miércoles, 31 de octubre de 2007

Una cita nocturna

Ahora que ya estaba en la calle se empezaba a arrepentir de haber dicho que sí. Ella y su perversa curiosidad. Los tacones finos que calzaba marcaban su paso no sin cierto escándalo en el silencio nocturno e intentaba caminar de puntillas para evitar ser el centro de las miradas de los que a esas horas pululaban por allí: pequeños grupos de jóvenes bebiendo a las puertas de los bares, taxis de ronda llevando a los últimos regazados de la noche a sus casas, alguna que otra parejita ocasional metiéndose mano al amparo de la oscuridad. Alicia caminaba entre todos ellos intentando pasar desapercibida, pero el ruido de sus tacones y su indiscreta vestimenta parecían impedirlo. Su minifalda vaquera dejaba asomar la parte baja de sus glúteos y por ende, su pequeño tanga; y su blusa blanca, abotonada lo imprescindible para dejar al aire su ombligo y su escote eran de todo menos decentes. Sus pechos vibraban cual gelatina. Caminaba con brío para atravesar toda la zona de bares por la que no tenía más remedio que pasar.

Intentó recordar los motivos que le habían llevado a salir a la calle a las 3 de la mañana. ¿Su excitación? ¿La necesidad de nuevas aventuras? ¿El morbo de la primera vez? Lo cierto es que chatear aquella noche de aburrimiento con el tal “Kal” había sido sumamente entretenido, le había llevado en poco tiempo a un estado tal de excitación, que, ante la pregunta de si iría esa misma noche a su casa, Alicia casi ni lo dudó y dijo que sí. Ella siempre mentía a la hora de dar sus datos personales en los chats, pero con Kal había sido distinto. Fue sacando uno a uno sus secretos, sus deseos más íntimos y cuando Alicia confesó que vivía en la misma ciudad que él, todo se aceleró. Kal fue entonces cuando sorpresivamente le habló con sinceridad: no estaba solo, su pareja estaba a su lado y querían a una mujer de tercera para esa noche. Alicia se echó hacia atrás en el asiento al leer aquellas palabras en la pantalla de su ordenador y tecleó un “NO” rotundo. Tenía ganas de acostarse con Kal a pesar de que fuera un perfecto desconocido, únicamente le conocía por una borrosa foto de su cuerpo que él le había enviado a su ordenador. Pero acostarse con una mujer no entraba dentro de sus planes… Kal insistió incansable y resultó ser de lo más persuasivo dado que Alicia finalmente aceptó, haciendo que de nuevo, su morbosa curiosidad, ganara la partida.

Pero ahora en la calle todo era distinto. Ya no estaba tan excitada, la suave temperatura de la noche había aliviado el sofoco del calor que desprendía su ordenador y ya no tenía las cosas tan claras. De nuevo metida en líos y en situaciones complicadas, su maldita doble vida le iba a llevar a la locura.
Su paso se hizo más lento al llegar a la calle que le había proporcionado Kal. Era una urbanización nueva, en la que aún se podía ver el cartel de la promotora ofreciendo pisos. Llegó al portal y llamó.
-¿Eres Alicia?
-Sí…soy yo.
-Sube por favor.

Su corazón bombeaba intensamente, podía oír los latidos en sus oídos. Cogió el ascensor y se miró en el espejo. La ropa que llevaba puesta era enormemente sexy y marcaba sensualmente sus formas de mujer.

Kal abrió la puerta descalzo y con unos boxers amarillos como único atuendo. Llevaba una copa en la mano que ofreció a Alicia casi antes de saludar.
-Me gustas Alicia. –Y le plantó en la cara dos sonoros besos.
-Hola Kal.

En esos momentos, a Alicia no le salían las palabras, su timidez se había apoderado de ella y, aunque Kal tenía un cuerpo musculoso y muy cuidado a base de horas de gimnasio, no tenía ganas en ese momento más que de volver a su casa. Pero no lo hizo y siguió obedientemente a Kal hasta el salón. Sentada en el sofá y con un camisón negro, se hallaba la tal Alina, que era la mujer de la que le había hablado en el chat. Kal presentó a ambas mujeres y Alicia se sentó a su lado con la copa agarrada entre las manos para que no se le notara su pequeño temblor nervioso. Alina era una mujer morena, de largo pelo y ojos castaños. Alicia miró su cuerpo de forma disimulada: tenía grandes pechos y quizás algún kilo de más repartido en su cuerpo, sus piernas eran largas y tenía las uñas de los pies coquetamente pintadas de rosa.

Kal puso música y se sentó al lado de Alicia, haciendo caso omiso de la presencia de Alina. Comenzó a acariciarle sus brazos, besó su cuello y bajó la mano hasta sus piernas. Alicia se sentía algo retraída por la situación, pero a pesar de ello, dejó que Kal abriera sus piernas y acariciara la zona interna de sus muslos mientras éste se acercaba para apretarse aún más contra ella. Kal fue besando con constancia todo su cuerpo, dejando un rastro de saliva en cada zona que lamía. Avanzó posiciones recorriendo sus muslos hasta llegar a su sexo. El leve roce de su mano en él avivó el mismo y el pequeño temblor que Alicia tenía en sus manos desapareció. Alicia se dejó hacer por Kal, que parecía que ya tenía prisa por conocer su cuerpo desnudo. Comenzó a acariciarle su torso velludo, no sin antes mirar a Alina de reojo, como señal de petición de consentimiento. Alina le sonrió cómplice. Kal desabrochó su blusa y con sus manos abarcó sus pechos, acercó su boca a ellos, hizo desaparecer su sostén como por arte de magia y devoró cada una de sus montañas. Alicia, tras unos primeros momentos de reparo, se sintió más segura, el sexo mutaba su carácter y hacía que perdiera sus inhibiciones. Ya le empezaba a dar igual que Alina se encontrara a su lado y que se masturbara viendo la escena entre Kal y ella. Alina había subido su camisón hasta la cintura y con ambas manos comenzaba a darse placer. Kal metió una mano por debajo del tanga, Alicia la sintió caliente y abrió más sus puertas, quería que su nuevo inquilino entrara en sus habitaciones sin recelo, ya se había abandonado, ya podía tocar cualquier resorte que lo único que pasaría es que cada vez estaría más fuera de sí. Kal jugueteó con su clítoris, rebuscó entre sus pliegues y zambulló sus dedos en la piscina de deseo en que se había convertido su sexo. La situación comenzó a darle morbo: estaba follando con un desconocido, se sentía mirada por una mujer y ella misma se había convertido en improvisada voyeur. Miraba a Kal sus maniobras, pero no podía dejar de contemplar los rítmicos movimientos de Alina sobre su vulva ya enrojecida por el placer. Los gemidos de Alicia se entremezclaron con los de Alina, que parecía no tener ningún pudor en abrirse de piernas ante una desconocida. Los tirantes de su camisón hacía tiempo que habían perdido su posición y ahora sus pechos asomaban por encima del mismo. Alicia los miró, eran inmensos, mucho más grandes que los suyos. Alina se los sobaba con maestría mientras miraba a Alicia de forma desafiante.

Kal se incorporó, el bulto que tenían sus boxers era ya considerable. Cogió una mano a Alicia, otra a Alina y los tres fueron al dormitorio. Una gran cama con un edredón blanco, un cuadro abstracto encima de ella y dos mesillas de noche con dos lámparas naranjas a juego con la del techo era el único mobiliario que había en ella.

Alicia se desnudó por completo mientras Alina se tumbaba en el lecho, dejando en el suelo el camisón. Kal, de pie, se colocó detrás de Alicia, y ésta notó su miembro desnudo entre sus nalgas. Kal cogió sus pechos y mordisqueó su nuca, empujando su pelvis contra su culo. Alicia gimió sin pudor ante el delicioso ataque de Kal. Con un gesto, le pidió que se tumbara en la cama. Alicia se recostó, miró a Alina de reojo que no paraba de tocarse y volvió a mirar a Kal, que de nuevo tenía sus manos entre las piernas de Alicia. Estaba mojada y tan húmeda, que casi le incomodaba para sentir con intensidad los dedos de Kal. Éste pareció percibir lo que estaba pensando Alicia, se tumbó sobre ella y la penetró lentamente. Alicia se desmoronó de goce en ese momento, cerró los ojos y disfruto de las pequeñas sacudidas que le propinaba Kal. Fue en ese momento, cuando notó que no eran las manos de Kal las que estaban sobre sus pechos, ni la boca de Kal la que los estaba chupando. Abrió los ojos y descubrió que era Alina la que le estaba dando placer. Por un instante se bloqueó, pero Alina conocía bien como hacer gozar a una mujer y mientras Kal seguía penetrándola, Alina comenzó a acariciar todo su cuerpo, cogió uno de sus pechos en sus manos y lo llevó a su boca. Alicia sentía los labios de Alina sobre su pezón, podía percibir el calor de su lengua lamiéndolo. Alina se había desatado y parecía no conformarse con ser una mera espectadora, tenía ansia por conocer el cuerpo de Alicia. Ésta se sentía confusa, no le atraían las mujeres en absoluto, pero se sentía terriblemente excitada viendo actuar a Alina. Un cúmulo de palpitaciones invadió todo su cuerpo y por unos leves instantes, descansó.

Kal salió de Alicia y se tumbó sobre Alina. Jamás había estado tan cerca de una pareja haciendo el amor, pero no se sentía relegada, al contrario, Alina pidió que se acercara y, mientras Kal la follaba, ella se dedicaba a masturbar a Alicia con una pericia fascinante. La mano de Alina rozó la vulva de Alicia, sus dedos largos y finos penetraron su sexo y Alicia volvió a abandonarse al placer sin más, sin importarle de quien vinieran las caricias. Ella misma quiso entrar definitivamente en el dulce juego y comenzó a acariciar y sobar los pechos de Alina, como agradecimiento o como deseo, ya no sabía lo que en esos instantes pasaba por su mente. Le gustó tocar unos pechos ajenos, turgentes y suaves, rozó entre sus dedos los pezones y acarició la gran aureola que los rodeaba. De nuevo, sentía su sexo palpitante con los dedos de aquella mujer a la que no conocía de nada, los movía maravillosamente bien, Alicia movía sus piernas al compás que le marcaba los dedos de su compañera hasta que no pudo más, volviendo a desfallecer con un intenso orgasmo. Kal, cabalgaba sobre Alina y miraba a Alicia hasta que por fin se derramó en Alina, acompañado su orgasmo de unas extrañas convulsiones.

Kal se tumbó en la cama a un lado y el trío descansó en silencio. Tras la batalla, parecía que las palabras no fluían de la boca de ninguno de los guerreros y Alicia se incorporó y se vistió mientras Kal y Alina le daban las gracias por su visita y se hacían los últimos arrumacos.

Kal y Alina al despedirla, le habían dicho que viniera otro día, pero Alicia, a pesar de todo, dudaba, se empezaba a meter en terreno peligroso.

La noche le pareció más cálida que nunca, apenas había gente en la calle y estaba cansada. Llamó a un taxi y se alejó de allí. Miraba las calles pasar veloces en su ventanilla y se preguntaba a sí misma, si algún día volvería a ver a aquella pareja...


martes, 23 de octubre de 2007

Al otro lado del espejo

Alicia vuelve tras pasar una temporada al otro lado del espejo. Muchas gracias a todos los que me habéis escrito correos mientras Alicia estaba ausente, han sido decenas de ellos. No explicaré los motivos de mi fulminante desaparición ni tampoco las causas de mi reaparición, misterios sin resolver... Sólo dar las gracias a todos los que me leéis y pediros perdón por no contestar a nadie, ni en el pasado ni en el futuro, me es materialmente imposible.

He intentado dejar el blog tal y como estaba, pero los comentarios desgraciadamente han desaparecido. Espero sin embargo que pronto empiece a tener alguno.

Besos a todos y gracias de nuevo.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Un final de verano agitado


Dos semanas de vacaciones en la playa y parecía que había estado únicamente dos días. ¿Cómo era posible que se le hubieran pasado tan velozmente? Había descansado, recargado pilas para la vuelta al trabajo y todo había concluido, para su desgracia. Las maletas, la bolsa de playa, la esterilla, la sombrilla y toda la ropa que había adquirido en los chiringuitos playeros y que, con toda seguridad, moriría en sus armarios sin más, se apiñaban en su maletero que estaba a punto de estallar. Fin de semana y fin de mes, no podía haber elegido mejor fecha para volver, la misma que habían elegido todos los que en ese momento, compartían con ella caravana y hastío en la carretera. El viaje de ida había sido mortal, pero parecía que la vuelta, podría resultar terrible. Los minutos pasaban y su vehículo tan sólo avanzaba unos pocos metros. Lo peor era que acababa de salir de la casa de los amigos que la habían acogido esos días, faltaba una eternidad para llegar a la suya. El infierno estaba a sus pies. Miró el mapa con detenimiento. Pensó en la posibilidad de coger una carretera secundaria y esquivar aquel castigo de coches y aburrimiento. Encontró una pequeña carretera de tercera que distaba de donde se hallaba tan sólo a dos kilómetros, el recorrido era mayor, pero posteriormente volvería de nuevo a enlazar con la autovía. Adelantaría a todos los vehículos que la precedían a pesar de la mayor distancia, de eso estaba convencida.

Tras veinte minutos, por fin llegó su salida. La carretera estaba en perfectas condiciones y no tenía apenas tráfico. Alicia avanzaba por ella a gran velocidad, feliz y contenta por haberse librado del atasco. Los kilómetros se sucedían con rapidez en su cuentakilómetros. Le sorprendió que fuera tan solitaria, no se había cruzado siquiera con un solo vehículo en su camino. Pero la carretera empezó a empeorar, el asfalto comenzó a estar tremendamente estropeado hasta que desapareció por completo, dando paso a un camino que ni siquiera llegaba a la categoría de forestal. Su vehículo daba cada vez más tumbos y tuvo que ralentizar la marcha. De repente, una especie de explosión casi le hace perder el control del volante, haciendo que pegara un brusco frenazo.

Al salir de su coche ya se temía el desaguisado: su rueda derecha delantera había reventado. ¡Menuda suerte…! Cogió su teléfono móvil para llamar a su compañía de seguros. Es lo menos que podrían hacer por ella. Pero su teléfono estaba fuera de cobertura, aquello empezaba a parecer una mala película de carretera.

No recordaba haber pasado por ningún pueblo, miró su mapa y vio que a 15 kilómetros de allí encontraría uno. La idea de la caminata le pareció absurda. Así que optó por esperar fuera del vehículo. Iría sacando la rueda y las herramientas para tenerlo preparado cuando llegara un posible salvador montado sobre ruedas.

Miró su coche como si fuera la primera vez que lo tenía enfrente. ¿Su vehículo tenía rueda de repuesto? ¿Y dónde estaba? Dio una vuelta alrededor del mismo, como si de un misterioso monolito se tratara, buscando una pista que le ayudara, pero no la encontró. Abrió su maletero y comenzó a sacar todo su equipaje hasta que el lugar quedó vacío. Intentó quitar la alfombrilla que recubría el mismo, pero parecía imposible de despegar a no ser que la arrancara. Suspiró y buscó en la guantera el libro de instrucciones del coche hasta que por fin dio con el escondite: la rueda se hallaba bajo el vehículo, agarrada con un tornillo.

Se tiró al suelo con cuidado y buscó con la mirada la dichosa rueda, pero contempló con disgusto que el lugar se encontraba vacío. ¿Se la habían robado? Tras unos cuantos exabruptos, pensó que podría haber otra posibilidad que descartaba la idea del hurto. Hizo memoria. Haría cosa de tres meses, cuando circulaba a 60 por una carretera por la que como máximo se podía ir a 30, sintió que algo se desprendía cuando cruzaba un resalte de la carretera. Sí que recordó haber parado y colocado de nuevo una especie de gancho, pero jamás pensó que ese gancho sostenía precisamente lo que ahora tanto deseaba…

No había rueda, no encontraba el gato por ninguna parte y ni un solo vehículo se dignaba pasar por aquella zona. Todo perfecto. No podía haber mejor forma de acabar sus vacaciones. Pero Alicia no se iba a angustiar por ello. Acabaría pasando alguien. Empezó a imaginar la escena como si la viviera: un camionero guapo, alto y musculoso la recogería y la llevaría al pueblo más cercano, no sin antes follarla salvajemente en la parte de atrás del camión. Se estremeció por unos instantes pensando en dicha posibilidad. O quizás no sería un camionero, sino dos amigos de vacaciones que, al verla desamparada, le arrancarían la ropa en medio de la carretera y se turnarían en darle placer. Podía verse de rodillas sobre el asfalto, turnando su boca con uno y con otro, tumbada sobre la hierba con sus piernas al cielo y gozando con ambos. Todo un haz de morbosas posibilidades se agolpaban en su cabeza.

Así que cogió su bolso y se pintó los labios, retocó de negro sus ojos y depositó sobre los lóbulos de las orejas y sobre su ombligo, unas gotas de perfume. Ahora sí que estaba preparada para ser salvada. Mientras tanto, cogió el último libro que había estado leyendo en la playa y prosiguió su lectura sentada sobre una roca. Leer le haría la espera más agradable. Los párrafos que comenzó a leer en voz alta nutrieron su calenturienta imaginación: “…En el fondo del sexo esa carne exigía ser penetrada; se curvaba hacia dentro, dispuesta para la succión…”; “…sin soltar el pene, lo sostuvo por encima de las nalgas del hombre, que ahora la penetraba. Cuando se incorporó para arremeter de nuevo, la joven empujó el falo de goma entre las nalgas…”

Alicia sentía cada uno de los párrafos en su carne, entre sus piernas, en su sexo. Saboreaba cada una de las líneas del libro como si tuviera que memorizarlas para representarlas posteriormente. Comenzó a sentir la humedad de la excitación, la tensión de sus pechos, el calor invadiendo su cuerpo. La lectura acrecentaba su fogosidad, el deseo acumulado por la espera comenzaba a ser angustioso, su piel, se había tornado tan sensible, que podía notar, a través de sus pantalones cortos, cada una de los ángulos de la roca en la que se sentaba, cada una de sus protuberancias. Alicia dejó de leer, no podía seguir concentrándose en la lectura cuando su cerebro le mandaba señales más explícitas aún que las de su libro.

Se levantó de la roca y caminó hacia su coche, aún hacía calor. Se apoyó sobre el mismo y desabrochó el botón de sus shorts de color rojo, bajó la cremallera y dejó que la mano buscara su propio goce. Su sexo acogió con ansiedad aquella invasión, las yemas de sus dedos sentían cada milímetro de sus entrañas, oprimió sus músculos, encarceló por unos instantes sus dedos en tan jugoso lugar para, posteriormente, concederles una breve libertad provisional. El juego se repetía, Alicia, recostada en su vehículo disfrutaba de su impuesta soledad. Subió su sostén por debajo de la camiseta y acarició sus senos semi aplastados. El silencio absoluto del lugar se vio alterado por sus gemidos, Alicia no pudo evitar gemir, gritar, suspirar y sollozar de placer mientras se masturbaba. Decidió prescindir de la camiseta, tiró el sostén al suelo y dejó que bragas y shorts cayeran sin más. Tan sólo sus zapatos de tacón y sus pendientes tuvieron el privilegio de seguir en su sitio. Deslizó su cuerpo hasta el capó y, con sus pechos pegados al mismo, abrió sus piernas y volvió a disfrutar de su cuerpo. Estaba fuera de sí, nada le importaba, nada podía parar tan sublime momento. Incluso deseaba ser pillada in fraganti. No hacía nada malo, tan sólo darse placer. Sentía el calor del sol en el horizonte recalentando sus nalgas, le dolían las rodillas de apretarlas contra el frontal de su coche, pero Alicia no sentía ningún tipo de dolor. Y de nuevo el silencio, Alicia se derrumbó de rodillas en la tierra y dejó que su respiración agitada recobrase su ritmo normal. Pasaron unos instantes y Alicia volvió al mundo, a la carretera, a la situación penosa en la que se encontraba. Se vistió y siguió leyendo.

El sol comenzaba a descender en el horizonte, pronto se haría de noche. Oyó un ruido a lo lejos, levantó su mirada y sonrió. Se acercaba un coche. Alicia extendió los brazos y el vehículo frenó. La ventanilla del conductor bajó y una mujer de mediana edad asomó por ella.
-Por favor, ¿he tenido un reventón? ¿Me podría llevar hasta un lugar civilizado donde pueda llamar?
-Claro, sube. Pero muchacha, ¿cómo es que has venido por aquí? ¿No has visto la señal de la autovía? ¿Pone bien claro que es una carretera cortada?
-No me he dado cuenta. ¿Y usted porque viene por aquí?
-Yo soy del lugar, a mí las normas me resbalan. Me sé un atajo, anda sube.

Y el vehículo reanudó la marcha. Alicia, sentada al lado de aquella mujer pensó que no era precisamente su camionero, ni los amigos de vacaciones, pero había que reconocer, que esa mujer le había salvado esa noche de dormir al raso…

El pasaporte caducado

Natalie. Desnudo2. Ilustración: Rafael Robas


40 grados a la sombra. La gente caminaba cansina por las calles y Alicia de pie, se abanicaba con una revista para aliviarse del suplicio por el que estaba pasando. A dos días de marcharse de viaje, se había dado cuenta de que su pasaporte estaba caducado y la cola de personas que había delante de ella superaba la centena. Eran aún las 5 menos cuarto y las puertas de la Oficina de la Policía permanecían cerradas. Alicia intentaba tranquilizarse, odiaba esperar y más hacer colas infinitas, pero ésta no tendría más remedio que aguantarla si quería salir de vacaciones. El ambiente de la gente que había en la cola esperando estaba enrarecido, personas desconocidas hasta ese momento forjaban una temporal amistad en esos momentos de suplicio, el tema de sus conversaciones era único, las voces de vez en cuando subían de tono y las críticas al sistema de renovación de los documentos oficiales estaban aderezadas de numerosos insultos. Alicia pensaba en lo fácil que sería pedir cita por teléfono o Internet para la renovación del dichoso documento.

El sol caía completamente vertical sobre su cabeza, era algo insoportable. Miró hacia atrás y contempló con resignación que no era la última, que tras ella ya se habían colocado unas 30 personas más. Sus ojos se posaron de repente sobre un hombre moreno, alto y con aire desgarbado que estaba justo detrás de ella y que le resultaba familiar... tan familiar como que Alicia reconoció en él a Lucas, un amigo de la Universidad al que le prestaba sus apuntes y con el que se había acostado en una fiesta loca de fin de curso, cuando Alicia tenía en la sangre más alcohol que plaquetas.
Lucas, al sentirse mirado, se fijó en la mujer que tenía delante y tras unos segundos de incertidumbre, sus dudas se disiparon.
-¡Alicia! ¡Cuánto tiempo!
-Lucas, ¿qué tal? –Lucas besó en la mejilla a Alicia.
-¿Qué ha sido de tu vida? ¿Trabajas en la ciudad? ¿Te has casado? ¿Tienes hijos?
-Ja ja ja, pareces de la policía con tanta pregunta.

Por fin dieron las 5 y las puertas se abrieron. Alicia y Lucas hablaban sin parar, contándose lo que habían hecho durante los 8 años que habían pasado desde la última vez que se vieron. Lucas seguía soltero, rompió con su novia de siempre y nunca trabajó en la empresa de su padre. Trabajaba de profesor de historia en la Universidad y compaginaba este trabajo con su mayor pasión, que era la escritura.

La cola, a pesar de su lentitud, avanzaba poco a poco y gracias a la compañía, el calor no parecía tan excesivo.

Alicia estaba ya a dos personas de entrar a las oficinas, cuando un funcionario, con cara de cansado y malos humos le dijo que ya no se daban más números y que el resto de la fila podía irse a su casa y volver otro día. Alicia protestó inútilmente y la noticia fue pasando de uno a otro como si de fichas de un dominó se tratara, hasta que toda la gente comenzó a alzar sus voces por la tomadura de pelo. La espera y el calor hicieron que los ánimos de la gente provocaran una especie de motín y tuvieron que salir dos policías para dispersar al humorado gentío.

Lucas cogió a Alicia del brazo-
-No merece la pena ponerse de mal humor. Vámonos de aquí. Mañana venimos una hora antes y con sombrilla.
-Es que no me lo puedo creer, de verdad, ¡menuda pérdida de tiempo!
-¿Te apetece venir a mi casa y tomamos algo? Vivo muy cerca.
-Venga, de acuerdo, y me enseñas tus libros.

Lucas vivía en un ático abuhardillado lleno de estanterías rebosantes de libros. Un sofá rojo y dos butacas de color crema se disponían en torno a una mesa de centro de color naranja. Alicia se sentó en el sofá y Lucas puso una música suave, encendiendo de inmediato el ventilador de aspas metalizado ubicado en el techo, justo encima del sofá.
-¡Qué gozada de ventilador! –Alicia cerró los ojos, extendió sus piernas y dejó que el aire acabara con su sofoco.
-¿Te apetece beber algo?
-Me apetece beber cualquier cosa con tal de que esté fría...

Lucas se dirigió a la cocina y Alicia se levantó del sofá y comenzó a curiosear los libros de su amigo, más que una casa parecía una biblioteca. Fotos de paisajes y un gran óleo abstracto firmado por él dispuesto en uno de los pocos huecos que había sin libros en la pared, completaban la decoración.

Lucas apareció con los cafés y ambos se sentaron en el sofá. La música suave y el ambiente agradable relajaron a los dos amigos, que siguieron con la conversación, las risas y las confesiones hasta que se hizo de noche. Lucas encendió dos velas y las colocó en la mesa, prendió una barra de incienso y al volver a sentarse al lado de Alicia, la besó suavemente, tan sólo un breve contacto con sus labios, suficiente para que Alicia, sintiera escalofríos en todo su cuerpo. Alicia recorrió con sus yemas los largos brazos de Lucas y reconoció su piel a pesar del tiempo trascurrido. Era como volver a ver de nuevo una vieja película olvidada en un cajón. Alicia y Lucas juguetearon con sus labios. Lucas comenzó a bajar la cremallera lateral del vestido de Alicia, bajó los tirantes con sus dedos y besó su cuello con ternura mientras descubría sus pechos. Alicia no se quedó atrás y subió su camiseta. Prenda a prenda, fueron desnudándose con parsimonia, disfrutando de la leve brisa que empezaba a entrar por la ventana, haciendo que las finas cortinas anaranjadas se movieran caprichosas. Lucas bebió un trago de limoncello helado y la besó, dejando que ella también disfrutara con el sabor. Acercó el vaso frío y húmedo a los pechos de Alicia, haciendo que sus pezones reaccionaran al instante. Volvió a beber y dejó que cayeran sobre el ombligo de Alicia, gotas ya entibiadas por su paladar. Tras inundarlo, cada gota inició un camino diferente y Alicia, sentía el cosquilleo del líquido resbalando por su abdomen hasta que Lucas hizo desaparecer el sabor a limón de su piel con la lengua. La música ya había cesado y sólo se oía el ruido de las aspas del ventilador sobre ellos. El vaso quedó vacío, tan sólo unos hielos permanecían en él. Lucas cogió uno de ellos, el más grande, y refrescó con él los labios de Alicia, lo hizo resbalar por sus pechos y de forma juguetona, lo hizo rodar por su pubis, erosionándolo en su sexo hasta que murió. Alicia se estremecía con el frío, pero notaba una extraña sensación de placer por la mezcla de temperaturas. El calor de su cuerpo parecía haber desaparecido y su sexo, a pesar del hielo, estaba más caliente y vivo que nunca.

Lucas depositó el vaso sobre la mesa y Alicia se incorporó, cogió otro cubito, lo introdujo en su boca y la acercó hasta su pene, haciendo que sus labios fríos rozaran el glande, metiéndose el miembro en la boca y dejando que Lucas disfrutara también del juego de grados. Lengua y hielo, juguetearon en su boca junto con el pene erguido e hinchado, hasta que por fin, él único líquido que impregnaba su miembro era la saliva de Alicia, resbalando por el tronco hasta sus huevos. Alicia se sentó sobre Lucas y éste no dudo en tardar medio segundo en penetrarla, sus movimientos parecían seguir el ritmo uniforme que imprimían las aspas del ventilador.

El incienso se había convertido en cenizas, las velas estaban a punto de apagarse y comenzaba a descender la temperatura de la calle. Alicia sentía el sudor sobre su piel mientras cabalgaba sobre Lucas hasta que, una oleada de espasmos, fluyo de su sexo y recorrió su cuerpo sintiendo tan sólo un instante después el cálido semen que inundaba sus entrañas.

Alicia y Lucas, siguieron disfrutando de la noche hasta el amanecer, yendo juntos a la mañana siguiente de nuevo a comisaría para renovar el dichoso pasaporte...




Los deberes de Mario IV: El post it



Alicia miraba la hora una y otra vez. Su reloj parecía haber muerto. Era su primer día de trabajo tras las vacaciones y la jornada se estaba convirtiendo en un verdadero suplicio. Aún quedaban tres horas para poder marcharse, los expedientes financieros acumulados en su ausencia parecían burlarse de ella, el aire acondicionado estaba en su contra y expulsaba calor africano, la silla en la que estaba sentada, se asemejaba a un potro de tortura. Volvió a mirar el reloj, ni siquiera habían trascurrido cuatro minutos desde la última vez que lo miró. Cogió un expediente y lo leyó sin ganas. Miró la ventana, el sol invitaba de nuevo al relajo, era incapaz de concentrarse, se levantó y fue a la máquina de café en busca de salvación en forma de cafeína.
El café no era malo, es que no se le podía poner un nombre tan digno a la pócima que se estaba tomando en esos instantes. Lo bebió de un sorbo y sin respirar, cual si se tratara de un medicamento. Bajó las escaleras de nuevo hasta su despacho, el café había cobrado vida efervescente en su estómago. Miró de nuevo su reloj y comprobó desesperanzada que no se había estropeado.
Al llegar a su despacho, vio que en la pantalla de su ordenador había pegado un pos-it de color amarillo:


“Te espero en diez minutos en el baño de caballeros de tu planta, no faltes. Besos, Mario”


Desprendió el papel rápidamente, y miró hacia la puerta, pero parecía que sus compañeros no se habían movido de sus despachos. Un sobre de color blanco asomaba por debajo de su teclado. Lo abrió:


“Mi querida Alice,
Hoy, aprovechando que tengo el día libre, he decidido hacerte una visita a tu trabajo. Quiero abrazar tu cuerpo desnudo, lamer tu piel, sentir tu respiración en mi cuello, hacerte el amor… Sé que pensarás que es una locura, pero te deseo. ¿No fue eso lo que me dijiste ayer cuando llamaste furtivamente? ¿Qué harías cualquier cosa por estar conmigo?
Cuando leas esto, ya estaré en los baños, pero sabes de mis juegos y de mis retos, me excita pensar que harás lo que yo te diga, que te colocarás de alguna forma en una situación comprometida por mí: quiero que vengas, pero con una condición, quítate en tu despacho la ropa interior, ven sin ella, sino, mi brutal deseo por ti acabará por desquiciarme hasta arrancarte la ropa salvajemente. Besos, Mario”


Alicia leyó la carta dos veces. No podía creerse que Mario hubiera sido tan osado como para venir al trabajo. Si algún compañero les viera se metería en un buen lío. Lo cierto es que Alicia sintió el deseo brotando en su interior al leer las palabras de su amante. Los retos le gustaban a Mario, pero también a Alicia, que disfrutaba aún más con ese tipo de situaciones complicadas, el morbo de la dificultad, de poder ser pillados in fraganti. Era incapaz de evitar que su excitación le condujera hacia él, daba igual el momento, el lugar, no importaba el riesgo…
Alicia cerró la puerta de su despacho, era algo inusual en ella, le gustaba dejarla abierta y más en verano, cuando intentaba por todos los medios que la corriente bajara la temperatura del mismo. Se refugió al lado de la ventana, allí nadie podría observarla desde fuera. Se deshizo de la camiseta rosa que llevaba y sus manos intentaron desabrochar su sostén, pero estaba nerviosa, demasiado, y sus manos temblorosas parecían las de un amante virginal en su primera experiencia sexual. Por fin lo consiguió, pero justo en esos momentos, el teléfono de su despacho sonó imperativamente, una y otra vez. Miró la pequeña pantalla que identificaba la llamada, ¡precisamente tenía que ser su jefe! Lo cogió, con su mano derecha mientras que su otra mano agarraba su camiseta recién quitada.
-¿Cuál? Ese expediente no me suena. Espera, que me han dejado unos cuantos encima de la mesa, a ver si por casualidad está aquí…
Alicia rebuscó nerviosa entre todos los papeles.
-Sí, sí, tenías razón, lo tengo yo, ahora mismo te lo llevo.
Volvió a ponerse apresuradamente la camiseta, olvidando el sostén en el suelo y llevó el expediente a su jefe. Al entregárselo, notó la mirada de éste, entre sorprendida y lujuriosa, sobre sus pezones aún erectos bajo la blusa, debido a la excitación del juego que había comenzado. Se ruborizó al sentirse observada mientras le recorría un escalofrío de placer por la espalda. Verdaderamente Mario la estaba trastornando, pensó.
Cuando llegó a su despacho, volvió de nuevo a la tarea, rápidamente se descalzó, se quitó los pantalones y bajó sus bragas. No habían llegado éstas siquiera a sus rodillas cuando la puerta de su despacho se abrió sorpresivamente. Alicia intentó taparse con los pantalones.
-¡Mario! ¡Qué susto me has dado…! Creí que…
-No he tenido paciencia para esperar a que vinieras.
Mario besó a Alicia, recorrió con los labios su cuello, sus manos se escondieron bajo la camiseta y Alicia sintió los dedos de su amante pellizcando sutilmente sus pezones.
-Aquí no podemos…Mario, por favor…
Pero Mario ya no escuchaba. Se apretó contra Alicia y ésta pudo sentir su miembro en erección, que parecía luchar por salir de ese espacio tan limitado que lo confinaba a estar en los pantalones. Mario agarró los brazos de Alicia y ésta se dejó arrastrar hasta la mesa del despacho, aunque su mirada no podía alejarse de la puerta. Su jefe podría entrar, cualquier duda sobre el expediente que le acababa de entregar podría ser la excusa, pero era incapaz de resistirse a su amante que, conocedor de sus deseos, había empezado a juguetear con su sexo, mientras liberaba por fin su verga de la celda. Alicia a pesar de todo, se deshizo de él y se dirigió a la puerta, apoyó sus brazos sobre la misma, utilizándolos como palanca contra la entrada de cualquier intruso, y se ofreció de espaldas a la mirada de su amante. Mario se acercó, dirigió su boca hacia la nuca y le despojó de su camiseta, quedándose Alicia completamente desnuda. Estaba muy nerviosa, cualquiera podría darse cuenta de la película que se estaba desarrollando en el despacho si no controlaba sus jadeos y su excitación. Mientras, girándola sobre sí misma, Mario agarró sus muñecas y mordisqueó sutilmente su piel, memorizando con sus labios todas sus formas, degustó sus pezones en la boca largo rato, succionándolos y peloteándolos con su lengua hasta que Alicia ya no pudo aguantar su intensidad y quiso desasirse de él, pero Mario volvió a atacarla por otro flanco, su sexo desnudo, cubierto por un mínimo triángulo de vello. Mario amasó su sexo, hundiendo sus dedos en su vulva y tirando levemente de sus labios mayores mientras besaba la boca de Alicia y ésta, dejaba que fuera su amante la que le guiara sus pasos. Mario levantó una de sus piernas a su amante y clavó su miembro en su sexo. Alicia apagó en su interior un grito de satisfacción mientras sentía que las piernas le flaqueaban, en parte por el abandono al placer, en parte por la premura por terminar y en parte por el miedo a ser descubiertos. Pero Mario azuzaba a Alicia con sus movimientos, cada vez más vivos y descontrolados, sintiendo que su amante se deshacía en orgasmos sucesivos hasta que eyaculó en su interior y ralentizó sus movimientos hasta que paró por completo. Permanecieron abrazados tan solo un breve lapso de tiempo mientras sus respiraciones volvieron a ser acompasadas, Alicia fue la primera en coger sus ropas y vestirse de nuevo. Mario subió su cremallera, besó a Alicia y abriendo la puerta del despacho, salió diciendo en voz alta: “muchas gracias por sus consejos para mis inversiones, Srta. Alicia, volveré para que me presente un nuevo plan, en unos días”. Y cínicamente la tendió la mano.
De nuevo el teléfono volvió a sonar, su jefe otra vez, que tenía una duda del expediente que acababa de recibir de sus manos, quizás realmente lo que quería era cerciorarse de que si lo que había visto tras la blusa continuaba allí, pensó Alicia... El azar o la suerte habían querido que tardara lo suficiente para que Mario y Alicia disfrutaran de su encuentro.
Alicia cogió unos papeles y salió de su despacho en dirección al de su jefe. Por el pasillo, sentía el semen resbalando entre sus piernas, tenía las bragas completamente mojadas, pero no le molestaba, se miro sus pezones duros y sonrió picara. La situación le parecía excitante y morbosa...


Tu ausencia


Silencio absoluto, me estremezco al sentirlo. Las horas pasan demasiado despacio para mí, las siento eternas. ¿Por qué te has marchado de mi lado? Me siento vacío, inútil, todo me resulta absurdo, incluso hasta mi propia existencia. ¿Cuántos días han pasado desde que te fuiste? Ya no lo recuerdo. En vano me esfuerzo por hacer memoria, estoy bloqueado. Mis ilusiones se han esfumado, la alegría que me producía verte feliz a mi lado queda ya demasiado lejana. Te echo de menos…

Pensé que te sentías a gusto conmigo, que jamás te apartarías de mí, que yo era todo para ti. Estaba confundido. Aún recuerdo aquellas maravillosas noches juntos, eternas e inolvidables. Hago un esfuerzo y puedo notar tus manos sobre mí, la suavidad de tu piel me embriagaba, el calor que desprendían me hacía vibrar, me sentía pleno de vida en esos dichosos instantes. Abrías la ventana, pero no resultaba suficiente para bajar la temperatura ni aliviar mi sofoco. Ni siquiera aumentar la velocidad del ventilador merecía la pena, nada evaporaba mi pasión por ti. Sé que sentías lo mismo que yo a pesar de que nada dijeras. No soy presuntuoso, tenía certeza de tu amor. ¿Por qué si no tantas horas juntos? ¿Por qué aquellos mimos que me volvían loco?

Hemos pasado por malos momentos, por problemas supuestamente insalvables que a veces nos dejaban rendidos y angustiados al no encontrar la solución. Soy sensible aunque tú nunca lo hayas querido ver. Siempre me culpaste de todo, tu ira sobre mí me dejaba hundido, pero aguantaba… El amor que sentía por ti era lo más importante en mi existencia y yo intentaba tener paciencia contigo en esos malos momentos. Pensé que así conseguiría conquistarte. Me equivoqué. Ya nada me importa, me he rendido a tu indiferencia, la vida no me interesa si no siento tu presencia, si no veo tu sonrisa, si no puedo reflejarme en el iris de tus ojos.

Ya no siento calor, sólo frío y soledad. El frío me duele por dentro, se ha hecho demasiado insoportable. Me aterra pensar que no voy a volver a notar nunca tu ardorosa presencia.

Necesito saber que esto no es definitivo, que tu ausencia es temporal y que, a pesar de todo, volverás a mi lado. Entiéndelo, siento que es mi última esperanza. El sonido de tus dedos sobre mí era mi droga, me tranquilizaba y me excitaba al mismo tiempo. Hubieras podido hacerme tu esclavo, estaba dispuesto a dar el máximo de mí, a aguantar sin descanso.

Aquella triste mañana en que sentí que me apagabas por completo, sospeché que algo terrible iba a ocurrir, era algo anormal, siempre me dejabas en estado de hibernación para tenerme siempre a tu merced. Aquella mañana apagaste mi CPU, mi monitor, me desconectaste por completo del mundo y te alejaste.

¿Por qué te has ido de vacaciones?


Al volante



¿Quién iba a decirle a él que aquella mujer con la que intercambiaba miradas insinuantes en la parada del bus iba a ser su próxima alumna de prácticas en la autoescuela? Parecía una demostración evidente de que el azar se estaba encargando en cierta manera de dirigir el destino.

Así que el primer día de clase, cuando Alicia se presentó a la hora acordada para empezar con sus prácticas, le dio un vuelco al corazón. Algo parecido le pasó a ella, que se había sentido atraída por el hombre de la parada del bus desde hacía mucho tiempo.

Julián no tenía mal aspecto con sus cuarenta años recién cumplidos, y eso a pesar de su sedentaria vida. Nada de deporte excepto el televisado, nada de ejercicio excepto el que hacía con su dedo índice para cambiar de canal, nada de agua para beber excepto la que de forma fortuita entraba en su boca al ducharse. Existiendo la cerveza ¿Quién necesitaba algo diferente para saciar la sed?

Julián presentía días muy felices en las clases de prácticas que iba a impartir a su nueva alumna. Alicia tenía muy buen aspecto, alta y delgada, rubia y con los ojos color mar. Ni un solo día llevaba pantalones, se contaban con los dedos de una mano las veces en que no llevaba escotes sugerentes. En la parada del bus, ambos se miraban siempre de forma distraída, ahora tenían la oportunidad de mirarse a sólo un metro de distancia. Alicia, en el asiento del conductor y Julián, a su lado, indicándole a cada paso la forma correcta de actuar al volante.

Pero las horas de prácticas resultaron desastrosas. Alicia era una auténtica calamidad al volante, un peligro evidente y Julián apenas tenía tiempo de mirarle las piernas y recrearse en su escote. Forzaba su sonrisa, apretaba los dientes, asía sus manos al asiento e intentaba disimular su terror mientras procuraba recordar alguna de las oraciones que le enseñaron de pequeño.

Julián tenía agujetas de mantener su pie de forma tensa sobre su pedal de freno. Alicia parecía estar completamente ciega ante las señales de tráfico. Ni un stop, ni un ceda el paso se salvaba de su ataque.

Pero a Julián se le mezclaban las emociones, produciendo en él un baturrillo de sensaciones diversas. Por un lado, el pánico a darse un trompazo a la mínima, por otro, la excitación de pasar el tiempo al lado de esa mujer. Era como estar al borde de la asfixia y cercano al orgasmo, los efectos placenteros parecían multiplicarse en esos momentos. La sensación de peligro provocado por esa mujer le excitaba, le apetecía echarse sobre ella, pero los motivos eran dispares dependiendo del momento. Cada noche Julián, para aplacar sus calenturas, se entregaba a un sinfín de juegos onanistas pensando en ella y deseando que al día siguiente tuviera una oportunidad para sentir su piel junto a la suya.

Lo cierto es que Alicia y Julián se encontraban muy a gusto el uno al lado del otro. Alicia le veía como su héroe, como el hombre que dirigía brillantemente su cuadriga hacia el éxito en el circo de asfalto de la M-40 y Julián la veía como una fuente inagotable de recursos, dado que el número de clases que le impartía superaba con creces las que la mayoría de la gente solían recibir.

Una tarde, Julián decidió llevar a Alicia más lejos que de costumbre. Llegaba la fecha del examen y Alicia ya se dedicaba en cuerpo y alma a las clases. Así que como disponían de dos horas en vez de una, cogieron la carretera de Burgos y de ahí accedieron, por la desviación que conducía a un pequeño pueblo llamado “El Molar”, a carreteras más modestas y con menos tráfico. Julián quería que Alicia cogiera soltura en las curvas, parecía no comprender aún cómo debía tomarlas, así que la sometió a curvas y contra curvas durante un buen rato. En una de esas, un despiste de Julián, unido a una de las múltiples distracciones de Alicia, llegó la catástrofe: el coche salió de la carretera y fue derecho a parar a la única señal de tráfico que había en un kilómetro a la redonda. El choque fue fuerte pero ninguno de los dos sufrió mayores perjuicios. Fue el parachoques del vehículo el que acabó llevándose la peor parte. Julián estaba fuera de sí, mientras Alicia intentaba disculparse. Ambos hablaban a la vez, sin escucharse, hasta que, llegaron las tablas en la lucha verbal y el silencio se impuso. Alicia miró a Julián y rompió a llorar, echándose en sus brazos. Julián comenzó a acariciarle el pelo y aunque su objetivo inicial era el consuelo de ésta, el sentirla entre sus brazos provocó en él una repentina e inevitable excitación a pesar de las circunstancias. Alicia alzó la cabeza, miró de nuevo a Julián y se besaron apasionadamente.

Alicia le devoró con sus labios, mientras él, tras quitarle con premura su escotada camiseta, forcejeaba torpemente con el cierre del sostén, intentando desabrocharlo sin mucha suerte. Alicia, ante la poca habilidad de Julián, tomó la iniciativa y con un ágil movimiento de su mano derecha se desprendió de él ofreciéndole sus pechos. Julián notó cómo en sus pantalones crecía su pene, y sin más, probó el sabor de los senos que tenía a su vista. El accidente desapareció de su mente, lo único que deseaba en ese momento era comer esa delicia que le habían puesto a su alcance. Lamió sus pechos y probó a morderlos mientras Alicia jugueteaba con la cremallera de sus pantalones para sacar su falo del refugio impuesto. Se puso de rodillas sobre el asiento y se agachó, metiéndose en su boca húmeda el miembro de Julián. Alicia chupeteaba ruidosamente, sus labios lo succionaban a modo de ventosa y Julián comenzó a sentir que su instrumento ya no podía crecer más, sus huevos le dolían. La situación era tan extraña e irreal, que seguramente la estaba soñando, o era una alucinación fruto de su imaginación o del fuerte golpe que habían sufrido. Pero Julián notaba su verga empinada, palpaba los pechos de Alicia con sus manos y todo parecía tan real…

Alicia dejó descansar su boca y se sentó encima de él, apartando sus bragas, aferrando su pene y haciéndolo desaparecer entre sus piernas como si de una hábil hechicera se tratara. Y eso es lo que parecía, porque Julián sentía una especie de nube envolviéndole y, agarrando a Alicia de las caderas, sometieron al pobre vehículo malherido a una salvaje ITV del sistema de amortiguación, haciendo que el coche subiera y bajara a la par que Alicia se movía arriba y abajo con el miembro de Julián en sus entrañas. Sus pechos temblaban en las sacudidas y Julián los sostenía en sus manos, exprimiéndolos de continuo.

Julián abrió como pudo la puerta del vehículo, estaba asfixiado de calor y a punto de marearse por el esfuerzo. En esos momentos, maldijo su barriga cervecera y prometió solucionar el tema de inmediato, igual que lo hacía cada uno de enero año tras año. Alicia se descabalgó de él y tirando de su mano, lo llevó fuera. Se tumbó en la hierba, se deshizo de sus bragas mientras Julián forcejeaba esta vez con sus pantalones. Alicia observaba divertida, parecía tener guantes de boxeo en las manos. Por un instante, Julián miró el vehículo y vio el desastre, el parachoques hecho papilla y su currículo intachable de profesor de autoescuela, estropeado para siempre. Pero en ese momento le importó una mierda, ya tendría tiempo para buscar una buena excusa. En ese instante, lo único que quería era follar a Alicia en la hierba, si al fin conseguía desembarazarse de sus pantalones, convertidos por su nerviosismo y torpeza en un enorme cinturón de castidad que llegaba hasta los tobillos. Ya no le preocupaba nada más, ni el seguro, ni el vehículo, ni las vacas que a pocos metros de allí pastaban con parsimonia.

Julián propinaba fuertes embestidas a su alumna, mientras rogaba para sus adentros que no le fallasen las fuerzas y, mentalmente, repasaba la tabla del nueve para que se prolongase el desenlace. Ella saboreaba cada uno de los orgasmos que estaba consiguiendo gracias al pundonor de su profesor, que, desfallecido y sin poder aguantar más, derramó su semen sobre Alicia, derrumbándose, a la vez que murmuraba “nueve por diez noventaaaaa”. Descansaron durante unos minutos asidos de la mano y tumbados boca arriba, ella satisfecha y él tratando de recuperar el resuello.

Vuelto el color a sus mejillas, Julián llamó a la grúa y el coche fue escoltado hasta el taller más próximo mientras ambos se miraban sonrientes y cómplices en el taxi que llamaron para que les sacara de aquel lugar.

La forma de conducir de Alicia cambió desde ese día. Las siguientes clases, progresó tanto que Julián pensó que podría llegar a sacar el examen práctico. Y no se equivocó: Alicia aprobó milagrosamente y celebraron el acontecimiento en el mismo lugar donde semanas antes habían tenido el accidente. La idea había surgido de ella y Julián, entre carcajadas, aceptó gustoso la proposición.

Alicia y Julián comenzarán a salir y todo gracias a la puntería de Alicia con aquella señal…