sábado, 12 de abril de 2008

Los deberes de Mario VIII: Una noche de luna nueva

Alicia se encontraba profundamente dormida cuando bruscamente, un silbido entrecortado la despertó. Tardó unos segundos en darse cuenta de que no era un sonido producto de su imaginación y del dulce sueño en el que se encontraba y que ni siquiera era el impertinente despertador anunciando un nuevo día. Fue la luz encendida de su teléfono móvil la que le hizo percatarse de que se trataba de un mensaje. Miró el reloj y vio que eran las dos de la mañana. Al ver su procedencia sonrió, no podía ser de nadie más que de Mario, con frecuentes problemas de sueño. Su mensaje era tan escueto como concreto: “te paso a buscar en 15 minutos, sólo puedes entrar en mi coche con una prenda de ropa, nada más”. Leyó de nuevo aquel imperativo encargo, ¡menudas horas! Lo cierto es que a pesar de todo, jamás rechazaba una invitación de su amante. Las oportunidades no se podían desaprovechar, así que tras desperezarse, se levantó. Intentó adivinar lo que Mario tendría preparado para ella, ya estaba acostumbrada a su desbordada imaginación, quizás la misma que la suya. Siempre intentaban sorprenderse el uno al otro con nuevos juegos, cuanto más morbosos y originales, mejor.

Abrió su armario y echó un vistazo a su ropa. El invierno estaba siendo excepcionalmente cálido y la primavera estaba al caer. Nada de manga larga, al lado de Mario jamás sentía frío, por lo que escogió un vestido negro que se abrochaba al cuello, sin mangas y que mostraba buena parte de su espalda así como sus hombros. Imposible que Mario se mostrara indiferente al verlo. Ya se había despertado por completo y la cercanía de su amante avivaba la llama de su deseo. Tras unos cuantos intentos infructuosos consiguió por fin subirse la cremallera del vestido y se miró en el espejo. Cualquiera pensaría que estaba chiflada, pero ella tenía otro punto de vista, la vida era demasiado larga para hacer en todo momento lo supuestamente correcto. Mientras bajaba las escaleras de su casa recibió un nuevo mensaje: “mete tu vibrador en el bolso”. Así que era una noche para jugar… Pues jugarían, eso por descontado.

Sentía en sus piernas cierta debilidad, causada quizás por la falta de sueño, en su sexo, una incipiente humedad motivada por el deseo y en su pecho, la agitada respiración de la incertidumbre. Pasados cinco minutos oyó el ruido de un motor, se trataba del coche de Mario aparcando al lado de su casa. Salió de inmediato y se introdujo en él. Mario la miró de arriba abajo y sonrió. Efectivamente, el vestido le había gustado. Besó a su amante y partieron sin intercambiarse una sola palabra. Alicia al principio pensó que el camino que tomaban era el de su apartamento, pero al ver que dejaban de largo las últimas urbanizaciones de la ciudad, dudó sobre el destino de su viaje. Al llegar al bosque de coníferas que se encontraba a pocos kilómetros de la ciudad, Mario tomó un desvío, adentrándose por un camino de tierra, el coche daba tumbos y dejaba una larga estela de polvo a su paso. Por fin detuvo el vehículo en una zona despejada y ambos salieron. Esa noche había luna nueva y la visibilidad era prácticamente nula.

El bosque a esas horas, tan solitario y tan oscuro, realmente impresionaba. Alicia comenzó a temblar, había subestimado el frío que pasaría con tan liviano vestido, incluso su sexo, relativamente húmedo, pedía a gritos una tela donde guarecerse. Se sentía completamente desnuda. Mario sacó una linterna de una pequeña mochila que llevaba al hombro y con ella iluminaron sus pasos. Estuvieron caminando un buen rato. A su alrededor, cientos de árboles se alzaban imponentes como gigantes, las sombras que provocaba la linterna sobre ellos provocaba cierta inquietud. El silencio de la noche tan sólo era quebrado por las pisadas de ambos sobre las acículas caídas. Por fin, Mario, complacido por el lugar al que habían llegado, detuvo la marcha, abrió su mochila y sacó una manta de viaje que extendió encima del suelo. Abrazó a Alicia y la besó. Ella sintió la calidez de su abrazo y agradeció el contacto con su cuerpo caliente. Sus labios torturaron su cuello, calentó cada centímetro del mismo con la lengua, se detuvo a jugar con sus carnosos y excitables lóbulos. Ella se dejaba mimar. Mario comenzó a mordisquear la piel blanca y fina que dejaba transparentar su yugular, mientras sus manos subieron ligeramente su vestido dejando prácticamente todo su cuerpo a merced de la noche. Agarró sus nalgas con ambas manos, acercando a Alicia hacia sí. El bulto de sus pantalones se le hizo patente. Mario comprobó la excitación de su amante entre sus dedos, sintiéndolos humedecidos al rozar su sexo inflamado y descubriendo cuan fácilmente se deslizaban a su interior. Era excitante y morboso estar a esas horas en aquel lugar. Ya no sentía tanto frío. Mario tumbó a Alicia sobre la manta, separó sus piernas y abriendo su sexo lo degustó. Ella comenzó a perder el control, imposible no hacerlo cuando la lengua de su amante parecía una pequeña culebra retozando con su sexo. Las sensaciones se hicieron más intensas cuando Mario volvió a sus juegos de manos, introduciendo sus dedos en su sexo y haciendo pequeños guiños a su trasero. Alicia por fin notó como su cuerpo se deshacía en palpitaciones. Por un instante mientras gozaba creyó oír un ruido procedente de los árboles. ¿Le habría preparado Mario como sorpresa la aparición de una tercera persona? Tenía serías dudas sobre ello, pero no lo descartaba. Era difícil descubrir lo que su amante tenía en la cabeza.

-Quiero que me chupes la polla.-dijo en ese instante Mario.

Alicia aún sentía los espasmos del placer en su cuerpo, pero ahora le tocaba ser a ella la protagonista. Mario se sentó en la manta y Alicia le ayudó a desvestirse. Sin demora comenzó a saborear su miembro, sin dejar de mirar en ningún momento a su amante, sabía cuanto le excitaba que clavara sus ojos en él mientras disfrutaba de su boca. Se chupó ruidosamente un dedo y comenzó a hacer pequeños círculos alrededor de su recto, acariciándolo con gran suavidad y notando como su amante incrementaba su excitación. De nuevo volvió a percibir unos ruidos, incluso creyó oír una especie de extraños gemidos. Mario pareció igualmente percatarse de ello dado su gesto de alerta. ¿Y si fuera un voyeur grabando su encuentro?

Tras un buen rato de adoración bucal la erección alcanzó su máxima intensidad, Mario agarró a Alicia y la tumbó sobre la manta. Deseaba ser ya penetrada, pero a pesar de ruegos y súplicas, Mario no perdió el mando de la situación, esperar traería aún mayor placer. Acercaba su miembro hasta que el glande rozaba ligeramente el sexo de Alicia, para separarlo cuando la veía luchar enérgicamente para que su miembro resbalara dentro de ella. El juego se repitió hasta que Alicia se vio gratamente sorprendida por una brusca embestida que la llenó completamente. El calor de sus cuerpos contrastaba con el frío de la noche, el olor del bosque se mezclaba con el del sexo, el silencio del entorno chocaba con sus jadeos cada vez más intensos y resonantes en forma de eco. Alicia se había olvidado ya del frío y los ruidos sospechosos parecían haber desparecido. Comenzó a agobiarse por el calor que desprendía su vestido cuando de nuevo sintió su sexo pulsátil. Mientras degustaba aquellas gozosas sensaciones, Mario le dio media vuelta y montó sobre ella a horcajadas. Cabalgó sobre ella agarrando sus pechos a modo de bridas. Alicia se dejaba hacer gustosa, la postura le encantaba, el pene de Mario friccionaba su punto g y su placer se multiplicó hasta el infinito. En ese momento, Mario cogió el pequeño vibrador de Alicia y encontró el lugar donde hacerlo desaparecer, no sin cierta dificultad. Alicia ahora se notaba placenteramente plena.

-Acaríciate, quiero ver cómo te masturbas. –dijo Mario entre jadeos.

No dudó Alicia en hacer lo que le pedía, a pesar de que se sentía desfallecer así que friccionó su sexo mientras su amante seguía penetrándola y jugaba con el pequeño vibrador en su trasero. La suma de todo provocó en ella otro orgasmo. Mario comenzó a respirar más ruidosamente y cerrando los ojos, eyaculó en su interior. Se tumbó a su lado y se abrazaron. La noche era estrellada, la luna ausente, ambos, relajados y satisfechos, descansaron un rato hasta que de nuevo, los ruidos volvieron a hacer su aparición, esta vez más intensamente. Se incorporaron con precaución. Mario cogió su mochila a modo de arma esperando utilizarla. Estaba claro que allí había alguien. Se levantó y se encaminó hacia el lugar de donde procedían, rápidamente salió de su escondite un pequeño zorrillo asustado por la invasión de su lugar habitual de sueño. Respiraron aliviados, por lo menos por esta vez no se harían famosos en la red por sus escenas de sexo a media noche.

Mario ayudó a Alicia a levantarse. Era hora de regresar a casa.



martes, 8 de abril de 2008

Días de rebajas

Cada mañana a las once me encamino al centro comercial que se encuentra situado enfrente de mi lugar de trabajo. Prefiero acudir a él en vez ir a las cafeterías que profusamente adornan la calle a las que van el resto de mis compañeros. Puedo abstenerme del café diario, del pincho de tortilla de patatas o del croissant a la plancha, pero siento debilidad por los centros comerciales y las grandes superficies, principalmente en época de rebajas.

Es en los meses de enero y julio cuando disfruto con más intensidad de mis visitas. Me gusta mezclarme entre la marabunta de gente que acude a esas horas en que ponen sugerentes descuentos especiales. Mi intención sin embargo, no es el consumo compulsivo, soy parco en gastos y tampoco me he enamorado de ninguna de las bellas dependientas que trabajan en el lugar. Al contrario, siento debilidad por lo desconocido, por el peligro de ser descubierto, por la posibilidad de que puedan sospechar de mis acciones.

Mi sentido más desarrollado es el tacto, quizás debido a la miopía que he sufrido desde niño y por las veces que he tenido que valerme de mis manos en las reiteradas ocasiones en las que fastidiosamente se me rompían mis gruesas gafas. Tengo una sensibilidad especial en mis dedos, son ellos los que me trasmiten intensamente todo tipo de emociones y pasiones.

Soy un hombre curioso y no puedo conformarme tan sólo con lo que tengo: quiero a mi pareja, no lo niego, pero es ya un amor templado por el paso de los 8 años que llevamos juntos, la pasión por ella se ha convertido en calmado deseo. He de decir a nuestro favor que nos unen demasiadas cosas como para pensar en una posible ruptura; entre ellas, la hipoteca de 300.000€ a 30 años que recae sobre la casa que compramos juntos ya hace dos años.

No me considero un hombre infiel, los escarceos sexuales que he tenido han sido demasiado escasos para calificarlos de relevantes. A ella jamás se lo contaría, dudo que lo entendiera como lo entiendo yo. Tampoco le he hablado de esta pequeña afición mía que ha nacido hace muy poco. Es una buena forma de liberarme de la rutina y de tentar al destino.

Mi atuendo de hombre de negocios con traje y corbata me hace pasar desapercibido entre toda la multitud. Es cierto que a veces algunas mujeres me miran con sorpresa cuando observan curiosas como me acerco a los puestos donde se amontona la ropa rebajada. Mi objetivo principal son los puestos de lencería femenina.

A ellos me acerco en principio cauteloso, me uno al grupo de mujeres simulando ser el perfecto marido que busca ilusionado un nuevo conjunto de ropa interior para su esposa. Alguna de ellas no puede reprimir cierta mirada de envidia, quisieran que fuera su propio marido el que estuviera allí en ese momento. Pero se equivoca, no me considero perfecto.

Es justamente entre aquellas desconocidas mujeres donde me dedico a mi particular debilidad. Me aprieto a ellas y trato de percibir entre mis dedos la suavidad de su piel. Precisamente por ello, mi mes favorito es julio, cuando las mujeres muestran parcialmente su piel desnuda. Es en ese mes cuando disfruto más intensamente: acerco mi cuerpo a ellas, percibo su calor, toco con disimulo sus brazos, como si realmente mi pretensión fuera hacerme un hueco entre ellas para buscar más fácilmente entre todas las prendas. Me gusta provocar, empujar levemente con mi rodilla sus pantorrillas, usar mi codo a modo de escudo rozando al mismo tiempo sus pechos. Tampoco es algo malo...

Sus reacciones son dispares: algunas vuelven su cabeza bruscamente con cierto enfado, mas al verme, cambian su mirada e incluso me sonríen. Me considero un tipo atractivo, tengo 35 años y mi atuendo me dota de cierta respetabilidad. Sé que les queda la duda, la intriga de pensar si mis movimientos son provocados por mí o por la casualidad y el gentío.

Mi sentido del tacto se encarga de encenderme. Cada uno de los furtivos roces en aquellas desconocidas me excita al máximo. Siempre intento llegar a más, acercarme todo lo posible a mis “víctimas” y ver hasta dónde puedo llegar sin ser descubierto. No quiero que por un descuido, se descubran mis juegos y no pueda volver de incógnito en más ocasiones al centro comercial.

Hoy lunes hay más gente que nunca. El sol del verano hace mella en el termómetro e incita a la gente a protegerse del calor en los centros comerciales, su aire acondicionado es un paraíso en medio del desierto. Además la suerte me acompaña, observo que hay un 50% de descuento en la lencería de marca, no puedo pedir más.

Me acerco por detrás a una mujer de aproximadamente 30 años. El olor dulzón de su perfume me obnubila al principio, hasta que por fin consigo acostumbrarme a él. Lleva un vestido de tirantes, mis dedos lo examinan de inmediato: se trata de un vestido de seda. El color no me importa, aunque en este caso es rojo. El tacto de la seda enciende mis alarmas. Me aproximo más aún. Ni siquiera se ha percatado de mi presencia. En su mano derecha sostiene dos tangas de color negro y un sostén de encaje color Burdeos. Me atrevo a rozar su brazo, mis dedos resbalan por su piel, casi tan suave como la tela de su vestido. Comienzo a sentir el miembro entre mis piernas, éste me incita a que prosiga. Me aprieto contra ella, siento el calor de sus nalgas en mi pelvis, es un culo perfecto, redondo y duro. Aprovecho el gentío para tocarlo con una mano. No necesito más que un segundo para darme cuenta de que bajo la seda no hay nada más que su piel. Quizás llevé tanga pero mi calenturienta imaginación me invita a pensar que no lleva ropa interior. Ella sigue concentrada en la búsqueda de sus prendas y yo sigo investigando su cuerpo. Ahora toco su espalda, no me he equivocado. El vestido es la única prenda que lleva puesta. Mi excitación se aviva, siento la sangre agolparse en mi sexo y el corazón retumbar en mi sien. Estoy completamente empalmado y no tengo nada a mano para tapar mi vergüenza. Miro y remiro y por fin encuentro mi escudo en una revista de ofertas del centro que alguna clienta ha dejado caer descuidadamente al suelo. Sigo a lo mío, a mi trofeo de seda y blanca palidez. Ella parece no darse cuenta de nada, creo que su excitación por encontrar la lencería rebajada es casi tan grande como la mía al tocarla.

Mi objetivo ahora es su cintura, arrimo mi mano con precaución, pero mi teléfono móvil me hace abandonar bruscamente la posición tomada. Me alejo de las trincheras, pero siento prisa por volver de inmediato al reconocer el número de teléfono, se trata de un inoportuno amigo que parece no tener nada que hacer esa mañana. Contesto con monosílabos y por fin le cuelgo. Vuelvo a mi puesto de lencería y me llevo una desagradable sorpresa: ya no está la mujer del vestido de seda. Me enfurezco por ello pero intento buscar una nueva víctima, oteo a mi alrededor hasta que encuentro la presa: me dirijo ahora hacia una gruesa morena de pantalones piratas y blusa de manga corta. No es lo mismo, pero en esos momentos puede servirme.

Sus anchas caderas duplican las mías, desprende aún mayor calor que mi primera víctima, palpo su trasero y lo siento mullido, quizás en exceso, toco el algodón de la tela de su blusa, añoro la seda, rozo su muslo ligeramente. Llego hasta sus brazos, pero su piel cubierta de vello me desagrada por mi anterior recuerdo y decido buscar una nueva desconocida, no consigo alcanzar el grado de excitación que necesito con ésta. Hoy el sexo femenino no escasea y encuentro con prontitud una nueva mujer, alta y esbelta, quizás más joven que las anteriores, soy torpe a la hora de adivinar la edad. Vuelvo a mis andanzas, suelo seguir el mismo ritual de movimientos y roces. El lino de su vestido me gusta, vuelven a despertarse todos mis sentidos.

De repente, noto como se aprietan por detrás contra mí. Es una mujer, de eso no cabe la menor duda: siento sus pechos, sus punzantes pezones sobre mi espalda que hacen que me incorpore como un resorte. Estoy a la espera de sus movimientos. Me asaltan las dudas sobre sus intenciones. ¿Querrá aproximarse realmente al puesto de lencería o quizás busca lo mismo que yo? Siento su mano recorriendo con disimulo mi espalda, como si tratara de apoyarse para hacerse un resquicio entre la multitud. Sigo dudando, mientras dejo a mi mente fantasear. He dejado de palpar mi presa de delante. Estoy alerta y en guardia, aunque disimulo buscando entre la lencería. Ahora noto su mano en mi cadera e instintivamente cojo mi cartera del otro bolsillo y me la guardo dentro de la chaqueta del traje. El olor dulzón de su perfume hace latir furiosamente mi corazón: ¡Es la mujer del vestido de seda! Me felicito por mi buen tino a la hora de mi anterior elección y sonrío pensando que ha jugado conmigo simulando no darse cuenta de mis travesuras. Es la primera vez que juego en el bando contrario. Dejo que me toque, es atrevida en sus movimientos, roza mis brazos abiertamente, frota su pierna contra la mía cual minina en celo. El traje comienza a molestarme y el fuego que siento en mi sexo se propaga a todo mi cuerpo. Tengo miedo de moverme y que pare, que todo sea un nuevo sueño de mi imaginación, me gusta el tacto de sus dedos, a su paso mi piel despierta suplicando más caricias.

Deseo en silencio que sea más osada y que llegue hasta mi pene, ¡cómo me gustaría que jugueteara con él! Que lo apretara contra su palma, que subiera y bajara sus dedos por todo su tronco. Me conformo incluso que lo haga sobre la tela. Percibo su agitada respiración, está excitada, tanto como yo. Siento como restriega su pubis contra mi culo, dejo que siga, me gusta sentir que soy su objeto de placer. Creo que me pegaré a ella, le diré que la deseo ardientemente. Los probadores están cerca ¿qué mejor que encontrarnos allí y satisfacer nuestros deseos? Mientras sigue tocándome me imagino a mí mismo despojándole de sus livianas telas, apremiándola contra la puerta del probador, bajando mi bragueta y hundiendo mi miembro en ella mientras se deshace de placer. Mis pensamientos me sacan de quicio, me calientan, aumentan mi atrevimiento. Acerco mi mano para encontrarme con la tela de su vestido, quiero llegar hasta sus muslos y tocarlos. Pero bruscamente la dejo de percibir, nuevos empujones por parte de nuevas hordas de compradoras me apartan de mi espontánea donante de caricias. Me doy la vuelta y la busco, pero no la encuentro.

Tras mirar a cada una de las mujeres que siguen ensimismadas alrededor de la lencería de saldo, me topo con unos ojos sonrientes posados en mí que me hacen sospechar desagradablemente: es la gruesa morena la que me mira de forma sugerente. ¿Y la dueña del vestido de seda? ¿Acaso no era ella la que me acosaba? ¿Y el perfume dulzón? ¿Tal vez mi deseo ha confundido mis glándulas pituitarias?

Miro la hora y regreso al trabajo algo decepcionado por mi error. Aún siento la hinchazón de mi miembro en mis calzoncillos. Creo que antes de sentarme en mi despacho pasaré previamente por el servicio...




sábado, 5 de abril de 2008

sábado, 29 de marzo de 2008

Remoloneo en mi cama

Remoloneo en mi cama. Me gusta sentir las sábanas en mi piel, son una caricia, me envuelven, me relajan. Estoy desnuda. Abro los ojos y veo la luz que comienza a iluminar la habitación. Es verano, y por la ventana entreabierta, se oyen los escandalosos trinos de los pájaros tempraneros apostados en el muro a modo de guardianes del jardín. Me doy media vuelta y te veo a ti, pareces dormir, o quizás lo simulas, me arrimo levemente, quiero sentir el calor que desprendes, oler tu piel, oírte respirar. Me arropo ligeramente y me concentro en tus formas. Querría acariciarte, mas me contengo, no quiero despertarte, querría besarte, pero domino mi pasión, querría abrazarte y me aferro a las sábanas para controlar mis impulsos.

Y te acaricio mentalmente, te beso en el aire y me abrazo a mí misma mientras tú sigues a mi lado, dormido. Das media vuelta y tu brazo se deja caer sobre mi cadera, me encanta sentir su peso. Por un instante, tus dedos acarician mi piel y es entonces cuando me acerco más a ti, inevitablemente resbalo mis dedos por tus brazos, acerco mis labios a los tuyos y los beso, apenas un ligero roce, suficiente para percibir una pequeña descarga eléctrica entre ambos. Tus labios aún no responden a mi llamada. Mi mano sigue su parsimonioso recorrido por tu piel, milímetro a milímetro. Me arrimo más hasta pegarme a ti. No tengo prisa, no quiero levantarme, quiero seguir disfrutando a tu lado, sentir que estás cerca, tocarte, relajarme y excitarme al mismo tiempo.

Cierro los ojos, doy media vuelta e intento dormir, me es imposible, prefiero degustar la sensación de tenerte tan cerca, mis emociones están despiertas y actúan a modo de estimulante de mi cerebro, que desde hace ya un tiempo imagina lujuriosas escenas con ambos de protagonistas. Tus caricias comienzan de nuevo, esta vez con decisión y un claro objetivo: mis pechos. Has despertado. Ahora eres tú el que te pegas a mí, me abrazas por detrás, mi espalda es sensible a tu contacto y se yergue de inmediato, mis nalgas se estremecen ante el calor de tu miembro, que presiona mi culo con firmeza. Tus labios toman vida, besan mi cuello, erizan mi piel, y de nuevo mi cama, vuelve a ser la indiscreta protagonista de nuestros juegos…



sábado, 22 de marzo de 2008

Karma sensual: Amor y Humor

Acaba de publicarse el libro de Karma sensual III, este año con el título de "Amor y Humor". Se trata de una antología de 10 relatos eróticos, los ganadores del premio del año pasado, en el cual yo participo con uno titulado "Calor sofocante". La publicación ha corrido a cargo de El taller del Poeta, único sitio disponible de momento para adquirirlo. Si alguien se anima a comprarlo espero que le guste!!
Besos.

sábado, 15 de marzo de 2008

Confesiones


Aquella mujer parecía no tener ninguna prisa en salir. Llevaba con él aproximadamente unos 15 minutos, o más quizás, había perdido la cuenta. Se estaba empezando a cansar de dar pequeños paseos a izquierda y derecha intentando que el ejercicio hiciera el efecto mágico de acelerar el trascurso del tiempo. Siempre que iba a verle tenía la misma sensación de nervios, malestar y sensación de culpa por su debilidad. Se había prometido a sí misma ser más fuerte, pero mes tras mes volvía a caer.

Por fin la mujer salió, mirando a Ruth con cierta rivalidad y algo de injustificado desprecio. Ruth no le dio importancia, “otra pecadora como yo” pensó.

José María le saludó cordial y afectuoso, como siempre, y le invitó a sentarse junto a él en el sofá de color castaño en el que tanto le gustaba recibir a la gente. Nada de barreras que pudieran impedir una conversación abierta y sincera, era su particular método, el que había utilizado desde siempre.
-Buenos días Ruth, no te esperaba tan pronto de nuevo.
-Lo sé... Esta semana no me he portado demasiado bien, la verdad.
-¿Has pecado?
-Sí, he pecado.
-¿Pecados veniales o mortales?
-Si he de ser sincera: todos mortales... -Ruth agachó la cabeza y bajó el volumen de sus palabras, no podía dejar de sentir cierta vergüenza por sus repetidas debilidades.
-¿Y lo que me prometiste?
-No pude, la tentación fue demasiado fuerte. Soy una mujer débil y con necesidades.

José Mª miró a la mujer y por un momento, dejó volar su imaginación. Sabía que no debía, no estaba bien perderse en aquellas morbosas y oscuras imágenes que asaltaban su cabeza cuando alguna mujer como ella le confesaba sus tropiezos. Se imaginó a Ruth desnuda, con su pelo liso y dorado recogido en una coleta y maniatada por detrás. Podía visualizarla perfectamente. Ruth venía cada vez más a menudo a verle y tenía sellada en su memoria cada poro de su piel, sus insinuantes pechos, sus dulces y sinuosas curvas. Vetó aquellas ideas que salían de su morbosos cerebro, últimamente eran demasiado recurrentes. Tantos años haciendo lo mismo y ahora su mente calenturienta dominaba su voluntad.

-Cuéntamelo todo, con detalle... -Soltó por fin.

Ruth hizo una extensa exposición de todos los pecados que le habían llevado a visitarle tan pronto, de la angustia que le provocaba el caer una y otra vez arrastrada por el deseo y de lo mal que se sentía en ese momento viendo su pasado comportamiento.

-Voy a necesitar que me castigues. –Sonrió tímidamente al percatarse del doble sentido de sus palabras. No podía disimular la atracción que sentía por aquel sobrio hombre que no perdía en ningún momento el control.

Aquella frase hizo mella igualmente en la imaginación de José María. La palabra “castigo” le excitaba sexualmente desde su adolescencia. Imposible olvidar los castigos que su profesora de matemáticas le imponía al pillarle cada dos por tres hablando con su compañero Roberto. Eran otros tiempos, el castigo físico era una forma más de educar y a él le parecían tan excitantes... Marisol era la profesora más bella y sensual que hubiera pasado jamás por su colegio. Su bata blanca abotonada vislumbraba un cuerpo de pecado que lamentablemente jamás conoció. Todavía podía recordar las sedosas manos de Marisol asiendo las suyas y dándole en sus palmas sonoramente con la regla. No le dolía, al contrario, la cercana presencia de su profesora provocaba en él una rápida erección que su bata de rayas rojas y blancas cubría perfectamente.

Y ahora veía a Ruth, sentada tan cerca de él y con un cuerpo prácticamente idéntico al de su profesora del colegio. Deseaba tocar su cuerpo y saborear en su boca aquellos voluptuosos pechos. Mientras Ruth seguía hablando, él la volvió a desnudar en su imaginación, la levantó de su asiento y rozó la maroma que ataba sus manos y le hacía estar a sus expensas. Palpó sus nalgas con cuidado, manjares prohibidos, deslizó sus manos hasta encontrar aquel frondoso valle y degustó la sensación de humedad del rocío que lo cubría. Su miembro comenzó a molestarle, estaba teniendo una incómoda erección. No podía permitírselo, precisamente él, no.

Pero el diablo jugaba con él de nuevo y le hacía caer en la tentación de la lujuria. Volvía a la escena de antes, Ruth desnuda, en actitud sumisa esperando su castigo y él deslizando sus manos por su cuerpo tomando posesión del mismo. Podía percibir en sus dedos su piel erizada y el ligero temblor que se había adueñado de ella. Quería sentir el calor que emanaba de la piel de sus nalgas tras los azotes que le aplicaría. Aquellos pecaminosos pensamientos le torturaban, le hacían sentirse miserable. No veía la manera de liberarse de sus propios pecados.

Las palabras salieron de su boca sin poder controlarlas, quizás el perfume de aquella mujer había debilitado su voluntad, aunque no era más que una excusa buscada para no sentirse tan mal.
-Desnúdate... –dijo algo dubitativo.

Ruth le miró con desconcierto. En otras ocasiones tan sólo le había hecho quitarse los zapatos o desabrocharse ligeramente la blusa, nada más. Se fue desvistiendo obedientemente mientras José María disimulaba mareando unos papeles que tenía a su lado. Ruth estaba nerviosa y algo excitada también, el comportamiento de José María no era el mismo de siempre y esa misma sorpresa por su atrevimiento avivaba su deseo por él. Tal vez era una forma de aplicarle el castigo que supuestamente merecía por haber pecado repetidamente...

José María contempló su tentador cuerpo desnudo y sintió deseos de echarse a ella de inmediato, pero no lo hizo. Una voz en su conciencia de nuevo se lo impidió, sintiendo remordimientos por haberle obligado a desnudarse por completo.
-A ver cuánto has engordado esta semana...
Ruth se subió a la báscula y no quiso mirar la consecuencia de sus pecados culinarios: las celebraciones por las fiestas y las repetidas cenas de restaurante habían hecho mella en su voluntad, olvidándose del régimen que le había puesto José María hacía ya medio año, su atractivo médico nutricionista que le había recomendado una amiga.

-Sólo has engordado un kilo mujer, no es para tanto. Pero te voy a tener que quitar el pan por completo.
-¡Oh Dios...! ¿El pan?
-Lo siento. –Se disculpó izando sus cejas.
-Será duro... No sé si podré. ¿No hay más remedio?
-No lo hay. Piensa en el verano. Tienes que bajar esos kilos de una vez, podrías tener un cuerpo escultural si lo hicieras.

Miró a Ruth y deseó de nuevo abrazarla, pero se contuvo. Quizás en la próxima visita... Tenía el pleno convencimiento de que ella se sentía igualmente atraída por él.

Ruth se vistió y salió de allí resignada a cumplir con el castigo. Tenía muchas dudas sobre si lograría llevar a rajatabla el régimen, y como consecuencia tendría que volver pronto a ver a su maravilloso médico. Pero intuía que sus próximas visitas podrían depararle gratas sorpresas.

¿Se atrevería su médico la próxima vez a algo más?




viernes, 7 de marzo de 2008

Fiebre de viernes en la noche (Por Margarita Ventura)


Nuevo relato de mi amiga Margarita Ventura, esta vez con una historia plagada de descripciones explícitas, visuales y muy excitantes. Mi enhorabuena para ella. Espero que os resulte placentera su lectura...



La otra noche lo oí llegar muy tarde. No me moví de la cama, no quería que supiera que estaba despierta, aunque no entiendo cómo no captó que fingía dormir: con el alboroto que hizo hasta una piedra hubiera despertado.

Abrió y cerró la puerta del dormitorio sin ningún sigilo. Sus botas taconeaban fuerte el piso de madera flotante, haciéndolo crujir. Se quitó el reloj y el anillo y lo estrelló desde lejos en la mesita de noche.

Caminó hasta el cuarto de baño, encendió la luz que me hizo fruncir el ceño y apretar los párpados. Sin cerrar la puerta abrió la ducha y se dio un baño corto. Se lavó los dientes, se peinó el cabello con los dedos y vino a acostarse.

Yo estaba molesta, como todos los viernes. Harta de sus salidas “sólo para hombres” que, según me juraba, eran sólo para jugar póquer o ver algún partido en el plasma de sesenta pulgadas de su amigo Alex.

Eso de los viernes para él y los jueves para mí –“Ladies Night”- había sido un acuerdo pactado incluso antes de decidir vivir juntos. Pero… ¿cómo hacía cuando las ganas de hacer el amor venían justamente el viernes por la noche?

Los últimos meses se había convertido en un hábito, casi un ritual. El se iba directo del trabajo y yo aprovechaba la soledad del departamento para “consentirme”. Abría una botella de Cava, tomaba una lata de almendras, aceitunas o lo que tuviera a mano y me llevaba mis provisiones hasta la bañera. Encendía velas aromáticas, ponía música “chill out” y me entregaba a las caricias del agua tibia y jabonosa abrazándome la piel.

Las burbujas de jabón hacían sobre mi piel el mismo efecto que las del vino en mi cabeza. Me encendían, me excitaban, y sin darme cuenta cómo ni cuando, me encontraba a la vuelta de una media hora, acariciando mi pubis y recorriendo con mis manos mis pezones duros y flotantes.

Mi piel se tornaba tan sensible que podía sentir el recorrido de cada burbuja buscando la superficie, rozando intermitentemente mis nalgas, la cara interna de mis muslos o mi cintura.

El agua bien caliente y la reacción de mis músculos contraídos provocaba un ligero sudor que me perlaba el rostro. Se me antojaba verme como una virgen de cera, iluminada por las velas en un altar pagano.

Mis fantasías eran de lo más variadas. Comenzaban siendo inocentes, pero el ritmo frenético de mi mano en el clítoris subía también la clasificación de mis pensamientos, para luego de muchos orgasmos, terminar indefectiblemente pensando en Tom, necesitándolo, ansiando urgentemente la penetración de su inmenso miembro, sacando el resto de mi lujuria para diluirla en el agua hasta soltar el tapón y dejarla correr en centrífuga fuga.

En mi imaginación habían duetos, tríos, orgías descomunales, mujeres, negros esclavos, animales con rostros humanos y una variedad infinita de juguetes, algunos de los cuales, ni siquiera creo haber visto alguna vez. Pero siempre… SIEMPRE necesitaba a Tom y sus demoníacas embestidas, llevándome al inicio de los tiempos, al comienzo de la vida, donde todo era uno y nada era pecado.

Horas después lograba calmarme, reunir fuerzas para salir de la tina sin tropezones mortales, colocarme la bata de paño y caminar a tientas hasta la cama. La botella de Cava que llevaba entre cabeza y pelvis, hacía su trabajo, abandonándome en un sueño profundo y aletargado que sólo era interrumpido con la llegada de Tom, muy tarde en la noche.

Era difícil despabilarme después de tamaña batalla. Por eso me hacía la dormida y Tom creía que realmente me despertaba cuando, después de una dedicada sesión de besos en el cuello y la oreja y caricias magistrales en mi entrepierna, encontraba, como quien no está buscando, mi clítoris. Yo me retorcía y me daba vuelta entre las sábanas para recibir lo que durante horas había estado esperando.

Llegaba así el momento de la verdadera culminación, el acto último de mi ópera. Tom, recostado detrás de mí, hurgaba con su lengua el lóbulo de mi oreja izquierda mientras me masturbaba suave y rítmicamente. El sonido de su respiración tan cerca y el chasquido de su lengua ensalivada me producía un cosquilleo eléctrico a lo largo de la espina dorsal, convirtiéndome en una aprendiz de contorsionista. Su dedo medio frotaba mi clítoris, al tiempo que el pulgar masajeaba mi ano, distendiéndolo. Poco después, su dedo medio penetraba en mi vagina, empapada y lista para recibirlo, y su pulgar entraba y salía acompasadamente de mi culo, haciendo un ruido similar al de las botellas de refresco cuando se le hace lo mismo que me hacía Tom a mí.

Tom podía hacer eso por horas, y cuando ya estaba al borde, me daba vuelta para encontrar su portentoso falo que nunca dejaba de impresionarme. Su aliento mentolado, su olor a jabón de avena, sus mechones de pelo goteando sobre mi cara, cada detalle era para mí una razón más para excitarme hasta el límite.

Cuando finalmente Tom decidía penetrarme, tanto él como yo estábamos exhaustos, de a toque, listos para entregar en un gemido largo y profundo el más intenso de los orgasmos.

Su semen y el mío le daban la bienvenida al amanecer. ¡Menos mal que es sábado! Tom me ovaciona con un largo beso y un “te amo” sin aliento. Yo me doy la vuelta y le respondo: “Odio tus viernes por la noche…”

Margarita Ventura