Cuando Alicia recibió la llamada de Mario explicándole que esa noche serían tres para cenar y no dos se quedó muy intrigada. Mario jamás le había presentado a ninguno de sus amigos, y le resultaba muy extraño que se arriesgara a dar a conocer la relación que ambos tenían y que intentaban permanecer oculta a toda costa. Mario había sido parco en palabras y no le había dado más explicaciones. Alicia pensó que para una noche que su pareja estaba fuera de la ciudad por motivos de trabajo y podía disfrutar de Mario en su casa con más tranquilidad que en otras ocasiones, no le hacía ninguna gracia tener una cena formal con alguien más.
A pesar de todo, Alicia se esmeró en la cena, preparándola con antelación para disponer de más tiempo para prepararse convenientemente. En el baño, depiló su pubis con mimo, dejando tan sólo una estrecha franja de vello que guarecía la entrada a su sexo. Le encantaba sorprender a su amante con nueva lencería y para aquella noche se había comprado un sensual corpiño de delicado encaje color azabache. Observó el curioso remate en forma de espiral que unía las copas del sostén, lo acercó a su rostro y percibió la dulce fragancia que emanaba de él, olía a nuevo y le gustó. Se desnudó, y cogiendo una a una las prendas que esa noche vestiría se las fue poniendo lentamente. Observó en el espejo del dormitorio la diminuta tanga cubriendo con tacañería sus nalgas y la rozó mientras imaginaba el cuerpo de Mario sobre ella. El corpiño fue más costoso de poner, los dichosos corchetes se resistían y tuvo que aguantar la respiración una y otra vez para poder abrocharlos. Era sumamente estrecho y apenas podía respirar sin dificultad, pero su cuerpo lucía más insinuante que nunca. Aquella intensa apretura le excitaba, era el corpiño el que, como por arte de magia, avivaba su libido y le hacía estar preparada para pasar una apasionante noche con su amante.
Mientras se daba los últimos retoques con el maquillaje, sonó el timbre y Alicia corrió rauda hacia la puerta de entrada. Al abrir, vio a Mario sonriendo y a su lado, a un hombre algo más bajo que él pero de sorprendente parecido con su amante. No quería descubrir sus cartas y trató a Mario como un amigo más, a pesar de que hubiera deseado darle un largo beso y sentir el calor de su cuerpo junto al suyo.
Mario presentó a Jorge y a Alicia y ambos se dieron un cordial beso en la mejilla. Alicia sintió que Jorge demoraba sus labios sobre su piel mientras agarraba su cintura con bastante atrevimiento para no conocerse de nada. Este gesto le puso sobre alerta. Quizás Mario no había traído un amigo sino más bien un compañero de juegos en el lecho. Al pensar en ello sintió que su deseo se removía y que su tanga impoluta era la primera en percibirlo.
Al darse la vuelta, Jorge se acercó a ella y le subió la cremallera del vestido que, descuidadamente, había olvidado abrocharse. Jorge se recreó en la grata labor mientras reposaba su mano izquierda sobre las nalgas de Alicia. Se estremeció con el contacto, le gustaba que un completo desconocido se excitara acariciando su cuerpo, ya fuera de forma furtiva en un autobús, o de forma notoria como en ese momento. Miró a Mario interrogante, buscando en su mirada el camino que debía tomar esa noche, pero el rostro de su amante no desvelaba las dudas que tenía sobre Jorge.
Jorge y Mario se sentaron en la mesa redonda que Alicia había dispuesto para la ocasión y ésta depositó sobre la mesa los canapés que había preparado esa misma tarde. La conversación no fluía en el trío y Alicia optó por poner una suave música de fondo que llenase el incómodo silencio. Sin embargo, fue el vino el mejor aliado de la noche, el alcohol relajó a los tres, su forma de sentarse en torno a la mesa se suavizó y las risas se mezclaron con la música, ahora apenas audible.
A la izquierda de Alicia se hallaba Jorge, que cada vez se manifestaba más cariñoso con el supuesto consentimiento de Mario, fiel observador de las reacciones de ella ante las frecuentes aproximaciones de su amigo. Alicia, no obstante, se sentía algo incómoda, le gustaba saber lo que Mario quería de ella, qué pretendía, aunque al ver que no ponía reparo en ver cómo su amigo se acercaba y le acariciaba el rostro mientras hablaba, optó por tomarse otra copa de vino y dejarse llevar por los efluvios alcohólicos y por el deseo. Sintió en el empeine de su pie derecho, los dedos desnudos del pie de Jorge, que cada vez se le notaba más embriagado. El invitado rozó el muslo izquierdo de Alicia con su pierna y resbaló una mano por debajo del vestido. Al notar cómo se acercaba, intentó apartarle, pero Mario cogió su muñeca adivinando sus intenciones y fue él mismo el que le instó a abrir las piernas, subiendo un poco más su vestido. Jorge no dudó un instante en manosear con descaro el interior de los muslos de su anfitriona, la miró con una media sonrisa y mientras mojaba vivamente su labio inferior con la lengua, introdujo los dedos bajo sus bragas y acarició su vulva. Alicia masticaba un trozo del pastel de carne que había preparado mientras, ensimismada, disfrutaba con el acercamiento de Jorge. Disimuló el gesto de placer aunque intuía que Mario se daba perfecta cuenta de lo que estaba pasando bajo la mesa, la conocía demasiado bien.
Jorge hablaba mientras recorría su sexo con las yemas de los dedos, abriéndolo ligeramente para sentir la cálida humedad de su grieta. Notaba como poco a poco su sexo se hinchaba y humedecía su tanga. Jorge mojó los dedos en sus paredes internas, carnosas y prietas. Recorrió milímetro a milímetro su jugosa cavidad hasta que encontró un punto en el que Alicia parecía disfrutar más. Estaba tan concentrada en su placer que había perdido el apetito y deseaba que sus dos acompañantes terminaran de una vez para seguir jugando los tres. Ya no mostró reparo en gemir suavemente para que Mario supiera lo caliente que estaba y lo mucho que necesitaba tener un miembro o dos a su disposición. Sólo pensar que iba a ser poseída por dos hombres aquella noche era suficiente para que se excitara. Por un instante sus ojos se toparon con la foto que descansaba sobre la librería y en la cual abrazaba a su novio en la playa. Esta vez había olvidado quitarla de su vista, mirar a su pareja le hacía sentirse culpable de sus continuas infidelidades, pero era algo que no podía evitar. La pasión que sentía por Mario era algo animal, una salvaje atracción de la que no podía zafarse y en la que la razón tenía la partida perdida. Era de él y, pasase lo que pasase, era para siempre. Una cadena invisible la ataba a Mario y nadie podía remediarlo.
Tras el postre, Alicia miró inútilmente a Mario buscando un gesto que diera un inicio oficial a la función. Fue Jorge el que se acercó a Alicia por detrás y, levantando su vestido, achuchó sus nalgas con una mano, usando la otra para atacar su pubis por delante. Volvió a mirar a Mario y le rogó en silencio que se acercara, pero Mario se sentó en el sofá y contempló entre divertido y excitado los movimientos de ambos. Jorge arrebató su tanga con relativa facilidad y la despojó de su vestido. Alicia quedó semi desnuda en medio del salón, su corpiño tras la cena la ceñía aún más y sentía que era esclava de aquella prenda de ropa que le incitaba a mostrarse más ardiente y fogosa que nunca. Jorge apretó la pelvis fuertemente contra sus nalgas y Alicia tuvo que posar sus manos sobre la mesa de centro para mantener el equilibrio, tarea nada fácil, sus altos zapatos de tacón, único complemento que acompañaba el corpiño, se lo ponían bastante difícil.
Jorge se desnudó apresuradamente y acercando a Alicia hasta la puerta del salón, la empujó ligeramente contra ella mientras palpaba sus formas, resbalando sus manos desde los pechos hasta sus muslos. Alicia buscó a Mario y vio que éste, sorprendentemente, se había marchado de allí. Pensaba que Mario entraría en el juego antes o después, jamás pensó que simplemente le traía a alguien para pasar un buen rato mientras él se ausentaba. Miró a su alrededor y vio que su abrigo había desaparecido. La decepción y la rabia invadieron su interior y pensó que ya no le parecía tan buena idea follar con aquel desconocido sabiendo que Mario no participaría en los juegos. En ese instante, Jorge empotró su miembro dentro de su sexo y comenzó una serie de intensas sacudidas que hicieron olvidar a Alicia lo que hacía unos segundos pasaba por su cabeza. Era imposible pensar en nada más que en degustar las maravillosas sensaciones que le proporcionaba aquel amante que le había regalado Mario. Jorge alternaba sus incursiones de tal manera que algunas eran suaves y cadenciosas y producían en Alicia una especie de espera angustiosa deseando que pronto volvieran los rotundos embistes con los que se sentía completamente fuera de sí. Su glande rozaba frenéticamente su punto g una y otra vez y Alicia, no pudiendo aguantar más, se dejó llevar por las fuertes pulsiones que paralizaron intensamente su cuerpo.
Jorge la cogió en brazos y agarrando sus muslos, le introdujo su carnoso miembro mientras Alicia se aferraba a sus brazos y se balanceaba en torno a su fuente de placer. Al llegar al dormitorio, Jorge se tumbó en la cama y pidió a Alicia que se tumbara sobre él. Alicia comenzó a galopar salvajemente sobre su montura, agitando su cuerpo hacia arriba y hacia abajo mientras movía sus caderas de forma circular para sentir en toda su intensidad el pene de Jorge.
Cuando estaba de nuevo a punto de perder el control, el calor de un cuerpo sobre su espalda le alertó de la presencia de Mario, que al contrario de lo que ella había pensado, no se había marchado, tan sólo se había escondido, dejando libertad de movimientos a la pareja.
Mario empujó a Alicia contra Jorge y pringando su culo con un oloroso aceite, la penetró lentamente. Alicia sentía que se desgarraba, pero poco a poco notó que ambos penes se amoldaban en su interior e incluso parecían complementarse, llenándola por completo. Era maravilloso sentir las embestidas de Jorge y las sacudidas que Mario le imprimía. Se estaba volviendo loca de placer. Justamente en ese momento, el teléfono sonó una y otra vez. La rítmica melodía, que se mezclaba con los ruidos que hacía el somier al moverse el terceto, no mentía, era su novio el que llamaba. Dudó entre coger el teléfono y no hacerlo, pero escogió lo primero para no levantarle sospechas.
-Sí, sí, estoy en la cama ya. ¿Qué tal el viaje?
A pesar de que Alicia pidió una tregua a sus compañeros de lecho, no se la otorgaron, al contrario, atacaron a Alicia con más ferocidad, divertidos por el mal rato que estaba pasando intentando disimular el intenso goce.
-Yo también te quiero, te echo de menos, un beso.
Al colgar, Alicia estalló en un fuerte orgasmo, lo había retenido tanto tiempo, que fue uno de los más intensos que había tenido en su vida.
Jorge y Mario continuaron follando a Alicia que, agotada, se dejaba llevar cual marioneta por los movimientos de uno y otro. Jorge aumentó el ritmo de sus empujes, eyaculando en Alicia y produciendo a modo de efecto dominó que Mario terminara también.
Alicia apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama y dejó que fuera Mario el que despidiera a Jorge.
-Encantada Alicia. Espero que mi hermano me llame pronto de nuevo y podamos reunirnos otra vez.
Alicia miró a Mario y pensó que jamás comprendería a su amante. Ofrecerla a su hermano demostraba una generosidad fuera de lo común. Ella jamás hubiera compartido a Mario con nadie, y menos con su hermana…
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Los deberes de Mario X: Cena para tres
Cuando Alicia recibió la llamada de Mario explicándole que esa noche serían tres para cenar y no dos se quedó muy intrigada. Mario jamás le había presentado a ninguno de sus amigos, y le resultaba muy extraño que se arriesgara a dar a conocer la relación que ambos tenían y que intentaban permanecer oculta a toda costa. Mario había sido parco en palabras y no le había dado más explicaciones. Alicia pensó que para una noche que su pareja estaba fuera de la ciudad por motivos de trabajo y podía disfrutar de Mario en su casa con más tranquilidad que en otras ocasiones, no le hacía ninguna gracia tener una cena formal con alguien más.
A pesar de todo, Alicia se esmeró en la cena, preparándola con antelación para disponer de más tiempo para prepararse convenientemente. En el baño, depiló su pubis con mimo, dejando tan sólo una estrecha franja de vello que guarecía la entrada a su sexo. Le encantaba sorprender a su amante con nueva lencería y para aquella noche se había comprado un sensual corpiño de delicado encaje color azabache. Observó el curioso remate en forma de espiral que unía las copas del sostén, lo acercó a su rostro y percibió la dulce fragancia que emanaba de él, olía a nuevo y le gustó. Se desnudó, y cogiendo una a una las prendas que esa noche vestiría se las fue poniendo lentamente. Observó en el espejo del dormitorio la diminuta tanga cubriendo con tacañería sus nalgas y la rozó mientras imaginaba el cuerpo de Mario sobre ella. El corpiño fue más costoso de poner, los dichosos corchetes se resistían y tuvo que aguantar la respiración una y otra vez para poder abrocharlos. Era sumamente estrecho y apenas podía respirar sin dificultad, pero su cuerpo lucía más insinuante que nunca. Aquella intensa apretura le excitaba, era el corpiño el que, como por arte de magia, avivaba su libido y le hacía estar preparada para pasar una apasionante noche con su amante.
Mientras se daba los últimos retoques con el maquillaje, sonó el timbre y Alicia corrió rauda hacia la puerta de entrada. Al abrir, vio a Mario sonriendo y a su lado, a un hombre algo más bajo que él pero de sorprendente parecido con su amante. No quería descubrir sus cartas y trató a Mario como un amigo más, a pesar de que hubiera deseado darle un largo beso y sentir el calor de su cuerpo junto al suyo.
Mario presentó a Jorge y a Alicia y ambos se dieron un cordial beso en la mejilla. Alicia sintió que Jorge demoraba sus labios sobre su piel mientras agarraba su cintura con bastante atrevimiento para no conocerse de nada. Este gesto le puso sobre alerta. Quizás Mario no había traído un amigo sino más bien un compañero de juegos en el lecho. Al pensar en ello sintió que su deseo se removía y que su tanga impoluta era la primera en percibirlo.
Al darse la vuelta, Jorge se acercó a ella y le subió la cremallera del vestido que, descuidadamente, había olvidado abrocharse. Jorge se recreó en la grata labor mientras reposaba su mano izquierda sobre las nalgas de Alicia. Se estremeció con el contacto, le gustaba que un completo desconocido se excitara acariciando su cuerpo, ya fuera de forma furtiva en un autobús, o de forma notoria como en ese momento. Miró a Mario interrogante, buscando en su mirada el camino que debía tomar esa noche, pero el rostro de su amante no desvelaba las dudas que tenía sobre Jorge.
Jorge y Mario se sentaron en la mesa redonda que Alicia había dispuesto para la ocasión y ésta depositó sobre la mesa los canapés que había preparado esa misma tarde. La conversación no fluía en el trío y Alicia optó por poner una suave música de fondo que llenase el incómodo silencio. Sin embargo, fue el vino el mejor aliado de la noche, el alcohol relajó a los tres, su forma de sentarse en torno a la mesa se suavizó y las risas se mezclaron con la música, ahora apenas audible.
A la izquierda de Alicia se hallaba Jorge, que cada vez se manifestaba más cariñoso con el supuesto consentimiento de Mario, fiel observador de las reacciones de ella ante las frecuentes aproximaciones de su amigo. Alicia, no obstante, se sentía algo incómoda, le gustaba saber lo que Mario quería de ella, qué pretendía, aunque al ver que no ponía reparo en ver cómo su amigo se acercaba y le acariciaba el rostro mientras hablaba, optó por tomarse otra copa de vino y dejarse llevar por los efluvios alcohólicos y por el deseo. Sintió en el empeine de su pie derecho, los dedos desnudos del pie de Jorge, que cada vez se le notaba más embriagado. El invitado rozó el muslo izquierdo de Alicia con su pierna y resbaló una mano por debajo del vestido. Al notar cómo se acercaba, intentó apartarle, pero Mario cogió su muñeca adivinando sus intenciones y fue él mismo el que le instó a abrir las piernas, subiendo un poco más su vestido. Jorge no dudó un instante en manosear con descaro el interior de los muslos de su anfitriona, la miró con una media sonrisa y mientras mojaba vivamente su labio inferior con la lengua, introdujo los dedos bajo sus bragas y acarició su vulva. Alicia masticaba un trozo del pastel de carne que había preparado mientras, ensimismada, disfrutaba con el acercamiento de Jorge. Disimuló el gesto de placer aunque intuía que Mario se daba perfecta cuenta de lo que estaba pasando bajo la mesa, la conocía demasiado bien.
Jorge hablaba mientras recorría su sexo con las yemas de los dedos, abriéndolo ligeramente para sentir la cálida humedad de su grieta. Notaba como poco a poco su sexo se hinchaba y humedecía su tanga. Jorge mojó los dedos en sus paredes internas, carnosas y prietas. Recorrió milímetro a milímetro su jugosa cavidad hasta que encontró un punto en el que Alicia parecía disfrutar más. Estaba tan concentrada en su placer que había perdido el apetito y deseaba que sus dos acompañantes terminaran de una vez para seguir jugando los tres. Ya no mostró reparo en gemir suavemente para que Mario supiera lo caliente que estaba y lo mucho que necesitaba tener un miembro o dos a su disposición. Sólo pensar que iba a ser poseída por dos hombres aquella noche era suficiente para que se excitara. Por un instante sus ojos se toparon con la foto que descansaba sobre la librería y en la cual abrazaba a su novio en la playa. Esta vez había olvidado quitarla de su vista, mirar a su pareja le hacía sentirse culpable de sus continuas infidelidades, pero era algo que no podía evitar. La pasión que sentía por Mario era algo animal, una salvaje atracción de la que no podía zafarse y en la que la razón tenía la partida perdida. Era de él y, pasase lo que pasase, era para siempre. Una cadena invisible la ataba a Mario y nadie podía remediarlo.
Tras el postre, Alicia miró inútilmente a Mario buscando un gesto que diera un inicio oficial a la función. Fue Jorge el que se acercó a Alicia por detrás y, levantando su vestido, achuchó sus nalgas con una mano, usando la otra para atacar su pubis por delante. Volvió a mirar a Mario y le rogó en silencio que se acercara, pero Mario se sentó en el sofá y contempló entre divertido y excitado los movimientos de ambos. Jorge arrebató su tanga con relativa facilidad y la despojó de su vestido. Alicia quedó semi desnuda en medio del salón, su corpiño tras la cena la ceñía aún más y sentía que era esclava de aquella prenda de ropa que le incitaba a mostrarse más ardiente y fogosa que nunca. Jorge apretó la pelvis fuertemente contra sus nalgas y Alicia tuvo que posar sus manos sobre la mesa de centro para mantener el equilibrio, tarea nada fácil, sus altos zapatos de tacón, único complemento que acompañaba el corpiño, se lo ponían bastante difícil.
Jorge se desnudó apresuradamente y acercando a Alicia hasta la puerta del salón, la empujó ligeramente contra ella mientras palpaba sus formas, resbalando sus manos desde los pechos hasta sus muslos. Alicia buscó a Mario y vio que éste, sorprendentemente, se había marchado de allí. Pensaba que Mario entraría en el juego antes o después, jamás pensó que simplemente le traía a alguien para pasar un buen rato mientras él se ausentaba. Miró a su alrededor y vio que su abrigo había desaparecido. La decepción y la rabia invadieron su interior y pensó que ya no le parecía tan buena idea follar con aquel desconocido sabiendo que Mario no participaría en los juegos. En ese instante, Jorge empotró su miembro dentro de su sexo y comenzó una serie de intensas sacudidas que hicieron olvidar a Alicia lo que hacía unos segundos pasaba por su cabeza. Era imposible pensar en nada más que en degustar las maravillosas sensaciones que le proporcionaba aquel amante que le había regalado Mario. Jorge alternaba sus incursiones de tal manera que algunas eran suaves y cadenciosas y producían en Alicia una especie de espera angustiosa deseando que pronto volvieran los rotundos embistes con los que se sentía completamente fuera de sí. Su glande rozaba frenéticamente su punto g una y otra vez y Alicia, no pudiendo aguantar más, se dejó llevar por las fuertes pulsiones que paralizaron intensamente su cuerpo.
Jorge la cogió en brazos y agarrando sus muslos, le introdujo su carnoso miembro mientras Alicia se aferraba a sus brazos y se balanceaba en torno a su fuente de placer. Al llegar al dormitorio, Jorge se tumbó en la cama y pidió a Alicia que se tumbara sobre él. Alicia comenzó a galopar salvajemente sobre su montura, agitando su cuerpo hacia arriba y hacia abajo mientras movía sus caderas de forma circular para sentir en toda su intensidad el pene de Jorge.
Cuando estaba de nuevo a punto de perder el control, el calor de un cuerpo sobre su espalda le alertó de la presencia de Mario, que al contrario de lo que ella había pensado, no se había marchado, tan sólo se había escondido, dejando libertad de movimientos a la pareja.
Mario empujó a Alicia contra Jorge y pringando su culo con un oloroso aceite, la penetró lentamente. Alicia sentía que se desgarraba, pero poco a poco notó que ambos penes se amoldaban en su interior e incluso parecían complementarse, llenándola por completo. Era maravilloso sentir las embestidas de Jorge y las sacudidas que Mario le imprimía. Se estaba volviendo loca de placer. Justamente en ese momento, el teléfono sonó una y otra vez. La rítmica melodía, que se mezclaba con los ruidos que hacía el somier al moverse el terceto, no mentía, era su novio el que llamaba. Dudó entre coger el teléfono y no hacerlo, pero escogió lo primero para no levantarle sospechas.
-Sí, sí, estoy en la cama ya. ¿Qué tal el viaje?
A pesar de que Alicia pidió una tregua a sus compañeros de lecho, no se la otorgaron, al contrario, atacaron a Alicia con más ferocidad, divertidos por el mal rato que estaba pasando intentando disimular el intenso goce.
-Yo también te quiero, te echo de menos, un beso.
Al colgar, Alicia estalló en un fuerte orgasmo, lo había retenido tanto tiempo, que fue uno de los más intensos que había tenido en su vida.
Jorge y Mario continuaron follando a Alicia que, agotada, se dejaba llevar cual marioneta por los movimientos de uno y otro. Jorge aumentó el ritmo de sus empujes, eyaculando en Alicia y produciendo a modo de efecto dominó que Mario terminara también.
Alicia apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama y dejó que fuera Mario el que despidiera a Jorge.
-Encantada Alicia. Espero que mi hermano me llame pronto de nuevo y podamos reunirnos otra vez.
Alicia miró a Mario y pensó que jamás comprendería a su amante. Ofrecerla a su hermano demostraba una generosidad fuera de lo común. Ella jamás hubiera compartido a Mario con nadie, y menos con su hermana…
jueves, 6 de noviembre de 2008
Los zapatos de Mambrú
Aún no se lo podía creer. Miró a su alrededor y comprobó que todo estaba en orden, la tienda había sido pulcramente adecentada por la empresa de limpiezas que había contratado, la iluminación era cálida pero potente, por nada del mundo quería que nadie que entrara allí no pudiera contemplar con el máximo detenimiento la belleza de sus productos. La fragancia de rosas de Bulgaria vertido en los tres vaporizadores que había dispuesto en lugares estratégicos había hecho desaparecer por completo el olor a madera serrada y a los plásticos en las que venían envueltas las vitrinas recién montadas.
Por fin lo había conseguido. Muchos años de estudios infructuosos, de penosos trabajos temporales mal pagados y poco realizadores quedaban atrás. Por el camino, mucho esfuerzo, trabas continuas y peleas para conseguir convencer a todos de que él sería el mejor. ¡Cuánto tuvo que luchar con los empleados de banca para convencerles de que el dinero que le prestarían para hacer realidad su sueño era una buena inversión!
Colocó con una precisión digna de relojero suizo cada uno de los artículos, utilizando la manga de su chaqueta para hacer desaparecer las minúsculas motas de polvo que osaban depositarse encima de sus hijos. Porque en realidad, eso es lo que eran, magníficos retoños creados por él. Ahora merecía la pena contemplarlos, brillaban tanto como mil soles, presumían juntos de su esplendor y Mambrú los miraba orgullosos, sabedor de su arte.
Salió de la tienda un instante, aún faltaba media hora para abrir, la espera le estaba resultando exasperante. Contempló el rótulo encarnado ubicado en el centro del escaparate: “Los zapatos de Mambrú”. El nombre resultaba tan concreto como descriptivo, quería que sus clientas divisaran desde el principio de la calle el nombre de la nueva zapatería y que desearan avivar su paso para llegar hasta allí. La puerta siempre permanecería abierta, no le importaba derrochar algo de dinero en calefacción si como resultado las clientas más reticentes superaban el miedo inicial a entrar en una nueva tienda. Mambrú sabía que una zapatería llena de gente era fundamental para atraer a más público, las mujeres llamaban a más mujeres.
¡Cuánto deseaba ver entrar a las primeras! Necesitaba tener sus pies entre sus manos, se excitaba sólo de pensar la cantidad de ellos que disimuladamente acariciaría, tenía la perfecta coartada y el mejor trabajo para hacerlo. Atrás dejaría días de tormento y burlas en aquella ciudad en la que vivió desde que naciera. Atrás quedaban las risas de sus supuestos amigos, cuando frecuentemente le sorprendían agachado en el suelo del parque contemplando los zapatos de las mujeres que hablaban sin parar mientras vigilaban a sus hijos jugando entre ellos. Era un suplicio tenerlos tan cerca y no poder tocarlos, no poder subir la mano desde el tobillo hasta la pantorrilla y percibir la suavidad su piel en verano y el cálido tacto de sus medias de nylon en invierno. Incluso su madre, preocupada por la actitud de su hijo, que veía que no se centraba ni en los estudios ni en conocer a una muchacha como Dios manda, le llevó obligado a la consulta de un psiquiatra, que no le curó nada, al contrario, descubrió en él a un amigo con gustos y obsesiones comunes.
Diez minutos faltaban para colgar el cartel de “Abierto”, apenas era tiempo para un extraño, pero no para él, que sabía que antes de esos diez minutos habían pasado antes muchos otros en los que había deseado una quimera en este caso alcanzada. La tienda lucía llena de colores, pedrerías, drapeados, suaves satenes, plumas combinadas con charol, plata y oro, electrizantes colores que no iban a dejar a nadie indiferente. No era partidario de las modas, odiaba las zapaterías en las que, esclavizadas por sus dictámenes, mostraban la misma gama de color en sus productos, un año negros, otro, marrones. Tristes tiendas que tan sólo se salvaban algo en primavera y verano, gracias a las alegres sandalias multicolores que anunciaban la llegada de las vacaciones.
Sus zapatos eran únicos y exclusivos, era él su diseñador, su fabricante y su vendedor. No le hacía falta nadie más, ningún proveedor que entrara ofreciendo zapatos sería bien recibido en su pequeña zapatería. No existía ninguna como ella en esa ciudad e incluso se podría decir que en todo el país.
Cambió nervioso el cartel de la puerta y tomando aire miró al cielo buscando un halo divino que le protegiera en su nueva andadura. Había llegado el ansiado momento.
Caminó nervioso dentro de la tienda, se frotó las manos intentando serenarse y se atusó su largo bigote negro una y otra vez, pero tras una hora en la que nadie entró, se relajó, sentándose en la silla de cuero blanco que se ubicaba frente al monitor del ordenador. Sacó del cajón unas cuartillas y con un lapicero comenzó a dibujar nuevos diseños. No podía perder el tiempo, aprovecharía los ratos de soledad para sus creaciones y cuando cerrara cada tarde, se dedicaría a hacerlas realidad en el pequeño taller que tenía montado en su casa.
No pudo completar siquiera el esbozo de medio zapato cuando entró una mujer alta y esbelta, morena de pelo y blanca de piel. Saludó cordialmente a Mambrú y comenzó a mirar con pausado respeto cada uno de los exquisitos zapatos de éste. Isabela, que era la mujer del director del banco de la calle principal, ostentaría el honor de ser la primera en inaugurar su tienda. Mambrú la miró pensando que era afortunado por poder contemplar la belleza tan de cerca. Isabela recorrió de nuevo los dos pasillos donde se ubicaban las vitrinas, sintiendo una extraña sensación, una fuerza irresistible le impelía a no salir de aquella zapatería sin adquirir antes un par de zapatos. No había entrado más que a curiosear, pero algo le embriagaba de tal manera que dominaba sus actos, quizás el olor a rosas recién cortadas, quizás la variedad de tonalidades de los zapatos. Le habían embelesado de tal forma que era difícil escapar a sus encantos. Su respiración se agitó y sintió que el deseo por tener un par de aquellos zapatos era superior a todo lo que había conocido hasta entonces. Ni su marido ni los novios que tuvo antes le habían provocado tanto deseo como le estaban provocando en esos momentos aquellos lujosos zapatos. Cogió uno de ellos, tenía unos altos y finos tacones, pedrería púrpura y estrecha puntera. Brillaban tanto como una magnífica joya. Miró a Mambrú y éste de inmediato se acercó a ella para ayudarla a probárselos. Isabela se sentó en el banco de bengué, extendió un pie al zapatero y él se arrodilló ante ella, descalzándola lentamente de los corrientes zapatos que llevaba y vistiéndola con aquella maravillosa obra de arte. Mambrú acarició su piel aterciopelada y sintió un leve escalofrío recorriendo todo su cuerpo, su saliva comenzó a anegar su boca y su miembro se inflamó bajo sus pantalones. Isabela, enfundada en los zapatos, se levantó y dio unos cortos pasos mirándose en los espejos que Mambrú había colocado en la parte inferior de las vitrinas. Se sentía distinta, más mujer, más atractiva y deseable, era imposible ser la misma con algo así adornando sus pies. Miró a Mambrú y por un instante, deseó abrazarle como agradecimiento por tener aquellos maravillosos zapatos con los que parecía estar flotando en el paraíso.
-Me quedo con ellos-dijo casi sin dudarlo-.
-Muy bien señora-dijo Mambrú sin poder evitar una sonrisa de satisfacción.
Mambrú se encontraba pletórico, aún no podía creerse que hubiera hecho realidad su anhelo. Se miró las manos y se estremeció recordando el breve pero intenso momento en que había acariciado el pie de aquella mujer. Con la esencia que quedaba de ella en sus dedos frotó su miembro unos segundos, haciendo más persistente e intensa su erección.
Por fin lo había conseguido. Muchos años de estudios infructuosos, de penosos trabajos temporales mal pagados y poco realizadores quedaban atrás. Por el camino, mucho esfuerzo, trabas continuas y peleas para conseguir convencer a todos de que él sería el mejor. ¡Cuánto tuvo que luchar con los empleados de banca para convencerles de que el dinero que le prestarían para hacer realidad su sueño era una buena inversión!
Colocó con una precisión digna de relojero suizo cada uno de los artículos, utilizando la manga de su chaqueta para hacer desaparecer las minúsculas motas de polvo que osaban depositarse encima de sus hijos. Porque en realidad, eso es lo que eran, magníficos retoños creados por él. Ahora merecía la pena contemplarlos, brillaban tanto como mil soles, presumían juntos de su esplendor y Mambrú los miraba orgullosos, sabedor de su arte.
Salió de la tienda un instante, aún faltaba media hora para abrir, la espera le estaba resultando exasperante. Contempló el rótulo encarnado ubicado en el centro del escaparate: “Los zapatos de Mambrú”. El nombre resultaba tan concreto como descriptivo, quería que sus clientas divisaran desde el principio de la calle el nombre de la nueva zapatería y que desearan avivar su paso para llegar hasta allí. La puerta siempre permanecería abierta, no le importaba derrochar algo de dinero en calefacción si como resultado las clientas más reticentes superaban el miedo inicial a entrar en una nueva tienda. Mambrú sabía que una zapatería llena de gente era fundamental para atraer a más público, las mujeres llamaban a más mujeres.
¡Cuánto deseaba ver entrar a las primeras! Necesitaba tener sus pies entre sus manos, se excitaba sólo de pensar la cantidad de ellos que disimuladamente acariciaría, tenía la perfecta coartada y el mejor trabajo para hacerlo. Atrás dejaría días de tormento y burlas en aquella ciudad en la que vivió desde que naciera. Atrás quedaban las risas de sus supuestos amigos, cuando frecuentemente le sorprendían agachado en el suelo del parque contemplando los zapatos de las mujeres que hablaban sin parar mientras vigilaban a sus hijos jugando entre ellos. Era un suplicio tenerlos tan cerca y no poder tocarlos, no poder subir la mano desde el tobillo hasta la pantorrilla y percibir la suavidad su piel en verano y el cálido tacto de sus medias de nylon en invierno. Incluso su madre, preocupada por la actitud de su hijo, que veía que no se centraba ni en los estudios ni en conocer a una muchacha como Dios manda, le llevó obligado a la consulta de un psiquiatra, que no le curó nada, al contrario, descubrió en él a un amigo con gustos y obsesiones comunes.
Diez minutos faltaban para colgar el cartel de “Abierto”, apenas era tiempo para un extraño, pero no para él, que sabía que antes de esos diez minutos habían pasado antes muchos otros en los que había deseado una quimera en este caso alcanzada. La tienda lucía llena de colores, pedrerías, drapeados, suaves satenes, plumas combinadas con charol, plata y oro, electrizantes colores que no iban a dejar a nadie indiferente. No era partidario de las modas, odiaba las zapaterías en las que, esclavizadas por sus dictámenes, mostraban la misma gama de color en sus productos, un año negros, otro, marrones. Tristes tiendas que tan sólo se salvaban algo en primavera y verano, gracias a las alegres sandalias multicolores que anunciaban la llegada de las vacaciones.
Sus zapatos eran únicos y exclusivos, era él su diseñador, su fabricante y su vendedor. No le hacía falta nadie más, ningún proveedor que entrara ofreciendo zapatos sería bien recibido en su pequeña zapatería. No existía ninguna como ella en esa ciudad e incluso se podría decir que en todo el país.
Cambió nervioso el cartel de la puerta y tomando aire miró al cielo buscando un halo divino que le protegiera en su nueva andadura. Había llegado el ansiado momento.
Caminó nervioso dentro de la tienda, se frotó las manos intentando serenarse y se atusó su largo bigote negro una y otra vez, pero tras una hora en la que nadie entró, se relajó, sentándose en la silla de cuero blanco que se ubicaba frente al monitor del ordenador. Sacó del cajón unas cuartillas y con un lapicero comenzó a dibujar nuevos diseños. No podía perder el tiempo, aprovecharía los ratos de soledad para sus creaciones y cuando cerrara cada tarde, se dedicaría a hacerlas realidad en el pequeño taller que tenía montado en su casa.
No pudo completar siquiera el esbozo de medio zapato cuando entró una mujer alta y esbelta, morena de pelo y blanca de piel. Saludó cordialmente a Mambrú y comenzó a mirar con pausado respeto cada uno de los exquisitos zapatos de éste. Isabela, que era la mujer del director del banco de la calle principal, ostentaría el honor de ser la primera en inaugurar su tienda. Mambrú la miró pensando que era afortunado por poder contemplar la belleza tan de cerca. Isabela recorrió de nuevo los dos pasillos donde se ubicaban las vitrinas, sintiendo una extraña sensación, una fuerza irresistible le impelía a no salir de aquella zapatería sin adquirir antes un par de zapatos. No había entrado más que a curiosear, pero algo le embriagaba de tal manera que dominaba sus actos, quizás el olor a rosas recién cortadas, quizás la variedad de tonalidades de los zapatos. Le habían embelesado de tal forma que era difícil escapar a sus encantos. Su respiración se agitó y sintió que el deseo por tener un par de aquellos zapatos era superior a todo lo que había conocido hasta entonces. Ni su marido ni los novios que tuvo antes le habían provocado tanto deseo como le estaban provocando en esos momentos aquellos lujosos zapatos. Cogió uno de ellos, tenía unos altos y finos tacones, pedrería púrpura y estrecha puntera. Brillaban tanto como una magnífica joya. Miró a Mambrú y éste de inmediato se acercó a ella para ayudarla a probárselos. Isabela se sentó en el banco de bengué, extendió un pie al zapatero y él se arrodilló ante ella, descalzándola lentamente de los corrientes zapatos que llevaba y vistiéndola con aquella maravillosa obra de arte. Mambrú acarició su piel aterciopelada y sintió un leve escalofrío recorriendo todo su cuerpo, su saliva comenzó a anegar su boca y su miembro se inflamó bajo sus pantalones. Isabela, enfundada en los zapatos, se levantó y dio unos cortos pasos mirándose en los espejos que Mambrú había colocado en la parte inferior de las vitrinas. Se sentía distinta, más mujer, más atractiva y deseable, era imposible ser la misma con algo así adornando sus pies. Miró a Mambrú y por un instante, deseó abrazarle como agradecimiento por tener aquellos maravillosos zapatos con los que parecía estar flotando en el paraíso.
-Me quedo con ellos-dijo casi sin dudarlo-.
-Muy bien señora-dijo Mambrú sin poder evitar una sonrisa de satisfacción.
Mambrú se encontraba pletórico, aún no podía creerse que hubiera hecho realidad su anhelo. Se miró las manos y se estremeció recordando el breve pero intenso momento en que había acariciado el pie de aquella mujer. Con la esencia que quedaba de ella en sus dedos frotó su miembro unos segundos, haciendo más persistente e intensa su erección.
No tardó en propagarse por toda la ciudad la calidad de los zapatos de Mambrú, la perfección de sus remates, su trato cortés y amable, pero principalmente, las maravillosas sensaciones provocadas al calzarse en ellos, el extraño influjo que desencadenaba en el interior del cuerpo y el excitante placer obtenido simplemente por entrar en su zapatería.
La nueva zapatería se convirtió en una de las más visitadas, era difícil que no estuviera completamente abarrotada de mujeres que se disputaban las atenciones de Mambrú, el cual no escatimaba su tiempo en atender a cada una de las mujeres como se merecía. Mimaba cada uno de los pies que tocaba, futuros inquilinos de sus obras y principales protagonistas de su vida. A ellos había encomendado su existencia, era capaz de transformar unos pies faltos de cuidado en unos dignos de una modelo. La magia se había aliado con él.
Mambrú vivía en un estado de constante excitación, en parte por el éxito del negocio y en parte por poder rozar cada día las extremidades inferiores de aquellas mujeres que se entregaban a él con la confianza de saber que los zapatos transformarían su vida. Las furtivas caricias del zapatero eran el complemento perfecto a todo el ritual que le acompañaba de entrar en la tienda, mirar los zapatos con detenimiento y solicitar a Mambrú su ayuda.
La caja registradora de la zapatería lucía plena día tras día, pero poco a poco, el ideal escenario que había creado se fue resquebrajando. La afluencia masiva de clientas era tal, que no tenía siquiera tiempo para preparar nuevos diseños, descartó la idea de contratar a alguien, su zapatería era algo casi tan íntimo como su ropa interior. Al llegar a casa lo único que le apetecía era derrumbarse en el sofá y olvidarse por unos momentos de pies, tacones y punteras mientras veía la televisión.
Y lentamente, la tienda rebosante de zapatos se fue vaciando y los pocos zapatos que quedaban en ella lucían tristes y huérfanos. Paulatinamente las mujeres dejaron de acudir, pero Mambrú, a pesar del mayor tiempo libre del que disfrutaba entre clienta y clienta, había perdido la inspiración. El deseo que había movido su vida había desaparecido, la excitación de sentir los pies de una mujer entre sus manos se había esfumado por completo. Carecía de ideas para seguir. No se deleitaba como antiguamente lo hacía en su fabricación. Era como si todo aquel placer que había sentido y que había depositado en sus obras se hubiera quedado en cada uno de aquellos zapatos y cada mujer al comprarlos, hubiera usurpado un pedazo de él, percibiendo al llevarlos en sus pies, el mismo goce que Mambrú había sentido en su creación. Las mujeres a través de sus zapatos habían vampirizado de alguna forma su capacidad para gozar con lo que hacía.
Y Mambrú tuvo que rendirse a la realidad. Ya no era un mago entre aquellas mujeres, se sentía incapaz de volver a diseñar ni un solo zapato. Los días iban pasando y la tienda, antes cálida y acogedora se fue convirtiendo en una árida estancia en donde nadie entraba.
Hasta que entro ella.
Mambrú se sorprendió de ver a alguien cruzar el umbral de su puerta. Era bella con mayúsculas, de piel casi transparente, pelo brillante y pajizo, ojos verdes y delgada silueta. Sus andares felinos recalcaban sus sinuosas curvas. Mambrú bajó la mirada hasta sus pies, llevaba unos zapatos que eran de su tienda, de eso no cabía la menor duda. No recordaba haberla visto jamás o quizás sí, pero su aspecto había cambiado, su mirada era distinta, sus andares eran completamente provocativos y su boca era una incitación a dejarse llevar por los más primitivos instintos. Sin decir ni una sola la palabra, aquella mujer se sentó delicadamente en el banco y descalzándose pidió a Mambrú con un gesto que se acercara a ella. Cual perro fiel se arrodilló ante ella y adivinando los deseos de aquella mujer comenzó a besar sus pies desnudos, acarició su talón, lamió con sumo cuidado cada uno de sus dedos. Ella comenzó a gemir suavemente echando su cabeza hacia atrás y cerrando sus ojos para sentir más intensamente las sensaciones que le estaba provocando el zapatero. Mambrú estaba tremendamente excitado al ver cómo reaccionaba su clienta incitándole a seguir. Continuó acariciando sus piernas hasta llegar a su pubis rizado, sintió el calor que desprendía y su excitación se avivó. Sin pensarlo más, bajó la cremallera de sus pantalones y masajeó su miembro mientras volvía a la zona que más le gustaba a él: sus pies. Succionó cada uno de sus dedos, jugueteó entre ellos con su lengua y pudo contemplar con agrado que la mujer se había levantado sus faldas y se estaba masturbando mientras gemía cada vez más intensamente hasta que finalmente se relajó complacida mirando a Mambrú cómo terminaba de masturbarse.
La mujer se marchó tal y como había venido, sin cruzar una sola palabra con él. Éste, agotado y exhausto tras el sexo, se sentó en el banco rebobinó toda la escena intentando recordar qué es lo que había pasado exactamente. Ella es la que había llevado las riendas en todo momento y parecía haber entrado de ex profeso en la tienda precisamente para que Mambrú hiciera lo que finalmente hizo.
Lo cierto es que aunque fue la primera mujer en desnudar por entero sus pies ante Mambrú, no fue la última, y el zapatero comenzó a disfrutar a diario de unas maravillosas jornadas de fetichismo y placer. Todas las que solicitaban aquellos nuevos servicios habían adquirido previamente sus zapatos y parecía que de alguna manera, las “vampiras” agradecían lo que Mambrú había provocado en sus vidas.
Y Mambrú recobró la inspiración y el arte de la creación. Las vitrinas se fueron llenando de nuevos diseños y las clientas volvieron a entrar en su tienda. En su afán de atender a todas las mujeres como merecían, decidió incrementar de forma desorbitada los precios de sus zapatos, prefería la calidad a la cantidad.
Aquella noche, al cerrar la zapatería para regresar a su hogar, se sintió simple y llanamente un hombre feliz. Quizás era el momento de ampliar el horario de venta y dejar que alguna de las clientas contemplara sus creaciones en el mismo taller de su casa…
sábado, 1 de noviembre de 2008
Ganadores del concurso de Relatos Eróticos “Karma Sensual” 2008, “Amores que Matan”
Estos han sido los 13 autores y relatos seleccionados para integrar el libro que editará gratuitamente "El Taller del Poeta" para febrero 2009.

El libro este año se titulará: " Karma sensual4: Amores que matan" y se compondrá de los 13 (trece) mejores relatos seleccionados por el jurado de "Karma sensual", junto a datos de los autores.
Nos comunicaremos con los 4 primeros seleccionados para proponerles ser Jurado Ambulativo del concurso "Karma sensual5: Amor y Gula – Para comerte mejor-" 2009.
Saludos.
Marta Roldan
(Organizadora de Karma Sensual)
Enhorabuena a todos los premiados. Haber sido jurado en el premio ha sido una gran experiencia para mí. Tan sólo quiero animar a todos a que participéis el próximo año en este premio del que puedo decir que es uno de los más consolidados y serios que hay en el “apasionante” mundo de los relatos eróticos.
Besos a todos. Alice Carroll
jueves, 16 de octubre de 2008
Café y matemáticas
Era en los atardeceres cuando yo me despertaba. Hasta esa hora de la tarde, mi vida era una sucesiva letanía de hechos rutinarios hasta el bostezo. Me levantaba, preparaba el desayuno a mi marido mientras se duchaba y le daba un beso de despedida cuando se iba a trabajar. Limpiaba la casa, preparaba la comida, me vestía y quedaba con mis supuestas amigas de la urbanización para tomar un café e ir juntas a clases de Pilates. Regresaba a casa y mientras ponía la mesa, veía las noticias esperando a que Esteban volviera. Nada era sorprendente y nada me motivaba. Pensé que ya a mis 46 años me conformaría con aquella existencia baldía con la que se habían conformado mis amigas a las que he llegado a odiar en ocasiones al verlas felices sin tener ningún motivo para ello. Conocía a sus maridos y por mucho que les mirara con buenos ojos, no me parecían seres capaces de lograr ni siquiera su propia felicidad, evidentemente imposible que lograran la ajena.
El destino se encargó de cambiarlo todo una tarde de otoño, cuando las gotas de lluvia que estaban cayendo lánguidamente mancharon los cristales de las ventanas que acababa de limpiar. Mi marido me había comentado algo hacía unos días, pero como en otras ocasiones, ni siquiera le había prestado atención. Fue al sonar el timbre de la puerta cuando lo recordé.
-Éste debe ser Oscar-dijo mientras se levantaba a abrirle.
Me levanté yo también del sofá y vi pasar por delante del salón a aquel muchacho saludándome con una media sonrisa. Esteban y él se encerraron en el despacho y yo me volví a sentar intentando seguir con la lectura del libro que había cogido de la biblioteca esa misma mañana.
No fui capaz de seguir. Mis pensamientos viajaron muy lejos en el tiempo pero me resultaban aún tan cercanos que me dolían. Regresaron al momento en que Esteban y yo queríamos tener hijos y no pudimos, la desesperanza y la frustración de los penosos tratamientos de fertilidad, los malos resultados y la rendición final. Mi hijo podía tener ahora la edad de Oscar.
Mi marido era profesor de matemáticas en un instituto. Era buen profesor y un buen hombre, tranquilo, pausado y demasiado lógico para ser espontáneo. Jamás me reí con ninguno de sus chistes. Pero a pesar de todo, nos llevábamos relativamente bien, habíamos pasado demasiado cosas juntos como para no hacerlo. Impartía clases a los chicos de segundo de bachillerato y todos decían que era el mejor profesor de matemáticas que había tenido el centro desde hacía tiempo. Fue al empezar el nuevo curso cuando, ante la insistencia de algunos padres y los mismos alumnos, decidió ayudar con clases particulares a los muchachos que eran brillantes en otras asignaturas pero iban más flojos en la materia y querían sacar un buen expediente para optar por la carrera deseada.
Oscar era uno de aquellos chicos. Alto y con paso decidido, vestía como un chico más de su edad, vaqueros de cintura baja, camiseta de deporte y zapatillas de marca. Tenía el pelo negro y lo llevaba cuidadosamente despuntado. Sus ojos grandes y marrones lucían con un brillo especial.
Sonó el timbre de la puerta cuando aún faltaban diez minutos para terminar la clase. Abrí y encontré al que parecía ser el segundo alumno de esa tarde. A pesar de tener la misma edad que Oscar, Pedro, que así me dijo que se llamaba, parecía todavía un crío con su cara llena de acné, sus rizos castaños y sus gafas oscuras y redondas.
Le invité a sentarse en el sofá mientras mi marido terminaba la clase. Pedro era muy tímido así que proseguí con la lectura no acosándole con preguntas para no intimidarle.
Por fin finalizaron la clase y Pedro se encerró con mi marido mientras yo despedía a Oscar en la puerta, pero en el exterior tronaba con fuerza y la lluvia caía a borbotones sobre el asfalto.
-¿Por qué no te esperas un poco a que escampe? Te invito a un café si quieres.
Oscar dudó, pero respondió con un escueto “vale” que fue suficiente para que entrara de nuevo en casa.
En la cocina, Oscar seguía mis movimientos y respondía a mis preguntas. Me admiró su madurez y su seguridad, su voz grave me fue envolviendo poco a poco. Por un instante, me sentí como si fuera su madre, me imaginé la rutina de prepararle la merienda, como estaba haciendo en esos momentos. Sentí deseos de darle un tierno beso en la frente, de invitarle a que se quedara a dormir en el cuarto de invitados, el que hubiera sido el dormitorio de nuestro hijo. Mientras estaba absorta con mis pensamientos, me giré para preguntarle cuántas cucharadas de azúcar quería y le vi ruborizarse al verse sorprendido contemplando fijamente mi trasero.
Oscar se tomó el café y se fue. Me senté en la silla de la cocina y me quedé mirando sin pestañear la puerta del frigorífico sin poder pensar absolutamente en nada. Estaba completamente obnubilada y de alguna forma, haber ejercido de madre por unos minutos me había servido para sentirme realmente bien. Además, el pequeño descubrimiento de que resultaba apetecible para un hombre joven atizaba mi coquetería femenina, últimamente adormecida por la rutina.
Oscar y Pedro venían a casa un día sí y otro no. Con Pedro poco hablaba, es cierto que al ser más niño podía haber ejercido también como madre con él, pero no me llamaba la atención en absoluto. Era Oscar el que me llenaba, me gustaba su olor varonil, sus brazos torneados, sus labios perfectamente delineados, su nuez abultada en el cuello. El café después de la clase se convirtió en acostumbrado y los ratos en los que estábamos juntos eran cada vez mayores. Comencé a arreglarme más para recibir a aquellas visitas, me gustaba verme guapa aún estando en casa. Intercambiamos sensaciones, inquietudes y deseos. Era una terapia que me resultaba plenamente placentera y a Oscar, que había perdido a su madre al cumplir catorce años, intuía que le pasaba lo mismo. Estábamos muy a gusto el uno con el otro.
Lo cierto es que cada vez pensaba más en él. Me sorprendieron los celos que sentí cuando me confesó que había conseguido acostarse con una compañera en una fiesta de sábado y no pude contener mi rabia riñéndole como si realmente fuera su madre, diciéndole que no podía acostarse sin más con la primera que pasara por su vida. No quería reconocerlo, pero Oscar me atraía como hombre más que como hijo. No recuerdo cuando me di cuenta de aquel sutil cambio, quizás fue una noche cuando estando con Esteban haciendo el amor, cerré los ojos y me imaginé a Oscar sobre mí, besándome dulcemente y poseyéndome por primera vez.
Por la mañana, sentí remordimientos por aquellos tortuosos pensamientos. Mi deseo por él se avivaba al verle, la necesidad de tocarle se hacía imperativa. ¿Pero no ves cuánto te deseo? Me decía a mí misma en silencio.
Nuestros cafés pasaron de la cocina al salón. Oscar y yo nos sentábamos uno al lado del otro y con la tenue luz de la lámpara de pie de la esquina hablábamos hasta que, a falta de cinco minutos para que terminara la clase mi marido, él se iba. Cada vez que cerraba la puerta y le despedía, sentía que me desgarraba por dentro, que una parte de mí se esfumaba y que volvía de nuevo a la más absoluta oscuridad.
Aquella tarde cuando Oscar se marchó, me fui al baño y delante del espejo, me desnudé imaginando que al otro lado no estaba mi imagen reflejada en él, sino la de Oscar, contemplando cómo me desposeía de mis prendas y me entregaba a él. Acaricié el espejo y besé aquellos labios que me parecieron demasiado fríos al principio, lamí mi imagen para calentarla y al besarlos de nuevo, por fin conseguí imaginarme que eran los de él. Con la camisa desabrochada cayendo por mi espalda, me deshice del sostén y acaricié mis pechos, grandes y hermosos, los achuché y bajé la mano hasta mis piernas. Sin dejar de mirar mi imagen me desabroché los pantalones e introduje mis manos bajo las bragas, eran las de Oscar, grandes y fuertes las que lo hacían. Eran sus dedos los que curioseaban en mis entrañas y los que penetraban mi sexo. Mientras me masturbaba, pude oír a mi marido despidiendo a Pedro y gritando mi nombre mientras me buscaba por la casa. Un “¡estoy aquí!” salió de mis labios con algo de dificultad. Seguí mimando mi sexo hasta que el vaho del baño emborronó mi visión y la que yo me imaginaba de Oscar. Aunque quizás fue el orgasmo que sentí en ese momento el que hizo disminuir mi percepción visual. Fue algo fantástico, hacía mucho que no me masturbaba y casi ni recordaba la facilidad y la intensidad con que se llegaba a la meta.
Al siguiente día que Oscar vino, me encontraba algo apurada a su lado, quería disimular en lo posible lo que sentía por él, pero me parecía que mi torpeza de movimientos al estar tan cerca de él me delataba. Mi piel se erizó por un instante cuando me agarró el brazo para contarme un chiste y mi sexo se volvió más presente que nunca. Demasiado para controlarlo, creo que mi cabeza había dejado de funcionar por completo porque si no, no entiendo cómo tuve el valor de acercarme a él y besar sus labios.
Oscar, ante aquel gesto por mi parte no se inmutó. Me miró confuso, pero su inercia tendía hacia mí y al ver que me apartaba mientras musitaba un “no sé qué me ha pasado, lo siento” me abrazó y me besó. Fue un beso largo, ardiente y apasionado, pero tierno. Dulcemente tierno. Sentí su respiración fundida con la mía, toqué sus brazos y me gustó su firmeza, sus músculos aún no estaban formados completamente. Acaricié su pelo, tiré de él, besé su cuello y lamí con devoción los lóbulos de sus orejas. Pero no pasamos de ahí, el reloj acechaba la verticalidad y mi marido estaba a punto de salir con Pedro. Sentía mi corazón a punto de estallar y, aunque vi que Oscar quería seguir, le aparté señalándole la hora.
Nos despedimos sin más. Con un adiós y sin darnos siquiera un beso. Creo que ambos estábamos pensando lo mismo. Que no había ocurrido nada o quizás sí, pero ambos teníamos cierto temor a reconocerlo.
Esa noche me angustié pensando que Oscar quizás no volvería jamás y que se había arrepentido de lo que había hecho. Afortunadamente me equivoqué porque ese miércoles que tenía clase se presentó como siempre. El tiempo que duró la clase con mi marido se me hizo eterna, no podía parar, me levantaba del sofá, me sentaba, caminaba como un león enjaulado por toda la casa esperando que el tiempo trascurriera más deprisa. Por fin Pedro vino y los minutos volaron al lado de aquel insulso muchacho al que esta vez sí que le torturé con mis preguntas.
Oscar apareció en el salón y mi marido volvió con Pedro al despacho. Nos quedamos de pie, mirándonos sin saber qué decir, yo no sabía si pedirle perdón, si decirle que había sido un error, así que dejé que mi corazón decidiera por mí y le abracé. Oscar correspondió a mi abrazo y sentí que estábamos de nuevo unidos. Nos besamos y abrazamos con ansiedad. Rocé con mis dedos sus labios, los chupé con delicadeza y lamí su abultada nuez. Palpé sus formas sobre la ropa, estaba tremendamente excitada. Acaricié su cuerpo y un impulso me hizo desabrochar su camisa. Oscar se dejaba hacer por mí. Besé sus pechos, acaricié el vello de su torso, mordisquee su cintura, desabroché sus pantalones y cogí entre mis manos su miembro, completamente erecto para mi deleite. Él seguía algo despistado, creo que temía por Esteban, que nos pillara in fraganti, pero supe que me deseaba cuando me desabotonó con ansiedad mi blusa, bajó mi sostén y se zambulló en mis pechos hambriento de deseo por ellos. Lamió y mordisqueó mis pezones, los succionó una y otra vez y sentí un placentero cosquilleo en ellos, posó su mano entre mis piernas y bajando la cremallera de mis pantalones, resbaló su mano dentro. Su pericia a pesar de los nervios me sorprendió. Yo le deseaba dentro, así que me desabroché por completo y le supliqué que se pusiera encima. Ante su mirada dubitativa, le tranquilicé, Esteban no iba a salir, todavía faltaba media hora para finalizar la clase. Oscar se puso sobre mí y resbaló su miembro en mi interior. Por un momento creí estar en un sueño y no en mi salón, no podía ser cierto que estuviera haciendo el amor con Oscar, pero su pene dentro de mí era algo demasiado real para suponer que no era cierto.
Oscar me embistió con fuerza y yo le ayudé, fue corto pero tan intenso que mis ojos se llenaron de lágrimas que resbalaron por mi piel hasta caer en el sofá. Estaba llorando de puro placer, me volvía a sentir viva, Oscar era un soplo de aire fresco en mi existencia. Reposó jadeando unos momentos dentro de mí hasta que por fin consiguió recuperar el resuello y se apartó.
Aquellas sesiones de sexo se hicieron habituales, éramos tan descarados, que a veces dejábamos escapar algún que otro gemido que nos hacía volver a la realidad del salón y de mi marido y Pedro a pocos metros de nosotros.
No sé lo que había entre nosotros: pasión, amor, enamoramiento, cariño, ternura... No puedo definir mis propias sensaciones. Sé que Oscar se acostaba con alguna compañera de vez en cuando. Yo ya no le preguntaba por ello, no quería saber nada de su vida, me daba demasiado miedo competir con aquellas jóvenes que compartían su vida más que yo. Sabía que tenía unos momentos en los que era completamente mío, suficiente para ser feliz. Con Esteban me sentía bien, ya no sentía mi vida tan rutinaria, había encontrado algo que me daba luz en todos los sentidos. Había conseguido recuperar la ilusión de la sorpresa.
Y eso es lo que me llevé. La mayor sorpresa de mi vida una noche en la que no podía dormir y encontré a Esteban masturbándose compulsivamente en el salón mientras contemplaba extasiado en el ordenador los encuentros que habíamos tenido Oscar y yo aquellas tardes. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que aquel cable que había en la librería no estaba conectado a la televisión ni al video sino al ordenador portátil que él tenía siempre en la mesa del salón y que había estado grabándonos con la pequeña webcam que tenía escondida entre unos libros.
Regresé silenciosa a la cama sin que Esteban percibiera mi presencia y dejé que siguiera disfrutando con aquellas imágenes. Decidí al taparme con la sábana que si él no había puesto ninguna pega al enterarse de mi relación con Oscar, yo tampoco tendría inconveniente en que siguiera ejerciendo de voyeur con nosotros. Un secreto por otro secreto, algo completamente justo. En ese momento creo que todos éramos algo más felices que antes.
viernes, 26 de septiembre de 2008
La esclava de mi vida
sábado, 13 de septiembre de 2008
Las aspirinas de Matilde

Como cada mañana a las 10 en punto exactamente, Matilde llegó a la farmacia. Con esfuerzo subió la puerta metálica que protegía el escaparate, metió la llave en la cerradura y se hizo el propósito de llamar ese mismo día al cerrajero para que le echara un vistazo y la arreglara de una maldita vez. Encendió las luces del interior y se colocó la bata que dejaba siempre detrás de la puerta del pequeño garito que le servía a su vez de almacén y sala de estar para pasar los ratos de soledad en los que nadie entraba a comprar.
Miró su rostro reflejado en el cristal de la vitrina donde guardaba las cremas de belleza y se notó algo cansada. Había dormido mal y estaba nerviosa, su cabeza no paraba de dar vueltas a las mismas ideas que recurrentes saturaban su cabeza de pensamientos negativos. Su cumpleaños había pasado sin pena ni gloria, otro más, el tiempo iba pasando pero su vida no había cambiado en absoluto. Seguía haciendo las mismas cosas que hacía diez años atrás, cuando su padre le dejó en herencia la farmacia del pueblo en el que había vivido en su infancia. No podía dejar de pensar si la vida que ahora llevaba en aquel pequeño pueblo era simplemente un error, un dejarse llevar por una rutina que a veces le resultaba asfixiante. Después de una corta relación con un chico con el que no llegó a nada, principalmente en el plano sexual, no había conocido a nadie más. ¿A quién iba a conocer en aquel pueblo aislado por aquella complicada carretera de montaña plagada de ciclistas? Más de un dominguero había tenido que atender tras sufrir un colapso de puro agotamiento al llegar hasta la cumbre. ¿Pero acaso no leía ninguno el cartel que anunciaba que se trataba de un puerto de primera categoría? Ojalá se fijara en ella alguno de aquellos aguerridos deportistas, esos que sí conocían el camino y llegaban con sus fuerzas casi intactas.
La puerta se abrió y Matilde saludó al muchacho de la cooperativa de farmacia que de forma puntual le suministraba los pedidos. Era alto y desgarbado, tendría unos cinco años menos que ella o quizás más. Siempre se mostraba atento y servicial pero jamás le miró de la manera que le hubiera gustado a ella, hacía mucho que no sentía que la mirara ningún hombre. Lo cierto es que la rutina le había hecho remolona a la hora de arreglarse, era limpia y aseada pero nada coqueta, ropa amplia y cómoda, demasiado otoñal para su edad. En aquella pequeña prisión de montaña tampoco le hubiera servido de nada. Se recolocó sus gafas de pasta negra mientras despedía al muchacho y le miró sus pantalones vaqueros caídos que dejaban asomar sus calzoncillos rayados. Tenía un buen culo, pensó. Por un instante sintió que una pequeña oleada de calor que subía hasta sus mejillas, puso sus frías palmas sobre ellas y poco a poco su temperatura descendió.
Comenzó a abrir los paquetes de medicamentos y colocó cada medicina en el sitio correspondiente: antiinflamatorios y antitérmicos a la derecha, antibióticos en la vitrina de la izquierda, los productos de parafarmacia en la vitrina central y los preservativos en la mesa acristalada que hacía de mostrador. Ese siempre era el mejor sitio para cuando venía algún mozo que había pillado a alguna muchacha para llevársela al huerto esa noche. Ojalá en vez de venderlos los usara, pensó con resignación. Sólo le quedaba el consuelo diario del onanismo bajo las frías sábanas de su cama. Sabía cual había sido su problema desde que era una chiquilla, su tremenda timidez, su imposibilidad de hablar con los hombres y mostrar cómo era. Odiaba su timidez tanto que se sentía capaz de vender su alma al diablo con tal de que se la quitara.
Aquella fría mañana de otoño parecía que no quería acercarse nadie a comprar. Posiblemente en unos días los fríos provocarían el inicio de los primeros catarros y ella se hartaría de vender antigripales. Miró la calle a través de su escaparate y vio que por fin el local que había estado en obras durante dos meses abría sus puertas. Era una completa insensatez poner un herbolario en aquel pueblo y más cuando iba a tener como vecina y rival una farmacia. Matilde no creía ni en ungüentos ni en magias y menos en aquellos hierbajos que pretendían vender. Miró al hombre que una y otra vez salía de la tienda observando el aspecto de su escaparate. Era alto y delgado, de tez blanca y poco pelo. Tenía unas espectaculares entradas, su inicio era su frente y su fin prácticamente su nuca. Por un instante, el hombre se dio la vuelta y sorprendentemente caminó en dirección a la puerta de su farmacia. Matilde se colocó de inmediato tras el mostrador y simuló actividad.
-¡Buenos días! –Dijo con una inusitada alegría su nuevo vecino- Soy Domingo, el dueño del herbolario. Quería presentarme antes de abrir, hoy es mi primer día.
-¿Qué tal?- dijo Matilde con una media sonrisa intentando concentrarse en no dejar a relucir su timidez. Domingo chocó su mano con la suya y le pareció suave y firme, tenía los dedos largos y cálidos. Un perfume de incienso empapó sus fosas nasales y sintió por un instante un relajante bienestar.
Domingo hablaba sin prisas y miraba sus ojos sin apenas parpadear, le resultaba tremendamente inquietante, era como si quisiera escudriñar cada uno de los recovecos de su alma. Mientras hablaba y preguntaba a Matilde sobre el pueblo, tocaba su brazo de forma algo intimidatoria para lo que ella estaba acostumbrada, mostrándole la seguridad de la que ella carecía. Matilde contestaba con frases cortas y a pesar de que pretendía ser lo más cortés posible, sentía que estaba siendo tan seca como alguno de los habitantes de aquel pueblo cuando no tenían ganas de hablar con nadie. Al final, todo se pega, hasta la forma de ser de todo un pueblo.
Domingo le volvió a dar la mano a modo de despedida y cuando ya estaba a punto de irse, paró y dio media vuelta.
-Se me olvidaba: ¿me puedes dar una caja de aspirinas?
-¿Un hombre dedicado al negocio de las hierbas y usa química para el dolor? Es un poco difícil de entender-dijo ella.
-No, no, son para mis flores, yo no tomo esas cosas-contestó sonriendo él-Dime cuanto es.
-Nada, son un regalo de la casa-dijo Matilde sorprendiéndose a sí misma por su amabilidad.
-Muchas gracias, pero espera un momento... Un regalo se merece otro.
Domingo salió corriendo de la farmacia en dirección a su tienda. Matilde se puso de puntillas intentando ver lo que hacía en el interior y al cabo de dos minutos le vio salir de nuevo. Entró en la farmacia y depositó sobre su mano una pequeña bolsa de plástico transparente con media docena de pastillas de color rojo.
-¿Qué es esto? –Dijo ella extrañada.
-Son completamente inofensivas, tranquila. Tómate una cada vez que dudes de tus decisiones o pretendas conseguir algo-dijo Domingo con cierta dosis de misterio y una pícara sonrisa.
Domingo salió de la farmacia y ella se quedó mirando aquellas extrañas pastillas. Su tamaño era considerable y no tenían brillo. Como ferviente seguidora de la medicina alopática, dudaba de cualquier cosa que no procediera de un laboratorio, las guardó en un cajón y continuó ordenando los medicamentos que aún faltaban por colocar.
No se volvió a acordar de aquellas pastillas, pero sí de su vecino, al que observaba día tras día a través del cristal. Lo cierto es que sus predicciones se habían cumplido y apenas entraba gente a su interior. Le daba algo de lástima que no pudiera ganar lo suficiente para poderse establecer allí y acabara yéndose. Era el primer hombre en mucho tiempo que la había mirado de forma distinta, ella misma se había notado diferente al verse reflejada en las pupilas de Domingo.
Aquella mañana se sentía inquieta, paseaba por la farmacia colocando lo ya colocado y miraba tras el escaparate deseando que Domingo volviera a su farmacia, unas tiritas, algodón, cualquier cosa que pudiera necesitar y que él no tuviera. Dudaba si entrar a su herbolario y preguntarle si necesitaba algo, pero no era capaz de decidirse. Aquella duda y las palabras de Domingo le llevaron a las misteriosas pastillas que le había dejado días atrás. No tenía ni idea de su composición pero una repentina fe ciega en sus palabras hicieron que se tomara una. Necesitó agua para que pasara del todo, era contundentemente grande. No sintió nada, no ocurrieron extraños milagros y todo siguió igual.
No fue hasta que pasaron quince minutos cuando comenzó a sentir una extraña sensación de seguridad. Percibió su cuerpo más sensual que nunca, su rostro más atractivo, y su deseo, más despierto. A pesar de todo, no se sentía con el valor suficiente de ir al herbolario y entablar una conversación con su dueño. Palpó su cuerpo a través de la bata y sintió su calor. Desabrochó su falda y la dejó sobre una silla, notaba cierto alivio, pero no lo suficiente, de espaldas al mostrador se quitó los botones de su bata, la bajó hasta la altura de su cintura atando con las mangas un nudo a su alrededor y se deshizo de su blusa, volviéndose a recolocar la bata sobre su ropa interior. Se sorprendió de la maravillosa sensación que le proporcionaba la frescura de la tela de su bata sobre su piel y decidió que desde ese momento, no llevaría más la ropa de la calle bajo la bata.
Miró de nuevo el herbolario y deseó que en ese momento entrara Domingo y con aquella profunda mirada, se diera cuenta de que tan sólo sus curvas vestían su cuerpo.
Pasados unos días, la necesidad de volver a ver a su vecino se hizo más imperiosa, más de una vez estuvo a punto de salir de la farmacia y olvidar su timidez, pero de nuevo, las dudas sobre sí misma sitiaron sus pretensiones. Esta vez fue directa hacia aquellas misteriosas pastillas, tomó una entre sus dedos y la tragó sin tanta dificultad como la primera. Esperó a que los extraños efectos de las mismas la poseyeran y de nuevo el calor se hizo su amo y señor, envolviéndola de forma más claustrofóbica. Acarició su cuerpo desnudo bajo la bata y sintió que cada caricia apaciguaba poco a poco sus ardores. Resbaló sus dedos por el antebrazo, después bajó hasta sus muslos, dibujó con sus dedos pequeños círculos cada vez más cercanos a su sexo, hasta que se encontró con él bajo sus bragas. Mientras acariciaba trémula sus labios mayores miraba el herbolario suplicando que viniera a verla, que la sentara sobre la mesa y que la estrechara hasta perderse en su cuerpo. Súbitamente, la abuela María entró ruidosamente en la farmacia y tuvo que parar. La atmósfera de sensualidad y necesidad de gozar en la que había caído desapareció en un segundo, lo que tardó aquella anciana mujer a la que todos llamaban cariñosamente “abuela” por ser la más longeva del lugar, en dar los buenos días y pedir algo para el lumbago.
Matilde desconectó unos días de su mundo, del pueblo, de su farmacia y de Domingo y su herbolario. Tanto le había insistido su amiga Mariví, que tenía un pequeño apartamento en la costa de que pasara el largo puente con ella, que al final decidió aceptar. El aire del mar le renovó por dentro y por fuera y volvió con un espíritu nuevo. Le sorprendió la grata sensación de encontrarse de nuevo en el pueblo, ya no le parecía tan inhóspito y cerrado. La primera mañana tras el descanso no dejó de pensar y dudar sobre si ir a verle o no. Necesitaba más valor para perder toda una vida de recatada timidez, su virginidad la ataba a aquellas paredes como un cruel torturador, pero su deseo se iba haciendo más fuerte e intenso cada vez que tomaba aquellas pastillas, así que cogió las cuatro pastillas que quedaban y con un gran vaso de agua se las tragó. Los efectos esta vez no se hicieron esperar, era fuego, necesidad absoluta de sexo, de gozar y de perder por fin aquella virginidad que tanto la ofuscaba. Con tan sólo la bata como vestimenta abrió decidida la puerta de la farmacia y caminó hasta el herbolario. Aún sentía algo de temblor en sus dedos, pero no resultó suficiente para impedirle entrar dentro. Domingo estaba sentado en ese momento leyendo una revista y sonrió cuando vio entrar a su recatada vecina con el pelo suelto, sin gafas, intuía que sin ropa y con una mirada de deseo que reconoció nada más verla.
Matilde estaba desatada, actuaba como si estuviera en un sueño y no pudiera despertar. Se acercó hasta Domingo y como si lo hubiera hecho toda su vida, fue deshojando la margarita que la cubría hasta quedarse desnuda de pétalos, ofreciéndole su piel desnuda. Él se levantó y comenzó a besar su cuerpo desnudo, lamió su cuello y notó en él un cierto olor a botica que le recordó los jarabes de su infancia. Acarició su espalda y notó como Matilde la arqueaba de pura excitación. Cogió sus pechos y los masajeó mientras acercaba su lengua en punta y tamborileaba sobre sus pezones. Matilde estaba en una maravillosa nube de sublime placer, acariciaba los brazos de Domingo y le dejaba hacer completamente agradecida. El olor a incienso del lugar la incitaba a mostrarse más desinhibida, se vio a sí misma desde fuera desabrochando sus pantalones, sacando su miembro y acariciándolo entre sus dedos. Pero no era una imagen, realmente era ella. Era ella la que le estaba pidiendo que la penetrara, que la hiciera suya y la poseyera, la que acercó su boca a aquel grueso pene y lo lamió como si lo hubiera hecho siempre. Domingo agarró una de las piernas de Matilde y empujándola contra la mesa del mostrador la libró para siempre de su virginal estado. Matilde gemía placenteramente y disfrutaba de su cuerpo, que era suyo pero a veces era de otra, de aquel deseo desgarrador que se había apoderado de su interior y de esa súbita espontaneidad que no era típica de ella. Domingo empujaba su cuerpo contra el de la farmacéutica suavemente, sabía que era el primero en hacerlo, lo intuyó desde el principio, su estrechez arropaba cálidamente su miembro. Le perdía la gozosa sensación de abrir nuevas puertas en su camino, de ser el sereno de los cuerpos que habían extraviado las llaves de su placer.
Tras gozar, ambos se dejaron caer al suelo. Matilde simplemente musitó un “gracias por las pastillas, me tienes explicar cuáles son sus ingredientes” y él sonrió sin decirle nada mientras pensaba en los demostrados efectos beneficiosos de los placebos sobre las personas. No se había confundido al observar a Matilde la primera vez que la vio, era tal y como se había imaginado.
Domingo volvió días más tarde por más aspirinas y en compensación por no ser cobrado regaló a su vecina otra bolsa de pastillas, en esta ocasión, de color verde, pero por si acaso tardaba tanto como la primera vez en entrar al herbolario le advirtió que era necesario tomar una cada día si quería notar algún efecto beneficioso.
sábado, 23 de agosto de 2008
El placer en tu piel
Tras dos meses de ausencia vuelvo al blog con una pequeña sorpresa, mi nuevo libro titulado "El placer en tu piel", una recopilación de 32 de mis mejores relatos, que incluyen algunos de los publicados en el blog y unos cuantos nuevos. El trabajo creo que ha merecido la pena, la intimidad de un libro leído en la cama es uno de los mayores placeres que existen, y más si su lectura nos puede traer excitantes sensaciones...
Muchos besos.
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