poner una suave música de fondo que llenase el incómodo silencio. Sin embargo, fue el vino el mejor aliado de la noche, el alcohol relajó a los tres, su forma de sentarse en torno a la mesa se suavizó y las risas se mezclaron con la música, ahora apenas audible. A la izquierda de Alicia se hallaba Jorge, que cada vez se manifestaba más cariñoso con el supuesto consentimiento de Mario, fiel observador de las reacciones de ella ante las frecuentes aproximaciones de su amigo. Alicia, no obstante, se sentía algo incómoda, le gustaba saber lo que Mario quería de ella, qué pretendía, aunque al ver que no ponía reparo en ver cómo su amigo se acercaba y le acariciaba el rostro mientras hablaba, optó por tomarse otra copa de vino y dejarse llevar por los efluvios alcohólicos y por el deseo. Sintió en el empeine de su pie derecho, los dedos desnudos del pie de Jorge, que cada vez se le notaba más embriagado. El invitado rozó el muslo izquierdo de Alicia con su pierna y resbaló una mano por debajo del vestido. Al notar cómo se acercaba, intentó apartarle, pero Mario cogió su muñeca adivinando sus intenciones y fue él mismo el que le instó a abrir las piernas, subiendo un poco más su vestido. Jorge no dudó un instante en manosear con descaro el interior de los muslos de su anfitriona, la miró con una media sonrisa y mientras mojaba vivamente su labio inferior con la lengua, introdujo los dedos bajo sus bragas y acarició su vulva. Alicia masticaba un trozo del pastel de carne que había preparado mientras, ensimismada, disfrutaba con el acercamiento de Jorge. Disimuló el gesto de placer aunque intuía que Mario se daba perfecta cuenta de lo que estaba pasando bajo la mesa, la conocía demasiado bien. Jorge hablaba mientras recorría su sexo con las yemas de los dedos, abriéndolo ligeramente para sentir la cálida humedad de su grieta. Notaba como poco a poco su sexo se hinchaba y humedecía su tanga. Jorge mojó los dedos en sus paredes internas, carnosas y prietas. Recorrió milímetro a milímetro su jugosa cavidad hasta que encontró un punto en el que Alicia parecía disfrutar más. Estaba tan concentrada en su placer que había perdido el apetito y deseaba que sus dos acompañantes terminaran de una vez para seguir jugando los tres. Ya no mostró reparo en gemir suavemente para que Mario supiera lo caliente que estaba y lo mucho que necesitaba tener un miembro o dos a su disposición. Sólo pensar que iba a ser poseída por dos hombres aquella noche era suficiente para que se excitara. Por un instante sus ojos se toparon con la foto que descansaba sobre la librería y en la cual abrazaba a su novio en la playa. Esta vez había olvidado quitarla de su vista, mirar a su pareja le hacía sentirse culpable de sus continuas infidelidades, pero era algo que no podía evitar. La pasión que sentía por Mario era algo animal, una salvaje atracción de la que no podía zafarse y en la que la razón tenía la partida perdida. Era de él y, pasase lo que pasase, era para siempre. Una cadena invisible la ataba a Mario y nadie podía remediarlo. Tras el postre, Alicia miró inútilmente a Mario buscando un gesto que diera un inicio oficial a la función. Fue Jorge el que se acercó a Alicia por detrás y, levantando su vestido, achuchó sus nalgas con una mano, usando la otra para atacar su pubis por delante. Volvió a mirar a Mario y le rogó en silencio que se acercara, pero Mario se sentó en el sofá y contempló entre divertido y excitado los movimientos de ambos. Jorge arrebató su tanga con relativa facilidad y la despojó de su vestido. Alicia quedó semi desnuda en medio del salón, su corpiño tras la cena la ceñía aún más y sentía que era esclava de aquella prenda de ropa que le incitaba a mostrarse más ardiente y fogosa que nunca. Jorge apretó la pelvis fuertemente contra sus nalgas y Alicia tuvo que posar sus manos sobre la mesa de centro para mantener el equilibrio, tarea nada fácil, sus altos zapatos de tacón, único complemento que acompañaba el corpiño, se lo ponían bastante difícil. Jorge se desnudó apresuradamente y acercando a Alicia hasta la puerta del salón, la empujó ligeramente contra ella mientras palpaba sus formas, resbalando sus manos desde los pechos hasta sus muslos. Alicia buscó a Mario y vio que éste, sorprendentemente, se había marchado de allí. Pensaba que Mario entraría en el juego antes o después, jamás pensó que simplemente le traía a alguien para pasar un buen rato mientras él se ausentaba. Miró a su alrededor y vio que su abrigo había desaparecido. La decepción y la rabia invadieron su interior y pensó que ya no le parecía tan buena idea follar con aquel desconocido sabiendo que Mario no participaría en los juegos. En ese instante, Jorge empotró su miembro dentro de su sexo y comenzó una serie de intensas sacudidas que hicieron olvidar a Alicia lo que hacía unos segundos pasaba por su cabeza. Era imposible pensar en nada más que en degustar las maravillosas sensaciones que le proporcionaba aquel amante que le había regalado Mario. Jorge alternaba sus incursiones de tal manera que algunas eran suaves y cadenciosas y producían en Alicia una especie de espera angustiosa deseando que pronto volvieran los rotundos embistes con los que se sentía completamente fuera de sí. Su glande rozaba frenéticamente su punto g una y otra vez y Alicia, no pudiendo aguantar más, se dejó llevar por las fuertes pulsiones que paralizaron intensamente su cuerpo. Jorge la cogió en brazos y agarrando sus muslos, le introdujo su carnoso miembro mientras Alicia se aferraba a sus brazos y se balanceaba en torno a su fuente de placer. Al llegar al dormitorio, Jorge se tumbó en la cama y pidió a Alicia que se tumbara sobre él. Alicia comenzó a galopar salvajemente sobre su montura, agitando su cuerpo hacia arriba y hacia abajo mientras movía sus caderas de forma circular para sentir en toda su intensidad el pene de Jorge. Cuando estaba de nuevo a punto de perder el control, el calor de un cuerpo sobre su espalda le alertó de la presencia de Mario, que al contrario de lo que ella había pensado, no se había marchado, tan sólo se había escondido, dejando libertad de movimientos a la pareja. Mario empujó a Alicia contra Jorge y pringando su culo con un oloroso aceite, la penetró lentamente. Alicia sentía que se desgarraba, pero poco a poco notó que ambos penes se amoldaban en su interior e incluso parecían complementarse, llenándola por completo. Era maravilloso sentir las embestidas de Jorge y las sacudidas que Mario le imprimía. Se estaba volviendo loca de placer. Justamente en ese momento, el teléfono sonó una y otra vez. La rítmica melodía, que se mezclaba con los ruidos que hacía el somier al moverse el terceto, no mentía, era su novio el que llamaba. Dudó entre coger el teléfono y no hacerlo, pero escogió lo primero para no levantarle sospechas. -Sí, sí, estoy en la cama ya. ¿Qué tal el viaje? A pesar de que Alicia pidió una tregua a sus compañeros de lecho, no se la otorgaron, al contrario, atacaron a Alicia con más ferocidad, divertidos por el mal rato que estaba pasando intentando disimular el intenso goce. -Yo también te quiero, te echo de menos, un beso. Al colgar, Alicia estalló en un fuerte orgasmo, lo había retenido tanto tiempo, que fue uno de los más intensos que había tenido en su vida. Jorge y Mario continuaron follando a Alicia que, agotada, se dejaba llevar cual marioneta por los movimientos de uno y otro. Jorge aumentó el ritmo de sus empujes, eyaculando en Alicia y produciendo a modo de efecto dominó que Mario terminara también. Alicia apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama y dejó que fuera Mario el que despidiera a Jorge. -Encantada Alicia. Espero que mi hermano me llame pronto de nuevo y podamos reunirnos otra vez. Alicia miró a Mario y pensó que jamás comprendería a su amante. Ofrecerla a su hermano demostraba una generosidad fuera de lo común. Ella jamás hubiera compartido a Mario con nadie, y menos con su hermana…

sábado, 24 de mayo de 2008

La nueva asistenta


Lamentaba profundamente que mi mujer quisiera despedir a Ángela, la asistenta que había llevado nuestra casa durante casi un lustro. Dolores se empecinó en echarla a pesar de que a mí no me parecía muy buena idea, estaba acostumbrado a verla por casa y la consideraba ya casi como de la familia, pero ella, cada vez más insatisfecha con su trabajo, arreciaba sus ataques contra ella y más de una vez asistí como espectador silencioso a las críticas y reproches que le lanzaba. Los años estaban cayendo sobre Ángela al mismo tiempo que su pereza aumentaba y la limpieza de la casa dejaba mucho que desear, según palabras textuales de mi mujer. Dolores me repetía la misma cantinela día tras día. El tema de la limpieza me dejaba indiferente, soy un hombre poco exigente y me conformo con unos mínimos estándar, pero sí me que me daba algo de pena que dejáramos sin más a aquella pobre mujer en la calle.

Mi mujer, alegre por haberse librado de Ángela, se encargó de inmediato de la selección de la nueva asistenta. Era ella la que había tenido la peregrina idea de echarla, así que no cabía duda de que era ella la que tendría que buscar una nueva que mereciera la pena.

Y la encontró antes de lo que yo creía. Aquel día yo llegaba relativamente pronto de trabajar, abrí la puerta de nuestra casa, saludé a gritos a mi mujer que se la oía de lejos en la planta de arriba charlando por teléfono con alguna de sus amigas y me precipité al sofá en busca de descanso. Agarré mi mando de la tele y busqué el programa más anodino que ponían en ese momento para no tener que utilizar ni una sola de mis agotadas neuronas.
-¿Desea usted algo, señor? –dijo bruscamente detrás de mí una envolvente y desconocida voz para mí.
Me di la vuelta sin decir una palabra y allí estaba: una despampanante mulata, plagada de hermosas curvas, volúmenes de pecado, ojos negros y suculentos labios teñidos de rojo tan carnosos estos, que dudaba que fueran reales.
-Soy la nueva asistenta, señor –aclaró ella antes de que me diera tiempo a preguntarle nada- Me llamo Roraima.
-Encantado Roraima-dije yo un poco contrariado-espero que estés a gusto en nuestra casa.

Una cosa estaba clara: o mi mujer se había vuelto completamente loca o quería probarme como marido fiel o simplemente yo era víctima de alucinaciones por culpa del estrés.

-¿Necesita algo, señor?- preguntó sonriendo.
Lo que más necesitaba en ese momento era aliviar el sofoco que tenía dentro de los pantalones, así que me conformé con una cerveza fría, no podía aspirar a nada de lo que mi lúbrica mente no paraba de imaginarse, y más cuando mi mujer bajaba en ese momento las escaleras en dirección al salón. Los tacones de Dolores sobre la escalera de mármol me avisaban de que debía volver irremediablemente a la realidad.

Mientras Roraima se dirigía a la cocina, mi mujer se sentó a mi lado y agarrando mi brazo a modo de confidente me preguntó en un susurro mi opinión sobre la nueva chica.
-Ni idea, aún no la he visto trabajar. Le daremos un voto de confianza.
-Me la ha recomendado mi amiga Milagros, dice que tiene experiencia y que es muy hacendosa. ¿Es muy mona, verdad? –preguntó mirándome de reojo.
-No sé, ni me había fijado-mentí yo-
No quise decir nada más, me sorprendía que mi mujer hubiera elegido como asistenta a una mujer que podría haber sido una brillante protagonista de una película porno y a la par me escamaba su decisión, no tengo ninguna duda de la inteligencia de Dolores, así que posiblemente quería cerciorarse de que la falta de apetito sexual que sufría yo por aquel entonces era algo generalizado y no se debía simplemente a una falta de pasión por ella.

Los días fueron pasando y yo no acababa de acostumbrarme a la presencia de Roraima. Mis momentos de paz y sosiego tras el duro trabajo terminaron con su llegada. Era incapaz de concentrarme en nada que no fuera ella, ni la televisión, ni la lectura del periódico, ni mis ratos de navegación por la red resultaban suficientes para sacarme de su embrujo.

Roraima era una provocación en estado puro. Aprovechaba justamente mi presencia en el salón para adecentarlo, pasar el polvo a los muebles, cepillar la tapicería del sofá, ordenar los libros de la librería. Ninguno de sus movimientos me parecían inocentes, más bien al contrario: eran coquetos e insinuantes. Se paseaba con el plumero moviendo sus caderas rítmicamente, se agachaba frente a mí simulando encontrar una pelusa y en más de una ocasión se olvidaba de abrochar alguno de los botones de las estrechas blusas que llevaba. Mi mujer, por otra parte, había acertado de pleno: era trabajadora e incansable. La casa jamás había tenido el aspecto impecable que ahora mostraba. Dolores además, había encontrado en Roraima más que una asistenta, una amiga. Conversaban animadamente entre ellas, se reían y yo creo que hasta se confesaban más de un secreto. Me asombraba que mi mujer intimara con una asistenta, siempre había mantenido una actitud fría y distante con todas ellas.

Lo mejor de todo es que la escasa vida sexual que tenía con mi esposa se activó. Yo estaba como un miura desatado que necesitaba descargar toda su fuerza sexual sobre una buena vaca en celo. Así que tras pasarme las tardes empalmado contemplando los quehaceres de Roraima, esperaba con ansiedad la noche para arrastrar a mi mujer a la cama y follarla salvajemente mientras mi imaginación volaba hacia el culo de Roraima. Dolores se sorprendió gratamente de esta nueva faceta mía, era raro el día que no le proponía tener sexo en los lugares más insospechados, algo inusual desde hacía mucho tiempo, pero me gustaba pensar que Roraima podía llegar a vernos, a la par que me excitaba que Dolores tuviera ciertos reparos en ser descubierta.

Roraima dormía al lado de la bodega, en un pequeño cuarto con aseo iluminado tenuemente por una estrecha ventana alargada situada en la parte superior de la pared frente a su cama, que yo había ordenado abrir cuando Ángela se vino a vivir con nosotros. A veces salía por la noche a pasear al perro por el jardín y disimuladamente me acercaba hasta su ventana, siempre cerrada por el miedo exacerbado que Roraima procesaba a los ratones. Desde que ella entró en la casa, aquella ventana, antes deslucida y opaca, lucía más transparente que nunca. El miedo a los ratones era uno de tantos miedos que ella tenía, como el miedo a dormir a oscuras. Dormía siempre con una pequeña lamparita que tenía en la mesilla que dejaba encendida toda la noche. Esa luz es la que me permitía ver su sueño nocturno. A veces adivinaba tras el cristal su cuerpo envuelto en la sábana. La tela se amoldaba a él como una segunda piel, se adentraba entre sus glúteos y su perfecta simetría me provocaba de inmediato una intensa erección.

Pasado un mes y superada la fase de prueba, mi mujer volvió a sorprenderme gratamente poniendo uniforme a Roraima. Nunca lo vistió ninguna de nuestras asistentas y a pesar de que sentía que mi mujer se estaba aburguesando demasiado por la época boyante que afortunadamente vivíamos, no le puse pega alguna, al contrario. No obstante, seguía pensando que mi mujer estaba perdiendo el juicio, el modelito que había elegido para vestirla era digno de una revista de lencería erótica o de cualquier cabaretera de los años 50. Un minifaldero vestido negro mostraba sus prietos muslos, su escote martilleaba en mi cabeza hasta casi volverme loco y aquel delantal blanco de encaje no era sino una muestra de lo que posiblemente llevaba como ropa interior.

Era tal la obsesión que comenzaba a tener por ella que me era imposible pensar en otra cosa que no fuera su cuerpo. Necesitaba pasar a la acción, no podía seguir en ese continuo estado de nervios sin probar el dulce sabor de su piel morena, morder aquellos tumultuosos labios y dejar que mis sueños más húmedos se convirtieran en realidad.

Dejé de mostrarme indiferente ante su presencia y me aproximé a ella en todos los sentidos: hablando más con ella, poniéndole mi mano en su hombro para alabar su trabajo, cogiendo su cintura para explicarle alguna ocurrencia mientras caminábamos. No parecía que se sintiera en modo alguno presionada por mí, ni siquiera la notaba incómoda, así que continué mi particular ataque tocando de vez en cuando su culo simulando colocarle la falda, palpando su pecho para quitarle una mota de polvo... Descubrí que mi trabajo me había hecho ser un hombre de enormes recursos, y que podía aprovecharlos para mi vida personal.

Fue una noche mientras mi mujer disfrutaba de un baño de sales cuando aproveché para bajar a la bodega y entré sin llamar a su cuarto. Roraima estaba desnudándose. Mi mirada de incontenible lujuria se cruzó un segundo con sus ojos de sorpresa, cogió su delantal de la cama y tapó de inmediato sus pechos desnudos.
-¡Disculpa, creí que no estabas!-mentí mientras memorizaba su cuerpo semi desnudo y me relamía con su piel morena.
-No se preocupe, no pasa nada señor... -dijo ella algo dudosa.
-Venía a arreglarte la lámpara del techo, me ha dicho mi mujer que parpadea la luz, ¿verdad?
-Sí señor. Últimamente falla cada vez más.

Entré en su habitación intentando que mi rostro mostrara la mayor cara de inocencia que podía simular, aparté la cama y me subí a la escalera ante su atenta mirada. Tras unos segundos se quitó, para mi sorpresa, el delantal que cubría sus pechos, dándome la espalda muy a mi pesar. La erección se hizo plena en ese momento, me apretaban los pantalones y la sangre de mi cuerpo bombeaba tan aprisa que la calentura tornaba hasta convertirse en verdadero mareo. Roraima de nuevo se dio la vuelta para contemplar mis torpes maniobras, jamás he sido un hacha del bricolaje, al contrario, no hay tarea que odie más. Roraima se comportaba como si no hubiera nadie más que ella en la habitación, bajándose lentamente sus bragas hasta que cayeron al suelo. Los cables se me estaban resistiendo y mis manos temblorosas por la excitación no atinaban a introducirlos en el casquillo. Pude ver de reojo su pubis, negro como el azabache, deseaba perderme en la noche que mostraba. Mientras seguía con el arreglo, Roraima caminó desnuda hasta la ducha, dejando la puerta del aseo abierta. Abrió el grifo y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo, humedeciendo su pelo largo y rizado. El pequeño espejo del baño era mi confidente, mostrándome todos los movimientos de aquella bella mujer. Me sentía hipnotizado por su piel mojada. Vertió una pequeña dosis de gel en la palma de su mano derecha e impregnó con mimo su cuerpo con él, frotando su piel enérgicamente mientras el agua se teñía de espuma. Veía como resbalaba por sus pechos, quedando en sus pezones pequeñas manchas blancas que yo imaginaba que podría ser mi semen. Hubiera querido ser en ese momento yo la espuma y seguir el insinuante recorrido que hacía por su cuerpo, depositándose finalmente en su vello atizonado, cuya espesura ejercía de muro de contención. Veía mi semen haciéndose uno con su pubis, tiñendo de blanco aquella mata, refugio de mi fuente de placer. Mientras se enjuagaba, bajé de la escalera, pero no por miedo a caerme, sino por puro deseo y me acerqué hasta la ducha en su busca. Descorrí las puertas que la separaban de mí y agarrando su brazo la arrastré hasta su cama, haciendo caso omiso a sus súplicas.
-Pero señor... ¿Qué hace?

Yo estaba fuera de mí, no podía pensar, no me daba cuenta de lo que estaba haciendo, era mi ansiedad carnal la que decidía mis acciones. Abrí sus piernas, lamí el agua que cubría su piel hasta secarla con mi deseo, amasé sus pechos y me llevé ambos a la boca, era tal mi hambre que no me conformaba con uno. Roraima no daba muestras de rechazarme, tan sólo unos pequeños forcejeos que a mí me parecían algo teatrales. Empapé mi mano con su vello mojado y resbalé mis dedos por los confines del fin del mundo, que en este caso eran míos. Bajé la cremallera de mis pantalones y mi pene salió aliviado de su pequeño espacio. Estaba poseído por aquella mujer, mordí su cuello hasta conseguir retener en mis papilas su olor, estrujé sus glúteos con mis manos hasta que los sentí completamente míos, lamí sus negros pezones completamente endurecidos y la penetré sin poder aguantar ni un minuto más fuera de aquel paraíso de carne prieta y mojada. La embestí rápidamente, con fuerza e intensidad, pensando que quizás era la última ocasión de poder hacerlo, que de seguro le contaría todo a mi mujer y que la despediría, o peor aún, dado que cabía la posibilidad de que quien se marchara a la calle fuera yo. Pero en ese momento, todo eso quedaba muy lejos, mi única meta era poseerla, hacerla mi esclava, mi prisionera sexual, mi dulce criada sumisa, completamente mía. Empujé como si me fuera en ello la vida, con rapidez, sin tener en cuenta nada más que mi propia necesidad. Mis poros comenzaron a rezumar, mi respiración se hizo más agitada, comencé a sentir que mi miembro era comprimido rítmicamente y Roraima, para mi sorpresa, se desparramó en la cama exhausta cesando su tímida lucha contra mí, mientras yo sacaba y metía mi miembro en su sexo indiferente a sus cansinos ruegos, derramando inconteniblemente mi semen sobre su cuerpo moreno. Me deleité por unos segundos contemplando su pelvis teñida de blanco gracias a mí y me levanté.

Salí de inmediato de su habitación no sin antes haberme pegado una pequeña ducha para no ser descubierto por el sensible olfato de mi mujer. Ahora es cuando empezaba a tener remordimientos por el mal cometido. Roraima no me dijo ni una sola palabra tras el sexo, quedó tendida sobre su lecho con las piernas abiertas sin ni siquiera mirarme. No podía saber lo que estaba pensando, pero no tenía que ser nada bueno.

Pero por fortuna mi mujer no llegó a sospechar nada y Roraima, quizás por miedo a ser despedida, no había comentado nada del asunto, así que yo, tranquilo sabiendo que estaba a salvo, me convertí a partir de ese día en mis horas libres en un acosador casero.
-Pero que culito tan rico tienes-le decía mientras metía mi mano por debajo de sus bragas y le achuchaba su trasero empujando su cuerpo contra la encimera de la cocina.
-¡Señor, por favor!- Decía ella algo contrariada.

Aprovechaba cualquier ocasión para meterle mano en el sentido más amplio de la palabra: si ella estaba pasando el polvo a la barandilla, yo me acercaba por detrás y bajando sus bragas, me apretaba a ella para que sintiera mi miembro erecto entre sus nalgas. Si se encontraba en el suelo dando blanco a las hiendas de las losetas, agarraba sus pechos y hacía que se levantara hasta poder lamer su cuello dorado. A pesar de que mi intención era ir más allá, ella no me daba ninguna ocasión para hacerlo: cerraba su cuarto a cal y canto y evitaba las ocasiones en las que mi mujer estaba fuera de casa para acercarse a mí. Así que mi calentura aumentó tanto, que mis sesiones de sexo con mi mujer experimentaron un nuevo renacer para alegría de ésta, que siempre ha sido una mujer fogosa y nunca ha llevado bien mi recurrente falta de deseo.

Lo cierto es que Roraima se iba alejando de mí al mismo tiempo que se acercaba a mi esposa. La relación amigable que mantenían se estaba convirtiendo en algo más íntimo, aumentaron los cuchicheos entre ellas y el tiempo que pasaban juntas. Sentí que era el tema de algunas de sus conversaciones e incluso en más de una ocasión, creí ver como mi mujer se acercaba a ella de la misma manera que lo hacía yo. ¿Mi mujer se sentía atraída sexualmente por el sexo femenino? ¿Sería acaso bisexual y yo no me había dado cuenta nunca de ello?

La relación entre ambas despertó en mí un nuevo sentimiento: el de los celos. Sentía envidia de su intimidad, de no ser el confidente de Roraima, de que no se probara ante mí los vestidos que mi mujer le regalaba. Era una obsesión, un temor a ser el tercero en discordia y a que mi bella mulata no me tuviera en cuenta para nada.

Si bien es cierto que no me podía quejar de no ser atendido por ella, me resultaban ciertamente escasos aquellos momentos y por ende, el tiempo que pasaba junto a mi mujer se me hacía excesivamente pesado y largo. Me frustraba no saber qué hacían en el dormitorio de mi mujer, siempre con la puerta cerrada a cal y canto. Eran momentos de intensa desesperación que conseguí aliviar con un nuevo entretenimiento: el espionaje.

Fue así como un día escuché entre mi mujer y Roraima una extraña conversación que me dejó algo confuso y preocupado.
-¿Qué tal va todo Roraima? ¿Lo ha vuelto a hacer?
-No señora, aunque lo intenta.
-Ya sabes lo que tienes que hacer, del resto ya me encargo yo.
-Claro que sí, señora, no dudé que lo haré...

Reflexioné sobre la misteriosa conversación de las mujeres que habitaban mi casa. No sabía a qué atenerme. O era víctima de un complot entre ambas para eliminarme y quedarse a solas o, pensando desde un punto de vista más positivo, mi mujer la había contratado no sólo para tareas domésticas, sino también para darme una alegría y de paso aumentar mi lastimada libido. La primera posibilidad, aparte de ponerme los pelos de punta, me llenaba de congoja. Confiaba en mi mujer y creía conocerla bien como para considerarla capaz de cometer un asesinato. Prefería pensar que la segunda posibilidad era la acertada.

La respuesta a mis dudas e interrogantes llegó una tarde al volver del trabajo a una hora más bien temprana. Subí las escaleras un poco escamado al no ver a Roraima en el piso de abajo haciendo sus labores. El silencio absoluto que había en la casa era algo escamante. La puerta del dormitorio de mi mujer estaba cerrada y un extraño sentimiento de que algo ocurría me invadió. Abrí la puerta con cuidado intentando hacer el mínimo ruido posible y la escena que contemplé no podía decir que me sorprendiera, me resultaba, a la par que chocante, tremendamente morbosa y excitante.
-¿Quieres que te hagamos un hueco?-dijo Dolores entre jadeos.

Tiré la chaqueta del traje al suelo, me aflojé la corbata y me dispuse a vivir lo que parecía ser una nueva y maravillosa etapa de mi vida…


miércoles, 31 de octubre de 2007

Una cita nocturna

Ahora que ya estaba en la calle se empezaba a arrepentir de haber dicho que sí. Ella y su perversa curiosidad. Los tacones finos que calzaba marcaban su paso no sin cierto escándalo en el silencio nocturno e intentaba caminar de puntillas para evitar ser el centro de las miradas de los que a esas horas pululaban por allí: pequeños grupos de jóvenes bebiendo a las puertas de los bares, taxis de ronda llevando a los últimos regazados de la noche a sus casas, alguna que otra parejita ocasional metiéndose mano al amparo de la oscuridad. Alicia caminaba entre todos ellos intentando pasar desapercibida, pero el ruido de sus tacones y su indiscreta vestimenta parecían impedirlo. Su minifalda vaquera dejaba asomar la parte baja de sus glúteos y por ende, su pequeño tanga; y su blusa blanca, abotonada lo imprescindible para dejar al aire su ombligo y su escote eran de todo menos decentes. Sus pechos vibraban cual gelatina. Caminaba con brío para atravesar toda la zona de bares por la que no tenía más remedio que pasar.

Intentó recordar los motivos que le habían llevado a salir a la calle a las 3 de la mañana. ¿Su excitación? ¿La necesidad de nuevas aventuras? ¿El morbo de la primera vez? Lo cierto es que chatear aquella noche de aburrimiento con el tal “Kal” había sido sumamente entretenido, le había llevado en poco tiempo a un estado tal de excitación, que, ante la pregunta de si iría esa misma noche a su casa, Alicia casi ni lo dudó y dijo que sí. Ella siempre mentía a la hora de dar sus datos personales en los chats, pero con Kal había sido distinto. Fue sacando uno a uno sus secretos, sus deseos más íntimos y cuando Alicia confesó que vivía en la misma ciudad que él, todo se aceleró. Kal fue entonces cuando sorpresivamente le habló con sinceridad: no estaba solo, su pareja estaba a su lado y querían a una mujer de tercera para esa noche. Alicia se echó hacia atrás en el asiento al leer aquellas palabras en la pantalla de su ordenador y tecleó un “NO” rotundo. Tenía ganas de acostarse con Kal a pesar de que fuera un perfecto desconocido, únicamente le conocía por una borrosa foto de su cuerpo que él le había enviado a su ordenador. Pero acostarse con una mujer no entraba dentro de sus planes… Kal insistió incansable y resultó ser de lo más persuasivo dado que Alicia finalmente aceptó, haciendo que de nuevo, su morbosa curiosidad, ganara la partida.

Pero ahora en la calle todo era distinto. Ya no estaba tan excitada, la suave temperatura de la noche había aliviado el sofoco del calor que desprendía su ordenador y ya no tenía las cosas tan claras. De nuevo metida en líos y en situaciones complicadas, su maldita doble vida le iba a llevar a la locura.
Su paso se hizo más lento al llegar a la calle que le había proporcionado Kal. Era una urbanización nueva, en la que aún se podía ver el cartel de la promotora ofreciendo pisos. Llegó al portal y llamó.
-¿Eres Alicia?
-Sí…soy yo.
-Sube por favor.

Su corazón bombeaba intensamente, podía oír los latidos en sus oídos. Cogió el ascensor y se miró en el espejo. La ropa que llevaba puesta era enormemente sexy y marcaba sensualmente sus formas de mujer.

Kal abrió la puerta descalzo y con unos boxers amarillos como único atuendo. Llevaba una copa en la mano que ofreció a Alicia casi antes de saludar.
-Me gustas Alicia. –Y le plantó en la cara dos sonoros besos.
-Hola Kal.

En esos momentos, a Alicia no le salían las palabras, su timidez se había apoderado de ella y, aunque Kal tenía un cuerpo musculoso y muy cuidado a base de horas de gimnasio, no tenía ganas en ese momento más que de volver a su casa. Pero no lo hizo y siguió obedientemente a Kal hasta el salón. Sentada en el sofá y con un camisón negro, se hallaba la tal Alina, que era la mujer de la que le había hablado en el chat. Kal presentó a ambas mujeres y Alicia se sentó a su lado con la copa agarrada entre las manos para que no se le notara su pequeño temblor nervioso. Alina era una mujer morena, de largo pelo y ojos castaños. Alicia miró su cuerpo de forma disimulada: tenía grandes pechos y quizás algún kilo de más repartido en su cuerpo, sus piernas eran largas y tenía las uñas de los pies coquetamente pintadas de rosa.

Kal puso música y se sentó al lado de Alicia, haciendo caso omiso de la presencia de Alina. Comenzó a acariciarle sus brazos, besó su cuello y bajó la mano hasta sus piernas. Alicia se sentía algo retraída por la situación, pero a pesar de ello, dejó que Kal abriera sus piernas y acariciara la zona interna de sus muslos mientras éste se acercaba para apretarse aún más contra ella. Kal fue besando con constancia todo su cuerpo, dejando un rastro de saliva en cada zona que lamía. Avanzó posiciones recorriendo sus muslos hasta llegar a su sexo. El leve roce de su mano en él avivó el mismo y el pequeño temblor que Alicia tenía en sus manos desapareció. Alicia se dejó hacer por Kal, que parecía que ya tenía prisa por conocer su cuerpo desnudo. Comenzó a acariciarle su torso velludo, no sin antes mirar a Alina de reojo, como señal de petición de consentimiento. Alina le sonrió cómplice. Kal desabrochó su blusa y con sus manos abarcó sus pechos, acercó su boca a ellos, hizo desaparecer su sostén como por arte de magia y devoró cada una de sus montañas. Alicia, tras unos primeros momentos de reparo, se sintió más segura, el sexo mutaba su carácter y hacía que perdiera sus inhibiciones. Ya le empezaba a dar igual que Alina se encontrara a su lado y que se masturbara viendo la escena entre Kal y ella. Alina había subido su camisón hasta la cintura y con ambas manos comenzaba a darse placer. Kal metió una mano por debajo del tanga, Alicia la sintió caliente y abrió más sus puertas, quería que su nuevo inquilino entrara en sus habitaciones sin recelo, ya se había abandonado, ya podía tocar cualquier resorte que lo único que pasaría es que cada vez estaría más fuera de sí. Kal jugueteó con su clítoris, rebuscó entre sus pliegues y zambulló sus dedos en la piscina de deseo en que se había convertido su sexo. La situación comenzó a darle morbo: estaba follando con un desconocido, se sentía mirada por una mujer y ella misma se había convertido en improvisada voyeur. Miraba a Kal sus maniobras, pero no podía dejar de contemplar los rítmicos movimientos de Alina sobre su vulva ya enrojecida por el placer. Los gemidos de Alicia se entremezclaron con los de Alina, que parecía no tener ningún pudor en abrirse de piernas ante una desconocida. Los tirantes de su camisón hacía tiempo que habían perdido su posición y ahora sus pechos asomaban por encima del mismo. Alicia los miró, eran inmensos, mucho más grandes que los suyos. Alina se los sobaba con maestría mientras miraba a Alicia de forma desafiante.

Kal se incorporó, el bulto que tenían sus boxers era ya considerable. Cogió una mano a Alicia, otra a Alina y los tres fueron al dormitorio. Una gran cama con un edredón blanco, un cuadro abstracto encima de ella y dos mesillas de noche con dos lámparas naranjas a juego con la del techo era el único mobiliario que había en ella.

Alicia se desnudó por completo mientras Alina se tumbaba en el lecho, dejando en el suelo el camisón. Kal, de pie, se colocó detrás de Alicia, y ésta notó su miembro desnudo entre sus nalgas. Kal cogió sus pechos y mordisqueó su nuca, empujando su pelvis contra su culo. Alicia gimió sin pudor ante el delicioso ataque de Kal. Con un gesto, le pidió que se tumbara en la cama. Alicia se recostó, miró a Alina de reojo que no paraba de tocarse y volvió a mirar a Kal, que de nuevo tenía sus manos entre las piernas de Alicia. Estaba mojada y tan húmeda, que casi le incomodaba para sentir con intensidad los dedos de Kal. Éste pareció percibir lo que estaba pensando Alicia, se tumbó sobre ella y la penetró lentamente. Alicia se desmoronó de goce en ese momento, cerró los ojos y disfruto de las pequeñas sacudidas que le propinaba Kal. Fue en ese momento, cuando notó que no eran las manos de Kal las que estaban sobre sus pechos, ni la boca de Kal la que los estaba chupando. Abrió los ojos y descubrió que era Alina la que le estaba dando placer. Por un instante se bloqueó, pero Alina conocía bien como hacer gozar a una mujer y mientras Kal seguía penetrándola, Alina comenzó a acariciar todo su cuerpo, cogió uno de sus pechos en sus manos y lo llevó a su boca. Alicia sentía los labios de Alina sobre su pezón, podía percibir el calor de su lengua lamiéndolo. Alina se había desatado y parecía no conformarse con ser una mera espectadora, tenía ansia por conocer el cuerpo de Alicia. Ésta se sentía confusa, no le atraían las mujeres en absoluto, pero se sentía terriblemente excitada viendo actuar a Alina. Un cúmulo de palpitaciones invadió todo su cuerpo y por unos leves instantes, descansó.

Kal salió de Alicia y se tumbó sobre Alina. Jamás había estado tan cerca de una pareja haciendo el amor, pero no se sentía relegada, al contrario, Alina pidió que se acercara y, mientras Kal la follaba, ella se dedicaba a masturbar a Alicia con una pericia fascinante. La mano de Alina rozó la vulva de Alicia, sus dedos largos y finos penetraron su sexo y Alicia volvió a abandonarse al placer sin más, sin importarle de quien vinieran las caricias. Ella misma quiso entrar definitivamente en el dulce juego y comenzó a acariciar y sobar los pechos de Alina, como agradecimiento o como deseo, ya no sabía lo que en esos instantes pasaba por su mente. Le gustó tocar unos pechos ajenos, turgentes y suaves, rozó entre sus dedos los pezones y acarició la gran aureola que los rodeaba. De nuevo, sentía su sexo palpitante con los dedos de aquella mujer a la que no conocía de nada, los movía maravillosamente bien, Alicia movía sus piernas al compás que le marcaba los dedos de su compañera hasta que no pudo más, volviendo a desfallecer con un intenso orgasmo. Kal, cabalgaba sobre Alina y miraba a Alicia hasta que por fin se derramó en Alina, acompañado su orgasmo de unas extrañas convulsiones.

Kal se tumbó en la cama a un lado y el trío descansó en silencio. Tras la batalla, parecía que las palabras no fluían de la boca de ninguno de los guerreros y Alicia se incorporó y se vistió mientras Kal y Alina le daban las gracias por su visita y se hacían los últimos arrumacos.

Kal y Alina al despedirla, le habían dicho que viniera otro día, pero Alicia, a pesar de todo, dudaba, se empezaba a meter en terreno peligroso.

La noche le pareció más cálida que nunca, apenas había gente en la calle y estaba cansada. Llamó a un taxi y se alejó de allí. Miraba las calles pasar veloces en su ventanilla y se preguntaba a sí misma, si algún día volvería a ver a aquella pareja...


miércoles, 19 de septiembre de 2007

Un tacón roto




Alicia volvió a casa tras pasar por la peluquería. Esa misma tarde estaba invitada a la boda de un compañero de trabajo, así que se había comprado un vestido rojo sin mangas para la ocasión. Sacó de su armario el vestido y la ropa interior del mismo color que se había comprado a juego. Buscó las sandalias de tacón infinito de las que se había encaprichado hacía dos meses al verlas en aquel escaparate en una de sus largas sesiones de tiendas que tanto le relajaban y que ya había estrenado en una fiesta de cumpleaños a la que acudió. Pero al sacarlas de la caja se echó las manos a la cabeza: se había olvidado por completo de que uno de los tacones estaba defectuoso, de hecho en la fiesta a punto estuvo de dar un traspié por dicho motivo. Ya no había tiempo de ir al zapatero para arreglarlo, pero no podía ir con ellos en esas condiciones o de seguro acabaría por los suelos.

Se dirigió a la caja de herramientas en busca de ayuda, hacía meses que no la abría, ni siquiera recordaba lo que había dentro, pero lo cierto es que el bricolaje era algo que no tenía cabida en su vida. Allí había utensilios que no había utilizado jamás, algunos incluso aún tenían el precio puesto, y de algún elemento tenia serias dudas sobre su funcionamiento o para qué servía. Dichas adquisiciones fueron fruto de un día de arrebato comprador al que había precedido el visionado en la televisión de un programa de bricolaje, en el cual todo parecía sencillo siempre que se dispusiera de las herramientas adecuadas. Alicia se imaginaba aprendiendo a utilizarlas en un futuro… futuro que aún no había llegado. Tornillos, clavos y argollas se amontonaban mezclados sin ningún orden. Y por fin encontró lo que necesitaba: un tubo de pegamento ultrarrápido. Ni recordaba cuando lo había comprado, pero había una posibilidad de que aún no estuviera caducado, así que lo cogió y se dirigió ufana a la cocina con las sandalias y su trofeo en la mano.

Pero la tarea de abrir el pegamento resultó más complicada de lo que ella suponía. El tapón estaba prácticamente soldado, parecía sellado por completo. Tras intentarlo en vano unas cuantas veces buscó de nuevo en su caja de herramientas y encontró unos alicates. Apretó con fuerza el tubo con la herramienta consiguiendo que la tapa cediera, pero el pegamento empezó a gotear profusamente. Alicia cogió la sandalia estropeada y rápidamente untó de pegamento el tacón, pero no pudo evitar que se impregnara con parte del contenido sus dedos, sus piernas y sus pies. En cuestión de segundos, el pegamento había conseguido pegar no sólo el tacón, sino también los dedos de ambas manos. Había una orgía de pegamento a su alrededor.

Con los dedos unidos abrió el grifo e intentó separarlos lavándose con agua caliente y jabón, parecía imposible conseguirlo sólo con eso. Corrió al baño y buscó un disolvente, pero lo único que encontró fue un quita esmaltes medio vacío. Se echó las últimas gotas del mismo sobre los dedos pegados y poco a poco fueron cediendo, aunque aún no parecía suficiente.

Salió precipitadamente de casa en busca de su vecino Manolo, un hacha del bricolaje casero dado el elevado número de veces que le oía a través de los tabiques utilizar su taladro. Alicia pensó en la suerte que tenía su mujer, que seguramente no había conocido en su vida algo como el “cuelga fácil”, al que Alicia era adicta.

Llamó al timbre de la casa de su vecino y enseguida le abrió Manolo, que vestía unos pantalones cortos negros y una camiseta de tirantes de color blanco, por la cantidad de virutas que estaban pegadas a esta última, parecía estar precisamente dedicado en cuerpo y alma a la tarea de lijar una tabla para una estantería que asomaba a medio montar en el pasillo.
-¿No tendrás un disolvente para pegamento, verdad? –dijo Alicia.
-¡Madre mía como te has puesto! Anda pasa, que intentaremos hacer algo. Te presento a Adolfo, un amigo mío que ha venido a pasar unos días en nuestra casa.

Si Manolo era un hombre corpulento, Adolfo lo era todavía más, parecían dos rocas humanas grandes y pulidas por el esfuerzo de sus músculos. Alicia sintió, ante la visión que se le presentaba, que su sangre empezaba a moverse por su cuerpo y se ubicaba convenientemente en sus zonas erógenas.

Adolfo miraba a Alicia con curiosidad y ésta sintió cierto rubor por el descaro de su mirada. Se sentó en un sofá y esperó a que Manolo viniera con el disolvente. Mientras tanto, Adolfo se sentó a su lado y, para sorpresa de Alicia, cogió su mano derecha.
-Tienes los dedos hasta arriba de pegamento.
-Soy un desastre para estas cosas...

Adolfo, sin cortarse lo más mínimo, acarició los dedos rugosos y ásperos de Alicia manchados por el pegamento y ésta, aunque un poco sorprendida, no intentó apartarlos.
-También se te ha caído el pegamento en las piernas...
-Sí, creo que el tubo entero ha acabado entre mis piernas, ups, quería decir que se me ha caído entero sobre ellas...
Y Adolfo, tras el comentario, pasó de rozar sus dedos a rozar sus muslos. Alicia miró hacia la puerta, pero Manolo parecía enfrascado en la búsqueda del disolvente que parecía no encontrar. El salón estaba desordenado, cuando viniera María, la mujer de Manolo, se iba a llevar una desagradable sorpresa: latas de cerveza vacías luchaban en un frágil equilibrio encima de una mesa por no caerse al suelo, varias películas con imágenes sugerentes y con la letra X como reclamo principal del título reposaban encima del video. Parecía que Manolo estaba disfrutando de la ausencia de su mujer…

Adolfo tenía una mano grande y caliente y Alicia no tenía la fuerza suficiente para decirle que dejara sus caricias, le estaban resultando muy cálidas y placenteras. Alicia era propensa a excitarse en cualquier momento y situación y una especie de resorte en su cerebro hacía sacar a la luz el lado más libidinoso que cada vez más, le dominaba. Así que, dejó que Adolfo, que apestaba a cerveza, siguiera acariciando sus piernas. Se relajó sobre el sofá y le miró instándole a seguir con sus caricias. Adolfo continuó con sus piernas y tras los embelecos en éstas, se arrodilló en el suelo y acarició también sus pies, igualmente estaban embadurnados de pegamento. Volvió a sentarse al lado de Alicia y Adolfo, ya seguro de la situación, se atrevió e meter una mano por debajo de la camiseta, buscando los senos de Alicia. Adolfo los encontró libres bajo de la tela, Alicia no solía llevar sostén en su casa, el tacto con ellos provocó en Adolfo un incremento de su grado de excitación, que pasó de acariciarlos con timidez a manosearlos cual si fuera dueño de ellos.
-Va a venir Manolo de un momento a otro...
-Tardará. Es difícil que encuentre el disolvente porque precisamente hoy mismo lo he necesitado yo y lo tengo en un bolsillo...

Adolfo acercó su otra mano al sexo de Alicia y, por debajo de los pantalones, lo apresó entre sus dedos, moviendo su mano con gran destreza para goce de ésta. Al sentir sus dedos fue consciente de que estaba empapada en su propio flujo, en ese momento ya estaba rendida al placer. Adolfo se desabrochó los pantalones y le brindó su verga, Alicia se chupó juguetonamente unos dedos y agarró firmemente el instrumento, propinándole un delicioso movimiento de balanceo. Adolfo, ya no se contuvo más y en ese instante, subió la camiseta de Alicia y lamió sus pechos, mordisqueó sus pezones y dejó que sus dedos, que ya estaban completamente humedecidos entre las piernas de Alicia, resbalaran obedientes al interior de su sexo.
Manolo ya no buscaba el disolvente. Hacía tiempo que contemplaba la escena que se estaba desarrollando entre Alicia y Adolfo a través del espejo del baño y únicamente disimulaba haciendo ruido para no desconcentrarles. Pero se estaba excitando con ambos y mientras veía a la pareja, como había hecho muchas veces delante del televisor con sus películas, no pudo dejar de meter su mano debajo de los pantalones y comenzar a masturbarse.

Alicia y Adolfo seguían con los mutuos juegos onanistas y alerta en todo momento a dejarlos si se presentaba Manolo de improviso. Pero Manolo ya no podía más, hacía siglos que no follaba “de verdad”, como él se imaginaba que tenía que ser, mientras culeaba tristemente en la postura del misionero a su mojigata esposa. Estaba a punto de explotar, así que, sin dejar que su cerebro decidiera sobre el desenlace correcto de la situación, se acercó sigilosamente al salón con el nabo en ristre.

Alicia fue la primera que le vio y con un gesto, apartó la mano de Adolfo de su sexo, e intentó bajarse la camiseta, pero Manolo, sin decir una palabra, se acuclilló delante de Alicia, abrió las piernas de ésta y comenzó a morder con avaricia sus muslos. Alicia, que ya estaba excitada al máximo, no pudo remediar gozar con su vecino y no encontró la sensatez suficiente para decirle que lo dejara, que quizás después se arrepentiría cuando María hubiera vuelto. En el momento en que Manolo apartó sus pantalones y hundió la cabeza en su coño, Alicia empezó a notar un calor agobiante en todo su cuerpo y sintió que le sobraba toda la ropa, así que ni corta ni perezosa, se quitó la camiseta y dejó que Manolo bajara sus pantalones y sus bragas mientras Adolfo, que parecía divertido con la situación, se quitaba la ropa para ambientar el nuevo escenario que se estaba desarrollando.

Alicia se tumbó en el sofá, dejó que Manolo siguiera recorriendo con su lengua toda su orografía y se explayara con su vulva, mientras Adolfo, de pie, acercó su miembro a la boca de Alicia. Cada uno de los movimientos con que Manolo agasajaba su sexo era un nuevo aliciente para engullir por entero el pene de Adolfo y darle placer. Sentía el glande en la misma campanilla, pero antes de provocarle una arcada, el movimiento de retroceso de aquella polla, evitaba la misma. Los tres personajes se acompasaban a la perfección, Manolo alternaba su afilada lengua con sus gruesos dedos y Alicia devoraba el tronco de Adolfo, jugueteaba con los huevos y acariciaba con sus dedos no manchados por el pegamento, la base del pene.

Manolo se incorporó y se acercó a su vecina agarrando con su mano el pene y clavándoselo en su coño, provocando que ésta imprimiera un ritmo aún de mayor desenfreno al miembro de Adolfo. Las embestidas de Manolo transportaron a Alicia a uno de los orgasmos que tendría en esa sesión, y como si de un juego de dominó se tratara, fueron cayendo uno tras otro. Manolo era fuerte, los empellones con su verga eran potentes y Alicia gemía mientras seguía afanándose en el miembro de Adolfo, el cual como por simpatía, había adaptado el ritmo de embestida bucal al de su compañero. Una explosión de líquido blanco y caliente inundó la boca de Alicia hasta anegarla, provocando que corrieran por sus comisuras hilos de semen, mientras que a la par, era regada por Manolo, que sacó su pene y dejó que fluyera un manantial sobre los pechos de Alicia.

Tras el desenfreno en el sofá, Adolfo sacó el disolvente del bolsillo e hizo desaparecer todo el pegamento de la piel de Alicia. Ésta volvió a su casa, relajada y feliz, aunque su alegría duró poco al observar en el espejo el lamentable aspecto en que había quedado su peinado tras la diversión…